miércoles, 22 de junio de 2016

La industria en los programas electorales



Comisiones Obreras ha mostrado recientemente su antipatía a la ausencia de la industria en los programas electorales de los partidos políticos. Debemos decir que el sindicato no acostumbra a hablar en balde. En todo caso, para curarnos en salud, lo hemos comprobado: ni la vieja grasa industrial ni los indicios de la innovación tecnológica en el sector aparecen en los prospectos electorales. No están en los papeles de la vieja política y, tres cuartos de lo mismo, tampoco figuran en las fuerzas emergentes. En los discursos de unos y otros nadie dice ni oxte ni moxte sobre el particular. Por lo que se ve, los candidatos son pocos industriosos.

Hay casos que parecen explicarlo. Por ejemplo, en las derechas, de caspa y brillantina, se dijo en su día que «la mejor política industrial es la que no existe». Un constructo que acabó contagiando a aquel Solchaga a mediados de los años 80 y que posteriormente nadie enmendó. Sin embargo, nada disculpa que, en la izquierda que quiere gobernar, se dé el mismo o parecido silencio. Digamos, pues, que en los prospectos electorales de unos y otros hay algo más que una laguna muy preocupante. Entiendo que, así las cosas, ya no se corresponde con aquella educada expresión de Bruno Trentin, «la política está distraída en este asunto», pues en esta ocasión lo más atinado sería que, al menos en la cuestión industrial, la política está en la inopia. Recuérdese que el DRAE explica que la inopia es equivalente a pobreza, indigencia, escasez. Todo ello a pesar de que la industria da de comer, ahora menos que antes, a millones de personas, directa o indirectamente.

Alguien, rizando el rizo, me diría que ese silencio es una consecuencia más de la derrota de los capitales industriales frente a los especulativos; otros afirmarían que ello es fruto del minifundismo industrial de nuestro país. Y no faltará quien haga notar las grandes dosis de superestructuralismo de los prospectos electorales. Sea como fuere, la cuestión industrial se ha quedado como el gallo de Morón: sin plumas y con lánguido cacareo.

Quedan pocos días para corregir esa orfandad. Esperemos que aquellos que misteriosamente llamamos los nuestros  digan cuatro cosas, preferentemente bien dichas.