miércoles, 8 de abril de 2020

La Arrimadas en su minifundio




Hay comentaristas políticos que, en vez de pluma con fundamento,  manejan el florete, aunque con modos torticeros.  Y los hay que escriben a la remanguillé. Pongamos que hablo de las amistades de ese minifundio que rige Inés Arrimadas. Que han leído la encuesta que relata el humor de los españoles: un 90 por ciento cree necesario un gran pacto para salir de este diluvio universal, aunque el 70 por ciento opina que no será posible dada la actitud de las fuerzas de la derecha. Con lo que tales escribidores y tertulianos de calisay surfean entre las dos magnitudes. Es decir, saben cuál es la opinión mayoritaria (al menos en estos momentos) pero no se atreven a ir en su contra. De ahí que cojan la brocha gorda para darle una mano de pintura a ese 90 por ciento.

Cierto, hay que ir a un pacto, pero…    Hay que meterse en harina, pero…  Es el viejo y reconocible lenguaje del siperismo, el «sí, pero».  El eterno siperismo de quienes, cagadudas diplomados, compran a cómodos plazos la energía que les falta. Es, por lo demás, el argumento –o, mejor dicho, la apariencia de argumento--  de algunos políticos que necesitan pasar del Trópico de Cáncer al de Capriconio sin despertar sospechas de cambiar de opinión. Los que no tienen la gallardía de sir Winston --«Más de una vez me he tenido que tragar mis palabras y debo decir que son una dieta recomendable»-- necesitan el chicoleo de la palabra, ora mirando a barlovento, ora a sotavento. O simultáneamente a las dos como la niña de El exorcista.

El siperismo tiene ahora esta expresión: apoyamos al Gobierno siempre y cuando rompa el PSOE rompa con  Unidas Podemos, estamos por un gran acuerdo, siempre que Unidas Podemos se vuelva a sus cuarteles de invierno.

Con lo que –tan claro como que el caballo blanco de Santiago (Apostol, no el de Merimée) era de color blanco— podemos colegir que la intención de estos comentaristas no es ni echarle una mano al Gobierno ni participar en las negociaciones (cuando llegue la hora) para abordar la solución al diluvio universal. La cuestión es expulsar a Unidas Podemos del gobierno. No conviene –afirman los escribidores de ambigú--  que se refuerce el cuerpo socialdemócrata de la izquierda española. Por lo que a Unidas Podemos hay que arrojarla a la barricada de «los hijos del pueblo». A que se achicharre buscando la ciudad del Sol como Ícaro moderno. Unidas Podemos –para estos «sí, pero»-- debe estar no en la city sino en el bidonville.

Más todavía, tales fifiriches se habrán quedado de piedra con la frase que Enric Juliana pone en boca de un redivivo Santiago Carrillo a Iglesias y Garzón: «Ahí os quiero ver».  Ese ahí es negociando. Cuando llegue la hora. El Gran Fumador reaparecido, que posiblemente –nada es seguro, oiga--- ganará esta batalla estando muerto.  Para mayor desesperanza, además, de José María Aznar, hidalgo de bragueta.  Y mayor angustia de Arrimadas en su minifundio.



El PP o el no de los niños


Pablo Casado busca la actualidad tan desesperada como irasciblemente. Todo lo que haga y diga el Gobierno es tratado por este rábula con  título subvencionado con una negativa jupiterina. Aunque Pedro Sánchez dijera que la serie de los números primos es infinita la respuesta del pintoresco líder del Partido Popular sería que eso es un disparate. Ahora vocifera contra la propuesta de abrir una ronda similar a la de los Pactos de la Moncloa afirmando que es «un anzuelo».

Casado teme que una situación de negociaciones para conseguir eso que se ha dado en llamar pactos de Estado favorecería en exclusiva al Gobierno y concretamente al PSOE y Unidas Podemos. Al Partido Socialista por razones de liderazgo del hipotético acuerdo. Y también a Unidas Podemos porque dejaría de ser la excusa que esgrimen las derechas –de secano y orinal, de caspa y brillantina--  ante las capas medias, siempre asustadizas, de que vuelven los comunistas. A estas derechas siempre les interesó una izquierda insurreccional, y cuando no la tienen se la inventan. Pero hay otra razón de no menos calado que explicaría el ataque de alferecía de este Casado al oír hablar de pacto. Sin pacto les cabe la posibilidad de la imposición; con un acuerdo, la derecha tiene la certeza de que no puede sacarlo todo para sí.

Esta es la extraña situación: con acuerdos la derecha no puede imponerlo todo; y, sin ellos, un sector minoritario (aunque latoso) de la izquierda cree que puede alcanzarlo todo, aunque nunca plantea concreta y creíblemente de qué manera.  De ahí que veamos que el ´´no´´  a  los pactos tiene con cierta frecuencia padrinos y pilas bautismales muy diferentes. Con lo que, desde diferentes orígenes y por distintas trochas se llega a la misma conclusión: ´´No´´. Pero en los hechos concretos las repercusiones de los dos noes son las mismas. 

En resumidas cuentas, Pablo Casado y sus compañeros de «el no de los niños» va en dirección opuesta al consejo fuerte que envía Paco Rodríguez de Lecea: «Ha llegado el momento de pensar en grande, think big en la expresión de Keynes» en (clica aquí) Este gobierno merece crédito.  

 

Post scriptum.---  Esa cofradía variopinta que escribe en el blog de reciente aparición, El desierto de los tártaros, habla de Europa, la crisis y –según ellos--  cómo afrontar lo que deje la marabunta. Pasen y vean, si antes clican en el azulete: Barrio europeo (Robert Deglané), La importancia de llamarse Bruselas (el Bizco Pardal) y Pacto de Bruselas (Ignacio de Mágina).




martes, 7 de abril de 2020

Casado, nacido para la bronca


Claudio Eliano es un viejo amigo. Me lo presentó el profesor Gregorio Luri en el café de Ocata. Eliano, autor de las Historias curiosas, nació en tiempos de emperador  Septimino Severo. Parece ser que sus escritos, una auténtica miscelánea, tenían como objetivo servir para que los oradores le dieran a sus discursos un toque erudito. Uno de los escritos de este Eliano dice así:

«Aristipo, como alguno de sus amigos se lamentaban amargamente, enunció los más diversos razonamientos con la intención de aliviarlos su dolor, y así se expresó a modo de prólogo: ´´Yo me he presentado ante vosotros no para unirme a vuestro dolor sino para ponerle fin´´».  

Es claro que el licenciado en Derecho, con título subvencionado, no se ha inspirado en este Aristipo.  Ese caballerete nació para liarla. «Igualico que el defunto de su agüelico», que –rectifico con mucho gusto--  no es de la familia Ulises, sino de la abuela de Agamenón.



lunes, 6 de abril de 2020

Pablo Casado: «igualico que el defunto de su agüelico»


No hace falta decir que la derecha de Casado no está por la labor de llegar a un acuerdo de reconstrucción nacional cuando pase la pandemia. «Igualico, igualico que el defunto de su agüelico», decía la vieja de la familia Ulises en aquellas tiras del TBO que ahora los chorras han impuesto que se llame cómic. Recuerdo perfectamente aquellos tiempos de los Pactos de la Moncloa, pues siempre he auxiliado mi memoria con una buena dosis de rabillos de pasas. El agüelico de Casado fue Manuel Fraga Iribarne. Permítaseme un inciso: Fraga siempre fue llamado Fraga Iribarne bajo el franquismo tanto en las emisoras de radio como en las de la televisión. Se seguía, de esa manera, el mandato bíblico de «Honrarás a tu padre y a tu madre» (Éxodo 20:12; Deuteronomio 5:16; Mateo 15:4; Efesios 6:2, 3) Como debe ser.

Los aires más laicos de la democracia aflojaron el mandato y el Iribarne materno desapareció de las ondas y las pantallas. Aunque hay quien afirma que, con la evaporación del apellido materno, se despotenciaba la agresividad franquista de don Manuel, a secas. Fin del inciso. Hasta aquel Maynat de La Trinca, que hoy milita en el independentismo cátaro, le hizo un pasodoble a «Manolo, Manolo Fraga». Maynat está penando ahora este pecadillo musical de juventud.

