domingo, 13 de noviembre de 2016

Insistiendo: ¿el por qué de un referéndum?



Algunos conocidos me escriben, y preguntan –con un matizado desacuerdo--  el por qué de mi insistencia sobre el referéndum como desenlace a un hipotético pacto de pensiones. Me entran ganas de responder con un escueto «¿y por qué no?». Comoquiera que mi respuesta nos llevaría a un callejón sin salida, me propongo insistir en la materia, no sin añadir que en mi artículo de ayer,  Nuestras pensiones a debate, apuntaba una serie de argumentaciones que, al igual que aquel Pereira, sigo sosteniendo (1).

Premisa mayor. El sindicalismo español (en adelante, el sindicato) tiene el monopolio de la negociación gracias a la Ley. No lo critico, pero saco conclusiones. No obstante, por unas u otras razones, el nivel de afiliación al sindicato es bajísimo. Que ello quede paliado por la representación de los comités de empresa es harina de otro costal,  pero no es esta la discusión acerca de la relación monopolio de la negociación y escasa afiliación.

Premisa menor. Si las cosas son de esta manera se puede llegar pacíficamente a esta conclusión, al menos en el caso de la negociación de las pensiones: el sindicato está legitimado por ley, pero no por la mayoría de los afectados por las jubilaciones y pensiones. Quede claro: esto no es un desdoro del sindicato, sino simplemente un problema, que parte de un dato incontestable: la inmensa mayoría de esas personas no están afiliadas al sindicato.

Premisa chica. No es lo mismo un sindicato-de-los-trabajadores que un sindicato-para-los-trabajadores. Esto no es un juego travieso de palabras, sino la constatación de que ambas preposiciones –de y para—indican cosas muy diferentes. El primero expresaría la posesión y pertenencia del sindicato por parte de los trabajadores. El segundo, perfectamente legítimo, indica que los trabajadores son un cuerpo ´tutelado´  desde fuera. El primero, que goza de la prerrogativa de la Ley, es consciente de que le falta un enorme cacho de representación (estamos refiriéndonos ahora al tema de las pensiones) para negociar en  nombre de esa inmensa mayoría; el segundo, que se aprovecha instrumentalmente de la Ley, da por natural que sea de ese modo y lo considera una situación definitivamente dada.

En consecuencia, el sindicato-de-los-trabajadores pretende corregir esa anomalía mediante la participación activa e inteligente de aquellos que no están afiliados. Es decir, añade la participación del conjunto asalariado al monopolio de la negociación que le concede la Ley.

Premisa más chica.  La técnica del referéndum empieza a tener, como aquel que dice, mala prensa. La izquierda empieza a desconfiar un tantico de ella. Digamos que se ha degradado también por un uso banal de ese instrumento y porque, todo hay que decirlo, quienes recurren a dicha consulta lo hacen de manera desresponsabilizada. Ni ejercen ningún papel en la dirección de ese instrumento. Es una postura camaleónica, una prevención ante sus resultados. 

Estamos hablando de una técnica que no puede ser a la remanguillé, esto es, desordenada o a estilo compadre. Debe tener sus normas, los quórums y demás procedimientos que la validan. En suma, se trata de un estilo capaz de  dar voz a los que nunca la han tenido.

Acabando. Cuando se negocian asuntos que también afectan a millones de personas, que no han dado el mandato para ello, es preciso afinar la puntería ofreciéndoles capacidad de decisión. Es un inmenso gentío que tiene una relación inespecífica con el sindicato –esto es, sin parentesco alguno— pero que con relativa frecuencia se preguntan aquello de «¿qué hacen los sindicatos?». Una interrogante que duele, como no puede ser de otra manera, a miles de sindicalistas. Pero que, tal vez, puede tener esta explicación: por lo general el sindicato no ha exhibido suficientemente lo mucho que ha conseguido; un sindicato que siempre ha sido excesivamente austero en la valoración de sus conquistas. Y, además, todavía no ha sabido establecer un contrato moral con esos millones de personas que nunca se afiliaron.