viernes, 24 de mayo de 2013

SE ACUERDAN DE AQUEL QUE DICE ...




No piensen que voy a substituir al gran Eugenio, ni siquiera a su heredero y substituto actual. Se trata simplemente de recordar algunas frases de personajes que dejan, desgraciadamente para ellos, una huella en las hemerotecas para que luego los demás riamos o les volvamos la espalda.

Una frase muy dicha y muy leída en los últimos años fue aquella que decía: “los políticos están hundiendo las cajas, la gestión debe de de ser técnica”. O bien la siguiente: “Las cajas no tienen sentido, hay que convertirlas en bancos, que son los que funcionan bien”. Había si ustedes hacen memoria otras estructuras explicativas referidas a lo mismo, que eran reproducidas por los medios sin actitud crítica ninguna, ni compensación de criterio. El bla, bla, bla  venía de la derecha económica, principalmente bancaria que quería absorber el mercado financiero de las cajas, un 50% del total español. Era corroborado por la derechota política que a la vez era quien sacudía en su propio beneficio sus cargos institucionales o técnicos en las cajas, también era arropada por el liberalismo campante allende de los mares del PSOE, quienes en algunos casos hacían cosas parecidas a los del PP.

Hoy en día casi podríamos hacer balance del asunto y reírnos un rato a cuenta de esos sabios avanzados a su tiempo. En primer lugar, la crisis financiera mundial ha estado provocada por la banca, aquí y allá. Banca que era regida por los sólidos principios del liberalismo exacerbado anglosajón, pese a las llamadas al raciocinio de unos cuantos. La cosa ha sido de tal risa que las pérdidas llegarían a la Luna unas encima de otras. Lo curioso del caso es que quienes las están asumiendo en su mayor parte son los ciudadanos de a pie con sus impuestos. Estos están dedicados a pagar costes e intereses de las hábiles maniobras de los sesudos liberales bancarios en una buena parte. A cambio, claro está, de los servicios públicos básicos y de las inversiones de infraestructura. El asunto, como tiene derivaciones que dan de lleno en la diana penal, tiene su miga entre los que estuvieron en el baile disfrutando de la ausencia de los adultos y sus razonamientos de orden, por su cercanía (y en algún caso ya establecimiento) a determinados centros de tratamiento judicial y de reforma conductal, más claro, la cárcel.

En fin, hoy en día nadie se atrevería a defender el buen nombre de la banca (con las excepciones que haya, claro está) como ejemplo para el porvenir. Nadie, excepto los que disfrutaron hasta hace poco de la exclusividad de la clarividencia tornada en debacle mundial y que, a pesar de ello, continúan dando la tabarra y haciéndose un capital.

En el otro lado de la acera, en las cajas, la cosa ha sido más brutal si cabe. Justo es reconocer que aquí había interés en el desmontaje y que la aplicación de los supervisores si en la banca fue delicadamente tolerante, en el de las cajas fue expeditiva y expresamente ciego. El hundimiento de este Titanic fue político y técnico, a cargo tanto de los consejos de administración en donde muchas instituciones y a través de ellas los partidos políticos, los sindicatos y otras hierbas, presuntamente dirigían el buen hacer de los equipos directivos, en este caso técnicos con altísimas retribuciones y otros regalos de Navidad. El afán en transformarse en banca, en saltar los territorios que hasta ese momento habían defendido con eficacia, se volvió contra la estabilidad y la existencia misma de las cajas. La ayuda europea a su exterminio no fue poca cosa y coincidió con la citada ambición de los grandes bancos del país.

Torpeza la hubo. Torticeria la hubo. Capricheos los hubo. Pero también voluntad política para la destrucción de una red financiera para pública también.

En el momento de saldar cuentas nos encontramos con un sistema financiero al límite del oligopolio y des de una perspectiva territorial incluso podríamos llegar al duopolio. Un resultado que enaltecerá a los financiadores de la fórmula uno, pero que no ayuda en nada al buen funcionamiento del sistema financiero del país y que deja en la cuneta una forma de banca cercana al cliente y al terreno. Una pérdida que costará decenios restaurar.

Pues bien, sean o no víctimas de las preferentes u otros objetos repletos de podredumbre, sean o no sujetos del desahucio violento, estén o no a salvo de quiebras técnicas bancarias, su balance personal es negativo y lo será más en el futuro como consecuencia de quedar todos en pocas manos y no precisamente cuidadosas con nuestros intereses.

Lluís Casas leyendo los callejeros de los paraísos fiscales.


BUENAS NOTICIAS DE LOLI DE LA PAH


Es completamente seguro que recordaran el artículo en el que les explicaba la dura lucha de Loli de la PAH, aquí tienen nuevas noticias victoriosas de su puño y letra, es un decir, puesto que se trata de un correo electrónico que he recibido ahora mismo:

“Hola soy Loli, por fin, por fin, por fin, hoy miércoles 22/05/2013 he firmado la dación en pago, la condonación de la deuda y el alquiler social.
 "SI SE PUEDE" "SI SE PUEDE" "SI SE PUEDE".............GRACIAS A TODOS.

La hipoteca que tenía, porque ya NO tengo hipoteca, la firmé en el año 2007  con fecha de caducidad en el 203,  eran 30 años.

CAPITAL INICIAL: 210.000euros. 
    
CAPITAL PENDIENTE: 218.000 euros.
INTERESES ORDINARIOS: 23.000 euros.
TOTAL DEUDA: 241,000 euros.

DESPUES DE LA FIRMA DE LA DACIÓN: 0 euros.
ALQUILER SOCIAL: 309 euros

Sola comencé esta lucha, pero gracias a la PAH BADALONA la he seguido aun con más fuerza porque entre todos podemos.
A todos los afectados os digo que no hay que rendirse jamás, que nunca perdáis las esperanzas, ni las ilusiones, ni la paciencia y mucho menos las ganas de vivir, porque entre todos  podemos, no perdáis las fuerzas. Si estamos unidos conseguiremos muchas más daciones, condonaciones y alquileres sociales y tener el futuro que nosotros decidamos, no el que nos decida un banco.

“SI SE PUEDE"...........Hoy es un nuevo comienzo en mi vida, ya soy libre de la condena hipotecaria.

MUCHAS GRACIAS A TODOS. En especial a todos los que no son afectados pero les afecta nuestro sufrimiento y están luchando por la misma causa, sin todas estas personas no sería lo mismo, gracias por estar.”

Huelgan comentarios para los lectores de este blog, en todo caso una recomendación: hagan circular la historia. Es lo mejor que podemos hacer para celebrar con Loli su éxito.

Lluís Casas con un gin tónic que está de moda, a la salud de Loli.

jueves, 23 de mayo de 2013

EL SINDICATO EN EL CAMBIO DE PARADIGMA (I)





Paco Rodríguez de Lecea

Cuando hablamos de “refundación” [del sindicato], querido José Luis, no pretendemos hacer tabla rasa de la historia y volver a abordar un proyecto de sindicato desde el inicio. Quizás una palabra más justa para calificar eso de lo que estamos hablando sería “refundamentación”, es decir, un reexamen atento de los fundamentos sobre los que se asienta el edificio sindical, con atención particular al refuerzo de los pilares, los contrafuertes y las claves de bóveda que le dan solidez y lo mantienen en pie. Porque el problema hoy es que el suelo se ha movido: ha habido un corrimiento generalizado de tierras, un cambio de paradigma, y es necesario consolidar aquellas partes de la obra que han quedado en precario. En este orden de ideas, mi intención es apuntar algunas reflexiones de orden general; aprovecharé además la ocasión para polemizar amistosamente con un artículo reciente de mi amigo Miquel Falguera en este mismo blog: UN PACTO SOCIAL … POUR QUOI FAIRE?


