sábado, 7 de enero de 2017

La pérdida de la inocencia



Como todos los años mi familia y un servidor íbamos a Granada a ver la cabalgata de los Reyes Magos. Nuestra amiga Carmela Moles vivía en un primer piso enfrente de la Plaza del Carmen. Una maravilla para un niño de seis años. Yo abría los ojos de par en par. Y en un momento dado me fijé en Melchor. Aivá. Resulta que era Espejo. Espejo era un mozo que se ganaba la vida sacando agua de los pozos de Santa Fe para la limpieza y mantenimiento de las tabernas. También iba vendiendo aguardiente para que los que trabajaban en las alamedas tuvieran algo que echarse al coleto. Todo un personaje famoso. Para los niños era nuestro héroe. Mucho más que Garicúper, ¿dónde va a parar? Cuando Santa Fe estaba todo nevado, Espejo se paseaba por la calle en mangas de camisa. Y muy servicial. Yo le obligaba a llevarme a cucurumbillo* en bicicleta. Toda una temeridad que enfurecía a mis mayores.

Pues sí. Era Espejo quien con unos vestidos reales y con su corona regia y todo iba tirando caramelos a diestro y siniestro. Algo chocante: iba sin barba, algo que quita dignidad a la realeza de los magos. Entonces, irreflexivamente, grité con todas mis fuerzas: «¡Espejo, Espejo, que estamos aquí»!. Y Gaspar me tiró unos caramelos de aquellos que llamábamos de martillo. Cuando la tita Pilar –mi madre adoptiva--  me dijo «no sé qué hacer contigo» tuve la certeza de que Gaspar era Espejo.

En conclusión: la pérdida de la inocencia tiene algunas explicaciones que no son gratuitas. Que lo sepan los que practican  el adoctrinamiento. 




        * A cucurumbillo es un granadinismo equivalente a llevar en hombros. Como a los toreros en famosas ocasiones.