Pues bien, Fraga Iribarne se opuso tajantemente a los Pactos de la Moncloa. Llegó a decir, en un arranque prototuitero, que «es un programa de centro izquierda que nos lleva al socialismo». Exageraciones, naturalmente. Fue un pacto que pretendía reparar los enormes desperfectos que la economía española fue acumulando tras la crisis del petróleo de 1973, de la que también me acuerdo. Otro inciso: de hecho he pasado más tiempo de vida del que ya me queda por vivir. Se cierra este inciso con optimismo. «Reparar» los desperfectos y desconchones, reparar las vigas y algunas paredes, reparar los techos y la fachada. Es la diferencia de aquella situación con lo que previsiblemente tendremos cuando pase la pandemia. Ya no será reparar sino reconstruir.

Sin embargo, Fraga Iribarne que ya era un viejo galápago sacó el dedo índice mojado para ver de dónde venía el viento, y –como quien no ha roto un plato en su vida--  acude a la firma de aquellos pactos de 1977. Fraga (siempre Iribarne también) era un político –a veces ingenioso, a veces tosco--  que supo disfrazar su biografía franquista. Pablo Casado, su nietecico, es un bronquista de colegio de pago, un ´aprovechategui´ con título suvbencionado en la disciplina de don Bártolo de Sassoferrato.

El letrado subvencionado que dirige el Partido Popular ha declarado que no apoyará los pactos que se proponen si se deroga la reforma laboral. Y, efectivamente, dará por saco todo lo que pueda y más. Casado, con estrabismo divergente, mirará qué hace la CEOE (la CEOE también se opuso a los Pactos de la Moncloa) y observará las cabriolas del caballo blanco de Santiago. Todavía es pronto para saber qué pasará, pero algo es seguro: a la derecha española le importa más su saya que la devastación que podrá venir.

Mientras tanto, sigan siendo prudentes. No salgan de casa. Sepan que vienen curvas.



domingo, 5 de abril de 2020

Rafael Ribo y la magdalena de Proust


Rafael Ribó ha vuelto a estar en coplas.  Hace unos meses fue protagonista de ciertos asuntos que avergüenzan a una institución tan sensible como la que preside, a saber, la Sindicatura de Greuges que para que lo sepa Eduardo Saborido, es el Defensor del Pueblo de Cataluña. Hace unos días volvió a ser noticia por unas extrañas declaraciones sobre la Unidad Militar de Emergencias. Rafael Ribó (en adelante, para abreviar, RR) necesita estar en portada o cerca de ella en cualquier caso.

Nuestro hombre --que podía haberse pagado ciertos viajes para ver jugar al Barça en el extranjero, pues debe tener un buen pasar-- decidió aceptar que dicha afición se la subvencionase un empresario, de cuyo nombre no es necesario acordarse, estrechamente ligado a las andanzas tóxicas del 3 por ciento. Aquel tres por ciento que financió ilegalmente al partido de Jordi Pujol y Artur Mas. RR acepta que un corruptor de mayores y corrupto de postín le convide en, al menos, dos ocasiones, a viajar de gañote.  RR, cuando se descubre el pastel y es interpelado, afirma que «no conoce al personaje». Extraña respuesta en su caso, porque en Cataluña, que es un pañuelo, se conocen todos los miembros de las doce tribus.  Con todo, diremos que esta relación entre RR y el independentismo (sección business) tiene una característica física: el pago en especie.

Es un pago en especie, ciertamente, pero hay algo más: después de dar algunos tumbos –del trópico de Cáncer al de Capricornio y viceversa— RR ha ido aproximando sus relaciones con el independentismo genérico, siempre a través del Govern de la Generalitat. Del Defensor del Pueblo, que en una primera etapa fue excelente, pasó gradualmente a Justificador de Puigdemont y Torra. Paris bien vale una misa, que dijo el cuarto Enrique.

RR observó que el diligente Torra arremetía contra la presencia del «Ejército español», así tal cual, en Cataluña. Todo un mensaje para que las mesnadas independentistas ardieran contra las «fuerzas de ocupación». No venían a Cataluña –según esa arboleda de tuits--  a echar una mano contra la pandemia; venían a ocuparla como si fueran los viejos Tercios de Flandes. RR sabe perfectamente –no le negaremos su inteligencia--  que eso es un disparate a sabiendas y queriendas. Pero cree que debe echarle un capote al diligente Torra.

El Ejército español se dispone a montar un hospital de campaña en Sabadell. El independentismo mueve sus piquetes electrónicos en su contra. Y el inquieto Rafael Ribó tira de declaraciones, sin que nadie le pida que intervenga. RR le pide al Ejército: «Se debe respetar en todo momento lo ordenado por los estándares nacionales e internacionales para garantizar los derechos humanos». Una sintaxis sutil la de este brillante profesor de Teoría del Estado, doctor en Ciencias Políticas, premio Cum laude. Porque su redactado rezuma la desconfianza --«se debe respetar»-- y la insinuación a que podrían no respetarse «los derechos humanos». Ni una palabra de apoyo a la Unidad Militar de Emergencias, que según los galápagos del Partido Popular era el «caprichito de Zapatero». Es un texto como pago de impuestos por el mantenimiento en el cargo. O dicho de otra manera: es un texto alimenticio.

Rafael Ribó rememora por partida doble el olor de la magdalena de Proust.  A RR le parecía, viajando a Berlín a ver el Barça, que olía a Kubala que según los niños chicos santaferinos  “inventó la Raspa con el balón” en el primer caso. Y en el segundo el olor de la magdalena le devolvió a los tiempos en que valientemente se enfrentó a las fuerzas armadas.


Nota.---  Se sugiere la visita a https://desiertodelostartaros.com/?fbclid=IwAR2ev8UGFFVKrUKwuG5QM9J-qEk4B8W8S__lYOFzzzAUk8Ltm94zF90p3EQ

sábado, 4 de abril de 2020

La Vulgata de Julio Anguita





Un sector de la izquierda, minoritario pero agobiantemente latoso,  no ha entendido nunca que las más importantes conquistas sociales se han construido sobre la base de la negociación. Han sido las más importantes y duraderas. En cambio, cuando ha elegido el camino del unilateralismo --a saber, a la brava--  las realizaciones (algunas de ellas importantes) han durado menos de un siglo. El welfare está en lo primero; el Estado llamado obrero se hundió, porque –como diría Gramsci--  iba contra El Capital, es decir, nada tenía que ver con Marx.

Julio Anguita pertenece desde sus inicios políticos hasta hoy –genio y figura— a ese sector de la izquierda. Durante toda su vida ha ostentado esa testaruda coherencia de la izquierda unilateralista. No ha querido ver que tales concepciones han sido de muy escasa utilidad para aquellos a quienes decía y quería tutelar: los trabajadores y sus familias. Lo que traemos a colación por unas recientes declaraciones que nuestro hombre ha hecho a la revista Cuarto Poder (1).  

Así ha hablado: «Estoy viendo con inquietud que se quiere ir a unos nuevos Pactos de la Moncloa, a mí esto me preocupa. Si hacemos una reedición de los Pactos de la Moncloa, mal lo van a pasar los trabajadores, sobre todo los precarios y toda la gente que en estos momentos está malviviendo».  En realidad lo que está diciendo Anguita es que la salida a la situación post pandemia deberá resolverse por una vía no negociada.  Pero no especifica de qué manera concreta. De hecho, los profetas desarmados nunca aclararon de qué manera y cómo deberá salirse de una situación de desastre. Lo que, tal vez, Anguita no prevé en lo concreto el nivel de gravedad de la situación que nos dejará la pandemia. O, peor todavía, se aferra a retales dispersos de una Vulgata que nunca se tradujo en utilidades concretas.

