jueves, 5 de mayo de 2016

¿ESCRUPULOS CONSTITUCIONALES?




Escribe Lluis Casas


Me explican mis fuentes en el inframundo de las entidades vinculadas a las hipotecas, los fondos buitre y los desalojos de vivienda que la semana pasada, en el momento en que se supo que el gobierno pepero en funciones (¿de qué?) laminaba la ley catalana de protección de la vivienda y otras menudencias sin interés alguno para los elegidos sociales, se produjo un gran regocijo a la vista de unos beneficios superiores a los que contemplaban con la ley en funcionamiento. Parece ser que en alguna entidad se produjo un alarido más o menos como sigue: ¡Por fin podremos hacer lo que nos dé la gana!

Esa alegría, provocada por una legítima aspiración a la libertad absoluta propia y la coerción total sobre el prójimo afectado, no fluyó desde los estados mayores bancarios y financieros, sino que se produjo entre sus tropas de choque en el negocio del crédito inmobiliario. Es comprensible. Unos combatientes dispuestos a dejarse la piel por los beneficios ajenos y las comisiones propias se alegran al ver derrumbarse el muro que les impide el típico asalto al degüello tan práctico en estas lides. Los estados mayores, tan distantes del frente pueden adoptar conductas más discretas y homologables, en cambio la tropa se libera psicológicamente con la autorización de arrasar con todo.

La información que me ha llegado resulta ilustrativa, tanto del encanto que poseen los humanos como de la capacidad de balance en las cuentas propias en cualquier situación, por extrema que sea. De todos modos resulta más interesante revelar que esa reacción pone sobre el tapete los recorridos ocultos de una iniciativa defensiva del ordenamiento constitucional que la derecha católica y romana práctica en beneficio de esa lastimosa industria del crédito y el aval.

La defensa formal de las competencias administrativas y jurídicas es simplemente una excusa de buen gusto para intentar ocultar que al gobierno pepero tanto le da la crisis, la pobreza, el dejar sin vivienda a las familias y todo el rollo que nos inventamos unos cuantos simples y sentimentales. Frente al interés del dinero, qué más da unos pobres de más o de menos.

Lluís Casas en una nota de urgencia



miércoles, 4 de mayo de 2016

Un programa no es un zurcido: una sugerencia a Podemos e IU



Pilica Bulla y Pepelópez 


Ayer por la mañana decíamos que Podemos e Izquierda Unida estaban negociando participar conjuntamente en las próximas elecciones del mes de Junio. Y situábamos como chocante lo que era algo más que un rumor: «que cada organización exhibirá su propio programa electoral en una campaña que, además, será diferenciada» (1). Durante el día de ayer se corrigió tal anomalía: Pablo Echenique y Adolfo Barrena, con el traje de gala de los hábiles y amigables componedores, empezaron a redactar lo que será, si se llega a buen puerto, el programa electoral de ambas formaciones. Deseamos que ello tenga una fecunda preñez. Para que sea de esa manera, entiendo que conviene sugerir algunas advertencias que, aunque intuidas, por lo general no siempre son convenientemente sabidas.

En primer lugar, digamos como premisa mayor, que  un programa no es un zurcido, es decir, un conjunto de retales no constituyen un programa. Simplemente es una lista de demandas (con vestimenta de promesas electorales) cuyas variables no responden adecuadamente a una función. Un programa electoral, digno de ese nombre, es matemáticamente hablando un polinomio. No son gratuitas estas sugerencias: está demasiado extendida la técnica de que un programa electoral es una suma de variables infinitas capaces de encandilar a los más diversos sectores de la ciudadanía considerados todos y cada uno de ellos de manera invertebrada. Por lo demás, tampoco es infrecuente que no pocos programas electorales no dispongan de la compatibilidad entre unas y otras demandas. Por ejemplo, las propuestas de Estado de bienestar deben corresponderse a lo que se plantea sobre política fiscal, amén de ser creíbles y factibles cada una de ellas y ambas entre sí. Esta es una regla de oro. Porque ninguna de las variables de un programa es independiente de las unas con las otras y de todas con el programa en general. Este es el encaje de bolillos que da credibilidad de masas al contenido del programa general.

Por supuesto, no se pide a los hábiles componedores que hagan una obra maestra; se trata simplemente de que se acerquen todo lo que puedan a ello. Errejón y Barrena tienen ese desafío. Menos aún se les pide que hagan un compendio politológico, simplemente se trata de un programa político que contemple lo más urgente y necesario a resolver, que sea también una indiciación para avanzar gradualmente. De un programa que, en resumidas cuentas, sea el cuaderno de bitácora de las actividades de la coalición tanto en la sociedad como en las Cortes Generales.

No soy quién para sugerir nada a los profetas desarmados de una u otra formación. Sin embargo, soy de este parecer: las personalidades que en IU y Podemos han manifestado su enemistad al acuerdo deberían dejar la continuidad del debate sobre ello para después de las elecciones. Es lo que mandan los cánones de la política seria. Es, por lo demás, lo que siempre pidieron los profetas desarmados: unos con la boca grande otros con la boca chica. 



   1) http://lopezbulla.blogspot.com.es/2016/05/la-heterodoxa-alianza-entre-podemos-e-iu.html


martes, 3 de mayo de 2016

La heterodoxa alianza entre Podemos e IU




Casi todo indica que habrá acuerdo entre Podemos e Izquierda Unida de cara a las elecciones generales de Junio. Si se concreta felizmente se daría un balón de oxígeno a los de Garzón, cuyos resultados en los últimos comicios fueron malos de remate.  No hay duda que la consulta que se ha convocado en IU para que la militancia opine sobre tal acuerdo tendrá un resultado favorable. Ahora bien, soy del parecer que dicha consulta se ha convocado para oficializar que Cayo Lara y Gaspar Llamazares –dos profetas desarmados— contrarios al acuerdo están en minoría en la organización. Por lo demás, diremos que en Podemos también hay sus matices. Pongamos que hablo del escaso interés de Errejón y sus seguidores, pocos o muchos, por esta operación, aunque con la diferencia que éste es, todavía, un profeta no desarmado. En todo caso, conviene recordar que las posturas de Lara y Llamazares coinciden en el temor de que dicho acuerdo suponga el fin de IU, por aquello de que el pez gordo acaba merendándose al chico. Ahora bien, tal vez los dos profetas desarmados no hayan caído en la cuenta de que en realidad, de no producirse el acuerdo con Podemos, les podría llevar a la definitiva irrelevancia. De ahí que IU no podía estar dudando como el célebre burro de Buridán.

