viernes, 4 de septiembre de 2015

¿Hay jueces en Madrid?



Cuentan los viejos cronicones que Federico el Grande se empeñó en derribar un molino que, a su parecer, afeaba la vista del palacio. El molinero recurrió a los tribunales y estos le dieron la razón. Y, alborozadamente, exclamó: «Hay jueces en Berlín».  Cierta o no esta anécdota ha pasado a la historia. Y como tal la conocen los magistrados de nuestro Tribunal Constitucional.

La cosa viene a cuento, ya lo han sospechado ustedes, por la operación que ha puesto el Partido Apostólico de cara a convertir definitivamente el Tribunal Constitucional en su prótesis particular. En todo caso, lo cierto es que dicho tribunal está bajo sospecha de docilidad al poder en ciertos sectores de la población. Que con el nombramiento, tiempo ha, de su actual presidente, siendo todavía un alistado en las filas de dicho partido, acabó por despejar las dudas de algún que otro alma de cántaro.

Que el Tribunal Constitucional esté bajo sospecha de parcialidad –léase compadrazgo con los apostólicos— es  grave, y ciertamente no ayuda en absoluto a la confianza y respeto a la institución, amén de a nuestra democracia. Que el Partido apostólico intente dar ahora otra vuelta de tuerca contribuye a empeorar las cosas. Porque introduce peligrosas variantes: desnaturalización del carácter y papel del TC; provoca una zahúrda de competencias entre distintos tribunales; y, por supuesto, le hace aparecer como un sujeto ancilar de las políticas del Ejecutivo.

Por lo demás, clama al cielo el vértigo de esta novación legislativa: por la vía exprés se pretende poner en marcha tamaño disparate que es el colofón de este cuatrienio ominoso que estamos sufriendo. De donde yo infiero que el Partido apostólico intenta dejar las cosas «atadas y bien atadas». Si después gobierna (en coalición) sabe que su socio tragará con dicha reforma; y si no gana es conocedor de hasta qué punto a los nuevos inquilinos no le hará mala digestión tener un báculo de esa envergadura.

Dicho lo cual, un servidor bien merecería un cogotazo por parte de Francesc de Carreras que, en un reciente artículo en El País, ha loado la decisión del Partido Apostólico. Y, ciertamente, de Carreras es un constitucionalista de pelo en pecho. Con lo que podría decirme aquello de «confitero, a tus pasteles». Pero ¿estamos hablando de tecnicismos o de política? En lo primero no puedo competir con el ilustre catedrático; en lo segundo, aunque sea a paticojas y tartajeando, puedo defenderme un poquito. 

Pregunto: ¿qué jueces hay en el Tribunal Constitucional? ¿resistirían los empujones del grande Federico? ¿qué pensarán los molineros de hoy en día de todo esto?  Vale


Radio Parapanda. Mañana publicaremos un importante trabajo del profesor Javier Tébar, titulado Protestar en España. Oigan, no se lo pierdan si quieren saber un poco más de lo mucho que ustedes conocen. 

De momento con Isidor Boix; Sobre la RSC y la globalización de los derechos



jueves, 3 de septiembre de 2015

Alemania, ¡qué envidia!




Joaquim González Muntadas
Director de Ética Organizaciones SL


Mafalda: "qué mal está el mundo, suerte que está tan lejos".

A primeros de agosto, la Unión Europea y sus 28 Estados Miembro fueron incapaces de repartir los más de 40.000 demandantes de asilo que se encontraban en situación de emergencia en Italia y Grecia, hacinados y saturados, sin poder cubrir sus necesidades básicas, personas que se han jugado la vida en el Mediterráneo, como los cerca de 3.000 que la han perdido en la travesía del Mar de las culturas.

Entre tanto,  en Bruselas, como en un bazar,  los ministros de Interior de la UE de cada país, y España no ha sido precisamente una excepción, más bien lo contrario, han regateado el compromiso de sus países para resolver el drama de un número de personas  que no llega a representar el 0,007%.

Pero ha sido precisamente Alemania (y su canciller Angela Merkel) el país, que gracias a la actitud de la mayoría de los ciudadanos y ciudadanas, nos está dando un ejemplo al resto de los europeos por nuestra vergonzosa pasividad frente a este drama de los refugiados que llegan a Europa.

Deberíamos sentir envidia de ese ¡Alemania, Alemania! de la boca de los hombres, mujeres y niños refugiados, que se oye en las estaciones de tren de Budapest y de otras ciudades europeas, como un grito de esperanza, de la valentía de la canciller al visitar un conflictivo centro de refugiados, que  mirando a los ojos de manifestantes que la acusan de traidora, afirma: "No puede haber tolerancia con quienes cuestionen la dignidad de otra gente…No hay tolerancia hacia quienes no están dispuestos a ayudar, cuando, por razones legales y humanitarias, la ayuda es debida”.

Envidia de ver que la mayoría de la ciudadanía alemana apoya la política de solidaridad con los refugiados, como refleja una reciente encuesta de ZDF donde el 86% de los encuestados dice concebir a Alemania como “un país de inmigrantes” y un 60% afirma que su país podría ser capaz de acoger a los refugiados.

Envidia del papel activo que están teniendo la mayoría de los medios de comunicación alemanes en favor de la solidaridad con los refugiados, de  ver en las pantallas de nuestros televisiones a miles de alemanes en Dresde manifestándose para dar la bienvenida a los refugiados y desafiar a los neonazis que con su violencia intimidadora tratan de espantarlos, de esos balcones de tantas viviendas alemanas con pancartas de “bienvenidos los refugiados”, de las pancartas de apoyo y ánimo a los refugiados que se han visto en los estadios de fútbol este fin de semana, de los aficionados del Borussia de Dortmund que invitaron en su último partido a 220 refugiados a su estadio para expresar la bienvenida a la ciudad.

Envidia al ver el video de la selección alemana de fútbol donde afirman "Por supuesto que el tema nos concierne. Es importante para nosotros dar ejemplo. Debemos ponernos al frente como futbolistas, como selección alemana", "Somos personajes públicos, tenemos el deber de hacer algo... Como uno de los países más ricos del mundo estamos en la posición de ayudar". O la convulsión en las redes sociales de ese país, como el hashtag/refugeeswelcome, agitando y movilizando la solidaridad o ‘Flüchtlinge Willkommen’ ("Bienvenidos refugiados"), la  red para  poner en contacto a ciudadanos alemanes con habitaciones libres y personas refugiadas en busca de asilo. Envidia de la iniciativa que han impulsado algunos bares y cervecerías  con etiquetas y posavasos con el lema "no hay cerveza para los racistas".

