lunes, 4 de julio de 2016

Así, de sopetón: la sorpresa de Podemos




No tengo por qué desconfiar de la sinceridad de Pablo Iglesias El Joven. En menos que canta un gallo ha declarado que se ha abierto un «nuevo ciclo» en la biografía de Podemos. Ya no son un grupo de partisanos sino un ejército regular nos ha dicho con dos metáforas poco afortunadas, aunque suficientemente esclarecedoras. Es decir, campechanamente, de la guerrilla del cura Merino a Clausewitz; o, para los estudiantes de primero de Gramsci, de la guerra de movimientos a la guerra de posiciones.

El giro de Iglesias es tan vertiginoso como electrizantes lo ha sido toda una serie de planteamientos, dentro y fuera de la campaña electoral, que han cogido con el calcañar cambiado a la mayoría de sus parciales. Repito: no desconfío de la sinceridad de Iglesias. Pero sí estoy sorprendido de que se haya llegado a tan bizarra conclusión sin que Podemos haya hecho todavía un balance aproximadamente definitivo de los resultados electorales. A menos que lo haya hecho junto a un reducido grupo de amistades.  Pero, digo yo, ¿un replanteamiento de esta envergadura se puede hacer tan de repente y a bote pronto? Y, lo que es más: ¿tan en solitario?

Entiendo yo que la cosa no es tanto declarar el «final de un ciclo» sino las consecuencias políticas y organizativas que se desprenden de ello. ¿Ha tenido tiempo Iglesias de sopesarlas despaciosamente? Quiero decir: de sopesar las hipótesis de un ciclo nuevo del que lógicamente nada sabe todavía.

Un viejo líder comunista francés, Maurice Thorez, acostumbraba a decir –y lo repitió después incansablemente  nuestro Marcelino Camacho— que «los dirigentes deben ir unos cuantos pasos por delante de la gente; nunca a tanta distancia que no se vieran los unos a los otros». Las declaraciones de Pablo Iglesias no me recuerdan la prudente sensatez de Thorez sino algo que parece haberse hecho a trompicones. Si no es así, pido disculpas.

En todo caso, no será un  servidor quien niegue la autonomía personal de Iglesias para proponer grandes giros con toda la audacia que sea menester. Ni tampoco la responsabilidad de un dirigente de apuntar con el dedo hacia dónde se quiere ir. Siempre y cuando entienda que una organización no es un desfile militar. Máxime cuando Podemos sigue siendo un magma, porque –se diga lo que se diga--  seguirá estando en el mismo ciclo que le vio nacer.



Dispensen la frivolidad veraniega: Ferrán Adrià no provocó su nuevo ciclo de la noche a la mañana, tuvo que cocinar algunos años en su chiringuito playero.