miércoles, 21 de septiembre de 2016

A propósito de Paula Bach, los robots y China



Javier Velasco
Doctor en Ciencias Económicas


Paula Bach es una economista argentina que tiene la ambición marxista de analizar y comprender el mundo que le ha tocado vivir. Sus análisis son ambiciosos y es capaz de relacionar factores que otros no ven. Este artículo responde a la atrevida orden de José Luis López Bulla para que escribiese algo sobre la relación inesperada de la robótica con las aspiraciones bélicas de China, que la Bach intuye en un trabajo de la revista Izquierda Diario. Yo, encantado. El esfuerzo ha sido grande porque Paula Bosch no se deja capturar fácilmente. En sus escritos se amontonan ideas con una estructura expresionista, como los cuadros de Carlos Saura: con un orden desordenado. Por eso no voy a hacer referencias constantes a su labor.

La reflexión de Paula Bach tiene su causa en la sorprendente y, quizá, hipócrita,  declaración del G-20 en Hagzhou de este año 2016. Bach ha respondido un con artículo que ha, provocativamente, titulado “Robótica, productividad y geopolítica”. Es la respuesta a la "cumbre de los grandes", que son un espejo de los dislates que el neoliberalismo ha causado, y que difícilmente podrán llevarse a cabo dentro de un sistema agotado. Sin embargo, son interesantes. Se puede leer la petición de subida de salarios e inversión pública; un nuevo programa de políticas estructurales para hacer frente a las desigualdades; acción respecto al empleo juvenil, la integración de migrantes y las brechas de género; acción decisiva para cumplir la ambición respecto al clima y lograr un cambio tecnológico socialmente aceptable; establecimiento de un sistema internacional de comercio e inversiones responsable. Cualquiera de nosotros puede firmar estas propuestas. Sin embargo, las políticas siguen siendo exclusivamente de ajuste y es que no es tan fácil realizar estas ideas dentro de una exclusiva razón de mercado. La Bach responde, en parte, a este ejercicio de cinismo. He intentado inspirarme, e interpretar, a partir de  varios artículos publicados en Paula Bach publicaciones.

La síntesis constará de tres partes, las que me han parecido más sobresalientes en los diferentes escritos de Bach. En primer lugar, analizaré lo que es un punto fundamental en el presente económico: el descenso del crecimiento y la dificultad de llevarlo a los niveles del periodo 45-65. El crecimiento no se recuperará y eso ha provocado múltiples respuestas para salvar el modelo político, con consecuencias letales para los trabajadores de los países centrales. Se ha llamado a este fenómeno “estancamiento secular”, a ello dedica Bach múltiples comentarios.

Una segunda parte la dedicaré a describir las diversas posturas que se han producido por el fallecimiento del crecimiento; unas voluntariamente realizadas y otras automáticas e improvisadas. Esas respuestas, aunque a corto plazo palien las consecuencias de la crisis, suponen un agravamiento de la propia crisis, con consecuencias sociales y políticas graves.

Por último, veremos que en un mundo intensamente interrelacionado, la respuesta especifica de búsqueda de incremento de la productividad  por la robotización ligada a la debilidad creciente del modelo chino, está alentando posiciones ofensivas en China, en su búsqueda de fuentes de acumulación y de inversión.

Hay una conciencia generalizada de que la crisis económicaestá causada por un atasco permanente en el crecimiento económico,  lo que se ha venido a llamar un “estancamiento secular”.  Alrededor de la explicación causal de este fenómeno se está produciendo una lucha ideológica no sin consecuencias. Pero, para llegar a explicar a que se llama estancamiento vamos a hacer historia.

El mundo, como lo conocemos, ha padecido tres grandes crisis: en 1873, en 1929 y, la actual, en 1970. Esta última dura ya  más de 40 años y no tiene perspectiva de resolverse. En ese periodo ha habido algunos acontecimientos que han hecho creer en unarecuperación (boom del sector de telecomunicaciones, inmobiliarias), pero no han tenido continuidad. Vayamos, pues, a 1970 para saber cómo se han sucedido los acontecimientos. Y veamos las posiciones sobre las causas del estancamiento secular.