Cuántos minutos de silencio más tendremos que seguir haciendo en memoria de los muertos encontrados en un camión de la autopista o por los centenares de cadáveres flotando en las aguas del Mediterráneo. Cuántas portadas más como las del cadáver de ese diminuto niño en brazos de un policía en una playa de Turquía, para decir basta a la "globalización de la indiferencia". Cuanto tardaremos en movilizarnos, porque el mundo no está lejos como dice Mafalda, sino que está aquí, cada día y cada noche con nosotros, para exigir y aportar soluciones. Por esto sí valdría la pena, gritar: ‘España, España, Catalunya, Catalunya’.


L´Unità y el barbero de Sevilla



Al amigo Bruno Ugolini


1.--  Hay políticos en Italia extraordinariamente originales. Pongamos que hablo de Matteo Renzi y sus parciales. Que a un servidor no le inspire ninguna confianza ese caballero no impide el reconocimiento de su probada de originalidad.

Aclaro: en Milán se está desarrollando una obra de teatro, El barbero de Sevilla, en la que no aparece Fígaro.  Digamos, pues, que Rossini aparece mutiladamente revisitado, aunque en realidad quien se encuentra más lesionado es su libretista, el gran Cesare Sterbini, que vería con asombro la forzada ausencia del barbero, el factótum de la ciudad. Adiós Rossini, adiós Sterbini,  gracias por los servicios prestados. Los grandes intérpretes del Fígaro –pongamos que hablo de Leo Nucci y otros grandes--  pensarán que se me ha ido la zucca. Así es que vamos a aclarar el aparente misterio.

Matteo Renzi ha puesto en marcha la fiesta del periódico L´Unità, el legendario periódico fundado por Antonio Gramsci que dio hospitalidad a los grandes sujetos políticos y sociales del siglo XX, a sus reivindicaciones e ideales de transformación del trabajo y la sociedad. Pero, como todos ustedes saben, este Renzi liquidó con nocturnidad y alevosía el diario. L´Unità y sus periodistas le eran un obstáculo para llevar el partido a los infiernos.  


Ahora se monta la fiesta con el periódico, asesinado, y  en el cementerio. ¿Habráse visto tamaña obscenidad? 

miércoles, 2 de septiembre de 2015

“PASOS A LA IZQUIERDA”: Un foro para el debate



Un grupo de amistades ha tenido la feliz idea de poner en marcha una nueva revista digital. Se llama «Pasos a la izquierda: un foro para el debate». Aquí puedes enlazar, si gustas, para ver el número de prueba: PASOS A LA IZQUIERDA.

¿Una nueva revista, me dices?  Sí, porque nunca son suficientes. Me informan de su Consejo rector: entre otros, se encuentran las voces informadas de Javier Aristu y Paco Rodríguez de Lecea.  E igualmente seria son sus promotores (1). Por supuesto, acabo de ponerla en mi almacén de favoritos. Recibo lo que podría ser la Declaración de intenciones de la revista. Y como una centella: copio y pego. Hela:   

Un grupo de personas con diversas experiencias profesionales, en movimientos y organizaciones sociales y políticas nos hemos reunido a fin de debatir y promover un foro de discusión en la red que tenga como objetivo básico la actualización del discurso teórico y político de la izquierda y el reforzamiento de las opciones alternativas al actual proceso hegemónico neoliberal.

La iniciativa se realizará a través de una revista digital en la que deseamos acoger las más amplias y variadas opiniones alternativas, española, europea e internacional; nos une la idea de que hoy es más necesario que nunca el diálogo y el encuentro de todas las identidades que se reclaman de la izquierda. Asimismo, coincidimos en que es necesario impulsar y reforzar las organizaciones y proyectos que representan el mundo del trabajo.

«El mundo de hoy

1. Un capitalismo neoliberal, financiero y global está hegemonizando el actual momento histórico, del cual se deducen consecuencias de devaluación del trabajo y de destrucción del tejido social y de las relaciones humanas.

2. Uno de los principales resultados de tal proceso es la mutación de las relaciones de trabajo que conocimos en el siglo XX. El trabajo está cambiando, se está transformando y modificando de forma extraordinaria, constatándose una degradación en las relaciones laborales que tiene su correlato en pérdida de derechos y extensión de fórmulas de precariedad que se llegan casi a asumir como “inevitables”.

3. Otra consecuencia es la generación de nuevas pautas culturales y de hábitos humanos, a partir de la influencia de las tecnologías de la información y la globalización de actitudes y medios.

4. Europa ha pasado en la últimas décadas de un sistema democrático, social y civilizatorio de corte estatista y keynesiano a otro marcado por parámetros neoliberales que conducen a sociedades duales en las que se buscan soluciones individuales en lugar de colectivas. La concepción de una Europa basada en un pacto social y ciudadano ha sido reemplazada por un modelo tecnocrático y autoritario que está degradando la democracia, generando graves desigualdades y fracasando a la hora de satisfacer las necesidades de la mayoría social. Y la actual situación puede agravarse si se confirman los acuerdos del TTIP por encima de los estados y con ellos frustrar los futuros procesos de cohesión y democracia europea por muchos años.

5. El contrapoder democrático que deberían ejercer los medios de comunicación de masas se ha debilitado significativamente, al pasar muchos de los grandes medios a formar parte de conglomerados económico-financieros que tienen una agenda muy determinada por sus propios intereses de inversión.

6. Los sujetos sociales históricos que ofrecían una alternativa al sistema capitalista clásico están decayendo o en trance de desaparición: la socialdemocracia ofrece respuestas insuficientes a esta crisis; la izquierda proveniente del paradigma comunista da claras muestras de agotamiento; las alternativas políticas ecologistas, que en otro tiempo podían ser entendidas como influyentes, han mostrado sus limitaciones; el sindicalismo está pasando por dificultades que debilitan su influencia social; el feminismo sigue repudiado por una parte importante de la sociedad, por mucho que algunas de sus reivindicaciones se hayan asumido social y políticamente. Está presente el peligro de una ruptura entre la nueva dinámica social y las clásicas representaciones políticas de la izquierda.

7. Nuevas, contradictorias y diversas respuestas sociales y políticas están surgiendo: Syriza en Grecia, Podemos en España, los movimientos por el bien común en Italia, otras formas de acción colectiva y organizaciones sociales, etc. Todo ello da esperanzas para pensar que algo nuevo se está abriendo paso y que merece ser apoyado.

8. Una conclusión parece evidente: vivimos en una encrucijada histórica en la que se dirimen transcendentales opciones económicas, sociales y culturales. La cosmovisión y los modelos teóricos, políticos y sociales con los que la izquierda clásica ha venido trabajando en el siglo XX deben ser revisados si queremos estar a la altura de los tiempos. Hacen falta nuevos paradigmas, nuevos instrumentos teóricos, nuevos sujetos sociales dialécticamente sobrevenidos de los antiguos y nuevos protagonistas.

