domingo, 2 de octubre de 2016

Después del Comité federal



Santa Fe, la ciudad cuatriarcada, celebra sus primeros 525 años.

Parece que lo presentía el viejo romance de frontera: «En tan grande polvareda / perdimos a don Beltrán». Esta sería la versión de los allegados a Pedro Sánchez. El sector banalmente llamado crítico cambiaría el perdimos y diría liquidamos. Sea como fuere, en OK Ferraz don Beltrán cayó gracias a las puñaladas visigóticas de sus detractores.

La revista digital Infolibre da cuenta de un sucedido que narra el origen del ascenso de Pedro Sánchez a la secretaría general del PSOE: «Este chico no vale, pero nos vale. Porque se trataba de guardar la silla mientras se esperaba a una mejor coyuntura para el salto de Susana Díaz desde Sevilla a Madrid» (1). Que es indudablemente una magistral lección de marrullería política. O, en otras palabras, como la doña sevillana todavía no las tenía todas consigo indica a Sánchez como secretario general con fecha de caducidad. Ahora no importa si la inspiración era de su cosecha particular o un consejo del secretario general perpetuo del partido. Ahí, probablemente, empezó la «grande polvareda», si es que debemos darle veracidad a la noticia de Infolibre.

Don Beltrán –o sea, Pedro Sánchez--  no parece haber estudiado la compleja historia medieval de aquella España – al Andalus. Que la mayor parte de las guerras entre moros y cristianos no se basaron en la afirmación de la Cruz o la Media Luna. Fue esencialmente una pugna por el poder territorial de todos contra todos: de los cristianos entre si y de todos ellos contra los moros; de los moros entre sí y contra los cristianos. Hasta el llamado Cid Campeador batalló –mercenario él— contra unos y otros según convenía a su peculio y ambición territorial.

Tampoco Pedro Sánchez entendió a tiempo que su liderazgo formal dependía de su enfeudamiento al secretario general perpetuo y a su Enviada en la Tierra. Más todavía, nadie le dijo que las lealtades en política recuerdan al azucarillo que, vertido en un líquido, dura lo que dura. Y lo que, tal vez, ignoró fue que un líder formal se convierte en real cuando propone y consigue un proyecto estratégico para su partido que le saque de la parábola descendente en la que está sumido. Si no lo hace, su debilidad y precariedad irán en su contra.

Así las cosas, lo único que se ha hecho visible en esta polvareda, que se ha llevado a don Beltrán, era o la abstención en la sesión de investidura a Rajoy o el famoso «no es no». O sea, un conflicto interno –no irrelevante, desde luego— pero no ´ideológico´. Que visto serenamente es impensable que en un partido, considerado consistente, pueda motivar un embrollo de tan colosales dimensiones. Aquí hay más chicha de la que aparece en la pantalla. Y algo de ello comentábamos ayer en ¿Cómo acabará el Comité federal? (2). Y, al igual que Pereira, lo sostengo hasta que no haya una argumentación que me convenza de lo errado que voy.

Puestos a aventurar una hipótesis, diré que el PSOE no se romperá, aunque la crisis tenga repercusiones, incluso serias, en sus estructuras. Es decir, habrá secuelas, pero se controlará la (metafórica) sangre derramada.  Más todavía, los allegados al «no es no» irán menguando porque todavía hay mucho mondongo a repartir. Y, así sucesivamente, hasta la aparición de otra nueva crisis. Por otra parte, a los poderes fácticos les interesa  un PSOE debilitado, pero no al borde de la Extremaunción. ¿Con quién si no concretar un retorno al bipartidismo, con quién negociar algunas novaciones legislativas que sólo serían una ligera mano de pintura con apariencia de regeneración?

En síntesis, el PSOE recuperará el alcanfor del secretario general permanente y entonará las coplillas de la famosa zarzuela: «Pos demos otra vuelta a la manzana». Y así sucesivamente.