viernes, 4 de febrero de 2011

EL PACTO DE PENSIONES ¿ES UNA TRAICIÓN?


SEGURIDAD SOCIAL, IZQUIERDA Y FRATERNIDAD


Miquel Àngel Falguera i Baró
Magistrado Tribunal Superior de Justicia de Catalunya



No es mi intención valorar ahora el reciente acuerdo sobre las pensiones. No lo haré por falta de tiempo; pero también porque hace ya muchos años que he tomado la decisión de estudiar a fondo las normas tras ser publicadas en el BOE. En caso contrario corro el riesgo –la edad y la mala vida pasan factura- de acabar confundiendo el contenido del acuerdo inicial, el anteproyecto, el proyecto y la propia ley y equivocarme, a la hora de la aplicación, en la regulación concreta.


En todo caso, afirmo sin ambages que los sindicatos han cumplido con su papel constitucional. Ante el ruido del cabreo de la derecha (¡qué triste eso de basar toda la estrategia política en “el tú no sirves, yo lo hago mejor y no arrimo el hombro porque estás tu”!), el corporativismo egoísta de mucha gente y las críticas de traición desde la izquierda radical, cabrá recordar que los sindicatos han hecho lo que tenía que hacer como tales sindicatos: intentar parar en lo posible el golpe auspiciado por los centros oligárquicos de poder contra la Seguridad Social, con la resignación cómplice del gobierno. Puede uno estar de acuerdo o no con concretas medidas, pero en todo caso hay algo que resulta indiscutible: sin el pacto la reforma hubiera sido mucho peor. Y sólo por eso es positivo. Otra cosa, ciertamente, son las formas: no sé hasta qué punto el secretismo en la negociación era el apropiado tras una huelga general.


Si los críticos desde la izquierda quieren buscar culpables habrá que mirar al bosque y no empezar a dar hachazos a los únicos árboles –los sindicatos- que han resistido mal que bien a la derrota de la izquierda por el neoliberalismo.
Porque, ¿qué dice la izquierda en general y en sus múltiples expresiones sobre cuál debe ser el futuro de la Seguridad Social y, más allá, de las políticas sociales en los actuales estados opulentos? Prácticamente nada. Sólo mantener el estatus quo.


Y creo que ése es el error de la izquierda en materia de Seguridad Social, como en tantos otros aspectos: seguir reivindicando el pacto welfariano, sin darse cuenta que éste es simple papel mojado. Porque la Seguridad Social es algo más que “eso” que parece estar ahí desde siempre para asegurarnos las pensiones. Es una expresión histórica concreta de una de las tres patas de la democracia: la fraternidad. Es decir, el derecho de todos los ciudadanos y ciudadanas a que la sociedad –o, si se prefiere, aunque a mi particularmente no me gusta, el Estado- les garantice una vida digna ante cualquier situación de necesidad, cuando no sean económicamente productivos o por falta de ingresos suficientes, para que puedan desarrollar toda su potencialidad como seres humanos. En definitiva, el “derecho a la felicidad” de los padres constituyentes americanos (que actualmente, por cierto,
está en trámite de plasmación en la Constitución brasileña)


Cuando empiezo mis clases sobre Derecho de la Seguridad Social siempre uso el mismo punto de partida –a fin de que los alumnos entiendan qué es la Seguridad Social-: el
Título Cuarto del Libro Sexto de las Leyes de Indias. En él se regulan las Cajas de censos y bienes de la comunidad. Ocurre que cuando las fuerzas colombinas llegan al Nuevo Mundo encuentran un sistema de organización social muy peculiar en las comunidades indígenas cuyo sustento es básicamente agrícola: las tierras son comunales, se trabajan por todos y las ganancias se distribuyen en tercios: uno para la propia comunidad –y, obviamente, el cacique-, otro para las personas que trabajan las tierras y otro a favor de los sujetos que no pueden trabajar, por razón de edad o invalidez. Los castellanos no tocaron básicamente el sistema –sin duda que la labor de Fray Bartolomé de las Casas y sus seguidores fue fecunda-, limitándose a apropiarse del tercio de ganancias “institucional”. Pues bien: ese otro tercio destinado a los ciudadanos no productivos es lo que, en términos actuales, denominamos Seguridad Social.


