miércoles, 24 de agosto de 2016

Ada Colau y sus vaivenes



El todo Barcelona comenta, todavía por lo bajinis, que Ada Colau está preparando la creación de un nuevo partido. Sería, más o menos, una conjunción de las fuerzas que integran En Comú Podem más las agregaciones que se sumaran al experimento. La impresión que se tiene es la siguiente: parece más una operación de élites, que no acaba de pisar tierra ni siquiera en el interior de las fuerzas que configuran los actuales comunes.  

Este ´no pisar tierra´ se complica porque, según yo veo las cosas, por el carácter de En Comú Podem. Yendo por lo derecho: es un conjunto de retales que tiene una gran dificultad para conformar un vestido. O, si se prefiere, se trata de una organización que se caracteriza por una disparidad de criterios, algunos de ellos de gran importancia. El más visible de todos es la posición ante el soberanismo catalán. Cada componente de En Comú Podem tiene, además, en su interior posiciones muy diversas en torno a dicha cuestión. Lo que, como es natural, acaba perturbando un intento de proyecto, especialmente el urgente que se necesita ahora, que signifique un útil banderín de enganche popular. Con lo que corren el riesgo de no ser un barco de gran cabotaje.

No estamos hablando de matices, sino de desencuentros. Ahora, con motivo de los preparativos de la Diada del 11 de Setembre, han vuelto a aparecer nítidamente: el grupo dirigente de ICV afirma «sentirse excluido (por el carácter) de la convocatoria», abundando en lo manifestado por Lluis Rabell; Ada Colau, tras una serie de aparentes meandros, es partidaria de asistir «en defensa de las instituciones catalanas». Una y otra posiciones son difíciles de compatibilizar.

Si entiendo bien ambos argumentos se podría llegar a estas conclusiones: sentirse excluido de la manifestación quiere decir estar al margen de todo lo que la rodea y explica; en cambio, la presencia en ella va más allá de las contingencias del apoyo a las instituciones catalanas y del uso que actualmente están haciendo sus responsables.

Joan Coscubiela ha dado respuesta a Colau atribuyendo su posición a un «sentido institucional» y ha recordado que hay un «rechazo unánime» a la hoja de ruta independentista que defienden Junts pel Sí, la CUP y el gobierno de Puigdemont (1). No hay motivos para no creerle. No obstante, nos permitimos dos chucherías: una, ¿por qué necesariamente la posición institucional de Colau tiene que ser de seguimiento de lo que expresa la presidencia de la Generalitat?; dos, ¿el rechazo a esta hoja de ruta es sinónimo de un rechazo a todo itinerario secesionista o un desacuerdo a esta hoja de ruta? También aquí valdría lo improductivo de «nadar y guardar la ropa». Que siempre tuvo sus límites… 

En resumidas cuentas, del equívoco al embrollo hay un trecho muy corto. Por lo que es deseable que ese «rechazo unánime», hoy un tanto gaseoso, pase a solidificarse. 



martes, 23 de agosto de 2016

Trabajo y democracia




(ANOTACIONES SOBRE TRENTIN)

Antonio Baylos

No parece ece el momento adecuado, y sin embargo lo es. Todos hablan del acuerdo de C’s con el PP que le debería garantizar la abstención del PSOE, continua y reiteradamente negada, y se preguntan si las diferentes voces nacionalistas apoyarán esta opción. La discusión luego se desliza a considerar la disyuntiva aut Rajoy aut nihil y anima el debate último la coincidencia de las posibles terceras elecciones con el día de la Natividad del señor, ya en las postrimerías del año 2016, yermo en términos resolutivos de gobierno. No sabemos mucho de lo que constituye el núcleo del previsible acuerdo entre el joven partido de la regeneración democrática de centro – derecha y el consolidado partido de gobierno – provisional – de centro-derecha con un rastro consistente de procesos penales y una ejecutoria terrible en términos de desmantelamiento de derechos y crecimiento de la desigualdad social y económica. Conocemos eso si que nada se ha hablado sobre la necesidad de modificar la regulación de las relaciones laborales que se inició en el 2010 y que se ha ampliado e intensificado tras la reforma laboral del 2012 y su desarrollo en el 2013 y 2014. Nada sabemos tampoco de la posición que este bloque político sostiene respecto de la Ley de Seguridad Ciudadana y el Código Penal en lo que se refiere a la represión gubernativa y penal de derechos colectivos básicos de ciudadanía.

Son estos elementos decisivos para cualquier pacto político que se precie, y es importante que la ciudadanía sepa qué es lo que los partidos que aspiran a crear una mayoría de gobierno conciben sobre el particular. La democracia exige que este tipo de cuestiones sean debatidas en el marco de un proceso de negociación entre partidos para obtener un apoyo parlamentario suficiente para formar gobierno. Parece como si el trabajo y los derechos que de él provienen no tuviera importancia constitutiva en la determinación de un proyecto de gobierno en un país como el nuestro, devastado por la aplicación de las políticas de austeridad. Exigir que las fuerzas que se han configurado como los protagonistas mediáticos absolutos de este tiempo de silencio para el resto de los sujetos políticos y sociales, se pronuncien sobre este tema, resulta una obligación cívica para sindicatos y partidos políticos partidarios del cambio y de desalojar al PP del gobierno.

La reforma laboral no es un asunto que se pueda dejar en el olvido, dando por supuesto que son cambios irreversibles y definitivos que no pueden comprometerse en un pacto de gobierno. La reforma laboral, concebida como un proceso desplegado en el tiempo con una intensidad acelerada de 2010 al 2014, tiene su punto de inflexión en la Ley 3/2012, y ha impuesto una situación de excepcionalidad social que se quiere permanente, como una nueva fórmula que sustituya el paradigma constitucional sobre el que estaba fundado el pacto constituyente de 1978 que el Tribunal constitucional en sus sentencias de 2014 y 2015 ha reemplazado, de manera sectaria y complaciente, por otro en el que no se reconocen las mayorías sociales que legitimaron el modelo constitucional primigenio.

Las consecuencias económicas y sociales de la reforma laboral son sobradamente conocidas y no es el caso ahora de reiterarlas. Sabemos que el derecho al trabajo y el derecho a la negociación colectiva han sido severamente transformados por estas normas, y que la devaluación salarial, la incentivación casi indisimulada del trabajo no declarado y sobre explotado, el incremento exponencial de la precariedad y la proclamación de una tendencia a la extensión de la desigualdad económica y social, con la creación de amplias fracturas y exclusiones colectivas, son los elementos realmente perseguidos por la iniciativa legislativa y las políticas subsiguientes del gobierno, que además ha radicalizado el ciclo represivo contra la protesta social y el conflicto obrero. Pero ante todo las consecuencias más graves lo son en términos político-democráticos.

La reforma laboral se resume en un amplio proceso de pérdida y reducción de derechos individuales y colectivos. Pero se tiene que contemplar este proceso desde su opuesto. Es decir, que hay en efecto un recorrido normativo – con ciertos espacios de indeterminación logrados a partir del momento interpretativo judicial, como ha sucedido en el caso de los despidos colectivos o con la ultra actividad de los convenios –que establece una disciplina de pérdida y de reducción de derechos, pero a su vez eso implica la ampliación de los caracteres de violencia y de dominio que caracterizan el contrato de trabajo. Desde este punto de vista, el trabajo que regula la norma laboral se aleja decididamente de lo que debería ser el paradigma de la acción sindical, un trabajo que garantiza la calidad de la producción y que autogobierna su flexibilidad. Por el contrario, la reforma laboral favorece la consolidación de un poder discrecional de la dirección de la empresa casi absoluto en la determinación del trabajo en concreto, lo que implica a su vez discrecionalidad  – esta es  una problemática en la que insistía siempre Bruno Trentin– en la cantidad y calidad de la información de la que disponen los trabajadores que diseñan y ejecutan el mismo. La construcción de una relación directa de autoridad sobre el trabajador individual que está inscrita en el ADN del contrato de trabajo, se radicaliza como poder de coerción sobre cada trabajador individualmente considerado, en un contexto en el que el sindicato y las representaciones unitarias en la empresa se convierten en intermediarios de las decisiones inmodificables de la dirección.

