martes, 31 de enero de 2012

¿LOS SINDICATOS DESPRESTIGIADOS? Respuesta al diputado Alberto Garzón


José Luís López Bulla y Manel García Biel


Alberto GarzónEconomista y Diputado de IU, ha publicado en su blog sus Primeras impresiones de la reforma laboral. Es posible que sus comentarios hayan herido la sensibilidad de no pocos sindicalistas que siempre somos tan propensos al berrinche cuando no nos doran la píldora. Pero, a buen seguro, habrá otros que pensarán detenidamente las palabras del diputado por Málaga. Comoquiera que el berrinche no lleva a ningún lado, nosotros dos –sindicalistas eméritos-- nos ponemos a considerar atentamente lo que dice el diputado Garzón.

Afirma nuestro hombre que los sindicatos están desprestigiados. Esta es una visión recurrente que también campa por algunos caminos de las izquierdas. Y a la que se ha dado respuesta en Las injustas criticas a los sindicatos. Pero, a nuestro juicio, no se compadece con los datos. Y, francamente, los tozudos datos expresan algo diferente. Tomaremos como elemento la situación catalana, a falta de otra documentación. Aquí han participado en los comicios 1.324.124 trabajadores. Se han elegido 56.768 delegados, cuya proporción a los sindicatos mayoritarios es la que sigue: 24.150 de Comisiones Obreras (42,61%), 23.365 para Ugt (41,22%), 2283 para Uso (4,02%) y 1259 para Cgt (2,22%). Habrá que añadir que el nivel de participación en los centros de trabajo supera, por lo general, el noventa por ciento. Lo que indica que el abstencionismo es, en estos escenarios, bastante irrelevante.


La primera conclusión es que la representación del sindicalismo mayoritario es muy significativa. Pero no lo es como impresión abstracta sino en concordancia con los datos. Y de ellos podemos sacar pacíficamente otra conclusión: no se da tan abultada confianza representativa a quien está desprestigiado. Es más, ¿alguien se ha parado a pensar que, precisamente en ese contexto de recurrente ataque inmisericorde al sindicalismo, los trabajadores responden renovando su confianza en él? Sugerimos que el diputado Garzón discurra sobre el particular y, en base a tan clara documentación de la representatividad sindical, aclare qué relación debe establecerse entre los resultados electorales y su idea del desprestigio sindical.       

En lo atinente a sus primeras impresiones sobre el acuerdo recientemente firmado poco hay que decir. El diputado Garzón tendrá sus motivos legítimos para mostrar su desacuerdo como, en sentido contrario, el diputado Coscubiela lo ha hecho.  Dicho lo cual, no compartimos lo que en su artículo nos dice  Alberto Garzón y que transcribimos de seguida.

Por eso yo veo dos opciones interesantes para los sindicalistas. La primera, aceptar que no hay una relación de fuerzas suficiente como para enfrentar el poder abrumador de la derecha. Eso conllevaría negociar todo lo posible y comenzar una estrategia de reorganización que permita recuperar fuerzas y plantear una ofensiva en los próximos años. La segunda opción, renunciar a negociar y aceptar que es mejor que se gobierne por decreto a participar en un proceso que te hiere. La negociación te hace partícipe, y es una guerra que nunca se ganará en las actuales condiciones. Así, un plan estratégico debería pasar por reconstruir la base social reconcilíandote con ella.

Ninguna de las dos opciones interesantes que plantea nos parecen convenientes.

¿Qué quiere decir exactamente aceptar (sic) que no hay una relación de fuerzas suficiente para enfrentar el poder abrumador de la derecha? Si se refiere al cuadro político institucional no podemos contradecirle. Ahora bien, esa aceptación no se traduce mecánicamente a “lo social”, donde –incluso en estos momentos, y otros peores— la autonomía de dicho espacio (aunque no absoluta) permite una acción colectiva no despreciable a través del ejercicio del conflicto. Que no está al albur de las contingencias y necesidades de ningún partido, incluso de las izquierdas. Efectivamente, el dato de la mayoría absoluta generalizada del Partido popular condiciona la acción del sindicalismo confederal, pero no lo cancela.

La segunda opción no tiene sentido. Renunciar a negociar y esperar que se legisle por decreto o es una broma o algo disparatado. Es cierto que ahora se negocia a la contra, como se ha dicho en  SALIR DE ESTE TIPO DE REFORMAS. Pero incluso en este estado de defensa –y precisamente por ello--  el acuerdo ha ido, en algunos aspectos notables, en dirección opuesta a lo que se pretendía. Que se legisle por decreto a la espera de tiempos mejores sería acompañar al gallo de Morón. Es más, querido diputado, ¿acaso no pondrías el grito en el cielo si el PP gobierna por decreto y no negocia nada con vosotros en sede parlamentaria? Pues, entonces, no vemos las razones para no hacer el sindicalismo confederal tres cuartos de lo mismo. Se nos dirá que lo importante son los contenidos. Justo. Pero es ahí donde discrepamos de la valoración que has hecho, querido diputado.  




SALIR DE ESTE TIPO DE REFORMAS


Celebrando el 65 aniversario de Angel Rozas. Junto a Angel están Gregorio López Raimundo y Miquel Falguera.


  
Si hemos afirmado repetidamente que la (pretendida) intencionalidad de las reformas laborales no aborda las causas de la crisis; si hemos dicho por activa, pasiva y perifrástica que sus contenidos no influirán en la creación de puestos de trabajo… hemos de convenir que el sindicalismo confederal debería proponerse en los hechos salir de esas coordenadas que, desde hace tiempo, son un círculo vicioso. Esto es, hay que zafarse de una situación en la que estamos a la contra. A la contra de frenar lo peor. En esa lógica de “respuesta” se inscribe el reciente acuerdo; en todo caso, dejaré las cosas claras: si un servidor hubiera estado en la mesa de negociaciones habría firmado el acuerdo.

Ahora bien,  a mi juicio, lo que debe abordarse como problema de fondo son los mecanismos de freno que taponan el centro de trabajo que, hoy por hoy, se corresponden fundamentalmente con déficit de innovación tecnológica en nuestro país o, si se prefiere de manera más general, con nuestro  modelo  productivo.  Algo de esto escribí el 2 de junio del año pasado: 1) la inversión media por habitante en el sector de la innovación media por habitante en España son 318 euros, mientras que en el patio de vecinos europeo son 473 euros; 2) España ocupa la decimoséptima posición en el ránking europeo de gasto en I + D, por debajo de países como Estonia, Chequía y Portugal. A pesar de esa cartografía española, el Ministerio de Ciencia ha dejado de de gastar un tercio del presupuesto para I + D. Así las cosas, se sigue la consigna de Unamuno: “que inventen ellos”. De manera que no es abusivo decir que nuestro sistema productivo es pura farfolla, especialmente debida a la garrulería de una  gran mayoría de empresarios y mánagers de probada estirpe chusquera.