La cuestión no es académica, es decir, sí o no a los Pactos de la Moncloa, sino cómo abordamos el descomunal destrozo que tendrá la economía cuando salgamos de esta pandemia. Un destrozo del que no creo que seamos todavía conscientes. Ese es el problema. El problema es que Anguita posiblemente no vea la diferencia entre esta situación y la que teníamos cuando los Pactos de la Moncloa. En aquella ocasión la situación era muy difícil. Ahora será peor que dramática. En 1977 era cuestión de obras mayores con un buen equipo de albañilería y de encofradores. Ahora el problema será de la reconstrucción de la economía y de la psicología colectiva.

Por otra parte sorprende que Anguita no parezca tener confianza en que Unidas Podemos, estando en el Gobierno, pueda estar a la altura  con su corresponsabilización de ese Pacto de reconstrucción nacional.



4 DE ABRIL. DESDE LA VENTANA DEL HOSPITAL


Quim González Muntadas

Hola amigas y amigos, llegó el viernes 3 de abril que nos ha regalado un cielo radiante, así lo veo desde mi ventana. Ya empieza a apetecer una fría cerveza en la terraza de un bar. Bueno, ya llegará, ahora a conformarse con el litro y medio de agua mineral en vaso de plástico. !Ah¡, antes que se me olvide, una recomendación para toda persona que un día tenga que ingresar en un hospital. Llévate de casa un juego de cubiertos decentes, los que te dan, de plástico, se rompen a la mínima. Te quedas con la cuchara sin mango y el tenedor sin las cuatro puntas. Estás advertido.

Hoy ha sido un gran día. Me han sacado sangre desde una arteria, ¡coño, duele el pinchazo!, me han hecho otra vez una placa de los pulmones. El hombretón que traía la inmensa máquina de Rayos X a la habitación, me ha dicho que es mi prueba de reválida porque si sale bien me puede cambiar el día. He querido entender lo mejor en sus palabras. Los resultados de la radiografía y de los análisis los tendrán a primera hora de la tarde, cuando me visitará Anna, la doctora, y escucharé su sentencia.

Observo admirado cómo trabaja el personal sanitario que me está atendiendo. Pienso que la EMPATIA es la habilidad de entender cómo se siente otra persona. Porque yo, en todo momento me he sentido importante para ellos. He podido sentir, tras diez minutos de charla con Albert, un joven médico en prácticas, el orgullo por su trabajo y la conciencia que tiene de la transcendencia de este momento. Me ha hecho recordar una frase que leí hace muchos años en La Contra, de La Vanguardia, la mejor página, para mí, de la prensa española desde hace décadas. Y en ella un médico famoso afirmaba que su misión era: "curar de vez en cuando, aliviar con frecuencia y consolar siempre”. Así me he sentido en todo momento en esta habitación. por el trabajo de todas las personas que me han atendido. Los mismos que oigo reír, satisfechos por su trabajo, cada mañana cuando relevan a las 7,30h ya que hacen turnos de 12h.

Son un ejemplo de EMPATIA, esa actitud que impide ver a los otros como siluetas, como instrumentos para sus fines y obstáculos a apartar. Por esto, ahora en esta crisis sanitaria que estamos viviendo y que golpea duro al conjunto de la sociedad, la EMPATIA es, también, una virtud política y debe ser un atributo esencial y exigible en los dirigentes políticos, sociales y económicos. Es momento, en medio del dolor y los miedos sobre el qué pasará con la vida y el trabajo de tanta y tanta gente, de desplegar la EMPATIA.

La EMPATIA necesaria para estrechar los lazos colectivo y de identidad compartida, que no nada tiene que ver con los egoístas sentimientos de los nacionalismos. Este virus nos ha mandado el claro mensaje que la única manera que tenemos de salir es hacer piña, promoviendo el sentimiento de ayuda al prójimo, de sentir que de tus acciones depende la suerte de los que te rodean, y que tú dependes de ellos. Juan Ramón Jiménez autor de "Platero y Yo" explicó con especial acierto lo que es la EMPATIA cuando dijo que él, cuando tuvo que pintar la fachada de su casa se fue a preguntar al vecino de la casa de enfrente cuál era el color que más le gustaba.

Bueno, amigos y amigas, ya son las cinco de la tarde y me comunican que me dan de alta. Que ya puedo ir a casa, con un sobre con los fármacos que debo tomar cada día. ¡bien!. ¡bien!, estoy feliz.

Me sacan al pasillo en la camilla para abandonar la planta de confinamiento. Todos los sanitarios de la planta me hacen el paseíllo vitoreando mi nombre con ¡vivas y bravos! acompañados de saltos de alegría y de apasionados aplausos. Les devuelvo los aplausos, con los ojos llenos de lágrimas de emoción y agradecimiento. Veo en sus miradas que sus aplausos hacia mí al darme de alta son el mejor reconocimiento a su compromiso, la prueba evidente que lo que hacen tiene sentido y claros resultados. Aplausos, aplausos, aplausos que son la máxima expresión de EMPATIA con el enfermo. Solo por este momento, os confieso, que casi ha valido la pena pasar estos días esta habitación.

Y aquí, emocionado, agradecido cierro la ventana del hospital. Gracias por haberme leído, Gracias por vuestros mensajes y amistad.

Os quiero.

viernes, 3 de abril de 2020

Cuando la ideología es el “cuñao” de la ciencia




Dedicado a Quim González i Muntadas, con él somos mejores 


1.--- El gobierno está haciendo las cosas moderadamente bien. Esta es una crisis sin puntos de referencia para los grupos dirigentes de los partidos políticos españoles. Por supuesto, también para el Gobierno. Decían los antiguos que capando se aprende a capar. Pues bien, gestionando esta crisis el Gobierno ha ido aprendiendo a ir gestionándola mejor. No es el caso de la oposición que ha ido del caño al coro y del coro al caño. Parafraseando a Daniel Innerarity: no están aprendiendo quienes lo tienen todo claro.

Por ejemplo, el Partido Popular empezó dando dentelladas, después amainó y parecía que rectificaba para, después, volver al monte pelado –con correaje y cartuchera-- esgrimiendo el lema de un seguidor privilegiado de Carl Schmitt: al enemigo ni agua.

La oposición, especialmente los de Casado, se comportan con la misma naturalidad que tendrían en una situación de normalidad. Esto es, ir a degüello del Gobierno. Peor todavía, critican al Gobierno porque no sigue lo que ellos dicen y, a la vez, se atribuyen algunas decisiones que ha tomado para, a continuación, decir jupiterinamente «que llegan tarde». No es paradójico que ese comportamiento sea similar al de los independentistas del sector cátaro, que ha pretendido disfrazar el confinamiento en cierre de fronteras;  más todavía, ha querido basar su acción política en las propuestas ideológicas de expertos con más esmalte independentista que rigor científico: en su caso, la ideología es la cuñada de la ciencia.  Max Weber se hubiera echado las manos a la cabeza: scientia cognatus politicae est. Han tenido que fallecer quinientas personas en las residencias de ancianos para que el diligente Torra accediera a que la UME interviniera. (Rafael Ribó, descansando de sus múltiples viajes financiados ha recomendado a la UME que actúen «con pedagogía». Consejos vende el caballero que para él no tiene).

Por otra parte, ha sido visible una especie de conflicto latente entre la oposición y el equipo de expertos que asesoran al Gobierno.  «Un conflicto porque todo avance en la derrota del poder del coronavirus es una baza que pierde la atolondrada oposición de derechas para arremeter contra el Gobierno», dice quien  firma con el chocante nombre de guerra Bizco Pardal –aquel personaje de la mitología andaluza de tiempos antiguos--  en el blog El desierto de los tártaros (1). Así, pues, me malicio que la noticia del Financial Times, afirmando que «España es el segundo país del mundo, por detrás de China, en número de altas del coronavirus», le habrá sentado como un rayo a los de Casado: profesionales de los malos agüeros,  zahoríes de agua de segunda mano. 

Dice el viejo refrán: «allá va la lengua do duele la muela». Y es claro que el dolor de muelas de Casado viene porque, percibiendo que Pedro Sánchez tiene el consenso de la gente, ha ido zigzagueando de un extremo a otro, hasta volver al punto de partida: la bronca, el almacén de tuiters oliendo a cazalla y la reincidencia montaraz en lo más cacofónico cañí. Yendo por lo derecho, Casado, usa la oposición con un estilo subversivo e irascibilidad grupuscular. Casado –un personaje con título académico subvencionado--  que atiza el miedo en las almas de cántaro mesocráticas propalando que hay un «sesgo» de Podemos en todo lo que hace el Gobierno. Terne escupitajo a través de los colmillos.

