Sabíamos
que era el último recital de Raimon, el adiós del cantautor de Xàtiva, pero
preferimos pensar que era un hasta luego. No pasa nada: también La
Divina Comedia tiene su última página.
Primer
tranco
Raimon
fue uno de los grandes emblemas de la lucha antifranquista. Lo sabemos las
gentes de mi quinta, pero si me detengo en ello es porque no estoy seguro que
esa parte de nuestra memoria y de nuestra historia sea conocida o
suficientemente conocida por las nuevas generaciones. Raimon creó un compromiso
sentimental con el movimiento organizado de los trabajadores y la ciudadanía
democrática a través de algunas de sus canciones, auténticas arengas con punto
de vista fundamentado. Manuel Sacristán, siempre tan austero y comedido en sus
valoraciones, dijo de Raimon que es «como una especie de autobiografía
colectiva». Y dijo bien. Una autobiografía colectiva de quienes, desde el
andamio, el bidón y el pupitre, creaban fatigosamente espacios de libertad. De
la misma manera que el cantautor hacía de sus inconfundibles recitales una
tensión dialéctica con su circunstancia: trabajadores y
estudiantes universitarios que empezaban a organizarse autónomamente, casi a
pecho descubierto. Como quien dice con la cara al vent.
Aquella circunstancia eran los represaliados por la Dictadura,
aquellos «homes plens de raò» que atestaban las prisiones.
¿Tuvo
razón Joan Fuster, amigo y mentor del cantautor, cuando percibió una «cierta
metafísica» en el primerísimo Raimon? Hasta donde la memoria me permite
alcanzar, puedo asegurar que mi generación intuyó que aquello era macizamente
un mensaje directo de combate. Y, de esa forma, vimos que Raimon no era uno de
los nuestros, era nosotros mismos. Pues tenía toda la pinta de ser un representante
de la asamblea obrera o un delegado de curso. Un representante que no era sólo
resistencia sino alternativa. Su Diguem no! era
simultáneamente lo uno y lo otro. Resistencia a la luz pública, alternativa a
pecho descubierto. Igual que la comisión obrera y el movimiento democrático de
los estudiantes, las dos grandes emergencias de la época. O lo que es lo mismo:
con la novedad de ambas acciones colectivas estaba la que aportaba Raimon con
su ética y estética. En el bien entendido de que no eran «vidas paralelas» sino
unidas ala misma biografía, cada una con su propia diversidad. Era la misma
cuenca hidrográfica. En suma, Raimon era nosotros; el nosotros de los sueños,
no el de las pesadillas.
Mi generación vivió en primera persona
el compromiso solidario de Raimon. Son incontables los recitales, a lo largo de
la geografía catalana, de Raimon para recoger fondos para ayuda a los presos y
sus familias, para los huelguistas y para pagar las fianzas de los detenidos. Y
lo que hiciera falta. De hecho visitar la casa de Raimon y Annalisa Corti, su
compañera, era una constante peregrinación en busca de ayuda. Casi nos
convertimos en una orden mendicante. Nunca recibimos ningún gesto de fatiga
solidaria, siempre tuvimos la sonrisa mediterránea, que parecía decirnos que
«para eso estamos». Sépase que aquello era un secreto a voces, tan a la
intemperie como aquellas luchas obreras y estudiantiles.
Se ha
hablado mucho de aquel Raimon agitador. Y muy relativamente poco
del poeta sensible que siempre fue. Se ha hablado mucho del potente grito de
aquel Diguem no! y también relativamente poco de la calidad de
la letra de sus composiciones, de la música que compuso a los poemas de autores
como Salvador Espriu y los medievales como AusiàsMarch, Turmeda, Timoneda y Roís
de Corella. Es decir, aquel Raimon que difundía auténticos tesoros de la lengua
catalana a través de una música exquisita, poniéndolos a disposición de un gran
número de personas que nunca habían tenido acceso a la poesía. Raimon, pedagogo
de multitudes.
Segundo
tranco
¿Hace
falta decir que Raimon es un clásico? Sí, hace falta. Porque los tiempos
líquidos que corren exigen recordar las obviedades. Una, que el Diguem
no! sigue siendo necesario; otra, que la difusión de la cultura lo es
también. Se equivocan, pues, quienes quieran encerrar a nuestro músico y poeta
en lo que él mismo llamaba con retranca el Museo de la Resistencia. Ya lo hemos
dicho: Raimon es un clásico o, lo que es lo mismo, aquello que siempre tiene
valor. El valor del compromiso solidario, el valor del arte. El valor de «la
palabra cantada», en feliz expresión de Paco Rodríguez de Lecea. El valor de
Raimon que no se deja encorsetar ni por el Lucero del Alba. El valor de
expresar lo siguiente: «Yo no soy de los míos cuando los míos quieren que sea
como ellos quisieran y no como saben que soy». Raimon, también libertario.
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