Y sobre el mismo particular –esto es, sobre las características de nuestro modelo productivo-- dejó claro Antonio Gutiérrez con sus razonadas críticas en oposición a las medidas  sedicentemente reformistas de José Luís Rodríguez Zapatero (1). De los planteamientos de Gutiérrez, a mi juicio, no se han sacado las oportundas conclusiones, todavía. Por otra parte, tras la firma de la enésima reforma no tardará mucho tiempo en aparecer otro atracón de propuestas para otra nueva reforma laboral: es la misma lógica que aquel animal dantesco que, tras la comida, tenía más hambre todavía.  Por lo demás, tras esta reforma son muchas las voces que alertan que, como en anteriores ocasiones, la mayoría parlamentaria deconstruya a peor lo acordado recientemente. Y, así las cosas, como es natural (y obligado) volveremos a estar a la contra. Esta situación de estar a la contra lima, ciertamente, mayores desaguisados, pero no se vincula a la creación de puestos de trabajo, ni permite regenerar la economía; tampoco indica que tengamos un proyecto propio. Estamos zurciendo los desperfectos que organizan quienes se amparan en los mercados.

Un proyecto no es un zurcido.  Un proyecto puede ser el conjunto de medidas factibles contra el paro y la crisis, que hace tiempo anunció Toxo, capaz de establecer los vínculos y compatibilidades entre todas sus propuestas. Y, dentro de ese proyecto, debe caber inexcusablemente un Pacto por la innovación tecnológica, donde a mi juicio está la madre del cordero. Con una amplia negociación colectiva, a todos los niveles, como soporte de dicho pacto. Por supuesto, la patronal no está por la labor, está a la espera de de que se amplíe la desforestación de los derechos sociales. Pero la batalla debe librarse en ese estadio: entre la negativa de los empresarios y las propuestas obligadas del sindicalismo confederal.  Que, a partir de ahora, no debería ser la reedición del tipo de  (sedicentes) reformas como las que se vienen dando desde hace muchos años.     





Radio Parapanda.

LA FUNCIÓN DE LA LEY LABORAL Y LAS POLÍTICAS DE EMPLEO. (UNA REFLEXIÓN DE MARIA EMILIA CASAS BAAMONDE)


sábado, 28 de enero de 2012

POPULISMOS EN EUROPA



Nota. Nuestro amigo Riccardo Terzi nos envía este texto en esclusiva para el blog. Se trata de su intervención en el debate sobre los populismos en Europa en el Forum della rivista de politiche sociali.



Riccardo Terzi


Tengo una cierta desconfianza con la palabra “populismo” porque me parece que está cargada de ambigüedad e indeterminación, y creo que es de escasa utilidad en el análisis de los procesos políticos.  Y, sin embargo, no se puede dejar de hablar de ella, dada la extraordinaria difusión que ha tenido en el debate político corriente y en la producción periodística; de modo que se trata en todo caso de valorar su contenido, su significado y sus implicaciones.  En el gran contenidor del populismo se se hacen entrar de nuevo fenómenos políticos muy diferentes, y también opuestos entre sí, por lo que se tiene la impresión de que se trata no de una explicación o interpretación de la realidad, sino de un fácil expediente al que se recurre cuando no hay ninguna explicación.  Populismo se convierte en todo aquello que se escapa de nuestras categorías interpretativas, todo lo que desafía nuestra racionalidad e irrumpe en nuestra realidad contemporánea con aquellos rasgos inquietantes de lo irracional o subversivo. 

Hay siempre  una connotación despreciativa que se acompaña a la definición de un fenómeno como el populista. En el análisis científico se substituye así el juicio ético-moral. El populismo es lo negativo que debe ser combatido, es el subfondo de violencia e intolerancia che vuelve a emerger en nuestras sociedades civilizadas, es la fuerza destructiva de los impulsos primarios que debe estar bajo el control de la razón. Por otra parte, cualquier definición del populismo implica como introducción un reconocimiento del concepto “pueblo”, aunque aquí nos encontramos en el universo de una pluralidad de significados e interpretaciones.

En primer lugar está el modelo de la democracia pleibiscitaria: en ella el pueblo se reconoce en su líder, sin mediaciones, sin instituciones intermedias, con una relación directa, con una investidura de confianza total que no soporta límites, reglas y garantías. En este modelo el protagonista no es el pueblo sino exclusivamente el jefe carismático en el que el pueblo se abandona. Más que populismo se trata de liderismo, de personalización de la política, de autoritarismo, porque todo el sistema político debe estar en función del ejercicio concentrado del poder sin los obstáculos y los retrasos de los procedimientos democráticos. En esta lógica, el obstáculo a abatir es todo el aparato de las instituciones de mediación y garantía para que resplandezca la figura del líder con toda su potencia, el único que está unido al pueblo en una simbiosis de tipo místico. Los ejemplos que ilustran esta situación son múltiples y recurrentes.  

Berlusconi, en Italia, intentó adoptar este modelo, pero eso se ha dado más en las intenciones y declaraciones verbales que en los hechos reales porque los contrapesos institucionales han continuando, bien o mal, funcionando. Sin embargo, no se trata de una innovación porque la historia ha estado repetidamente atravesada por experimentos de tipo autoritario y porque, también en nuestro mundo civilizado está la tendencia a la concentración y a la degeneración del poder, por lo que la obligación de las constituciones es construir un eficaz sistema de defensa. El berlusconismo no es más que un episorio de esta perenne dialéctica de la historia. Así pues, bajo este perfil no ha ocurrido nada nuevo, y el concepto de populismo no tiene otro valor más que el de registrar nuevamente hasta qué punto el mecanismo autoritario aparece siempre tras la retórica del pueblo.  Si hay un líder, un jefe, es porque el pueblo lo corona. Y el proceso siempre es ambivalente con una mezcla de poder arbitrario y consenso, de constricción y adhesión. Lo nuevo es la aparición de esta ideología autoritaria del poder en el corazón de Europa que parecía estar inmunizada de estas tentaciones. Pero Europa es ya un campo de batalla donde todo puede suceder.

En la democracia autoritaria el pueblo sólo existe como fuerza pasiva, como multitud indiferenciada, incapaz de una propia iniciativa, ý la política se reduce al mecanismo de identificación con la figura del líder. Naturalmente existen en la realidad diversos posibles grados de este fenómeno, así como puede ser extremadamente diferenciado el concreto contenido social de dicho modelo, que no es de por sí ni de derechas ni de izquierdas, sino solamente la dilatación extrema de la discrecionalidad del poder independientemente de su proyecto político.  Pero el resultado es, en todo caso, la pasividad de las masas, la negación de cualquier autonomía de la sociedad civil, ya que todo el poder de decisión está concentrado en un sólo punto, y toda la veleidad de autonomía asume un carácter subversivo.