2.---  Capando se aprendió a capar. Ese es el caso del Gobierno ante el brutal y potente desembarco del coronavirus. Ningún gobierno europeo había pasado antes por una contingencia de esta envergadura. Los organismos internacionales están reconociendo la mano ducha del gobierno. Según algunos pejigueras de buena voluntad, sin embargo, la novedad es el talante y actitud de Unidas Podemos.

De Pablo Iglesias el Joven algunos habían profetizado que, a las primeras de cambio, dejaría tirado al Gobierno. Cuando, en cierto momento, aparecieron algunos roces en el gobierno Radio Macuto propaló que Pedro y Pablo habían chocado. Tal falso como los viejos duros sevillanos. Ante una discusión laica y no ideológica los matices hacían coincidir a ministros socialistas con algunos de Unidas Podemos. El patio no estaba alborotado, sino buscando las mejores soluciones. 

Conclusión provisional: jóvenes que hace poco tiempo acabaron el bachiller están al frente de una batalla que no tiene precedentes. Con rigor. Eso es lo que duele a las derechas de secano y orinal, de cazalla y ratafía.

 

Nota.--- Quim González en VENTANA DE HOSPITAL (II)



jueves, 2 de abril de 2020

ULTIMA entrega de «200 años de compromiso del sindicalismo europeo»




José Luis López Bulla

Reeditamos “por entregas” el texto de la Conferencia  en la Facultad de Ciencias Sociales y del Trabajo. Universidad de Zaragoza. 18 Octubre 2011.


Ultimo tranco


El nuevo paradigma. Entiendo que hemos dejado atrás el fordismo tanto en su personalidad en el centro de trabajo como en la influencia social y de vida. La situación actual es radicalmente nueva. Algunos la calificamos –por pura rutina expositiva—“posfordista”; otros la denominan “sociedad informacional” (Manuel Castells); y, comoquiera que todo el mundo tiene un cierto deseo de ser puntilloso a la hora de las definiciones, hay quien la llama, también con fundamento, “capitalismo molecular” (Riccardo Terzi). Sea como fuere, el caso es que, definitivamente, el fordismo ha pasado a ser, en sus rasgos fundamentales, pura quincallería. No ocurre exactamente lo mismo con el sistema taylorista que parece disfrazarse de noviembre para no infundir sospechas. Es decir, el taylorismo sigue vigente, aunque sobre él han caído varias manos de pintura con la intención de hacerle la manicura y aparentar un cierto rostro humano. Ahora bien, tengo para mí que lo más visible es la potente innovación-reestructuración de los aparatos de producción y de servicios que, de manera acelerada y profunda, está laminando el mundo tal como lo hemos vivido a lo largo del siglo XX. Es más, soy del parecer que ahí está la madre del cordero del gigantesco proceso de globalización. Todo ello tiene sus vastas repercusiones en el universo del trabajo, en la condición asalariada y en cómo los trabajadores se perciben a sí mismos. Digamos que el sindicalismo es hijo putativo de una forma de capitalismo que hoy ya no existe. Acordemos que el sindicalismo se desarrolló esencialmente en el Estado nacional, que hoy ya no cuenta con los poderes de antaño. Convengamos en que el sindicalismo creció y se generalizó con el dedo índice apuntando al crecimiento ilimitado, que hoy se ve interferido por las muy serias amenazas medioambientales. Recordemos, además, que las grandes conquistas de civilización que consiguió el sindicalismo –junto a toda una serie de actores políticos, más o menos cercanos-- se dieron en el marco del Estado nacional como, por ejemplo, las protecciones públicas del welfare state, que hoy se ven interferidas por la innovación-reestructuración y el desvanecimiento de los grandes poderes de los estados nacionales.En realidad la impresión que tengo es que parecen subsistir, quizá de manera inconsciente, una vieja idea y una antigua resignación. La vieja idea: los cambios que están en curso son algo así como una conspiración contra los trabajadores y los sindicatos. La antigua resignación: la organización del trabajo es cosa de los poderes unilaterales del empresario; en esa tesitura, el sindicalismo contesta el abuso de la organización del trabajo que le viene dada, pero no el uso de la misma: tres cuartos de lo mismo que hacíamos en mis tiempos cuando contestábamos el abuso del fordismo-taylorismo, pero no su uso que también nos venía impuesto.Lo diré enfáticamente: el sindicalismo, al menos en las primeras décadas del siglo XXI, debe ajustar las cuentas con el paradigma tecnológico realmente existente. Ello quiere decir que debe intervenir en todo el escenario de la organización del trabajo. Ahí se mide, en primer lugar, la independencia y la alternatividad del sujeto social con relación a su contraparte. Medirse en el terreno de la organización del trabajo significaría abordar en la práctica real de la contractualidad el gran problema de la flexibilidad. Precisamente para conseguir que deje de ser una patología y se convierta en instrumento de autonomía personal. Me permito una observación que va más allá del carácter de letraherido que uno pueda tener: no debe confundirse la flexibilidad con la flexibilización. Estoy con Bruno Trentin cuando afirma: “El uso flexible de las nuevas tecnologías, el cambio que provocan en las relaciones entre producción y mercado, la frecuencia de la tasa de innovación y el rápido envejecimiento de las tecnologías y las destrezas, la necesidad de compensarlas con la innovación y el conocimiento, la responsabilización del trabajo ejecutante como garante de la calidad de los resultados… harán efectivamente del trabajo (al menos en las actividades más innovadas) el primer factor de competitividad de la empresa. Son unos elementos que confirman el ocaso del concepto mismo de `trabajo abstracto´, sin calidad, --como denunciaba Marx, pero que fue el parámetro del fordismo-- y hacen del trabajo concreto (el trabajo pensado), que es el de la persona que trabaja, el punto de referencia de una nueva división del trabajo y de una nueva organización de la propia empresa. Esta es la tendencia cada vez más influyente que, de alguna manera, unifica dadas las nuevas necesidades de seguridad que reclaman las transformaciones en curso) un mundo del trabajo que está cada vez más desarticulado en sus formas contractuales e incluso en sus culturas; un mundo del trabajo que, cada vez más, vive un proceso de contagio entre los vínculos de un trabajo subordinado y los espacios de libertad de un trabajo con autonomía”.

Ahora bien, abordar la flexibilidad (que ya no es un instrumento de contingencia sino de muy largo recorrido) quiere decir situar como elemento central de la organización del trabajo el instrumento de la co-determinación de las condiciones de trabajo. Alerto, no estoy hablando del instituto de la cogestión; estoy planteando la codeterminación. Debe entenderse por codeterminación el permanente instrumento negocial de todo el universo de la organización del trabajo que queremos que vaya saliendo gradualmente de la actual lógica taylorista. Es decir, la codeterminación como método de fijación negociada, como punto de aproximado encuentro, entre el sujeto social y el empresario, anterior a decisiones "definitivas" en relación, por ejemplo, a la innovación tecnológica, al diseño de los sistemas de organización del trabajo y de las condiciones que se desprenden de ella. Esa actividad permanente (esto es, cotidiana) le ofrece otra dimensión, itinerante, al convenio colectivo. Claro que sí, se está hablando de un nuevo derecho de ciudadanía social en el centro de trabajo, de un imprescindible acompañante de la flexibilidad que, por tanto, es plenamente negociada. Pero hay más, la codeterminación de las condiciones de trabajo (que no implica, por supuesto, confusión de los roles del sujeto social y del dador de trabajo) podría ser el instrumento que abordara globalmente –y no de manera parcializada— las condiciones de trabajo, que hasta la presente dan la impresión de ser abordadas como variables independientes las unas de las otras. Por ejemplo, la necesaria reordenación de los tiempos de trabajo, a través de la codeterminación, podría abordarse de mejor manera, no –como es costumbre inveterada— en tanto que variable desvinculada del resto de las condiciones de trabajo. En definitiva, lo substancial es que la acción colectiva del sindicalismo confederal se incardine gradual y plenamente en el nuevo paradigma postfordista o como quiera llamársele. Lo que, dicho a la pata la llana, expresaría que toda la acción contractual debe tener esa característica: estar insita en el nuevo paradigma de esta época axial. Una manera para ello sería el establecimiento de un compromiso de largo respiro: el Pacto social por la innovación tecnológica. Justamente para intervenir en toda la marea de la reestructuración in progress de los sectores de la economía toda. Imprescindible, por lo demás, para abordar los desafíos que nos presenta el welfare. ¿Por qué? Porque no es posible entrar de lleno en tan notables materias si no es a través de un nuevo enfoque. Un pacto social que, naturalmente, también comportaría un cuadro de derechos de nueva generación en lo que, a partir de ahora, llamaremos el ecocentro de trabajo. 

