jueves, 28 de julio de 2016

Cuando el reformismo y el radicalismo pueden ir de la mano en el sindicato




Gaetano Sateriale*

En su última entrada en “Il Diario del Lavoro”, Riccardo Sanna nos estimula a repensar algunos términos típicos del debate político y sindical (reformismo, progresismo, radicalismo, liberalismo…) a la luz del qué hacer antes de optar por lo estático de la pertenencia (1). Todo ello en muchos campos: sindical, económico e institucional. He intentado mirar esa “provocación” como si fuera un espejo haciendo algunas consideraciones,  y me doy cuenta que he  simplificado mucho los conceptos.

1.-- ¿Es posible ser simultáneamente reformista y radical? Creo que sí. Que es posible y, en cierta fase, indispensable, especialmente en una organización de parte como lo es el sindicato. Recuerdo, en apoyo de esta tesis, las primeras reestructuraciones industriales de los años ochenta, tal vez el único ejemplo, aunque controvertido, de política industrial del país. En aquellos entonces se abría en el sindicato una clara bifurcación: o ser un sujeto activo (de tutela del trabajo) en los procesos de reorganización de las fábricas y sectores, negociar y firmar acuerdos, incluso haciendo sacrificios («Cortes en la sangre viva del sindicato», según la expresión de Sergio Garavini, defendiendo sus razones) o situarse en la oposición y sufrir, sin mancharse las manos, las decisiones de las empresas. El sindicato optó en general por el “reformismo”, negoció cierres de empresas, millares de jubilaciones anticipadas y movilidad. En cualquier caso fueron acuerdos rápidos (una especie de reformismo pasivo) para testimoniar la presencia del sindicato en vez de su efectiva capacidad de tutela. En otros casos fueron acuerdos en los que el sindicato consiguió introducir, con la tenaza y radicalidad necesarias (y con muchas horas de huelgas y ocupaciones) gérmenes de innovación y mejora incluso en la gestión de la crisis: nuevas inversiones, mejoras retributivas y de la organización del trabajo. 

2.--  Sin duda, en la crisis más grave de la posguerra (social, económica, política, institucional, …) hubo necesidad de más innovación y más “reformismo”. No bastaba sólo con defenderse. Pero ser reformistas no significa que todas las “reformas”  estén bien. Si se empobrece el trabajo, único recurso estratégico en la globalización, se comete un grueso error de política económica y social que debe ser combatido de manera explícita y radical. Si tras haberlo hecho, el Gobierno descubre que en el país existe un “problema social” hay que pensar que aquella cultura de la que el gobierno se jacta cada día no merece el adjetivo de “reformista”.

Paralelamente, si en las reformas institucionales y constitucionales llevadas a cabo, la “certeza del resultado electoral” y la “gobernabilidad” se han conseguido a través de la reducción del poder legislativo en Roma y de los poderes ejecutivos de las Regiones y Ayuntamientos italianos, yo diría que la reforma, así entendida, se orienta hacia el pasado. Divide y no refuerza la relación entre ciudadanos y representación política, de un lado, y, de otro lado, la capacidad del gobierno sobre los procesos económicos reales. Son reformas que van contra los principios de la participación y subsidiariedad, y para ello es necesario movilizar con un reformismo más radical y coherente.  

3.--  ¿Necesita hoy el sindicato más “reformismo”? Pienso que en esta fase es necesario tener más “visión”, más proyecto, más innovación, incluso más “utopía”. Es necesario interrogarse hacia dónde va el mundo, cómo se está transformando el trabajo, y cómo el sindicato debería ser más eficaz representando (contractualmente) las nuevas exigencias del trabajo y de la sociedad. Y por ahí podremos imaginar y proyectar el sindicato del 2020. Estamos en los inicios de la discusión, esperemos que continúe y se enriquezca.


* Gaetano Sateriale es Coordinador del Piano del Lavoro de la CGIL.