jueves, 27 de agosto de 2020

Volver al trabajo, volver al sindicato (8)




Nota introductoria.— Entramos en la segunda parte del libro ´No tengáis miedo de lo nuevo´. 

 

Javier Tébar Hurtado

Director del Arxiu Històric de CCOO de Catalunya

 

Esta especie de ferocidad del presente es una de las obsesiones que aparece en muchos de mis libros. Si apuestas por la memoria te quedas obsoleto y si apuestas por la utopía eres un demente o un individuo peligroso porque estás apostando por un futuro perfecto cuando todos los futuros son imperfectos. Sólo eres una persona normal si te quedas en el presente. Para mí el gran triunfo ideológico de la derecha no ha sido el venderte un cuerpo doctrinal, ha sido el extirparte la capacidad de recordar, de reinventar y de repensar” (Manuel Vázquez Montalbán entrevistada por Rosa Mora, “Si apuestas por la utopía eres un demente”, El País Babelia, 19-11-1994).

 

Volver al trabajo, volver al sindicato es situar a ambos en el centro de las preocupaciones de la sociedad. La expresión podría resultar provocativa en los códigos del mundo laboral para aquellos que entienden una vuelta al trabajo como el fin del conflicto huelguístico, sin caer en la cuenta que el conflicto no desaparece. En el contexto de la huelga de La Canadiense en Barcelona, que duraba casi un mes, el dirigente sindical Salvador Seguí, recién excarcelado por las autoridades, tomó la palabra el 19 de marzo de 1919 y se dirigió a más de 20 mil asistentes reunidos en la plaza de toros de Las Arenas para explicarles que: "Pese a los sentimentalismos, pese a las generosidades, pese a las impetuosidades que aquí se manifiestan, mañana hay que volver al trabajo, como un solo hombre, porque esta huelga ya dura mucho y las huelgas que duran más de ocho días, fracasan". El conflicto no desapareció y en aquel acto probablemente se forjó el mito del Noi del Sucre entre la clase trabajadora.

Volvamos al trabajo” es lo que propone el historiador Fernando Díez en la presentación de su necesario y brillante estudio Homo Faber. Historia intelectual del trabajo, 1675-1945. La propuesta ni es inocente ni está lastrada por la ingenuidad, ni mucho menos por una mirada nostálgica sobre el ayer. Nos habla de las diferentes formas de pensar e imaginar el trabajo a lo largo de cerca de tres siglos. Analiza los proyectos de pensadores sobre el significado y papel del trabajo en las sociedades que les tocó vivir, situándolos y relacionándolos con los sucesivos contextos históricos. En habitual encontrar en todos estos autores, tal como subraya Fernando Díez, “la idea de que una buena sociedad, una sociedad con la imprescindible decencia (la expresión es de George Orwell), necesita, además de otras cosas, del trabajo; no de cualquier trabajo, pero sí del trabajo”. Esta es una historia intelectual y social que nos enseña sobre la densidad histórica del concepto y nos alerta al mismo tiempo sobre la necesidad de pensar desde el presente nuestra relación con eso que llamamos “trabajo”[1].

        Por eso mismo, la apuesta de Volver al trabajo, volver al sindicato no pasa por una mera operación de retorno al pasado con el fin de retroceder, al menos en apariencia, a un orden anterior y habitualmente idealizado. Nada más lejos de aquello que se nos propone en “No tengáis miedo de lo nuevo”. Su respuesta, por el contrario, es pensar y proyectar en clave de futuro una sociedad “con la imprescindible decencia” y capaz de ofrecer un trabajo humanizado. No se trata de volver a empezar sino, como tantas otras veces en el pasado, de comenzar de nuevo, tal y como hace ya casi un siglo Salvador Seguí supo transmitir en aquella multitudinaria asamblea. De modo paradójico, además, esa vuelta al trabajo y al sindicato es condición necesaria para orientar las transformaciones que tanto uno como otro están viviendo.

        Me parece que José Luis López Bulla también nos habla de esto. Los interrogantes, las hipótesis y propuestas que formula seguro que provocan coincidencias y manifiestas discrepancias. Que el autor haya elegido la forma del ensayo para su escritura tiene las virtudes propias de este género, con el que no se pretende dar respuesta cerrada a todas las cuestiones y temas que se ponen a discusión. De este modo se aleja por completo de la filosofía escolástica en la que todo está discutido de antemano. Si se apunta en una dirección determinada es para tratar de conducirnos a un espacio adecuado donde iniciar un debate abierto. En definitiva, es una reflexión sobre qué es el sindicato y cuál es hoy su papel. Todo ello en tiempos poco soleados para el sindicalismo. A nadie que conozca al autor puede sorprenderle que las conjeturas formuladas y las conclusiones a las que se llega sean hechas de manera crítica y extrovertida. El contenido es, en todo caso, una reflexión que viene acompañada de proposiciones concretas.     No está de más advertir que desde hace años López Bulla no ocupa cargos de responsabilidad ni en el sindicato ni en la política. Nos habla desde su posición de peatón de la historia, de afiliado de base, de persona inquieta y no indiferente al actual escenario político. En su blog “Metiendo bulla” (http://lopezbulla.blogspot.com.es/) nos proporciona, casi a diario, comentarios, reflexiones y debates que así lo confirman. Aun debo añadir que la lectura de su ensayo me lleva a sostener que ha sido y sigue siendo un sindicalista. Desde mi punto de vista -y no sé si él estará de acuerdo conmigo- su concepción “de” y “sobre” la sociedad o dicho de otra forma su idea de estar “en” sociedad” (la política, las formas de gobernar, el papel de la economía, la importancia del conocimiento y la cultura, etc.) está atravesada por su propia visión de la función social del sindicato. 