El crecimiento ya no es lo que era: el estancamiento secular.

El modelo de acumulación en que se basó el sistema capitalista de posguerra se estaba agotando  a finales de los sesenta en los EEUU, aunque en otros países se andará con retraso, como es el caso de España.  Esto quiere decir que se empezaron a vender menos productos y servicios y que se gastó menos en inversión, tanto pública como privada. La lógica consecuencia es que las empresas empezaron a tener menos ganancias o llegaron a tener pérdidas. Lo que sucedió lo describe, de manera excelente, Gordon en su trabajo sobre la caídaeconómica de Estados Unidos. Gordon nos dice, en un trabajo exhaustivo, que el racimo de tecnologías que se implantaron a partir de lo años 20 y a partir de la segunda guerra mundial cambiaron la geografía, la civilización material e incorporaron a las masas a un consumo confortable, más allá de la supervivencia proletaria. La demanda agregada (el consumo más la inversión) aumentó constantemente estimulada por la construcción de carreteras, viviendas, utensilios, infraestructuras y por la descomunal emigración del campo a la ciudad. Cuando todo este proceso se empezó a culminar es cuando descendieron las ventas, las inversiones y, en consecuencia, las ganancias. Gordon no puede imaginar que las tecnologías actuales tengan un impacto tan arrollador como las que configuraron el mundo actual, de ahí la crisis de crecimiento. A partir de los 70 empiezan las respuestas del sistema ante el comienzo de un periodo, que sigue hasta nuestros días, de estancamiento secular, de descenso del crecimiento económico y de la tasa de ganancia. Para Gordon, el crecimiento económico ya no será permanente y alto, sino débil y errante. Eso supondrá significativas convulsiones políticas.

Para Summers el estancamiento secular se debe a la incapacidad del mundo industrial para crecer a tasas satisfactorias incluso con políticas monetarias laxas (tipos de interés bajos, suficiente dinero disponible para invertir). Para este economista, cinco son las causas principales de que esto suceda. La primera se basa en la idea de que el envejecimiento de la población y el crecimiento lento en el número de personas en edad de trabajar implica una menor demanda y una menor inversión.

La segunda causa para Summers es el descenso de la productividad, que ha pasado del 4% en la época de crecimiento fuerte al 2,5% a partir de 1970. Hablaremos de esta tautologíamás adelante.

La tercera causa seria la inversión menguante. La falta de oportunidades de obtención de beneficios (acumulación) restringe la inversión y la reinversión; los beneficios que se obtienen no se utilizan para la compra de nuevo capital que amplíe la producción, al menos en su totalidad, y las empresas se encuentran con un dinero abundante, lo que se llama ahorro. Es un fenómeno singular, vinculado a la falta de crecimiento, el que las empresas sean las principales fuentes de financiación (lo de Zara y sus especulaciones inmobiliarias son un testimonio de lo que está pasando).

La cuarta causa es la desigualdad creciente en la distribución de la renta.  Summers explica que la desigualdad de la distribución de la renta es un factor explicativo del estancamiento de la demanda agregada (del consumo y de la inversión): los hogares no gastan y las empresas no invierten. Por otra parte, la escasa propensión a consumir de los ricos (la propensión al consumo es el porcentaje de consumo sobre el total de la renta que se ingresa) significa que esas capas ahorran mucho; ese exceso de ahorro las empresas no lo pueden utilizar porque, como se dijo, no hay oportunidades de inversión. En suma, toda esa montaña de dinero formada por los beneficios de las empresas y el ahorro de la clase más rica (la liquidez), viaja por el mundo prestando para incitar al consumo e invirtiendo en inmobiliarias y acciones de bolsa, eso provoca crisis financieras espectaculares.

