miércoles, 15 de abril de 2020

Esta vuelta al trabajo: un mapa




Por Javier TÉBAR
La parte de un nuevo abecedario se impone estos días, sucediéndose o superponiéndose a otras de reciente aprendizaje para todos. Hoy estamos ante los misterios del abecedario de la U, la V o la W en los pronósticos sobre la salida de la crisis económica. Los expertos comienzan a deletrear, unos con avidez de conocimiento y con desparpajo indisimulado otros. Durante esta semana se ha iniciado la llamada “deshibernación” económica en España al ampliar la suspensión de la actividad económica que acompañó las restricciones fijadas por el confinamiento, cuando aquella quedó reducida a los servicios básicos y esenciales que han funcionado estas últimas semanas.

El impacto en la economía y el empleo han sido inmediatos y dolorosos. Las cifras manejadas adquieren una dimensión imprevista, socialmente insostenible durante mucho tiempo. El carácter inusitado de su alcance ha devastado el mercado de trabajo: una pérdida de más de 850.000 bajas de afiliación a la Seguridad Social, un aumento de desempleados que supera los 300.000 en un mes y un número de parados de 3,5 millones de personas, unido a la destrucción de 244.044 empleos, este último es el peor dato desde el mes de enero de 2013. Pensemos que probablemente estos son números aproximados que cabría actualizar. En resumidas cuentas, un determinado modelo de crecimiento basado en una estructura productiva que pivota sobre los servicios y se ancla en la precarización laboral habría multiplicado los efectos negativos desencadenados por la pandemia.
Sugiero algunas ideas improvisadas, a modo de guión, para reflexionar durante estos días, aprovechando el tiempo que nos ofrece y nos impone el confinamiento. Diría que, entre otros posibles temas que seguro que el lector ampliará, cabría considerar un quíntuple repertorio de problemas que me permito ordenar no por su importancia sino subordinándolos a mis argumentos, de la siguiente manera:
a) La dimensión y naturaleza del paro.
b) La previsible reestructuración de los sectores productivos.
c) Los aspectos relacionados con un problema que siempre lo fue y hoy deviene central como es la seguridad e higiene en el trabajo.
d) La presencia y el papel de los sindicatos de clase confederales y por extensión al resto del movimiento sindical.
e) Y, por último, la necesidad del Pacto o los pactos, ahora me ahorro el adjetivo, sobre la que se continúa debatiendo.
Me pregunto ¿cómo analizar y actuar frente a las escalofriantes cifras de paro que ya se van acumulando a día de hoy? No sólo en España, miremos las magnitudes de que se ofrecían hace cinco días para el caso de EEUU: ¡el aumento en 6,6 millones de parados en una semana! No parece haber dudas de que la propuesta del gobierno de coalición de Sánchez de hacer frente a la situación a partir de los Expediente de Regulación Temporal de Empleo (ERTE) habría moderado la destrucción de empleo. Los trabajadores afectados siguen dados de alta en la Seguridad Social y en el plazo de seis meses está prevista la vuelta a su puesto de trabajo a partir de una previsible recuperación económica, una vez superada la crisis sanitaria. Esta estrategia para frenar el descenso de la ocupación se ha combinado con la estricta prohibición de la aplicación por parte de las empresas de los Expedientes de Regulación de Empleo (ERE) por causa del coronavirus. Sin embargo, son innegables las dificultades a las que una parte de la clase trabajadora española ya está haciendo frente. Como son innegables las serias dificultades que está sorteando el Ministerio de Trabajo, por mucho que haya reforzado suplementariamente su plantilla, para gestionar ese inmenso aluvión que representan las miles en número de peticiones de trabajadores afectados ERTES para percibir una prestación de la que se hacen cargo las arcas públicas. Una primera conclusión que se puede sacar de lo que ha sucedido hasta aquí es que el mundo del trabajo, y en particular la clase trabajadora de este país han visto como de la noche al día las reglas de juego en el ámbito de las relaciones laborales se han visto desbaratadas.
Por otro lado, el hundimiento del empleo nos alerta sobre los contornos de una previsible recesión de la economía española y de una pérdida importante del PIB para este 2020. El FMI ha pronosticado que la economía española durante este año se moverá en cifras de contracción del PIB del 8% (la CEOE lo sitúa en una caída del 9%), pronósticos que venimos acostumbrándonos a oír o a leer y que no suelen cumplirse en muchas ocasiones, pero que pueden tener sus efectos en la propia economía. El paro alcanzará el 20,8%, acercándose vertiginosamente a los datos de paro de la peor etapa de la anterior recesión económica. El shock puede ser terrible. Aunque todo, insisto, son previsiones en estos momentos. Estos datos no hacen descabellado pensar que los efectos económicos golpearan con extrema dureza a determinados sectores de población, los más vulnerables: aquellos que se incorporen a un mercado del trabajo que difícilmente será el existente antes del 15 de marzo pasado, a las mujeres y a los jóvenes, es decir a los sectores más precarizados, a los parados de largo duración, entre los que se encuentra en un porcentaje notable de los mayores de 53 años.
En cuanto a la previsible reestructuración del sector productivo, las previsiones sobre el sostenimiento del tejido empresarial en un país donde la pequeña y pequeñísima empresa es fundamental son necesariamente poco halagüeñas. Miles de empresas de este tipo no solo pueden ser deglutidas por la crisis, sino que ya han comenzado a desaparecer. Por otro lado, cabría pensar en los efectos sobre determinados sectores en su previsible reestructuración inducida en algunos casos, por ejemplo: ¿Qué va a pasar con el sector automovilístico? ¿Se hundirá o será y saldrá reforzado si entre la población la opción preferente es el transporte privado ante un temor al contagio posible cuando utilice el transporte público? Sin duda, al margen de la opción elegida, esto representará un giro importante en medio de lo que se prefiguraba como una inaplazable transición del modelo energético.