Sin embargo, lo que sabemos hasta la presente es que el mentado acuerdo tendría unas características heterodoxas o, si se quiere, poco convencionales. Lo de siempre está claro: listas unitarias o, por mejor decir, desigualmente unitarias, dada la enorme diferencia de representación entre Podemos e Izquierda Unida; un solo grupo parlamentario, aunque los de Garzón tendrían libertad de voto. Y lo nuevo: cada organización exhibirá su propio programa electoral en una campaña que, además, será diferenciada. Lo que no deja de ser realmente chocante.

Ahora bien, que sea chocante no empece que tenga su explicación: Pablo Iglesias el Joven pretende que se materialice el sorpasso con relación al PSOE, que siendo legítima se le ha convertido en una obsesión patológica; y Garzón intenta salir del hoyo. De ahí que los elementos heterodoxos y chocantes de esta coalición electoral tengan más bien un aroma instrumental. Es decir, es un acuerdo con una visión cuantitativa, pero no cualitativa.


Ya veremos cómo evoluciona todo ello. Y, sobre todo, qué novedades aparecen en las diversas localidades donde la cortesía suele tener menos zalamerías y las caras son más hoscas. Porque, como es sabido, la unidad es un bálsamo que se vende caro en botica.


lunes, 2 de mayo de 2016

1º de Mayo, historia y significado




José Babiano es uno de los grandes historiadores del movimiento obrero y sindical español. Bomarzo, a su vez, es la gran editorial amiga del sindicalismo confederal. Lo uno y lo otro son cosa sabida. Pero, ¿están ustedes al tanto que Babiano ha publicado en Bomarzo el libro 1 de Mayo, historia y significado? Pues ya están informados.

El libro viene a recordar la génesis y posterior desarrollo de tan señalada fecha a quienes creer tener suficientes conocimientos sobre el particular, y proporciona una biografía a quienes tienen solamente una ligera idea de su historia. Por lo tanto es una de esas publicaciones que se me antojan imprescindibles en las estanterías de cada sindicalista. Imprescindible, digo, porque –seamos serios--  el nivel de conocimientos sobre el Primero de Mayo es bastante precario. Imprescindible, además, por la seriedad profesional de Babiano. Añado algo de interés: su precio es realmente módico, tal como están las cosas. Doce (12) euros, lo que indicaría que el autor lo ha escrito gratis et amore.

Y comoquiera que nadie es perfecto, aunque Babiano y Bomarzo se acercan a ello, dejo constancia de una errata en el titular del libro: en realidad del título debería ser Primero de Mayo o 1º de Mayo. Que es una gloriosa fecha que coincide con el 1 de mayo que es un día más en el almanaque. Con lo que dejo constancia del fastidio que me produce el moderno deslizamiento del 1º de mayo hacia el 1 de Mayo. No es lo mismo. Ahora bien, digamos que es una errata que han colado los traviesos duendes de la imprenta.

Aquí tienen ustedes dónde dirigirse para que le envíen tan necesario libro. Sepan que no es necesario que vayan de mi parte.

 Editorial Bomarzo S.L.
C/ Dionisio Guardiola, 1, 4º
02002 Albacete
Teléfono 967-247354 – Fax 967-247338
Correo electrónico


domingo, 1 de mayo de 2016

La espantá de Fausto Bertinotti




Mi amigo Fausto Bertinotti ha dejado el comunismo (1). Francamente no me ha sorprendido. Sin embargo me ha dejado estupefacto la nueva práctica en la que se ha empeñado este hombre inquieto que almacena todas las cajas de sorpresas del siglo XX. Nuestro hombre fue un destacado dirigente sindical de la CGIL y, desde sus responsabilidades como secretario general de la organización piamontesa ayudó todo lo que pudo, que fue mucho, a las luchas de los trabajadores catalanes y sus Comisiones Obreras en tiempos de la dictadura. Más tarde fue el principal dirigente del partido Rifondazione Comunista y Presidente del Congreso de los Diputados de Italia. Cada vez nos alejábamos más políticamente. Sin embargo nuestra amistad se mantuvo firme y el diálogo, desde la discrepancia, no mermó ni una pizca. Me dio hospitalidad para acoger mis escritos en su revista Alternative per il socialismo, y yo mismo le publiqué su libro Las ocasiones perdidas en http://faustobertino.blogspot.com.es/, que tradujimos al castellano Paco Rodríguez de Lecea y un servidor.

En la nota a pie de página Fausto expone sus razones de la nueva odisea que emprende. Deo decir que no la comparto; es más, no acabo de salir de la perplejidad. También, a requerimiento de algunos amigos españoles, soy incapaz de dar una respuesta, ni siquiera aproximada a lo que podríamos llamar los nuevos amigos de Fausto. Mi amigo italiano parte de este razonamiento: «Se ha agotado la experiencia política del movimiento obrero del Novecento …  solamente la Iglesia del Papa Francisco es capaz de enfrentarse a la dictadura del mercado». Y esa premisa le conduce a un diálogo que ya no está orientado a reconstruir la izquierda sino a buscar una relación con las organizaciones católicas, como Comunione e Liberazione, claramente ultraderechista muy alejadas del pensamiento del Papa. Por eso digo que deben diferenciarse los motivos que explicarían la crítica al movimiento obrero por parte de Bertinotti de aquellos que le llevan a buscar sus nuevos amigos. De ahí que me cueste trabajo entender que le dice adiós al «movimiento obrero» y, es un decir, buscar la amistad de Rouco Varela, que sería la versión hispana de Comunione e Liberazione.

Querido Fausto, ¿entiendes que nos debes una explicación? Por lo menos en el recuerdo de tantas batallas democráticas compartidas. Aprovecho la ocasión, viejo amigo, para invitarte a pasar unos días aquí, en Pineda de Marx, en mi casa (que es la tuya), a la vera, del Mediterráneo. Y, entre otras cosas, me explicas por qué has encontrado en Comunione e Liberazione «esa relación sentimental con la gente, de la que hablaba Gramsci».  

