sábado, 22 de septiembre de 2018

Casado, el Aznar Chico




Algunas amistades letraheridas me dicen que no afino suficientemente la puntería cuando establezco una relación de subalternidad de Pablo Casado con relación a José María Aznar. No descarto que tengan razón. Prometo hilar más fino en lo sucesivo. Mientras tanto insistiré en el vínculo que creo ver entre ambos, tiempo habrá de darle una mano de pintura al nexo entre ambas «vidas paralelas».

De momento diré que Casado se ha orientado a una relación con los gobiernos austríaco y húngaro. El primero bajo sospecha de autoritarismo; sobre el segundo pesa una advertencia muy severa del Parlamento europeo y de las autoridades comunitarias por su política contra las libertades y las políticas migratorias. Las recientes declaraciones de Casado en el extranjero han sido de comprensión con los gobiernos austríaco y húngaro. No hay xenofobia en las autoridades húngaras, ha dicho este compulsivo Casado. Unas palabras que han provocado estupor en las cancillerías europeas, me dicen personas allegadas a los altos recovecos europeos.

Aznar, en su día, prefirió aliarse con los grandes jerarcas atlantistas frente a Europa. En las Azores dejó memoria amarga de él. Por cierto, es chocante que en la reciente comparecencia del caballero ninguno de sus interpelantes le recordara que Bush y Blair se habían retractado públicamente de que tenían información solvente de que Irak tenía armas de destrucción masiva para justificar la guerra.

Decimos que Aznar prefirió la relación con los jerarcas de la galera belicista. Ahora, Casado –el Aznar Chico— se orienta hacia una anti Europa, que –todo hay que decirlo--  es también un giro con relación a Rajoy. Paradojas de la vida: en esto recuerda las carantoñas de Carles Puigdemont con otros ultraderechistas. O sea, se plagian mutuamente.

Amigos, letraheridos: ¿dónde están mis exageraciones?



viernes, 21 de septiembre de 2018

Aznar, ese hombre



La intervención de José María Aznar en la comisión investigadora del Congreso de los Diputados ha sido, a todas luces, inquietante. Se ha comentado por diversos analistas su tono bronquista, su talante de cacique. Aznar convirtió el Parlamento en un tugurio de mala muerte. Aznar en su estado más natural.

Lo importante de su comparecencia en la comisión  es que Aznar, con ese estilo,  está marcando la pauta política al Partido Popular. En todo caso, varios son los elementos que nos provocan una reflexión: el carácter de estos instrumentos parlamentarios y el giro del Partido Popular.

Las comisiones de investigación se han convertido en un perifollo que, de manera chocante, está dando más brillo al investigado que a sus interpelantes. En esta ocasión, Aznar salió ileso de un  rifirrafe que, por lo general, apenas si le arañó. Cuando el estilo de taberna suplanta a la política el matón de turno tiene todas las de ganar. Ahora bien, soy del parecer que en la sesión del otro día apareció una novedad que, a mi juicio, no ha sido tenida en cuenta por los observadores y analistas políticos. Aznar aprovechó la ocasión para reaparecer como el mentor de la derecha española.

Vemos, tras la moción de censura que derrotó a Rajoy, el Partido Popular quedó momentáneamente como el gallo de Morón. Sin plumas y cacareando. Una ocasión que podía favorecer a Ciudadanos que le iba soplando en el cogote. Con lo que tras la derrota el PP se vio necesitado de volver a las fuentes. A las fuentes de los Tercios de Flandes. Había que archivar al pusilánime Rajoy por el rudo Aznar. La escenografía de su reaparición en la escena indicaba con toda claridad el giro. Casado y sus párvulos acudieron llevando bajo maza al caudillo. Lo contrario de otros tiempos recientes: las intervenciones de Aznar eran ninguneadas y boicoteadas por el grupo dirigente del PP de Mariano.


Y Aznar aprovechó la ocasión. Trucó la historia, negó que el partido se hubiera convertido en una pocilga, re reivindicó a sí mismo. Pero lo fundamental es que les dijo a los suyos qué tipo de política –sectarismo, dogmatismo y ultraderechismo--  debe acentuar su formación. La oposición salió alguacilada del encuentro. Salvo Pablo Iglesias, que fue al grano. Que no cayó en la provocaciónEn todo caso, somos de la opinión que se abre una nueva fase –mucho más inquietante—en la política española. Ha resucitado Aznar. 

jueves, 20 de septiembre de 2018

Cataluña, masiva fuga de empresas



En un momento dado de la batahola catalana los jerarcas empresariales avisaron a Carles Puigdemont, todavía presidente de la Generalitat,  de que se corría el peligro de que miles de empresas se largaran con viento fresco  de Cataluña. Las autoridades se encogieron de hombros y siguieron con lo suyo. Un alto mando afirmó que no pasaría nada. Esta fue la doctrina oficial. Pronto los hechos empezaron a hablar de manera contundente. Empresas de alto copete hicieron las maletas y trasladaron sus sedes sociales a otros puntos cardinales. Los covachuelistas siguieron negando la evidencia. Sin novedad, señora Baronesa.

Ayer se hizo balance de la situación. La consejera del ramo afirmó que tres mil setecientas (3.700) han deslocalizado su código de identificación fiscal. En todo caso es una cantidad que no coincide con los datos de la Oficina de Registros Mercantiles   que cifra en cuatro mil quinientas (4.500) dicha fuga. Sea como fuere, el número que da la consejera es más que alarmante.

La consejera, no obstante, ha relativizado la situación: es un porcentaje mínimo con relación al número de empresas catalanas que permanecen. La buena señora oculta, sin embargo, que estamos hablando que las empresas huidas representan un volumen de facturación de cien mil millones de euros (100.000) de facturación. Una friolera. El otrora nervio económico de Cataluña  ha cruzado el Ebro cantando “Ay, tio, pásame el rio”.


La consejera, además, ha declarado que no hay ningún plan para que dichas firmas retornen a Cataluña. Así las cosas, se consolida desgraciadamente la tendencia a la decadencia del país. Por lo demás, ni siquiera han caído en el detalle de que dicha fuga está engordando a Madrid, que es la receptora del 61 por ciento de tal diáspora. Como es natural esta situación requería una explicación: la culpa de todo ello no es de las autoridades catalanas. Es del maestro armero, disfrazado de Madrid.  Y así pasará a la narrativa oficial de la historiografía de baratillo, empeñada en demostrar que la suma de los cuadrados de los catetos no tiene nada que ver con el cuadrado de la hipotenusa.  Al tiempo que grita “Puigdemont, ora pro nobis”.  


miércoles, 19 de septiembre de 2018

Cataluña: la independencia es cosa de 20 o 30 años



O el hombre de Waterloo no tiene ya tanta prisa o sus células grises siguen en estado de latencia. Hasta hace bien poco el primer mandamiento de las Tablas de Carles Puigdemont era el de “tenim pressa”. Tenemos prisa para conseguir la república catalana, y a tal objetivo se dedicó toda la talabartería doméstica e internacional. El primer mandamiento –justo es reconocerlo--  caló en lo más hondo de centenares de miles de catalanes que, a su vez, empezaron a tener prisa, mucha prisa, una prisa espasmódica. Y paa ello se puso en marcha una línea de intervención múltiple en clara sintonía entre el gobierno catalán y diversas asociaciones.

Sin embargo, ahora Carles Puigdemont, desde el palacete de Waterloo –seguimos sin saber quién y cómo se costea--  ha declarado a un periódico belga que “la independencia de Cataluña es cosa de diez o veinte años”. De la prisa, por lo que se ve, se ha pasado a la cachaza, a una envidiable flema británica. Tal vez, Puigdemont se haya inspirado en el celebérrimo tango de “veinte años son nada”, que solo es una licencia poética, como elemento de tranquilidad y apaciguamiento emocional de sus devotos. Es una pachorra que no se compadece con el carácter intranquilo del anarquista. Porque, así ha sido definido un rapsoda al hombre de Waterloo. Poca puntería y, por mejor decir, es un insulto a Anselmo Lorenzo, padre noble del anarquismo español. Poca puntería y, probablemente, una de las muchas consecuencias del fracaso escolar.

Pues bien, nos encontramos ante un dogma sobrevenido del independentismo: es cosa de 20 o 30 años. Lo que nos lleva a preguntarnos de qué manera el hombre de Waterloo elabora su perspectiva. Tal vez a salto de mata o a golpe de tuiter. Y, por supuesto, vale la pena conocer cómo ha recibido la crédula feligresía el quiebro de Puigdemont.  Extra Waterloo nulla salus. 



martes, 18 de septiembre de 2018

Réquiem por los aforados



Confieso que no lo sabía: en España hay unas doscientas cincuenta mil personas (250.000) con prerrogativas judiciales. De ellas 17.600 son aforados políticos. Saco la información de La Vanguardia de hoy. Se trata de una gigantesca cofradía que está protegida por una serie de artificios jurídicos. Aquí, por lo que se ve, está aforado hasta el apuntador. O sea, hay más protegidos que muertos en las novelas de don Marcial Lafuente Estefanía. En concreto, decenas y decenas de miles de altos funcionarios, dirigentes de organismos del Estado  y, por supuesto, una considerable parte de la llamada clase política.

Se trata de una cantidad que no tiene parangón con la de los países de nuestro entorno, cuyos aforados se pueden contar con los dedos de la mano. Es, además de irracional, absurda. Tales extremos me llevan a la siguiente conclusión: se trata de un corporativismo de la noblesse d´etat, que pone en tela de juicio que los demás seamos aproximadamente iguales ante la ley. Más todavía, dicha figura –el aforamiento--  se ha convertido en (casi) una impunidad. El gallinero patrio pretende, así las cosas, proteger a sus aves de corral.

