domingo, 12 de junio de 2016

Independentismo y proceso catalán




(Un intento de explicación)


En ciertos ambientes, así en Cataluña como más allá del Ebro, se da por sentado que el independentismo en Cataluña está de capa caída o, afirman otros más rotundamente, en crisis.  A petición de algunas amistades de la Hispania Ulterior me dispongo a dar mi opinión, aunque tartamudeando, sobre tan importante cuestión.

Primer tranquillo

Puestas así las cosas –esto es, el independentismo en tanto que corriente de opinión— yo día que  dicha afirmación no es exacta. Otra cosa distinta es el proceso (procés) y su «hoja de ruta». O sea, entiendo que no es prudente confundir ambos términos: independentismo y procés. Aunque dicho sintagma se refiere directamente a la secesión de Cataluña. Digamos, pues, que el independentismo es la opción política de centenares de miles de personas que, para entendernos, quieren irse de España y formar un Estado propio. El procés y su hoja de ruta es el mecanismo que, según ellos, lo haría posible. Así pues, confundir lo uno con lo otro sería desacertado. Por estas razones: se hace un diagnóstico fallido y, de ahí, no se atina en las soluciones, naturalmente si es que se desea arreglar el problema.

Segundo tranquillo

Lo que está ocurriendo en Cataluña es que se mantiene el número de partidarios de la independencia, que supera grosso modo el millón de personas. Sin embargo, el procés está empantanado. El tablero político parece explicarlo. De un lado, la lectura voluntarista que los dirigentes de Convergència –especialmente Artur Mas— tras las últimas elecciones autonómicas se caracterizaron por una aparente paradoja: la lista de Mas, Junts pel Sí, sale vencedora, pero el resultado no es un plebiscito, objetivo fundamental de Mas y sus acompañantes. Ganar unas elecciones se mide por escaños; el plebiscito lo da el número de votos, y estos no plebiscitaron la independencia. Con lo que el plebiscito quedó derrotado con claridad.

De otro lado, en dicho tablero político, existe un litigio sordo entre los convergentes y ERC. Para decirlo plásticamente: el gallo convergente va perdiendo plumas mientras que el gallo de los republicanos amplía su plumaje. Los convergentes van perdiendo autoridad, apareciendo como los únicos responsables del extraño pacto con la CUP, que consiguió la defenestración de Artur Mas y la investidura de Puigdemont, mientras ERC se sitúa en la centralidad de la política independentista. Peor todavía: no hay un mensaje unívoco por parte de CDC, mientras que en Esquerra hay un consenso macizo, al menos hacia afuera, en torno a la independencia y al procés. Hasta tal punto hay tantos mensajes diversos en CDC que incluso se puede apreciar la aparición de contrastes, no irrelevantes, entre Artur Mas y el president Puigdemont. En todo caso, también en esta segunda ocasión, el sonado corte de mangas de los cuperos a los Presupuestos de la Generalitat ha perjudicado a los convergentes, aunque el padre de ellos era Junqueras, primer espada de los republicanos. Lo que no deja de ser paradójico y –dicho entre nosotros sin segundas--  da que pensar. En el movimiento orgánico del independentismo, nucleado en torno a la Assemblea Nacional Catalana, ocurre tres cuartos de lo mismo: una pugna sorda que se ha visto en las últimas elecciones internas. 

Tercer tranquillo

El proceso podrá entrar en otra fase tras las próximas elecciones generales. Porque, ahora se juega (aparentemente) otra cosa, en las actuales circunstancias cualquier elección en Cataluña tiene una poderosa relación con el procés, aunque exactamente en menor medida con el independentismo, visto cuantitativamente. Sugiero que este matiz no se eche en saco roto.  Esperemos, pues, qué relación de fuerzas se abre después de las generales en España. Y qué pasará en su segundo acto importante, esto es, la convocada política, aunque no formalmente moción de confianza a Puigdemont. Que se supone se hará –cosa que ya se verá--  después del 11 de setiembre con las novedades que pueda traer.

Cuarto tranquillo

No digo que el procés no tenga importancia. Afirmo que lo relevante es el nivel de adhesiones que dispone y el que pueda seguir concitando el independentismo. Porque es en ello donde se concretan las posibilidades de toda operación plebiscitaria. Más todavía, deberían analizarse con rigor qué naturaleza tiene el independentismo tal como se está dando en Cataluña. De momento –lo diremos con un avisado Josep Ramoneda en una Nueva mutación catalana, El País Cataluña, 11 de junio 2016— «la raíz del problema está en una estrategia de escalada que no se corresponde con la fuerza real disponible», es decir, la base cuantitativa del independentismo. Ahora bien, más de un millón de independentistas no es algo irrelevante. Por supuesto, es insuficiente para un proyecto tan ambicioso como la consecución de un nuevo Estado. Pero no lo es para mantener en vilo la política española y catalana. Máxime cuando una buena parte de esa cantidad de personas se distinguen por un activismo militante del que no gozan sus fuerzas adversarias. Lo que, sin duda, provocará que el núcleo fuerte del independentismo se mantendrá, incluso si es derrotado, durante décadas. 

Quinto tranquillo

Hay quien mantiene tesoneramente que el nacionalismo sigue siendo el residuo o la inercia de una cultura arcaica. Pero ello no se compadece con el salto tan rápido y espectacularmente cuantitativo de quienes se declaran independentistas. El nacionalismo no es solamente los residuos de antaño; es, sobre todo, el resultado de la consunción de las izquierdas tradicionales catalanas, cuyo resultado ha sido la diáspora de miles de sus cuadros y activistas hacia el nacionalismo. Lo que ha sido referido en incontables ocasiones, pero no suficientemente analizado.

Una hipótesis de aproximarnos a la solución del problema catalán, que dicho con más precisión es el problema español, pasaría porque las izquierdas fueran realmente sujetos políticos  útiles en este mundo de la global innovación y reestructuració, haciendo visibles un bloque social de izquierdas, creadoras de hegemonía, que es algo más que mayorías. De unas izquierdas que vayan concretando itinerarios de unidad de acción, no sólo para gobernar sino para que la sociedad consiga, también, su propia auto reforma. De ahí que nuevamente aconseje la lectura de toda la literatura de Bruno Trentin y, especialmente su obra canónica: La ciudad del trabajo, izquierda y crisis del fordismo en  http://metiendobulla.blogspot.com.es/