  1) http://www.liberoquotidiano.it/news/personaggi/11902388/bertinotti-intervista-telese-sinistra-e-morta-democrazia-pure.html


sábado, 30 de abril de 2016

26-J, ¿Habremos aprendido algo?




Joaquim González Muntadas
Director Ética Organizaciones SL

La nueva convocatoria electoral para el 26-J ha suscitado preocupación y enfado en muchos ciudadanos y ciudadanas por el fracaso político que representa la repetición de las elecciones. Enfado por las formas de relacionarse nuestros dirigentes políticos entre ellos llena de sectarismo y falta de profesionalidad, por no decir infantilismo en bastantes casos.

Cuatro meses de reuniones, posados y ruedas de prensa, de supuestos argumentos, razones y sobre todo de excusas, para explicar la imposibilidad de llegar al acuerdo que tenía que haber hecho posible abrir esa nueva etapa política, tan necesaria y tan deseada por tantos ciudadanos de este  país.  Ciudadanos que veían la necesidad de un gobierno que empezara a andar a paso ligero hacia las urgentes y necesarias reformas que demandan los muchos problemas que precisan de  soluciones urgentes. El resultado: hemos perdido cien días. Pero esto no es lo más grave. Lo más preocupante son las razones con las que se nos intenta explicar este fracaso; los argumentos con los que se nos pretende explicar las causas por las que no está ya en pleno funcionamiento es gobierno; el por qué no ha sido posible un gobierno del cambio y plural, con un programa de regeneración y de reformas que llevamos esperando décadas y que, a este paso, otras décadas deberemos esperar.

Pero en el fondo, una vez más, es ese sectarismo que está en el tuétano de nuestras formas de relacionarnos y de hacer política dónde encontraremos la principal explicación de ese fracaso.

Un sectarismo, tan incrustado en nuestra práctica política y sin el cual no se entenderían ni los crudos conflictos entre los medios de comunicación o entre las organizaciones políticas de hoy. Ni, quizás,  los desgraciados episodios históricos y las dificultades que demostramos o hemos demostrado tener ante el principio básico de la democracia: respetar la opinión del contrario. Un mal que, de no curarlo, nos condenará a la mediocridad política aunque, como ha sido el caso, cambie profundamente el mapa político con nuevos actores, pero con las mismas viejas formas. 

Ese sectarismo que facilita la ausencia de autocrítica en la función pública y permite explicar el fracaso siempre desde razones ajenas, endosando la responsabilidad al otro con el “y tú más”, que nos impide apreciar y valorar con valentía y sin reservas el éxito de nuestros competidores. Estos siempre sospechosos de todo lo peor y merecedores de las descalificaciones más contundentes.

Algo pasa en nuestra particular cultura política que hace que el acuerdo sea una excepción, lo cual genera decepciones y rupturas en las organizaciones. Mientras el enfrentamiento, la confrontación y el enemigo externo, sean el preciado bálsamo para la cohesión interna que facilita aparentar firmeza cuando a veces no es más que disimulo y miedo a compartir riesgos y también soluciones.

Algo tendrá que cambiar, ya que es difícil imaginar una solución a los muchos problemas que se  deben afrontar, y que exigen solidaridad, diálogo y suma de esfuerzos. Porque será imposible ver soluciones a esos problemas desde esos anteojos del sectarismo que paralizan la inteligencia política e impiden la modestia necesaria para afrontar: la crisis económica, el desempleo, el paro juvenil, la enseñanza, la mejora de la productividad o la desconfianza hacia la política y las instituciones.

No podemos seguir con esta manera de hacer política a la que se le podría aplicar aquella caracterización que hacía Foucault del poder (que nos suele recordar a menudo en sus artículos y conferencias Daniel Innerarity), como “pobre en recursos, parco en sus métodos, monótono en las tácticas que utiliza, incapaz de invención".


Esperemos que después de otros cien días podamos decir: ¡valió la pena volver a las urnas!.  Porque habremos aprendido que democracia es el equilibrio entre cooperación y competencia.  Que los ideales expresan lo que queremos ser, pero que al final son siempre los compromisos los que verdaderamente expresan lo que somos. E incluso igual aprendemos también de ese aforismo tan presente en el mundo sindical que dice “muchos se contentan con una victoria cuando podrían conseguir algo mucho mejor, que es un acuerdo”. Los votos y el tiempo nos lo dirá.


jueves, 28 de abril de 2016

Despidos en los medios de comunicación o el poder empresarial multimedia




Homenaje al maestro Jordi García--Soler

Me inquietan dos cosas: una, los despidos de periodistas en estos últimos días; se trata de Jordi García—Soler (Catalunya radio), Ignacio Escolar (SER) y Ester Palomera (La Razón); otra, la falta de reacción solidaria de sus colegas de profesión. Ya lo pueden bien decir ustedes: se trata de despidos por motivaciones políticas.

García—Soler ha sido puesto en la calle por no seguir los cánones soberanistas de la dirección de la radio pública catalana; Escolar ha comentado reiteradamente la presunta vinculación de Juan Luis Cebrián, factótum della città, con la zahúrda de los llamados «papeles de Panamá», y Palomera por su discrepancia con el flamante comisario honorario, Marhuenda sobre la gestión política de Rajoy y sus circunstanciados detalles. Hasta donde nosotros sabemos la oposición al autoritarismo de este poder empresarial ha brillado por su clamorosa ausencia. Nadie se ha visto concernido, ni a ninguno de los colegas se le han movido las tripas para pasar a la acción colectiva. Ni siquiera una humilde recogida de firmas; ni tampoco los clérigos de la cultura, ilustres escribidores de los medios, han ido de la mano de aquel Julian Benda que les reclamaba un gesto, una «traición» a los poderosos. De unos poderosos que, en este caso, han aparecido como indiferenciados: la Terribas, el Cebrián y el Marhuenda.