El problema de fondo es, por tanto, el de la “libertad diferente” del trabajador subordinado, la relación de violencia / dominio que constituye la peculiaridad del contrato de trabajo, que ha intentado ser “compensada”, en gran medida con un cierto éxito, a partir de la acción sindical, la legislación laboral y la propia interpretación jurisprudencial, especialmente mediante la creación y el desarrollo de los derechos colectivos y sindicales y su garantía legal y judicial. Pero esta compensación no anula la contradicción clásica, material, que nutre el problema del trabajo y el capital en una sociedad liberal y democrática. La que ya señaló en los años veinte del pasado siglo Karl Korsch, y sobre la que el sindicalismo italiano y en concreto Bruno Trentin, han desarrollado una reflexión muy oportuna. Se trata de la “contradicción explosiva” del trabajador ciudadano en la polis, en el espacio público que le habilitaría para el gobierno de la ciudad, pero que se encuentra privado del derecho de perseguir, también en el trabajo, su independencia y su participación en las decisiones que se toman en el lugar del trabajo respecto de su propio trabajo.

Es una contradicción distinta a la que se utiliza oponiendo derechos formales y derechos realmente o materialmente realizables, es decir, los que pueden efectivamente llevarse a la práctica en función del sistema de propiedad y de la ordenación de los medios de producción. Se trata por el contrario de una contradicción entre derechos formales reconocidos al ciudadano en el gobierno de la ciudad y derechos formales negados al trabajador asalariado en el gobierno del propio trabajo, lo que reproduce la desigualdad, en términos de derechos entre la esfera pública y la esfera privada que se concentra en la empresa como espacio de poder.
Trentin, en La Ciudad del Trabajo, insiste en que los derechos colectivos y la intervención normativa y jurisprudencial – el par “público / individual y privado/ colectivo”, que explicaba Romagnoli – no han modificado sustancialmente el poder discrecional del empleador en la determinación del “objeto” del contrato y de las reglas que prescriben la adecuación de la relación de ajenidad y dependencia a la prestación concreta de trabajo, de forma que el área en la que se desarrolla directamente la prestación de trabajo en la que, mediante la organización del trabajo, se determina el objeto concreto del trabajo – lo que llamaríamos el “programa” contractual – queda excluida de la negociación colectiva y de la formalización de derechos inherentes a la persona del trabajador. Pero si esto es así, y el desarrollo de las prácticas post-fordistas no han hecho sino acrecentar la tendencia a la radicalización del poder de coerción y la unilateralidad en las relaciones laborales, aceptando sólo la vertiente colectiva en cuanto  intermediaria de unas decisiones inmodificables frente a las cuales solo cabe una lógica adhesiva en algún caso compensatoria en términos indemnizatorios, eso quiere decir que se promueve una tendencia a un estado permanente de “suspensión” de derechos de ciudadanía en la empresa, y que por consiguiente “la cuestión de la libertad en el trabajo se convierte en la cuestión de la libertad tout court”.

El problema de la reforma laboral en España, como en general la regulación de las relaciones de trabajo en un país determinado, tiene necesariamente que tener en cuenta este aspecto directamente político, el de las relaciones de gobernantes y gobernados en los lugares de producción y la alteración de los equilibrios del poder en este espacio, modificado en el sentido de fortalecer la discrecionalidad hasta el puro arbitrio sin modular ni reducir la violencia de la explotación mediante mecanismos que actúen en la esfera de la distribución, señaladamente la Seguridad social, la protección por desempleo, los servicios sociales.

No se trata sólo del hecho constatable de que las fronteras de la democracia se detengan en los umbrales de la empresa, sino que éste es el núcleo real de la separación y del conflicto entre gobernantes y gobernados. La afirmación de la explotación del trabajo como raíz del conflicto social y de la desigualdad política no es un elemento compartido, ni implícita ni explícitamente, por las fuerzas políticas del centro-izquierda europeo, que desde hace mucho tiempo se “liberaron” de la clase obrera y de su referente social originario, vaciando cultural y políticamente su análisis del cambio y el sentido de las reformas, que fundamentalmente se situaban en la esfera distributiva, eminentemente pública. Ello ha permitido que los gobiernos de centro izquierda no hayan considerado que el eje de su programa reformista tiene necesariamente que ser  el cambio gradual de las relaciones de poder y la libertad en los lugares de trabajo, lo que supone “conciliar el gobierno de la empresa – como el gobierno de la sociedad – con las formas posibles de recomposición y reunificación de la prestación laboral en sus fases de conocimiento y ejecución, formulando esquemas de participación real de los gobernados en la formación de las decisiones por parte de los gobernantes”.

La tesis de Trentin – como exponente de un pensamiento fuerte europeo, de matriz preferentemente sindical – es la del olvido o la postergación en el programa reformista de la izquierda de la emancipación del trabajo concreto, que en todo caso es una cuestión que se sitúa después de acceder al poder político y como fase final de la reforma del Estado. “La reunificación gradual del trabajo y del saber, la superación de las barreras que aún dividen el trabajo de la obra o de la actividad, la liberación de la potencialidad creativa del trabajo subordinado, la cooperación conflictiva de los trabajadores en el gobierno de la empresa, partiendo de la conquista de nuevos espacios de autogobierno del propio trabajo, debe dejar de ser un tema periférico de la política o un terreno en el que a lo sumo se experimente la ampliación de algunos “derechos sociales” frente al Estado. Vuelve a ser una cuestión crucial de la democracia política porque repropone una nueva forma de pensar el modo de funcionamiento de los Estados modernos sobre una verdadera y real reforma institucional de la sociedad civil y una nueva definición de los derechos de ciudadanía”.

Todo este discurso crítico debe acompañar la narrativa sobre la reforma laboral, para que a través de la misma se pueda discernir la importancia de un movimiento de reforma gradual de los presupuestos de poder que separan a gobernantes y gobernados en el espacio de la producción y en los lugares de trabajo. Este enfoque permite resaltar dos elementos importantes de cambio. De un lado, el planteamiento de la democracia económica, que no sólo supone desarrollar elementos de participación y ganar espacios para la negociación colectiva, sino incidir en la organización y en las condiciones de trabajo como eje de actuación sindical a medio y largo plazo, sobre la base de un principio de enunciado sencillo, el derecho a ser informado, consultado  habilitado para expresarse en las formulaciones que se refieran a su trabajo, rompiendo la separación entre conocimiento y ejecución, impulsando los saberes del trabajo y su actividad creativa. De otro, el desarrollo de derechos colectivos e individuales que permitan avanzar en el territorio de la empresa disminuyendo su opacidad antidemocrática, mediante la generación de nuevos derechos y la vigorización de los antiguos. En esa estela actualmente se encuentra la Carta de Derechos que está impulsando la CGIL italiana, y, de alguna manera también en esa línea la Carta de Derechos que promueve CCOO como elemento característico de la fase posterior a la reforma laboral de la austeridad, puede ser una propuesta interesante.

Romper el silencio que pesa sobre este asunto es crucial. Enlazar la laceración económica y social que la reforma laboral ha producido con la crítica político-democrática debe ser, a partir del final de las vacaciones, un objetivo de los partidos políticos que buscan el cambio, así como de los sindicatos y los movimientos sociales. Hablemos del trabajo y de la democracia porque de esta manera estaremos poniendo sobre el tapete las cuestiones verdaderamente relevantes de esta sociedad.