Ponerlo todo patas abajo

No es que el sindicato estuviera cabeza abajo, como decía Marx de la filosofía de Hegel; pero la expresión “ponerlo todo patas arriba” tampoco acaba de cuadrar con la situación actual. Ocurre que los problemas serios están en el “suelo” sindical, en la sociedad en la que se asienta; ahí es donde se han producido fallas peligrosas que pueden cuartear el edificio sindical y acabar a medio plazo con su ruina completa. Por tanto, más importante que revolucionar o enmendar por arriba es la tarea de mirar atentamente hacia abajo, afirmar bien los pies y “pegarse al terreno” porque ese terreno, el del universo de los trabajadores asalariados “de ahora”, el del trabajo realmente existente, es lo que sostiene y lo que impulsa la actuación y la orientación del sindicato. De los sindicatos, si se quiere pluralizar.
¿Ha mirado Miquel Falguera en esa dirección, cuando apunta el “welfarismo” como la rémora de la que debe liberarse el sindicato en las presentes circunstancias? A mí no me convence la idea de que los indignados son “postwelfaristas” por analogía con el “postfordismo”. Tampoco me convence, dicho sea de paso, la visión que tiene Miquel de los Pactos de la Moncloa; yo entiendo que fueron unos pactos esencialmente políticos, ideados y negociados por los partidos políticos. Los sindicatos no tuvieron en ellos iniciativa ni peso en la negociación, sólo se les dio la oportunidad de adherirse a un gran consenso político general; y tampoco fue el welfare “el” elemento trascendente de los acuerdos alcanzados. Volviendo en todo caso a los indignados postwelfaristas, yo diría que si los parados sin derecho al subsidio de paro protestan, no lo hacen porque estén en contra del subsidio en sí mismo, sino en contra de los reglamentos y las cortapisas que determinan su propia exclusión.
No concibo una estrategia sindical dirigida a “ganar tiempo” para ver si la sociedad se conciencia de una vez de que el welfare es una trampa y el capitalismo popular una engañifa. De hecho, me parece que no corresponde al sindicato lanzar propuestas a la sociedad civil, sino algo mucho más humilde: escuchar con atención, encauzar, coordinar y amplificar las iniciativas que surgen de abajo, y por fin defenderlas ante las instancias del poder. Sean ambiciosas o no. Casi diría: sean erróneas o no. Porque la médula espinal del sindicato, la sustancia misma de su razón de ser ahora y siempre, es el amplio conjunto de los trabajadores asalariados; no una, o varias, vanguardias audaces y concienciadas de ese conjunto. El terreno de las vanguardias es otro, y conviene recordar de cuando en cuando, ahora que hablamos de refundación, dos hitos fundacionales inamovibles: la autonomía del sindicato y su independencia respecto del poder político y de los partidos.

El fin del paradigma fordista-taylorista

El fin del mundo se viene predicando desde casi el inicio de los tiempos. Parece que eso del “fin” despierta un morbo especial entre los aspirantes a profetas, porque hemos oído anunciar repetidamente el fin del capitalismo, el fin de la clase obrera, el fin de las utopías, el fin de la historia, el fin de la novela y otros varios fines, incluidos los fines de ciclo en la disputa de los campeonatos de fútbol. Suele ocurrir que después ninguna evidencia viene a confirmar tanta grandilocuencia adivinatoria.
         El fordismo puede ser chatarra, pero siguen vigentes en el imaginario colectivo, y en particular en la práctica sindical, determinados valores inherentes al viejo paradigma productivo: la fijeza del empleo como desiderátum, la remuneración de la antigüedad, la relevancia de la categoría profesional por encima del puesto de trabajo concreto, la pirámide jerárquica inamovible. Sin embargo, los valores que predominan hoy en la actividad económica son muy diferentes: movilidad, flexibilidad, polivalencia, capacidad de reacción, anticipación, horizontalidad en la toma de decisiones. Características todas ellas incompatibles con el “trabajo abstracto” y el trabajador-masa predicados por el ingeniero Taylor.
         El resultado del forcejeo entre los dos paradigmas es que la empresa clásica, estructurada según el paradigma taylorista, ha acabado por hacer implosión; se ha fragmentado hasta pulverizarse. El “centro” asume cada vez una parte menor del proceso productivo. De un lado se “externalizan” partes de ese proceso, puramente mecánicas, por la vía de la subcontratación; pero también tareas muy cualificadas y que implican decisiones trascendentes dejan de estar sujetas al control absoluto de la dirección interna. Todo el conglomerado financiero, singularmente en lo referido a las líneas de crédito y la gestión de la deuda, queda cada vez más pendiente de instancias ajenas a la empresa misma, y lo mismo tiende a ocurrir en los niveles técnicos de alta cualificación. Si en otro tiempo cada empresa tenía a orgullo contar con “su” ingeniero y “su” abogado fijos de plantilla, ahora es seguro que recurrirá a estudios, gestorías y bufetes externos, por el costo elevado de contar con ese tipo de servicios en exclusiva. Añádase que ya no se planifica la producción a largo plazo, digamos por trienios y quinquenios, sino que se suele depender de la aparición contingente de pedidos externos que es obligatorio satisfacer con eficiencia y rapidez. Cada mañana pueden estar cambiando los objetivos de producción dentro de una fábrica o centro de trabajo.
De este modo la unidad y la cohesión del proceso productivo se disgregan entre el viejo y el nuevo paradigma, y con ellas se disgregan la unidad y la cohesión de los trabajadores en el centro de trabajo. Me explicaré mejor con un ejemplo mínimo, sacado de la vida misma.

El problema de la espacialización en la coexistencia de los dos paradigmas en la empresa