El uso moderno de los medios de comunicación y de su potencia manipuladora introduce una variante que tiene sólo el valor de potenciar los instrumentos de control de la opinión pública sin determinar un cambio de la estructura de fondo del poder. Lo que cambia es sólo la disponibilidad de los instrumentos más penetrantes que siempre están puestos al servicio del poder, pero ahora esta situación se está modificando en parte con el paso de la televisión a las redes de Internet que es, por su naturaleza, abierta a una pluralidad de sujetos y ofrece un cuadro de informacines extremadamente vasto y diferenciado con escasas posibilidades de ser controlado preventivamente. Por ello no comparto el énfasis en la llamada democracia mediática o en la telecracia, porque en estas teorías se cambia la causa por el efecto.  No son los medios el lugar del poder, ellos son sólo  un instrumento, cuyo uso y efectos son dependientes de la estructura del poder: autoritarios si el poder es autoritario, abiertos y plurales si el poder está organizado sobre bases democráticas. 

Una segunda tipología del populismo se encuentra en todas aquellas representaciones políticas e ideológicas que conciben el pueblo como el único depositario de los valores positivos, como el custodio de la tradición, la sabiduría original, la identidad profunda de la nación en oposición a las élites, oligarquías, la casta de los políticos e intelectuales. En este caso, el uso del término populismo aparece como más apropiado porque sobre el pueblo recae el acento, siendo su ser el depositario de todo que merece ser salvaguardado.  Pero, ¿en esta segunda acepción qué es el pueblo? Sólo es un concepto abstracto, ideológico que prescinde de sus articulaciones internas, del pluralismo de sus intereses y de sus culturas, es la idealización de una comunidad originaria a la que se debe defender de todas las contaminaciones, de todo aquello que desde el exterior se la puede envenenar. 

En el caso de la Lega Nord, en Ialia como en otros muchos análogos movimientos xenófobos europeos, el cemento que contiene es el fundamentalismo étnico, la idea de una comunidad cerrada, centrada en sí misma que no admite ninguna interferencia del exterior, ninguna autoridad ni ninguna regulación de orden superior.  Se trata de un intento desesperado de resistencia y autodefensa frente al proceso de globalización que hace saltar todos los confines tradicionales y pone en movimiento una gigantesca mezcla de poderes, culturas y formas de vida. 

El problema del nuevo orden mundial, que se debe construir, de la relación entre lo global y lo local, entre lo que es común y debe permanecer distinto y autónomo es un problema real de grandisimo alcance. Pero es poco realista y regresiva la respuesta de estos movimientos comunitarios que tienden sólo a construir barreras, clausuras e intolerancias allí donde se trata, por el contrario, de dar una forma democrática y abierta a nuestra convivencia.

El resultado de esta operación tiene inevitablemente un carácter autoritario ya que la comunidad es un todo indiferenciado que no reconoce ninguna dialéctica interna, reproduciéndose así la delegación en un jefe carismátivco para que sea el exclusivo garante de la comunidad.  Por ello se hace posible una convergencia entre las dos formas políticas que, hasta aquí, hemos analizado entre el modelo plebiscitario y el comunitario, ya que ambos se injertan en una raíz común: en la crisis de la democracia política y en su estructura social individualizada. El mecanismo es el mismo: una masa atomizada y dispersa que encuentra su unidad aparente en una forma externa, en una autoridad, en un mito.  Y cuando estas dos tendencia consiguen dar vida a un bloque conservadofr se producen profundos efectos devastantes ya sea ora en el ordinamiento democrático ora en la  consciencia colectiva del país. Es lo que ha ocurrido en Italia en los últimos años. El fundamento de todas estas formas es la fragilidad individual en la época del individualismo difuso. Es una dialéctica que merece ser estudiada atentamente y que se refiere toda la relación entre lo individual y lo colectivo. 

El yo sólo se realiza en la relación con el otro, y tiene necesidad de un nosotros en el que pueda reconocerse. Sucede, así en los casos que hemos considerado hasta ahora, que el individualismo zozobra en su negación ya que confía en la figura carismática del jefe o en el mito de la comunidad étnica.  El nosotros, en este caso, no viene dado de una efectiva relación interpersonal sino de una proyección imaginaria, por un mito que subre en apariiencia la soledad impotente de la vida individual. En la fijación al mito se encuentra un sentido, una identidad aparente dentro de una representación de la realidad de tipo conflictual donde se encuentra la amenaza de un enemigo que estructura la existencia, un enemigo que puede tomar las formas más diversas (los poderes fuertes, los inmigrados, la burocracia, la magistratura, el fantasma del comunismo) y, en todo caso, es el deseo de un objetivo en el que descargar toda la agresividad de las pulsiones insatisfechas. Es el antiguo mecanismo del chivo expiatorio, me diante el cual se reconstruye el orden de la comunidad, según el estudio profundo de René Girard, que ha observado la última conexión entra la violencia y lo sagrado.  

Cuando se abaten sobre nuestras sociedades el viento de la crisis, la incertidumbre y la precaridad vuelven a tomar fuerza los antiguos rituales del sacrificio y se fabrica, así, la imagen de un enemigo, tanto si es real como imaginario. Y, como siempre ha sucedido, la violencia se desencadena sobre el objetivo más fácil y más débil.  Es lo que está tomando forma en Europa: la caza del extranjero, del musulmán, el enemigo que acecha nuestras tradiciones, nuestras raíces cristianas. Lo sagrado y la violencia vuelven a unirse.  Es finalmente un caso muy diferente de los que hemos analizado hasta ahora y está representado por aquellos movimientos de autonomía de la sociedad civil que se contraponen a la política institucionalizados y al sistema de partidos. Es todo un archipiélago de movimientos y asociaciones que encuentran en la red su principal instrumento de comunicación y organización, dando lugar también a algunas movilizaciones de masas así en Italia como en otros países. El perfil puede ser más o menos radical, pero en el fondo siempre está la idea de que sólo un movimiento de abajo, de auto organización social puede dar una respuesta a los problemas actuales del mundo globalizado, mientras la política tradicional, de derechos o de izquierdas, está empantanada y comprometida, es una pelota en nuestro tejado de la que debemos liberarnos. Tiene algo en común con los populismos que hemos descrito ya que también en este caso el objetivo polémico es todo el sistema institucional de la democracia representativa. Sin embargo, es de signo opueta el proceso cultural y psicológico de estos movimientos porque aquí estamos en presencia de un individualismo seguro de sí mismo, frecuentemente agresivo que no admite delegación. Que no reconoce autoridad y que no se refugia en el mito sino en su ilimitada autonomía.  Es un fenómeno que tiene, hoy por hoy, un alcance limitado y, sobre todo, una tendencia  fluctuante sin continuidad y carente de sólidas bases organizativas. El referente social es el de los estratos más desarraigados y aculturalizados, es lo que se ha definido como “la capa media reflexiva”, que tiene una vocación cosmopolita y una mirada abierta al mundo sin tener raíz alguna en ninguna identidad territorial concreta. Las afinidades son más aparentes que reales: son diversos los sujetos y diverso es sobre todo el universo cultural de referencia.   Pero es también un signo importante del estado de sufrimiento en el que se encuentran nuestras democracias, y quizá se encuentra aquí el lado más problemático de la situación que no puede ser encarado con una sumaria liquidación moralista. En este caso no se trata del retraso de un pueblo inmaduro, prisionero de sus impulsos primitivos y de sus mitos: es, más bien, la reclamación totalmente insatisfecha de una cualidad política diversa, y este fenómeno se manifiesta ante todo en las jóvenes generaciones cada vez más intolerantes  hacia los rituales de una política paralizante, hecha a golpe de retórica y sin soluciones concretas.  Puede ser alarmante el recelo antipolítico que se manifiesta en algunos caos; puede ser inquietante el crédito totalmente inmerecido de algunos personajes demasiado discutibles que se proponen como los moralizadores del sisetma. Pero aquí estamos ante un mundo real que nom puede ser disuelto con la letanía de las buenas intenciones.   