Qué queremos

1. Trabajar y pensar autónomamente a fin de ayudar a construir los nuevos contenidos programáticos de los discursos de izquierda en el siglo XXI.

2. Propiciar un foro de encuentro de ideas de las diversas y variadas izquierdas existentes en nuestro país y en Europa.

3. Participar en el debate de los contenidos, programas y alternativas de las organizaciones sociales sabiendo que estas juegan un papel necesario para la reconstrucción de los nuevos sujetos políticos.

Avanzamos un conjunto de temáticas sobre las que nos sentimos especialmente concernidos: 1. El trabajo, las relaciones laborales y la sociedad. 2. El poder: hacia un modelo participativo y plenamente democrático de gobernanza. 3. Otros modelos económicos y productivos: la ciencia y la tecnología al servicio de la humanidad. 4. Las desigualdades sociales, de género, educativas y culturales. 5. El futuro de Europa y las relaciones Norte-Sur. 6. Viejas y nuevas luchas sociales».


Querido amigo, conocido y saludado: ya estás informado y sabes tanto como un servidor.




(1) Paco Rodríguez de Lecea, Ramón Alós, Carlos Arenas Posadas, Carles Vallejo, Javier Tébar, Josep Maria Rañé, Javier Aristu, José María Zufiaur, Antonio Baylos, Javier Velasco Mancebo, Javier Terriente,  Manuel Alcaraz Ramos, Antón Saracíbar, Carmen Barrios, Joana Agudo, Berta Cao, Laura Martin Murillo, Concha Segovia, Ramón Valle Cabrera, Marcial Sánchez Mosquera, Juan Bosco Díaz de Urmeneta, José Antonio Nieto Martínez, Ángel Duarte Montserrat, Ángeles González Fernández, Francisco Palero, Aurora León González, Bartolomé Clavero Salvador, Joan Romero, Alfons Puncel, Jorge Olcina, Olga Fuentes Soriano, Sebastián Martín, Rafael Gómez Gordillo

martes, 1 de septiembre de 2015

El factor P



Escribe Javier Terriente Quesada

Como siempre ocurre en periodos electorales, las diferencias entre el PSOE y PP suelen extremarse, con una notable falta de memoria del primero y un gran manto de mentiras  en el caso del segundo, a la espera de que una vez alcanzada la hipótesis de un cambio de gobierno se diluyan bajo un pragmatismo responsable, en cuyo nombre   caben toda clase de atropellos, redes corruptas y anomalías democráticas. El problema de este llamado pragmatismo responsable, tan apreciado por los viejos partidos de orden (frente a la amenaza de los “populismos irresponsables” que lo cuestionan), es que al ampararse en lo existente como la única realidad posible y disolver en lo cotidiano el horizonte de lo deseable, proclama sin pudor la caducidad de las políticas de reformismo fuerte y el fin de las ideologías emancipatorias. Ello conduce inevitablemente a estimular mecanismos bipartidistas que favorecen un nuevo reparto espurio de las instituciones estatales.

Estas semejanzas, que se encuentran en el origen del descrédito que amenaza la legitimidad del sistema de partidos, se agrava ante el hecho de que la izquierda tradicional vive empantanada en un proceso de crisis permanente, derivada de su incapacidad para pensar y actuar en la perspectiva de las nuevas magnitudes que caracterizan este cambio de época. Eso le impide, a diferencia de lo que ocurría en el pasado, ejercer de portavoz de una verdad irrefutable acerca del devenir histórico y las tareas esenciales de la clase obrera. Por el contrario, es una realidad dramática que antiguas verdades y reglas de la izquierda, que movieron casi desde la nada montañas de esperanzas, se convirtieron en dogmas de fe de una iglesia laica omnipotente y omnisciente, que solo encuentran refugio ahora en partidos crepusculares o en trance de serlo. No es casualidad.  Dirimir el carácter de izquierdas de una organización en virtud de una enumeración de autoproclamaciones en torno a la defensa escolástica del marxismo, la simplificación de la lucha de clases o el advenimiento de la III República, ya no basta. Se necesitan respuestas nuevas a la crisis inédita del capitalismo post fordista y a la emergencia de nuevas categorías sociales y profesionales, al empobrecimiento sin fin de las clases medias y a las crecientes desigualdades.

Europa existe y existe de una forma determinada mediatizada por las fuerzas fundamentalistas de mercado; su complejidad va más allá de la llamada Europa de los mercaderes. La disyuntiva no pasa por el retorno a las antiguas monedas nacionales. Guste o no, los Estados actuales ya no son ni volverán a ser  las vías por donde transcurran las decisiones esenciales sobre la economía, las finanzas, el derecho, el trabajo y la política. Es una evidencia que la respuesta a los nuevos desarrollos capitalistas no puede abordarse con mentalidades y herramientas viejas, mediante atajos que piensen el futuro de Europa en términos de Estados nacionales independientes y/o feudalizados. Revitalizar el proyecto social y democrático europeo, truncado por las políticas neoliberales, exige sobre todo tenacidad y paciencia para dar una nueva dimensión al protagonismo democrático de los ciudadanos e impulsar los cambios políticos imprescindibles en la actual correlación de fuerzas  de la Unión Europea. Por ello, la prolongación indefinida de un determinado tipo de disputas nominalistas en la izquierda tradicional, ancladas en análisis del pasado, no hace sino empeorar su tendencia irrefrenable hacia la insignificancia, como si esta formase parte del orden natural que le corresponde en el actual universo político.

Por otro lado, es constatable que la corrupción, el nepotismo y las redes clientelares, no le han sido ajenos en determinados casos; la apuesta inaceptable por modelos desarrollistas ligados al ladrillo en áreas de alta intensidad especulativa, creó las condiciones para ello. No resulta entonces insólita la fusión, sin conflicto aparente en un mismo discurso, de una ardiente retórica “revolucionaria” oficial con la incapacidad para construir alternativas políticas y económicas verosímiles. Teniendo en cuenta estas cuestiones, ¿no estaría justificado preguntarse qué es lo que queda detrás de las toneladas y toneladas de manifiestos y programas idénticos entre sí, inmunes al paso del tiempo, signo insoslayable de un arraigado inmovilismo doctrinal?: un discurso residual de tipo identitario más que discutible, varias décadas de resultados electorales de escasa relevancia (salvo contadas excepciones), la conversión del antiguo PCE en un grupúsculo fundamentalista, una serie de experiencias de gobierno cuando menos contradictorias (algunas, poco gloriosas), y un catálogo de apelaciones sectarias a la unidad de la izquierda, dirigidas más a la autoafirmación de un sector muy minoritario del electorado que a la voluntad de conquista de nuevas mayorías sociales. En estas condiciones, resulta un tanto disparatada la arrogancia de expedir certificados de buena conducta, en función de que se acepte participar o no en un frente de izquierdas de cara a las elecciones generales.