Sobre la obra de Bruno Trentin el blog hermano Metiendo Bulla está, en estos días estivales, publicando por capítulos el libro “La ciudad del Trabajo”, traducido por José Luis López Bulla. La obra la pueden encontrar en la coedición que hicieron la Fundación 1 de Mayo y la Editorial Bomarzo. (http://www.1mayo.ccoo.es/nova/NNws_ShwNewDup?codigo=4156&cod_primaria=1207&cod_secundaria=1207#.V7mYzCiLShc) . Es asimismo muy recomendable la recopilación de textos, en italiano, coordinada por Michele Magno que lleva por título Bruno Trentin. Lavoro e Libertá. Scrittiscelti e un dialogo inédito con Vittorio Foa e Andrea Ranieri, Ediesse, Roma, 2008.


lunes, 22 de agosto de 2016

De burkas y burkinis




Homenaje a Carmen y Gemma

Reconozco mis muchas limitaciones. Por ejemplo, me pongo a cavilar sobre el nuevo culebrón veraniego del burkini y no llego a ninguna conclusión que me satisfazga. Lo mismo me pasa con otras vestimentas, llámense el velo, burka y demás. Ni siquiera cuando me ocurrió un sucedido, allá en el verano de 2000, pude articular algo con punto de vista fundamentado.

Mes de agosto, sofocante y pegajoso bochorno, que aquí llamamos xafogor. Bajaba un servidor por la barcelonesa calle Balmes  a eso de las cuatro de la tarde con cara de pocos amigos y ligeramente atontolinado por la quimioterapia. Me topo con algo que me pone los pelos de punta: un tío con gafas de sol, pantalones pirata, sandalias, polo de marca, sombrero panamá, una cámara de fotografiar a la bandolera y un señor peluco; a poquitos metros de distancia le seguía un bulto andante embutido en un burka más negro que el carbón. Me paro, miro descaradamente al sujeto y no puedo reprimir un incisivo «¿con que esas tenemos, eh?». El tipo, que algo me ha entendido, me mira como si yo fuera un intruso desestabilizador de su intimidad y me responde con un gruñido con acento presuntamente de Katar. Naturalmente mi pragmatismo me aconseja no seguir provocando porque solo dispongo de una cara y el caballero no tiene pinta de practicar el tancredismo de Estado.

De esta situación saqué momentáneamente una ventaja: se me fueron el apollardamiento de la quimioterapia y el escozor del glande. Pero la cabeza me bullía de suposiciones: ¿tendrá cara el katarí? Y otros devanamientos de los sesos. Por ejemplo, ¿qué ley era esa si no la del embudo? El katarí a los cuatro vientos y ella enfundada en el uniforme de rigor.


Mi sorpresa: comento el sucedido con algunas amistades de refitolera progresía. La respuesta mayoritaria de aquellas ursulinas de calisay: eso es multiculturalismo y otras pipirranas por el estilo. Y lo peor: me miran como si yo estuviera realquilado en el laicismo más tronera. Aprendí la lección: con estas ursulinas nunca volví a discutir, ni siquiera de quién tenía la voz más celestial, si la Niña de los Peines o María Callas. De manera que me impongo el silencio, porque no quiero problemas con esa incontable ristra de señoras multiculturalistas del pan pringao. 

domingo, 21 de agosto de 2016

Georges Séguy y Comisiones Obreras



Geroges Séguy con 17 años, tras su liberación de Mauthausen.

Ha muerto George Séguy, el mítico secretario general de la CGT francesa a los noventa años: toda una vida fecunda al servicio del movimiento organizado de los trabajadores, del sindicalismo y de la izquierda Aquí en 
https://fr.wikipedia.org/wiki/Georges_S%C3%A9guy,  tiene el lector la oportunidad de acercarse a la biografía de nuestro compañero y amigo. En todo caso, hay cosas que añadir para tener una idea más cabal de lo que fue este padre noble de la izquierda francesa. He aquí algunas muestras.

Georges afirma en su autobiografía (Lutter  Editorial Stock, 1975, reeditada y completada en 1978, Le livre de poche) que debía la vida a un anarquista catalán que, en el campo de concentración de Mauthausen, le daba media ración del terroncillo de azúcar que le correspondía a diario. Séguy tenía 16 años. La relación de Séguy con España, y especialmente con Barcelona, fue una constante a lo largo de toda su vida. Hasta tal punto que la primera visita que hizo a nuestro país fue a Barcelona a entrevistarse con nosotros, Comisiones Obreras de Cataluña. Lo recuerdo emocionadamente porque tuvo el detalle de ir al viejo hospital de Mataró a visitar a mi primera esposa, Conxita Roig,  que estaba ingresada por un problema pulmonar. Era a finales de 1977.

Es posible que fuera el dirigente sindical europeo que más ayudara a los trabajadores españoles y concretamente a Comisiones Obreras. Apoyó entusiásticamente –con recursos logísticos—a la famosa delegación exterior de CC.OO en París, la famosa DECO. Que dirigían Angel Rozas y Carlos Elvira.

Georges es una figura legendaria del sindicalismo francés, como Giuseppe Di Vittorio en Italia y Marcelino Camacho, y si seguimos a Plutarco fueron «vidas paralelas». Los tres, somos testigos de ello, no podían dar un paso por la calle sin que la gente se les acercara a saludarlos respetuosamente. En ellos están una parte de nuestras frondosas raíces.


Gloria a Georges Séguy. 

sábado, 20 de agosto de 2016

Repensar el trabajo después de Taylor




Nos ha dejado Georges Séguy, que fuera el legendario secretario general de la CGT francesa. Gloria a Georges.


Nota editorial.--  Hasta finales de mes volveremos a publicar por entregas el libro de Bruno Trentin La ciudad del trabajo. De esta manera, además, celebraremos el noventa aniversario de su nacimiento. Trentin nos dejó en agosto de 2007. La traducción es de un servidor, JLLB.


Bruno Trentin


Esperamos haber puesto de manifiesto las razones de una convicción largamente madurada y el objetivo de una investigación sobre la problemática de la liberación del trabajo en las culturas de la izquierda socialista entre las dos guerras mundiales que ampliaremos en la segunda parte de este libro.

Una de las raíces de la crisis de identidad de la izquierda en la Europaoccidental, y que asume formas incluso paroxísticas en el caso italiano, reside en el hecho de que, mucho antes del fracaso (y después la explosión) de los sistemas autoritarios del “socialismo real” dieran el tiro de gracia, el modelo taylorista-fordista y sus culturas productivistas, industrialistas y evolucionistas estaban frenando la actividad de los movimientos sociales y políticos que, estando a la espera del socialismo, actuaban de cara a una mejor distribución de los recursos producidos por este modelo “neutro” y científico de organización de la empresa y la sociedad. Ello pudo suceder, dejando muchas de las fuerzas de la izquierda occidental sin un proyecto creíble y triunfante en las cuestiones cruciales del trabajo y de su libertad, porque las fuerzas principales de la izquierda construyeron sobre el modelo taylorista-fordista una parte fundamental de sus estrategias de transición e incluso de sus prefiguraciones de una sociedad “desarrollada”.

Cierto, esta no es la historia de toda la izquierda. Este ensayo no tendría ningún sentido si fuera el testimonio de un desconsolado y sabiondo observador que predica en el desierto. Por el contrario, la historia de toda la izquierda –incluso de las cuestiones que hemos evocado--  está plagada de intentos y fracasos, de búsqueda de otras vías y de conflictos internos, incluso lacerantes, sobre los caminos a recorrer para construir una alternativa que gane la partida a la ideología fordista y taylorista. De ahí que sea necesaria, hoy,  una reflexión crítica del pasado y solicitar una nueva mirada sobre aquellas ideas y esperanzas concretas, sobre aquellos trabajos culturales que fracasaron en el intento.      