¿Es el miedo quien paraliza, en este caso, la solidaridad? ¿es la indiferencia? Por supuesto, algo hay de todo ello. Sea lo que fuere, dejamos el asunto a los expertos en el asunto del acollonamiento personal y colectivo. Lo que importa en este caso son las consecuencias: de las personales podemos decir que se van concretando en una generalizada autocensura que deja al profesional discapacitado para su función que va transitando desde la «servidumbre voluntaria», de la que habló La Boétie,  a la esclavitud del espíritu; de las colectivas, o sea, una redacción de profesionales transfigurados en una manada de borreguillos de alquilada docilidad (1). Y como remate de lo anterior: a la opinión pública solo se le traslada, así las cosas, una mandanga con o sin perifollos.

Por cierto, no me resisto a referirme, aunque brevemente, a esta consideración. No son pocos los medios que hablan de la crisis de la política, de la crisis de confianza de la ciudadanía con la política, pero ninguno de ellos habla de la crisis de los medios de comunicación, de la vinculación de las empresas multimedia a la política y del contagio que se endosan, recíprocamente,  las unas a las otras. De manera que tal vez ha llegado el momento de recurrir al filósofo de Parapanda, Juan de Dios Calero, que sentenciaba: «No le compren carbón a quien no esté tiznado».  Sea, pues.  

   (1)                         Texto de La servidumbre voluntaria:  http://tratarde.org/wp-content/uploads/2011/10/Etienne-de-la-Boetie-Discurso-sobre-la-servidumbre-voluntaria1.pdf


miércoles, 27 de abril de 2016

Hala, a votar otra vez



Ni siquiera santa Rita, la famosa abogada de los imposibles físicos y metafísicos, pudo evitar que nuevamente vayamos a las urnas. Los diversos partidos en liza fueron incapaces de formar gobierno. Todos ellos construyeron su «verdad», estáticamente fijada en el dintel de sus respectivos chambaos, y todos ellos –mediante un pacto implícito— se pusieron de acuerdo en echarle la culpa a los demás. Comoquiera que, precisamente ahora, fueron muchos los que dicen que dijeron que iba a suceder lo contrario, debo señalar que un servidor pensó que, en un momento u otro, estallaría el pacto. Mi error viene, sin duda, de los achaques y alifafes de la edad. O sea, me equivoqué, cosa que volverá a suceder cuando lleguen otras ocasiones parecidas y similares.

Volveremos, pues, a embarcarnos en otra navegación electoral que nos lleve a cualquier otro lugar, sea éste determinado o indeterminado. De momento, estoy en condiciones de pronosticar (el comentarista que no pronostica no existe) que los mismos agentes que han intervenido en esta pasada campaña seguirán rivalizando en que la responsabilidad del fracaso ha sido definitivamente del rival que tenía más al lado y del socio aparente que no pudo tener. Digamos pues que esta es la primera regla de la toponomástica política de ayer, hoy y de los siglos venideros. Por lo tanto: hala, a votar otra vez. O si lo prefieren: ala, a votar otra vez, que también puede y debe escribirse.

Ahora bien, tengo para mí que hay otra razón añadida al evidente fracaso de ese proceso. Es, por así decirlo, una razón oculta, de la que nadie se atreve a mentarla. Se trata de algo que, aunque evidente, conviene esconder. Se trata de la inestabilidad de los partidos políticos más influyentes a la hora de confeccionar un acuerdo para conformar un nuevo gobierno. Concretamente, los socialistas y los podemitas.

De un lado, el Psoe, aturullado e inseguro, siempre estuvo vigilando que en las espaldas de Pedro Sánchez no hicieran diana los puñales visigóticos que les lanzaban, de manera inmisericorde, viejos y nuevos dirigentes. De otro lado, la inestabilidad de Podemos en torno a la relación entre su grupo dirigente y las organizaciones territoriales y en el seno de estas últimas. De donde debemos sacar otra conclusión: el postulado de la toponomástica política que indica «que la inestabilidad interna de cada partido se traslada, en mayor o menor medida, al panorama político general».



martes, 26 de abril de 2016

El olor a rancio (por lo menos) de Lluis Llach




Tal como pasó, yo se lo cuento a ustedes. Lo hago porque este sucedido apenas ha concitado atención en los medios y, sobre todo, en la comunidad académica. Ocurrió en el Parlament de Catalunya hace pocos días. La coalición gubernamental Junts pel Sí se dividió a la hora de votar una moción que reclamaba suprimir las subvenciones a los colegios concertados que practican el ´apartheid´ escolar sexista, esto es, «los niños con los niños y las niñas con las niñas». Suerte que dicha moción fue derrotada: sólo tuvo el voto afirmativo de los convergentes, los republicanos y el Partido Popular. En todo caso, la sorpresa fue que un destacado miembro de Junts pel Sí, no adscrito –que nosotros sepamos a ninguna formación de dicha coalición--  votó a favor de la segregación. Su nombre, el otrora combativo Lluis Llach, famosísimo cantante por la simbología de su estaca y otros bandoleros catalanes de antaño. Lo que nos proporciona, de momento, esta reflexión provisional: o Llach es partidario de ello o agacha su inspiración y se pone al servicio de la disciplina de voto convergente; non tertium datur, cuya traducción rústica seria que no hay vuelta de hoja.

Ahora bien, el asunto trasciende la posición del cantante. Y apunta a dos elementos no irrelevantes, a saber: de un lado, la votación de los convergentes se da en un contexto donde, se dice, se está cocinando en los fogones la refundación de Convergència democrática de Catalunya; y, de otro lado, en el contexto del proceso hacia la independencia de Catalunya. O, lo que es (casi) lo mismo: el guiso de la refundación se hace a través de un comistrajo en el que, de momento, ha decaído uno de los planteamientos progresistas tradicionales de Convergència, la no separación de sexos en la escuela; más todavía, con dicha postura, apartheid, se nos está indicando qué modelo de escuela podría haber en una hipotética Catalunya independiente, liderada por Puigdemont y sus furrieles.