La quinta causa es, ironías de la vida, la ausencia de grandes guerras. Una de las teorías más generalizadas sobre el crecimiento económico es que las dos grandes guerras, sobre todo la segunda, supusieron una destrucción tan importante que permitió relanzar la economía a niveles insospechados, sobre todo porque supuso una oportunidad de aplicar las nuevas herramientas tecnológicas desde cero. La imposibilidad de una guerra de la categoría de las anteriores  hace que esta vía sea imposible. Afortunadamente.

Summers, al igual que otros economistas cae en un error interesado. Si se centra  en los efectos en lugar de las causas  consigue dos cosas: no salirse de la lógica de acumulación del sistema de mercado (no funciona algo y no que no funciona el todo). Las cinco causas son una consecuencia lógica del descenso de crecimiento. El envejecimiento de la población es el único que puede tener una causa independiente, pero es obvio que los factores que llevan a ello son la imposibilidad de una adecuada tasa de natalidad compatible con el descenso de la producción. Producción que al bajar lleva, inexorablemente,  a un descenso de la productividad porque se produce; proporcionalmente menos con una población que desciende menos que dicha producción. El descenso de la productividad es un resultado aritmético motivado por la imposibilidad de crecer que tiene el sistema de consumo de masas. Es evidente que si se produce menos y, en consecuencia, se tiene menos productividad porque la población ya no compra ni invierte, pues la inversión empresarial decae y eso provoca nuevo debilitamiento de crecimiento. Un galimatías.

Merece especial atención la desigualdad. La desigualdad no ha caído del cielo: es una consecuencia del descenso del crecimiento y de los consiguientes beneficios empresariales.  El descenso de la tasa de ganancia, vamos.

En efecto,  las respuestas fulgurantes de las empresas ante el descenso de su tasa de beneficios y de oportunidad de reinvertir han tenido como objetivo la recuperación de dicha tasa. Una ha sido la inversión en los países emergentes y la deslocalización y la otra la innovación tecnológica en sus empresas.

Las respuestas ante el descenso del crecimiento: Nixon y Mao en 1972 y otras cosas.

Los Estados Unidos siempre han tenido dispositivos de análisis y pensamiento estratégico y, ante la debilidad económica de los 60,  dieron en 1972 un paso enormemente audaz: cambiar la idea de aislamiento de China por la de colaboración.  Magistral. Nixon se reunió con Mao y desbloqueó las relaciones EEU-China para poder lanzar un proyecto de crecimiento a largo plazo. Carter cerró el ciclo con la apertura de relaciones en 1978: se estaba dado el gigantesco paso hacia la globalización. A partir de ahí se demoró la depresión y empezaron a estallar los micro conflictos sociales y políticos que llegan hasta nuestros días.

Pero esta medida estaba fuertemente unida a un racimo de otras iniciativas. En primer lugar, los EEUU rompieron la disciplina monetaria, que les unía a los otros países capitalistas a partir del acuerdo de Bretton Woods, que fijaba el valor de todas las monedas al dólar y este al precio del oro. Esta ruptura iba a permitir que el gobierno norteamericano pudiese fabricar billetes en cantidades inimaginable, que buscaban un reverdecimiento económico unilateral. En teoría esto supondría la posibilidad de incrementar el gasto público y alentar el consumo y la inversión y, en consecuencia, conseguir más crecimiento económico. Pieza importante en esta estrategia la  jugaba China. Grandes inversiones de los países capitalistas se dirigieron hacia allí para realizar su capital excedente y recuperar sus tasas de beneficios. El gobierno chino de Deng Xiao Ping ofreció  la vía de una economía de mercado “no capitalista” cuya principal fuente de impulsión era el trabajo barato y superexplotado. A cambio se instituyo un control estricto para que China pudiese participar de esas inmensas plusvalías.