Se trata, en suma, de partir de la conciencia de que las posiciones asumidas por el movimiento obrero en Occidente (o, al menos, por las tendencias culturales y políticas dominantes) en torno al taylorismo y al fordismo constituyeron realmente el reflejo de la primacía de una determinada corriente ideológica y no la expresión de una cultura monolítica de la izquierda y del sindicato. Sin embargo, estuvieron marcadas –incluso en la cuestión del trabajo--  por amplias y lacerantes divisiones entre las diversas estrategias y las diferentes búsquedas. Podríamos decir que entre diversas “utopías” de la liberación del trabajo que arrastraban consigo opciones cada vez más radicalmente alternativas. Como la alternativa entre la primacía del desarrollo y de las libertades individuales y la igualdad de oportunidades. Como la alternativa entre el desarrollo ininterrumpido de las fuerzas productivas y la asunción de límites al desarrollo sobre la base de la salvaguarda del equilibrio ecológico, pero también de la integridad psicofísica de la persona humana y sus enormes potencialidades. Como la alternativa entre la primacía de la superación de la explotación (la expropiación de un plusproducto del valor superior al salario) y el primado de la respuesta a la alienación concreta existente en la relación de opresión que predetermina la cualidad del trabajo. O, en definitiva, la alternativa entre derechos y libertades individuales, de un lado, y la “igualdad de resultados” como precondición para el ejercicio de tales derechos, de otro lado. Estas diversas antinomias pueden resumirse en la que ha sido determinante y ha lacerado durante dos siglos la cultura socialista: ¿la superación de la alienación es posible solamente más allá de la sociedad industrial, en los espacios que ha dejado libres el sistema de trabajo predeterminado? ¿O ello es el resultado de un camino –ciertamente, gradual e incierto--  pero inmediatamente posible? ¿También, y en primer lugar,  en aquella parte de la vida humana que tanto incide en su existencia, en su cultura, en sus deseos y en sus percepciones: el trabajo compartido con los demás?

Cuando hablo de alienación en el trabajo y de liberación del trabajo en las relaciones de producción, me refiero, ciertamente, casi exclusivamente a las culturas de inspiración socialistas (comprendidas las corrientes anarquistas y libertarias). Singularmente las culturas liberales, incluso las más avanzadas en el terreno de la democracia política y de las libertades individuales eliminaron el tema del trabajo como fuente de un derecho de ciudadanía,  haciendo dejación de la dura herencia de una tradición de pensamiento que hacía de la propiedad la primera de las libertades inalienables, subordinando a la propiedad (como factor de independencia), la pertenencia a la “ciudad”. Sin embargo, una cosa es cierta. Con la crisis del sistema taylorista de organización del management y del trabajo en todos los centros de la actividad colectiva –en la fábrica, en la administración pública; con los límites de los modelos fordistas de organización de las economías y del gobierno de los procesos productivos; con el desvelamiento  las implicaciones autoritarias, en última instancia, en los procesos de “racionalización” que afectó a todas las naciones industriales de Occidente y en el “desencanto”  del mundo profetizado por Max Weber; con el resurgir –tanto en las naciones occidentales como en los países del Este europeo--  de imponentes movimientos para afirmar nuevos derechos civiles contra la primacía del desarrollo sin límites y contra un igualitarismo de los “resultados”, que negaba los derechos y las diversidades; con tales convulsiones de un escenario que había conocido la hegemonía de los sistemas “científicos” de organización de la producción, de los poderes y de los saberes … todas estas antinomias se volvieron a proponer en unos términos todavía más dramáticos para las culturas de toda la  izquierda. No sólo las de tradición socialista. La izquierda está nuevamente convocada a ajustar las cuentas a estas antinomias en el momento en que acusa los más graves retrasos, sin percibir el enorme alcance de los cambios en una sociedad civil que había relegado en su memoria como un dato inmutable durante un largo periodo; y en el momento que reconoce su propia impotencia para gobernar dichos cambios, también porque el escenario que establece, para una gran parte de la izquierda constituía no una fase contingente y contradictoria de la organización de la producción y de las sociedades industriales sino un proceso objetivo que estaba fijado por las leyes de la historia y de la ciencia. No era una contingencia sino un dogma.

Ajustar las cuentas con las antinomias del pasado, que vuelven hoy con una fuerza acrecentada y con nuevos y cambiantes contenidos, quiere decir, para una gran parte de la izquierda contemporánea, tomar conciencia de su propia subalternidad cultural a un dogma que reflejaba solamente el éxito --no inevitable, no “irresistible”-- de una ideología de las clases dominantes en una determinada fase de la historia. Tomar conciencia, también, del hecho de que tampoco está “escrito en la historia” la salida de la actual crisis de dichas ideologías y de los modelos de sociedad que ha inspirado; ni la afirmación “irresistible” de un único y determinado modelo de organización social que tome el relevo.

Si la izquierda consigue tomar plenamente conciencia de su profunda subalternidad cultural al taylorismo y al fordismo podrá “procesar” su pena. Y liberarse simultáneamente de los errores ideológicos que el taylorismo y el fordismo han desmentido; en primer lugar, en los países del socialismo real. Como la propiedad estatal de los medios de producción como condición para reducir la explotación y, sobre todo, la opresión del trabajo humano. O como la lucha ilusoria contra los beneficios a través del arma del salario, independientemente del destino de los beneficios y del tipo de servicios y derechos que el aumento de los salarios permitía conseguir o ejercer. O como el progresivo enclaustramiento del quehacer político en el estrecho ámbito de las medidas distributivas, utilizadas para compensar el defectuoso uso de algunos derechos y no para promover su propio ejercicio, incidiendo, también así, en la organización del trabajo de los hombres y las mujeres, con el fin de conseguir resultados económicos ventajosos para el mayor número de personas. Esta toma de conciencia y esta “desgracia” no son, desgraciadamente, procesos completos. Sobre todo en Italia. Prevalece todavía en gran parte de la izquierda –socialista y liberaldemocrática— la remoción de tales exigencias. Como si se tratase solamente de pasar página de golpe y porrazo sin conocer completamente qué hay que dejar y qué se debe conservar de todo aquello que la historia de los hombres de la izquierda, con sus lacerantes conflictos internos, han escrito en las épocas precedentes.

Tal es el convencimiento que nos ha llevado a emprender esta investigación como la de Gramsci y la izquierda europea frente al “fordismo” en la primera posguerra, [se trata de la segunda parte de este libro, JLLB], deliberadamente unilateral en su análisis porque su objetivo es poner al desnudo las aporías, los retrasos y las contradicciones que muchos hombres de la izquierda han eliminado durante décadas y décadas, de los que muchos de ellos, todavía hoy, ni siquiera tienen plena conciencia. Mirar al futuro, contribuir a construir el futuro no será cosa fácil para una izquierda que conserve estos “cadáveres en el armario” y su mala conciencia. De hecho, son “handicaps” que, en cada paso, corren el peligro de oscurecer su misma capacidad de percepción del presente, con sus incesantes transformaciones, en primer lugar en la conciencia de los hombres y mujeres que viven en sociedad.

Nos aguardan grandes opciones que necesitan desarrollarse con lucidez, decisión y el rigor de quien sabe medirse con unos vínculos no piadosos impuestos por una disponibilidad, limitada e incierta, de recursos; y ello frente a las fluctuaciones, a menudo incontrolables, de los mercados mundiales, a las terribles ineficiencias de la máquina pública, a las perdurables injusticias de la política fiscal y la distribución, frecuentemente discrecional, de las transferencias y servicios a los ciudadanos. Es decir, las grandes opciones de reformas de la sociedad en la que vivimos. Que debemos construir con el consenso de una gran mayoría que debe ser conquistada, no mediante la ilusión para satisfacer una suma de intereses entre ellos inevitablemente en conflicto sino a través de una batalla cultural y moral. Con la idea de encontrar –en el interés común de la realización efectiva de los grandes derechos universales (privilegiando a los excluidos y más desventajados, incidiendo en las pequeñas y grandes áreas de privilegio— las razones de un nuevo pacto de solidaridad entre los ciudadanos. Pero, en primer lugar, de los ciudadanos que viven de su propio trabajo o que aspiran a encontrar una ocupación cualificada. Un nuevo compromiso social entre las fuerzas que concurren a crear la riqueza de de un país mediante mercancías, servicios, cultura, conocimientos debe ser la pista de aterrizaje, no la premisa de este pacto de solidaridad entre los diversos sujetos del mundo del trabajo, para conquistar una efectiva igualdad de oportunidades en el ejercicio de los derechos individuales y colectivos de validez universal.