Los que lucimos canas recordamos aquella canción que Llach cantó en plena Transición: No és això, companys. No compartí su crítica y amablemente se lo hice saber. Ahora le pregunto si su voto en el Parlament es lo que es. Pero no nos salgamos de madre. Recomendemos al cantante la canción que inmortalizó Pepe Marchena, aquella que decía «que la mancha de la mora con otra verde se quita». 

lunes, 25 de abril de 2016

Soberanismo catalán y cacofonía del mito medieval



Da la sensación que, en las últimas semanas,  el soberanismo catalán ha entrado en una fase de bajamar. Ni siquiera la oportunidad política que teóricamente podría proponer la diada de Sant Jordi se ha entrometido.  Ayer, muchedumbres urbanas asaltaron los cielos bajos de las calles y plazas –libro y rosa en ristre--  en una exhibición cultural de masas, tal vez la más importante del mundo entero. Demos, pues, gracias a quien sea que la cultura, en determinadas ocasiones, puede decirle orgullosamente a la política que se quite de en medio por unas horas y deje paso al libro en cualquiera de sus manifestaciones (papel, o como quiera que sea). Percibí ayer una novedad en mi atalaya de Pineda de Marx: las rosas que se exponían en los más diversos tenderetes estaban todas más abiertas que nunca. Mi mujer, potente observadora de lo diminuto, me lo aclara: «Ha llegado la compra de rosas a una cantidad tan enorme que es imposible que se recogieran ayer; llevan días en los almacenes, y eso lo explica». Sea, pues.

Pero la política no es como el famoso músculo que cantaba Carlos Gardel cuando reclamaba el silencio de la noche para que la imaginación descansara: el flamante president de la Generalitat se sintió obligado a lanzar su mensaje urbi et orbe. Vino a decirnos, sobre chispa más o menos, que los feroces dragones madrileños vienen por nosotros, los catalanes. Lo que fue interpretado por algunos en clara alusión a Luis Enrique: «No te duermas, mister, que los del Cholo Simeone y Zidane nos están soplando el cogote». Suerte tuvimos que politólogos locales y otros spins doctors nos aclararon la cosa. (Sabemos por don Antonio Baylos que el «spin doctor» es esa ubicua especie de invertebrados, especialistas en un tipo de propaganda que manipula directamente a la opinión pública).

En resumidas cuentas, el mensaje presidencial no tenía relación alguna con las cosas del fútbol sino con un nuevo intento para que el soberanismo saliera de la fase de letargo de las últimas semanas. Y, atentos como estamos a las posibles novedades, constatamos lo que sigue: el lenguaje del rey Artur ha sido substituido por el de la canción de gesta que nos propone Puigdemont: las imágenes marineras han sido desplazadas por los dragones, unos seres terribles que se comían vivas a las mozuelas de casa bien de los antañones tiempos medievales. Unos dragones que eran frecuentemente derrotados por un joven menestral que acababa poniendo orden en el principado. Así pues, el recurso del rey Arturo a la metáfora marinera (todavía impregnado del pactismo de Jordi Pujol) no acababa de sintonizar con el romanticismo que el nacionalismo burgués siempre necesitó y que tanto había exaltado su prótesis historiográfica. Puigdemont ha recurrido al vínculo sentimental entre la canción de gesta, el caballero medieval y los dragones, madrileños en este caso. 

Algunos dirán ¿pero no se está preparando desde los fogones la refundación de Convergència? Respondo: precisamente por eso. De una (des)Convergència que, posiblemente, será un conjunto de retales, zurcidos por los jefes de cada bandería a medio camino entre el desperta ferro y el «con flores a María que Madre nuestra es». Mientras tanto, Esquerra Republicana de Catalunya se arremanga los brazos como quien se prepara para darse un festín carroñero.



sábado, 23 de abril de 2016

La voz insobornable de Umberto Romagnoli


Jobs Act, una proeza de Spin doctor [1]



Umberto Romagnoli

La de la Jobs Act es una historia de engaños, astucia pícara y apariencias falsas. Tiene para todos los gustos. Va desde el uso (sin precedentes) de anglicismos con un fuerte impacto mediático, pero de incierto significado en nuestra lengua-madre, al uso descuidado de palabras que propaganla figura de un contrato de trabajo promocionado como innovador, cuando éste lleva en sus espaldas una experiencia secular. Va desde el respeto solamente formal de los procedimientos parlamentarios –porque la ley de delegación no contiene ni los principios ni los criterios directivos que la Constitución exige con el fin de limitar la discrecionalidad de lo decretado vía delegación, la quedeja intencionalmente en blancoel objeto que la constitución quiere predefinido,y ha sido aprobada recurriendo al voto de confianza para impedir el examen de las enmiendas y amordazar a los disidentes internos de la propia mayoría gubernamental--  a la ruptura de la consolidada regla no escrita que hace preceder a la intervención legislativa a consultas  sobre su contenido con los sindicatos. Va desde la valorización del poder empresarial a través de la sustancial recuperación de la libertad de despedir, a la marginación de la tutela jurisdiccional de los derechos, en la ejecución de un proyecto político cuya hipótesis es el intercambio entre la mayor flexibilidad en ventaja de la empresa hoy, y la mayor seguridad en el mercado en ventaja del trabajador, mañana. Un intercambio que, si bien está alentado por la governance europea, en un país como el nuestro en el que las políticas activas del trabajo son todavía el abc,es más virtual que virtuoso.

En síntesis, la delegación no era sólo sustancialmente una norma en blancoparapermitir al gobierno meter sus manos sobre todo el Derecho del trabajo, sino que además ha terminado por asumir las características de una auto-celebración de la corriente de pensamiento que reduce la política a mera comunicación.