En tercer lugar: ¿Cómo afectará la situación en las formas de trabajo y de gestión empresarial? ¿Seguirá todo igual? ¿Es posible? ¿Es deseable? La aplicación de la guía para el trabajo elaborada por el Gobierno es un tema realmente complejo. Es una necesidad y, al mismo tiempo, ofrece muchas dudas por despejar dadas las dificultades que para algunos aspectos representa su aplicación en todos los centros de trabajo. Los sindicatos han advertido que la mayoría de empresas no pueden cumplir la guía de vuelta al trabajo. Días atrás avisaron públicamente que no se daban las circunstancias para cumplir las recomendaciones de seguridad anunciadas por el Gobierno con el fin de reactivar los sectores no esenciales. CCOO y UGT recordaron que la seguridad de los trabajadores no dependía solo de las condiciones del puesto de trabajo, sino también del desplazamiento al mismo en transporte público. Todas estas son cuestiones difíciles de definir en las negociaciones entre empresas y sindicatos, pero son cuestiones que estos últimos están comprometidos en atender de manera intensa e inmediata, exigiendo a las empresas que cumplan con su enorme responsabilidad en este terreno. Por poner un ejemplo, el pasado 14 de abril, las secciones sindicales de CCOO y UGT comunicaron a la plantilla de SEAT que habían presentado una denuncia ante Inspección de Trabajo para que la dirección empresarial negocie y acuerde con la representación legal de los trabajadores un Plan de Contingencias que garantice la salud de la plantilla. Se abre con esto un campo de disputa no menor, de enorme calado. La batalla tradicional entre parte y contraparte en el mundo del trabajo ha sido negociar salario por productividad, cuestión que ha reportado conquistas materiales a la clase trabajador pero que también ha conducido por caminos llenos de aristas al movimiento sindical. Hoy podría decirse que ese binomio clásico adquiere formas más descarnadas que antes desde el momento que pareciera traducirse en el indeseable intercambio de salud por economía. Salud por economía nos retorna de manera inequívoca a la casilla de salida. El papel de los empresarios y de las formas de gestión empresarial va ser fundamentales de cara a los cambios en las formas de trabajo que se avecinan.
Frente a las tentaciones de algunos de asentar un intercambio como es el de salud por economía los sindicatos continúan aquí. Están demostrando no solo que continúan aquí, sino que nunca han dejado de estarlo, aunque no aparezcan en el amplio crisol de héroes y heroicidades que glosan cada día los medios de comunicación. La actividad sindical no ha parado, no ha entrado en hibernación, está entre los servicios básicos y esenciales. Los sindicatos han estado atendiendo por vía telefónica, telemática y de manera presencial en los centros de trabajo a los personas afectadas por los ERTES, a las personas despedidas, a los trabajadores sanitarios y del conjunto de sectores que han mantenido la economía al ralentí. Han impulsado y formado parte de las iniciativas para proteger ante la pandemia a los grupos más desfavorecidos y vulnerables de la sociedad, han actuado por la vía judicial en la denuncia del abuso de los despidos y en la negociación de los ERTES de miles de empresas. Han buscado formas de contactar e informar con aquellos trabajadores que no cuentan con representación sindical en sus centros de trabajo. El sindicalismo de clase confederal ha estado presente e intervenido en las reuniones y sesiones de trabajo con las autoridades ministeriales más directamente implicadas en la gestión de la crisis, en particular en las reuniones y negociaciones con el Ministerio de Trabajo y también con el Ministerio de Seguridad Social. Los sindicatos han estado ahí desde un buen principio y desde siempre. ¿Dónde están ahora los que tiempo atrás preguntaban con sonrisa de conejo dónde están los sindicatos?
Por último, en cuanto a la necesidad de Pacto o Pactos sé que es una forma de volver a un tema del que en su momento ya hablamos. Pero me parece que valdría la pena retomarlo en la medida que esta cuestión está estrechamente vinculada a los temas anteriores que os he ido comentado. El Gobierno de Pedro Sánchez propone y necesita un nuevo pacto, un New Deal. Recordemos la secuencia histórica: New Deal y después, y por otra razones, Plan Marshall. Sin pacto o pactos dudosamente habrá plan. El presidente Sánchez cuenta con muchas incertidumbres y poco más que una certeza: la presencia, desde el terreno de su propia independencia, de los sindicatos en la mesa, necesarios para el pacto previo. Como son necesarios los empresarios de este país, cuando menos aquellos que saben que lo que se está ventilando en estos momentos no se reduce a la cuenta de resultados y que saben que son necesarios dar más pasos en la dirección del pacto.
Pero ¿qué pacto o pactos? se puede preguntar el lector. Días atrás el economista Antón Costas daba señales y pistas de dónde aterrizar con el motor averiado en este momento; nos dijo que es el momento de ampliar el contrato social. La pandemia crea un momento favorable para esta ampliación. La salida a la crisis es social.
Bien, de acuerdo, dirás, querido lector, pero ¿cómo abordar este asunto? No sé si estarás de acuerdo  en que los momentos de profundos cambios en la Historia nunca han sido fruto de la planificación.  A lo sumo han venido de la mano de un itinerario, de una actitud y de la construcción de un método que ha sido casi siempre fruto de la improvisación entendida como un paso y después otro. Un itinerario lleno de contingencias a las que hacer frente con la consciencia de que “a lo único que debemos temer es al temor mismo”, como, en medio de la Gran Depresión de los años treinta, alertó Franklin Delano Roosevelt en marzo de 1933 en su discurso de toma de posesión presidencial. Una actitud que vaya proporcionando una mirada y un método con el que frente a las viejas recetas se opte, con prudencia pero con audacia, por lo no probado nunca antes, a veces por aquello descartado apriorísticamente, por no tener miedo de lo nuevo. Es la actitud de sentirse libre frente a cargas y corsés de las ideologías a secas, de las ideologías secas, empeñadas en su propia supervivencia a cualquier coste, incluso al más alto. Los misterios del abecedario de hoy de la U, de la V y de la W no tienen por qué ser inescrutables.

Javier Tébar es historiador. Ha escrito entre otros libros Gobernadores: Barcelona en la España franquista (1939-1977), Resistencia ordinaria: la militancia y el antifranquismo catalán ante el Tribunal de Orden Público (1963-1977).