Sólo mediante tal enfoque, que recupere la dimensión ética y cultural del quehacer político, la izquierda podrá llegar a ser, por primera vez, la protagonista, no de la defensa de raquítica de un Estado social de las corporaciones, que ya se ha convertido en la fuente de desigualdades y nuevas exclusiones. Se trata de la reforma de un Estado social hacia la creación de una “sociedad solidaria de las oportunidades”, capaz de superar las crecientes distorsiones y prevaricaciones que los sistemas dominantes en la gestión burocrática de las instituciones sociales determinan en la erogación de las rentas y los servicios, basándose en la ignorancia –propia de los sistemas “asegurativos”--  de las diversas condiciones de partida de las personas, de las distintas expectativas personales de promoción cultural, de las diferentes expectativas de vida, de las diversas aspiraciones de las personas a realizar sus propias actitudes potenciales tanto en el trabajo como en la vida en comunidad.

“Personalizar” la intervención de una “sociedad de las oportunidades” con el concurso de las instituciones públicas, de las comunidades locales, de las asociaciones del voluntariado, de las empresas privadas y colectivas que acepten  las reglas comunes que dicta la colectividad, con la contribución financiera general de la colectividad y sobre la base de una solidaridad transparente, explícitamente finalista para la consecución de sus objetivos específicos. Lo que quiere decir poder afrontar de manera descentralizada, pero en un solo contexto,  en un gran proyecto unitario los grandes temas de la enseñanza, de la formación permanente y de la relación entre la enseñanza y la industria; de la protección social, en función de la ampliación de las expectativas de la vida activa, pero en primer lugar para combatir los riesgos de marginación y la muerte precoz. Con reglamentaciones del mercado de trabajo con la certeza de reglas y derechos, dando, a quien efectivamente está expuesto a trabajos temporales, mayores ocasiones de promoción profesional y derechos efectivos de codeterminación de su propio trabajo y un apoyo colectivo en la búsqueda de un nuevo empleo más cualificado.

Sólo con un enfoque similar será posible definir una política de pleno empleo que no separe en adelante la creación de nuevas ocasiones de trabajo de la mejora de la calidad del empleo, del crecimiento de sus espacios de autonomía y de participación en las decisiones (y no en los beneficios) de la empresa.

Sólo con un enfoque similar, una izquierda moderna podrá utilizar los instrumentos fundamentales de la investigación, de la formación, de los incentivos a la innovación (no sólo de la tecnología, también de la  organización del trabajo). Se trata de promover la actividad de investigación, la socialización de las innovaciones, las sinergias en los proyectos a nivel europeo, la actividad de formación permanente y, sobre todo, las transformaciones de la organización del trabajo que valoricen –incluso a través de la negociación colectiva--  el papel y la autonomía de la persona que trabaja, favoreciendo su participación ante todo en la programación de su propio trabajo, animándolo a la finalización de políticas salariales y de nuevos regímenes de horarios de trabajo.  

De esta manera se pueden construir las premisas de una auténticareforma institucional de la sociedad civil  que, partiendo de una nueva legislación de derechos civiles y sociales con la acción positiva que la haga posible, defina las reglas que deben garantizar sus funciones, la representatividad y la vida democrática interna de las asociaciones (desde el sindicato al voluntariado) y los códigos de comportamiento de las empresas  que operan en el mercado social. Solamente el comienzo de dicha reforma institucional de la sociedad civil del próximo siglo XXI podrá nutrir las ideas-fuerza para que la reforma sea duradera.

Por esta vía, la progresiva liberación del trabajo de los cepos más gravosos que obstaculizan la libre expresión de la persona puede crearse un proyecto creíble de transformación  de la vida cotidiana. Un proyecto de transformación de esta sociedad. Y no una promesa engañosa que todo lo confía a las generaciones venideras con el objetivo de justificar las renuncias y sacrificios de quien sufre, aquí y ahora, no los costes necesarios de una política reformadora sino las desigualdades y las “mutilaciones” que produce un ingobernable estado de las cosas.

Nota. El texto completo del libro se encuentra en La ciudad del trabajo: http://metiendobulla.blogspot.com.es/


viernes, 19 de agosto de 2016

Hollande y el Papa Francisco perdieron el pulso



Quiero suponer que la negativa del Estado Vaticano a dar el placet al embajador de Francia es cosa de la Curia. El embajador, católico por  más señas, se declaró gay hace tiempo.  Así pues, los viejos galápagos le pusieron la proa y, después de un largo contencioso, Hollande –acribillado de problemas por los cuatro costados--  se ha tragado el sapo y retirado al embajador. O lá, lá.  Digamos, además, que Francisco --«¿Quién soy yo para juzgar a una persona que se declara homosexual?»--  ha arriado, en este caso, las velas pontificias.

A mi juicio hay, por lo menos, dos elementos sobre los que conviene cavilar. Uno, Francisco sigue estando en una considerable fragilidad; de momento la Curia le deja que hable, pero sigue controlando las bridas y los aparatos de poder de la transnacional vaticana. Dos, Hollande –crucificado y ya casi exangüe--  propina una patada en los mismísimos a los derechos civiles. Y, además –si nuestra hipótesis tiene sentido--  debilita la autoridad y la auctoritas de Francisco. El presidente francés lo hizo bien durante un tiempo manteniendo al embajador contra viento y marea. Pero llegó un momento que perdió el pulso ante el galapagar de la Curia, cuyo poder material sigue siendo enorme y, más todavía, el inmaterial.

Lo que, en todo caso, parece evidente es la debilidad de Francisco. Los únicos que muestran su desabrimiento son la muy importante legión de ultras que, a pecho descubierto y organizadamente, están abriendo fuego con una artillería pesada contra las libertades civiles en todo el mundo con sus posiciones anteriores al Concilio Vaticano Segundo. Al mando de estos legionarios están cardenales de vieja estampa, obispos de alto copete y curas de olla, que siguen gustosamente la vieja máximo de «mi Reino es de este mundo, vaya que sí». Es el catolicismo de faralaes y casquería que se disfraza de pueblo para echarle la mano a la garganta.


¿Dónde están las comunidades cristianas de base?

jueves, 18 de agosto de 2016

Organización, Negociación e Industria 4.0



Victor , da recuerdos a las amistades allá arriba. 


Escribe Pedro López Provencio



Uno.- Aseveraciones iniciales


Perded toda esperanza quienes busquéis un empleo fijo, estable, seguro y bien remunerado. Eso pertenece al siglo XIX. Han venido a decir al alimón, este mayo pasado, el jefe de la patronal, Juan Rosell, el ministro del interior del PP, Jorge Fernández Díaz, y el gobernador del Banco de España, Luis María Linde.

A la vez, coincidente en el tiempo, la secretaria de Juventud de CCOO, Tania Pérez Díaz, escribe que impiden el desarrollo de un proyecto de vida autónomo los contratos a tiempo parcial no deseados, el abuso de la temporalidad, las formulas no laborales (becas, prácticas, etc.) y la inadecuación de la formación al puesto de trabajo. ¿Qué puesto de trabajo? ¿Qué formación? ¿Qué empleo de calidad?

Estas declaraciones se producen en un contexto en el que la alienación de los elementos de control del proceso productivo ya está en fase de completarse. La materia prima y el producto acabado a manos del mercader. Los medios de producción, la cantidad a producir y el conocimiento para producirlo, a manos del capitalista (1). En el que la reducción de costes y la maximización del beneficio privado han de conseguirse a toda costa. Y en el que el ninguneo del trabajador empieza a aplicarse con saña.

Sin perjuicio de esas evidencias, podemos recordar que Karl Marx nos dijo que el trabajo dignifica al hombre y Benjamín Franklin lo repitió frecuentemente. Algunos maestros de mi adolescencia nos impulsaron a ser primero un buen Oficial Ajustador y después un buen Maestro de Taller. Porque decían que el ser es permanente y el estar y el tener es contingente. Y la segunda ponencia del 11º Congreso de CCOO de Catalunya empieza diciendo “El trabajo determina la posición social del individuo y sigue siendo uno de los elementos más importantes de socialización de la persona”. Sin embargo, lo cierto es que la organización del trabajo que se viene implantando nos lleva por derroteros muy distintos.