Como puede verse, el abanico del llamado populismo es extremadamente variado, y es legítimo preguntarse se tiene sentido usar la palabra para fenómenos tan diferentes.  Sería útil una definición más selectiva. De manera que debemos volver al significado de la palabra “pueblo”. Populismo no es cualquier idea que se refiere al pueblo sino la concepción que ve al pueblo como una unidad, como un todo indiferenciado, que es el depositario de los valores de la tradición, como raíz de nuestra identidad. En este sentido, esta representación se contrapone a todo lo que divide la unidad mística del pueblo: las clases sociales, los partidos, las diversas ideologías. Esta sería una definición más selectiva.  Así que debemos volver al significado de populismo y a la negación del pluralismo, de la dialéctica, del conflicto en nombre de una identidad originaria, de una pertenencia a la comunidad en la que cada cual tiene su papel prefijado, precisamente porque se trata sólo de conservar el  orden constituido. Se trata de la estabilidad y el orden contra la fuerza disgregante de las facciones de partido y el principio de autoridad, contra la disolución de las libertades individuales y el dominio de la moral oficial, contrfa toda forma de herejía y desviación.  El concepto de pueblo queda así distorsionado, y pierde toda la concreción de sus articulaciones internas. Deja de ser una estructura sociológica abierta, suceptible de las combinaciones más diferentes para convertirse en el objeto de una devoción, de una unión mística.   Queda sólo la pertenencia, esto es, el estar anclado a un dado objetivo, natural en el que se disuelve  toda capacidad de elección autónoma. 

Si usamos este criterio interpretativo el campo del populismo queda rigurosamente circunscrito, y en Italia sólo la Lega –aunque parcialmente— se corresponde a esta definición con la variante decisiva del cambio del culto comunitario de la dimensión nacional a la local, con la invención del mito de la Padania.  Pero, en realidad, también la Lega es un universo más movido y variado, con fuertes contradicciones internas como lo demuestran los recientes acontecimientos políticos, pudiendo mantener su fuerza expansiva sólo si consigue desprenderse de  sus orígenes, desarrollando una política más dinámica   y representar una mayor demanda social, no encerrándose en el localismo angosto y primitivo de los valles alpinos.  Pero lo que importa, más allá del academicismo, es es comprender el sentido general del proceso histórico en curso, y así podremos ver cómo la nebulosa del populismo, en sus más variadas significaciones, es sin embargo representativa de un cambio real que está atravesando nuestras sociedades más desarrolladas. No se trata sólo de ideología, de formas de consciencia, sino de algo que encuentra su fundamento y razón de ser en la realidad. 

Hay que partir del hecho que representa la creciente fragmentación social, tendente a disolver las tradicionales identidades colectivas, los bloques sociales, las pertenencias de clase para dar lugar a una estructura cada vez más fluida e indefinida en sus contornos. En ese proceso se arruina la relación enrte lo individual y lo colectivo, entre el yo y el nosotros,  y la sociedad entera se configura como una retícula estrechamente complicada de relaciones individuales sin un centro coordinador, sin una estructura consolidada. Sobre ese proceso se inserta la ideología neoliberal que reasume en la famosa afirmación de la señora Thatcher: no existe la sociedad sólo existen los individuos. Hoy, todos los fenómenos aludidos son el reflejo de este proceso social y diversos son los recorridos posibles sobre los que puede encaminarse una sociedad individualizada. 

En conclusión, el análisis del populismo se conecta a la estructura social y a sus transformaciones, confirmándose la tesis que considera la ideología como expresión de una concreta configuración histórico-social, y es sólo en este nivel que podemos determinar los cambios que invierten también las formas de la consciencia colectiva. Por eso me deja totalmente insatisfecho el modo la forma como se trata este problema ya que no se ve nunca el nexo entre la realidad y la representación. 

Las diversas ideologías que hemos considerado (el mito del líder, el mito de la comunidad,  la idealización de la sociedad civil) no son más que el velo, la apariencia; y dentro de ese velo se trata  de comprender la realidad efectiva de una estructura social que ha perdido su equilibrio, su cohesión, y que incluso por ello tiende a refugiarse en lo imaginario.  Si es así, lo que tiende a llamarse populismo no es una desviación sino el modo de ser y de auto representarse la sociedad actual; es el efecto de un cambio histórico que está en curso, no valiendo para nada las prédicas moralisrtas, las retóricas que se deslizan sobre la realidad sin conseguir modificarla.

Tomemos el caqso de la Lega Nord: un movimiento regresivo, tosco, antinacional. Sin embargo es totalmente ilusorio pensar que se puede contrarresta con el énfasis patriótico de la unidad nacional; así como es un intento poco realista y ridículo limar las asperezas, absorver el potencial subversivo en una visión más equilibrada, proponiendo una especie de leghismo temperado, que tiene sólo el efecto de una cesión en el terreno de los valores y los principios.  Es preciso combatirlo, pero no en abstracto; no con el mundo metafísico de las ideas sino con la materialidad concreta de los procesos sociales.

Por su parte, este proceso no es más que el producto de las opciones políticas, las orientaciones culturales, del salto de la hegemonía que se ha completado con la primacía del pensamiento liberal.  La “sociedad líquida”, de la que habla Bauman, no es un destino, no es la forma inevitable del mundo contemporáneo en esta época de la globalización. Es sólo el resultado de las relaciones de fuerza y de poder que se han determinado. Las variadas interpretaciones sociológicas captan sólo los efectos del proceso en curso y no abordan  las causas con lo que el problema acaba siendo sólo cómo hay que convivir con las actuales condiciones de incertidumbre y precariedad. En todo caso, es necesario ver –sin ilusiones consolatorias--  el curso real de las cosas, el proceso que está en movimiento y la existencia de potentes fuerzas objetivas que trabajan por una progresiva disolución del tejido social.

Este es el campo en el que nos encontramos para intervenir. Lo urgente que tenemos que afrontar es la reconstrucción de todo el tejido de la representación social que, en estos años, se ha deteriorado y deshilachado gravemente; que ha dejado teritorios enteros sin representación, sin identidad y, por ello, permeables a las ideologías individualistas y a las sugestiones autoritarias.

Sin un trabajo en profundidad en el campo social –en sus contradicciones y conflictos--, sin un programa sistemático que dé voz y organización a la multitud dispersa que se encuentra hoy como enfermera de los acontecimientos, sin poder reconocerse en ningún proyecto de cambio; sin una política que vuelva a poner en el centro la condición social de las personas, nos encontraremos frente a un destino ya escrito ya que una sociedad sin representación es totalmente incompatible con la democracia organizada.  Y, por otra parte, incluso por efecto de estos procesos sociales, la crisis de la democracia es un dato real que debe ser encarado abiertamente. 