Pedro Sánchez ha propuesto un considerable baldeo de los aforados. Sólo los referidos a la política. Queremos confiar en que no habrá un paso atrás, aunque la medida requiere una reforma puntual de la Constitución. De momento, a Casado le ha dado un ataque de alferecía. Lo que, ciertamente, representa la anomalía de dicho partido con relación a los de su parentesco europeo. Todo parece indicar que, en esa cuestión, estarán en solitario en el Parlamento. La limpieza del palo del gallinero no se compadece con los postulados del Partido Popular. Aborrecen el zotal. 


lunes, 17 de septiembre de 2018

Doña Emilia Pardo Bazán se adelanta a su tiempo





«Si en mi tarjeta pusiera Emilio, en lugar de Emilia, qué distinta habría sido mi vida».

Este es un modesto homenaje a doña Emilia Pardo Bazán. La Coruña, 1851 --  Madrid, 12 de Mayo de 1921.

En tan breve frase denuncia la situación de subalternidad de las mujeres, al tiempo que señala que hay que espabilarse.  




domingo, 16 de septiembre de 2018

La caspa y la brillantina en la política española




Las derechas de caspa y brillantina están dando una muestra clara de la pobretería de sus expedientes académicos. Así las cosas, digamos que la formación intelectual de estos dirigentes deja mucho que desear. Lo que se refleja en sus discursos, plagados de anacolutos y solecismos, siempre necesitados de un guión –chuleta en términos estudiantiles—para salir del paso. La caspa y la brillantina no casa bien con la cultura. Por lo demás, da la impresión que, tras la irrupción de Podemos en la escena pública, la casta y la brillantina necesitan exhibir unos títulos académicos adquiridos en las casetas de feria de los ahora llamados chiringuitos universitarios. Las potentes tesis doctorales de Pablo Iglesias e Íñigo Errejón han empujado a ciertos políticos de las derechas patrias a no querer ser menos.  Casquería académica.  

De hecho, Podemos es en parte heredera de una tradición de estudiantes anifranquistas que lucieron un palmarés académico de primer orden. Eran los fundadores del Sindicato democrático de Estudiantes de mediados de los años sesenta. Paco Fernández Buey fue uno de los emblemas más brillantes de aquella generación. El primero en sacar las mejores notas, el primero en hablar en las asambleas, el primero en la cabeza de las manifestaciones, el primero en organizar el PSUC en la Universidad. El primero en buscar el engarce con el nuevo movimiento de Comisiones Obreras. La transformación de la sociedad y la acción política no se podía hacer –no se puede hacer—sin su necesario esfuerzo intelectual. Hubo muchos más en Barcelona y Madrid, pero a mi edad la memoria no responde en algunas ocasiones.

Ahora, los políticos de la caspa y la brillantina compiten entre sí a ver quién lanza la chocarrería más vulgar al mercado mediático. Ni siquiera tienen como punto de referencia la potencia cultural de los líderes conservadores de antaño: Churchill, De Gaulle y  Alcide De Gasperi, entre otros. Unos líderes a los que combatimos y respetamos, pero que eran de otra pasta. La caspa y la brillantina no merece ningún tipo de respeto.  




sábado, 15 de septiembre de 2018

Cambios en la política española




El panorama político de España ha dado un giro que conviene reseñar. Aunque las derechas siguen consociadas en su cerrazón sobre el problema catalán, el gobierno de Sánchez ha provocado una discontinuidad en torno a dicha cuestión. Las derechas mantienen el erre que erre, alzando amenazadoramente el dedo índice del artículo 155, pero el PSOE ya no es el de las vacas sagradas que hasta antes de Pedro Sánchez formaban la santa alianza de leña al mono hasta que hable inglés. Un giro notable, bien visible en la arena política. Es la hora de meterse en harina, no de mantenerse en la ciénaga.

Hace unos días, el PDeCat –es decir, los neoconvergentes— propusieron  una moción en el Parlamento que instaba al gobierno a entrar en el terreno del diálogo. Contaban, se ha dicho, con el apoyo de Esquerra Republicana de Catalunya.  El grupo parlamentario introdujo una enmienda: dentro de la ley. En un primer momento los independentistas estuvieron de acuerdo. Pero en el momento de la verdad, o sea, cuando hay que entrar por uvas, Esquerra se retiró: una parte de sus bases amenazaron con liarla. Tampoco era del agrado de un sector del PDeCAT. El lío fue tan caballuno que el mismo Campuzano, portavoz de los neoconvergentes, puso su acta de diputado a disposición de la dirección del partido.  Se truncó el verso del bolero: lo que pudo haber sido y no fue se hizo realidad.

Ahora bien, el gobierno de Sánchez –a través de su portavoz Isabel Celaá--  ha planteado recuperar dicha moción. Demuestra así que el «diálogo» no es una chuchería del espíritu, ni algo de quita y pon.

Efectivamente, sigue la tensión entre el «Santiago y cierra España» y la necesidad de abrir un compromiso «dentro de la ley» que gradual y fatigosamente podría –he dicho podría--   encontrar una salida juiciosa. Sigue la tensión, es cierto. Pero las cosas están cambiando. No echaremos las campanas al vuelo porque los puentes de mando de los  confusos campanarios independentistas mantienen se mantienen en sus numantinos trece.

Pronostico que habrá un cambio en la opinión pública española con respecto al problema catalán. Y parece incubarse una, de momento, tímida adhesión al diálogo. Políticamente lo auspician el PSOE, Podemos y el PNV.

Eppur si muove. Mientras tanto, Casado y Rivera mantienen su pugna a la espera de quien mea más largo. Y en Santa Fe, capital de la Vega de Granada, maduran la cosecha de membrillos.

viernes, 14 de septiembre de 2018

Albert Rivera con el culo al aire




Albert Rivera, intentando cocear a Pedro Sánchez, se ha pegado una patada en su propio escroto.  ¿En qué cabeza cabe arremeter contra otro teniendo sus espaldas al descubierto? Eso pasa por ser  alocadamente intemperado y por tener bien arraigada la funesta manía de no pensar, tal como ha dejado escrito Paco Rodríguez de Lecea en Masters del Universo. Pero, sobre todo, porque el dirigente de Ciudadanos no ha leído a don Francisco de Quevedo. Don Francisco escribió los Sueños, una obra maestra. Allí hubiera podido leer Rivera, si no estuviera enzarzado continuamente en la murmuración espasmódica, El alguacil alguacilado.


Rivera ha buscado mugre en cabeza ajena, olvidándose de su propia inmundicia. Sánchez debe dar explicaciones sobre su tesis, exige alguaciladamente. Pero no cae en la cuenta de que su doctorado y sus másteres, que durante mucho tiempo aparecían en su currículum, eran el resultado de una imaginación hambrienta de titulitis. Hasta que alguien aconseja a Rivera que debe borrar de su currículo las distinciones que el mismo se ha regalado. Yendo por lo derecho: la actitud de Rivera se hubiera calificado de manera refinada en Santa Fe, capital de la Vega de Granada, como la propia de un tontopollas. Se aclara: esas pollas no son otra cosa que las gallináceas, que pululan por las charcas. Dejamos constancia de ello para diferenciarlo del calificativo de gilipollas, cuyo origen desconocemos. Mucho más contundente es lo de tontopollas, es decir, el tonto que va por pollas, sabiendo lo mal que saben.

Albert Rivera es la comidilla de toda la prensa, el hazmerreír de las gentes de secano y regadío. Sólo le queda un recurso: echarle la culpa a la secretaria. El alguacil alguacilado.

jueves, 13 de septiembre de 2018

La levedad de Albert Rivera




Los de Rivera están sin brújula desde la moción de censura a Mariano Rajoy. La formación del gobierno de Pedro Sánchez les pilló tartamudeando.  Son cien días de un tartajeo ininterrumpido. El confuso proyecto de Rivera, un comistrajo indigesto, sólo se mantiene sobre la base de gestos al por mayor y disparando con arcabuz en dirección a Pablo Casado y Pedro Sánchez.  En los másteres del primer espada popular y, ahora, en la tesis doctoral del presidente del gobierno, han cifrado buena parte de sus esperanzas, amén de agitar el ambiente para que la zahúrda catalana no decaiga. El resto es pura inanidad. 

El triste grupo dirigente de Ciudadanos se está convirtiendo en una escuadrilla de insinuaciones en una búsqueda espasmódica de titulares en los medios de difusión. Mientras tanto, aquellos que podrían decir alguna cosa –Garicano, por ejemplo--  pasean su soledad en el cuarto oscuro de la sede del partido. Sólo hablan el gárrulo (atención al acento) de Rivera y el resto de los garrulos (esta vez sin tilde) del puente de mando. El trasatlántico que pudo haber sido y no fue se está convirtiendo en un chinchorro de agua dulce. No lo lamentamos.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Así habló Josep Borrell



Josep Borrell es un  hombre de gran formato. Rotundo desmitificador del independentismo que se expresa sin medias tintas. Sus palabras en Londres en un medio televisivo provocan una sosegada reflexión: los políticos presos catalanes deberían estar en libertad provisional. Lo dice «a nivel personal». Este blog comparte las palabras del ministro, y de esa forma se ha manifestado en reiteradas ocasiones.

La propuesta de Borrell es útil para rebajar la tensión y para intentar una salida –que será fatigosa, lenta y complicada— al conflicto catalán.  No soy ingenuo: con los presos en libertad no sólo no se avanza, sino que la situación seguirá empantanada. Es una hipótesis. La certeza, en todo caso, es que con ellos en las cárceles no hay salida. Nótese la diferencia conceptual entre hipótesis y certeza.