Cándido como una paloma y astuto como una serpiente, el legislador delegado ha calificado como de “tutelas crecientes” un contrato de trabajo a tiempo indefinido, en el que la única forma de tutela que puede crecer (con el ritmo de 2 anuales, pero hasta un máximo de 24 mensualidades) es la indemnización apagaren caso de despido injustificado. Así, con un solo golpe se han logrado muchos resultados de los cuales no se tardará en descubrir la contradicción. Este contrato, de hecho, si por un lado parece prometer un futuro socialmente deseable en razón de la indeterminación de su duración -que abre una rendija a la esperanza en la “des” precarización del mercado de trabajo-por otro lado, es enemigo de toda expectativa de estabilidad a causa de la reconstitución de las condiciones del poder de mando que, por tradición, han estado simbolizadas en lalicencia para despedir. En realidad, es un contrato socialmente peligroso porque está asociado a una tutela contra el despido ilegítimo dominada no tanto por la preocupación de anular el ilícito y sus consecuencias sino, por el contrario, por la de garantizar al empleador la irreversibilidad de sus decisiones, por más ilegales que puedan resultar en el juicio por despido. Y ello porque ni siquiera la pérdida de un puestode trabajo sin algún motivo justificado es percibida por el gobierno como un drama para quien lo soporta. Haciendo suya la óptica de la empresa, el gobierno valora el despido ilegítimo en la medida de un costo del que es bueno conocer con anticipación el importe, predeterminadoen los límites más contenidos posibles. Flexible y blanda, dada la cantidad medianamente modesta de la indemnización debida, es una tutela que permite a este contrato ser competitivo en términos de costos directos e indirectos con el contrato a tiempo indefinido, ahora ya completamente liberalizado, precisamente facilitando la cesación de la relación de trabajo a iniciativa del empleador. A finde cuentas, la tutela es cualitativamente idéntica a la prevista en la época anterior al Estatuto de los Trabajadores. La readmisiónal puesto de trabajo, de hecho, será para los neo-contratados, una sanción completamente excepcional: una remota eventualidad. En otras palabras: no estamos en presencia de la muerte prematura del derecho del trabajo, pero es innegable que lo han hecho volver a la adolescencia.

Cándido como una paloma y astuto como una serpiente, el legislador delegadoha previsto la eutanasia del artículo 18 que la Ley Fornero[1] había ya alejado de aquél preexistente. Este artículo, en efecto, está destinado a extinguirse paso a paso en la medida que los (millones de) trabajadores contratados a tiempo indefinido en servicio antes de la entrada en vigor de la reforma se vayan de la empresa de pertenencia. Es decir que se disolverá lentamente y sin necesidad de ser derogado. Llegados a ese punto, sin embargo, la decencia exigiría que la cautivante coquetería de las “tutelas crecientes” fuera suprimida por respeto, si no a los italianos, al menos al idioma italiano. Por más astuto que sea, es un spot publicitario cuya función promocional se está agotando. Por tanto, una vez que se haya finalmente comprendido que el éxito del contrato a “tutelas crecientes” en el mercado de las reglas del trabajo dependía de una robusta, pero temporal disminución del costo del trabajo a cargo de las arcas fiscales generales, es esperable que la mentirosa etiqueta caiga por sí sola, como una hoja seca que se suelta de la rama. Éste, de cualquier manera, es el mal menor. El hecho es queen el tiempo intermedio el Derecho del trabajo ha soportado un durísimo ataque al principio-base de la igualdad, que la constitución querría ver actuado en los lugares de trabajo, tanto en dirección vertical como en sentido horizontal. Por el contrario, ha sido clamorosamente transgredido en dirección vertical, porque el vaciamiento de la tutela contra el despido injustificado relegitima la histórica asimetría de las relaciones de dependencia personal con estructura jerárquica. Ni siquiera a la igualdad en sentido horizontal se le han ahorrado violentos golpes. Y ello porque la fecha de la entrada en vigor de la ley funciona como pretexto para no aplicar la regla en ausencia de la cual la solidaridad social  se arriesga a ser despedazada y desaparecer: aquélla por la que al trabajo igual le corresponde un igual tratamiento. De hecho, la diferenciación de los regímenes del despido entre los antiguos y los nuevos contratados no encuentra justificación alguna en la diversidad de su condición de trabajo. Cierto, solamente la Corte constitucional podrá pronunciar al respecto la última palabra; lo que antes o después sucederá. Entre tanto, sin embargo, es plausible presumir que la lógica adoptada para establecer que cualquier contratación sucesiva al fatídico día de entrada en vigor de la norma da origen a tratamientos distintos respecto de una institución con tanta importancia estratégica como el despido, obedece solamente a  un cálculo de oportunidad, que tiene mucho que ver con lo que ha llevado al mismo gobierno a conceder un aumento salarial de “80 euros” a quienes perciben réditos del trabajo bajo una cierta medida o, en forma más reciente, el bonus de 500 euros para darse algo de culturaa quienes tengan dieciocho años de edad en la República. En todos estos casos, es siempre una cuestión de consenso: capturar lo más posible o perderlo menos posible.

Cándido como una paloma y astuto como una serpiente, el legislador delegado se ha casado con la idea, en circulación desde hace tiempo, que el Estatuto de los trabajadores habría envejecido precozmente. Una idea que es hija de la convicción para la cual si el derecho del trabajo tenía con la constitución la misma conexión que el idioma tiene con la gramática, no sería más una ventaja. Por esto el actual gobierno considera que el derecho refundadodel estatuto de los trabajadores en el surco trazado por la constitución es un derecho con gran futuro a las espaldas. En efecto, incorporando al contrato la tutela de los derechos fundamentales de libertad y dignidad de los trabajadores en su contenido esencial, el legislador del Estatuto había afrontado el problema del equilibrio con la libertad de iniciativa económica rodeando la gestión del personal de reglas que testimoniaban cómo el contrato de trabajo difería de otros contratos por la calidad del intercambio. Ahora el conjunto del dispositivo regulatorio es modificado radicalmente. No es que el problema del equilibrio entre derechos y libertades haya sido dejado de lado. Al contrario. Simplemente, se desecha la solución. Ya la lógica mercantil del contrato no debe hacerse cargo del respeto a los derechos fundamentales. Son los derechos fundamentales los que deben hacerse cargo de la lógica del contrato y ser sacrificados por tanto. Francamente, era difícil imaginarse una salida más patente de los rieles trazados por la constitución, que marcan de la manera más solemne posible el fin de la mercantilización del trabajo: “Italia es una República democrática, fundada en el trabajo”.