Los Protocolos de Puente Genil estipulaban las condiciones de la colaboración entre  En campo abierto y Metiendo bulla. En base a tales pactos se publica este trabajo en ambos blogs.


martes, 14 de abril de 2020

El bulo de las mascarillas de 1714




El capataz de la consejería de Interior de la Generalitat, precariamente honorable Miquel Buch, ha arremetido nuevamente contra el gobierno de España. Este hidalgo de gotera se pasó el día contando las mascarillas que había recibido: dijo que eran 1.714.000, es decir, la misma cantidad que evoca una fecha nefasta para Cataluña, el 11 de setiembre de 1714. El capataz, airado, eructó que «Con la historia de los catalanes no se juega».  Bulo tan canalla como gigantesco, que seguramente no ha salido de su caletre sino de su asesor de mendaz prosopopeya. En todo caso, el bulo tenía una clara intención: tapar el fracaso de Torra que había prometido un millón de mascarillas que no llegaron; que vendrán –dicen ahora— el día 20 de este mes.  

Sin embargo, el regüeldo no ha colado. El mismísimo Gabriel Rufián le ha propinado un guantazo en los hocicos: «Eso parece un gag de Polonia». La colleja es por partida doble: en la cara del capataz y en los mocos de los responsables del programa humorístico de TV3%, conocidos representantes del independentismo cátaro.  Pero el bulo, que ni siquiera ha sido bien visto por ciertos sectores independentistas del partido del capataz, no tiene la intención de ser creído. El capataz sabe que siempre habrá fraticelli que lo tengan por verídico y otros que necesitan creerlo. Hambre de bulo. El bulo que, para los cínicos de mercadillo, es un ineludible instrumento de combate, una vez que se han quedado sin estrategia, táctica y orientación. Con ni siquiera una política de cabotaje que llevarse a la boca.

Un blog de reciente creación, El desierto de los tártaros, hace sus entregas con temas monográficos. El último número trata de «bulos y redes». Uno de sus bloguistas, Ignacio de Mágina, nos alerta de que «estamos ante otro tipo de fenómeno pandémico: el virus de la desinformación». Que es consustancial con la degradación de la retórica democrática. Advierto que no se trata de una degradación entrópica sino inducida y forzada desde el almacenista de bulos para sus fines políticos. En el caso de este Buch de las mascarillas para que se consolide que «Madrid nos mata» y, además, con sarcasmos. Otro tártaro, Robert Deglané, arremete contra esa «selva comunicativa donde el lagarto se confunde con la comadreja, no hay manera de orientarse en esa confusión». Así las cosas, la única forma de situarse podría ser la siguiente: no creerse lo que digan estos caballeretes de la zahúrda del diligente  Torra, ni siquiera cuando afirmen que «en la multiplicación el orden de los factores no altera el producto». Atención, si lo dice Peano es cierto; si lo afirma Torra hay que desconfiar. Hay que desconfiar, incluso si este pobre hombre, el tal Torra, es el president de la Generalitat. Desconfíe todavía más si habla en TV3%.

TV3%, archivo de la bronca, albergue de los camorristas, hospital de los iluminados, patria de los cobardes, venganza de los miserables y correspondencia grata de firmes amistades que entienden que ser ladrón no es arte mecánica, sino liberal.  Que hubieran dicho  por partes don Miguel y don Francisco.

Referencias:


lunes, 13 de abril de 2020

¿Subir las persianas o la salud?




Confieso que no estoy en condiciones de dar una opinión fundada acerca de si es precipitada o no la decisión de ir relajando el confinamiento total con un retorno gradual de la actividad. Hay quien ha dicho que es una temeridad y quien sostiene lo contrario. No tengo la menor preparación ni la formación para llevarle la contraria a los unos y a los otros. La cosa, además, se me complica cuando especialistas en la materia no coinciden sobre el particular y, peor todavía, en estos tiempos de comunicación veloz son incapaces de llegar a un consenso en la materia. No parece que se hayan esforzado demasiado.

Me atrevería a opinar, con toda la cautela del mundo, sobre algo que me llama la atención.  Tengo por falso el siguiente razonamiento: se haga lo que se haga debe tener como objetivo la compatibilidad entre la salud y la economía. No estoy de acuerdo porque quien decide la ´compatibilidad´  no tiene una posición neutral. Y mucho me temo que esa compatibilidad se hace en base a la siguiente ecuación: ¿qué es más costoso para la economía esperar a que esto escampe o asumir las muertes calculadas que podrían darse por culpa de subir ya las persianas? Una ecuación terrible, pero que no es la primera vez que se plantea. Es la ecuación madre de todas las guerras que en el mundo han sido. De ahí que debería partirse de la siguiente máxima: «Primum vivere deinde oeconomia».

Primero vivir, después la economía. No se trata, pues, de establecer unas compatibilidades sino de situar la prioridad. La prioridad y no las prioridades: la salud pública.  

Sería cuestión de revisitar a Max Weber para encontrar alguna pista en su libro El político y el científico. Y ver qué nos enseña y, sobre todo, qué insinúa en la relación –para ahora mismo--  entre el político y el técnico. Lo es, me atrevo a decirlo con desgana,  porque me da la impresión que, en algunos lugares, el experto y el político-agitador  han ido de un sospechoso bracete. Más todavía, una alianza a la remanguillé al servicio de una ideología, y en función de un partido o movimiento o cofradía mística.  

Lo que es el colmo de la desvergüenza es la postura del Govern de Cataluña: de un lado, clama por la continuidad del confinamiento y califica la decisión de Pedro Sánchez de abrir un poco la mano como una «temeridad»; y, de otro lado, las empresas de propiedad de la Generalitat –entre otras Comforsa--  abrirán mañana, martes. Gentuza, ya sé que es una expresión poco elegante, pero entre el rigor y la prosopopeya me quedo con lo primero. Gentuza, pues.

domingo, 12 de abril de 2020

¿Cómo se impone la puesta en marcha de unos pactos?