En suma, se trataría, en mi opinión, de un gran acuerdo con la misma voluntad estratégica que el sustentado, tiempo ha, que dio paso a los avances del Estado de bienestar. Diré que las políticas de welfare tradicionales han entrado en crisis, tal vez definitiva. Primero por los embates que recibe de los gigantescos procesos de innovación-reestructuración. Segundo porque la globalización le provoca enorme desajustes. Tercero porque las bases keynesianas y fordistas que le sustentaron durante tantos años ya no existen. Cuarto porque el aluvión (a veces desordenado) de peticiones que recibe no le permite sostenibilidad. No proceder a darle una nueva dimensión al welfare –esto es, mantener el edificio como si nada hubiera cambiado a lo largo del tiempo— hace que los ataques ideologicistas contra el welfare encuentren un caldo de cultivo. Porque, no se olvide, el claro interés del ataque neoliberal no es otro que procurar que los grandes capitales públicos se orienten hacia el bussines privado. En esas condiciones es imprescindible reordenar nuestro Estado de bienestar con la idea de que sea más fuerte y tuitivo. Primero, en una dirección que supere el carácter de resarcimiento que le caracteriza para darle una orientación de promoción. Segundo, vinculado –lo que quiere decir situar las compatibilidades de todas sus tutelas y promociones-- al hecho tecnológico. O, dicho con criterios negativos: no se puede mantener un welfare de naturaleza fordista, cuando este sistema ha pasado a mejor vida. Y, en parecida orientación: el mencionado Pacto social por la innovación tecnológica podría suponer una hipótesis plausible de más adecuada relación, estableciendo vínculos y compatibilidades, con el paradigma medioambiental. Lo que quiero enfatizar es: no habrá posibilidad de reconstruir el Estado de bienestar si no es a través de la puesta en marcha de un nuevo compromiso sociopolítico, a saber, el Pacto social por la innovación tecnológica.

Vamos a dejar las cosas aquí. La situación difícil que existe con este cúmulo de crisis superpuestas que arranca de la del 2008 no es motivo de esta ponencia.


miércoles, 1 de abril de 2020

Cuarta entrega de «200 años de compromiso del sindicalismo europeo»




José Luis López Bulla

Reeditamos “por entregas” el texto de la Conferencia  en la Facultad de Ciencias Sociales y del Trabajo. Universidad de Zaragoza. 18 Octubre 2011.


Cuarto tranco

Tras la Segunda Guerra Mundial se construye un nuevo contexto. De un lado, se recuperan las libertades democráticas y sindicales en Alemania, Francia e Italia; de otra, se ponen en marcha toda una serie de planes económicos y sociales: nacionalizaciones de importantes sectores estratégicos en el Reino Unido, Francia e Italia entre los más importantes, establecimiento de los salarios mínimos garantizados…  Por lo general, el sector público va adquiriendo en cada país un considerable grosor. Ahora bien, tengo para mí que lo más significativo es que todo un elenco de importantes derechos, que antes habían sido ferozmente perseguidos, entran en las Cartas Magnas y los ordenamientos jurídicos: el asociacionismo sindical, la huelga, el derecho al trabajo y la salud … El informe de Lord Beveridge pone los cimientos, con Keynes como fuente de inspiración del Estado de bienestar que tiene como indicios lo que antes hemos explicado de los suecos. Llamativa es, en ese sentido, la propuesta del gran dirigente sindical italiano Giuseppe Di Vittorio con su planteamiento del Piano del Lavoro que se inspira tangencialmente en las políticas de lucha contra la crisis del presidente Roosvelt, concretamente lo que dio en llamarse el New Deal.


Esta nueva situación tiene importantes repercusiones en las condiciones de vida del conjunto asalariado. Se abre el periodo de los Treinta gloriosos (
1945-1973): una expresión de Jean Fourastié que designa a un periodo de tiempo en el que algunos países experimentaron una notable expansión económica y que, gracias al dirigismo alcanzaron su apogeo y se aproximaron al pleno empleo permanente. Muchos países vivieron lo que se llamó localmente el milagro económico. Son los años en que se inician los primeros síntomas de lo que posteriormente llamamos el neocapitalismo. No hace falta recordar que en España (también en Portugal) existe una feroz Dictadura que ha descabezado (incluso con la muerte) posteriores a los dirigentes sindicales y políticos: dos ejemplos, Joan Peiró, el tantas veces citado dirigente de la CNT y Lluis Companys, ambos fusilados.


Lo más novedosos de esta larga etapa son las grandes movilizaciones italianas de los sucesivos otoños calientes de finales de los sesenta y principios de los setenta con la aparición de nuevas formas de representación unitarias en los centros de trabajo, el resurgir de un nuevo movimiento de trabajadores en España en torno a Comisiones Obreras a mediados de los sesenta y las acciones de los sindicatos franceses, en el contexto del Mayo del 68, que concretan una importante victoria con la creación de las secciones sindicales en el centro de trabajo. Vale la pena recordar que, durante este proceso largo, surgen movimientos pansindicales de resistencia en los países del Este, por ejemplo en Polonia con Solidarnösc.

Si me detengo un poco en los avatares de Comisiones Obreras no es por orgullo de pertenencia. La razón es ésta: la discontinuidad que provoca en el sindicalismo español y la poco referida aportación de un sujeto sociopolítico que va practicando, no sin altibajos, su deseo de independencia y autonomía; más todavía, a su intervención propia en toda una serie de terrenos que, hasta aquellos momentos, estaban dejados en las manos de los partidos políticos. De ello hablaremos más adelante.

El movimiento de Comisiones tiene un `origen´ indirecto: las posibilidades legales que permite la Ley de Convenios colectivos de 1958. Dicho texto, aprobado por las Cortes franquistas de la Dictadura, abre la posibilidad de que, en los centros de trabajo de una determinada dimensión, los representantes de los trabajadores, elegidos en las elecciones sindicales, puedan negociar el convenio colectivo de centro de trabajo y, con más restricciones todavía, los acuerdos colectivos de ramo profesional. Naturalmente se trata de una legislación restrictiva en un contexto de ausencia de libertades democráticas; más todavía de dura represión de las mismas: una represión amplia que va desde los despidos patronales a las detenciones y encarcelamientos. Esta ley del 58 da voz (también la quita) a los jurados de empresa (la representación de los trabajadores) para poder negociar directamente con la patronal, substituyendo las reglamentaciones salariales que se decidían unidireccionalmente desde el Ministerio de Trabajo. Como es natural, la ley era una medida que necesitaba la peculiar forma de capitalismo de entonces que, a la chita callando, iba dejando de ser autárquico en España; por tanto, la medida convenía a las formas de desarrollo económico que, aunque muy retrasadas con relación a Europa, empezaban a disfrazarse de neocapitalismo a la española. De manera que, en la gran empresa, con sus particulares características proto tayloristas, empiezan a crearse ciertas condiciones para la reivindicación, cuyo objetivo es el intento de negociación, y para ello es necesaria la auto-organización de los trabajadores. Los sindicatos democráticos clandestinos no ven –no pueden o no saben ver-- las novedades que se abren. Aunque no estoy en condiciones de aclarar el orden de prelación de estas dificultades, diré que los motivos de esta dificultad son los siguientes: 1) la represión política que sistemáticamente descabezaba todo intento de organización que, por lo demás, era clandestina; 2) la natural desconfianza con relación a las medidas de la Ley de convenios y la de las elecciones sindicales, y habrá que recordar que el planteamiento de los sindicatos clandestinos, en relación con ambas leyes, era de boicot. Ahora bien, apunto –desde luego, con los ojos de hoy-- a otra explicación que, hasta la presente, no ha sido ni siquiera insinuada. Pero, a mi juicio, lo más determinante era que el sindicalismo democrático tradicional –me permito esta absurda expresión, `sindicalismo´ y `democrático´ porque el sindicalismo sólo puede ser democrático— era, dicho de forma contundente, un sujeto externo al centro de trabajo. O, si se prefiere de una manera bondadosa, un sujeto parcialmente externo al centro de trabajo. Así pues, las centrales sindicales, anteriores a la guerra civil, eran unas organizaciones externas al centro de trabajo. Porque no consiguieron capacidad contractual en el interior de la fábrica. Así pues, las organizaciones clandestinas (UGT y CNT, perseguidas implacablemente por la dictadura, al igual que las fuerzas democráticas), además de ser lógicamente recelosas de los tímidos cambios que se iban operando, eran por situación (la clandestinidad) y por inercia (sujetos externos al centro de trabajo) organizaciones que no podían ver lo que estaba apareciendo en la realidad.