(1) Con Spin doctoel autor alude a la figura del especialistas en un tipo de propaganda que manipula directamente  a la opinión pública, N. de la T
[2]Se refiere a la anterior reforma al mercado de trabajo del año 2012, Ley Nº92 del 24 de julio de ese año, titulada "Disposiciones en materia de reforma del mercado de trabajo en una perspectiva de crecimiento”, que fue la primera que modificó la sanción general de readmisión en el puesto de trabajo, prevista desde 1970por el artículo 18 del estatuto de los trabajadores, aplicable en empresas con más que 15 dependientes, para todo caso de despido injustificado, N. de la T, Daniela Marzi.











viernes, 22 de abril de 2016

Hojarasca en torno a Cervantes



Nada que objetar a la prosopopeya que se ha puesto en marcha en torno al cuarto centenario de la muerte de nuestro don Miguel de Cervantes. Se trata de una conmemoración posiblemente a rebufo de la de Shakespeare en el Reino Unido. Por supuesto, más vale tarde que nunca. Nada que objetar tampoco al solemne homenaje que se ha celebrado en el Congreso de los Diputados donde, tal vez, más de uno de los asistentes han tenido la oportunidad de certificar que, en efecto, el Quijote es un libro realmente existente.

En todo caso, séanos permitido señalar algunos elementos que acrediten nuestra condición de aguafiestas al por menor. ¿Qué objetivos pretenden cubrir los organizadores este homenaje, de esta operación cervantina? ¿Se trata de celebrar la memoria del ilustre escritor alcalaíno? ¿se trata de evitar el ridículo de no hacer nada frente a la gigantesca conmemoración de Shakespeare? Nadie ha dicho nada sobre el particular.

Sea como fuere, no hay una clara disposición de popularizar, al menos, el Quijote: una obra literaria que históricamente ha tenido unos índices de lectura en España sospechosamente bajos.  Tengo para mí que los poderes fácticos que en España han sido nunca tuvieron interés en que esta obra maestra fuera cabalmente conocida. Efectivamente, hubiera sido escandaloso publicitar las razones de ello, así es que el pobre argumento fue: «es un ladrillo». Y dejaron que esa bola siguiera rodando hasta hogaño. Ni siquiera el hecho de que hubiera más cervantistas en Francia que en nuestro país sonrojó a nuestros connacionales. Ni siquiera los trabajos de Martí de Riquer y Francisco Rico, comentando y glosando la obra, cambió mucho las cosas. Aunque parezca excesivo soy del siguiente parecer: en nuestro país no poca gente consideró la obra como algo exótico.

Permítanme una anécdota personal: mis primeros cien duros los gané en Santa Fe cuando un nuevo adinerado me pidió que le montara la biblioteca que necesitaba para aparentar. Mi labor consistía en hacerle una lista de grandes obras literarias que dieran esplendor al salón principal. Al cabo de unos días le presenté el proyecto al ricachón: obras de Selma Lagerloff, Sinclair Lewis, Stefan Zweig y un largo elenco de otros escritores de los que el hacendado no tenía la menor idea. Cuando le llegó el turno al Quijote me respondió extrañado que de ese libro le habían dicho que era un tostón. Y cuando le llegó la recomendación de obras de García Lorca puso los brazos en jarras y respondió: «que de ese maricón no quería saber ná de ná». (Fin de la cita y fin de la anécdota).

Así pues, la pregunta sigue en alto: ¿qué objetivos debería tener esta conmemoración cervantina? Un servidor sugiere los siguientes: primero, quebrar el ciclo de que el Quijote es un «tostón»; segundo, la puesta en marcha de medidas concretas que faciliten la lectura del Quijote y en general como, entre otras, el abaratamiento de los precios y otras medidas fiscales; tercero, solucionar el litigio que tienen los escritores ancianos con la Seguridad social, cosa que clama al cielo. Seguramente hay más cosas en las que ahora no caigo, pero con la ayuda de ustedes se irán ampliando.    


jueves, 21 de abril de 2016

La cabezonería intermitente de la izquierda



Homenaje a Peter Glotz

Por lo general la cofradía de la política tiene una tendencia a no captar las novedades allá y cuando se producen; pasado un tiempo, cuando han aparecido otras, los políticos –una vez que se les ha señalado reiteradamente la primera novedad--  siguen en sus rutinarios quehaceres como si nada hubiera ocurrido. Y así sucesivamente. Sin ir más lejos a los sindicalistas de mi generación nos ocurrió tres cuartos de lo mismo. Al menos, así le ocurrió a un servidor.

A mediados de los años ochenta leí el Manifesto per una nueva sinistra europea (Feltrinelli, 1985). Su autor, el dirigente socialista alemán Peter Glotz. Por cierto, tardé muchos años en enterarme de que existe una traducción al castellano publicada dos años más tarde; el prólogo de la edición italiana (de Achille Occhetto) fue sustituido en la castellana por el de Felipe González. Agradezco a Ramon d´Alós, que me regaló el libro, mi puesta en contacto con Glotz. Seguramente este regalo tuvo la intención de sacarme del campanario y de sus antiguos atalajes en el que muchos nos encontrábamos.

En el prólogo del Manifesto –no dispongo de la edición castellana— el autor  nos dice: «… debemos tomar nota de la radical pérdida de poder por parte de los Estados nacionales  del gobierno de los procesos económicos. La caída del sistema heredado de Bretton Woods (1944) y la introducción de los cambios flexibles han llevado a la creación de mercados financieros y de crédito trasnacionales y extraterritoriales que hoy dominan la economía mucho más que los gobiernos de cualquier país». En otras palabras, Bretton Woods es, según Peter Gloz, el punto de inflexión, algunas de cuyas consecuencias no se supieron ver. Eso sí, en la década de los ochenta esa situación se exaspera y radicaliza. En conclusión, desde 1944 las políticas económicas y sociales de los diversos estados nacionales se hicieron sin tener en cuenta las consecuencias de Bretton Woods.

La segunda novedad que analiza Peter Glotz es la innovación tecnológica «con el desarrollo de las modernas tecnologías del conocimiento, de la información y la elaboración electrónica de datos y las formas políticas y económicas».  En concreto, el viejo paradigma industrial se iba desplazando hacia algo totalmente diverso. La política seguía instalada en el campanario y, como todo se había movido, Pocahontas iba representando sólo a los «últimos algonquinos».

Ciertamente no fue el único aviso que se dio en la Europa de mediados de los ochenta. Pero tal vez el más significativo, ya que quien lo dejó dicho fue uno de los más destacados dirigentes del Partido Socialdemócrata alemán, además de reputado intelectual con una intensa vida académica. No dejaremos de decir que siempre fue considerado como sospechosamente orientado al ala izquierda del partido. Mientras tanto, la izquierda europea volvía a organizar su enésima crisis existencial.



miércoles, 20 de abril de 2016

La respuesta de Isidor Boix a mi desacuerdo


Sobre los desacuerdos que José Luis López Bulla aprecia con mis planteamientos sobre un proceso “constituyente” sindical, para la “refundación” del sindicalismo organizado. 