La comidilla de estos días es la necesidad de salir de esta situación de emergencia («sanitaria, económica y social», según un sindicalista tan avezado como Gaetano Sateriale) a través de una vía negociada. La literatura periodística más influyente insiste en la conveniencia de unos nuevos Pactos de la Moncloa. El nombre, que es lo de menos, es solamente un reclamo mediático y, a la vez, un intento de pedagogía. Este blog hace días que se viene pronunciando también por la utilidad de ese método. A mi entender no debería ser sólo un momento sino un itinerario de pactos en torno a un acuerdo—marco, que establecería los vínculos y compatibilidades de los contenidos de esos pactos. Deben evitarse, pues, los desaliños que suelen venir de las urgencias del aquí te pillo y aquí te mato.

Casado no quiere pactos. Así empezó Fraga cuando los pactos de la Moncloa para, finalmente, cargar la pluma y estampar la firma con todo su desparpajo. Pero, recordémoslo, Fraga Iribarne y su Alianza Popular eran, en aquel otoño de 1977, irrelevantes. Inés Arrimadas desde su minifundio vive sin vivir en ella. Sabe que puede haber pacto y no es cosa de quedarse fuera.

Una cosa me parece evidente: tras las recientes medidas del Eurogrupo es más necesario el pacto. Todavía no sabemos qué idea le ronda al presidente del Gobierno acerca de la morfología del acuerdo. Lo único que sabemos es que el Gobierno será el principal actor. Pero nada se ha dicho acerca de si los partidos, en tanto que tales, estarán presentes en la mesa de negociaciones. Lo que sí está claro es la voluntad de los sindicatos de formar parte de dicha mesa. Así lo ha dejado claro Unai Sordo.

Los de Casado no quieren pactos porque temen que se refuerce la autoridad y el predicamento de Pedro Sánchez. De momento, la negativa de Casado parece reforzada por la postura de la CEOE, que no está demasiado por la labor, pero el líder del PP sabe que los empresarios van a su aire y no son muy de fiar. En todo caso, me digo para mi coleto que la presión  –incluida la que venga de Bruselas— puede obligar a abrir unas negociaciones. De manera que la exigencia de las derechas, así las cosas, es que Unidas Podemos no figure en esa operación. De una parte, con la idea de que no aparezca en el cartapacio ninguna cláusula potente; y, de otra parte, para provocar un sonoro broncazo en el interior de la izquierda. En definitiva, la derecha quiere mutilar la posibilidad de pacto y, si se da la circunstancia, de achicar sus contenidos.

Preparados están ya los paniaguados de Casado, el letrado con título subvencionado, para cargar contra todo lo que huela a racionalidad. La cuestión está en ¿qué fuerza organizada de carácter estable tiene el Gobierno para forzar los necesarios pactos? Todavía no lo sabemos.

sábado, 11 de abril de 2020

Waterloo, la FAES y las recientes medidas de la Unión Europa contra la crisis



Si a Mark Twain las noticias de su muerte le parecieron «exageradas»,  el certificado de defunción del doctor Almuédano --«la Unión Europea ha muerto»-- no se manifiesta con fundamento ya que ha confundido el tránsito al otro mundo con una siesta prolongada. Cierto, la Unión no goza de buena salud, pero –como castizamente se dice--  «quien tuvo y retuvo…»  Pues bien, aunque estoy dispuesto a reconocer que es «insuficiente» (y en pleno abuso de las chorradas del licenciado Casado, de título subvencionado: «Llegan tarde») es de fácil reconocimiento que las medidas económicas y administrativas que ha tomado la UE son positivas. Y diré todavía más: son necesarias para España y sus alrededores. Por ello, tres tristes tigres, que diría Cabrera Infante, están que trinan. 

Tres tristes tigres: Aznar, el licenciado Casado y el diligente Quim Torra. Tres tristes tigres con sus franquicias. Que se barruntan que con esas medidas –quiero decir con la parte que le corresponde a España--  puede capearse, de momento, el temporal. Por lo que los neopopulismos, de allende y aquende nuestras fronteras, tienen mala cara: unos de pocos amigos, otros de ´pomes agres´. Confiaban en que los planteamientos del influyente gobierno de Holanda triunfaran. Hay que triturar el gobierno de izquierdas y progresista. La telepatía Waterloo --  Génova confiaba en otro desaguisado de la Unión Europea. El primero, esperaban, para allanar el camino a la independencia de Cataluña; el segundo para elevar a Aznar –Sanctus, Sanctus, Sanctus--  a los altares de lo que quedara de España, tras la independencia catalana. Hablando en plata: a Waterloo no le interesa el renacimiento de Europa, porque sólo con su defunción puede establecer la hipótesis de la independencia de Cataluña; a Aznar, con tal de ser elevado a los Cielos, lo mismo le da ocho que ochenta Españas.

A la expectativa: el economista subvencionado Xavier Sala i Martin –padre espiritual de los cátaros, joaquinitas y redentoristas de baratillo--  y algún becario de la FAES. Juntos o por separado. De momento juntos desde hace años en un libro.

¿Poteccionismo versus globalización?




Nota editorial.--  Ha aparecido una nueva revista digital. Tiene el chocante nombre de El desierto de los tártaros y sus escribidores ocultan con humildad franciscana sus nombres reales, acogiéndose al derecho al anonimato del seudónimo. De una parte por afinidades y de otra por caridad cristiana y, finalmente, por echar una mano a los jóvenes autores que quieren abrirse paso, les echamos una mano, publicando hoy el artículo de uno de sus colaboradores.  Sábado de Gloria: «Flectamus genua».

¿Desglobalización?