Es interesante observar, que determinados medios ya han asignado a Podemos la casilla que le corresponde en el nuevo escenario electoral, acompañado de un manual de instrucciones precisas: 1- no invadir espacios que pertenezcan por derechos históricos a otros partidos, particularmente al PSOE; 2- impedir que la transversalidad de las protestas provocadas por las políticas neoliberales tenga un nuevo destinatario.  No importa que la socialdemocracia se haya transmutado en una fuerza corporativa, cuyos líderes, cíclicamente, ejercen de izquierdistas en la oposición y de “dirigentes responsables” en el gobierno. Por encima de todo, el guion señala que Podemos ha de ser coherente con su misión fundacional, atornillado a la casilla del radicalismo populista y chavista, en disputa con las izquierdas tradicionales; ergo su destino no puede ser otro que el de participar en un frente de izquierda, al que ya se le ha otorgado graciosamente una franja electoral minoritaria preestablecida. No hay elección. Podemos debe asumir la condición subalterna que le confieren las leyes  inscritas en su naturaleza política y ser respetuoso con las dinámicas de reorganización del poder en un marco bipartidista. La finalidad: garantizar la eventualidad de acuerdos combinados entre PP, PSOE y Cs e impedir a cualquier precio un gobierno de o con Podemos; en todo caso, restarle capacidad para convertirse en una fuerza determinante. Grecia está cerca y aún en su derrota (la izquierda revolucionaria con 3 R, esa a la que no le tiemblan las piernas, lo llama alta traición), es preciso evitar a toda costa el contagio del Syriza de Tsipras cortocircuitando el ascenso de Podemos. He ahí uno de los muchos puntos comunes entre la derecha y la socialdemocracia europea y española. Esta estrategia tuvo sus antecedentes a mediados de los años setenta y comienzos de los 80 del siglo pasado, cuando el ascenso de las izquierdas en Europa parecía imparable. La revolución de los claveles en Portugal (1974), la caída de los Coroneles en Grecia (1976), la inminencia del acceso al poder del PCI en Italia a través del Compromiso Histórico con la Democracia Cristiana  de Aldo Moro (1978), Mitterrand y su Programa Común (1981) y las excelentes expectativas del aún ilegal PCE, hicieron sonar las alarmas de la OTAN, Centinela de Occidente y de la Civilización Europea. Al peligro que suponía un gobierno de, o con, el PCI en Italia se le llamó factor K. Hoy, a la amenaza que representa Podemos, con todas las variables y matizaciones del mundo, se le podría denominar Factor P.    
1+ (-1) = 0

Parece ser que la llamada confluencia política de la izquierda se ha convertido en un novísimo Santo Grial, que permitiría un cambio radical en la correlación de fuerzas en las próximas elecciones generales. Poco a poco se ha ido generando desde los grandes medios de comunicación una suerte de razonamiento místico o tautológico en torno a un juego de palabras circular: Sumergirse en la confluencia sería como purificarse en las aguas del Jordán, que absolvería de sus pecados pasados a Podemos, permitiéndole el ingreso en la cofradía de los creyentes verdaderos. No hacerlo, equivaldría a un crimen de lesa traición. ¡Ay, amenazan, si Podemos se atreve a rechazarla tras las elecciones catalanas, asumirá de por vida la responsabilidad de la derrota de las clases populares en las generales

¿Sin embargo, de qué se trata cuándo se habla de confluencia?

En términos generales, parece de sentido común aplicar las matemáticas elementales a la política: dos más dos igual a cuatro. Ahora bien, siempre que se sumen cantidades homogéneas y de signo positivo. De lo contrario, las cuentas no salen.

Pero, ¿qué ocurre cuando lo que se ha dado en llamar pomposamente como confluencia no es sino una réplica multiplicada ad infinitum de un mismo o varios sujetos políticos en sus más variadas interpretaciones satelizadas, provincia a provincia, región a región? ¿Cómo interpretar una colección de siglas de escasa o nula representación social sino como uno de esos celebrados episodios de romanos vestidos de cartagineses (y viceversa) según las conveniencias territoriales de la acción fílmica? ¿No es ventajismo político apelar a los éxitos municipales de Madrid y Barcelona como forma de presión a Podemos, para que renuncie a candidaturas propias en toda España, y no al fracaso de las llamadas candidaturas de unidad popular en el resto del país, bajo control de la izquierda tradicional?

Siendo esto así, no parece lo más adecuado llamar unidad popular a una simple colección de entidades de representatividad cuestionable, urgidas por la imperiosa necesidad de refugiarse en una marca participada por Podemos, ante el peligro de desaparición inminente en las próximas citas electorales. Si, además, esas candidaturas se presentan a la estela de una denominación igual o parecida a alguna de las ya contrastadas, mayor apariencia de arraigo popular. En este escenario de sombras chinescas, lo importante no son los contenidos sino fagocitar una imagen simbólica acreditada (Ahora Madrid, por ejemplo, o antes Ganemos Barcelona), repetida hasta la saciedad, que trasfiera prestigios ajenos.

Si hace escasos meses las primarias abiertas eran objeto de burla por tratarse de un “invento norteamericano”, ahora hay quien hace suya esa iniciativa aunque sea  en versión tutelada e interna del formato original; si Podemos y sus dirigentes eran un producto mediático destinado a desaparecer a las primeras de cambio (como aseguraban que sería el destino del 15M), ahora se les busca desesperadamente para reclamarle altura de miras y generosidad ilimitada; si hasta hace unos meses Podemos no era un instrumento fiable por “situarse en el centro del tablero”, “no ser de izquierdas ni de derechas”, o instalarse fuera de los “conflictos de clase”, ahora ya no importa, las angustias electorales (y las derrotas municipales y autonómicas con sus secuelas económicas) dictan que el desprecio se trastoque en respeto y el desdén en objeto de deseo.    

El hilo argumental que justificaría esos cambios de opinión se sostiene en que las experiencias municipales de Madrid, Barcelona, Valencia….se basan en modelos extrapolables para las generales. Nada más desacertado.

