miércoles, 29 de noviembre de 2017

Cataluña, un Pacto contra la decadencia

El 22 de diciembre se sabrá a quién le ha tocado el premio gordo de la lotería y a quienes la pedrea. Otros se quedarán como el gallo de Morón. Es el día después de las elecciones autonómicas catalanas. Mientras tanto, cada formación política compra décimos de lotería para que la ley de probabilidades le sea más indulgente. En ese interregno subirá el diapasón de los decibelios de todos los candidatos, el chillerío de los alazones y el toreo de salón de las primeras figuras. Vale, es el peaje obligado. Paciencia: esperar y barajar.

Después de las elecciones tendremos durante un tiempo la consabida subasta post electoral. Los más aventajados cantarán que el patio de su casa es particular, porque cuando llueve no se moja como los demás. Y llegará el momento de intentar formar gobierno. Los socios del nuevo gobierno se cantarán entre ellos aquella vieja copla: «Esto no tiene remedio / por exceso de cariño / siempre estamos discutiendo».

Digamos, pues, que ya hay gobierno. Sea el que sea. No nos atrevemos a pedir que se haga borrón y cuenta nueva, pero sí tenemos la osadía de exigir –de exigir, he dicho--  que se entre en una fase de reconstrucción de todos los innumerables desperfectos que se han producido en Cataluña en los últimos años. Andreu Claret, con punto de vista fundamentado, ha propuesto un Pacto Nacional contra la Decadencia. No es una exageración. De seguir como hasta la presente se puede entrar en un proceso de colapso y decadencia. Y, pasado un cierto tiempo, tendremos que formularnos la pregunta existencialista de «¿cuándo se jodió Cataluña, Zavalita?

Al hilo del acuerdo con Andreu Claret situaría unos pre requisitos: un código deontológico de las relaciones entre los partidos políticos; unas consideraciones sobre el carácter del pacto; y unas cuestiones que, por comodidad, llamaré técnicas.   

A.--  Sería deseable que la controversia política se caracterizara porque tuviera la misma cortesía con que los dirigentes se tratan en privado. Que la legítima (y necesaria) confrontación, incluso áspera, rehuyera los tonos de bronca tabernaria, de esta manera tal vez se irían rebajando los decibelios del paroxismo que existe de una parte de la sociedad catalana contra la otra.

B.--  El pacto que se propone debe estar inmerso inexcusablemente en el terreno de la innovación—reestructuración de los aparatos productivos y de servicios, en el mundo real de la globalización. Con especial tratamiento a la innovación tecnológica en un retroceso crónico (ver la foto).

C.--  El mencionado pacto debería contar con su correspondiente comisión de verificación y seguimiento periódicos.

Hemos dicho que la situación económica de Cataluña empieza a ser inquietante. Y diré más: la cosa puede empeorar. De manera que, tras la formación del nuevo gobierno catalán, sea el que sea, es obligado entrar de lleno en una línea de conducta, de acuerdos. De arremangarse. Los sujetos activos, protagonistas, de lo que se reclama serían los partidos políticos, los sindicatos y las organizaciones empresariales. Quien tenga miedo o prevención estará haciendo dejación de sus responsabilidades y funciones.

Así pues, hasta las elecciones chíllense, llámense el nombre del puerco, péguense en las espinillas todo lo que quieran. Pero, a partir del día 22 de diciembre, entren en cordura. Un avisado sindicalista, Pedro López Provencio, dejó escrito ayer en este mismo medio un importante caudal de temas para esbozar ese acuerdo que se propugna: http://lopezbulla.blogspot.com.es/2017/11/que-votar-el-21-de-diciembre.html.


Finalmente, me pregunto si habrá algún candidato que plantee esto –o algo parecido--  durante la campaña electoral.

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