Por Ignacio de Mágina

En perspectiva histórica, como es conocido, el capitalismo atravesado varias etapas, desde la comercial, la industrial a la financiera y tecnológica identificada con el actual capitalismo globalizado. Desde tiempo atrás se viene hablando de una lenta desglobalización, se dice que es posible que tendencialmente vayamos ya estemos en ese proceso. La extensión de los discursos antiglobalistas surgidos de ese útero llamado trumpismo parecería confirmarlo. De manera que si la globalización ha tenido etapas diferenciadas en la historia pasada, siendo sin duda la última y la más reciente la de su mayor aceleración, estaríamos en una primera etapa de esa desglobalización que presumiblemente podría tener efectos más que notables en la dinámica geopolítica.  
El problema, que viene de antiguo, tiene que ver con la aceptación acrítica de una noción de “globalización” fruto del propio neoliberalismo, para el que la globalización es económica, en una línea de “progreso” sin fin, entrópico, con su pretensión y apuesta fuerte por persuadir de una separación “natural” entre “economía” y “política”, “economía” y “sociedad”. Sin embargo, la interconexión que caracteriza al fenómeno globalizador está presente en cada una de estas dimensiones, ninguna de ellas constituye un motor central que lanza estímulos hacia terminaciones políticas y sociales, la relación entre cada una de ellas es conflictiva.  
Al hablar de tendencia desglobalizadora, si no lo he entendido mal, se piensa básicamente en el refortalecimiento de los Estados y en las confrontaciones comerciales que se habían ido intensificando, de manera oscilante, durante el período pre-pandémico. En particular entre la administración norteamericana actual y el gobierno chino liderado por Xi Jinping. Sin voluntad de simplificar, sería algo así como una vuelta un proteccionismo económico con que desandar lo andado por el proceso globalizador. Pero ¿es posible esa progresiva desglobalización? Albergo algunas dudas sobre este asunto. Aunque debo confesar que las reflexiones que os envío en mi carta no responden más que a contraintuiciones. El asunto, me parece, es lo suficientemente peliagudo para un simple carteo. Pero ya que me lo pedís, os envío algunas reflexiones.   
Tampoco parece posible que las grandes corporaciones que son marca de
nuestro tiempo se replieguen y abandonen los confines conquistados. ¿Puede hoy EEUU prescindir del suministro de antibióticos procedentes de China? Pues, por mucho que Trump soltara, en su momento, alguna de sus estupideces sobre asuntos económicos no parece que sea posible. Sus consejeros se han convertido en un relativo dique de contención a sus ocurrencias y extravagancias. A veces incluso haciendo de prestidigitadores que resuelven la situación haciendo desaparecer memorándums presidenciales de la mesa del Despacho Oval, en la Ala Oeste de la Casa Blanca, antes de que su inquilino estampe su firma en ellos, tal como relata con maestría el veterano periodista Bob Woodward en su libro “Miedo: Trump en la Casa Blanca” (2018).

No cabría olvidar, por otro lado, que en las fases históricas anteriores el papel del Estado fue central -su consolidación primero y su despliegue después, mediando guerras, dos de ellas mundiales entrado ya el siglo XX- para el propia proceso de extensión del comercio y de la economía en el marco de la globalización. En ese contexto el “Estado emprendedor”, tal como lo ha definido la economista italo-americana Mariana Mazzucato, no quedó reducido al simple arreglo de los posibles fallos del mercado, sino de motor para la innovación y el dinamismo (Internet, investigación básica en salud, industrias renovadas,…). Por otro lado, en la etapa de la
mundialización, hace 500 años, existía un centro claramente definido para el que se producía desde las periferias. En la actual economía global intervienen más actores que la etapa de la economía-mundo, y de manera destacada cabe considerar el desafío del “socialismo de mercado” formulado por la República Popular China al liderazgo estadounidense, todavía la principal potencia mundial aunque muestre síntomas de declive, de perder pie frente al crecimiento económico del gigante chino. 
 
¿En qué etapa podríamos entrar ahora y cómo caracterizarla? No me atrevo a responder a esta pregunta, pero intuyo que difícilmente encajaría con una “globalización desglobalizada”. Insisto, no se trata de dejar de ser interdependiente, sino de ser menos dependiente o de frenar las dependencias mientras se lleva a cabo la “reconstrucción”. Aunque para algunos se trataría de una simple “recuperación” de la economía y, por tanto, no cabría descartar que una vez atravesado el vendaval las apuestas sean volver de alguna manera al casilla de salida inicial. Una crisis más del capitalismo, que vive precisamente de sus propias crisis, sin presumiblemente singularidad alguna. La
cuestión relevante, sin embargo, es que hoy el problema no es sólo la economía, que lo es, sino que también nos remite a una notable fisura  la domesticación de la Naturaleza, un proceso que viene de lejos y
que hasta ayer y para algunos supuestamente estaba totalmente controlada por el ser humano.
 
Para ir concluyendo. Todo esto que os digo me hace pensar que no es imposible ver el asunto de las tendencias desglobalizadoras de las que
se hablan desde el punto de vista contrario ¿No es posible que más que desglobalizarse, lo que se esté produciendo sea una nueva forma y trayecto de la globalización? Sin duda, una etapa distinta e incierta, pero un nuevo del proceso globalizador que cabría analizar sin quitar importancia al sonido de la fría moneda sin alma, pero sin reducirlo a ello. Los órdenes y los hábitos son o pueden ser resistentes. La catástrofe, portadora de sufrimientos humanos, no tiene una sola cara.
El miedo paraliza pero espera, nunca mejor dicho, una forma de esperanza. La crisis económica está aquí, la crisis política está en curso. En medio del deslizamiento por el túnel, la pandemia puede configurarse como un portal -tal como escribía semanas atrás la novelista india Arundathi Roy en Financial Times, 3 de abril de 2020 a partir del que romper con el pasado e imaginar un futuro. Un portal de enlace entre un mundo y el siguiente. De ser esto así, se abrirían posibilidades de abandonar la servidumbre del camino por el que nos ha conducido el mito del “libre mercado”, que no es más que un eufemismo -como nos recordaba el desaparecido historiador Josep Fontana- para referirse al capitalismo. El motor utópico de ese “mercado libre” parece haberse congelado momentáneamente. La reparación no es imposible. Pero la sustitución de un mito requiere de otro mito. Estamos ante la imagen especular del “Camino de servidumbre” de Hayek: el mercado como nuevo totalitarismo que ha venido atravesando todas dimensiones de nuestras vidas y que nos ha conducido a la servidumbre de un único camino posible.