Ese fenómeno comunitarista fue también observado por otras potencias europeas en sus políticas coloniales (sin que consten que dictaran leyes para su mantenimiento). Y de ahí surgió la noción de la Ilustración del
buen salvaje. Y, por cierto, la idea marxiana del comunismo primitivo. Y de ello nace el concepto de fraternidad, como forma de estructuración racional y solidaria de la sociedad (idea que puede ya encontrarse en Platón y en diversas prácticas de múltiples religiones, también la cristiana inicial)


A lo largo de los dos últimos siglos la gran divergencia entre la izquierda y la derecha –ahora que muchos se preguntan en que se diferencian- es que ésta sólo hacía énfasis en uno de los elementos esenciales de la democracia, la libertad (no estoy hablando de fascismos o tradicionalismos, sino de la derecha liberal). Mientras que la izquierda integraba en sus valores también la igualdad y la fraternidad (aunque, ciertamente, en muchas ocasiones reivindicando la supresión temporal de la libertad a fin de conseguir una sociedad perfecta)


La solidaridad social se plasmó en los orígenes del sindicalismo a través del mutualismo (de tal manera que en buena parte, entonces no se diferenciaba entre éste y el sindicato, siguiendo la lógica gremial) Y conforme la lucha de los trabajadores cobró fuerza, ese mutualismo se integró en el Estado, aunque desplazando la responsabilidad a los empresarios, como dadores de trabajo. Es lo que se conoce como seguros sociales, en definitiva, una especie de contrato de seguro, al que debían hacer frente esencialmente los empleadores, pues eran ellos los que, a la postre, se lucraban con el riesgo del trabajo.


Sin embargo, ese modelo bismarkiano quebrará con la implantación de la Seguridad Social, propiamente dicha, con las nuevas políticas de distribución de rentas norteamericanas tras la crisis del 29 y, significativamente en Europa, al finalizar la Segunda Guerra Mundial. A partir de entonces una parte de las ganancias de los ciudadanos activos se destinan a dotar de ingresos a los ciudadanos que no pueden serlo. Esa es –a la postre, redescubierta, pues ya se practicaba en sociedades “primitivas”- la idea de la Seguridad Social. Por tanto, cabrá recordar que la Seguridad Social no ha estado siempre ahí: tiene apenas siete decenios. Y, en España sólo se implantó hace cuarenta y cinco años (por cierto, cabría empezar a desterrar esa idea popular que “Franco sólo hizo algo bien: la Seguridad Social”; si la oligarquía no se hubiera levantado en armas contra la República, el sistema se habría impuesto mucho antes, como en el resto de Europa). Pues bien, la Seguridad Social no es ninguna concesión de las clases opulentas. Al margen de la secular lucha del movimiento obrero surge por dos realidades conexas: la existencia de un modelo social alternativo en media Europa (la URSS y anejos que, con todos sus horrores aseguraban a los ciudadanos un mínimo de subsistencia) y la sensación de hartazgo de las capas populares europeas y norteamericanas tras haber sacrificado dos generaciones en los campos de batalla de dos guerras mundiales (no está de más recordar que Churchill pierde las elecciones en manos del laborista Attlee pocas semanas después de ganar la guerra)