Pido perdón por el ringorrango del titulillo, y me apresuro a explicarme.
         Hará unos diez años, una empresa editora importante se encontró en un apuro. Todos sus efectivos estaban volcados en la finalización de una Gran Obra. El proceso llevaba ya varios meses de retraso, y faltaba por lo menos un año más para poderlo dar por concluido. En esas circunstancias, recibió de fuera un pedido tentador para realizar una obra menor, bien pagada pero condicionada a unos plazos incompatibles con los ritmos previstos para la Gran Obra. El equipo interno no podía asumir aquello. ¿Qué cabía hacer, renunciar? No, externalizar.
         Se recurrió como coordinador de la obra menor a un colaborador externo de confianza, que resulté ser yo mismo. Una condición indispensable para llevar a cabo el trabajo era mi presencia permanente en la empresa, en estrecho contacto con la jefa de redacción.
         La sala de redacción era inmensa: tendría más de treinta metros de largo por unos diez de ancho. La luz del día entraba por unos ventanales situados en uno de los lados estrechos; en esa área estaban, separados por mamparas acristaladas, los despachos de la jefa, la vicejefa y su secretaria. Después, en una doble hilera de mesas colocadas a todo lo largo de la sala hasta la otra punta, en la que se abría la única puerta de acceso, se alineaba el resto del personal, por orden rigurosamente jerárquico: tres editores senior, fijos; dos editores-ayudantes contratados por obra (la Gran Obra); dos expertos en informática, jóvenes autónomos enrolados con contrato verbal y promesas inconcretas de continuidad en el futuro; y una secretaria de redacción procedente de una ETT, cuyo trabajo gustaba y que tenía la ardiente esperanza de conseguir un tipo de contrato que por lo menos le permitiera cobrar subsidio de paro el día que dejara la empresa.
         Se debatió el lugar que había de ocupar yo. La jefa defendía un despachito aparte, pero el gerente entendió que aquello sería tanto como romper la pirámide jerárquica: yo no podía tener un símbolo de status superior al de los editores senior. La solución que encontró fue colocar mi mesa en el extremo de la sala, justo al lado de la puerta y enfocada hacia los ventanales de la otra punta. Era el rincón más oscuro; pero al romper mi mesa la alineación con las de las demás personas, se insinuaba una condición laboral singular. También, y con la intención de “cubrir las apariencias”, se me asignó una dependencia formal a efectos de consultas con uno de los editores senior.
No se sostuvo aquella ficción más allá de unos pocos días. Como la jefa de redacción me llamaba a consultas a su despacho, el editor senior se quejó de que yo le puenteaba; de inmediato hubo que cambiar la anterior explicación y hacer pública mi autonomía. Luego, los colaboradores externos que yo coordinaba venían a sentarse a mi mesa para pedir instrucciones o hacer sus entregas, y la jefa de redacción tomó la costumbre de hacer lo mismo para seguir la marcha general del proceso. Se produjo primero una bipolaridad en el reparto de los espacios de la sala, y más adelante, a medida que avanzaba la obra en la que yo estaba implicado y las decisiones se hacían más urgentes, lo que hubo fue una inversión completa de la jerarquía espacial. Todas las líneas de tensión de la sala convergieron hacia la mesa de al lado de la puerta.
Como mi trabajo duró algo más de un año, viví allí dentro los ecos de un convenio general. El presidente del comité de empresa entraba a informar de la marcha de la negociación, y había de recorrer dos tercios de la sala para llegar a la altura de las únicas personas afectadas: los tres redactores senior y la secretaria fija. La jefa y su vice pasaban de convenios, y el resto de los presentes estábamos situados en otro paradigma.
Cinco años después de acabado el trabajo que me llevó allí, la implosión se había consumado: la jefa se despidió, la vice y los tres editores seniors fueron jubilados (dos de ellos anticipadamente), la sala se alquiló con toda esa parte del edificio a una empresa creo que de seguros, y todo el trabajo de redacción quedó externalizado y precarizado. El paradigma fordista quedó reducido a chatarra, pero el postfordista se autodestruyó. No sólo desaparecieron puestos de trabajo, la empresa también perdió: prestigio, influencia, cuota de mercado, sin hablar de un capital humano valioso absolutamente desperdiciado. El resultado no era ni inevitable ni fatal, pero la dirección lo afrontó como una catástrofe natural, un granizo repentino que arruina la cosecha, y el comité de empresa se vio impotente para reaccionar, no por falta de voluntad, sino de instrumentos.
La moraleja de este cuentecillo es que el nuevo paradigma no destruye empleo ni arruina empresas por sí mismo, pero plantea problemas imposibles de abordar desde el paradigma anterior, aferrados todos los protagonistas a las viejas certezas. Hay una inadecuación general de las mentalidades y de los instrumentos a la nueva situación que dibuja en el modo de producir la conjunción entre los avances de las tecnologías y las dificultades crecientes de financiación. Se destruye empleo y se arruinan empresas para nada, de un modo absurdo. La solución es probablemente muy compleja, pero al menos uno de sus ingredientes está claro: abrir un nuevo diálogo, ir hacia un gran pacto social.
¿Pacto? Pour faire quoi?  Pues bien, no estoy hablando de un gran pacto por arriba entre el gobierno, los partidos y los sindicatos. Estoy convencido, igual que tú, Miquel, de que no valdría absolutamente para nada, en este momento y con estas condiciones de partida. Me refiero a un pacto por abajo, en la base, a ras de tierra. Un pacto dentro de las empresas para la innovación no sólo en tecnología, sino en el aprovechamiento del capital humano, de la inmensa riqueza en saberes  concretos, en experiencia y en imaginación, que el taylorismo ha despreciado durante muchas décadas para postular un trabajo abstracto, oscuro, unidimensional, desprovisto de cualidades. Un pacto que puede facilitar la supervivencia de muchas empresas y situar al mismo tiempo en su justo lugar, dentro de ellas, a unos trabajadores dotados de más iniciativa y capacidad de decisión, más conscientes, con más saberes y más recursos. Un diálogo así dentro de las empresas tendría además otras virtudes: abriría las puertas a la democracia en el trabajo y a la solidaridad renovada (refundada) entre trabajadores; crearía empleo; y finalmente, daría una señal fuerte y clara para abrir nuevos capítulos de negociación colectiva en ámbitos superiores a la empresa y para crear una dinámica diferente incluso en la acción política.
Hay un largo camino a recorrer en ese horizonte, pero una condición es inexcusable: empezar por el principio, mirar hacia abajo. Y otra cosa. La iniciativa y el protagonismo del diálogo en cada empresa corresponderá al conjunto de los trabajadores, sin exclusiones ni diferenciaciones, con su propia dirección; pero a partir de la puesta en marcha de cierto número de experiencias piloto, el sindicato –los sindicatos- podrá jugar un papel destacado en el proceso, informando y ayudando a extender las iniciativas. Por esta vía, con una presencia sindical pormenorizada de discusión y tutela de ese proceso capilar, se podrá avanzar hacia las precondiciones para un pacto social de características no ya puntuales sino globales. Pero antes el sindicato habrá de cambiarse a sí mismo, para ajustar su discurso, su línea de actuación, sus instrumentos de intervención y su organización interna al nuevo paradigma. Si no he agotado con esta entrega la paciencia del editor de este blog ni exasperado a los lectores, me propongo abordar el tema en un comentario posterior. No es un tema fácil, y pido ayuda –a vosotros en primer lugar, José Luis y Miquel- porque temo que mis luces no me basten.

Nota del Editor. Estamos a la espera del segundo tranco y de todos los que sean menester. 

miércoles, 22 de mayo de 2013

«MUCHA EDUCACIÓN NO ES BUENA»





Debo esta noticia a una información que Carlos Mejía, sindicalista de la CGT (Perú) ha colgado en facebook.

Digamos, de entrada, que por lo menos este caballerete va de frente y no se anda con requilorios. Como debe ser. No tardaremos mucho en que el desparpajo del tal Bullard acabe contagiando a sus congéneres españoles ya sean políticos de caspa abundosa, curanderos sociales y tertulianos de garrafón. Si he traído a colación las declaraciones de este personaje es porque inciden en la línea argumental que un servidor planteaba recientemente en LA ESPAÑA DE SECANO CONTRA LA DE REGADÍO

Un primer comentario sobre dichas declaraciones sería interrogarnos sobre el alcance del significado de «mucha educación». Esto es, ¿cuál es el diapasón de esa «mucha», ¿hasta dónde llega? Pongamos que hablo de matemáticas, ¿alcanzaría al conocimiento de los números de Cantor o se quedaría en las ecuaciones de primer grado? O, cambiando de disciplina, ¿los conocimientos de historia se limitarían a las hazañas de don Rodrigo Díaz de Vivar, famoso campeador burgalés o irían más allá?  Eso es algo que debería aclarar la derechona que, todo indica, ha derrotado de momento a la vieja derecha ilustrada con la que era posible darse los «buenos días» sin temor a que te arreasen un cristazo en la frente.

Yo entiendo –esta es una suposición, naturalmente--  que esta derechona de viejo aguardiente a granel no está interesada en que los de abajo sobrepasen qué hay más allá de la regla de tres simple. Y que del viejo Cid Campeador no se sepa sus conocidos devaneos con la morisma, no sea que el héroe castellano se caiga del pedestal. Pues bien, sea cual fuere esa limitada y no «mucha» educación debería, así las cosas, hacer realidad lo que dejó enseñado a sus parciales el tratadista de filosofía política: «Tú me das el reloj que llevas puesto y no te diré qué ora es”. Aunque, entrando en cosas más crematísticas, bien valdría sacar punta al famoso hacendado de la Vega del Bajo Genil. Que decía  no compartir la voracidad del resto de los propietarios de la vega. Afirmaba que tanta bulimia propietaria era el germen de futuras revueltas. “Señores, no hay contradicción alguna entre ser justos y tener el dinero a espuertas. Las matemáticas nos resuelven el problema. Yo mismo me aplico al cuento. A la cuadrilla que siega un terreno cuadrado de dos metros de lado les pago un tanto; y, como es justamente natural, les pago el doble cuando dicho cuadrado tiene un lado que duplica su lado”.