viernes, 10 de abril de 2020

Del escuadrismo al poder




Nota editorial.--- Les aseguro que el confinamiento se pasa mejor con buenas lecturas. A mí, leyendo, se me pasan los días volando. Tengo encima de mi escritorio, como si estuviera en lista de espera, la biografía novelada de Benito Mussolini. Su autor es Antonio Scurati.  Me la recomendaron diversos amigos de cuya fundamentada opinión hago caso. Uno de ellos es el autor de esta recensión, que publicó esa revista digital tendencialmente global que se llama Pasos a la Izquierda.
 M, el hijo del siglo
 Escribe Javier Aristu
Plantearse la lectura de un libro de 800 páginas no es tarea fácil de entrada; más si este conlleva un componente de análisis histórico tras un texto de ficción. Sin embargo,  este relato histórico (¿es quizás novela, es a lo mejor crónica novelada?) te atrapa desde el primer momento y te engulle dentro de un ovillo de hechos y personajes que la propia historia los ha convertido en emblemáticos y representativo de toda una época. Un relato histórico de época, de una época que a los que tenemos más del medio siglo de edad biológica nos envolvió en su torbellino. No la vivimos, no fuimos testigos ni actores de la misma, pero las consecuencias de aquellas oscilaciones dramáticas nos marcaron de por vida. Todos nosotros somos hijos de ese siglo repleto de violencia y de tragedia.
La violencia, precisamente, marca toda la línea argumental y fáctica del relato de Scurati. La historia de M(ussolini) es la historia de la violencia aplicada a la conquista del poder; una violencia desmesurada, nada gratuita, encaminada a destruir al enemigo, al adversario, al oponente político. Y este no es otro que el movimiento obrero de matriz socialista salido de las entrañas del siglo XIX y del pensamiento político de Marx. Es la historia, también, de la violencia surgida de la frustración de una primera guerra mundial que supuso la derrota del ser humano como criatura solidaria.
Sigamos la línea roja que llevó a Mussolini y a sus escuadras fascistas al poder. 
Primero: una parte del movimiento socialista italiano, neutralista y no intervencionista en aquella guerra imperialista, se pasa al bando de los intervencionistas, rompiendo la clásica resistencia pacifista del socialismo italiano. Un periodista, voz a su vez del sector más radical de aquel socialismo, de nombre Benito Mussolini, se convierte en ardiente defensor del intervencionismo bélico. A partir de esa toma de postura durante la guerra se va a generar el movimiento más agresivo y violento que conoce la historia italiana del siglo XX.
Segundo: Los arditi (los osados), fuerza militar de choque que combate en los frentes italianos de aquella guerra de 1914-1917, tras ser desmovilizados, pasan a constituirse en la conciencia derrotada, en la voz de un sector de agraviados que consideran que la clase política ha traicionado al pueblo. Según escribe Gramsci en noviembre de 1921, la descomposición de la democracia italiana tras la confusión creada por el final de la guerra, llevó a la polarización de la sociedad italiana escindida entre el componente proletario industrial, el componente agrario organizado en torno al partido popular de matriz católica, y el fascismo como organizador de una pequeña burguesía frustrada entre la presión ejercida por el nuevo capitalismo industrial-financiero italiano por un lado, y el proletariado urbano por el otro.  Aquellos deshechos del sector belicista y militarista pasarán a constituirse en la fuerza de choque de la nueva guerra social. De arditi pasan a denominarse fascii di combatimento, tropas de asalto que, pagados primero por los patronos agrícolas del valle del Po, se dedican a destruir y aniquilar las redes de apoyo y de organización social que el socialismo había ido construyendo desde finales del siglo XIX en las tierras del centro y norte de Italia. Las páginas del relato de Scurati se convierten en una excelente vía de conocimiento de cómo actuó aquella violencia salvaje, perfectamente organizada y financiada, verdadero instrumento del capitalismo agrario en la moderna guerra social. Ahí estarían algunos de los elementos que se convirtieron en los puntos de conflicto dentro del propio fascismo: por un lado, el partido fascista de las grandes urbes (Milán, Turín, etc.) agrupados en torno a una pequeña burguesía comercial y mercantil; y por el otro, el fascismo más salvaje e intransigente, radicado en las zonas agrarias de ese centro-norte y que será, en algunos momentos, el bastión de confrontación interna más poderoso contra el propio duce Mussolini. El bastón, el puñal, el manganello vienen a sustituir en manos de aquellos arditi al viejo fusil y la bomba usada en las trincheras. Ahora el enemigo no es el austriaco, es el campesino de la Romagna, de la Emilia, de la Toscana, transmutándose en la imaginación de aquellos animales en nuevas bestias a las que hay que aniquilar.
Tercero: la violencia de aquellos matones no fue posible sin tener en cuenta otros elementos que hacen posible ese estado de violencia generalizado entre 1920 y 1922. En primer lugar, la indefinición y carencia de respuesta organizada del propio partido del socialismo italiano y de sus redes sociales. En segundo lugar, la colaboración del aparato del Estado liberal con aquellas bandas de desalmados. La policía, el propio ejército, la judicatura, colaboraban en las razzias ocultando o disculpando a sus responsables. Es un caso clásico de cómo un Estado liberal trata de utilizar la violencia de unos marginales (los fascistas de camisa negra) para destruir al adversario (el socialismo) siendo finalmente devorado por las propias bandas a cuyo frente hay un verdadero líder sin ideas pero con un desmedido afán de poder (Mussolini). Aquel antipartido reflejo de la antipolítica contra las castas gobernantes y opositoras del Estado italiano pasa a constituirse en el catalizador de las pasiones, odios, deseos de la gente, convirtiéndose en un «hecho de costumbre» (Gramsci). Tras aquel Mussolini y aquel fascismo de los años 1919-1920 ya se está gestando «un original sistema de poder, basado en el monopolio de la fuerza y de la política, impuesto mediante la violencia y la supresión de derechos fundamentales del ciudadano por obra de un partido único» (Emilio Gentile). En aquellas escuadras negras lanzadas al incendio y la destrucción de las Cámaras del Lavoro se incuba el monstruo de la nueva política, la política del odio y de la eliminación física del adversario.
La lectura de este excelente relato, colmado de fechas, acontecimientos y personajes todos ellos constatados en las crónicas históricas, nos revela un factor original de aquel movimiento: la velocidad con que logra imponerse en la sociedad italiana, la potencia de su arrastre y la capacidad de destrucción del viejo régimen y de construcción del nuevo. Las 810 páginas del libro nos llevan desde  el 23 de marzo de 1919, cuando Mussolini funda los Fascii di Combatimento en la plaza San Sepolcro de Milán («cien personas escasas, todos hombres de esos que casi no cuentan», nos dice Scurati), hasta el 3 de enero de 1925, cuando en la Cámara de diputados, Mussolini asume «yo solo, la responsabilidad política, moral, histórica de todo lo que ha ocurrido…». Lo que ha ocurrido no es solo el asesinato de un líder político como Giacomo Matteotti, secuestrado y salvajemente apaleado y asesinado por unos facinerosos fascistas; lo que ha ocurrido es también el aceite de ricino y las porras, lo que ha ocurrido es la magnífica pasión de la mejor juventud italiana, si el fascismo ha sido una asociación criminal, «¡soy yo el jefe de esa asociación criminal!», concluye Mussolini, máximo dirigente del gobierno y del partido fascista. Cinco años después de San Sepolcro, con 42 años, Mussolini está culminando su toma del poder e inicia la construcción del Nuevo Estado. Sobre las ruinas del Estado liberal. Comienza el siglo XX.
Javier Aristu.  Ha sido profesor de Lengua y Literatura Española. Coordina el blog de opinión En Campo Abierto y es coeditor de Pasos a la izquierda.