El fracaso de la contumacia es clamoroso. La contumacia se ha llevado por delante a Mariano Rajoy y Soraya Sáenz de Santamaría,  los autores de la Brigada Aranzadi. Esto es, la substitución de la política por la jerigonza judicial. El «fiat justitia et pereat mundus» (hágase justicia y explote el mundo) es la madre de todos los atascos.

Las derechas carpetovetónicas se oponen a la libertad provisional de los políticos catalanes encarcelados. Creen que, así las cosas, obtendrán un determinado rédito electoral. Al club de Waterloo tampoco les conviene la libertad de sus compañeros: mientras sigan entre rejas mantendrán su cínica oriflama en tensión. Con lo que el círculo vicioso amenaza con traducirse en una patología crónica. Si se mantienen tales resistencias no hay salida.

Ensáyense, pues, las hipótesis. Dentro de la ley, por supuesto. 



martes, 11 de septiembre de 2018

La lucidez del PNV





Mientras sigue la rondalla, que nace de la empanada mental de Puigdemont y Torra, el Partido Nacionalista Vasco intenta poner un tantico de sentido común. No es la primera vez, pero en esta ocasión hay que destacar la contundencia de su mensaje, que tiene especial relevancia porque se envía el día antes del 11 de setiembre, convertido hoy en una jornada particular.  

Andoni Ortúzar, presidente del PNV, ha mandado el siguiente recado: «Es el momento de que cada uno defienda sus intereses, pero sin ponerse condiciones imposibles los unos a los otros». Lo puede usted leer en La Vanguardia de hoy, martes. A eso se le llama hacer política. A simple vista parecería que se dirige a los dos contendientes del litigio. Pero un lector avisado lo entiende perfectamente: le está diciendo al independentismo asilvestrado que se deje de cuentos chinos y se meta en la harina de la política. Es, además, una manera elegante de expresar el desacuerdo por lo que está haciendo el eje Waterloo – Barcelona. Golpe de hierro con guantes de seda. Sabemos que en las covachuelas de la Generalitat ha caído como jarra de agua fría.

El PNV sabe por propia experiencia que la negociación sobre objetivos imposibles conduce no sólo a un callejón sin salida sino al anuncio de una derrota. Sin embargo, el naïf tándem de Puigdemont y Torra todavía no han caído en la cuenta.

No es la primera vez que el PNV le tira de las orejas al independentismo asilvestrado: ya el año pasado, por estas mismas fechas, le dio un sonoro  cogotazo cuando Puigdemont deshojaba la margarita de proclamar o no la república catalana. Ahora, el tándem tensa más la cuerda y parece desear que la competición alocada de Pablo Casado y Albert Rivera –tanto monta, monta tanto--  acabe nuevamente con la aplicación del artículo 155. La zahúrda, es la zahúrda.

domingo, 9 de septiembre de 2018

Fascistas invitados a la Diada




Lo nunca visto: los organizadores de la Diada han invitado a la Lega a asistir a la manifestación barcelonesa. No es una fake news. Han oído bien: a la Lega de ese Salvini, que se está significando por su iracunda xenofobia. Desde luego, una decisión de ese calibre es una opción madurada y pensada.  También asistirá aquel Mario Borghezio, de antigua y consolidada ideología fascista. Lo conocemos porque llamó a Cecile Kienge, ministra de Cooperación en el gobierno de Enrico Letta, «negra, bonga, bonga».  

Es meridianamente claro que la intención de los organizadores de la Diada, invitando a tales personajes, es de naturaleza política. Lo que implica simpatías mutuas. Por lo demás, es evidente que ese Borghezio se siente a sus anchas en la manifestación. Extraña hospitalidad. Pero que, a su vez, sugiere nuevas reflexiones en torno a qué está ocurriendo en Cataluña. De momento, los intelectuales que apoyan el independentismo no han dicho ni oxte ni moxte.  No es un hecho puntual, aunque sí muy significativo. La Alianza Liberal de Partidos Demócratas está estudiando expulsar de su grupo al PDeCat. Este es el motivo: las relaciones de Puigdemont con la extrema derecha europea (1). O sea, la cosa tiene su envergadura.

En resumidas cuentas, el análisis de lo que está sucediendo sería incompleto si no se tuvieran en cuenta estos dos elementos: la invitación oficial a la Lega y los motivos que ha aducido la Alianza sobre el hombre de Waterloo. 



sábado, 8 de septiembre de 2018

La sanidad catalana se está oxidando





La sanidad pública catalana fue la joya de la Corona. Ahora, tras diez años tormentosos, amenaza con convertirse en pura chatarra. Suerte de sus profesionales que siguen siendo lo que siempre fueron, un auténtico tesoro.

Una década ha bastado para lo que podemos calificar una involución en toda la regla. El gasto ha bajado un preocupante 28 por ciento. Concretamente: 3.328 millones de euros. Durante el mismo periodo Baleares ha incrementado el porcentaje en un 12,3 por ciento, Navarra en un 7,45 y Cantabria en 3,3. Cataluña, con una sanidad que fue punto de referencia en Occidente, ocupa el lugar décimo quinto de las comunidades autónomas españolas. Cada año un peldaño menos.

La decadencia empezó cuando Artur Mas volvió a la presidencia de la Generalitat. Su política de recortes; las políticas del conceller Boi Ruiz favorables a la sanidad privada y la inepcia de Toni Comín, que ni siquiera sus correligionarios entendieron por qué llevaba el negociado de la Sanidad explican la parábola descendente. Abrumado el versátil Comín por los problemas acumulados se encogió de hombros y aseguró que con la independencia de Cataluña se acabaría el problema. Los gobiernos de Puigdemont y Torra han empeorado más las cosas. La excusa del 155 no cuela, la cosa viene de muy atrás. Es lo que pasa cuando los agitadores de baratillo están donde están.

La joya de la Corona o lo que pudo haber sido y no fue. Menos mal que tenemos a los profesionales de la Sanidad que nos defienden de tales dirigentes políticos.

viernes, 7 de septiembre de 2018

Los Diarios de Bruno Trentin (Oído, sindicalistas)





De muy buena tinta sabemos que ya está en las librerías el libro Diarios de Bruno Trentin, que edita El Viejo topo y la Fundación 1º de Mayo. La traducción es obra de dos expertos: Paco Rodríguez de Lecea Javier Aristu.  Una traducción primorosa. Cuenta, además, con un magnífico prólogo del profesor Antonio Baylos, lo que  le añade un valor considerable.  Los tres han trabajado gratis et amore.

Afirmamos que estamos ante un libro de obligada lectura para los sindicalistas y los analistas laborales, para los políticos de cualquier orientación y para quienes tengan poco o ningún miedo a lo nuevo. 



P/s. No me resisto a publicar un comentario sobre Trentin. Lo hace José Casado, importante dirigente madrileño, que protagonizó las grandes luchas de Isodel y del Metal en  tiempos antiguos:  «Artículos desde 1988-1994 del que fuera Secretario General de la CGIL, y lo más importante para mí es que no envejecen con el paso de los años. La perspectiva de este tipo de personajes, no es común. La grandeza a la que solo acceden unos pocos. Muy grande Bruno Trentin. Habrá que leerlo y tomar nota».




La PAH fuera de juego. ¿Por qué?




No salgo de mi asombro. Leo en la prensa barcelonesa que la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) no está presente en la comisión que ha creado el Ayuntamiento de Barcelona para abordar los problemas de la vivienda. Así, a bote pronto, caben dos hipótesis: una, que la plataforma no crea conveniente su presencia en dicho grupo de trabajo; otra, que las autoridades municipales no lo estimen oportuno. La primera sería realmente chocante y contraria a la aspiración de todos los movimientos sociales de estar presentes allá donde se cuecen las habas; la segunda, sería un error caballuno por parte de Ada Colau y su equipo.

La alcaldesa Colau fue una destacada militante de la PAH. De allí le vino la popularidad, bien merecida, que le aupó a la alcaldía. Si trabajamos en la segunda hipótesis habría que recordar una de las máximas de mi padre que siempre se destacó por su exacerbada causticidad: «Ni sirvas a quien sirvió, ni pidas a quien pidió». Tan áspero apotegma, con su fuerte carga de nihilismo, puede que tenga referencias de antiguos acontecimientos. Vaya usted a saber.

Pido que se aclare el asunto. En primer lugar, porque no se puede echar en saco roto los saberes empíricos de la plataforma; en segundo lugar porque no están los comunes muy sobrados de apoyos. Así de claro.

miércoles, 5 de septiembre de 2018

¿Un nuevo Estatuto para Cataluña?





1.-- El sermón de Quim Torra en el Teatre Nacional de Catalunya indica, a primera vista, dos cosas: a) el Enviado de Puigdemont en la Tierra se mantiene en sus tozudos trece y b) la acción política no la sitúa en la centralidad del Parlament sino al margen; no cuela que sus palabras tuvieran un formato de conferencia. Algunos observadores indican que el texto ha eliminado los aspectos más ásperos, lo que sin duda podría ser debido a un intento de complacer a Esquerra Republicana de Catalunya. En todo caso, la conferencia ni es equívoca ni propone salida alguna de diálogo (de diálogo factible) con el gobierno de Sánchez. Las espadas siguen en todo lo alto.