Los jornaleros sabían de antemano, por pura experiencia, dónde estaba la sofistería del hacendado. Pero cuando aprendieron a leer y contar de la mano de Anselmo Lorenzo pudieron demostrar fundadamente la sinvergonzonería (ex ante Wert) del hacendado. Y es que la disputa de poderes tiene sobre todo una componente de disputa de saberes. De ahí que Wert vaya por un lado y Anselmo Lorenzo por su contrario. 

TRABAJO, UN CAMBIO DE RUTA HACIA LA INNOVACIÓN


Nota editorial. Artículo de gran utilidad para ver algunos de los efectos de la reforma laboral. Me atrevo a decir que es de obligada lectura. Hago observar a quienes desconozcan el significado del término “hechos estilizados” (que aparece en el texto) puede clicar para estar al tanto de ello. El capataz de este blog pide disculpas porque le ha sido imposible, técnicamente hablando, poner en este texto los gráficos del original; lo hemos parcheado colocando los vínculos convenientes como ya se verá.   








El gobierno  quiere aumentar la flexibilidad de entrada para incrementar el empleo. No obstante, siguiendo esa vía se corre el riesgo de contribuir al declive del trabajo.  

Es indudable que desde los años 90 muchos países han emprendido el camino de la flexibilidad del trabajo externa –de mercado--  para sacar ventajas en los costes e incrementar la competitividad en los mercados, intentando desencadenar, a través de ese camino, no solo un aumento del empleo un relanzamiento sino también  un relanzamiento de la productividad del trabajo. En Italia ese recorrido se inició con la Ley Treu (1997), después la Ley Biaggi (2003) y posteriormente la Ley Fornero (2012).

En la formación del nuevo gobierno de gran coalición Letta – Alfano, incluso bajo la presión de la Confindustria que desde hace tiempo critica la reforma Fornero por haber endurecido los procedimientos de asunción de los trabajadores con contratos diversos por tiempo indeterminado, haciéndolos más costosos para la empresa, se ha vuelto a proponer la vía clásica para la creación de empleo la de flexibilizar las entradas y hacer que crezca el empleo a través de contratos atípicos.  La tesis de la flexibilidad del mercado de trabajo y de reducción de las protecciones al ampleo, para facilitar las entradas y salidas para la empresa (flexibilidad numérica) como  leva para incrementar la ocupación, ha sido criticada por diversos analistas: Brancaccio (1) en Keynesblog.com, da Gallino (2) La Repubblica, por  Alleva (3), y en il manifesto.

Protecciones del trabajo y productividad del trabajo

Sin embargo, se ha puesto menos atención a las implicaciones de tales propuestas de restauración de la anterior normativa sobre la productividad del trabajo y sobre el trade off entre reducción de las prestaciones al empleo y eficiencia del sistema medida por la productividad del trabajo.

La falsa creencia de que una menor protección implica mayor productividad se resiste a morir en el discurso político y económico. Y en Italia todavía tiene menos aceptación la idea de que es, no obstante, la innovación en los centros de trabajo lo que constituye el reclutamiento para corregir, por el lado de la oferta, el declive de la productividad con la condición sine qua non de que sea una demanda keynesiana la que sostenga la demanda de trabajo de las empresas.

El gráfico 1 [lo puede ver el lector en http://www.sbilanciamoci.info/Sezioni/italie/Lavoro-un-cambio-di-rotta-verso-l-innovazione-18419, nota de la redacción de Metiendo bulla] evidencia la relación entre las variaciones (disminuciones) de las tutelas del trabajo y el crecimiento de la productividad del trabajo por hora trabajada en un grupo de paises europeos.  La relación, que para los fautores de la flexibilidad del mercado debería ser negativa (menos protección al empleo, menos productividad) no está confirmada. En efecto, en gran parte de los paises de la OCDE resulta positiva, y es significativa como puede verse en el gráfico citado: los países que han reducido más que otros las tutelas del trabajo evidencian tasas de crecimiento de la productividad del trabajo más modestos.


Graf. 1 – Tasso di crescita della produttività del lavoro (π) e variazione indice di protezione all’impiego (Δepl), 1990-2008

La reducción de la protección del empleo y la facilidad de gestionar la flexibilidad numérica por parte de la empresa en la gestión del factor trabajo, de entrada y salida del mercado de trabajo, constituye un freno en la búsqueda de una dinámica más  sostenida de la productividad realizable vía de la innovación tecnológica y organizativa en la empresa misma. y favorece la supervivencia de empresas poco innovadoras que logran permanecer en el mercado sacando ventaja de la contención de los costes y/o de posiciones de rentabilidad en el mercado de bienes y servicios. 
En otros términos, en el trade off entre protección del empleo y crecimiento de la productividad se sustituye  el trade entre actividad innovadora y crecimiento de la productividad.

Innovación en los centros de trabajo y productividad.

Llamamos best work organization practices  aquellos factores de flexibilidad innovadora interna de la empresa de los recursos humanos que, junto a la innovación de las tecnologías y los productos, permiten realizar los incrementos de productividad que sostienen la competitividad de  los mercados:   Quell’organizzazione del lavoro che non cambia [5]).

Nos exigimos que subsista aquí la relación entre formas de flexibilidad innovadora, particularmente con la adopción de la best work organization practices y la dinámica de la productividad del trabajo e incluso  como se plantea nuestro pais en cuando adopción de  best work organization practices. De la investigación Eurofound de 2009 se desprende la tabla 1 [en
http://www.sbilanciamoci.info/Sezioni/italie/Lavoro-un-cambio-di-rotta-verso-l-innovazione-18419, nota de Metiendo bulla] que muestra el grado de difusión de algunas medidas innovadoras adoptadas en las instalaciones europeas, diferentes en los 5 grupos de prácticas.   La flexibilidad del horario de trabajo y la formación son las más difusas. Pero incluso en las menos difusas, los incentivos financieros y económicos, prácticas de trabajo de grupo y corresponsabilización de los trabajadores son significativas.  Por otra parte la investigación evidencia que en cerca de un terceio de las instalaciones se utilizan al menos dos grupos de prácticas innovadoras: es de resaltar que el fenómeno de la adopción múltiple una vez que se tiene el conocido efecto de complementariedad, según el cual los beneficios totales de la adopción en cluster son mayores que la simple suma de los beneficios que se derivan de las prácticas particulares. De la investigación emergen, sin embargo, grandes diferencias en la tasa de adopción de las prácticas innovadores entre países y también emerge la colocación particularmente desfavorable de otros.

Tab.1 – Difusión de prácticas innovadoras (in % de las instalaciones visitadas)
Fonte: Eurofound (2011).  Tab.2 – Difusión de prácticas innovadoras y frecuencia, por países. Fuente: Eurofound (2011). Ambas tablas se encuentran en la misma referencia que hemos puesto más arriba. Clicar y ver, pues. 