miércoles, 8 de abril de 2020

La Arrimadas en su minifundio




Hay comentaristas políticos que, en vez de pluma con fundamento,  manejan el florete, aunque con modos torticeros.  Y los hay que escriben a la remanguillé. Pongamos que hablo de las amistades de ese minifundio que rige Inés Arrimadas. Que han leído la encuesta que relata el humor de los españoles: un 90 por ciento cree necesario un gran pacto para salir de este diluvio universal, aunque el 70 por ciento opina que no será posible dada la actitud de las fuerzas de la derecha. Con lo que tales escribidores y tertulianos de calisay surfean entre las dos magnitudes. Es decir, saben cuál es la opinión mayoritaria (al menos en estos momentos) pero no se atreven a ir en su contra. De ahí que cojan la brocha gorda para darle una mano de pintura a ese 90 por ciento.

Cierto, hay que ir a un pacto, pero…    Hay que meterse en harina, pero…  Es el viejo y reconocible lenguaje del siperismo, el «sí, pero».  El eterno siperismo de quienes, cagadudas diplomados, compran a cómodos plazos la energía que les falta. Es, por lo demás, el argumento –o, mejor dicho, la apariencia de argumento--  de algunos políticos que necesitan pasar del Trópico de Cáncer al de Capriconio sin despertar sospechas de cambiar de opinión. Los que no tienen la gallardía de sir Winston --«Más de una vez me he tenido que tragar mis palabras y debo decir que son una dieta recomendable»-- necesitan el chicoleo de la palabra, ora mirando a barlovento, ora a sotavento. O simultáneamente a las dos como la niña de El exorcista.

El siperismo tiene ahora esta expresión: apoyamos al Gobierno siempre y cuando rompa el PSOE rompa con  Unidas Podemos, estamos por un gran acuerdo, siempre que Unidas Podemos se vuelva a sus cuarteles de invierno.

Con lo que –tan claro como que el caballo blanco de Santiago (Apostol, no el de Merimée) era de color blanco— podemos colegir que la intención de estos comentaristas no es ni echarle una mano al Gobierno ni participar en las negociaciones (cuando llegue la hora) para abordar la solución al diluvio universal. La cuestión es expulsar a Unidas Podemos del gobierno. No conviene –afirman los escribidores de ambigú--  que se refuerce el cuerpo socialdemócrata de la izquierda española. Por lo que a Unidas Podemos hay que arrojarla a la barricada de «los hijos del pueblo». A que se achicharre buscando la ciudad del Sol como Ícaro moderno. Unidas Podemos –para estos «sí, pero»-- debe estar no en la city sino en el bidonville.

Más todavía, tales fifiriches se habrán quedado de piedra con la frase que Enric Juliana pone en boca de un redivivo Santiago Carrillo a Iglesias y Garzón: «Ahí os quiero ver».  Ese ahí es negociando. Cuando llegue la hora. El Gran Fumador reaparecido, que posiblemente –nada es seguro, oiga--- ganará esta batalla estando muerto.  Para mayor desesperanza, además, de José María Aznar, hidalgo de bragueta.  Y mayor angustia de Arrimadas en su minifundio.



El PP o el no de los niños


Pablo Casado busca la actualidad tan desesperada como irasciblemente. Todo lo que haga y diga el Gobierno es tratado por este rábula con  título subvencionado con una negativa jupiterina. Aunque Pedro Sánchez dijera que la serie de los números primos es infinita la respuesta del pintoresco líder del Partido Popular sería que eso es un disparate. Ahora vocifera contra la propuesta de abrir una ronda similar a la de los Pactos de la Moncloa afirmando que es «un anzuelo».

Casado teme que una situación de negociaciones para conseguir eso que se ha dado en llamar pactos de Estado favorecería en exclusiva al Gobierno y concretamente al PSOE y Unidas Podemos. Al Partido Socialista por razones de liderazgo del hipotético acuerdo. Y también a Unidas Podemos porque dejaría de ser la excusa que esgrimen las derechas –de secano y orinal, de caspa y brillantina--  ante las capas medias, siempre asustadizas, de que vuelven los comunistas. A estas derechas siempre les interesó una izquierda insurreccional, y cuando no la tienen se la inventan. Pero hay otra razón de no menos calado que explicaría el ataque de alferecía de este Casado al oír hablar de pacto. Sin pacto les cabe la posibilidad de la imposición; con un acuerdo, la derecha tiene la certeza de que no puede sacarlo todo para sí.