Dos.- La organización capitalista del trabajo.

Conscientes de todo esto, durante los años 70, la posición socio-laboral del trabajador, el control del trabajo y el diseño del proceso productivo, ocupó buena parte de las preocupaciones directas de algunos sindicalistas.

Al final de esa década, los trabajadores de la SEAT, estábamos muy esperanzados. Acabada la dictadura, habíamos conseguido la amnistía laboral. Reingresamos todos los despedidos por causas político-sindicales. Nos sentíamos fuertes. Capaces de alcanzar buena parte de nuestras reivindicaciones. De avanzar hacia la emancipación. Se habían firmado los Pactos de la Moncloa. Pero la patronal no aceptó lo que se estipulaba sobre la masa salarial bruta. Y en cuanto a la organización del trabajo, pretendían mantenerla como facultad exclusiva de la Dirección de la Empresa. Limitaciones estas que nos impusieron un sobreesfuerzo en el binomio negociación-movilización.

Por aquel entonces era generalmente aceptado que los resultados que obtenía una empresa, cualquiera que fuese su naturaleza, siempre eran consecuencia directa del comportamiento de las personas que la componían. Ellas eran su principal activo, su más preciado elemento. Aseguraban el funcionamiento regular, sea cual fuere el grado de automatización o mecanización existente. Una empresa sería lo que fuesen sus trabajadores.

También se sabía que los objetivos se alcanzan siempre a través de los procesos que se ponen en marcha. Con independencia del grado de formalización que tengan. Y para conseguir la máxima eficacia y eficiencia, estos procesos, debían ser adaptados a las competencias que pudiesen ejercer las personas que los habían de impulsar y ejecutar. Y con su concurso. La ergonomía despuntaba. El diseño del puesto de trabajo debía subordinarse a las características fisiológicas, anatómicas, psicológicas y, sobretodo, a los conocimientos y capacidades del trabajador que tenía que realizar el trabajo.

Implícitamente, las normas ISO 9000 y las del premio europeo a la calidad EFQM, declaraban caducos los principios derivados del taylorismo (el cerebro en la oficina y el brazo en el taller). Y propugnaban decididamente la participación y el bienestar de los trabajadores, como condición imprescindible para el buen funcionamiento de la organización y la mejora de la calidad.

Sin embargo, en la práctica, se continuaba con el antiguo análisis de métodos, la determinación de los tiempos y la valoración de los puestos de trabajo. Que, bajo el poder exclusivo y excluyente de la patronal, resultaban claramente contradictorios con los valores postulados.

Con el análisis de los métodos de trabajo se busca la forma más económica, rápida y sencilla de realizarlos. Apropiándose casi siempre de los conocimientos y de la experiencia del trabajador. Porque ningún ciclo de trabajo es capaz de prever, previamente, todas las circunstancias y requisitos necesarios para desarrollar todas las tareas. Son los trabajadores los que suplen las insuficiencias y las carencias imprevistas. La prueba es que, cuando se decide trabajar a reglamento, es decir, cumplir exactamente con las indicaciones contenidas en los ciclos de trabajo y en las hojas de operación, se produce lo que llamamos una huelga de celo y se paraliza la producción.

Una vez fijado el método, se procede a su descomposición en partes elementales. Y a determinar los tiempos de ejecución de los trabajos. En unas pretendidas condiciones óptimas de efectividad y con los medios previstos en cada caso. Que luego raramente se dan. Los tiempos se obtienen cronometrando repetidas veces las distintas tareas, productivas o improductivas pero inevitables. Posteriormente se nivelan con la apreciación de la actividad observada en el trabajador mientras se le cronometra. Y se le agregan también unos determinados coeficientes de fatiga, necesidades personales, penosidad, tensión mental, monotonía, tedio y otros.

La subjetividad en la determinación de tiempos de trabajo es de difícil superación. En primer lugar dependerá del tamaño de la muestra y de si ésta es representativa. Después, de la apreciación de la actividad que haya observado el cronometrador. Lo que depende de su pericia, estado de ánimo y capacidad del trabajador para confundirlo. Y, al final, de los más o menos coeficientes que se apliquen.

Se dice que la actividad normal es la que puede desarrollar un obrero, entrenado en la tarea que realiza, haciendo un esfuerzo equivalente a caminar a una velocidad de 4,5 km/h. O a repartir 48 naipes en 30 segundos sobre las cuatro esquinas de un folio. Es decir, para hacer un trabajo “normal” un obrero ha de desarrollar un esfuerzo equivalente a caminar unos 32 Km en una jornada de 8 horas. O de unos 42 km para obtener el rendimiento óptimo. Intenten caminar 160 Km en cinco días. O 210 Km, si intentan desarrollar la exigible actividad óptima. Semana tras semana. (Ver Art. 98 del XIX CC SEAT)

Se completa el trípode con la Valoración de los Puestos de Trabajo. (En adelante VPT). Esta técnica nace como consecuencia del uso de criterios tayloristas, llevados al límite, en el diseño de los métodos de trabajo. Tiene por objeto conseguir que los aparatos organizativos obtengan mayor control del trabajo y, sobretodo, de los trabajadores. Para ello hay que liberarse de gran parte de la jerarquía de valores (profesionales, culturales, sociales) vigentes en la Sociedad. Hay que conseguir que los trabajadores se amolden con facilidad a los requisitos de funcionalidad productiva y de movilidad en los puestos de trabajo. Para poder llevar a las personas de aquí para allá sin limitaciones, independientemente de sus capacidades. Y poder cubrir los fallos en la programación, las calamidades y los despilfarros inherentes a ésta forma de organización industrial. A la vez que se crea inseguridad.

Repetir indefinidamente tareas parciales desconectadas de su finalidad, durante toda la jornada laboral, días, meses, años, es algo antinatural. Y eso, a principios de los 80, afectaba ya a trabajos de alta cualificación. Conseguir que los trabajadores se adapten a ello no es tarea fácil. Hay que encontrar la forma de obligarles subliminalmente a que accedan a la reducción de su autonomía, en lo que se refiere a la utilización de los medios y a la elección de los métodos. Para eso se necesita romper con las líneas de carrera profesionales que se adquieren fuera de la fábrica y que, en ella, ni se utilizan ni se mantienen. Y ahí es donde actúa la VPT.

Para proceder a la valoración de un puesto de trabajo primero hay que tener descritas las tareas previstas en él. A continuación se le asignan unas puntuaciones de acuerdo con unos criterios preestablecidos (2). Después, para subsanar las incongruencias y las contradicciones más flagrantes, se procede a “comparar” y “equilibrar”. Y finalmente en la Comisión de Valoración, con participación de representantes de los trabajadores que legitiman la ocurrencia, se acaban redondeando. El resultado suele corresponder, normalmente, a las distintas presiones que ejercen los miembros de la Comisión en función de los intereses que representan. En realidad no importa mucho la puntuación que se le dé a cada puesto, siempre que el global sujete la masa salarial en las magnitudes previstas.

La VPT se realiza prescindiendo total y absolutamente del trabajador que ocupe o pueda ocupar el puesto de trabajo que se “valora”. Así, los trabajadores resultan intercambiables y se puede prescindir de ellos con facilidad. Al tiempo que se produce un gran despilfarro en conocimientos, méritos, capacidades y experiencia. Pues los trabajadores suelen estar “sobradamente preparados” para lo que “requieren” los puestos de trabajo en los que se les coloca.

Una vez implantada la VPT, ya no somos peones, especialistas, oficiales, maestros o ingenieros. Ahora estamos en un puesto de nivel 7, 11, 15 o 19. Del ser al estar. Estar en el lugar que se nos asigne haciendo lo que se nos mande. Pronto y casi siempre desde una pantalla y puede que desde casa. Aportando conocimiento “gratis et amore”. Obedeciendo sin rechistar. Que hay muchos esperando. Y da igual que sean peores, igual o mejores, si tienen la formación básica y son sumisos.