Diálogo. Es una palabra que se está utilizando como coartada de baratillo, como retórica enferma que ya, en este caso, ha perdido todo su sentido político. Dichas las cosas sin perifollos podemos afirmar que Torra plantea el diálogo para salirse de España; Pedro Sánchez, a su vez, como elemento de ampliación del autogobierno catalán, dentro del marco constitucional y estatutario. O ruptura de las cuadernas de la nave o reformas estructurales. Tertium non datur. Así podemos estar hasta que las ranas críen pelos. Paciencia, pues, recomendaba Jorge Semprún.

2.--  Ahora bien, «paciencia» no equivale a inacción, ni a verlas venir. La paciencia se hace estando en movimiento, no sentado en la puerta esperando que pase el cadáver del contrario. Paciencia, pues, con un proyecto político desde dentro y fuera de Cataluña contra el independentismo. Digamos las cosas por su nombre: el independentismo tiene detrás una importante masa que está unida en torno a unos objetivos tan claros como simplones; sin embargo, sus contrarios ni tienen un proyecto, ni están unidos, salvo por ir a la contra. Mientras se mantenga esa anomalía tenemos decibelios para mucho rato.

3.--  Un intento de proyecto ha sido esbozado por Pedro Sánchez: un nuevo Estatuto de Autonomía para Cataluña. Las viejas y nuevas derechas se oponen a machamartillo. Y siempre habrá los exquisitamente cenizos que conjugarán el «llega demasiado tarde». Los primeros se oponen, porque hay que darle leña al mono hasta que hable inglés, especialmente si no están en el gobierno; los segundos se encogen de hombros porque no tienen la funesta manía de pensar. Y, por supuesto, Torra y los suyos se oponen porque esa idea no figura en las Tablas de la Ley, que Puigdemont ha entregado a Torra en el monte Sinaí. Con lo que el independentismo intentará «llegar hasta el final» --intentar no se traduce en conseguir—creando toda serie de cacofonías políticas que pueda imaginar. Y, a su vez, la falta de un proyecto, con su correspondiente trayecto, de los adversarios del independentismo acabará siendo agua de borrajas. Ambas opciones conducen a la decadencia.


      

martes, 4 de septiembre de 2018

Quim Torra en su púlpito




Hoy predica Quim Torra, el presidente demediado, en el Teatre Nacional de Catalunya. Su sermón anunciará las cabañuelas, que en el Norte llaman témporas, de las temperaturas de los próximos meses. Un sermón, elaborado a cuatro manos, desde el palacete de Waterloo. En todo caso, como es de rigor en estos asuntos, se han dado a conocer los ejes centrales. Sabemos, pues, que la función principal de la que se desprenden las diversas variables es: «tenemos la mayoría social en Cataluña». Una postverdad como una casa de payés. O, si se quiere, algo tan falso como los famosos duros sevillanos de antaño. O, por mejor decir, un dogma que, como tal, no se discute.

Torra repetirá hasta la afonía que «irá hasta el final» y que «no acatará las sentencias del Tribunal», referentes a los juicios pendientes de los políticos presos. Dos afirmaciones que no se compadecen con ningún proceso de negociación. Ahora bien, «ir hasta el final» es una intención que puede disfrazarse de lagarterana. No ocurre lo mismo con la solemne declaración de no respetar las sentencias. Que sea una decisión alocada no impide que su anuncio intente ser llevado a cabo. Digo que ´intente´, no que se consume. Sea como fuere, la cosa se pone más que fea. En todo caso, estamos ante el más puro y duro aventurerismo político. Lo mejor, así las cosas, es esperar lo que se dice y leer el texto del sermón con calma. 

Chocante: el Palmar de Troya disfrazado de Teatre Nacional de Catalunya. 

lunes, 3 de septiembre de 2018

Jorge Semprún y el nacionalismo



Francesc Marc Álvaro, intelectual catalán –independentista moderado si lo comparamos con otros de sus correligionarios--  ha escrito hoy en La Vanguardia un artículo que titula Lo dice Federico Sánchez. Como todo el mundo informado sabe, Federico Sánchez era el legendario nombre de guerra de Jorge Semprún. Álvaro nos cuenta que recientemente ha revisitado la película La guerre c´est fini, de la que Semprún es guinista. Y, aprovechando que el Llobregat pasa por Cornellà, recomienda al independentismo que siga el consejo que el protagonista de la película (interpretado por Yves Montand) daba a un grupo de militantes comunistas: lo principal que necesita todo revolucionario es “la paciencia”. Esto es lo que Álvaro recomienda a sus amistades políticas. De donde sacamos la conclusión de que, desde una voz partidaria e informada, se piensa que las cosas se están haciendo de manera aturrullada y espasmódica.

Alvaro cita una enseñanza de Jorge Semprún. Una cita selectiva, se diría. Sin embargo, no desea recordar la animadversión que sentía por los nacionalismos. «El nacionalismo sea francés, catalán, húngaro o eslovaco pone ante todo lo suyo, lo excluyente, lo auténtico, se niega a la diversidad y no admite las realidades históricas». Son palabras lúcidas de un intelectual comprometido. Un hombre que, por pensar con su propia cabeza, fue expulsado del Partido Comunista.

https://www.lavanguardia.com/politica/20180903/451585219285/lo-dice-federico-sanchez.html



domingo, 2 de septiembre de 2018

A Albert Rivera se le ha visto el plumero




A Albert Rivera se le ha visto el plumero. Eso sí, a través de una extraña confusión entre hacer política y formar parte de la brigadilla  municipal de la limpieza de calles y plazas. Digámoslo con claridad: su afanosa actividad de retirar los lazos amarillos no está concebida en clave esencialmente catalana, sino de otra cosa. Así lo barruntábamos algunas amistades estos días pasados, y sobre ello ha escrito hoy el maestro Enric Juliana, que reaparece hoy, tras las vacaciones de agosto, con mayor acumulación de lucidez.

La actividad de los de Rivera en su disfraz de brigadilla de la limpieza --afirma Juliana-- forma parte de la campaña electoral de Ciudadanos ante el insistente rumor de un adelanto electoral de las elecciones andaluzas para finales de octubre. Un rumor que tiene su base en los movimientos de la Junta de Andalucía que está pidiendo informes a granel a todos sus departamentos. Así pues, la primera derivada de la brigadilla Rivera – Arrimadas sería su competición con el Partido Popular en Andalucía y la segunda derivada ser el punto de referencia esencial, en el terreno simbólico, de la confrontación con el independentismo.

La primera conclusión provisional: el gran litigio de la batalla no es hacer política, sino la confrontación de símbolos, sabiendo a ciencia cierta que en ese terreno no hay posibilidad alguna de que las cosas se puedan enderezar. La segunda conclusión, también provisional, es que de esa manera no sólo se pierde el tiempo, sino que tapona, por inexistente, cualquier forma de salir del gran atolladero.  Que es lo que quieren los hunos y los hotros. 




viernes, 31 de agosto de 2018

Vic, un Ayuntamiento particular




Leo y transcribo lo que dice Paco Rodríguez de Lecea en su entrada de hoy:

«La noticia me ha dejado estupefacto. Todos los días, después de que el carillón del Ayuntamiento de Vic (Osona) ha dado las campanadas correspondientes a las ocho de la tarde, se difunde por megafonía municipal la consigna siguiente (traduzco del catalán): «No normalicemos la situación de excepcionalidad y urgencia nacional. Recordemos cada día que hay presos políticos y exiliados. No nos desviemos de nuestro camino: la independencia de Catalunya.» (1).

Y entonces me he acordado de la película “Una jornada particular”, dirigida por Ettore Scola, protagonizada por Sophia Loren y Marcello Mastroianni. 

6 de mayo de 1938. Roma se prepara para la llegada de Adolf Hitler, en visita oficial a Mussolini. Esta atmósfera opresora se siente en todos lo rincones de la ciudad. En un pequeño piso, Antonietta, una hermosa mujer agobiada por varios embarazos, está esperando el regreso de su marido, un fascista fanático que presencia la visita histórica del Führer. El destino de Antonietta se cruzará con el de su vecino, Gabriele, un locutor de radio, que ha sido despedido por homosexual. Es el punto de partida de una jornada particular... Llena de emociones y confidencias.

Atmósfera opresora: durante toda la película se escucha la voz, que un altavoz amplía, convocando a toda la ciudad a recibir al Führer.  Roma hace ochenta años.


jueves, 30 de agosto de 2018

Torra desprecia a Fontana




Josep Fontana de cuerpo presente. En ningún momento Quim Torra y sus monaguillos acudieron a presentarle sus respetos. Los diversos negociados de la Generalitat dijeron llamarse Andana. Algunas almas de cántaro se han escandalizado por el ninguneo de las autoridades al intelectual más brillante y universal de Cataluña. Una afrenta a la persona, a la comunidad académica y a la izquierda. Las almas de cántaro todavía no han caído suficientemente en la cuenta de que Torra ha aplicado al maestro Fontana la doctrina Bilardo:  «al enemigo, ni agua». Fontana no fue un escriba sentado, un historiador subvencionado. Fontana pensaba con su cabeza, no a través del fondo de reptiles de las covachuelas del Palau de Sant Jordi y sus franquicias.

Torra estaba en lo suyo. En sus propias ensoñaciones: redactando –dicen sus paniaguados--  su próxima conferencia donde uno de los ejes centrales seguirá siendo que no aceptará las sentencias de los tribunales. Eso sí, se cubrirá las espaldas no diciendo de qué manera.

miércoles, 29 de agosto de 2018

Habla Josep Fontana




Nota editorial.--  Ha muerto Josep Fontana. Mucho le debemos. Como homenaje a su figura reproducimos el texto íntegro que publicamos en este mismo blog el 6 de febrero de 2012. Gracias, maestro.