Esta es la extraña situación: con acuerdos la derecha no puede imponerlo todo; y, sin ellos, un sector minoritario (aunque latoso) de la izquierda cree que puede alcanzarlo todo, aunque nunca plantea concreta y creíblemente de qué manera.  De ahí que veamos que el ´´no´´  a  los pactos tiene con cierta frecuencia padrinos y pilas bautismales muy diferentes. Con lo que, desde diferentes orígenes y por distintas trochas se llega a la misma conclusión: ´´No´´. Pero en los hechos concretos las repercusiones de los dos noes son las mismas. 

En resumidas cuentas, Pablo Casado y sus compañeros de «el no de los niños» va en dirección opuesta al consejo fuerte que envía Paco Rodríguez de Lecea: «Ha llegado el momento de pensar en grande, think big en la expresión de Keynes» en (clica aquí) Este gobierno merece crédito.  

 

Post scriptum.---  Esa cofradía variopinta que escribe en el blog de reciente aparición, El desierto de los tártaros, habla de Europa, la crisis y –según ellos--  cómo afrontar lo que deje la marabunta. Pasen y vean, si antes clican en el azulete: Barrio europeo (Robert Deglané), La importancia de llamarse Bruselas (el Bizco Pardal) y Pacto de Bruselas (Ignacio de Mágina).




martes, 7 de abril de 2020

Casado, nacido para la bronca


Claudio Eliano es un viejo amigo. Me lo presentó el profesor Gregorio Luri en el café de Ocata. Eliano, autor de las Historias curiosas, nació en tiempos de emperador  Septimino Severo. Parece ser que sus escritos, una auténtica miscelánea, tenían como objetivo servir para que los oradores le dieran a sus discursos un toque erudito. Uno de los escritos de este Eliano dice así:

«Aristipo, como alguno de sus amigos se lamentaban amargamente, enunció los más diversos razonamientos con la intención de aliviarlos su dolor, y así se expresó a modo de prólogo: ´´Yo me he presentado ante vosotros no para unirme a vuestro dolor sino para ponerle fin´´».  

Es claro que el licenciado en Derecho, con título subvencionado, no se ha inspirado en este Aristipo.  Ese caballerete nació para liarla. «Igualico que el defunto de su agüelico», que –rectifico con mucho gusto--  no es de la familia Ulises, sino de la abuela de Agamenón.



lunes, 6 de abril de 2020

Pablo Casado: «igualico que el defunto de su agüelico»


No hace falta decir que la derecha de Casado no está por la labor de llegar a un acuerdo de reconstrucción nacional cuando pase la pandemia. «Igualico, igualico que el defunto de su agüelico», decía la vieja de la familia Ulises en aquellas tiras del TBO que ahora los chorras han impuesto que se llame cómic. Recuerdo perfectamente aquellos tiempos de los Pactos de la Moncloa, pues siempre he auxiliado mi memoria con una buena dosis de rabillos de pasas. El agüelico de Casado fue Manuel Fraga Iribarne. Permítaseme un inciso: Fraga siempre fue llamado Fraga Iribarne bajo el franquismo tanto en las emisoras de radio como en las de la televisión. Se seguía, de esa manera, el mandato bíblico de «Honrarás a tu padre y a tu madre» (Éxodo 20:12; Deuteronomio 5:16; Mateo 15:4; Efesios 6:2, 3) Como debe ser.

Los aires más laicos de la democracia aflojaron el mandato y el Iribarne materno desapareció de las ondas y las pantallas. Aunque hay quien afirma que, con la evaporación del apellido materno, se despotenciaba la agresividad franquista de don Manuel, a secas. Fin del inciso. Hasta aquel Maynat de La Trinca, que hoy milita en el independentismo cátaro, le hizo un pasodoble a «Manolo, Manolo Fraga». Maynat está penando ahora este pecadillo musical de juventud.

Pues bien, Fraga Iribarne se opuso tajantemente a los Pactos de la Moncloa. Llegó a decir, en un arranque prototuitero, que «es un programa de centro izquierda que nos lleva al socialismo». Exageraciones, naturalmente. Fue un pacto que pretendía reparar los enormes desperfectos que la economía española fue acumulando tras la crisis del petróleo de 1973, de la que también me acuerdo. Otro inciso: de hecho he pasado más tiempo de vida del que ya me queda por vivir. Se cierra este inciso con optimismo. «Reparar» los desperfectos y desconchones, reparar las vigas y algunas paredes, reparar los techos y la fachada. Es la diferencia de aquella situación con lo que previsiblemente tendremos cuando pase la pandemia. Ya no será reparar sino reconstruir.

Sin embargo, Fraga Iribarne que ya era un viejo galápago sacó el dedo índice mojado para ver de dónde venía el viento, y –como quien no ha roto un plato en su vida--  acude a la firma de aquellos pactos de 1977. Fraga (siempre Iribarne también) era un político –a veces ingenioso, a veces tosco--  que supo disfrazar su biografía franquista. Pablo Casado, su nietecico, es un bronquista de colegio de pago, un ´aprovechategui´ con título suvbencionado en la disciplina de don Bártolo de Sassoferrato.

El letrado subvencionado que dirige el Partido Popular ha declarado que no apoyará los pactos que se proponen si se deroga la reforma laboral. Y, efectivamente, dará por saco todo lo que pueda y más. Casado, con estrabismo divergente, mirará qué hace la CEOE (la CEOE también se opuso a los Pactos de la Moncloa) y observará las cabriolas del caballo blanco de Santiago. Todavía es pronto para saber qué pasará, pero algo es seguro: a la derecha española le importa más su saya que la devastación que podrá venir.

Mientras tanto, sigan siendo prudentes. No salgan de casa. Sepan que vienen curvas.