lunes, 27 de junio de 2016

La humillación




Ya conocen ustedes los resultados. Son, sin lugar a dudas, una humillación. La derrota ha sido tan formalmente inesperada que cuesta trabajo dar una explicación con cara y ojos de lo sucedido. Y mucho me temo que oiremos pocas voces sensatas que expliquen con fundamento el resultado de estas elecciones: el Partido Apostólico saca pecho e incrementa su representación, los socialistas retroceden nuevamente y Unidos Podemos pierde más de un millón de votos con relación a las anteriores generales.

Hasta la presente conspicuos dirigentes del PSOE, especialmente doña Susana Díaz y la cabeza de cartel por  Barcelona, parecen conformarse con: menos mal que hemos frenado a Podemos, la primera; la culpa de esto es de Podemos, la segunda. Que en el fondo son la traslación del viejo aforismo «mors tua vita mea» y del chusco «tuerto yo, ciego tú». Que, en todo caso, ni siquiera pretenden explicar lo ocurrido.

¿Por qué ha ocurrido este descalabro caballuno? Les confieso sin rubor alguno: no tengo la menor idea. Yo hacía como aquel Vicente que estaba en la corriente de lo que decía (una parte de) la gente. Por si alguien ha leído en diagonal repito: no tengo explicación razonada de lo que ha pasado. Y, aunque todavía es pronto, todavía nadie ha explicado los motivos.

Cierto, se multiplican los comentarios de que los resultados del brexit nos han jugado una mala pasada. Tal vez. No tengo los datos suficientes para llegar  a dicha conclusión. Así es que, para futuros comentarios, pongo en barbecho ese motivo. De momento lo único que puedo decir es una obviedad de analista de barriada: de un lado, en los cielos hay más gaviotas; de otro lado, la izquierda  que no reforma y la que no transforma han perdido plumaje.

Ahora bien, tan sólo se me ocurren dos sugerencias: las izquierdas, que han salido derrotadas, deben evitar que, a partir de ahora, la legítima competición política se oriente, tras esta derrota, en más división; para ello, cada cual debe partir de sus propias responsabilidades en su fracaso particular, no en el del otro. Y algo más, las casas de las izquierdas, políticas y sociales, tienen demasiadas goteras, muchos desconchados y, con los postigos cerrados, hay poca ventilación. Ni con una mano de pintura se resuelve el problema. Se necesitan obras estructurales desde los fundamentos al tejado, pasando por las paredes maestras. El «quítate tú que me pongo yo» no es un mandamiento conveniente.


Por lo demás, sigue en pie mi indocumentación del por qué nos han dejado sin dentadura.