Más allá de la crisis 

Josep Fontana*  


De lo que quisiera hablarles no es tanto de la crisis actual como de lo que está ocurriendo más allá de la crisis: de algo que se nos oculta tras su apariencia. Para explicarlo necesitaré empezar un tanto atrás en el tiempo. 
     Nos educamos con una visión de la historia que hacía del progreso la base de una explicación global de la evolución humana. Primero en el terreno de la producción de bienes y riquezas: la humanidad había avanzado hasta la abundancia de los tiempos modernos a través de las etapas de la revolución neolítica y la revolución industrial. Después había venido la lucha por las libertades y por los derechos sociales, desde la Revolución francesa hasta la victoria sobre el fascismo en la Segunda guerra mundial, que permitió el asentamiento del estado de bienestar. No me estoy refiriendo a una visión sectaria de la izquierda, ni menos aun marxista, sino a algo tan respetable como lo que los anglosajones llaman la visión whig de la historia, según la cual, cito por la wikipedia, “se representa el pasado como una progresión inevitable hacia cada vez más libertad y más ilustración”.
     Hasta cierto punto esto era verdad, pero no era, como se nos decía, el fruto de una regla interna de la evolución humana que implicaba que el avance del progreso fuese inevitable –la ilusión de que teníamos la historia de nuestro lado, lo que nos consolaba de cada fracaso-, sino la consecuencia de unos equilibrios de fuerzas en que las victorias alcanzadas eran menos el fruto de revoluciones triunfantes, que el resultado de pactos y concesiones obtenidos de las clases dominantes, con frecuencia a través de los sindicatos, a cambio de evitar una auténtica revolución que transformase por completo las cosas.
     Para decirlo simplemente, desde la Revolución francesa hasta los años setenta del siglo pasado las clases dominantes de nuestra sociedad vivieron atemorizadas por fantasmas que perturbaban su sueño, llevándoles a temer que podían perderlo todo a manos de un enemigo revolucionario: primero fueron los jacobinos, después los carbonarios, los masones, más adelante los anarquistas y finalmente los comunistas. Eran en realidad amenazas fantasmales, que no tenían posibilidad alguna de convertirse en realidad; pero ello no impide que el miedo que despertaban fuese auténtico.
     En un articulo sobre la situación actual de Italia publicado en La Vanguardia el pasado mes de octubre se podía leer: “los beneficios sociales fueron el fruto de un pacto político durante la guerra fría”. No sólo durante la guerra fría, a no ser que hablemos de una “guerra” de doscientos años, desde la revolución francesa para acá. Lo que este reconocimiento significa, por otra parte, es que ahora no tienen ya inconveniente en confesar que nos engañaron: que no se trataba de establecer un sistema que nos garantizase un futuro indefinido de mejora para todos, sino que sólo les interesaba neutralizar a los disidentes mientras eliminaban cualquier riesgo de subversión.
     Los miedos que perturbaron los sueños de la burguesía a lo largo de cerca de doscientos años se acabaron en los setenta del siglo pasado. Cada vez estaba más claro que ni los comunistas estaban por hacer revoluciones –en 1968 se habían desentendido de la de París y habían aplastado la de Praga-, ni tenían la fuerza suficiente para imponerse en el escenario de la guerra fría. Fue a partir de entonces cuando, habiendo perdido el miedo a la revolución, los burgueses decidieron que no necesitaban seguir haciendo concesiones. Y así siguen hoy. 
     Déjenme examinar esta cuestión en su última etapa. El período de 1945 a1975 había sido en el conjunto de los países desarrollados una época en que un reparto más equitativo de los ingresos había permitido mejorar la suerte de la mayoría. Los salarios crecían al mismo ritmo a que aumentaba la productividad, y con ellos crecía la demanda de bienes de consumo por parte de los asalariados, lo cual conducía a un aumento de la producción. Es lo que Robert Reich, que fue secretario de Trabajo con Clinton, describe como el acuerdo tácito por el que “los patronos pagaban a sus trabajadores lo suficiente para que éstos comprasen lo que sus patronos vendían”. Era, se ha dicho, “una democracia de clase media” que implicaba “un contrato social no escrito entre el trabajo, los negocios y el gobierno, entre las élites y las masas”, que garantizaba un reparto equitativo de los aumentos en la riqueza.
     Esta tendencia se invirtió en los años setenta, después de la crisis del petróleo, que sirvió de pretexto para iniciar el cambio. La primera consecuencia de la crisis económica había sido que la producción industrial del mundo disminuyera en un diez por ciento y que millones de trabajadores quedaran en paro, tanto en Europa occidental como en los Estados Unidos. Estos fueron, por esta razón, años de conmmoción social, con los sindicatos movilizados en Europa en defensa de los intereses de los trabajadores, lo que permitió retrasar aquí unas décadas los cambios que se estaban produciendo ya en los Estados Unidos y en Gran Bretaña, donde los empresarios, bajo el patrocinio de Ronald Reagan y de la señora Thatcher, decidieron que éste era el momento para iniciar una política de lucha contra los sindicatos, de desguace del estado de bienestar y de liberalización de la actividad empresarial.
     La lucha contra los sindicatos se completó con una serie de acuerdos de libertad de comercio que permitieron deslocalizar la producción a otros países, donde los salarios eran más bajos y los controles sindicales más débiles, e importar sus productos, con lo que los empresarios no sólo hacían mayores beneficios, al disminuir sus costes de producción, sino que debilitaban la capacidad de los obreros de su país para luchar por la mejora de sus condiciones de trabajo y de su remuneración: los salarios reales bajaron en un 7 por ciento de 1976 a 2007 en los Estados Unidos, y lo han seguido haciendo después de la crisis.
     Asi se inició lo que Paul Krugman ha llamado “la gran divergencia”, el proceso por el cual se produjo un enriquecimiento considerable del 1 por ciento de los más ricos y el empobrecimiento de todos los demás. En los Estados Unidos, que citaré con frecuencia por dos razones –porque disponemos de buenas estadísticas sobre su evolución y porque lo que sucede allí es el anuncio de lo que va a pasar aquí más adelante-, se pudo ver en vísperas de la crisis de 2008 que este 1 por ciento de los más ricos recibía el 53 por ciento de todos los ingresos (esto es más que el 99 por ciento restante).
     En las primeras etapas este proceso tal vez resultaba poco perceptible; pero cuando sus efectos se fueron acumulando acabaron despertando la conciencia de una desigualdad social en constante aumento. En mayo de 2011 Joseph Stiglitz publicó un artículo que se titualaba: “Del 1%, para el 1% y por el 1%”, donde decía que los norteamericanos, que estaban contemplando cómo se producían en muchos países, por ejemplo en los de la primavera árabe, protestas contra regímenes opresivos que concentraban una gran masa de riqueza en las manos de una élite integrada por muy pocos, no se daban cuenta de que esto ocurría también en su propio país.
       Este del 1 por ciento ha sido uno de los lemas principales de los movimientos de ocupación que se han desarrollado en diversas ciudades norteamericanas. Pero Krugman ha hecho un análisis aún más afinado que muestra que es en realidad el 0’1 %, esto es el uno por mil de los norteamericanos, los que concentran la mayor parte de esta riqueza. “¿Quiénes son estos del 1 por mil?, se pregunta ¿Son heroicos emprendedores que crean lugares de trabajo? No. En su mayor parte son dirigentes de compañías (...) o ganan el dinero en las finanzas”.
     Los resultados a largo plazo de la gran divergencia, que se iniciaba en Estados Unidos y en Gran Bretaña en los años setenta y se extendió después a Europa, transformaron profundamente nuestras sociedades. Las consecuencias de una inmensa redistribución de la riqueza hacia arriba no sólo se han manifestado en el empobrecimiento relativo de los trabajadores y de las clases medias, sino que han dado a los empresarios una influencia política con la cual, a partir de ese momento, les resulta cada vez más fácil fijar las reglas que les permiten consolidar su poder.
     Esta redistribución hacia arriba no es el resultado natural del funcionamiento del mercado, como se pretende que creamos, sino el de una acción deliberada. Su origen es netamente político. El primer programa que inspiró este movimiento lo expresó Lewis Powell en agosto de 1971 en un “Memorándum confidencial. Ataque al sistema americano de libre empresa”, escrito para la “United States Chamber of Commerce”, que se encargó de hacerlo circular entre sus asociados. Powell denunciaba el riesgo que implicaba el avance en la sociedad norteamericana de ideas contrarias al “sistema de libre empresa”, expuestas no sólo por extremistas de izquierda, sino por “elementos totalmente respetables del sistema”, e insistía en la necesidad de combatirlas, sobre todo en el terreno de la educación.
     El memorándum tenía una primera parte sobre la amenaza que representaban los “estudiantes universitarios, los profesores, el mundo de los medios de comunicación, los intelectuales y las revistas literarias, los artistas y los científicos”, y proponía planes de ataque para limpiar las universidades y vigilar los libros de texto, para lo cual pedía a las organizaciones empresariales que actuasen con firmeza. No me ocuparé ahora de esta batalla de las ideas, que ha llegado hoy al extremo de proponer la eliminación de la escuela pública, sino de otra parte del memorándum que tendría consecuencias más inmediatas y trascendentales. Powell advertía: “No se debe menospreciar la acción política, mientras esperamos el cambio gradual de la opinión pública que ha de conseguirse a través de la educación y la información. El mundo de los negocios debe aprender la lección que hace tiempo aprendieron los sindicatos y otros grupos de intereses. La lección de que el poder político es necesario; que este poder debe cultivarse asiduamente y que, cuando convenga, hay que usarlo agresivamente y con determinación”.