Mientras tanto, iba apareciendo un movimiento natural: ante cada problema surgían unas comisiones de obreros –unas comisiones obreras, que debemos escribir en minúsculas— que tomaban nota de las aspiraciones del personal, hablaban con la dirección e intentaban, negociando, sacar algo en claro para los trabajadores y sus familias. Conseguido el petitorio o agotado éste, de una u otra forma, el conflicto desaparecía la comisión obrera. Era pues un movimiento fugaz y pasajero. La novedad de estas comisiones de obreros (o comisiones obreras) es que eran un sujeto que estaba en el interior del centro de trabajo y, por lo tanto –ya fuera por necesidad, intuición o sentido común--, el análisis de aquel microcosmos y la reivindicación estaban en aproximada consonancia con los cambios que se iban operando. Comoquiera que no estamos aquí para establecer una cronología de los hechos, diré que se van incrementando las situaciones fugaces y pasajeras y, unas y otras, van adquiriendo una moderada estabilidad. Esto es, lo fugaz se va transformando en permanente. Las comisiones obreras acaban sacando unas mínimas ventajas de constituirse, en los centros de trabajo, en organismos que no se disuelven una vez acabado el conflicto, es decir, se mantienen en grupos estables y permanentes. Empiezan a ser Comisiones Obreras (así en mayúsculas).

El camino que se abre es: si somos un sujeto interno en la fábrica ¿qué orientación central se da a ese movimiento? ¿debe ser clandestino, semiclandestino, abierto? Un movimiento clandestino tiene, en teoría, la ventaja de ser menos vulnerable a la represión; en cambio si es abierto y público, la evidente ventaja es que la conexión directa con los trabajadores es, como hipótesis, mayor, aunque más vulnerable a los diversos tipos de represión. La solución a esta incógnita viene con una primera maduración de nuestras experiencias: el aprovechamiento de los resquicios legales que (parcialmente) posibilita la Dictadura y su combinación con formas ilegales o paralegales de acción colectiva. Por así decir, esta opción era más fiable que organizarse clandestinamente y, desde ahí, convocar por ejemplo un acto ilegal, como lo era la huelga, considerada como delito de rebelión. Por ahí fuimos, especialmente porque, en ese sentido, el comunismo español y catalán se esforzaron en que esa vereda era la más apropiada, y tenían razón. Entre paréntesis, diré que esta fue la orientación que Giuseppe Di Vittorio, a mediados de los años veinte, impuso al sindicalismo italiano en su lucha contra Mussolini, de un lado, y –según supimos posteriormente-- este camino fue el que intentó poner en marcha Joan Peiró, el gran dirigente de la CNT, en la lucha contra la dictadura de Primo de Rivera. Cierro paréntesis. Aclaro, hasta donde yo me sé, nosotros no conocíamos los planteamientos de Giuseppe Di Vittorio ni nadie citó las orientaciones de Joan Peiró. Bien, se trataba de optar por consolidar la línea fuerza que, tendencialmente, era la expresión autónoma de aquel movimiento original que teníamos en las manos. Nuestro movimiento debía ser abierto y no clandestino, capaz de combinar las posibilidades de la legislación franquista con las formas paralegales e, incluso, ilegales. Naturalmente esta opción también estaba expuesta a la represión. Pero la solidaridad con los represaliados era mayor si el movimiento tenía esas características públicas. Soy de la opinión que la discontinuidad histórica que representa aquel movimiento es, precisamente, ser un sujeto interno del centro de trabajo. Lo demuestra la preocupación fundamental: la elaboración de la plataforma reivindicativa, basada (como se ha indicado anteriormente) en las condiciones de trabajo. Es, a partir de esta consideración, de donde se desprenden las originales características de aquella acción colectiva. Tal vez la primera sea la relación entre representatividad y representación de las ya Comisiones Obreras. Llamo `representatividad´ a la capacidad de asumir las anhelos de los trabajadores; y defino la `representación´ como el nivel de apoyo que tales trabajadores ofrecen, de manera fugaz o estable, a los grupos coordinadores de CC.OO., que es de lo que estamos hablando ahora. Ya que esos grupos son un sujeto interno en el centro de trabajo y, comoquiera, que hay un vínculo estrecho entre representatividad y representación, la conclusión evidente es la naturalidad del quehacer democrático y participativo de los trabajadores en aquella acción colectiva, en aquel movimiento. Es lo que he llamado, en otras ocasiones, la democracia próxima, vecina. La representatividad y la representación se concretan en la asamblea en torno a un bidón, un andamio, una mesa de despacho o un pupitre: la democracia próxima, vecina, que construye la plataforma reivindicativa y diseña el (hipotético) ejercicio del conflicto social. Ahí se dibuja la independencia de esa asamblea y el establecimiento de su propia autonomía. La independencia no como elemento en negativo, sino como expresión positiva de depender sólo y sólamente de la representatividad y representación que se ostentan cotidianamente. La auto-nomía como catálogo implícito de unas normas rudimentarias, aunque sólidas que consuetudinariamente se entienden con naturalidad como obligatorias y obligantes, no como mandato estatutario. Es decir, la independencia sindical no es el resultado de un constructo abstracto sino la consecuencia (y, a la vez, el origen) de la elaboración de la plataforma reivindicativa, decidida y apoyada en la asamblea de todos los trabajadores. Es, desde ahí, como se va edificando el andamio de la independencia frente a todos y todo lo que no sea el interés concreto de ese conjunto asalariado. Una prueba de la sofisticación de nuestro análisis aparece por escrito en la Asamblea de Orcasitas (Abril de 1967). Allí se dejó escrito que propugnábamos un sindicalismo de clase, independiente de la patronal y de todos los partidos políticos (incluidos los partidos obreros); que apostábamos decididamente por las libertades sindicales y el derecho de huelga en todos los países, con independencia de su carácter social e institucional. Estábamos afirmando que, incluso en el socialismo, el sindicalismo y el movimiento de los trabajadores debían ser plenamente independientes, autónomos y contar con el ejercicio de los derechos (incluida la huelga) de todo tipo.

Durante todo el proceso anterior, esto es, los “treinta gloriosos” el movimiento sindical está, por lo general, a la ofensiva. Tras la crisis del 73, la crisis del petróleo, surgen dos situaciones de cesura que se irán consolidando con el andar de los tiempos. De un lado, se va gestando una potente innovación-reestructuración de los aparatos productivos que es la madre de la globalización acelerada y, de otra, un equilibrio inestable en la relación de los sindicalismos europeos con sus contrapartes tanto institucionales como patronales. Frente a la cada vez más acusada interdependencia se estructuran la Confederación Europea de Sindicatos (a la que Comisiones Obreras nos incorporamos tardíamente) y más tarde la Central Sindical Internacional, de la que nosotros somos miembros fundadores; de otra parte ese equilibrio inestable, todavía de ofensiva, es capaz de construir un nuevo paradigma todavía insuficientemente estudiado: es la capacidad de intervención del sindicalismo con una extensión de su poder contractual en esferas que tradicionalmente se había autorresevado para sí papá-partido en la famosa y contraproducente división de funciones entre el partido lassalleano y el sindicalismo.