Con referencia específica a la productividad hemos efectuado un simple ejercicio de asociación entre difusión de prácticas y crecimiento de la productividad del trabajo entrecruzando a nivel de país los datos de Eurofound de 2009 con los de la OCDE  sobre la productividad por hora trabajada en los años 2010 – 2011, que aunque son relativos no coyunturalmente favorable es posterior a la de la investigación efectuada en las instalaciones europeas.
Los gráficos 2.1-2.2 [http://www.sbilanciamoci.info/Sezioni/italie/Lavoro-un-cambio-di-rotta-verso-l-innovazione-18419, nota de Metiendo bulla] evidencian la relación señalada. Los países donde prevalecen instalaciones que adoptan al menos una práctica tienen una
performance de productividad más robusta con respecto a aquellas donde se adoptan menos best work organization practices

La diferencia emerge también en el caso de adopción de al menos dos prácticas innovadoras e incluso, aunque débilmente, se confirma la tesis de la complementariedad entre las prácticas.  Del análisis descriptivo (todavía hechos estilizados)  emerge que la flexibilidad innovadora interna de la empresa, declinada por la innovación en las prácticas de organización del trabajo, está asociada a beneficios de productividad también en un cierto periodo de tiempo no favorable para la empresa.  

Examinemos también el eventual trade off entre protección del empleo e innovación en los centros de trabajo. El análisis sobre la cuota de las instalaciones con una práctica adoptada y el índice de protección da lugar al gráfico 3, que nuevamente puede verse en [http://www.sbilanciamoci.info/Sezioni/italie/Lavoro-un-cambio-di-rotta-verso-l-innovazione-18419, nota de Metiendo bulla]. Los países donde se han realizado mayormente las reformas de desregulación del mercado de trabajo son quienes tienen una cuota más baja de prácticas innovadoras, mientras que los  que han adoptado reformas orientadas a incrementar la protección del empleo siempre superar el 30%: donde se ha reducido la protección están por debajo del 25%.  La relación entre mantenimiento de las protecciones al empleo y adopción de prácticas innovadoras es positiva y estadísticamente significativa en el caso de una práctica adoptada, evidenciando un posible trade in entre tutelas del trabajo y adopción de una específica tipología de innovación en los centros de trabajo. En otros términos, la flexibilidad externa a la empresa aparece substituida por la flexibilidad interna. Este simple, pero significativo “hecho estilizado” envía de por sí  una señal a la investigación científica que tiene incluso implicaciones para las opciones de policy.     


Notas


Traducción de Juan de Dios de La Malahá. (De www.sbilanciamoci.info)

lunes, 20 de mayo de 2013

UN PACTO SOCIAL … POUR QUOI FAIRE?


Miquel A. Falguera i Baró. Magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña


Es sabido que don Fernando de los Ríos, un socialdemócrata de la vieja escuela (pese a que era vecino de una ciudad a pocos kilómetros de Santa Fe y de  Parapanda), volvió escandalizado de su famosa entrevista con Lenin (quien, por no ser natural de la Vega, no se caracterizaba por su finura), cuando éste le espetó, en su conversación en francés y ante su proclama de libertad eso de “pour quoi faire?”. En realidad Vladimir Ilich, que era también un ilustrado, no estaba negando la libertad como valor democrático, sino reclamando un para-qué se quería en aquellos momentos revolucionarios, de imposición “manu militari” de una igualdad de tabla rasa, lo que no dejaba de ser inaceptable para un liberal progresista como don Fernando. En definitiva, el viejo (y añejo) debate entre la izquierda no anarquista.

Viene a ello colación simplemente por la frase, respecto al tan manido pacto que los sindicatos llevan reclamando como mecanismo de salida de la crisis en España,  que ahora está en boca de muchos y cuyo posible inicio se acaba de escenificar, aunque con pocas esperanzas de éxito. Parafraseando al líder bolchevique: ¿para que quieren los sindicatos el pacto?
Ya sé la respuesta, sin que nadie me la dé: que la función de un sindicato es pactar e, inevitablemente, será concurrente acudir al ejemplo de los denominados Pactos de la Moncloa, ante la dramática situación de muchas personas y el estado de la economía. Pero creo que es ésa una visión que debe ser matizada.
En efecto: el fin de un sindicato no es pactar. Es, defender los derechos de los trabajadores ante la patronal y los gobiernos. Sin duda que la experiencia acredita que el pacto es la mejor forma de defensa de esos derechos, en tanto que por la situación de subordinación social de los asalariados no se puede pretender imponer a corto plazo hegemonías alternativas. Pero ello no implica que el pacto sea el fin: como el propio conflicto, es el medio. De la misma forma que cuando el sindicato ejerce el conflicto no lo ejerce por él mismo, sino como mecanismo de exteriorización (y canalización) del malestar entre sus representados, cuando llega a un acuerdo lo hace porque pretende mejorar las condiciones de vida de éstos.

Digan lo que digan los economistas neoliberales (y los sociólogos individualistas acríticos), una organización sindical es algo más que un lobby. No se trata sólo de conseguir una regulación convencional o legal más cercana a sus intereses (o, en los últimos tiempos, “menos mala”): también debe tener presente que su objetivo es hacer que el trabajo asalariado sea menos dependiente, que las ideas de emancipación no se desvanezcan (esto es: mantener su alteridad y su alternatividad propositiva) y que el conflicto –aún el que se pierde- genera solidaridades activas (lo que antes se denominaba “consciencia de clase”), más allá de personales enfrentamientos, entre sus sujetos. Repito: el pacto no es el fin; es el medio.

El sindicato sigue siendo prisionero de la cultura del pacto welfariano (aún en mayor medida que de la cultura fordista) Un pacto en el que decidió –también, buena parte de la izquierda- dejar de discutir su alternatividad radical y, por tanto, abandonar la pugna por el  poder en la empresa, por el control social de qué se produce y cómo se produce en ella y su vocación internacionalista. A cambio obtuvo una parte más significativa del pastel –nacional- de la riqueza para sus representados, unas sensibles mejoras en las condiciones de vida y unos mecanismos, descafeinados, de participación en la empresa. Un pacto welfariano que en el caso del Estado español tiene nombres y apellidos, fecha y fotos: el de la Moncloa.

Qué duda cabe que con el acuerdo interclases de postguerras en Europa –en España, en 1977- los sectores menesterosos obtuvieron significativas ganancias. Ahora bien, no todas las izquierdas aceptaron el contenido del pacto. De hecho, el tristemente famoso quinto congreso del PSUC y su posterior ruptura se explica –más allá de teorías conspirativas, de algún historiador que fue en su día parte- en esa clave. Sin embargo, la realidad es tozuda: los trabajadores y las clases populares dieron la espalda a las organizaciones de izquierdas –y los sindicatos- que se situaron contra el acuerdo constitutivo del Estado del Bienestar, salvo concretos momentos puntuales de conflicto social. Simplemente: el resultado del acuerdo resultó favorable a sus intereses.

Ocurre, sin embargo, que el pacto welfariano ya sólo es papel mojado. Y lo es porque la contraparte ha decidido que, tras el derrumbe de los sistemas parasocialistas en media Europa y el acomodo –como resultado del pacto- de los trabajadores de la otra media, ya no precisan seguir repartiendo la parte del pastel que creen les pertenece por derecho natural. La izquierda ya no da miedo porque no tiene alternativas. Por el contrario, la derecha sí las tiene, esto es: el retorno a la sociedad propietarista y el egoísmo que comporta, el fin de la igualdad y fraternidad como valores sociales, la privatización de lo público, el desmantelamiento de los mecanismos de distribución de rentas, el sometimiento de los valores colectivos a la libertad individual, el fomento de la codicia y el enriquecimiento a cualquier precio… Ante es huracán –que ha calado profundamente en todos los estratos sociales: sin la aceptación de todo ello por las capas populares no hubiera sido posible la pirámide de Ponzi que nos ha llevado a esta tormenta perfecta- buena parte de la izquierda y los sindicatos mayoritarios no están respondiendo más que con la invocación del principio “pacta sunt servanda”, es decir, reclamando el cumplimiento del pacto del pasado siglo. Y paradójicamente la izquierda que no lo aceptó es ahora la más firma valedora que aquellas conquistas, con la consigna de “ni un paso atrás”. Ni la izquierda del pacto, ni la izquierda que no lo firmó ofrecen hoy alternativas plausibles (más allá de la invocación de lógicas y teorías del pasado siglo).