     Para emprender este programa se necesitaban organizaciones empresariales potentes, que dispusieran de recursos suficientes. “La fuerza reside en la organización, en una planificación y realización persistentes durante un período indefinido de años”. Este llamamiento a la lucha política tuvo efectos de inmediato en la actividad de las asociaciones empresariales y sobre todo de la “United States Chamber of Commerce”, que pretende ser hoy “la mayor federación empresarial del mundo, en representación de los intereses de más de 3 millones de empresas”. Estas asociaciones no solo emprendieron grandes campañas de propaganda, sino que acentuaron su participación en las campañas electorales a través de Comités de Acción Política, en una actividad que ha aumentado considerablemente desde 2009, tras la decisión del Tribunal supremo Citizens United, que ha liberalizado las inversiones de las empresas en la política, en nombre del derecho a la libre expresión (esto es, considerando a las empresas como personas y atribuyéndoles los mismos derechos). La gran cuantía de recursos proporcionados por los empresarios explica, por ejemplo, que la United StatesChamber of Commerce invirtiese en las elecciones norteamericanas de 2010 más que los comités de los dos partidos, demócrata y republicano, juntos.
     No se trata tan sólo de donativos para las campañas, sino también de formas diversas de pagar sus servicios a los políticos, entre ellas la de asegurarles una compensación cuando dejan la política. Y, sobre todo, de la aactuación constante de los llamados “lobbyists”, que atienden las peticiones de los políticos. En el pasado año 2011 se calcula que las empresas han gastado 3.270 millones de dólares en atender a los congresistas y a los altos funcionarios federales. Las 30 mayores compañías gastaron entre 2008 y 2010 más en esto que en pagar impuestos.
     ¿Que ha conseguido el mundo empresarial con este asalto al poder? En julio del año pasado, Michael Cembalest, jefe de inversiones de JPMorgan Chase, escribía, en una carta dirigida tan sólo a sus clientes, que se conoció porque la descubrió un periodista, que “los márgenes de beneficio han conseguido niveles que no se habían visto desde hace décadas”, y que “las reducciones de salarios y prestaciones explican la mayor parte de esta mejora”. “La compensación por el trabajo está en los Estados Unidos en la actualidad al mínimo en cincuenta años en relación tanto con las cifras de ventas de las empresas como del PIB de los Estados Unidos”.
     Otro beneficio indiscutible ha sido la disminución de sus contribuciones al sostén del estado. El peso político creciente de las empresas ha conducido a la situación paradójica de que éstas escapen a la fiscalidad por la doble vía de negociar recortes de impuestos y exenciones particulares, y de tener libertad para aflorar los beneficios en las subsidiarias que tienen en paraísos fiscales, donde apenas pagan impuestos. Un estudio de noviembre de 2011 concluye que el conjunto de las 280 mayores empresas de los Estados Unidos no han pagado en los tres años últimos más que un 18’5 % de sus beneficios. Pero es que una cuarta parte de éstas han pagado menos del 10%, y 30 de las más grandes no han pagado nada en tres años, sino que encima han recibido devoluciones. Lo que se dice de las empresas se aplica también a los empresarios: de 1985 a 2004 los 400 americanos más ricos han pasado de pagar un 29 por ciento de sus ingresos a tan sólo un 18 por ciento, mucho menos que los pequeños comerciantes o los trabajadores a sueldo. Y cuando Obama pretendió que quienes ganasen más de un millón de dólares al año pagasen el mismo tipo que el ciudadano medio norteamericano, no consiguió que el congreso aprobase la medida. Como ha dicho Stiglitz "Los ricos están usando su dinero para asegurarse medidas fiscales que les permitan hacerse aun más ricos. En lugar de invertir en tecnología o en investigación, obtienen mayores rendimientos invirtiendo en Washington”.
     Hay un tercer aspecto de estos beneficios que es la desregulación de la leyes que controlan algunos aspectos de la actividad empresarial. Un estudio reciente de dos economistas del Fondo Monetario Internacional, que han analizado el papel de las contribuciones económicas de las empresas en la política, llega a la conclusión, que les leo literalmente, de que “el gasto realizado está directamente relacionado con la posibilidad de que un legislador cambie de postura en favor de la desregulación”. Esto, que en el sector de la industria les ha permitido reducir, o incluso anular, los gastos relacionados con el control de la polución, ha tenido en la actividad financiera unas consecuencias que son las que han conducido directamente a la crisis de 2008.
     Gracias a la supresión de controles sobre sus actividades, que culminó  durante la presidencia de Clinton, las entidades financieras pudieron lanzarse a un juego especulativo con derivados y otros productos de alto riesgo, que parecían más propios de un casino de juego que de la banca, mientras los dirigentes de la Reserva Federal estimulaban el optimismo de los especuladores, rebajando los tipos de interés y animando al público a que gastase, a que comprase casas con créditos hipotecarios e invirtiese en operaciones financieras de riesgo.
     Esta fiebre especuladora se producía en un país que, como resultado de su desindustrialización, estaba convirtiendo en una actividad fundamental el sector FIRE (Finance, Insurance and Real Estate; o sea Finanzas, seguros y negocio inmobiliario). Una desindustrialitzación semejante se ha producido en Gran Bretaña, que de ser “la fábrica del mundo” quiso convertirse en “el banco del mundo”, y que vive ahora con la angustia de lo que puede suceder si pierde esta gran fuente de exportación de servicios, teniendo en cuenta la situación de una economía en que “la demanda doméstica será probablemente escasa en muchos años (...), mientras los consumidores se esfuerzan en hacer frente a sus deudas y el gobierno batalla por reducir el déficit presupuestario”.
     Nuestra situación es más compleja, ya que si bien hemos perdido el tejido industrial tradicional, contamos con una considerable industria de propiedad extranjera a la que proporcionamos trabajo barato, o sea que nos ha tocado el papel de receptores de la industria que otros países más prósperos deslocalizan, y que conservaremos mientras les sigamos garantizando salarios bajos. Lo cual me mueve a preguntarme cómo se explica que, si el trabajo de nuestros obreros es poco competitivo, como se argumenta para proponerles rebajas de sueldos y derechos, Volkswagen, Ford, o Renault se vengan a fabricar coches aquí. En lo que sí nos vamos pareciendo a las economías avanzadas es en el peso dominante que ha adquirido entre nosotros el sector financiero.
     La influencia política adquirida por los empresarios explica por qué, cuando se ha producido la crisis -en Norteamérica, en Gran Bretaña o en España- el estado ha corrido a salvar las empresas financieras con rescates multimillonarios; pero no ha hecho un esfuerzo equivalente por remediar la situación de los muchos ciudadanos que pierden sus hogares, al ser incapaces de seguir pagando las hipotecas, ni por asegurar estímulos a las actividades productivas con el fin de combatir el paro.
     Lejos de ello, lo que se ha hecho, para justificar los sacrificios que se están imponiendo a la mayoría, es difundir la fábula de que la crisis económica se debe al excesivo coste de los gastos sociales del estado, y que la solución consiste en aplicar una brutal política de austeridad hasta que se acabe con el déficit del presupuesto, lo cual, como veremos, resulta imposible a partir de esta política.
     Merece la pena escuchar esta historia como la cuenta Krugman: “En el primer acto los banqueros se aprovecharon de la desregulación para lanzarse a una especulación desbordada, hinchando las burbujas con préstamos incontrolados; en el segundo las burbujas estallaron y los banqueros fueron rescatados con dinero de los contribuyentes, mientras los trabajadores sufrían las consecuencias, y en el tercero, los banqueros decidieron emplear el dinero que habían recuperado en apoyar a políticos que les prometían bajarles los impuestos y desmontar las pocas regulaciones que se habían impuesto tras la crisis”. ¿Piensan ustedes que esta es una historia exótica, que sólo puede referirse a los Estados Unidos? Pues no; nosotros también tuvimos una burbuja inmobiliaria desbordada, hinchada con los créditos que concedieron bancos y cajas de ahorro. Ahora estamos en el segundo acto, el del rescate “mientras los trabajadores sufren las consecuencias”. Nos queda el desenlace, ese tercer acto que, si no se hace algo para evitarlo, será parecido: esto es, que se recuperarán los bancos, pero no los puestos de trabajo, tal como está ocurriendo hoy en los Estados Unidos.  
     Nadie ignora que la austeridad es incompatible con el crecimiento económico. Peter Radford lo sintetiza en pocas palabras: “La austeridad disminuye una economía. Es un acto de retroceso. Disminuye la demanda. Los ingresos caen. Pagar las deudas a partir de una menor cantidad de dinero significa que hay menos dinero para otros gastos. Del crecimiento se pasa a la decadencia”. 
     Una revisión del pasado demuestra que la política de austeridad nunca ha funcionado y que no tiene sentido en la situación actual. Lo sostiene, por ejemplo, Richard Koo, economista jefe del Nomura Research Institute de Tokio, quien, tras haber analizado comparativamente la crisis económica de los años treinta, las décadas perdidas de Japón y la crisis actual en Estados Unidos y en la “eurozona”, concluye que:
     “Aunque evitar el gasto público exagerado es el modo adecuado de proceder cuando el sector privado de la economía está en plena forma y maximiza los beneficios, nada resulta peor que la restricción del gasto público cuando un sector privado en mal estado está reduciendo sus deudas”. Actuar sobre una economía que ahorra pero no invierte reduciendo el gasto público no hace más que agravar su situación. Koo sostiene que la crisis, que empezó en el sector inmobiliario estadounidense, sigue siendo una crisis bancaria, que ha acabado contagiando a la economía y a las cuentas públicas, y que pensar que estos problemas se resuelven “con una sobredosis de ajustes” y con reformas constitucionales “es un completo disparate”.
