viernes, 12 de marzo de 2021

Tempestad en el Mar Menor (1)


 

En la huerta del Segura hay sombras chinescas de tamayazo; así lo define la gran mayoría de comentaristas políticos de mar y montaña, y no hay por qué alejarse demasiado de ese punto de vista. El tamayazo parecería congeniar mejor con la navaja de Occam que otra opinión con más pretensiones.

La hipótesis del tamayazo, que no descartamos, nos alerta en todo caso de la caballuna torpeza con la que han trabajado los encofradores de la moción de censura. ¿Cómo es posible que no cayeran en la cuenta de que al final el dinero –que según Vespasiano no huele--  podría darle la vuelta a la tortilla? El primer tamayazo no ha sido tenido en cuenta. Y más todavía: ¿cómo se entiende que no cayeran en la cuenta que, tras las turbulencias del Mar Menor, se pusieran en funcionamiento las navajas albaceteñas contra el sujeto más débil de la moción de censura, esto es, Ciudadanos? Y, siguiendo con la manivela, ¿por qué pensaron los firmantes del acuerdo que todo el conjunto de Ciudadanos, que desde las elecciones catalanas recientes está en permanente tensión, aceptaría la moción sin rechistar?

Lo más probable es que se corra un tupido velo sobre estos interrogantes y, como se acostumbra en las grandes ocasiones se saldrá por peteneras. Porque lo peor no es que Arrimadas haya actuado tan temerariamente sino que ha exhibido una preocupante inmadurez –casi infantil--  política. Tampoco puede escaparse el PSOE de una actitud tan párvula como la demostrada en esta comedia tan rocambolesca.

En pocas palabras, nadie duda de la legitimidad y --según amigos, conocidos y saludados murcianos— de la necesidad de la moción de censura, así en la Región como en el Ayuntamiento de Murcia. El problema -- ¿candor de pardillos?--  es que los autores no previeron que el partido «nasío pa corromper»--  iba a poner todo el talonario encima de la mesa.

Esta sería la explicación del putiferio murciano y sus consecuencias. Esto es, el fracasado intento de unos párvulos autodidactas en limpiar una bolsa de inmundicia que ha sido barrida por el parné y los escapularios de la derecha apostólica.

Pero hay otra consecuencia de mayor calado: el fracaso de quienes, desde dentro de Ciudadanos, pretenden construir una derecha ilustrada con aproximada sintonía con el nuevo paradigma de la reestructuración—innovación. Es la venganza de aquel primer dirigente de Ciudadanos, de cuyo nombre no me sale de la cruz de los pantalones acordarme.

Punto final. Me da que una parte del fracaso de esta pipirrana debería ser atribuida a su desarrollo en las sombras, en la nocturnidad de los chicoleos, en la ausencia de la gente. En definitiva, que no se ha seguido el mandato sacristanista (de don Venancio): «Lo primero es antes». Próximamente hablaremos de «Madrid, castillo famoso».

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