El sindicalismo (especialmente en Italia y, tras la legalización, nosotros españoles) interviene en amplios escenarios del Estado de bienestar: Seguridad Social, enseñanza, sanidad, etc. Que nos convierte en lo que podríamos denominar “legisladores implícitos”, que va redimensionando el papel de los partidos políticos, especialmente los considerados amigos del sindicalismo. La conclusión es que, tras esa nueva capacidad, el sindicalismo va adquiriendo un nuevo metabolismo que, desde su propio quehacer, va adquiriendo importantes zonas de propuesta: se va gestando la independencia y autonomía del sindicalismo así en Europa como en nuestro país. El ejercicio del conflicto social ya no está supeditado a las contigencias de la lucha política partidaria. Como botón de muestra está en España la nueva placa tectócnica que se consolida tras la famosa huelga general del 14 de diciembre de 1988. UGT, por ejemplo, ya no será como antes. Comisiones Obreras tampoco.

Continuará mañana…





martes, 31 de marzo de 2020

Tercera entrega de «200 años de compromiso del sindicalismo europeo»





José Luis López Bulla

Reeditamos “por entregas” el texto de la Conferencia  en la Facultad de Ciencias Sociales y del Trabajo. Universidad de Zaragoza. 18 Octubre 2011.


Tercer tranco


A finales del siglo XIX y muy principios del XX se puede constatar que el movimiento sindical es ya un fenómeno mundial, aunque desigualmente estructurado. Y ya empiezan a celebrarse los congresos sindicales internacionales. Lo más relevante sigue siendo el sindicalismo inglés que ahora está acompañado por el alemán, los norteamericanos y canadienses. Podemos hablar, con todas las cautelas de rigor, que ya han pasado los tiempos del protosindicalismo y del asociacionismo con tintes gremialistas. Se fundan las Camere del Lavoro italianas y la UGT española con las Casas del Pueblo, se fundan bibliotecas populares, masas corales, y toda una gigantesca panoplia que relató Bertolucci en su célebre película Novecento. Más todavía, empiezan a surgir especialmente en Inglaterra mecanismos institucionales de mediación del conflicto sociales, una experiencia que, tomada por los italianos, tendrá su más colorida expresión en la institución de los probiviri: los hombres buenos que mediaban para la solución de cada conflicto. Ahora bien, lo más significativo fueron las conquistas sociales que el sindicalismo alemán conquista en ese periodo finisecular: son las leyes del seguro público de salud, de accidentes de trabajo, de pensiones por discapacidad y las jubilaciones. Que promulgara Bismarck con la idea de separar a los trabajadores de la influencia del Partido socialdemócrata.

El sindicalismo se encuentra ahora ante nuevos desafíos: la aparición de la gran industria --que en el caso alemán, por ejemplo— se desarrolla en un tiempo veloz, surgen los grandes trusts monopolistas y una, cada vez mayor, relación de las industrias con los capitales financieros. Inglaterra, en esas condiciones, aunque sigue siendo (por así decirlo) la reina de los mares, observa cómo los Estados Unidos empiezan a disputarle muy seriamente esa primacía, y determinados sectores industriales (por ejemplo, la Química) interfieren el poderío británico. Está cantada una feroz lucha por los mercados de marcado carácter imperialista que va poniendo en un brete el carácter internacionalista de las organizaciones sindicales del Estado nacional.

Es un periodo convulso para el movimiento sindical y el pensamiento socialista europeo. De un lado, la primera década del siglo XX se caracteriza por una explosión de huelgas generales en Europa, también en España (concretamente en Barcelona); de otro lado, se abre una áspera disputa en el socialismo europeo sobre el desarrollo económico a cargo de dos grandes personalidades alemanas: Kaustky, todavía como jefe indiscutido de los marxistas ortodoxos, y Eduard Berstein, cabeza de filas de los, por decirlo esquemáticamente pero sin connotación ideológica, revisionistas. El sindicalismo alemán, como Jano bifronte, opta por una síntesis acomodaticia: oficialmente, en la literatura, son marxistas ortodoxos; en la práctica, se orientan con desparpajo hacia el revisionismo, insisto que no le doy a este término la tradicional connotación leninista.

Mientras tanto, un capitán de industria Frederic W. Taylor, ingeniero y economista norteamericano, va experimentando una nueva organización del trabajo que expuso ampliamente en su obra “Principles of Scientific Management” (1912), que será esencial a lo largo y ancho del pasado siglo. En menos que canta un gallo este libro se dio a conocer en todo el mundo, ya que el ingeniero estableció unas potentes redes de información con las universidades, facultades y centros de estudio de todo el planeta. Me permito un inciso: en realidad lo que el ingeniero americano plantea es una reactualización, eliminando el paternalismo y, en cierta medida, el humanismo, de las propuestas del científico francés Charles Dupont (1784 - 1873) que un estudioso como Taylor conocía sin lugar a dudas, pero al que nunca citó: son las cosas de algunos académicos. El taylorismo y posteriormente su maridaje con el fordismo abre un nuevo movimiento tectónico en la cultura del movimiento sindical e incluso de la política.

Los principios que caracterizan el taylorismo --en la industria, en los servicios y en las administraciones públicas-- son los siguientes: 1) Estudio de los movimientos del trabajador mediante su descomposición para seleccionar los "movimientos útiles", incluso los de tipo instintivo; todo ello con el fin de reconstruir la cantidad de trabajo veloz, exigible a cada trabajador, de manera que pueda mantener su ritmo durante muchos años sin estar fatigado. 2) Concentración de todos los elementos del conocimiento, del "saber hacer" --que en el pasado estuvieron en manos de los obreros-- en el management. Este deberá clasificar las informaciones y sintetizarlas; de todo ello sacará los elementos del conocimiento, las leyes, reglas y normas. 3) La substracción de todo el trabajo intelectual en el reparto de la producción, situándolo en los centros de planificación, con la separación "funcional" --entre concepción, proyecto y ejecución-- entre el centro del saber y la prestación ejecutiva e individual de cada trabajador que está aislado de todo grupo o colectivo. 4) Una minuciosa preparación, por parte del manager, del trabajo que hay que hacer y las reglas para facilitar su ejecución. Se elimina el "saber hacer" del trabajador que está substituido por las órdenes del manager; al trabajador se le especifica no sólo lo que hay que hacer sino cómo es necesario hacerlo y el tiempo fijado para ello. En definitiva, por lo que acabamos de ver, nos encontramos con un sistema organizacional que vincula estrechamente los fines y las formas. Parece claro que el ingeniero Taylor consolida determinadas tendencias ya observadas por Marx en sus aproximaciones a la relación hombre-máquina y organización del trabajo.

Así pues el taylorismo concreta el refinamiento más apabullante en la historia del trabajo humano de la interdependencia entre máquina, funcionamiento de la máquina y conducta humana, no concebido a la medida de la persona. Se trata, pues, de un sistema compacto que une en un todo la economía, la técnica y la ciencia aplicada y que guía en gran medida los comportamientos humanos.

Lo anteriormente dicho conforma el carácter orgánico del taylorismo, que fue elevado a la categoría de organización científica del trabajo no sólo por sus padres fundadores sino indistintamente por gentes tan contrapuestas como Lenin, Louis-Ferdinand Céline, Hitler, Henri Ford e, incluso, Antonio Gramsci; más todavía, como la única organización científica del trabajo por los siglos de los siglos y sin ningún tipo de alternativa contrapuesta al núcleo duro de su carácter orgánico. Dicho eterno "carácter científico" explicaba, según sus apologetas más extremistas, que la existencia de sujetos de control democrático de dicha organización de la producción era innecesaria y distorsionadora. Es suficientemente conocida la formulación de Taylor: "Los problemas relativos al estudio de los tiempos y la organización del trabajo se refieren a cuestiones científicas que no pueden estar sujetas a la actividad sindical". Un constructo que es elevado a categoría de teorema.