Primero, porque el discurso y las estrategias de las izquierdas representadas en esas candidaturas (y las problemáticas territoriales de referencia) tienen poco que ver con los de la izquierda tradicional o no la incluyen, como Madrid y Valencia. En este caso, es inevitable que surja una cruel paradoja: si las propuestas y formatos municipales de Madrid, Barcelona, Valencia, Baleares o Galicia, son el modelo a seguir en el resto de España, ¿no sería deseable que una de las condiciones necesarias para su éxito sea que esa izquierda, en un acto de generosidad, no obstaculice el proceso?

Segundo, porque los actores y las alianzas que intervienen en el plano municipal tendrán, previsiblemente, un comportamiento muy distinto en las generales: ¿alguien piensa sensatamente que el PSOE seguiría las mismas pautas respecto a una candidatura de unidad de la izquierda, que el que ha tenido en Madrid, Barcelona, o en una serie de Comunidades?

Tercero, porque caben muchas dudas acerca de cuál sería la izquierda aliada de Podemos, provincia a provincia, comunidad a comunidad: ¿la que ha expulsado a 5000 militantes en Madrid, la que facilitó el gobierno de Monago en Extremadura, la que ha gobernado para sí misma, con un PSOE agujereado por los caso de corrupción, las privatizaciones y las contrataciones escandalosas en Andalucía….?

Cuarto, porque ante este panorama, no sería improbable que sectores procedentes de la izquierda tradicional, o Podemos, no apoyen ni voten candidaturas de confluencia, neutralizándose mutuamente, o lo que es igual, que la sumatoria de fuerzas se convierta en un magma autodestructivo igual a nada.

Y quinto, porque es evidente que una propuesta genérica de unidad con esta izquierda, o de participar con ella en mixturas electorales provinciales (siempre hay alguna excepción singular), estaría condenada a jugar en espacios políticos reducidos, muy lejos de la necesaria suma de consensos democráticos para derrotar a la derecha.

Si el objetivo es desalojar del poder al bunker conservador, y no dar testimonios de fe con un grupo reducido de parlamentarios, no hay duda: lo coherente sería aspirar a una convergencia democrática transfronteriza capaz de aislar al núcleo duro de la derecha e infringir una derrota completa al  bipartidismo. En conclusión, a nadie se le escapa que un frente de izquierdas, en las condiciones no imaginarias sino reales de aquí y ahora de la izquierda tradicional, cualquiera que sea su ámbito, además de tener un alcance restringido y un programa inasumible por las grandes mayorías, constituiría un adversario fácilmente abatible.

En este sentido, convendría recuperar la memoria de las luchas y experiencias del pasado anti franquista, pues nos muestran el camino a seguir en muchos casos. Hoy la cuestión central frente a la dictadura de los mercados y la Troika, (como antes, contra el bunker del franquismo) vuelve a ser la democracia sin adjetivos y su desarrollo en todos los campos, en cuya defensa hay que interpelar a todos y todas sin distinción. Millones de ciudadanos que formaron parte del bloque electoral de los vencedores (PP y PSOE), en el pasado inmediato, han sido desplazados forzosa y masivamente al territorio de los vencidos, de los exiliados del sistema, de los derrotados de cualquier signo que no han quedado a salvo de las sucesivas lesiones de derechos. Tras cada derecho pulverizado hay centenares de miles de ciudadanos agrupando fuerzas en las Mareas, las asociaciones de afectados por las hipotecas, los movimientos vecinales, las organizaciones de pymes, de consumidores, los movimientos de mujeres, el mundo rural, los sindicatos, las asociaciones de profesionales y estudiantes... Por tanto, derechos, si, sumados. Inseparables. Indivisibles. Inmediatos. Urgentes.



lunes, 31 de agosto de 2015

«A los catalanes», de parte de Felipe González

Ayer, en El País, Felipe González escribió un artículo que, como era de esperar, está suscitando ríos de tinta (1). Es cosa lógica,  pues una personalidad como ésta, aproximadamente ágrafa, siempre suscita expectativas. En lo que a un servidor respecta, el nivel de exigencia a lo que diga el ex presidente es, naturalmente, muy superior a lo que exprese un dirigente de medio pelo o a un fifiriche de tres al cuarto. Lo que, en el fondo, es un elogio a González. Yendo directo al grano: este artículo es una ocasión perdida. Si es muestra o no del agotamiento político del autor es cosa que no sabría decir.

De entrada, quiero partir de la siguiente premisa: en menos de un año ha cambiado radicalmente la situación, y más todavía con la convocatoria anticipada de elecciones en Cataluña, disfrazadas para Artur Mas y sus hologramas de «plebiscitarias» para mayor gloria e interés suyo. Así pues, el giro ha sido vertiginoso: el presidente catalán se ha movido –más bien contorsionado--, el PSOE de Sánchez se ha movido y ciertamente el panorama político general también lo ha hecho. Sólo el Partido Apostólico y don Tancredo Rajoy permanecen en la columna de Simón el Estilita, muy cerca de la hoy martirizada Alepo. A pesar de ello, Felipe González escribe con los mismos argumentos de hace un año. Cuando el autor habla de «reformas pactadas que garanticen los hechos diferenciales sin romper ni la igualdad básica de la ciudadanía ni la soberanía de todos para decidir nuestro futuro común».

¿En qué consiste esta «ocasión perdida»? Primero, en la falta de concreción de tales reformas y en el alcance de las mismas. Segundo, en la ausencia de indicaciones al PSOE de qué hacer ahora mismo, máxime cuando dicho partido (el de Felipe) propone la reforma de la Constitución con una orientación claramente federal, y sabiendo que ello provoca urticaria en personalidades de vieja estirpe socialista y en no pocos sectores del partido. Más bien, todo indicaría que González, con sus estudiadas omisiones, está propinando un cogotazo a los federalistas del PSOE y a la Declaración de Granada que, aunque insuficiente, es el planteamiento oficial. Y tercero, el autor desaprovecha, intencionadamente suponemos, la ocasión para exigir al Partido Apostólico una postura que desbloquee (es un decir) la situación.

El articulista pierde la ocasión cuando afirma: «No estoy de acuerdo con el inmovilismo del Gobierno de la nación, cerrado al diálogo y a la reforma, ni con los recursos innecesarios ante el Tribunal Constitucional. Pero esta convicción, que estrecha el margen de maniobra de los que desearíamos avanzar por la vía del entendimiento, no me puede llevar a una posición de equidistancia entre los que se atienen a la ley y los que tratan de romperla». He llamado la atención del paciente lector poniendo en cursiva la palabra equidistancia. ¿De quién: del grupo dirigente del PSOE o del Partido Apostólico? Más todavía: ¿cómo avanzar hacia el entendimiento? Nada se dice, salvo las referidas «reformas pactadas» que --dichas así, sin más concreciones--  suenan a perifollos de parva retórica.