El caso fue que, buscado o no, se creó un maridaje estrecho entre China y EEUU que funciono de manera excelente pero con oscuros resultados para el futuro. El plan de globalización supuso que, efectivamente, el consumo de la población norteamericana subiera espectacularmente por el aumento de dinero puesto a disposición de los bancos por el gobierno de los EEUU, que imprimía sin cesar billete tras billete. Pero el aumento de la demanda no producía un proporcional aumento de la inversión en los EEUU y, lógicamente, no creaba empleo suficiente. ¿Por qué? Porque, por falta de perspectivas de ganancia en los EEUU,  gran parte se deslocalizaba en China y en los nuevos países emergentes. ¿Cómo pagaban los consumidores norteamericanos sus compras? Pues con créditos de todas las características, que el sistema bancario le ofrecía sin ningún freno de responsabilidad y animado por el mar de dinero que surgía de la Administración.

Al otro lado del Pacifico, China se beneficiaba enormemente de su alianza y obtenía descomunales beneficios que, a falta de una demanda interna solvente por los bajos salarios, colocaba en deuda norteamericana que, a su vez, financiaba gasto público que, en círculo virtuoso, provocaba más demanda y así hasta que las deudas impidieron seguir. Sin embargo, esta operación provocó un mar de  plusvalías y de dinero, una montaña de liquidez en busca de inversiones rentables que no existían. Entonces se dedicaron a especular y provocaron la crisis financiera.

El final de esta historia empieza cuando China se agota como recurso para los países centrales del mundo desarrollado y empieza a entrar en crisis. A partir de ese momento un país no democrático, con sus elites en peligro, empieza a ser preocupante y peligrosa.

A todo esto, un pequeño virus andaba enredando en esta batalla por mantener el sistema y sus jerarquías: la tecnología. Y es que ya desde 1961 existía el potencial para abordar una enorme transformación de los procesos de producción, distribución y comercialización, pero solo a partir de los 70 se puso en marcha la aplicación de conocimientos a los modelos de empresa. Pero no debemos engañarnos, la puesta en marcha de este gigantesco proceso de innovación no fue la imaginación creadora del ser humano, si no la recuperación de la tasa de ganancia empresarial. Por eso las tecnologías nuevas tuvieron su objetivo en los procesos  de producción y venta de productos y servicios y no en quimeras útiles, como fue el caso de la tecnología de la II Revolución Industrial. Esto va a tener graves consecuencias para los trabajadores pero, también, para el propio sistema, llevando al capitalismo a los límites finales de su adaptabilidad.

El salto mortal de esta historia se produce cuando las Tecnologías de la Información, cada vez más sutiles y poderosas, se aplican a las máquinas y, entonces, nace algo que, utilizado para la ganancia, va a situar a la sociedad al borde de la descomposición: el robot.

La robotización: ¿El principio del fin? ¿Y China?

Por robots se puede entender a máquinas que pueden reemplazar el trabajo humano a través del uso de programas de ordenador, que dirigen el movimiento de piezas para realizar tareas que empezaron a ser simples pero que cada vez son más complejas. Internet ofrece la posibilidad  de conectar las máquinas entre sí y con redes comunes, con lo que se pueden controlar y operar desde puntos remotos obteniendo los niveles de producción deseados

Todo aumento en la producción por encima del aumento de los que trabajan es aumento de la productividad. Pero esa productividad solo permanecerá y aumentará si lo que se puede producir se puede comprar. Esa es la paradoja de la productividad que hace improbable la continuidad del capitalismo como lo conocemos. O se cambia la lógica global o nos hunde. Los robots han sido concebidos, en su mayoría,  para disminuir costes laborales y ello debilita la demanda impulsora del crecimiento, cuando, como dice Paula Bach, deberíamos hacernos preguntas como: ¿Será capaz la humanidad de poner a su servicio un producto tal de la inteligencia colectiva?

