martes, 29 de diciembre de 2020

Meditaciones desde mi ambulancia (34)


 

 

El alto funcionariado de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana se ha pasado gran parte de su historia construyendo falacias al por mayor y detall. En ese oficio había alcanzado una considerable maestría. Algunos de esta noblesse  d´eglise han sido considerados con altas distinciones como Doctor Subtilis, Doctor Acutissimus y otras de no menor ringorrango. Eran otros tiempos de construcciones retóricas enrevesadas a mayor gloria y sustento de la perpetuación de las prebendas y sinecuras. Aquello imponía, desde luego. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, estamos observando que la retórica de algunos eclesiásticos está a la altura de los tertulianos de garrafón o de los peones de brega de una novillada sin picadores.

Peor todavía, voluntariamente han abandonado la ristra de silogismos y demás truculencias retóricas para abrazarse a la tosca sintaxis de la política al chilindrón. Véase, por ejemplo, la argumentación del Obispo Luis Argüello, portavoz de la  Conferencia Episcopal Española arremetiendo contra la Ley de la Eutanasia, recientemente aprobada en las Cortes.

Esto es lo que dice Su Paternidad: «Animaremos a que se diga explícitamente que uno no quiere que se le practique la eutanasia, que quiere recibir cuidados paliativos y que tampoco quiere ensañamiento terapéutico». Filosofeos tabernarios de mostrador.

Dicho entre nosotros: el Aquinate se hubiera llevado las manos a la cabeza por el desorden mental de este Argüello. No es que el ilustre dominico estuviera a favor de la eutanasia, sino que tamaño desequilibrio retórico le hubiera provocado alferecía.

Hay que decirle a Su Paternidad que, según la ley que él conoce bien, nadie tendrá que decir que no le apliquen la eutanasia. Exactamente lo mismo que nadie ha sido obligado a divorciarse ni a abortar, ni a casarse ´por lo igualitario´. El problema, sin embargo, ha sido que hasta ahora quien deseaba que se le practicase la eutanasia no solamente no era atendido sino perseguido él y quienes le ayudaban. ¿Hace falta ar nombres, mosén? Digamos, pues, que este don Luis Argüello –Doctor Garrulus— está practicando la vieja técnica del asustaviejas. Que ahora provoca hilaridad.

Es la más pura subordinación al discurso –una auténtica campaña electoral-- de Ratzinger en la apertura del cónclave que lo eligió tras la muerte del papa polaco. Dos mensajes macizos: las leyes civiles deben tener un fundamento católico y lucha contra la «dictadura del relativismo». O sea, la Constitución es la prolongación de las Encíclicas, el Parlamento es la continuación de la sacristía.  

Y tiro de la memoria. Recuerdo a aquella señoritinga retotoyúa de Santa Fe que exclamaba: «Menos mal que tenemos a la Iglesia que nos defiende de los Evangelios»: una auténtica teóloga y no este chisgarabís de Luis Argüello, obispo auxiliar de Valladolid y sus alrededores. 

Menos mal que tenemos a Juan José Tamayo que nos defiende de este Argüello. Después de un artículo luminoso en su blog nos dice: «En consecuencia, creo que no hay razones religiosas, éticas, jurídicas o políticas para oponerse a la Ley sobre Eutanasia» (1)

 

1)   https://www.religiondigital.org/el_blog_de_juan_jose_tamayo/Juan-Jose-Tamayo-Ley-Eutanasia-obispos-espana-derecha-parlamento-justicia-religion-moral_7_2296340344.html

 

Post scriptum.---  «Lo primero es antes», decía de vez en cuando don Venancio Sacristán cuando venía a cuento.

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