En definitiva, el nivel de exigencia que exigimos a Felipe González nos lleva a pensar en que no hay vínculo político entre el cambio que se ha producido en la situación y lo que propone el ilustre articulista. Aunque, tal vez, habrá quien me corrija que Felipe ha dicho lo que tenía que decir, a saber: decirle a su partido que se meta en la faltriquera eso del federalismo y no romper un hilo, conductor o no, con el Partido Apostólico.

Por lo demás, tal vez ustedes hayan caído en algo no irrelevante: cada vez que, tiempo ha, voces informadas aclaraban que Cataluña no entraría en la Unión Europea y otros elementos –algunos de ellos los recuerda Felipe González--, analistas y académicos independentistas respondían a ese envite con una serie de consideraciones que, como mínimo, podían suscitar una elemental discusión; ahora, a tales advertencias se da la callada por respuesta. Es como si se tratara de una cuestión teologal: la fe no admite ni tecnicismos ni, mucho menos, argumentos. Aquí lo que rige es el famoso constructo del Credo quia absurdum que dejó escrito para muchas desgracias aquel Tertuliano del siglo Segundo. Esa fe, pues. O, lo que es lo mismo, «quien no esta con nosotros, está contra nosotros», que cierta dama con la fe del carbonero dejó dicha en un reciente mítin de los alistados de Artur Mas. En resumidas cuentas, la sombra de Tertuliano es alargada, sirviendo lo mismo para un lavado que para un planchado.



domingo, 30 de agosto de 2015

Los controvertidos «tiempos de la Justicia»: el caso Convergència

(Pineda de Marx en fiestas)



1.--  Cuando se afirma que «la justicia tiene sus tiempos» que nada tienen que ver con las contingencias de la política, entiendo que se está hablando también de la independencia de los aparatos de justicia. Si intentara acomodar los tiempos con las necesidades o intereses de los partidos –o de quien fuera--  o incluso de compatibilizar lo uno y lo otro, podríamos decir que un pestazo zorruno recorre Dinamarca de punta a rabo.

Ahora bien, los avezados constructores de paralogismos políticos parecen razonar de esta guisa: estoy de acuerdo con la independencia de los jueces cuando se aplica a los demás, pero cuando actúa contra mí (o un concreto nosotros) está al servicio de otros, mis adversarios, o es decididamente contraria a mis planteamientos. Así las cosas, la justicia sería un guiñapo de quita y pon o, sevillanamente hablando, una argofifa.  De manera que la justicia se valora positivamente solo cuando le saca las muelas, sin antestesia, a los adversarios. Muestras hay de todos los colores: cuando cierto juez le metió mano al Partido Apostólico, su portavoz –el echao p´alante  Rafael Hernando— lo calificó de «pijo y anarquista». Hasta donde mucho sabemos, nadie le dio un pescozón al mentado portavoz. Tres cuartos de lo mismo diremos de la aguerrida Esperanza que se pasa implícita y explícitamente a determinados jueces, con perdón, por la cuenca del culo.  Tampoco nadie la llama al orden.

La reciente intervención del juez que trata del asunto Sumarroca – Convergència, en plena vela de las armas electorales, ha sido vista y denunciada por los próceres de la lista de Artur Mas en clave de acoso y derribo de la independencia de Cataluña. De un Mas que, días antes, aparecía en el argumentario de sus parciales como el «campeón de la lucha contra la corrupción». La nota más estridentemente temeraria la ha dado un afamado periodista de la televisión catalana que ha expresado que «la guerra ha empezado». Se supone, pues, que este llamamiento a las armas, nacido en el esfínter de su cabeza, indica que ahora está permitido todo, que todo vale en la guerra. Que yo sepa, nadie le ha dicho al  aguerrido caballero que ha tenido un momentáneo ataque de locura.

Digamos que hasta la presente esta –u otras menos dramáticas en apariencia-- ha sido la respuesta de todo hijo de vecino cubierto de mugre desde las uñas de los pies hasta el nacimiento del pelo del cuero cabelludo. Ante la justicia, esta posición es indistinta por parte de los romanos y los cartagineses. Aunque, en este caso, nos provoca la siguiente interrogación: ¿no será que en la cabeza de los que plantean un nuevo estado catalán tienen la idea de que la justicia sea un arma del poder?

Ahora bien, al margen de estas consideraciones, osamos plantear lo siguiente: más allá de cómo se han aplicado los tiempos de la justicia en unos y otros casos –y por supuesto ahora en las sedes de Convergència--  ¿hay mugre o no hay mugre? ¿cuánta mierda, si ese el caso, hay en el palo del gallinero de Convergència? Y si es así, ¿por qué la mierda de unos parece oler a chanel número cinco y la del adversario es un estercolero? ¿Será por aquello de la canción popular catalana de que «la merda de la muntanya no fa pudor / encara que la remenin amb un bastó», que tal vez fue creada para casos como este?

La respuesta que, por lo general, dan portavoces no designados por nadie para responder a los críticos del independentismo –más bien a los contrarios--  es un manido: «Ustedes nunca entienden nada». Puede ser que esto esté incluso excesivamente generalizado. Pero conozco a no menos personal que sí entiende. Que opinamos que es legítima cualquier demanda política en democracia, siempre y cuando se plantee en términos de eso, de democracia. Lo que comporta normas, procedimientos del más estricto y obligado cumplimiento. Y, desde luego, un ethos entre los medios y los fines. Un servidor, por ejemplo, hubiera entendido el siguiente razonamiento que dijo un distinguido dirigente de Convergència, tras el escándalo superlativo de Jordi Pujol: «CdC necesita una refundación».

Primera observación: una refundación no es darle al partido una mano de pintura. Sin embargo, optaron por esto último. Ni siquiera supieron romper con el padre. Sus posibles delitos siempre fueron excusados como los de un particular, como algo escindido de la política en general y de su partido muy en concreto. Y por no querer, ni siquiera se preocuparon por las ramificaciones orgánicas del particular Pujol a la organización. Tampoco quisieron ver que si la justicia había metido mano al barcenazgo y al PSOE en Andalucía, no podían hacer la vista gorda de lo de Pujol y sus ramificaciones orgánicas. «Lo que no entendemos», pues, es por qué ellos no entienden. Por qué no se dijeron que la refundación comportaba tirar la casa por la ventana, sin contemplaciones. Y, fuera de aquellas ruinas, construir un partido de radical nueva planta. Ciertamente, eso comportaba la desfenestración de Artur Mas y de la vieja guardia que dijo no saber nada, no haber oido nada, ni haber visto nada. Pero que todo lo olió, y políticamente se aprovechó de la pingüe crematística que denunció en su día Pascual Maragall.