Por último, me parece que proponerme participar en este libro, junto con Antonio Baylos, habla de la propia valoración que su autor tiene del estudio del pasado para la comprensión de la sociedad. La historia mantiene una función social que tiene mayor importancia, si cabe, en estos tiempos de crisis y de transformaciones, de rupturas y continuidades. Por esta razón, este epílogo sólo adquiere sentido como una reflexión sobre el presente en clave histórica. Una perspectiva en la que tanto ha venido insistiendo el historiador Jaume Suau para explicar el mundo actual, y que se contrapone a esa otra mirada utilitarista, cada vez más extendida, que amolda el pasado a sus cuitas en el presente como manera de justificar su actuaciones y decisiones en él.



[1]           Ibidem. pp. 11-12.


 


Profecías funerarias y spams 

Trabajo y sindicato en un mundo global son las palabras clave que subtitulan este libro. El trabajo en sus diferentes facetas como actividad humana porque, más allá de los debates sobre sus mutaciones, la categoría conserva centralidad para la vida de las personas. El sindicato porque su evolución en los últimos casi cuarenta años describe una parábola que parece adoptar en la actualidad su curso descendente, después de alcanzar su etapa dorada a partir de la mitad del pasado siglo XX. ¿Para qué negarlo? La posibilidad de pensar y proyectar un trabajo humanizado en un mundo global es un planteamiento que se sitúa a contracorriente. Porque la propuesta no pasa sólo por visibilizar el binomio trabajo y sindicato en los nuevos escenarios sociales y ecológicos donde se inserta. El reto implica la necesidad imperiosa de imaginar y proponer de manera concreta formas de estar y actuar del sindicato en un mundo del trabajo en profunda transformación. Todavía más cuando ambas cuestiones tratan de ser interesadamente situadas, cuando no enterradas, en el pasado.

        A lo largo de las últimas décadas se han ido sucediendo múltiples y variados rituales de defunción dedicados tanto a uno como a otro. En el caso del trabajo las profecías sobre su final arrancan en la década los años noventa del pasado siglo XX. Es el momento en el que se inició el impacto de una nueva revolución asociada a las tecnologías de la información y la comunicación.  Los efectos de esta “Tercera Revolución Industrial” se presentaban con una doble faceta: de potencial liberación del trabajo humano, por un lado, y, por otro lado, de su elemento de alteración definitiva en las formas de organizarlo. Buena parte de las izquierdas quedaron atrapadas por aquel discurso en forma de “final” o bien de “extinción” del trabajo. Sin embargo, también es conveniente alertar que el concepto de “trabajo” del que se hablaba era entendido exclusivamente como trabajo subordinado o asalariado, y que para nada tenía en cuenta otros tipos de trabajos relacionados con la actividad productiva y reproductiva. En cuanto al escaso recorrido futuro pronosticado para el sindicato los rituales mortuorios han sido también persistentes en el tiempo. Algunos incluso han llegado a ser excéntricos y sobreactuados. En ocasiones han emulado al popular “entierro de la sardina”, propio de la tradición hispana carnavalesca. Pero tras los miércoles de ceniza, con su correspondiente quema -celebrada por algunas fuerzas políticas y los poderes económicos y con notable resonancia en los medios de comunicación- y después de tan simbólico entierro no se ha cumplido el paraíso soñado por algunos de un mundo sin sindicato.

        Que algunas profecías funerarias se hayan convertido en plegarias incumplidas, no niegan ni las incertidumbres abiertas ni la necesidad de despejar las incógnitas de un futuro para el trabajo y el sindicato. Aunque entre las numerosas propuestas que se plantean, cabría discernir entre aquellas que ofrecen argumentos de fondo para la discusión y aquellas otras que, con tono publicitario, son enviadas masivamente por los spammer protegidos por el anonimato. Estas últimas debemos eliminarlas casi a diario.

        Al establecer una comparación con el pasado, se constata que los cambios producidos hace más de cien años hicieron que algunos de los observadores de las transformaciones asociadas al fordismo de comienzos de siglo XX estuvieran seguros de que aquellos suponían la muerte del movimiento obrero. Además de quebrar las habilidades de los obreros más sindicalizados, aquellos cambios permitieron a los patronos recurrir a nuevas formas de trabajo, propiciando una clase obrera que se juzgaba de manera irremisible dividida por la etnicidad y otras diferencias, y atomizada por “un espantoso conjunto de tecnologías fragmentadoras y alienantes”. Sin embargo, en los resultados de aquel proceso no dejó de haber cierta ironía si tenemos en cuenta que lo que se produjo fue el éxito de la sindicalización en masa y, tiempo después, llegó a considerarse que el fordismo reforzaba intrínsecamente a los trabajadores, más que debilitarlos. Como ha planteado la historiadora norteamericana Beverly J. Silver cabe preguntarnos: ¿Podría suceder que estuviéramos en vísperas de otro cambio de perspectiva ex post facto? [1]



[1]           Beverly J. Silver, Fuerzas del trabajo. Los movimientos obreros y la globalización desde 1870. Akal, Madrid, 2005, p. 20.







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