jueves, 9 de junio de 2016

Cataluña: ¿se acabó el carbón?




Finalmente la CUP en esta ocasión no dio su brazo a torcer negando su apoyo a los Presupuestos elaborados por ERC y Convergència democrática de Catalunya. Es, sin lugar a dudas, un fuerte golpe al espinazo del soberanismo desde sus mismas entrañas.


Primer tranquillo

Desde las filas de la esquerranovergència no se han hecho esperar los reproches y las invectivas, los originales gritos de traición y las maldiciones contra los cuperos. «Han roto el pacto de estabilidad de legislatura, afirman tronitronantes los jóvenes coroneles de CDC»; «Han vuelto a poner palos en las ruedas al proceso soberanista», cuchichean los de ERC; y, simultáneamente, ciertos florones del grupo parlamentario de Puigdemont – Romeva viven sin vivir en ellos mismos, a la espera de que alguien levante la guitarra y cante aquello de «No és això, companys, no és això».

Efectivamente, la CUP ha roto el pacto. Ahora bien, entiendo que ya es hora de añadir algo que no suene tan manido como, desde ciertos ángulos, se ha dicho: un pacto antinatura entre los instalados de Artur Mas y los anticapitalistas de la CUP. Allí se estipulaba que los cuperos aprobarían toda proposición de ley y de iniciativa del gobierno y del grupo Junts pel Sí. Toda quiere decir exactamente toda. A cambio Salomé bailaría la danza de los velos con la cabeza de Mas. La CUP, además, daba por sentado que toda –lo que exactamente quiere decir toda— iniciativa se tomaría por acuerdo entre cuperos y la gente de Puigdemont. Sancta simplicitas. Los comillos retorcíos de los otros nunca pensaron cumplir el pacto. Mientras que las almas de cántaro de los cuperos prefirieron creer que los otros no se atreverían a provocar la ruptura. Que dicho acuerdo fuera «anti natura» (siempre según algunos) es lo de manos. En realidad fue un apaño de circunstancias con fecha de caducidad implícita. Los esquerranovergentes pensaron engañar a la CUP pegándose un tiro en su propio escroto.

Segundo tranquillo

Ahora bien, en el fondo es el resultado de un proceso entrópico en el que ha entrado Cataluña como resultado de: a) una lectura errónea de las últimas elecciones autonómicas, que (b) llevaron a los soberanistas a pensar que se había desbrozado lo que fundamentalmente impedía la marcha a la independencia. Esta entropía se caracteriza, aproximadamente, por un visible reflujo del secesionismo, una lucha soterrada entre las fuerzas políticas que lo patrocinan y una pérdida de autoridad de Cataluña en, por lo menos, dos mil quilómetros a la redonda. Todo ello en un contexto de desorden europeo, una crisis económica que sigue estando ahí. Y en medio de todo ello el mazazo que propinó Moody´s rebajando la deuda catalana de B2 al B3 a la altura de los bonos de Bangladesh y Georgia. Digamos, entre paréntesis, que dicha calificación nos parece tan exagerada como absurda y probablemente indiciada políticamente por ciertas covachuelas carpetovetónicas.

Tercer tranquillo

Estamos, pues, sin presupuestos. El president de la Generalitat, tras la votación adversa de todos los grupos parlamentarios (incluida la CUP) sube al estrado. Y anuncia que piensa a someterse a una moción de confianza en…  ¡otoño!  Lo que está bien  a las claras que piensa ir tirando como pueda durante estos meses. Lo lógico, dadas las actuales circunstancias, es que dicha moción se desarrollara con carácter de urgencia. Esa sería, sin embargo, la lógica de país. No obstante, Puigdemont sabe que su partido está en un proceso de reconversión—reestructuración, que sus relaciones con Esquerra son de disimulada cortesía y que sus previsiones electorales partidarias (así en Cataluña como en las generales) parecen formar parte de la entropía que antes hemos señalado. Con lo que hay que ganar tiempo.  Pero confiar en ello es equivalente al dicho de «quien tiene un tío en Graná, ni tiene tío ni tiene ná».