¿Qué relación hay, ahora, entre el pueblo y la soberanía? ¿Ante quién responden los efectivos centros de decisión? No es sorprendente el resurgir de las pulsiones autoritarias; no deja de tener fundamento la difusión de la antipolítica, del recelo contra el sistema de partidos porque, efectivamente, aquí se ha abierto una gravísima fractura, y la democracia real peligra apareciendo como un asunto de las oligarquías, como un juego trucado sobre el que nuestra posibilidad de incidencia es casi nulo. Los dos procesos se alimentan el uno al otro: por un lado,  la ruptura de los lazos sociales, de las identidades colectivas y, por el otro, la involución de las instituciones democráticas. 

Es una crisis de sistema que debe ser afrontado en su globalidad. El populismo es sólo uno de los efectos secundarios de esta situación, el signo de la desbandado en que nos encontramos, el termómetro que registra nuestro estado febril. Pero es sobre las causas sobre las que debemos intervenir.  Este es el trabajo largo y fatigoso que la izquierda debe comenzar a poner en marcha. Pero si quiere correr tras las mariposas de lo post-moderno, de lo post-ideológico; si no sabe o no quiere hacer su cometido, entonces se convierte totalmente en superflua, y será justamente sometida a la lógica sin piedad de las relaciones de fuerza reales.   

La actual situación política, con la formación del gobierno Monti, puede tener paradójicamente un efecto providencial, porque finalmente han salido de la escena, al menos por ahora, las retóricas y las demagogias, las contorsiones de un bipolarismo destartalado, abriendo con toda su crudeza el vacío de la política y la necesidad de volverlo a llenar con contenidos y proyectos. En este sentido, puede tener voz sólo quien disponga de ideas y propuestas concretas. Vale por todos: para los partidos y para las organizaciones sociales.

Ya no hay para nadie posiciones ventajosas, representaciones preconstituidas porque todo está en discusión. Y al vez pueda ocurrir con una discusión más compacta y argumentada, más atenta a los contenidos incluso las sugestiones del populismo pierdan su fuerza, su peso en la consciencia colectiva.  En todo caso, el pasaje de Berlusconi a Monti es el tránsito del embrollo mediático a la sobriedad de los contenidos. Puede ser la ocasión paa poner la política con los pies en el suelo. Pero el tiempo para esta operación  de verdad y bonificación del discurso público es bastante estrecho y nada nos garantiza de un posible retorno, incluso más amenazante, de la oleada autoritaria en el que pueda romperse nuestro equilibrio democrático. Si fallara otra vez, el contragolpe podría ser devastador. Sería mucho compartir el análisis y concordar con las preguntas; si éstas son justas se puede esperar que lleguen también las respuestas.    


Forum della rivista delle politiche sociali, Roma 24 de Noviembre de 2011.
Versión castellana: Escuela de Traductores de Parapanda.

domingo, 15 de enero de 2012

LA DERROTA DEL CAPITALISMO INDUSTRIAL Y LAS REFORMAS LABORALES


La machacona insistencia en las reformas laborales y, sobre todo, el carácter de las mismas es, a mi entender, otra consecuencia de la derrota del capitalismo industrial por parte de los capitales especulativos, de eso que se ha dado en llamar el turbocapitalismo. Una derrota a la que indirectamente alude un trabajo que mañana publicaremos a cargo de Joaquim González, secretario general de Fiteqa-CC.OO.

El capitalismo industrial, al que a lo largo y ancho del pasado siglo se ha enfrentado el sindicalismo confederal, no había tenido más remedio que asumir (con desagrado, por supuesto) la existencia de ciertas normas, que con frecuencia violaba, de obligado cumplimiento que, de un lado, garantizaba el poder contractual del sindicalismo y, de otro lado, tutelaba el Derecho del Trabajo. En ese campo siempre asimétrico se desarrollaba el conflicto social que fue, también, motor de desarrollo de la industria.

No es el momento, ahora, de relatar cómo y de qué manera el turbocapitalismo fue arrollando a los tradicionales capitanes de industria, simplemente dejaremos constancia de  ello. Ahora bien, mutatis mutandi,  fue apareciendo un nuevo paradigma que propició la crisis de principios de la primera década de este siglo y, especialmente, la actual. Frente a ello podemos convenir que las izquierdas políticas –según afirmó educadamente Bruno Trentin sin querer hacer sangre—“estuvieron excesivamente distraídas”.  

Al turbocapitalismo le sobraban los bienes democráticos que representaban los derechos sociales y los controles (asimétricos, hemos dicho y, también, insuficientes) en la economía: así en el centro de trabajo como en los institutos de protección social. En ese estadio, el ejercicio del conflicto social era no sólo una interferencia sino un contrapoder inadmisible.

Por lo tanto, había que, primero, desnaturalizar todo el universo de la contractualidad y, a continuación, poner las bases del retorno a las viejas épocas de antaño. Así pues: rumbo al Siglo XIX. Pero no con la hegemonía del capitalismo industrial sino con el bastón de mando de la financiarización salvaje de la especulación más estridente. Un capitán de industria, no un aguerrido sindicalista, como  Claude Bébéar afirma que “sólo la debilidad de los empresarios explica las licencias que se toman los bancos” (1).

Las consecuencias de todo ello saltan a la vista: un país de nuevos ricos está generando masivamente nuevos pobres que se suman a los de siempre. Cosa que no interesa lo más mínimo a quienes insisten en el carácter de las reformas laborales que proponen. Pero, por lo que se ve, tampoco pestañea esa legión de zanguangos del empresariado industrial que no ve que la vida del turbocapitalismo es la muerte de ellos mismos. “Ya vendrá el Estado a echarnos una mano”, parecen decirse estos hojalateros de hogaño.

En esa tesitura el desarrollo industrial no está presente en discurso oficial alguno (ni ahora, ni antes, todo hay que decirlo): subvenciones, subvenciones y subvenciones.


(1)      Claude Bébéar en Acabarán con el capitalismo (Paidós Estado y Sociedad. 2003)


Radio Parapanda.  LUCHA CONTRA EL PARO.    Escribe Javier López.




sábado, 14 de enero de 2012

ECONOMÍA Y POLÍTICA. La puerta de salida está a la izquierda


Con la seguridad de que mi diario personal sólo lo leerán mis nietos me dispongo a escribir con la desenvoltura de que lo dicho podrá ser juzgado con benevolencia familiar y una vez pasados algunos años. No me atendré a partir de seguridades pues, como dejó dicho doña Amalia Rodrigues (sólo) “una casa portuguesa es, con certeza, una casa portuguesa”. Así pues, le digo a mi diario lo que sigue.