De ahí surge el gran pacto social welfariano: un nuevo modelo de estructuración de la sociedad capitalista, que aseguraba a los ciudadanos unas rentas mínimas en caso de estados de necesidad (generalmente vinculadas con su previa aportación productiva y económica, al menos en la mayoría de modelos contributivos). Unas nuevas reglas de reparto del pastel. Sin embargo, lo que se olvida a menudo es que también la izquierda se dejó plumas en ese pacto –como en todos los pactos sociales, también el actual de las pensiones-: renunció, expresa o tácitamente, a construir otro modelo de sociedad diferente. Renunció al internacionalismo. Renunció a discutir el poder en el seno de la empresa. Renunció al control de la sociedad sobre la producción y la propia empresa. Renunció a un modelo de participación política y social más directo. Renunció, en definitiva, a la construcción inmediata del paraíso en la tierra, al “asalto de los cielos”. Cierto: no lo hizo toda la izquierda en forma expresa –sí, la socialdemocracia- Pero no es menos cierto que el pacto welfariano venía a colmar las expectativas mínimanente igualitarias de la mayor parte de las clases menesterosas, por lo que se acabó convirtiendo en el gran legitimador social del modelo social y en el gran dique frente al “peligro rojo”.


Ya sé que esas son las verdades del barquero. Pero ocurre que vivimos unos tiempos en los que hay que recordarlas, en medio del griterío vacuo. Griterío que omite algo evidente: el pacto welfariano ha sido dejado sin efectos por la oligarquía, tras la derrota sin paliativo de la izquierda, el triunfo del neoliberalismo y la instauración del “capitalismo popular” (causa última de la grave crisis sistémica actual) En otras palabras: ¿para qué han de seguir renunciando las clases opulentas al mayor trozo de pastel cuando no tienen amenazas, ni nadie que se les enfrente? Por eso la Seguridad Social les sobra. Quien quiera asegurarse su futuro en situaciones hipotéticas de necesidad que ahorre. Y si no se puede ahorrar o el estado de necesidad no lo permite, mala suerte. La vida es así de dura. En definitiva, el retorno a un modelo censitario de organización política, basado en la mera propiedad. En el que la libertad la ejerzan los propietarios, sin que la sociedad pueda interferir en el ejercicio sacrosanto de la misma y sin tener que aportar nada de sus ganancias. Hace pocos días un político de la derecha tan moderada como
Duran i Lleida lo expresaba claramente, ya sin ambages, afirmado:” Si la sociedad quiere que aquí (por el Parlamento) vengan simplemente gente que no tenga nada de propiedad y quieren que ésta Cámara al final sea una Cámara de funcionarios y de gente pobre, pues vamos por el mejor de los caminos” (estoy seguro que Cipriano García soltó un exabrupto en el cielo de los pobres al oír tamaña desfachatez)


Lo terrible es que esas propuestas van ganando consenso social. Y lo hacen también entre las clases menesterosas –aunque ilusamente se consideren clases medias-, porque la izquierda ha renunciado a la didáctica de la política, en definitiva a explicar la fraternidad. No está de más recordar que el impuesto de sucesiones y el del patrimonio han sido derogados o capidismuidos por gobiernos que se dicen de izquierda –en el Estado y en Cataluña-: así, al parecer, se ganan votos (por cierto: ya estamos viendo los votos que se ganan). Y si cada vez hay más trabajadores que se quejan de lo que se les quita cada mes en materia de Seguridad Social –como ocurre- pronto asistiremos al debate de la privatización del sistema, como desde hace tiempo se está planteando desde diversas e interesadas instancias. Sin embargo, pocos recuerdan que los planes de pensiones privados han sido los principales afectados por la actual crisis económica, haciendo perder gran parte de sus ahorros a muchas personas, cuando no sumiendo a la miseria a muchos pensionistas de varios países. O como aquellas experiencias de privatización de la Seguridad Social en el cono sur latinoamericano han quebrado. He escrito ya en varias ocasiones como no deja de ser significativo el gran impacto mediático que tienen los periódicos informes que realizan supuestos analistas solventes –pagados por instituciones financieras- para demostrar la imposibilidad futura del sistema de Seguridad Social, anunciado su quiebra para un futuro inmediato: si se busca en las hemerotecas se hallarán estudios de hace veinte o menos años que auguraban la debacle para el años 2000 o el 2005. Sin embargo, los media apenas nada dicen de la crisis de los modelos de ahorro privados.