La sedicente refundación del partido se concretó en, de la noche a la mañana, pasar vertiginosamente del derecho a decidir  a plantear la independencia. Esta operación era un intento aproximado de refundar el partido turbado hasta el tuétano por el escándalo del Patriarca y su prole, con no pocas sedes embargadas y carcomido por escándalos de corrupción. Quienes plantearon osadamente dicha refundación fue un conjunto de capitanes convergentes que captaron el final de un ciclo. Y decididamente impusieron a Mas dos grandes giros: el paso del nacionalismo al independentismo y el emboscamiento momentáneo de Convergència en una lista «de todos». A un Mas que no hacía mucho tiempo que había declarado que «el concepto de independencia lo veía un poco oxidado». Pero dicho pacto significaba mantener a Artur Mas, el Enviado de Jordi Pujol a Catalunya. Con lo que las secuelas y consecuencias de toda la corrupción –esto es el famoso 3 por ciento y otras islas adyacentes--  quedaba al albur de «los tiempos de la justicia». Entiendo que el error de los capitanes fue plantear ese pacto para que Convergència figurara en la lista de los supervivientes. La gran operación hubiera sido, tal vez, la creación de un nuevo partido. Si hubiera cuajado esto, los tiempos de la justicia hubieran afectado a otros.

1.-- Paco Rodríguez de Lecea polemiza con el editorialista de El País en su reciente  Redoble de tambores: «Es incierto, contra lo que titula El País, que la intervención policial en la sede de Convergència Democràtica de Catalunya haya fracturado la lista unitaria de Junts pel Sí. No se ha fracturado ni la lista, ni ninguna otra cosa. De hecho se esperaba la interferencia judicial en la contienda electoral; era una posibilidad que entraba en los cálculos de todos los acimuts de la política catalana, y en particular en los del astuto Mas». Entiendo que Paco da en el clavo, y si alguien de la lista de Mas se ha turbado se lo ha guardado para sus más profundos adentros. Seguramente habrá torcido el gesto, pero a continuación habría recuperado la vieja técnica del que luego sería el cuarto Enrique francés: «París bien vale una misa».  O sea, la golosina es lo suficientemente atractiva como para no hacer ascos a la posibilidad, creen ellos, de visitar los cielos.

 

Entiendo, no obstante, que esa actitud es una consecuencia de una defectuosa relación entre los medios y los fines: si el objetivo es ir a Corinto no me importa ir con quienes almacenan enormes bolsas de corrupción; no me importa formar parte de una mesnada que ha sido convocada al inicio de «una guerra». De manera que no es forzado decir por mi parte que en la cabeza de estos alistados está lo siguiente: el futuro estado catalán es la prolongación por otros medios del actual estado de cosas. Y naturalmente con una judicatura que sea ancilar y prótesis del poder político, que es quien marca los tiempos de la justicia.  

 


La esperada Made in Catalonia  exige, en esa tesitura, que me importe lo mismo ocho que ochenta a quienes acompaño.    

sábado, 29 de agosto de 2015

¿Es franquista la Seguridad Social?

Circula por esos medios subvencionados un spot electoral de la Lista de Artur Mas loando las excelencias de una hipotética Seguridad social tras la independencia de Cataluña. Hablan voces autorizadas en la materia como, por ejemplo, la sin par Karmele Merchante, la ubícua monja Caram y otras personalidades de no menor relieve. Dado el necesario carácter pamphletaire de dicha publicidad es comprensible que no se hable de cifras y otros adobos que provocarían dolores de cabeza al personal. En un spot que se precie hay que ir al grano y dejarse de tecnicismos. Ahora bien, una publicidad honesta que puede incluso exagerar un tantico no puede mentir, ni en el caso de la Caram ofender a la verdad así en la Tierra como en el Cielo.

El caso es que al guionista del spot –lo diremos de manera benevolente--  se le ha ido la mano, afirmando que «la actual Seguridad Social española es franquista». Es cosa chocante que la avezada Merchante no haya corregido. Me imagino al profesor Aparicio Tovar, catedrático del ramo y uno de los especialistas europeos más destacados, echándose las manos a la cabeza. Como así ha ocurrido, efectivamente.

Pongamos las cosas en su sitio. Pero antes partamos de algo tan incontrovertible como que dicho spot ha insultado a bocajarro al sindicalismo confederal y los sujetos que han intervenido en la reconstrucción de la «actual» Seguridad Social española. Después retomaremos esta cuestión.

La Seguridad Social en tiempos del franquismo fue un estatuto concedido,  que no alcanzó la universalidad de la cobertura ni la protección frente a todas las contingencias. La Constitución, cambió el carácter de «estatuto concedido» al de «bienes democráticos» tras las reformas que se dieron en su composición. Afirmo que no fue una mano de pintura sino una operación de nueva planta, aunque gran parte de los pilares del viejo edificio se mantuvieran en pié. Y, como es sabido, se pusieron en marcha mecanismos de control y otros aderezos democráticos.

Digo que tal spot ha insultado gravemente al sindicalismo confederal. No creo que sea un desliz, ni una exhibición de ignorancia. Se trata de ese tipo de propaganda que se orienta a acumular todo tipo de construcciones ideológicas y políticas a favor de su ideario y, en este caso, a exaltar la panoplia independentista. Es, además, la continuidad de reinventar la reciente historia de España, incluso a costa de denigrar la acción colectiva de los sindicatos, incluso –y especialmente— los catalanes.  Pero hay algo más chocante todavía: uno de los diputados catalanes que más corajudamente batalló por una Seguridad Social fue Rafael Hinojosa, del grupo parlamentario de CiU –convergente para más señas--,  a veces a contracorriente de su propio partido. La pregunta al escribidor de este spot electoral es: ¿también Hinojosa contribuyó a mantener el carácter franquista de la Seguridad Social?   


Punto final: pero dejemos en manos del profesor Aparicio la argumentación templada sobre este particular.  EL INDEPENDENTISMO CATALÁN Y LA SEGURIDAD SOCIAL. Muy indignado tenía que estar el profesor cuando, interrumpiendo sus vacaciones en Grecia, toma la pluma y responde. 

jueves, 27 de agosto de 2015

Contra Artur Mas y sus franquicias



Homenaje a Amalia Rodrígues


Desde que Amalia Rodrigues lo dejó cantado, sabemos que «una casa portuguesa es con certeza, es con certeza una casa portuguesa». Toda una frase que debió turbar a los filósofos realitivistas. Y desde los tiempos más antiguos de la filosofía podemos entender que si «a es igual a b, y b es igual a c, a es igual a c». A partir de esa última construcción lógica el hombre ha llegado a la Luna. Honremos, pues, las sensatas aportaciones de la cantante portuguesa y, por supuesto, a Aristóteles y sus amistades peripatéticas. 