Hasta el día de hoy los mercados le han dicho a los gobernantes lo que tienen que hacer. Naturalmente las agencias de calificación han hecho tres cuartos de lo mismo. Ahora bien, para que la batahola de disposiciones políticas y administrativas pudiera colar, los gobernantes europeos (por supuesto, también los de nuestro celibérico lugar) manifestaron –y siguen erre que erre en con la misma música— que, de esa manera, se saldría de la crisis y se entraría en la senda de la creación de empleos. Como era de esperar don Mariano Termidor –en el puente de mando de su bajel bergantín, viento en popa a toda vela— anunció, y está en ello--  una serie de medidas de alto calado. Sin embargo, ni los mercados ni las agencias de calificación –al contrario del famoso tango de Gardel-- ni duermen ni descansan: vuelven a rebajar la deuda soberana a nueve países y, entre ellos, a Celtiberia. El músculo y la imaginación de Standard Poor´s, ya se ha dicho, ni duerme ni descansa.  

Apunto en mi diario: primero fue la estrecha alianza entre la política y la economía que, aunque desigual, siempre tuvo un cierto cuidado en guardarse las espaldas mutuamente; después, andando el tiempo, la economía, limando ciertos barrotes, procuró cooptar a la política. Ahora se ha abierto una nueva situación: la ruptura de las relaciones entre la economía y la política. La primera hará lo que quiera y obligará, sin pacto alguno, a la política a hincarse de rodillas. Una realidad que va más allá de los sueños de aquel bribón de Friedrich Hayek, sea dicho con todos los respetos.

Claro, no es que en tiempos pasados hubiera una autonomía real -–lo que se dice real---  de la política con relación a la economía. Pero sí existían unas reglas que permitían un cierto juego. Y cuando la socialdemocracia gobernaba, de motu proprio o empujada por el conflicto social,  era posible maniobrar sobre la base del ejercicio de la aplicación de las reglas. Es a saber, la política tenía unos ciertos márgenes que ampliaba en función de su carnet de identidad y del apoyo del conflicto social.

La derecha, según todos los indicios, no está por la labor de recuperar la autonomía de la política. Por otra parte, el partido mayoritario de la izquierda española parece considerar que lo ocurrido el 20 de noviembre pasado ha sido sólo un incidente en el camino sin querer ver, a lo que parece, la ruptura de la alianza histórica entre la economía y la política. Más o menos lo que piensan sus amigos, conocidos y saludados de la izquierda mayoritaria europea.       

Y siguiendo en la intimidad de lo que se escribe en el diario personal dejo sentado lo siguiente: cuando empiecen los brotes verdes de la recuperación de la política seguiremos hablando. Hemos entrado, es verdad, en el Infierno, pero en la puerta no está el cartel que puso Dante: Lasciate ogni speranza voi ch´entrate.  Antes al contrario, la puerta de salida está al fondo: a la izquierda. 


Radio Parapanda.  DÉJÀ VU  Escribe Mastrobaylos

r.Radio”

miércoles, 11 de enero de 2012

CONFLICTO SOCIAL Y AFILIACIÓN SINDICAL



Antonio Baylos ha terciado en el debate sobre el conflicto FORMAS NUEVAS Y VIEJAS DE EXPRESIÓN DEL CONFLICTO al que nos referíamos hace pocos días.  En esta ocasión intentaremos avanzar otra pincelada con la idea de que, cuando tengamos más material, se procedería a darle un cuerpo más compacto. Naturalmente, si el tiempo lo permite. En todo caso conviene hacer una aclaración: aunque el ejercicio del conflicto no se circunscribe al sindicalismo, nosotros nos vamos a referir sólo a esta faceta.

 

Una reflexión sobre el ejercicio del conflicto social ha de partir de una ineludible consideración: el sindicalismo es un sujeto-conflicto. Es más, incluso cuando negocia en cualquier ámbito lo hace desde su personalidad claramente alternativa, es a saber, conflictual. De manera que el uso de las “formas nuevas y viejas de expresión del conflicto” se inscriben el carácter que debe tener el sujeto social.  Estamos, por así decirlo, ante algo no sólo descriptivo sino fundamentalmente prescriptivo. Y remachando el clavo: esta no es una cuestión contingente sino inmanente.

 

Es cierto que la personalidad conflictual le viene por la naturaleza alternativa que expresa el proyecto-que-se-organiza, no por el que retóricamente se fija en los libros sagrados de los congresos. Vale decir, aquello que se aplica o, si se prefiere de manera más ampulosa, por la praxis sindical. Por otra parte, es de cajón que no es irrelevante en todo ello el volumen de su fuerza establemente organizada, esto es, de la afiliación. Por ejemplo, un sindicato (solamente) de cuadros sin una voluminosa fuerza afiliativa que le acompañe es una organización limitadamente conflictual. Por lo demás, tengo para mí que existe una relación entre el ejercicio de cada conflicto puntual y el nivel de nueva afiliación que se  consigue. Pongamos por caso un convenio concreto: la bondad de lo conseguido debe medirse, también, por el consenso activo –por la afiliación nueva que ha concitado— tras la finalización de dicho convenio, tanto si ha concitado o no una determinada movilización.

 

Ello adquiere más importancia, si cabe, en los momentos actuales y, sobre todo, a partir de ahora. Porque, aunque los niveles de participación en el ejercicio puntual del conflicto son relevantes, lo cierto es que la afiliación –esto es, la fuerza estable--  no está a la altura de los desafíos en esta etapa donde confluye, de un lado, una potente innovación-reestructuración tecnológica en el cuadro de una crisis económica de enormes proporciones y, de otro lado, un ninguneo de los poderes políticos y económicos del conflicto social. Se me dirá, con razón, que son cosas sabidas. Pero es más verdad todavía que son cosas que parecen olvidadas.  

 

  

domingo, 8 de enero de 2012

LA INTIMIDACIÓN DEL CONFLICTO SOCIAL

Carmen Rodriguez, viuda de Simón Sánchez Montero





“Las élites económicas (o las clases altas, si se prefiere) se están desentendiendo unilateralmente del pacto del Estado del bienestar porque consideran innecesarios los costes que les pueda ocasionar, en la medida en que las clases populares han perdido capacidad de intimidación”,  escribe Josep Ramoneda en su artículo en la separata de hoy en El País (el subrayado es mío). Pienso que Ramoneda da, con mucha aproximación, en el clavo.

El movimiento sindical lleva unos cuantos años con potentes movilizaciones ya sea de ámbito nacional como europeo. Y sin embargo todas ellas han sufrido un rotundo ninguneo. El problema no es, así las cosas, la ausencia o endeblez de la presión sostenida sino la ausencia de salida de las mismas o –dicho en plata— la no consecución de sus objetivos. Lo que comporta, en palabras de Ramoneda, a la “pérdida de intimidación”. Esta es una cuestión de primer orden que desafía y –no nos vayamos con remilgos— pone en entredicho las alternativas del sindicalismo confederal.