Para asentar el sistema, los salarios y la promoción profesional de los trabajadores ya no están en función de lo que se es, ni de su potencial, sino de lo que se les hace hacer, según decida la organización de la empresa. Que cada vez simplifica, divide y automatiza más para pagar menos y no depender del trabajador cualificado. Ya puede uno estudiar y adquirir conocimientos y experiencia que si no le cambian de puesto de trabajo no habrá promoción ni mejora posible. Y cada vez los diseñan más simples y elementales.

Para nada importa que sea caballo, burro, buey, cabra o perro. No importan ni sus cualidades ni sus habilidades. Lo que interesa es que, uncido al palo de la noria, de vueltas sin parar extrayendo agua. Sin saber para qué. O tire del carro. A 4,5 Km/h. O más, si aspira a tener una ración extra de pienso. Con la zanahoria de señuelo. La promesa de un nuevo producto a fabricar. Para que no se lleven la fábrica. Los amos. Ya sin límite para hacer lo que les dé la gana.

También puede que contribuya a la desconexión empresa-sociedad las enseñanzas de formación profesional y la rama técnica de las universitarias. Pues no parece que hayan tenido la capacidad y la rapidez necesaria para adelantarse, o enfrentarse, al ritmo de transformación tecnológica y a los criterios productivos que se instauran en la industria. Ir por detrás y al servicio del sistema financiero, no es lo que deberíamos esperar del sistema educativo. Lo que antes era Oficialía y Maestría Industrial es ahora FP1, FP2, FP3. ¿Quién quiere ser un “Efepedos”?

Al sentimiento de pérdida de identidad individual y colectiva, que todo esto supone, ya nos han ofrecido culpables propiciatorios: la inmigración y el otro. Que nos pueden quitar el puesto de trabajo. O que nos impiden acceder. Puesto de trabajo que han hecho independiente de la persona que lo ocupa y más fácil de ocupar por cualquiera, en cualquier parte del mundo. Intentan hacer creer que el conflicto principal lo traen quienes huyen de la guerra o de la miseria. O los que aún tienen un contrato fijo. Las soluciones son sencillas. Cerrar las fronteras a las personas. Pero no para capitales, servicios y mercancías. Y el contrato único, que nos hará más precarios a todos y facilitará la eliminación o la sustitución. Ante este cataclismo, hay quien busca un ilusorio refugio en su Fábrica, que no es suya, o en su Nación, imaginada. Aun a costa de perder derechos y libertades. La ultraderecha cabalga.


Tres.- Negociación del convenio colectivo.


En una situación contradictoria, parecida e intuida, continuamos en 1978 con la negociación del VIII Convenio Colectivo de la SEAT. Además del salario, la jornada laboral y demás aspectos habituales en toda negociación laboral, había dos asuntos en los que teníamos especial interés. Las condiciones de trabajo de los compañeros que trabajaban en las empresas prestamistas, hoy denominadas “de contrata”, y la organización del trabajo.

Empezamos planteando que todos los trabajadores y sus empresas, que trabajasen en la SEAT, se acogiesen al Convenio que estábamos negociando. La representación de la patronal se negó en redondo. Anunciándonos que algunos servicios, como comedores, orden y vigilancia, mantenimiento y engrase, asistencia sanitaria, limpieza técnica, etc., serían externalizados inmediatamente para que, pagando menores salarios, les saliese más rentable. Este primer escollo se saldó cuando se aceptó, como precedente, la adhesión de FISEAT a nuestro convenio. Dejando esta importantísima discusión para cuando se negociase el apartado de control de gestión en la negociación abierta. Éramos conscientes de la desigualdad que se proponían implantar siguiendo el estilo japonés. Hermosa fábrica de montaje final. Deplorables talleres y empresas suministradoras que se autoexplotasen compitiendo a la baja.

En la actualidad, la “externalización” se ha seguido tratando en punto 4 de las materias acordadas no incluidas en el XIX Convenio de la SEAT. Han conseguido el compromiso de que se arbitrarán medios de información sobre si se cumplen las condiciones laborales mínimas en las empresas proveedoras y contratistas. Después de 38 años, aquí hemos llegado.

La organización del trabajo y la industrial fue tratada entonces, con intensidad, en una de las subcomisiones. Al principio mantuvieron, férreamente, lo de “atribución exclusiva” de la Dirección. Les amenazamos con continuos trabajos a reglamento y huelgas de celo si no llegábamos a acuerdos satisfactorios. Nos creyeron muy capaces. Por eso aceptaron que fuese uno de los primeros temas a tratar en la negociación abierta. Y se acordó el siguiente principio por el que regirse:

Art.- 45. La Empresa, al crear nuevas estructura en el futuro, lo hará prestando especial atención a las aptitudes de todo el personal de sus plantillas, con el fin de aprovecharlas al máximo y dar oportunidad a los trabajadores de desarrollarlas.

Al poco de firmarse el convenio supimos que ya se estaban valorando los puestos de trabajo. Habían empezado por los de los ingenieros y demás personal que no estaban amparados por el Convenio. Nuestra protesta cayó en saco roto. Lamentablemente aún no habíamos logrado que se asumiese colectivamente este tipo de reivindicaciones para poder oponernos con suficiente fuerza.

En el XIX Convenio Colectivo de la SEAT ya han desaparecido todas las categorías profesionales de los trabajadores. Permanecen, aún, las especialidades. Los salarios ya no corresponden a los trabajadores, según su categoría profesional, sino a los puestos de trabajo, según el nivel asignado. Y en cuanto a la organización del trabajo se dice:

 Art. 86.- Nuevo sistema de organización del trabajo
Ambas partes se comprometen a analizar y establecer, mediante acuerdo, nuevos sistemas de organización del trabajo, tales como la implantación del cuarto turno, miniturnos y otras medidas de flexibilidad, en los casos en que se produzca un incremento de la demanda que requiera una mayor capacidad productiva de la fábrica. Ello, con el objeto de llegar al mercado de una manera más rápida, eficaz y precisa, y, por tanto, también mantener y fomentar el empleo.

Ole. Solo es mentira la última frase. Tal vez, alguien debiera reflexionar sobre el camino recorrido en estos 40 años. Y, en su caso, adoptar las acciones correctivas correspondientes.

Cuatro.- Industria 4.0


Ahora empieza otra fase. Van a poner en marcha lo que se apunta en la “Iniciativa industrial conectada 4.0” (3). Con ella pretenden que, en la denominada fábrica inteligente, los seres humanos, las máquinas y los recursos entren en comunicación mutua y directa. Como en una red social. Que se identifiquen por radiofrecuencia, sensores o aplicaciones de teléfonos móviles. Que interactúen entre ellos y cooperen con los “componentes inteligentes” del entorno. Entre los que no se cita a las personas. Para alcanzar los objetivos a través de esquemas de guiado específico. El motor digital será clave. Dicen que permitirá la generación de nuevos modelos de negocio. Mediante un sistema de gobernanza que implique a muchas instituciones sociales. Entre las que no se mencionan expresamente a los sindicatos.

Para ello tendrán que ir ajustando los procesos. Adaptándolos a las nuevas necesidades del entorno digital. Y a la mayor obsolescencia tecnológica que pueden sufrir los componentes. Tanto de medios como de productos. Porque les parece que el ciclo de vida, de los componentes de automoción por ejemplo, tiene unos plazos demasiado largos. Ahora, desde la fabricación del producto hasta el final de su vida útil, pueden llegar a los 12 años. La nueva era digital no va a admitir tiempos tan amplios. De los objetos que duraban casi para siempre, a los 10 a 12 años actuales, se pasará a los 3 o 4 futuros. Mayor rapidez en la renovación. Con la consiguiente generación de beneficio, desechos industriales y ampliación del vicio de “usar y tirar”. La información que generará el sistema servirá para anticipar las “necesidades” del cliente. Y para predecir las ventas con la información histórica y las variables de mercado. Los datos personales que se obtengan posibilitarán e incrementarán las utilidades de control y de manipulación del trabajador y del comprador.