Me van a permitir que recuerde lo que ocurrió con el denominado Pacto de las pensiones, de principios del 2011: ante las imposiciones de los famosos mercados, de la inédita carta de la Troika y rendición final del Gobierno Zapatero tras las iniciales reticencias, los sindicatos mayoritarios acabaron suscribieron un pacto de modificación del modelo de Seguridad Social en base a la lógica de cambiar lo que fuera posible la propuesta inicial (hacer “menos mala” la nueva regulación) en lo que no era más que una inercia de la lógica welfariana. Y, por su parte, los sindicatos alternativos pusieron el grito en el cielo ante  que consideraron una traición (si no recuerdo mal, convocaron incluso una huelga general de muy escasa incidencia) para que la Seguridad Social –el mayor logro del pacto social del siglo pasado- no se tocara (pese a que históricamente habían estado en contra del acuerdo del que surgió el Estado del Bienestar) Nadie ofreció alternativas sólidas sobre un nuevo modelo de previsión social. Sencillamente, porque se seguía siendo prisionero, por activa o por pasiva, de la cultura del pacto welfariano.
Pues bien, apenas dos años después de dicho Acuerdo de las pensiones, los palos que los sindicatos intentaron poner en las ruedas de la reforma a peor del sistema de Seguridad Social se han roto: sucesivos y continuados Decretos-leyes han empeorado, incluso, el proyecto inicial del Gobierno Zapatero. Y no sólo eso: ya se nos anuncian nuevas reformas regresivas. Ya se sabe: la necesidad de estabilidad del sistema, entendida no tanto como un nuevo diseño de protección social –de articulación de la fraternidad ante la crisis- sino de minusvaloración de la parte de rentas que se aportan al mantenimiento de las personas no productivas y de desmantelamiento de la previsión social pública a favor del ahorro individual.

Permítanme ahora la pregunta: ¿de qué sirvió el mentado acuerdo del 2011? Sólo para demorar en unos meses el contenido inicial.
Pero no critiquemos únicamente a los sindicatos mayoritarios. Imaginémonos ahora que éstos no hubieran suscrito el pacto y hubieran convocado una huelga general, como reclamaban los minoritarios. ¿Seria ahora la regulación de la Seguridad Social mejor? Mucho me temo que la respuesta a dicha ucronía es simple. Los resultados de las últimas huelgas generales aún merecen un análisis serio por tirios y troyanos. Y que quede claro que no estoy diciendo que no se deba acudirse al conflicto: lo que afirmo es que éste ha de vincularse con propuestas de alternatividad íntegra del sistema. Si no, el conflicto se convierte en una mera pataleta.
No hay salida para la izquierda sino busca una alternatividad propositiva global ante el vendaval neoliberal. Alternativa que ya no puede ser el cumplimiento del acuerdo constitutivo del Estado del Bienestar, sino una nueva propuesta que cause temor a su contraparte y que genere esperanzas populares. Si la izquierda y el sindicato no se sacan de la cabeza la lógica welfariana no podrán avanzar. Permítanme aquí una reflexión incidental. Las ideas progresistas sólo están avanzando en forma efectiva en una única parte del mundo: Hispanoamérica.  Pues bien, quizás no sea casualidad que sea ahí, precisamente, dónde no existió –por motivos históricos: ser el patio trasero del Imperio tenía ese precio- un Estado del Bienestar sólido (o el incipiente que existía en algunos países fue dinamitado por cruentos golpes de estado militares, como banco de pruebas de lo que después fue el neoliberalismo)
No hay que olvidar, sin embargo, otro elemento importante y significativo: las clases populares también siguen imbuidas en la lógica welfariana. Y no sólo eso: la cultura del capitalismo popular (la codicia como valor social) sigue envenenando muchas mentes. Ahí está el ejemplo de las recientes elecciones islandesas.
Sin embargo, “lo nuevo” (entendiendo por tal a quienes no sólo pretenden parchear el modelo, sino volver a construir una civilidad alternativa) parece emerger en esos movimientos de diferente calado que salpican con protestas toda Europa, generalmente al margen de partidos y sindicatos –mayoritarios-, que los contemplan como una especie de “parvenus” sin futuro o que, en el mejor de los casos, pretenden cooptarlos.

Esos jóvenes indignados ven al sindicato como una parte del sistema. Y no les falta razón: el sindicato ha sido parte del sistema como resultado del pacto welfariano. Y eso no tiene porqué ser entendido en un sentido negativo: precisamente porque aquél se integró se lograron las conquistas de civilidad que se obtuvieron. Por eso, los padres de los jóvenes indignados viven mucho mejor que sus abuelos, pero aquéllos saben que esa dinámica no va a ir con ellos. En el fondo concurre también un serio problema intergeneracional, al margen de los entrañables y combativos yayos-flauta (compuestos en buena parte por antiguos militantes sindicales y de izquierdas, lo que debería merecer alguna reflexión aparte).
Y ahí aparece la paradoja: los jóvenes indignados dominan las calles con su incipiente discurso alternativo, que discute el sistema “in toto”, pero no las fábricas (donde mayoritariamente están sus padres)
En el debate concurrente en ese magma emergente siempre aparece la cuestión del “trabajo”. Pero ocurre que ese movimientismo no es capaz de penetrar en las fábricas, con lo que su discurso carece de sustrato suficiente. Entre la mayor parte de los trabajadores activos la lógica welfariana sigue aún vigente (con todo, siguen viviendo mejor que sus padres), como antes se indicaba.

Se habla mucho en esos cenáculos de los movimientos alternativos de la necesidad de fundar sindicatos ajenos al sistema; o, incluso, se ven con buenos ojos y ciertas simpatías los sindicatos que, en su día, optaron por no integrarse en el pacto welfariano. Ahora bien, dicha inquietud dista, en estos momentos, de plasmarse en una alternatividad suficiente frente a los sindicatos mayoritarios. No en vano sólo estos tienen la capacidad real de convocar huelgas generales.
Y no es ésa una cuestión que pueda imputarse al sistema, como es frecuente oír por ahí. A diferencia de los partidos, los sindicatos son una necesidad de los trabajadores, que nace del imperativo de unirse para plantar cara, desde su subalternidad, al patrón (no en vano, los anglosajones siguen denominando al sindicato “the Union”) El sindicato surge –con la excepción de  supuestos históricos muy concretos- desde abajo. Por eso, y salvo ejemplos muy puntuales surgidos de circunstancias históricas específicas, los intentos de crear un sindicato desde arriba acaban fracasando. Cuando un sindicato mayoritario no cumple su papel de representación es inevitable que aparezcan organizaciones alternativas. Hallaremos múltiples ejemplos de esa tendencia en todos los países del mundo. Sin ir más lejos: las Comisiones Obreras surgidas bajo el franquismo.

En esa tesitura me van a permitir que reencuentre la pregunta inicial: ¿un pacto social para qué? Las inercias welfarianas determinan que el sindicato tenga la necesidad de pactar. Pero no debe olvidar aquella otra premisa antes apuntada: su principal misión no es ésa, sino la defensa de los intereses de los trabajadores. Y es aquí dónde surgen las dudas.