Hace tiempo que reflexioné sobre el asunto vinculando el ejercicio del conflicto social a la innovación tecnológica. Ahora el asunto se nos complica porque los poderes contrarios se encogen de hombros como diciendo “allá vosotros con lo que hacéis; no vamos a cambiar ni un ápice del guión que tenemos escrito”.  Es una situación que puede acarrearnos graves complicaciones en nuestra capacidad de representación. Así las cosas es necesaria una amplía reflexión sobre ello. Y en concreto: ¿de qué manera se puede y debe ejercer el conflicto de masas para que cumpla con su objetivo?

Sugiero, por lo tanto, que es fundamental repensar estas cosas. Como primeros elementos indicativos sería conveniente meditar sobre lo que se dice más abajo (1). Se trata de un escrito de 1997 al que habría que introducir los nuevos elementos.     




(1)         El Conflicto social, hoy.

En mayo de 1997 se desarrollaron unas importantes jornadas organizadas por el Ceres con el objetivo de reflexionar y sacar algunas conclusiones acerca de la relación entre innovación tecnológica y conflicto social. Lo cierto es que el sindicalismo confederal --salvo honrosísimas y muy pocas excepciones-- se encuentra desubicado en relación al ejercicio del conflicto social. Las gigantescas transformaciones tecnológicas han variado profundamente el centro de trabajo; sin embargo, se sigue practicando el conflicto de la misma manera y con la misma forma que antes de dichas mutaciones tecnológicas. Por ejemplo, se utiliza la asamblea como si en el centro de trabajo la gente tuviera el mismo apelotonamiento de personas que la fábrica fordista, por poner una expresión gráfica. Si las nuevas tecnologías producen interferencias al conflicto social, éste se ejerce de la misma manera que cuando aquéllas no existían; sin embargo, no se investiga ni se aprovecha la potencialidad real que las nuevas tecnologías ofrecen para el ejercicio del conflicto. Así pues, se mantiene la centralidad de la asamblea fordista como una especie de mito con la misma inadecuación que pudiera tener un científico que basara sus investigaciones sólo en los cálculos que le proporciona el método de la regla de tres compuesta.


Si el sindicalismo confederal mantiene su actual desubicación en relación al conflicto --es decir, si desdeña las interferencias en su contra y no abunda en las potencialidades reales que existen-- irá empequeñeciendo su personalidad; posteriormente, incluso sin desearlo, se iría transformando en un agente técnico, y no sería ya un sujeto que desde su alteridad pudiera transformar la condición de trabajo.



En todo caso, nosotros no concebimos el conflicto social como algo autónomo o independiente de las propuestas del sindicalismo confederal. Esto quiere decir fundamentalmente que el conflicto se ejerce en relación a un proyecto reivindicativo concreto en un momento determinado. Así las cosas, lo que cuenta --por este orden y no por otro-- es 1) la cualidad de las reivindicaciones, y 2) la forma que tiene el conflicto; a nuestro entender, ambas cuestiones son inseparables para y en el ejercicio del conflicto. Un proyecto reivindicativo concreto que no se refiera a cómo es exactamente la organización del trabajo en cuestión --las condiciones para el trabajo y las condiciones de trabajo más útiles para el conjunto asalariado-- siempre expresará utilidades limitadas; a la larga (no muy larga, pensamos nosotros) irá perdiendo todo su sentido. Y, de la misma forma, un proyecto reivindicativo concreto que no se sustentara en una forma conveniente del ejercicio del conflicto, tampoco sería eficaz.



Es preciso que el sindicalismo confederal elabore una nueva praxis en el ejercicio del conflicto, muy en especial en aquellos sectores que, dadas las innovaciones tecnológicas, tienen una relación diversa entre "la máquina" y "la persona".



Históricamente el ejercicio del conflicto se ha caracterizado por un acontecimiento rotundo: si la persona dejaba de trabajar, la máquina se paralizaba por lo general; este detalle era el que provocaba la realización de la huelga. Hoy, en no pocos sectores, la ausencia de vínculo puntual entre el hombre y la máquina (esto es, que la persona deje de trabajar) no indica que la máquina se paralice. Más aún, gran parte de los conflictos se distinguen porque las personas hacen huelga (dejan de trabajar), pero las máquinas siguen su plena actividad. Podemos decir, pues, que la disidencia que representa el ejercicio del conflicto no tiene ya, en determinados escenarios, las mismas consecuencias que un antaño de no hace tanto tiempo. Esto es algo nuevo sobre el que, a nuestro juicio, vale la pena darle muchas vueltas a la cabeza. Parece lógico, pues, que el sujeto social se oriente en una dirección práctica de cómo exhibir la disidencia, promoviendo el mayor nivel de visibilidad del conflicto. En otras palabras, la visibilidad del conflicto tendría como objetivo sacar la disidencia del espacio de la privacidad para hacerla visiblemente pública.



En suma, para una nueva praxis del conflicto, apuntamos los siguientes temas de reflexión: 1) el carácter y la prioridad de las reivindicaciones, tanto generales como aquéllas de las diversidades; 2) la utilización de la codeterminación; 3) los mecanismos de autocomposición del conflicto; 4) la utilización de las posibilidades reales que ofrecen las nuevas tecnologías para el ejercicio del conflicto; 5) nuevas formas de exhibición de la disidencia, dándole la mayor carga de visibilidad en cada momento.



Aunque la movilización de los internautas no tenga el carácter de un conflicto "de clase", vale la pena echarle un vistazo a sus características más llamativas; de esta manera veremos --como decíamos más arriba-- hasta qué punto las innovaciones tecnológicas proponen nuevas posibilidades para el ejercicio de la protesta y la disidencia. De este conflicto podemos hablar, ya que nosotros hemos mantenido, a través de internet, un diálogo con el centro promotor de la huelga. Los motivos de esta acción no son otros que el rechazo de los internautas del espectacular incremento de las tarifas telefónicas. A continuación surge el grupo coordinador, llamado Plataforma-la huelga (dice contar con 10.000 usuarios). Este colectivo establece una política de alianzas con grupos tales como Plataforma por la tarifa plana, Proyecto Serviline, Organización de consumidores y amas de casa, Asociación de transportistas y otras. Se convoca "la huelga" de usuarios internautas y se concretan en un plan de acción a realizar durante el mes de setiembre. Vale la pena explicar que todo ello ha estado presidido por una serie de hechos participativos a través de las chats, es decir, las "tertulias cibernéticas". Como puede verse, estamos ante un conflicto que se mueve, en unos casos, alrededor de las más tradicionales convenciones y, en otros casos, con nuevas formas en el ejercicio de la acción.



De un lado, existen unos motivos para la protesta que son aprehendidos por un grupo dirigente, situado en una sede; este grupo estimula una política de alianzas que desde su "local" lanza la convocatoria y fija el plan de acción, concretado en una serie de protestas, acordadas después de un debate participativo. Todo ello en el más puro convencionalismo tradicional de la teoría y práctica del conflicto; por ejemplo,

el plan de acción invoca a los receptores de los mensajes "la necesidad de difundir las medidas tanto como podáis entre todos los sectores en internet y fuera" que parece recordar el viejo recado del movimiento obrero "lee y difunde esta octavilla". Por otra parte, este conflicto ha suscitado algo que también nos es familiar, a saber: la solidaridad. En efecto, miles de usuarios de, al menos, nueve países se han adherido a este conflicto; conscientes unos y otros de la fuerza de Telefónica, han fundado el Consejo social de las Comunicaciones --un ente que agrupa a organizaciones de usuarios de esos nueve países-- para "hacer frente a los abusos de la empresa y exigir un trato justo y equitativo de la prestación del servicio de Telefónica".