En los primeros andares del taylorismo los trabajadores y los sindicatos se opusieron a él. Incluso la poderosa CGT francesa le puso la proa … hasta que Lenin sacó el incienso. Nuestro abuelo Rabaté, un conspicuo dirigente de los metalúrgicos franceses, puso al taylorismo de vuelta y media. Cuando habló Vladimir Illich, ante la sorpresa general del público, lo bendijo con el mayor desparpajo de la subalternidad lassalleana. De aquellos polvos vinieron los lodos posteriores. El movimiento sindical mayoritario no criticaría nunca el “uso” del taylorismo sino su “abuso”. Lo que marcó profundamente toda una serie de sucesivas impotencias del sindicalismo y la izquierda política que –a lo largo del siglo XX— han coexistido con el carácter emancipatorio de tales sujetos sociales y políticos. Digamos, pues, que la historia de los movimientos sindicales en el pasado siglo se ha caracterizado, en mi opinión, por la coexistencia con el uso del taylorismo y su confrontación radical contra el abuso de dicho sistema de organización. Tan sólo encontraremos voces contrarias en los sindicalistas woobly y el movimiento consejista europeo; también Rosa Luxemburgo y Simone Weil, dos mujeres que representan la (diversa) “izquierda vencida” y en el mundo del cine la siempre obra maestra “Tiempos modernos” de Chaplin.


Pero el taylorismo no fue sólo un sistema de trabajo industrial. Mary Pattison escribió un libro, precisamente prologado por el mismo Taylor, “Los principios de la ingeniería doméstica” en el que las ideas de eficacia son aplicadas, incluso, a la forma de decorar, amueblar y organizar la propia vivienda. También el arquitecto Le Corbusier quería construir sus casas siguiendo los principios de la llamada racionalización científica


Decíamos que el movimiento sindical ha sido un formidable instrumento de tutela, pero no de transformación del trabajo asalariado. Cuestión ésta que retomaremos al final de nuestra conversación.


La gran pareja de hecho en la gran industria ha sido el taylorismo-fordismo, esto es, la alianza entre Taylor y el primer Ford. La cadena de producción pasa a ser (nos permitimos la licencia) el agente principal de la gran industria tomando el relevo a la máquina de vapor de Watt.
Me permito describir, grosso modo, los rasgos del fordismo:
Aumento de la división del trabajo y producción en serie e indiferenciada cuyo ejemplo más conspicuo es el coche Modelo T.
Profundización del control de los tiempos productivos del obrero (vinculación tiempo/ejecución).
Reducción de costos y aumento de la circulación de la mercancía (expansión interclasista de mercado) e interés en el aumento del poder adquisitivo de los asalariados.


Como no podía se de otra manera, así las cosas, se va consolidando la hegemonía norteamericana en lo atinente al gobierno de la fábrica así en los sistemas de organización del trabajo como en las técnicas manageriales con la importante ayuda de la sociología industrial y la psicología: los nombres de Elton Mayo y posteriormente Daniel Bell y Peter Drucker son representantivos de esas disciplinas.


Y en ese estado se va conformando una transformación tanto del trabajo asalariado como del productor que generarán nuevas chansons de geste: empieza a tomar forma una nueva vertebración orgánica del sindicalismo, esto es, su radicación física en el centro de trabajo como elemento central de su función tutelar en las condiciones de trabajo y de vida. Por ejemplo, la reducción de la jornada laboral se convierte en un banderín de enganche en el centro de trabajo; va tomando cuerpo la necesidad de la nueva vertebración orgánica en la fábrica; se van concretando, además, las obligadas auto reformas organizativas que, en España, se concretan con las propuestas de Joan Peiró en el famoso Congreso de Sans de la CNT: el traslado de los sindicatos de oficio a las federaciones industriales.


Digamos, pues, que el sindicalismo empieza a construir –de manera desigual y con no pocos titubeos— su presencia orgánicamente estructurada en la fábrica. Ya no quiere ser un movimiento de lo que Marx definiera como trabajo abstracto, sino de productores en el centro de trabajo, en la esfera de la producción.

En ese paradigma que provoca el taylorismo-fordismo surge una nueva disciplina jurídica, el Derecho del Trabajo que, desde sus inicios, provoca una discontinuidad en la relación entre el Derecho y las recientemente llamadas industrials relations, un término acuñado por el matrimonio Webb (que nosotros hemos dado en llamar relaciones laborales). A mi entender, los sindicalistas somos poco conscientes del gran papel que ha jugado el iuslaboralismo y del que, ahora con nuevas dificultades, sigue teniendo. Ahora bien, conviene precisas algunas cosas, siguiendo la palabra de los grandes maestros de dicha disciplina, Umberto Romagnoli. “El Derecho del Trabajo no nace para cambiar el mundo, sino para volverlo más aceptable”. Más todavía, se caracteriza por “dar y, simultáneamente, quitar la palabra a los trabajadores”, lo que le confiere una naturaleza anfibia. Lo que, todo hay que decirlo, no resta importancia a los padres (en sus orígenes tampoco tuvo madres, ni se preocupó de la mujer en tanto que tal) que, desde la República de Weimar organizaron los primeros andares del Derecho del Trabajo. También al final de nuestra conversación hablaremos de estos asuntos.

Estamos, ya en las primeras décadas del siglo pasado, en unos momentos de plomo para el sindicalismo. Luchas heroicas de los trabajadores que los sindicatos no saben o no pueden encauzar en Europa; los movimientos consejistas en Italia que desembocan en derrotas estridentes; el pistolerismo en Catalunya. Las luchas más emblemáticas de aquellos tiempos fueron: las huelgas generales en el Reino Unido, las ocupaciones de fábrica en Torino y, entre nosotros, la famosa huelga de La Canadiense, todo un símbolo por la jornada de los Tres Ochos: ocho horas de trabajo, ocho de ocio y ocho de descanso.


Como se ha dicho es un periodo convulso. La Gran guerra provoca una enorme conmoción en el movimiento socialista europeo que, mayoritariamente, vota los créditos de guerra y, ante el conflicto, se posiciona en función de los intereses belicistas de los gobiernos de turno; posterior escisión en los partidos socialistas que provocan la irrupción de los comunistas en la arena política que comporta ásperas divisiones en el seno de los sindicatos, mayoritariamente controlados por los socialistas. Periodo tremendo para el movimiento de los trabajadores y los sindicalismo de los Estados nacionales. Aparición del fascismo italiano y posteriormente el nazismo en Alemania que se concreta en una durísima represión contra todos los sujetos políticos y sociales que son ilegalizados. Sin olvidarnos del gran crack del 29 en Norteamérica cuyas consecuencias afectaron a medio mundo.


La única excepción en todo ese páramo es el sindicalismo de los países nórdicos y muy en especial el sueco. Que, desgraciadamente, no ha concitado apenas estudio entre los sindicalistas españoles de ayer y hoy. De hecho son ellos, junto al partido socialdemócrata, quienes ponen los cimientos de lo que más tarde conoceríamos como Estado de bienestar. Es más, antes de la Gran guerra consiguieron la jornada laboral de ocho horas. Ya en 1932 el sindicato y la patronal firman el famoso acuerdo de Saltsjöbaden, que establece un código práctico para regular la negociación colectiva y la regulación de las relaciones laborales y paulatinamente van consiguiendo una clara intervención en materias como el mercado laboral y las políticas sociales. Una de las personalidades de mayor relieve fue Ernst Wigfors con propuestas y realizaciones que más tarde popularizaría Keynes y otros en el Reino Unido. Más adelante también hablaremos de otras aportaciones del sindicalismo sueco.


Continuará mañana…


Nota.--  El otro día,  cuando intentaba introducir en los links de este blog unas nuevas conexiones mis octogenarios dedos tropezaron con algo. Total, que desaparecieron todas las conexiones. Les aseguro que se irán reponiendo. Ya saben ustedes que hay más días que longanizas.