Primera duda: no se puede ser tan ingenuo como para pretender que, ante la actual correlación de fuerzas, estemos hablando de una negociación en serio. Unos –la contraparte-, tienen muy claros sus objetivos, aunque siempre se escuden en las necesidades económicas, como si el discurso neoliberal les fuera ajeno. Y tienen, además, magníficas armas de coacción (los mercados, las imposiciones de la Troika, el temor a los rescates, el cierto consenso social del que goza el capitalismo popular y el propietarismo, un dominio de la información casi hegemónico…) Otros, los sindicatos –y los partidos de izquierda en su caso- no tienen alternativas, más que la simple invocación del acuerdo del siglo pasado y su arma no es otra cosa que el conflicto social. Y me van a permitir que constate cómo ese conflicto está siendo poco eficaz para conformar un cambio en las políticas neoliberales, más allá de victorias en puntuales escaramuzas (y no sólo en España). El hipotético pacto, por tanto, no sería otra cosa que “hacer menos malo” lo que los opulentos pretenden (es decir, demorar en el tiempo la implementación del desiderátum neoliberal). Es notorio que cualquier contrato no es otra cosa que poner negro sobre blanco el resultado de la correlación de fuerzas, subsistiendo intereses concurrentes, aunque diferenciados, entre los firmantes. Pues bien, mientras los poderosos tienen la fuerza y su objetivo es volver a la situación anterior previa a la conformación del Estado del Bienestar, las clases populares no tienen más que el ejercicio de un conflicto que no alcanza la suficiente virulencia –con el riesgo que conllevaría el escenario en que la virulencia resultara suficiente pero sin control- y su intención no es otra que mantener en lo que se pueda lo de “antes”. Más que un pacto nos hallaríamos, quizás, ante una negociación de las condiciones de rendición.

Segunda duda: pese a lo anterior, puedo aceptar que esa lógica de “hacer menos malo” el panorama actual no tiene, per se, porqué ser negativa, vista la actual correlación de fuerzas y a la espera de tiempos mejores. Ahora bien, ocurre que todos sabemos que el Gobierno puede aceptar cuatro retoques para la galería –la caída libre ante la opinión pública en que se encuentra le puede impeler a hacer algunas concesiones-, pero que a la mínima que pueda se va a pasar esos compromisos por el forro. Así ocurrió con el Pacto de las pensiones. Así ocurrió con el pacto patronal y sindicatos de principios del 2012 y la reforma laboral posterior. El objetivo de las políticas neoliberales no es otro que desmantelar el Estado del bienestar y la regresión de rentas, incrementando la desigualdad. Eso ha generado la actual crisis. Y tras la inicial estupefacción, el neoliberalismo ha visto la crisis como un momento histórico estupendo para profundizar en sus intenciones, en tanto que su adversario está más desarmado que nunca.
Por tanto está bien aprovechar los temores de los políticos neoliberales para intentar poner palos en las ruedas –otra vez- a sus intenciones. Pero se debe ser perfectamente consciente de que esos palos se van a romper, porque el Poder –no, los políticos- tiene claramente diseñado el futuro.
Y no me sirve la excusa del desgate del actual Gobierno popular. Vale, la derecha está convencida de la bondad del neoliberalismo y cree en el darwinismo social (ahí están, disfrazadas de austeridad, sus políticas de educación, sanidad y servicios públicos o el acogotamiento presupuestario a  las Comunidades Autónomas y las Administraciones locales porque son éstas las que gestionan la mayor parte de los servicios públicos welfarianos) pero es que ocurre que un hipotético –muy hipotético- gobierno socialista no se apartaría demasiado del actual panorama, porque una parte del PSOE sigue creyendo en estúpidas terceras vías y la otra –espero que mayoritaria- no tiene alternativa plausible-. Y la izquierda real no tiene aún fuerza suficiente –ni un mensaje alternativo claro- para romper la intoxicación del capitalismo popular en las clases subordinadas.
La excusa de los mercados, la troika y Europa comporta, por tanto, que tirios y troyanos, por convencimiento o por necesidad, sigan adelante en la lógica neodarwinista neoliberal, arrasando a corto plazo los obstáculos que se hayan puesto en cualquier acuerdo. Porque eso es lo que pretende el Poder: incrementar la desigualdad
Ahí tienen ustedes las recientes declaraciones del comisario comunitario de empleo recomendado a España la instauración del denominado “contrato único”, tan querido por determinados economistas neoliberales, esto es: una regulación que convierta los contratos temporales en la lógica general del sistema de relaciones laborales, por tanto, que el empresario pueda extinguir el vínculo laboral cuando quiera, sin causa, pagando una mínima indemnización y, especialmente, sin control judicial posterior. Propuesta que mereció la respuesta de la virtual Ministra de Empleo española, diciendo algo así como: “ya lo estudiamos en su momento, pero llegamos a la conclusión que era inconstitucional”. Y aunque luego el comisario susodicho se retractó, sus palabras están ahí. El mensaje ha llegado (que es lo que se pretendía): hay que profundizar más en la desregulación del contrato de trabajo, como mecanismos de subindiciación salarial. En todo caso, no estaría de más que, si queda algún jurista en su departamento comunitario, alguien le recordara a ese preboste que, al menos de momento, en la Unión sigue en vigor la Directiva 99/70, sobre contratos de duración determinada, que limita la temporalidad a los supuestos causales. Y que el artículo 30 de la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea –equiparable a rango de tratado constitutivo- reconoce la tutela de los trabajadores ante los despidos injustificados.
O, por seguir con los ejemplos, también puede el lector encontrar en los periódicos de reciente fecha las declaraciones del Presidente del Gobierno español: “podemos negociarlo todo, menos la reforma laboral”. Ergo: el modelo de imposición unilateral de las condiciones de trabajo, el ninguneo del sindicato y la presión legal hacia la rebaja salarial se queda como está.
Pues bien, en esa tesitura, es evidente que no estaría negociando el futuro de nuestro modelo productivo, del sistema de relaciones laborales y el de la previsión social –que es lo que, imbuidos en lógica welfariana, pretenden los sindicatos-. Lo que se estaría pactando, en realidad, es el parcheo de las actuales políticas neoliberales. Y eso no sería otra cosa que su legitimación.

Tercera duda: Acepto también que un pacto social pueda servir –mientras los palos de las ruedas no se rompan- para “ganar tiempo”, a la espera que algún día los ciudadanos se den cuenta de la perversidad de los valores dominantes. Ahora bien, un acuerdo de ese calibre significaría que una parte muy significativa de la ciudadanía –en especial, los jóvenes indignados- se ratificaran en ver al sindicato como una parte del sistema. Y eso comportaría un suicidio del sindicato firmante a medio plazo: en la medida que vegetativamente los trabajadores welfarianos –provectos- sean sustituidos pos los post-welfarianos –jóvenes-. La tentación de representar la mayoría actual es comprensible. Pero permítanme que recuerde lo que ha ocurrido en muchos casos en los que el sindicato ha optado por aceptar dobles escalas en los convenios (y no sé si hablar en pasado, en tanto que los nuevos mecanismos legales ya permiten la subindiciación salarial generalizada, por la simple voluntad del empleador y tras el cumplimiento de algunos requisitos formales, por lo que las dobles escalas han perdido sentido): al cabo de cierto tiempo, cuando los trabajadores jóvenes acaban siendo mayoría desbancan a los sindicalistas provectos de sus cargos de representación, reclamando la paridad retributiva.

Un pacto en los actuales momento no conllevaría otra cosa que la aceptación de nuevas concesiones y retrocesos de derechos, a cambio de supuestas ventajas que de aquí pocos meses desaparecerían del mapa (a los pactos de los últimos tiempos me remito) Y eso no podría ser explicado a esos jóvenes indignados que lo que están reclamando –sin experiencia política y sin un bagaje cultural previo que controlan sus mayores- es una alternatividad y no el parcheo. Si algún puente podía tenderse hacia ellos se rompería definitivamente.
Y no debe olvidarse que ese magma emergente superará el movientimismo y se acabará convirtiendo en un sujeto político. De esta forma, la alternatividad surgida desde abajo acabaría viendo al sindicato como algo a superar… algo de eso está ocurriendo en Italia.