La obsolescencia, incluso programada, alcanzará también a las empresas, cuya longevidad media se reducirá considerablemente. Hasta a 1/3 de la actual. Se acortarán los ciclos de renovación. La inseguridad laboral será una característica esencial del sistema. El desempleo ocasional o habitual alcanzará a casi todos los trabajadores, tengan la cualificación que tengan.

Para que funcione el nuevo sistema se necesitará la máxima implicación posible de los trabajadores en el proceso de innovación. Al menos inicialmente. Pues el cambio de paradigma hombre-máquina, que puede generar Industria 4.0, propiciará nuevas formas de trabajo en las fábricas. Algunas susceptibles de ser realizadas en el domicilio y en otros lugares de trabajo móviles y virtuales. En cualquier punto del Globo.

Tienen previsto seguir expropiando la sabiduría de los trabajadores. Aprovechando que las personas somos creativas, proactivas y flexibles. Para ello considerarán alguna forma de participación en las estrategias de acción y en las variables de gobierno. Y para que fructifique la creatividad, dicen, van a fomentar un ambiente organizativo basado en la confianza, en la equidad, en la justicia social, en la delegación de poderes y en la responsabilidad aceptada. Ya. Lo que pasa es que el significado de esas palabras, a la hora de convertirlas en acciones, no es el mismo para todos. Y ya nos advirtió  Santiago “de buenas intenciones está en infierno empedrado”. Para avanzar en esos propósitos deberían participan ya en el diseño, con poder y bien asesorados, representantes sindicales sin domesticar. En otro caso no será creíble. Ni podrá ser real.

Evidentemente la tecnología es útil. Pero no será capaz por sí sola de superar los problemas que conllevan dos objetivos contradictorios: atraerse la inteligencia de los trabajadores, por un lado,  y el de controlar sus prestaciones disminuyendo su dignidad, por otro. Y será una tentación irresistible forzar la segmentación de la fuerza de trabajo, al comprobar que se trata de un vínculo social independiente del tecnológico.

También se proponen crear nuevas estructuras sociales en los centros de trabajo. Que gestionen la salud, la organización del trabajo, los modelos de aprendizaje permanente y los planes complementarios de estudios. En función de sus intereses y sin control público. Probablemente diferenciados de los que existan en la Sociedad.

Y también se prevé diseñar un nuevo sistema de puestos de trabajo diferenciados. Que permita la utilización de inmigrados y de trabajadores de baja cualificación, intercambiables, baratos y prescindibles. Aunque eso ya no será novedad. Pues ya ha llegado el día en que personas sin ocupación laboral, incluso con buena formación, solo tienen acceso a empleos mal pagados, con condiciones de trabajo deficientes y gran inestabilidad. Y se consagrará esta situación si los sindicatos y el poder público no toman cartas en el asunto.

Todo esto contribuirá  a ampliar las desigualdades. Especialmente las de renta. A las que se refieren las nuevas clases sociales (alta, media, baja) que pretenden sustituir a las tradicionales (obrera-trabajadora, campesina, burguesa, capitalista-financiera). Ya se puede comprobar que, desde hace tiempo, se están creando oportunidades desproporcionadas para pocos. Trabajadores altamente cualificados, de clase alta, que puedan permitirse el lujo de pagarse una enseñanza especializada de élite.

Estas tecnologías radicalmente innovadoras, disruptivas, y las nuevas formas de trabajo pueden generar consecuencias socialmente peligrosas, que convendría indagar más y adoptar las adecuadas acciones correctivas. Por ejemplo. Cuando el reponedor y el cajero del supermercado sea sustituido por automatismos guiados por el chip del producto. Y solo sea necesario un vigilante con porra y perro. Como ya sucede en el metro de Barcelona, donde incluso se ha suprimido al conductor en alguna línea.  Cuando nuestras enfermedades y dolencias se las tengamos que contar al teléfono móvil. Cuando se sustituya a los técnicos por algoritmos y a los trabajadores que realicen el trabajo menos cualificado por máquinas automáticas. Habremos entrado en una dimensión desconocida.

Un nuevo estudio (4), de la Oficina de Actividades para los Empleadores de la OIT, indica que la era de la robótica ya es una realidad, incluso en los países del sudeste asiático (ASEAN). Las tecnologías avanzadas, tales como la impresión 3D, la robótica y el Internet de las cosas, ya son apreciables. Estas tecnologías, dicen, que son positivas para aumentar las ventas, la productividad laboral y el empleo de trabajadores muy calificados. Sin embargo, los puestos de trabajo para los que se requieren menos cualificaciones son particularmente vulnerables a las tecnologías disruptivas, que se irán introduciéndose paulatinamente a fin de sustituir principalmente empleos poco cualificados, cuando su coste se reduzca y las innovaciones estén al alcance incluso de las pequeñas empresas.

Un antiguo compañero de estudios, directivo de una multinacional antes de jubilarse, me reprochó que solo vea la parte negativa. Y no. Que el trabajo penoso, simple y repetitivo lo hagan las máquinas automáticas es fantástico. Y los avances científico-técnicos en materiales, mecánica, neumática, hidráulica, electrónica e informática, me parecen tan maravillosos como imparables.

El problema está en el reparto de los beneficios y las cargas. En la Sociedad que se dibuja. De quién programa, dirige y controla el proceso productivo y la posición que en él ocupamos las personas. Porque ¿han de seguir dirigiendo esos que no han tenido ningún escrúpulo en modificar los sistemas del coche que fabrican? Para que no se detecte que envenenan más de la cuenta el aire que respiramos. ¿O de los que recomiendan a la mujer profesional que congele sus óvulos, para poder tener hijos en un momento “más propicio” que no interfiera en su rendimiento? ¿O de los que elevan a “dogma de fe de la ciencia industrial” lo que solo son posibilidades que admiten prueba en contrario? ¿O de los que ofrecen a nuestros hijos vivir peor que sus abuelos, con menos derechos, menos servicios sociales y más restricciones a la libertad? ¿O de los que han implantado un sistema que deteriora las condiciones de vida, cercena la igualdad de oportunidades y ataca a la dignidad?


Cinco.- Consideraciones finales (por ahora)


Ahora en CCOO han decidido repensar. Y hasta es posible que se renueven y acceda la generación de nuestros hijos a la dirección del Sindicato. Podría ser un momento adecuado para dedicar más atención al proceso productivo, al trabajo, a sus condicionantes y a sus consecuencias. A fin de cuentas esa es la base de su origen y la razón de su existencia.

Hay que intentar impedir que sigan desquiciando más a esta Sociedad. Con el casi único objetivo de seguir haciendo más ricos a los especuladores financieros y a sus directivos. A los que les importamos un bledo, el trabajo, los trabajadores y la gente en general. A esos directivos, que les sirven, es a los que hay que controlar de forma constante y exhaustiva.

Como más pronto que tarde se irán apercibiendo de que el trabajo en grupo y cooperativo es mejor que el del trabajador aislado con tareas fragmentadas, podría ser la ocasión de recrear la célula que recuperase la acción sindical de otro tipo en la fábrica. Al tiempo de organizar a los trabajadores sabiendo que el vínculo con la empresa o fábrica será perecedero. Por lo que la negociación colectiva deberá enfocarse preferentemente hacia ámbitos superiores de sector o comarca y con referencias a los tiempos de desocupación.

Para eso el Sindicato ha de arrebatarle la hegemonía del discurso a la Dirección de la Empresa. Y lograr que un trabajo libremente elegido vuelva a ser un atributo de ciudadanía. Que las personas puedan insertarse en una actividad útil y profesionalmente gratificante. En un entorno donde el talento pueda emerger y practicarse. Tutelando la elección de los responsables y portavoces de los grupos de trabajo donde se vayan implantando. En línea con el enunciado de la segunda ponencia del 11º Congreso de CCOO de Catalunya que dice “El trabajo determina la posición social del individuo y sigue siendo uno de los elementos más importantes de socialización de la persona”. Para avanzar en la utopía de exigirle a cada uno según sus posibilidades y darle a cada cual según sus necesidades, como mínimo.

Agosto de 2016