miércoles, 30 de noviembre de 2016

Las variables del Pacto por la Industria




En estos días se está hablando mucho sobre la necesidad de un Pacto de Estado por la Industria. En este mismo blog la autorizada voz de Joaquim González Muntadas dejó dicho cosas que se deben tener muy en cuenta (1). Lo suscribo de cabo a rabo. Lo que plantea Joaquim me permite hacer unos planteamientos que considero necesarios.

En primer lugar, este acuerdo es, en el fondo, un pacto por la innovación tecnológica y, por tanto, un salto cualitativo con el tipo de industria que hemos tenido y con el carácter de los pactos interconfederales que en nuestro país han sido. En segundo lugar, el pacto debe inscribirse inexcusablemente en el nuevo paradigma de la reestructuración—innovación de los aparatos productivos, que representa lo que llamamos, por pura comodidad expositiva, el post fordismo. En tercer lugar, su naturaleza y contenidos deberían ser un potente ajuste de cuentas con el modelo productivo que, por decirlo con brevedad, se ha llevado a la buena de Dios. O de manera más laica: a estilo compadre.

Ahora bien, el pacto por la industria no puede ser sólo un acuerdo por arriba. Menos todavía, un documento orientativo. Ni menos, todavía, un papel meramente orientativo. Por supuesto, debe tener las orientaciones necesarias. Pero es fundamental que adquiera fisicidad, es decir, que toque pelo. Un pacto que se precie debe tener mandamientos concretos; la retórica, habitual en no pocos casos, sería en este caso pura filfa, ganga retórica.

Mandamientos concretos, decimos. Un pacto de este estilo no es un código de buenas prácticas. Así pues, debe contar con los necesarios mandamientos concretos a poner en marcha directamente. Por ejemplo, en materia de derechos laborales y sindicales. Por ejemplo, en todo lo atinente a las grandes cuestiones de la organización del trabajo, que hoy están legislativamente en las manos exclusivas del dador de trabajo. También en todo lo que atañe a los procesos formativos y a la reordenación de los salarios. Ni que decir tiene en el ineludible problema que debe abordar el pacto: la calidad del empleo. Es una quimera pensar que sean beneficiosas las consecuencias de dicho pacto sobre la base de la actual degradación del empleo. Téngase en cuenta que, desde Alemania, nos viene un mensaje nítido: la solución de la cuestión industrial no tiene una sola componente tecnológica; es fundamental resolver la papeleta laboral.

La negociación colectiva puede –y debe--  jugar un papel de primer orden en la mayor concreción del pacto industrial. A condición, claro está, de que sus cláusulas respondan al carácter del nuevo paradigma. Es en ese territorio donde el acuerdo alcanzará su enraizamiento. En caso contrario los hipotéticos beneficios del pacto industrial no alcanzarían concreción en el centro de trabajo. De ahí que sea exigible una nueva contractualidad. En honor a la verdad hemos de decir que, aunque escasos en número, hay ejemplos luminosos que encajarían perfectamente en la novedad de un pacto industrial de las características que preconizamos.

Por último, aprovecho la ocasión para dar unos pespuntes sobre algo que considero de la mayor importancia. A saber, la reforma de la empresa. Entiendo que es de la mayor importancia porque el territorio fundamental del pacto industrial es el centro de trabajo. El sindicalismo confederal necesita una profunda reflexión sobre «la empresa», sobre el centro de trabajo. Especialmente porque es su territorio natural.

Parto de dos consideraciones: uno, la empresa tiene diversos tapones que obturan su competitividad; dos, la democraticidad, humanización y la eficiencia. Los tapones referidos son: el déficit tecnológico y sus procesos formativos finalistas a superarlo, los elevados índices de precariedad de los empleos y los accidentes laborales. Abordar a fondo estas cuestiones en el nuevo paradigma es todavía una asignatura pendiente. Quien esté interesado en una mayor concreción de todo ello no tiene más que conectarse con el trabajo que publicamos en A CONTRACORRIENTE (2).