Con todo, lo que me parece más preocupante es que la visión actualmente hegemónica de la Seguridad Social es esencialmente economicista, obviando su contenido social, jurídico y político. Claro que hay que adaptar el modelo a situaciones previsibles de futuro: ¿es que acaso no lo hacían los indígenas americanos ante situaciones de escasez? Pero una cosa es ésa y otra, muy distinta, situar la Seguridad Social como un mero instrumento económico. Es algo más. Es mucho más: es una práctica de civilidad y de solidaridad social. Es un instrumento de fraternidad.


La izquierda ha renunciado en la práctica a dotar de mayor contenido a la fraternidad, dando por bueno el Welfare. Y ahora se acaba convirtiendo, atónita, en una simple valedora de ese antiguo pacto social. Pero es ése un pacto social que la contraparte –los opulentos- han dado ya por roto. Y cuando aquí hablo de izquierda me refiero a toda la izquierda: ¿Qué es, si no, el grito de traición que se lanza contra los sindicatos sino la simple reivindicación de las condiciones anteriores?


Si el pacto welfariano ya no está en vigor –y no lo está salvo para quien no quiera verlo- ¿qué impide a la izquierda reencontrarse con aquellas viejas reivindicaciones a las que renunció en su día? Si un contrato se rompe por una de las partes, la otra no está limitada por lo que en su día ambas pactaron y tiene manos libres en los compromisos adquiridos. Los juristas sabemos eso desde la antigua Roma, al menos. Pues bien, si la izquierda deja de ser prisionera del contrato extinto, quizás estará en condiciones de replantear nuevas propuestas sociales que reivindiquen renovada la fraternidad como eje de su discurso.


Y así: ¿por qué no superar el propio concepto de Seguridad Social y resituar la noción de fraternidad o solidaridad social en un ámbito más general? Pocas propuestas hay en ese sentido, salvo la conocida renta básica universal. Aún siendo un planteamiento interesante –minimizado injustamente en el debate político- creo que debería afinarse, en tanto que, en caso contrario, se corre el riesgo de que se acabe convirtiendo en un elemento de redistribución negativa de rentas (al menos, por lo que hace a la versión más purista de la propuesta)


Pero, con todo, si se replanteara la noción de fraternidad, creo que la izquierda estaría en condiciones de dar nuevas alternativas de civilidad, incluso desde el actual sistema. Y ello en base a tres parámetros: la unificación en un solo modelo de todas las rentas públicas ante estados de necesidad, la fijación de qué debe entenderse por ingreso mínimo asegurado y digno y la ampliación de supuestos causantes.


Se trataría, en primer lugar, de reunificar los diversos trazos de derechos de fraternidad que hoy existen, desperdigados e inconexos. Veamos: la cobertura de las situaciones de los ciudadanos en estado de necesidad –asistencia sanitaria al margen- la hallaremos hoy además de la propia Seguridad Social en sus niveles contributivo y asistencial, en los fondos y planes de empleo, Seguridad Social complementaria, políticas de dependencia, integración de las personas discapacitadas, rentas de ciudadanía, asistencial social, políticas activas de empleo, políticas familiares, etc. No existe ninguna coordinación entre esos instrumentos, generalmente corresponden a Administraciones diferentes –tanto vertical como horizontalmente-, obedecen a lógicas distintas y no tienen coherencia ominicomprensiva. ¿No sería necesaria la integración de todas esas políticas dentro un único modelo harmónico? Es decir, que los ciudadanos supieran cuáles son sus derechos ante los distintos estados de necesidad en que pueden hallarse a lo largo de su vida en una forma integrada y que se unificaran en una única contabilidad, aun con distintas fuentes de financiación. Sin duda que la unificación tendría efectos notorios en el costo social pero, además, sería una magnífica forma de hacer palpable la fraternidad como derecho de la ciudadanía.