Isido Boix


En su blog “metiendo bulla” (Mi desacuerdo con Isidor Boix) José Luis precisa los desacuerdos que aprecia entre nuestros dos trabajos (Las razones para la unidad sindical REFUNDACIÓN: una propuesta para el necesario cambio sindical, para un nuevo sindicato) publicados por “pasos a la izquierda” en su número 4.

Creo que su demandada “prudencia” para abordar el proceso constituyente hacia la unidad sindical orgánica la aplica también mi amigo al analizar nuestras posibles discrepancias y definirlas como “dos”. Yo aprecio algunas más. Y considero de utilidad airearlas, sobre todo para ayudar a entender lo que decimos, para entenderlo nosotros (que estimo lo sabemos bastante), pero sobre todo los  lectores que sigan este debate. Porque hablamos de cosas muy serias, y creo de bastante interés.

La principal en mi opinión no radica en las “normas” para el Congreso Constituyente sobre las que luego volveré. La esencial estaría en la propia concepción de éste, en sus razones, en la “urgencia” con que lo planteo, y que supone precisamente por ello también mi desacuerdo con la interesante aportación al debate de Paco Rodríguez de Lecea (El dilema confederal).

Mi propuesta es la “refundación sindical”, preferiblemente unitaria, pero no necesariamente. Porque la razón fundamental radica para mí en la actual y grave crisis sindical en el marco más general de crisis de las instituciones de representación social, la crisis de confianza de los pretendidos representados hacia sus supuestos representantes. No son por ello prioritarias las efectivas razones históricas para la unidad orgánica partiendo de la más favorable coyuntura que resulta de la unidad de acción, como bien señala José Luis, aunque ésta no deba darse nunca como definitivamente consolidada sino como permanente objetivo a construir día a día, precisamente a través de la propia acción sindical. 

En el mencionado artículo, base del desacuerdo, intenté subrayar esta crisis de confianza de la clase trabajadora hacia el sindicalismo organizado como elemento central que demandaría tal refundación, unitaria o no, y que desde CCOO propongo se dirija a su espacio sindical entendido éste en su sentido más amplio, es decir su actual estructura, pero también sus “simpatizantes”, particularmente su votantes en las elecciones sindicales, incluidos los numerosos delegados no afiliados. Y a lo dicho allí, intentando profundizar en esta cuestión para mi esencial, me remito. Creo además que sería una buena forma, ahora ya, precisamente para avanzar en la propuesta de Paco Rodríguez de  “organizar sindicalmente a los trabajadores no organizados”.

En cuanto a las normas, se trata esencialmente de una primera propuesta, a matizar naturalmente por quien asuma la responsabilidad de impulsar tal convocatoria. Y coincido con José Luis en su carácter de “extrema dureza” y en la posible, o previsible, resistencia de los “que se benefician del ordenamiento antiguo”, en palabras de Maquiavelo recordadas por mi amigo.

Entiendo que para recobrar la confianza son necesarias, aunque no suficientes, medidas excepcionales, y a ello apuntan las limitaciones que sugiero, pensadas para dicho proceso “constituyente”, no necesariamente como normas eternas (ninguna debería serlo nunca). Pero otra observación aún: que algunos de los actuales dirigentes a los diversos niveles no puedan ser reelegidos en su misma función no significa que se les “vete”. Significa solamente que podrían seguir aportando a la actividad sindical desde otros ámbitos de organización, “inferiores” y también “superiores”. Que muchos otros hay.

Me resta solamente agradecer a José Luis su “provocación”, respondiendo a la mía. Creo que ayuda a avivar el debate sobre una cuestión que considero esencial para la supervivencia de las actuales organizaciones, y quizás formas, sindicales. No para el “sindicalismo”, que creo garantizado mientras subsistan las relaciones de trabajo “asalariadas”.





martes, 19 de abril de 2016

Consultando a las bases




La consulta a las bases de los partidos y movimientos sociales es una de las novedades que se debe valorar. De un lado, porque introduce elementos de participación y, de otro lado, limita el monopolio del grupo dirigente de la asociación que lleva a la práctica tal hecho participativo. Pongamos que hablo de las dos recientes consultas: la del Partido socialista y la de Podemos.

Ahora bien una ´técnica´ de este calibre, a la luz de estas dos experiencias recientes, merece algunas consideraciones para que la consulta no aparezca como la crónica de un resultado anunciado de antemano. A los efectos de lo que queremos exponer es, de momento, irrelevante que este ejercicio de participación tenga carácter vinculante o consultivo. Este ahora no es el tema. La cuestión es el formalismo en sí de la consulta. O, por decirlo de manera coloquial, si la consulta se convoca y realiza a estilo compadre o tiene el debido rigor en su recorrido.

Así pues, la consulta debe tener, fijados de antemano: 1) el quórum indispensable para ser validada; 2) la publicidad claramente expresada donde las diversas opciones puedan ser defendidas, esto es, el , el no y la abstención; 3) una pregunta o preguntas claramente expresadas, y 4) el sistema de recuento de los consensos o desacuerdos expresados. Posiblemente sean necesarios otros requisitos. Pero, de entrada, estas cuatro condiciones me parecen indispensables. La ausencia de uno de éstas calificaría dicha consulta como de «estilo compadre».

Digamos, pues, que las convocatorias del PSOE y la de Podemos se aproximan a ese estilo compadre. Pues, hasta donde sabemos, no se ha normado la posibilidad de que las voces críticas pudieran ejercer su derecho de hacer campaña en contra de los planteamientos expresados en la convocatoria. Así las cosas, ambas consultas se han distinguido por tener este garbanzo negro. Y sacamos una primera y provisional conclusión: este estilo  --¿intencionadamente atropellado?--  no prestigia, no garantiza que la consulta sea un estilo de mayor amplitud participativa. Es, simplemente, una técnica de oclocracia aparentemente campechana que, sin dar gato por liebre, transforma una gallina en un pavo real.