Sin embargo, de un tiempo a esta parte, la filosofía e incluso el razonar con punto de vista fundamentado se está separando temerariamente de la política, lo que viene a ser un peligro para la civilización. No es infrecuente leer o escuchar a políticos, a los que se les supone con dos dedos de frente, razonar de esta guisa: «era de noche, y sin embargo llovía». La repetición de este tipo de argumentos y la naturalidad con la que se expresan están adquiriendo carta de naturaleza. Primera conclusión: no han sido baldíos los esfuerzos de quienes consiguieron eliminar la Filosofía, como búsqueda del saber, de los planes de estudio. La filosofía era –y sigue siendo--  una interferencia para los desmanes del poder, para el verticismo de los politicastros de toda laya. Retengan lo siguiente: preguntado el dictador  por qué había ganado la guerra respondió sin pestañear: «Porque en nuestro bando no teníamos intelectuales». Así lo demostró, por ejemplo, con sus reticencias a Eugeni d´Ors, ya reconvertido en don Eugenio, a quien consideraba un tarambana.

Sigamos con lo nuestro. Como no podía ser de otra manera, esta técnica del razonar con las pezuñas ha llegado al argumentario –que para este caso denominaremos en lenguaje del viejo bachillerato el chuletario--  de la lista de Junts pel Sí, esa variopinta coalición independentista, que preside Raül Romeva, el plasma de Artur Mas. Pues bien, esa lista  --trufada de académicos, escritores, centrocampistas y, sobre todo, de políticos de toda la vida--  ya tiene en sus manos el chuletario de campaña. El apotegma principal es: «Quien está contra Mas está con Aznar», según nos informan los diversos medios barceloneses.
Oiga, ¿no les parece a ustedes que es una desatención mayúscula al bueno de Romeva que es quien formalmente preside el elenco electoral?  Es como si Hamlet no fuera el protagonista.

¿De dónde saca el escriba sentado del chuletario que quien es contrario a Mas es partidario de Aznar?  Naturalmente, surge de la lluvia que caía, a pesar de ser noche cerrada. Surge del anacoluto en el que se ha convertido una buena parte de la política. Y más todavía: de la reinvención de la reciente historia de Cataluña. Es decir, no existieron los continuos pactos y cabildeos, las constantes martingalas y componendas entre Pujol y su Enviado en la Tierra, Artur Mas, con el mismísimo Aznar. No hubo abrazos y sonoras palmadas en la espalda, no hubo besuqueos y arrumacos. Pura invención de los adversarios de Artur Mas. Tampoco hubo contagio mutuo a la hora de meter la motosierra en los derechos sociales; no hubo recortes, sino ahorro e inversiones.  Así las cosas, tampoco debió existir el piadoso Romeva cuando, desde su partido, atacaba al mismísimo Artur Mas. Y por no haber, tampoco se dieron las huelgas generales contra las políticas del tándem Pujol—Mas y Aznar. Digamos pues, que estamos ante una novedad: la historia no la escriben solamente los vencedores, también cualquier estantigua puede hacerlo siempre que tenga la necesaria y suficiente desfachatez para ello.


Moraleja.--  Oigan a doña Amalia Rodrigues, lean al viejo Aristóteles. Es un antídoto –un pequeño antídoto— contra el chuletario de Mas. Que podría estar inspirado en la historia de «en tiempos de los apostoles habían unos barbaros que se comían los pajaros que estaban en los arboles», que –tal como se narraba--  no permite acentos en las esdrújulas.  Lo que decimos con la idea de que Karmele Merchante, la nueva musa radiofónica del independentismo, no meta la para con los acentos.   

miércoles, 26 de agosto de 2015

Karmele Merchante con el independentismo catalán y otras breverías agosteñas




Primera brevería.-- La sin par Karmele Merchante, después de hurgar en la lencería fina de los protagonistas de la prensa del braguetazo, ha fichado por el activismo independentista catalán y, en consecuencia, empezará a mamar de las fuentes de la Assemblea Nacional Catalana. De momento, ha sido contratada por Catalunya radio para  pegar la hebra dos veces a la semana.

No se trata de una calenturienta invención agosteña de un servidor. Es tan fidedigno como que el rio Guadalquivir pasa por Coria, pasa por Coria, Coria del Río. Estamos a la espera, pues, de ver cómo se concreta el tránsito karmeliano hablando del paquete del llamado conde Lequio a las solemnes exigencias que plantea la llamada lista de Mas. Y, a tal fin, sería de agradecer que la egregia periodista interviniera en cualquier medio con Kiko Rivera, llamado Poquirrín por sus enemistades, tratando de confrontaciones las históricas habidas y por haber.

Segunda brevería.--  Voces, aproximadamente sensatas de Podemos, informaron de la posibilidad de un intento de entente de dicho partido con el PSOE. La cosa le pilló a Pablo Iglesias el Joven en algún lugar veraniego jugando, al parecer, al giley –también llamado gilé o cuarenta y una. Según sabemos, no hubo que lamentar soponcio alguno. Pero Pablo hizo las maletas y, raudo como una centella, se presentó en la Villa y Corte: de eso, nada; nada de nada. De ahí que nos preguntemos: ¿de dónde salió la primera noticia? ¿manda alguien en Podemos?

Tercera brevería.--  Mariano Rajoy nos dijo que había una posibilidad de una reforma de la Constitución. No sabemos si tal afirmó antes o después de comer. Lo también cierto es que uno de sus lobeznos, recién ascendido en el escalafonato del Partido Apostólico, declaró que de eso nada; nada de nada. ¿Se trata de otra travesura agosteña?  ¿Se ha roto el viejo constructo de la organización del trabajo que afirma que «donde manda el patrón no manda el marinero»? Ahora bien, ¿quién es el patrón?  


Cuarta brevería.--  Con tantos sobresaltos agosteños, sólo una noticia nos parece importante. El profesor Gregorio Luri ha dado punto final a su nuevo libro. Es una investigación en la que lleva años atareado. Estamos a la espera de que el autor lo haga oficial en El café de Ocata, un lugar tan de culto como el Café de Flore donde acudía el famoso Jean Paul con su Castor de cabecera.

No desvelaremos de qué trata el libro. No obstante, intuimos que desvelará toda una serie de cosas que estaban guardadas en las covachuelas de la historia de nuestro país.

Digamos, por fin, que esta noticia nos reconcilia con agosto. Es más, tras conocerla he notado que la temperatura se ha puesto más agradable.