Ada Colau va a poner en marcha una
campaña internacional «de imagen» de Barcelona. La llevará a cabo --¿quién lo
diría?-- un grupo de operadores
privados. Nada que objetar. Será, a mi
entender, una campaña complicada: de un lado, los aspectos positivos que referirán
los publicistas; de otro lado, la potente interferencia que supondrá la
situación política de Cataluña. Por una parte, las necesarias manos de pintura
de la publicidad de Barcelona; por otra parte, el fango que le echará la
persistente batalla del independentismo.
Mientras los operadores
publicistas intentarán enviar mensajes de las innegables bondades de Barcelona,
habrá una cohorte de aguafiestas que intentarán joder la marrana. Sin ir más
lejos, ayer mismo Colau hacía pública la campaña; simultáneamente el hombre de
Bruselas conferenciaba en Copenhague. Penélope tejiendo de día y destejiendo de
noche. Puigdemont, en efecto, sigue con su tónica contumaz de no dejar títere
con cabeza. Puigdemont o Don Cristobica de la cachiporra. Arremetió contra
todo. Y haciendo abstracción de las leyes de la búsqueda de aliados volvió a
arremeter contra la Unión Europea.
Tiempos de desestabilización. De
una parte, el independentismo se va desgajando en banderías (los rectificadores
y los montaraces, o entre florentinos y trabucaires, dixit Andreu Claret) que empiezan a tirarse los platos a
la cabeza; de otra parte, todos ellos contra el resto de los mortales. Tiempos
de embrollo que pueden llevar al hombre de Bruselas a forzar nuevas elecciones,
si es que Esquerra se desdice de lo dicho: que aceptarán el dictamen de los
Letrados del Parlament de Cataluña, contrario a la investidura de Puigdemont
por la vía del karaoke.
La segunda cuestión,
imprescindible a mi juicio, el consenso de la ciudadanía de Barcelona con el
equipo de gobierno está por ver. Cuando se puso en marcha la campaña Barcelona
posa´t guapa, bajo la alcaldía de Pasqual Maragall,
el consenso del equipo de gobierno con la población fue enorme. No parece ser
esta la situación actual.
Así pues, como mínimo estas dos
variables (situación política catalana y el bajo nivel de consenso con la
población) son dos elementos que deberían tener en cuenta los operadores de la
campaña de imagen de Barcelona en todo el mundo.
En todo caso, lo fundamental
para el gran despegue de la ciudad no está en la campaña, sino en lo que apunta
Manuel Gómez Acosta: "El debate en el mundo de las
ciudades se centra en su competitividad, es decir en su
capacidad para generar oportunidades, captar empresas y talento y su idoneidad
para la creación de riqueza e innovación, gracias a la capacidad de atracción
del efecto aglomeración. Por ello Barcelona no puede ser un anacronismo en las
metrópolis europeas. Barcelona debe reconvertirse, mantener una identidad, que
sea una mezcla inteligente de diferentes actividades: turismo, conocimiento,
start-ups, cultura abierta y cosmopolita alejada del rancio nacionalismo. Con tolerancia y mestizaje. Barcelona debe emitir señales que permitan recuperar la confianza de los inversores y de sus millones de visitantes". Lo dice en https://cronicaglobal.elespanol.com/pensamiento/batalla-barcelona_111932_102.html
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