martes, 10 de mayo de 2016

De «sillones» y «programas»: a contracorriente





La desmesura que no pocos políticos tienen a la hora de hablar, por no decir la obsesiva facundia, les juega muy malas pasadas. Esta manera de chamullar también es atribuible a las izquierdas nuevas y viejas. Comoquiera que estamos ante una campaña electoral permanente nos encontramos con procesos de negociación, real o simulada, para conformar alianzas de gobiernos posibles o imposibles. (Que ayer se formalizara positivamente el acuerdo entre Podemos e Izquierda Unida es algo que también viene a propósito de este ejercicio de redacción).

Primer tranquillo

Tanto para justificar la tardanza en llegar a pactos como para explicar su negativa a ellos, se argumenta de manera agotadora que lo importante no es el quién sino el qué.  Es decir, lo serio no son los «sillones», una metáfora del quiénes, sino el «programa», vale decir, el qué. Completamente de acuerdo, y no lo volveremos a repetir.  Pero tanta repetición sobre el particular de todos contra todos se está convirtiendo en algo tan sobado que se nos antoja un tópico banal y aproximadamente cretino. De ahí que digamos, a contracorriente, que propongamos una reconsideración sobre los «sillones».

Segundo tranquillo

Recalquemos: en estos casos que comentamos, los sillones son la metonimia de las personas. O, lo que es lo mismo, aquellos que van a aplicar el qué programático que se ha acordado con mayor o menor fatiga. Así pues, parece evidente el vínculo entre el sillón y la persona que, con mayor o menor asiduidad, acostumbra a sentarse. Que se elogie el programa para castigar el sillón, no deja de ser un recurso retórico que puede tener un cariz demagógico o un origen anarquizante, tanto si es subconsciente como si está aflorado. O como, dicho con las abusivas palabras de hoy, populistas.

Pregunto: ¿tiene sentido, así las cosas, hablar de programa al margen de quién o quiénes van a llevarlo a la práctica? No padre, eso sería mera metafísica. Un proyecto no es solamente la literatura programática, sino quién lo gobierna o gestiona su aplicación en un trayecto cierto. Con lo que cabría preguntarse: ¿se es indiferente a que la aplicación del programa lo haga Anás o Caifás, un garrulo o alguien con fundamento? La respuesta parece que no. De donde sacamos una conclusión provisional,  un programa que sea digno de ese nombre requiere, por lo menos, las siguientes características: 1) que sus propuestas tengan un carácter orgánico, compatibles entre sí, por tanto no debe ser un zurcido de retales; 2) la responsabilidad de unos determinados sillones (personas) que lo van a llevar a cabo o el intento de aplicarlo y gestionar sus contenidos concretos.


Con lo que negociar el qué no es una variable independiente de acordar el quién. Por lo demás, seamos conscientes que la burocracia es otra cosa. Y de ella habló, para otras cuestiones, Bruno Rizzi en su libro La burocratización del mundo (Península, 1980).