domingo, 25 de marzo de 2018

El juez Llarena contra Hegel



Cada vez que el independentismo entraba en una fase de mayor auto acorralamiento aparecía algo que, cual balón de oxígeno, le daba fuerzas para continuar su caminata.  Hasta hace unos días todo indicaba que se había entrado en una situación distinta: enfrentamientos entre las fuerzas secesionistas; desagregación en sus filas de grupos diversos (posibilistas, extremistas y hasta revisionistas); grietas entre el ´interior´ y el pintoresco «espacio libre del exilio» con el hombre de Waterloo que va del caño al coro y del coro al caño…, que iban haciendo irreconocible los objetivos de la independencia y la república. De un lado, las encuestas informaban de la caída de diez puntos del independentismo; de otro lado, desaparecían del Camp Nou las estelades y los cánticos. El independentismo veía hasta qué punto confluían las crisis de proyecto, liderazgo e instrumentos. Era una crisis provocada esencialmente por el acoso de la Brigada Aranzadi, no por la política. En ese contexto, mientras tanto, surge una importante efervescencia en las calles y plazas españolas: la acción oceánica del 8 de Marzo y las manifestaciones gigantescas de los pensionistas y jubilados. Que acorralan al gobierno de Mariano Rajoy.  

Pues bien, en esa nueva situación apareció algo. Un juez campeador, don Pablo Llarena, decide de manera imprudente encarcelar al candidato a la presidencia de la Generalitat de Catalunya y a un grupo de notables. Justicia enfática, que diría elegantemente, evitándose de manera inteligente problemas innecesarios, Paco Rodríguez de Lecea (1). Es más, don Pablo, no lee el discurso de profunda rectificación del candidato Turull, que tiene una inequívoca naturaleza autonomista. Ese es el reproche que hace la CUP que le niega la investidura. En resumidas cuentas, un discurso que trazaba el itinerario autonomista de la legislatura que podría haberse abierto al tiempo que era la expresión de un rotundo fracaso. Y, hablando en plata, un discurso que hacía visible la auto derrota del independentismo político.

El imprudente énfasis de la decisión del juez campeador no ha tenido en cuenta sus consecuencias. Me atrevo a decir que dicha decisión provoca unas consecuencias que un magistrado sensato, que administra la justicia sin adjetivos, podría haber evitado. De momento, los presos cuentan con el apoyo de la Iglesia catalana y no sólo de los curas trabucaires. Consternado está el arzobispo de Tarragona, adscrito al Opus Dei; y, no hace falta decirlo, el Abad de Montserrat está que se sube por las paredes. Es la iglesia institucional, no los curas de olla.

Las consecuencias: lo que estaba en precario reaparece ahora zurcido, aunque no sabemos durante cuánto tiempo resistirá. Hasta los comunes de Domènech se adhieren a un ´frente patriótico´, que –de ponerse en marcha-- provocará mayor enfrentamiento en la sociedad. Y, hace falta decirlo, vuelve a la calle la agitprop del independentismo, que hasta hace muy pocos días estaba de capa caída. Es lo que tiene la «justicia enfática», la que hace abstracción de las consecuencias. O sea, el «hágase justicia y perezca el mundo». El juez campeador podría haber seguido la radical enmienda que introdujo Hegel, seguramente harto de tanta imprudencia: «Hágase justicia para que no perezca el mundo».

Última hora.--- En otra ocasión abordaremos la detención de Carles Puigdemont en Alemania.


 http://vamosapollas.blogspot.com.es/2018/03/confluencia-de-irresponsabilidades.html

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