domingo, 30 de octubre de 2016

Homenaje no protocolario a Marcelino Camacho



El hombre de Pontevedra, minutos antes de ser elevado a los altares, dejó claro que no se le pueden pedir cosas que forman parte del núcleo duro del programa de su partido. No dijo cuáles, pero en la mente de todos estaban, entre otras, la reforma laboral. Toda la gente informada de este país lo sabía de sobras. Por supuesto, también los que se abstuvieron. Partamos, pues, de lo siguiente: la negativa de Rajoy ya es formal, y si se quiere vuelve a inscribirla en las intenciones del nuevo gobierno.

Atribuimos, sin embargo, al sindicalismo confederal y a las fuerzas políticas de la oposición, que han expresado su voluntad de seguir combatiendo la reforma laboral, que mantendrán su acción colectiva contra ella. Ahora, tras la auto intimidación del PSOE, en condiciones más complicadas, con menos acompañamiento. Yendo por lo derecho, el desmantelamiento gradual de la reforma laboral está más en precario en el terreno político. Si esto es así, hemos de convenir que el esfuerzo del sindicalismo debe tener más diapasón.

Ahora bien, a mi juicio no existe una estrategia eficaz basada monotemáticamente en el acoso y derribo de la reforma laboral. O ello se inscribe en un contexto más general de la acción colectiva o no salimos de ese enredo. Las palabras de Maurizio Landini, secretario general de la FIOM—CGIL, son claras: «Pero el tema no es solamente cómo se reunifican los derechos en el trabajo, sino que el proceso tecnológico en curso modificará la estructura de toda la industria. La pregunta es, pues, ¿qué debemos hacer como sindicato para incentivar un proceso de esa naturaleza y que acciones hay que poner en marcha?» (1). 

Parece claro que una traducción de lo que afirma Landini a nuestras cosas es como sigue: si nuestro objetivo estratégico es la «reunificación de los derechos en el trabajo», el planteamiento de nuestro amigo italiano nos lleva a intervenir no sólo en la piel sino en la columna vertebral del «proceso tecnológico en curso». Con un matiz por mi parte: dicho proceso no afecta solamente a la estructura de toda la industria, sino al mundo de los servicios. Es decir, a todo.

De manera que, como ya advirtió Toxo en su día, «no podemos seguir haciendo lo mismo de siempre para llegar a los mismos resultados de siempre». Me aventuro a decir que no parece que el conjunto del sindicalismo haya llegado todavía a entender cabalmente lo que ha manifestado Toxo. Si seguimos haciendo lo mismo de siempre se corre el peligro de tutelar y representar solamente a los últimos mohicanos, a los injustamente olvidados por los procesos de innovación y reestructuración de los aparatos productivos y de servicios.  La gradual pérdida de representación y representatividad estaría cantada.

Tiene sentido evocar a nuestro Marcelino Camacho que, en su famoso artículo en Cuadernos para el Diálogo se percataba de una novedad: « A la capital administrativa ha sucedido el Madrid industrial; hoy son millares de obreras, que con sus batas blancas o azules, pasan por Atocha camino de Standard, Telefunken o Phillips hacia las máquinas-herramienta y las cadenas de montaje» (2). 

Aparentemente esta descripción camachiana podría ser interpretada como un relato costumbrista. Pero tiene mucha más miga. Es la percepción de un paisaje socioeconómico que ha desplazado definitivamente lo anterior: por la calle --de la fábrica hasta casa-- el mono azul de un tipo de trabajo asalariado ha emergido y de esa visibilidad antropológica Marcelino saca sus conclusiones sociopolíticas y culturales. De ahí que sugiera algo poco mencionado hasta ahora: de Marcelino se celebra fundamentalmente su eticidad –la unidad dialéctica de la moralidad con la socialidad--  su carácter insobornable, pero mucho menos su mirada, su inteligencia y el giro valiente que propuso en los cimientos renovados del movimiento organizado de los trabajadores.

Me pregunto: ¿hay condiciones para proponer una relación virtuosa entre sindicalismo y hecho tecnológica? Respondo con orgullo: claro que sí. En este mismo blog, en Sabiduría sindical en Alstom, (3) hemos dado cuenta de un documento que debería estar en la mesita de noche de todos los sindicalistas. Dejadme que refunfuñe un poco como expresión natural de alguien que camina a sus ochenta años: ¿Cómo es posible que tal documento apenas si aparece en las cuantiosas web de los sindicatos?.

Por último, hay que felicitarse por la amable y fructífera relación que el sindicalismo tiene con los juristas del trabajo. Ahora bien, no podemos decir lo mismo de su relación con los ingenieros. Lo digo porque no concibe un nuevo planteamiento de vínculo con el hecho tecnológico si no abre un puente estable de relaciones con los profesionales de la ciencia y la técnica. El caso de Alstom es paradigmático de ese buen hacer sindical. Por lo que más quieran no dejen de estudiar el documento de los amigos de esa empresa. Sea.

(2)      Marcelino Camacho: "El fetichismo y la realidad", Cuadernos para el diálogo (Junio de 1964)