       Más contundente aun es la opinión que Krugman ha expresado esta misma semana: “Lo más indignante de esta tragedia es que es totalmente innecesaria. Hace medio siglo, cualquier economista (…) os podía haber dicho que austeridad en tiempos de depresión era una muy mala idea. Pero los políticos, los entendidos y, siento decirlo, muchos economistas decidieron, sobre todo por razones políticas, olvidar lo que sabían. Y millones de trabajadores están pagando el precio de su deliberada amnesia”.
     No ha sido la deuda pública la causa de la crisis de los países del sur de Europa. Un análisis de las cifras de las últimas décadas muestra que los problemas de estos países no proceden de un exceso de gasto público, sino que son una consecuencia de la propia crisis. Un análisis de la relación que ha existido entre la deuda pública y el PIB de estos países, demuestra que estuvo mejorando (esto es disminuyendo) hasta 2007. El endeudamiento posterior del estado es consecuencia de las cargas que ha asumido como consecuencia de la crisis bancaria, no de un exceso anterior de gasto público. Si leen ustedes la prensa, fijándose en los datos que ofrece y no en la doctrina que predica, verán que lo que realmente preocupa a nuestros gobernantes es cómo remediar el problema que para el sistema bancario representan las grandes inversiones inmobiliarias efectuadas en años de euforia en que estas fantasías se estaban financiando con nuestros ahorros.
     No importa que economistas galardonados con el Premio Nobel, como Stiglitz y Krugman, condenen la política de austeridad. Porque resulta que, en realidad, esta política beneficia a los mismos que han causado el desastre y favorece la continuidad de su enriquecimiento. Como dice Michael Hudson: “No hay ninguna necesidad (...) de que los dirigentes financieros de Europa impongan una depresión a la mayor parte de su población. Pero es una gran oportunidad de ganancia para los bancos, que han conseguido el control de la política económica del Banco Central Europeo (...). Una crisis de la deuda permite a la la élite financiera doméstica y a los banqueros extranjeros endeudar al resto de la sociedad”.
     Los resultados se pueden ver ya en la experiencia de Grecia, donde las medidas de austeridad impuestas por la Unión Europa y el FMI están poniendo en peligro el propio crecimiento económico, y tienen unas durísimas consecuencias sociales: los suicidios y el crimen aumentan, la masa de los nuevos pobres está integrada por jóvenes que no encuentran trabajo y por personas de media edad que han perdido el suyo, mientras faltan en los hospitales los medicamentos esenciales, incluyendo las vacunas, lo que puede conducir a que resurjan allí la poliomielitis o la difteria.
     Este comienza a ser también el caso de España, donde la prensa anuncia que el PP se propone ahorrar este año 6.000 millones en medicamentos. Como dice Peter Radford: “¡Que se lo digan a los españoles! Ellos han probado ya toda esta historia de la austeridad. Tanto que la tasa de paro es del 23%, mientras las medidas que lo han producido no han conseguido frenar el déficit público, que está a punto de superar el límite del 8% que el gobierno español se había fijado como objetivo. ¿Se imaginan lo que ocurrirá ahora? Que los españoles van a ver aumentar su sufrimiento. Están insistiendo en más austeridad para estrujar su economía cada vez más”. Y ello, añade, “para reducir un déficit que es menor que el de los Estados Unidos o el de Gran Bretaña”.
     Una reflexión adicional acerca del carácter más “empresarial”  que “público” de la crisis nos la puede proporcionar una información publicada por el New York Times el 25 de diciembre pasado, que nos advierte que la crisis de los bancos europeos, que les está obligando a deshacerse de activos, crea buenas oportunidades de negocio para las empresas financieras norteamericanas que, a pesar de sus problemas, están lanzándose a comprar en Europa. En efecto, en un artículo publicado en La Vanguardia del 15 de enero pasado –y el hecho mismo de que un periódico conservador publique este tipo de análisis demuestra el desconcierto reinante entre nuestra burguesía- no sólo se explica que los fondos de inversión norteamericanos se han lanzado a comprar “gangas” europeas, como empresas y bancos devaluados por la propia política de austeridad, sino que se nos dan las razones: “La crisis bancaria europea está beneficiando a los fondos extranjeros que aguardan a las puertas de Europa”. Por una parte compran empresas que han perdido valor porque los bancos se niegan a darles crédito, a lo cual se añade que las medidas de recapitalización impuestas a los bancos les han forzado a “vender activos por un valor de billones de euros”. Wim Butler, del Citi Group, no dudó en decir en una conferencia pronunciada en Bruselas: “De aqui a unos años todos los bancos europeos pertenecerán a extranjeros”.
     Las políticas restrictivas han llegado a tal punto de irracionalidad que desde el propio Fondo Monetario Internacional se ha comenzado a advertir a los dirigentes políticos europeos: “En la medida en que los gobiernos piensan que deben responder a los mercados, pueden ser inducidos a consolidar demasiado aprisa, incluso desde el simple punto de la sostenibilidad de la deuda”. Como ustedes saben, el presidente actual de nuestro gobierno ya ha dicho, cuando se aprestaba a rendir pleitesía a la señora Merkel, que lo primero es cumplir con el deber de sanear los bancos y reducir el gasto público: los puestos de trabajo, los hospitales o las escuelas no son prioritarios.
     Hay razones que ayudan a entender la inhumanidad de este capitalismo depredador. Richard Eskow, que trabajó en un tiempo para Wall Street dice: “La gente que sufre por los efectos de los presupuestos austeros no son de la clase de los que [estos capitalistas] conocen personalmente, sino que se trata de empleados públicos, como maestros, policías, bomberos o funcionarios de programas sociales; de gente que necesita de ayudas del gobierno, como los pobres; y de otros de la clase media que han tenido la temeridad o de hacerse viejos o de sufrir una incapacidad”. En realidad los “super-ricos” no sólo se sienten ajenos a todos estos, sino que en el fondo los desprecian.
     Lo ocurrido en los últimos años en la sociedad norteamericana, que fue la primera en implantar estas reglas, nos indica la clase de futuro a que nos conduce a todos la austeridad. Dos noticias de prensa publicadas alrededor dela Navidad del año pasado ilustran sus dos caras. Sabemos, por una parte, que la “paga” de los dirigentes de las 500 mayores empresas aumentó en un 36’5 por ciento en 2010, al propio tiempo que aumentaba en 1.600.000 el número de los niños norteamericanos sin hogar, lo que representa un aumento de un 38 por ciento respecto de 2007. El año pasado, el de 2011, no ha sido tan bueno para los negocios de Wall Street; pero sabemos ya que esto no va a afectar las pagas millonarias de los dirigentes de Citigroup o de Morgan Chase, que van a cobrar más de veinte millones de dólares.
     Los empresarios son conscientes de que el aumento de la desigualdad es nefasto para el crecimiento económico, en términos globales. Como señala Robert Reich: “Con tanta parte de los ingresos y de la riqueza concentrada en los más ricos, la amplia clase media no tiene ya el poder adquisitivo necesario para comprar lo que la economía es capaz de producir (...). El resultado es la generalización del estancamiento y del paro”. Un memorándum de la Reserva Federal norteamericana de 4 de enero recuerda que el 70 por ciento de la economía nacional depende del gasto de los consumidores, y que la recuperación no será posible si no aumenta la capacidad de consumo de la clase media.
     Este planteamiento sobre el interés general no afecta sin embargo a los intereses inmediatos de los más ricos, puesto que una reducción global del crecimiento no implica una reducción simultánea de sus beneficios, que han seguido aumentando. Y se están, además, adaptando a la nueva situación, con la esperanza de obtener cada vez mayores beneficios. El 16 de octubre de 2005 Citigroup, la mayor empresa financiera del mundo, publicaba un informe con el título de Plutonomía, al que de momento se prestó poca atención, hasta que, cuando comenzó a hacerse famoso, Citigroup se preocupó de eliminarlo por completo de la red.
     El informe proponía el término “plutonomía” para designar los países en que el crecimiento económico se había visto promovido, y en gran medida consumido, por el pequeño grupo de los más ricos. Sostenía que “el encarecimiento de los activos, una participación creciente en los beneficios y el trato favorable por parte de gobiernos partidarios del mercado han permitido a los ricos prosperar y capitalizar una proporción creciente de la economía en los países de plutonomía”. Lo ilustraba con las cifras de la desigualdad de la distribución de la riqueza en los Estados Unidos, que comentaba con estas palabras: “No tenemos una opinión moral acerca de si esta desigualdad de los ingresos es buena o mala; lo que nos interesa es que es importante”. Opinaban, además, que las fuerzas que habían llevado a este aumento de la desigualdad en los veinte años últimos era probable que continuasen en los años próximos. De lo cual había que deducir que se crearía un entorno positivo para la actividad de empresas que vendiesen bienes o servicios a los ricos.
     Su conclusión final era: Hemos de preocuparnos menos de lo que el consumidor medio vaya a hacer, ya que la conducta de este consumidor es menos relevante para el agregado final, que de lo que los ricos vayan a hacer. Esta es simplemene una cuestión de matemáticas, no de moralidad, concluían.
      Y debían tener razón, porque sabemos que las empresas de bienes de lujo (o, como se dice en el negocio, de “bienes para individuos de un valor extremo”, que The Economist nos aclara que son aquellos pra los que “un bolso de 8.000 dólares es una ganga”) están aumentando espectacularmente. LVMH –o sea Louis Vuitton Moët Hennessy- creció en un 13% en la primera mitad de 2011 con ventas de 10.300 millones. Una noticia publicada recientemente en la prensa nos dice que mientras la matriculación de automóviles disminuyó en su conjunto en España en el año 2011, la excepción han sido los de lujo, cuya matriculación ha aumentado en un 83’1 por ciento.