Cuarta duda: un pacto social como el propuesto por los sindicatos tendría lógica si, como ocurrió en 1977 en la Moncloa, lo que se estuviera negociando es el futuro modelo de sociedad. Por tanto, que aunque ahora toca apretarse el cinturón, en el futuro, cuando la situación económica mejore, se repartirá el trozo del pastel al que ahora se renuncie, poniendo las bases de ese nuevo reparto. Pero es que esa dinámica es contraria a lo que pretende la contraparte. Más allá de la demagogia política y mediática, es obvio que lo el futuro modelo social por el que aboga el neoliberalismo no es el del retorno al estado social y democrático. Bien al contrario, su objetivo es el desmantelamiento de todas las tutelas, garantías y mecanismos de igualdad que se lograron con el Estado del Bienestar. Un pacto tiene sentido cuando el objetivo es común –aunque existan divergencias sobre cómo lograrlo-, pero no lo tiene cuando el escenario futuro es divergente.
Mientras los sindicatos y la izquierda sueñan con volver al Estado del Bienestar, la derecha y el Poder persigue su desaparición. ¿Qué sentido tiene ante ese panorama un nuevo acuerdo social?

Y última duda: un acuerdo de este tipo no sería otra cosa que la continuación de la cultura del sindicato como agente de negociación, alejándolo de la del sindicato-conflicto. He escrito en otras ocasiones en este mismo blog, Metiendo bulla,  que el pacto welfariano determinó que la estructura y la cultura del sindicato se basara esencialmente en la negociación (y a los apuntes previos de estas líneas me remito), superando la cultura del sindicato-conflicto. De hecho, también era ésa una cláusula implícita del contrato constitutivo del Estado del Bienestar. No está de más recordar en este punto el gran debate en el seno de las Comisiones Obreras tras los pactos de la Moncloa y la reorganización de valores que su aceptación comportó a medio plazo.
Ahora bien, en los actuales momentos, ante la ofensiva generalizada del adversario para desmontar el Estado del Bienestar, el sindicato debe tener también un plan “B” y, por tanto, empezar a readecuar su discurso, su práctica y su cultura –también sus dirigentes- a esa nueva realidad.
Pongamos algún ejemplo: hasta la crisis, cuando se negociaba un expediente de regulación de empleo, el sindicato sabía que existía una capacidad de presión sobre un tercero, subordinado a la opinión pública –la Administración laboral-, que era quién decidía. Por eso en muchos casos partía de una negociación en la opción era la negociación (menos despedidos, soluciones alternativas, mayores indemnizaciones) y no el conflicto. Con la nueva regulación legal hoy es el empresario quién decide unilateralmente, cumpliendo una serie de formalismos impuestos por la legislación comunitaria, y con un control judicial –sometido actualmente a fuetes presiones desde muy variados ámbitos-.  Antes de la reforma laboral reciente, el sindicato partía de la consideración de que cualquier convenio o acuerdo era de mejora de las condiciones laborales; hoy eso ya no está siendo así –máxime cuando la “reformatio in peius” está ya en la Ley-. Por eso la cultura del sindicato era la de la negociación, no la del conflicto –todo ello, enmarcado en la lógica del pacto welfariano-.
Por tanto, la lógica del sindicato, los saberes de sus dirigentes, su práctica concreta y su estructura estaba basada en la negociación, no en el conflicto –a diferencia de la situación previa del Estado del Bienestar-.

Pues bien, en las actuales circunstancias se antoja evidente que el sindicato no puede seguir instaurado en la cultura de la negociación como paradigma único. Pero ello comporta un cambio radical que dudo mucho que una buena parte de sus dirigentes –surgidos ya en la etapa welfariana- puedan metabolizar.

¿Qué hacer? –hoy el espectro de Lenin me embarga-. Me cuentan que un dirigente histórico de Comisiones Obreras –que es, también, jurista- va proclamando por ahí la necesidad de volver a la noción de movimiento sociopolítico que caracterizó a dicha organización en sus orígenes. Y a mí, particularmente, no me parece dislate alguno.
El sindicato debe decidir si continua siendo parte del sistema en unos momentos en los que a éste ya no le interesa su legitimación por aquél y en los que su intervención a través de los mecanismos tradicionales es escasamente útil para la mejora de las condiciones de vida y de trabajo de sus representados.
El sindicato debe decidir si supera su discurso de alternatividad puntual –esto es: dando respuesta a concretos y específicos problemas del momento- o mira más allá, buscando una alternatividad global.
También debe decidir si la respuesta al neoliberalismo pasa únicamente por poner palos en las ruedas o buscar respuestas globales.
Debe decidir si apuesta por superar la ruptura intergeneracional. Y, especialmente, debe dejar de ver el movimientismo emergente de las nuevas generaciones como algo ajeno.

El debate actual ya no puede ser sólo el del trabajo y su mundo. Lo que está en juego es la preservación de la civilidad democrática y la búsqueda de un nuevo paradigma democrático, no el mantenimiento de las cláusulas pactadas bajo el welfare. Y ello comporta, al fin, la recuperación de los viejos valores, a los que en su día se renunció con el pacto social de postguerras (o en postfranquismo, en España) a cambio de unas ventajas que ahora la contraparte pretende eliminar.
Sólo desde esa alternatividad global el sindicato cumplirá con sus fines últimos y dejará de ser un mero lobby de intereses.
Sólo desde la alternatividad propositiva “in toto” (no, en parte), conjunta entre la vieja izquierda (que deberá, forzosamente renovarse si no quiere morir), el movimiento emergente y el mundo del trabajo que el sindicato representa es posible parar la actual ofensiva de los poderosos. El árbol del pacto no debe impedir ver el bosque de la civilidad democrática.

Y esto no es sólo una cuestión de cambio de estrategia. Es, esencialmente, un cambio de cultura, de praxis, de núcleos dirigentes y, muy en particular, de organización interna. De pensar en el futuro y no sólo en el hoy.
Finaliza el maestro Josep Fontana su reciente libro “El futuro es un país extraño” (de hecho, una addenda del imprescindible “Por el bien del imperio”):
Quienes se benefician de esta situación, han podido endurecer las reglas de la explotación como consecuencia de que no ven en la actualidad un enemigo global que pueda oponérseles, y controlan sus entornos con una combinación de adoctrinamiento social y represión de la protesta. Pero tal vez no hayan calculado que los grandes movimientos revolucionarios de la historia se han producido por lo general cuando nadie los esperaba, y con frecuencia, donde nadie los esperaba. Pequeñas causas imprevistas han iniciado en alguna parte un fuego que ha acabado finalmente extendiéndose a un entorno en que muchos malestares sumados favorecían su propagación. El de comienzos del siglo XXI es un mundo con muchas frustraciones y mucho rencor acumulados, que pueden prender en el momento más inesperado. La capacidad de tolerar el sufrimiento no es ilimitada y las asíntotas del poder capitalista pueden estar efectivamente llegando al límite.
No se trata, sin embargo, de limitarse a resistir, sino que hay que aspirar a renovar lo que se combate. (…) La tarea más necesaria a que debemos enfrentarnos es la de inventar un mundo nuevo que pueda ir reemplazando al actual, que tiene sus horas contadas
”. 

Pues eso. Los tiempos pasados no volverán. El paradigma de futuro depende de lo que ahora se decida. Y es precisamente el sindicato el único que tiene la fuerza –de momento- en la actividad humana más imprescindible, el trabajo.