martes, 19 de junio de 2018

Tres novedades simultáneas. Dos de cal y una de arena


Primera brevería

Los genoveses tienen el patio revuelto. El marianismo ha muerto. Ahora las navajas de Albacete brillan en la casa del PP. El joven Pablo Casado parece decirle a la vieja guardia que se aparten; el gentleman García-Margallo afila sus cuchillos contra la Sáenz de Santamaría; Feijóo, el deseado,  dice que la cosa no va con él, que el marisco sabe mejor en Compostela que en Madrid. Conclusión provisional: el patio del PP es particular, cuando llueve se moja como los demás.

Lo más llamativo es el rechazo de Feijóo. Tal vez en determinados recovecos de su partido han respirado más tranquilamente. Se evitan una campaña de hostigamiento al candidato gallego con la exhibición de fotos antiguas de sus amistades con gentes poco recomendables. En todo caso, la renuncia de este caballero da pie a pensar que no las tenía todas consigo, que una victoria del PP en las próximas elecciones le parecería improbable. En política las intenciones se leen por activa, pasiva y perifrástica.

Pablo Casado y García-Margallo, pues. Pero faltan las dos damas del tablero de ajedrez: Cospedal y Santamaría. Compañeras de partido y, sin embargo, enemistadas desde la punta de los zapatos a la peineta. ¿El programa? Vamos, hombre, no me sea usted pejiguera. El programa, de momento, son los gestos de la cara, el color de la corbata y el polisón de nardos.

Segunda brevería

Insólito. El grupo parlamentario que dirige telemáticamente el hombre de Berlín ha presentado una petición en el Parlament de Catalunya. A saber, que los diputados que están presos y en el extranjero puedan cobrar las dietas. Estrambótico asunto. Que se presta a engrosar la lista de chistes «de catalanes».  

Tercera brevería

Victoria sindical en el convenio de Hostelería de la provincia de Málaga (1). Ahora queda pendiente una valoración de los protagonistas de las movilizaciones malagueñas y, sobre todo, una explicación a la ofensiva de la utilidad de la acción sindical confederal. Lo digo porque la cosa lo merece y, especialmente, porque el sindicalismo tiene un defecto que viene de tiempos muy antiguos: no valora lo suficiente sus victorias; acostumbra a ser excesivamente austero.  Se lame en sus derrotas pero no ensalza lo que consigue. Málaga debería ser un punto de inflexión. 


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