Hasta ahora, el instinto de supervivencia más básico del capitalismo es el consistente en impulsar el cambio tecnológico. Se ha transformado la agricultura, la salud, el transporte y todos los ámbitos de la actividad vital y nos encontramos que incluso los avances más positivos están viciados debido a que la mayoría de las tecnologías no son compatibles en la forma actual con la acumulación de capital que necesita el sistema para poder seguir funcionando, sin hablar del medio ambiente. Solo es capaz de adaptarse creando un mundo desigual con una minoría de trabajos con ingresos desproporcionados a su aportación profesional y una inmensa mayoría de bullshits Jobs (trabajos de mierda).

China se ha beneficiado enormemente de los cambios de emplazamiento de los capitales que no se podían colocar en el mundo desarrollado. Ahora, agotado el modelo de exportación hacia esos países y busca competir por los espacios mundiales de acumulación. Para ello, según su criterio,  tiene que tecnificarse y la sociedad robotizada juega un papel esencial.

La necesidad de abandonar un sistema trabajo-intensivo incrementando la tecnificación tiene dos causas elementales en China. La primera es que, como se decía más arriba, se ha llegado al límite del modelo exportador de productos de bajo valor añadido. En segundo lugar, se va perdiendo la ventaja comparativa salarial por la reorganización y abaratamiento del coste salarial en los países desarrollados.

Ante esta situación, empieza a producirse un giro ofensivo en China con dos ejes estratégicos básicos: la primera es la captación de nuevos mercados para la producción, la venta de mercancía y la adquisición de tecnología; la segunda se refiere a  la creación de una base nacional de consumo lo suficientemente amplia y profunda, con salarios altos, que creen una robusta demanda interna, condición indispensable para ser una potencia mundial. Para la estrategia China, la robotización de su espacio interno es una condición sin la cual es imposible conseguir ese objetivo.

El Partido Comunista Chino, en su tercer pleno del año 2013, elaboró un documento de directivas a 20 años donde se daban los primeros pasos para delimitar el papel del Estado, del mercado y la sociedad, que de ningún modo es despreciable, y está concebido dentro de esa perspectiva de construcción de un país fuerte. A título de ejemplo, se contempla un fortalecimiento de los sindicatos y la negociación, así como una mejor Seguridad Social. Lo interesante es que, como el problema del cambio climático está en la conciencia del equipo dirigente, no solo como riesgo sino como oportunidad de negocio, nos podemos encontrar con que China, al tener institucionalmente, herramientas de planificación a largo plazo, se puede convertir, con ayuda de tecnificación, en un líder mundial del cambio económico. Los países desarrollados tienen élites comprometidas con el paradigma neoliberal que castra las imprescindibles reformas que exige ese cambio climático.

A modo de conclusión: ¿Hay futuro?

Algunas ideas se pueden espigar de este recorrido lleno de dificultades al que nos ha llevado una Gran Recesión que dura 40 años, con altibajos especulativos que supusieron solo espejismos.

No parece plausible un crecimiento permanente, como el que se produjo en los países centrales en el periodo 1945-65. Y el Capitalismo sin crecimiento permanente no puede sobrevivir. La Sociedad de Consumo de Masas, tan ligada al crecimiento permanente, tampoco.

Cualquier intento de reactivación a partir de la ortodoxia económica agudizara los problemas a medio plazo. Entre ellas se encuentran, desgraciadamente las políticas keynesianas antiausteridad. En consecuencia, la izquierda debe buscar otros modelos que,indispensablemente, obligan a un cambio profundo en la sociedad de consumo y en sus instituciones. Una nueva forma de vida.
La irrupción de los robots y sus posibilidades es una, quizás, la única  que tiene el género humano de hacer frente al fin de su civilización al que nos conduce los efectos del actual modelo económico, social y cultural. Hace falta energía y lucidez para el camino que se está viviendo, en el que China es una posibilidad. No debemos ser  pesimistas, al menos por instinto.