sábado, 2 de julio de 2016

¿El miedo, dice usted? ¡Anda ya!




Primer tranquillo

Echarle la culpa al empedrado siempre fue un recurso socorrido así en la Tierra como en el Cielo. Ahora el empedrado se llama miedo. Podemos y sus amistades decidieron ayer –provisionalmente, nos dicen--  que la izquierda ha perdido las elecciones gracias al miedo que han metido en el cuerpo las derechas. Un servidor ve las cosas de otra manera: ha habido miedo, ciertamente; pero no creo que esa jindama haya sido determinante.

Ocurre, no obstante, que recurrir al miedo hace la síntesis entre las diversas cofradías de la coalición Juntos Podemos. Una síntesis que efectivamente puede retrasar que unos y otros se tiren los platos rotos a la cabeza. O, por así decir, retrasa la crisis cuando ese argumento sea insostenible. Porque endosar las responsabilidades propias al «miedo» tiene las patas muy cortas.

El miedo podría venir –como hipótesis--  de aquellos sectores que por fas o por nefas no hayan querido votar a la coalición. No todos, por supuesto. Pero no explica la pérdida de un millón y pico de votos. Una buena parte de los cuales viene de los sectores de Izquierda Unida, una militancia que no se caracteriza precisamente por cagarse en los pantalones. Una puntillosa lectura de los resultados nos dice: en aquellos lugares donde el voto a IU era más cuantioso, en las elecciones de diciembre, a una parte considerable de ese electorado se le pegaron las sábanas. Lo chocante es que los sensores de Juntos Podemos, antes del domingo, o no lo detectaron o no calcularon la envergadura de ese desistimiento. Los sismógrafos estaban averiados, a pesar de que en ese patio de vecindones que es facebook y el conjunto de las redes sociales no fueron pocos los que –con persistente alferecía--  pusieron como un pingo a los dirigentes de IU que habían forjado la alianza con Podemos.

Ahora, se desempolva de los viejos sótanos la palabra autocrítica. Olviden ese concepto y usen algo más aproximadamente racional: el análisis. Pero, por encima de todo, no pierdan este punto cardinal: con setenta y un diputados –tras cantar el «¡Ay de mi Alhama»!--  se puede cortar mucho bacalao. A condición que los dirigentes se olviden de la lógica viuda del «miedo» y visiten lo que nos enseña el profesor Albert Recio  (en la foto). 

Segundo tranquillo

Debemos reconocer a Albert Recio, con el que a menudo he disentido, su esfuerzo intelectual por huir de los tópicos y proponer análisis con rigor intelectual. Recio ha escrito en Mientras tanto una valiosa reflexión sobre las recientes elecciones (1). Se trata de un artículo temperado que recomiendo muy de veras a los amigos, conocidos y saludados. Propone lúcidamente una serie de observaciones que van más allá de la contienda electoral y, a mi juicio, sugiere –también, aunque indirectamente--  al sindicalismo confederal una serie de consideraciones valiosas. Rogamos, pues, al intrigado lector que, de momento, medite sobre la primera causa del fracaso de la izquierda en estos comicios.  

«Su credibilidad económica, (la de Juntos Podemos), al menos a corto y medio plazo. Una credibilidad que no depende tanto de la bondad de sus propuestas sino del contexto en el que se van a aplicar. Plantear el debate sobre la deuda, la expansión del sector público o la reversión de la reforma laboral es justo. Pero ignora el contexto en el que se va a aplicar esta política. Tras la experiencia griega, la credibilidad de tal política ha empeorado. Un solo gobierno nacional, de un país con problemas y secundario en el contexto internacional, tiene pocas posibilidades de quebrar la política de austeridad y reformas neoliberales impuestas desde Bruselas y Washington. Enumerar una lista de buenas propuestas no sirve. Seguramente hay mucha gente que apoyaría estas políticas pero que es escéptica sobre su viabilidad. Nos hace falta una estrategia más compleja, que no sólo incluya propuestas abstractas sino que prevea un verdadero proceso de transición, planes alternativos para sortear las presiones internas y externas que permitan avanzar sin caer en el desastre griego.»

O lo que es lo mismo: sin pelos en la lengua. La exigente propuesta de Recio tiene, sin embargo, un inconveniente: obliga a poner los codos sobre la mesa. Bendito inconveniente, diría yo.