De otro lado, la sede no es otra que Página web: http//www.lanzadera.com/la huelga, y e-mail:la huelga@ hotmail.com; las comunicaciones (en jerga tradicional, las octavillas) a los hipotéticos huelguistas se lanzan a través de esos mundos cibernéticos. Podemos decir satisfactoriamente que nos encontramos ante una parte de las facilidades que posibilita la innovación tecnológica, incluso para la participación de los auténticos sujetos conflictuales, que son las personas-usuarias.


Todo ello abre un camino (cuyas consecuencias no nos son posibles determinar en estos momentos) a una nueva relación entre objeto del conflicto, el sujeto que lo organiza y los recursos de nuevo estilo. A saber, la innovación tecnológica concreta que desde un "centro invisible" (en este caso, un web) se puede organizar y convocar un determinado conflicto. Por otra parte, el web --que es, a la vez, sede y octavilla-- contiene una velocidad comunicativa, desde su fijación hasta la recepción, como jamás en la historia de los conflictos haya tenido convocatoria alguna; de igual modo, estos recursos de nuevo estilo permiten inter-conectar (esto es, conectar entre-si) a los que se encuentran físicamente separados en distancias lejanísimas. Es decir, estos nuevos recursos informan y agrupan instantáneamente a miles de personas que están separadas solamente en lo físico; de donde se infiere que el espacio clásico --el espacio fordista, se entiende-- ya no es determinante (o no tan determinante como antaño) para el ejercicio de determinadas formas de conflicto social. Entiéndasenos bien, para lo que nos ocupa no es la velocidad de la comunicación el rasgo fundamental sino la capacidad de reunir (conociendo, debatiendo y decidiendo) a los que están dispersos, separados a miles y miles de kilómetros en un mismo momento; que eso se haga de manera instantánea es cosa que se da por añadidura. De manera que objeto, sujeto y recursos adquieren una nueva dimensión, no sólo técnica sino también cultural. Lo insólito de dicha relación es que ya no afecta a las personas que son abarcables con la vista --como lo era el ágora griega o la asamblea fordista-- sino a miles de personas inabarcables con los ojos, dadas las distancias entre todos ellas. Y todavía más: de la misma manera que la asamblea fordista se realizaba en el lugar natural de una superficie concreta, la asamblea interconectada de los internautas también se ha desarrollado en un lugar natural, mejor dicho: en muchísimos lugares naturales. Podemos decir, en consecuencia, que se ha establecido un vínculo diverso entre espacio (el lugar físico donde está cada internauta) y el tiempo instantáneo (en el que se establece la colectiva intercomunicación).



Este conflicto de los internautas (al igual que otras experiencias) propone una nueva relación entre tecnología y conflicto social que debe ser estudiada por el sindicalismo confederal en cuyo seno existen ya unas prácticas muy minoritarias. Nosotros pensamos que sería erróneo interpretar esta fenomenología con viejas categorías o, peor aún, confrontarla con los modelos tradicionales dejándose guiar sólo por la nostalgia de una época en la que parecía posible una comunicación más rica y humana, que siendo ejercitada como si estuviésemos en el tradicional fordismo, ya no concita la agrupación física de las personas en la asamblea en la que hemos crecido y desarrollado



Para nosotros está meridianamente claro que estos hechos participativos conservan la misma esencia que los de la tradicional asamblea, aunque cambie el aspecto formal del estar juntas, físicamente, las personas. En otras palabras, se mantiene el conocimiento, el debate y la decisión colectivos y, formalmente, se les re-agrupa de otra manera. Es, sin ningún género de dudas, una alternativa a la objetiva dispersión física de las personas que provoca la utilización de las nuevas tecnologías.



En este conflicto de los internautas podemos sacar otra lectura más. La comunicación de todo tipo de mensajes (elaboración de las reivindicaciones, su razonamiento y la decisión de cómo y cuándo se ejercita el conflicto) es directa, esto es, no mediada por ningún tipo de sujetos o estructuras intermedias. Se reducen, por tanto, los matices y distorsiones que se dan en el conflicto tradicional como fruto de la cadena de estructuras intermedias y la subjetividad como cada una de éstas percibe las razones de dicho conflicto. Esta relación directamente intercomunicada redimensiona el carácter del grupo dirigente y la particular figura del secretario convencional, cuyo poder no viene ya del número y de la calidad de los secretos que guarda sino de su fuerza intelectual y propositiva. Experiencias como ésta indican que no existe la "cadena jerárquica" entre el centro y las periferias; al menos en este conflicto se han roto las intermediaciones y la relación de poder basada en el monopolio de la información tradicional de arriba-abajo.



Por la novedad de este conflicto nos ha parecido oportuno conocer los niveles de seguimiento del mismo; de ello informamos en el anexo número 1.



Permítasenos una aparente (sólo aparente) digresión. En la lucha contra la Dictadura franquista la parte más organizada del movimiento obrero utilizó un concepto tan llamativo como la utilización a fondo de las posibilidades legales, que tuvo su traducción práctica en lo que todo sindicalista medianamente informado conoce. Pues bien, salvando todas las distancias que son al caso, vale la pena que hoy el sindicalismo confederal ponga en marcha la utilización a fondo de las posibilidades tecnológicas para el ejercicio del conflicto social; a nuestro entender hay que hacerlo con la misma naturalidad y decisión como cuando el sindicalismo dejó de utilizar la bocina de mano en las asambleas para apropiarse del altavoz eléctrico y del inalámbrico; con la misma naturalidad, también, con que miles de sindicalistas han asumido la cotidianidad del telefonillo portátil.



En resumidas cuentas, no estamos ante el fin del ejercicio del conflicto social. Este es un testamento ideológicamente dirigido al movimiento de los trabajadores que está siendo contestado por unas incipientes formas de realizar la disidencia. El sindicato --que también debe ser un sujeto organizador de los saberes y experiencias-- debe promover nuevas discusiones en torno a todo ello. Un sindicato confederal que debe percibir cuándo determinadas formas del ejercicio del conflicto --no decimos el conflicto-- acaban siendo fungibles y devienen inútiles, y por lo tanto deben ser re-emplazadas por otros mecanismos. Desde luego, la salida gradual del taylorismo que preconizamos no puede ir acompañada por el ejercicio de un conflicto cuyas características siguen siendo del sistema que se quiere superar. O, en otras palabras, el deslizamiento hacia otro paradigma de organización del trabajo debe ir teniendo su plena correspondencia del mayor número de los elementos que le acompañan: proyecto, reivindicaciones generales y de las diversidades y también las formas de cómo es el sujeto social y de qué manera ostenta su propia alteridad.