      “En algún momento –habían avisado los analistas de Citigroup- es probable que los trabajadores se opongan al aumento de beneficios de los ricos y puede haber una reacción política contra el enriquecimiento de los más acomodados”, pero “no vemos que esto esté ocurriendo, aunque hay síntomas de crecientes tensiones políticas. De todos modos mantendremos una extrecha observación de los acontecimientos”.
      La ofensiva empresarial no se limita, por otra parte, a buscar ventajas temporales, sino que aspira a una transformación permanente del sistema político. En los Estados Unidos se está tratando de dificultar el acceso al voto a amplias capas de la población que se consideran poco afines a los principios de la derecha: ancianos, minorías étnicas, pobres... En la actualidad hay en Norteamérica 12 estados que han introducido medidas restrictivas del derecho a votar (otros 26 las están gestionando), la más importante de las cuales es la exigencia de un documento de identidad como votante, para cuya obtención se exige la presentación de documentos como el carnet de conducir o la acreditación de una cuenta bancaria. No sin problemas. En julio de 2011 el documento le fue negado en Wisconsin a un joven, con el argumento de que el comprobante de su cuenta de ahorro, que presentaba como identificación, no mostraba bastante actividad reciente com para servir para esta finalidad. Más del 10 por ciento de ciudadanos norteamericanos no tienen estas identificaciones, y la proporción es todavía mayor entre sectores que normalmente votan por los demócratas, incluyendo un 18 por ciento de votantes jóvenes y un 25 % de los afroamericanos.
     Pero la amenaza a la democracia no necesita formularse con medidas legales de limitación del voto, porque el camino más efectivo es el control de los políticos por parte de la oligarquía financiera. Robert Fisk hacía recientemente una comparación entre las revueltas árabes y las protestas de los jóvenes europeos y norteamericanos en un artículo que se titulaba “Los banqueros son los dictadores de Occidente”, en que decía: “Los bancos y las agencias de evaluación se han convertido en los dictadores de occidente. Como los Mubarak y Ben Alí, creen ser los propietarios de sus países. Las elecciones que les dan el poder –a través de la cobardía y la complicidad de los gobiernos- han acabado siendo tan falsas como las que los árabes se veían obligados a repetir, década tras década, para ungir a los propietarios de su propia riqueza nacional”. Los partidos políticos, afirma Fisk, entregan el poder que han recibido de los votantes “a los bancos, los traficantes de derivados y las agencias de evaluación, respaldados por la deshonesta panda de expertos de las grandes universidades norteamericanas, (…) que mantienen la ficción de que esta es una crisis de la globalización en lugar de una trampa financiera impuesta a los votantes”.
     Michael Hudson, profesor de la Universidad de Missouri, que había sido analista y asesor en Wall Street, denuncia en un texto sobre lo que llama “la transición de Europa de la socialdmeocracia a la oligarquía financiera”, los efectos de las políticas de austeridad: “Una crisis de la deuda facilita que la élite financiera doméstica y los banqueros extranjeros endeuden al resto de la sociedad (...) para apoderarse de los activos y reducir el conjunto de la población a un estado de dependencia”. A lo que añade que la clase de guerra que se extiende ahora por Europa tiene objetivos que van más allá de la economía, puesto que amenaza convertirse en una línea de separación histórica entre una época caracterizada por la esperanza y el potencial tecnológico, y una nueva era de desigualdad, a medida que una oligarquía financiera va reemplazando a los gobiernos democráticos y somete a las poblaciones a una servidumbre por deudas. El resultado es “un golpe de estado oligárquico en que los impuestos y la planificación y el control de los presupuestos están pasando a manos de unos ejecutivos nombrados por el cártel internacional de los banqueros” (no sé si será oportuno recordar que nuestro actual ministro de economía procede del sector bancario norteamericano).
     Hay un aspecto de estos problemas en el que nos conviene reflexionar. Randall Wray sostiene que la crisis norteamericana de 2008 no la causó la insolvencia de las hipotecas basura, porque su volumen no era suficiente como para haber provocado por si sólo este desastre, sino que ésta fue simplemente la chispa que desencadenó un incendio cuyas causas profundas eran el estancamiento de los salarios reales y la desigualdad creciente, que empujaban a la economía lejos de una actividad centrada en la producción hacia otra esencialmente financiera, dedicada al manejo del dinero. Lo más grave de esta interpretación –advierte- es que, dado que estas causas profundas no sólo no se han remediado, sino que son más graves ahora que en 2008, pudiera ocurrir que una chispa semejante, como la insolvencia de uno de los grandes bancos norteamericanos o un problema grave en la banca europea, volviera a iniciar una nueva crisis, tal vez peor. 
     Es por esto que necesitamos evitar el error de analizar la situación que estamos viviendo en términos de una mera crisis económica –esto es, como un problema que obedece a una situación temporal, que cambiará, para volver a la normalidad, cuando se superen las circunstancias actuales-, ya que esto conduce a que aceptemos soluciones que se nos plantean como provisionales, pero que se corre el riesgo de que conduzcan a la renuncia de unos derechos sociales que después resultarán irrecuperables. Lo que se está produciendo no es una crisis más, como las que se suceden regularmente en el capitalismo, sino una transformación a largo plazo de las reglas del juego social, que hace ya cuarenta años que dura y que no se ve que haya de acabar, si no hacemos nada para lograrlo. Y que la propia crisis económica no es más que una consecuencia de la gran divergencia.
       ¿Qué hemos de hacer? Hay, evidentmente, un primer nivel de urgencia en que resulta obligado luchar por salvar los puestos de trabajo y los niveles de vida. El Banco de España se ha encargado de comunicarnos hace pocos días que lo que vamos a tener este año, y muy probablemente el siguiente, es más recesión y más de seis millones de parados. Cuesta poco imaginar la cantidad de EREs y de recortes que esto va a implicar, lo que nos va a obligar a muchos esfuerzos puntuales para salvar todo lo que se pueda.
     Pero lo que revela la naturaleza especial de la situación actual es el hecho de que para la generación que ahora tiene entre 20 y 30 años no va a haber ni siquiera EREs, sino una ausencia total de futuro. Y eso sólo podrá resolverse con una política que vaya más allá de la defensa inmediata de nuestras condiciones de vida, para enfrentarse a las políticas de austeridad y que, sobre todo, se proponga acabar con el gran proyecto de la divergencia social que las inspira.
     Como demostró la gran depresión de los años treinta, cuando eran muchos los que pensaban que el viejo sistema capitalista se había acabado y que el futuro era de la economía planificada por el estilo de la de la Rusia soviética, la capacidad del capitalismo para superar sus crisis y rehacerse es considerable.
     El problema inmediato al que hemos de enfrentarnos hoy no es, como algunos pensábamos hace unos años, la liquidación del capitalismo, que debe ser en todo caso un objetivo a largo plazo, porque la verdad es que no disponemos ahora de una alternativa viable que resulte aceptable para una mayoría. Y lo que no puede ser compartido con los más, por razonable que parezca, está condenado a quedar en el terreno de la utopía, que es necesaria para alimentar nuestras aspiraciones a largo plazo, pero inútil para la lucha política cotidiana.
     Lo que nos corresponde resolver con urgencia es decidir si luchamos por recuperar cuanto antes un capitalismo regulado, con el estado del bienestar incluido, como se había conseguido cuando los sindicatos y los partidos de izquierda eran interlocutores eficaces en el debate sobre la política social, o nos resginamos a seguir sufriendo bajo la garra de un capitalisno depredador y salvaje como el que se nos está imponiendo. De hecho, lo que nos proponen las políticas de austeridad es simplemente que paguemos la factura de los costes de consolidar el sistema en su situación actual, renunciando a una gran parte de las conquistas que se consiguieron en dos siglos de luchas sociales.
     No es que no haya signos esperanzadores de resistencia. No cabe duda de que las ocupaciones de plazas y las manifestaciones de protesta van a volver a brotar esta primavera, empujadas por la desesperación. Pero lo más importante es saber si la experiencia de los efectos combinados de los recortes y del aumento de las cargas servirá para devolver el sentido común a quienes dieron el voto a una derecha que prometía soluciones y se limita ahora a pedirnos sacrificios, o si sus votantes se resignarán a aceptar mansamente las consecuencias de su error.
      Pienso que es urgente, para dar sentido y coherencia a las protestas, que la izquierda –una izquierda real que nazca de más allá de la traición de la socialdemocracia de las terceras vías- elabore nuevas formas de lucha y de mejora, ahora que ya hemos aprendido que la idea de que el progreso era el motor de la historia es un engaño y que los avances para el conjunto de los hombres y las mujeres solo se han conseguido a través de las luchas colectivas. La semana pasada me pidieron en un diario de Barcelona que opinase acerca de cómo sería dentro de cinco años este capitalismo con el que nos ha tocado vivir. Y lo que respondí fue que eso dependía de nosotros: que lo que tengamos dentro de cinco años será lo que habremos merecido.  


* Texto íntegro de la conferencia pronunciada en León por el profesor Fontana que, salvo pequeñas variaciones, es la misma que dictó en la sede de Comisiones Obreras de Catalunya en el consell de Comfia.