Y en ese marco, cabría plantearse los límites de la fraternidad en relación con el mínimo vital de una renta digna –aún a costa de abrir la caja de los truenos corportativa-. Por poner un ejemplo: ¿tiene sentido que una persona pueda percibir la prestación de desempleo si tiene unas rentas muy elevadas, como hoy ocurre, mientras una buena parte de parados con evidentes necesidades no tienen ya ningún ingreso?; o ¿tiene sentido que una persona joven, que puede rehacer su vida y con ingresos suficientes, pueda percibir a lo largo de toda su vida una pensión de viudedad si ha tenido la desgracia que su pareja ha fallecido poco después de su unión afectiva? Mientras tanto, el sistema paga pensiones de viudedad mínimas a las viudas de pensionistas, que nunca trabajaron por motivos de separación de la vida laboral por matrimonio y filiación hegemónica cuando eran jóvenes y para las que se diseñó en su día esa prestación.


Y, por otra parte, ¿por qué renunciar a nuevas prestaciones, aún en el propio sistema de la Seguridad Social? Por seguir con la ejemplarificación: ¿por qué una persona que está pasando un mal trago en su vida, por causas familiares o personales, no tiene derecho a separarse momentáneamente del trabajo, con ingresos suficientes, a fin de rehacerse mínimamente del golpe sufrido? Un número importante de los procesos de incapacidad permanente que hoy se dilucidan en los juzgados responde a un arquetipo: mujer, madura, con escasa formación y empleo en actividades accesorias, con problemas familiares graves, que presenta una depresión no grave y, a menudo, una fibromialgia o un síndrome de fatiga crónica. Con los actuales parámetros ese cuadro no es, salvo excepciones, incapacitante. Y, sin embargo, parecería lógico que la legislación diera un respiro en su azarosa vida a esas personas, permitiéndoles un respiro. Cierto es que el número de prestaciones de la Seguridad Social se ha incrementado en los últimos decenios. Pero también lo es que ningún legislador se ha parado a pensar qué circunstancias pueden acaecer en la vida para que uno no pueda seguir siendo económicamente activo y dar una respuesta global a las mismas.


Saquemos a la economía de la Seguridad Social. O, mejor dicho, dejémosla limitada a un mero –pero necesario- carácter funcional o accesorio. Reivindiquemos la Seguridad Social como derecho de ciudadanía, como la muestra más importante de la fraternidad humana. Y hagámoslo con ojos nuevos, ya no cegados por la venda del pacto welfariano. Seguir empeñados en el cumplimiento de sus cláusulas es ya ahistórico. La auténtica alternativa emancipadora es la reconstrucción de un discurso alternativo desde la fraternidad redescubierta. Sin duda que el sindicato está siendo incapaz de resituarse en el nuevo escenario postwelfariano –el propio pacto de pensiones lo patentiza-. Pero no le culpemos por intentar parar el golpe lo mejor que ha podido, porque esa falta de adaptación a lo nuevo es propia de toda la izquierda. Lo otro, los gritos de traición, servirán para auspiciar el corporativismo y hacer manifestaciones. Pero, sin contenidos alternativos, no son más que la defensa de un pacto social caduco. Y, paradójicamente, también una defensa de las renuncias, en su momento de la izquierda.







miércoles, 2 de febrero de 2011

EL PACTO DE PENSIONES Y MARCELINO CAMACHO


Las consecuencias de la huelga general del 29 de septiembre han sido más rápidas que las de la famosa del 14 de diciembre de 1.988. Ahora se han echado ver a los cuatro meses; en aquella ocasión de antaño tuvo que transcurrir un año y pico para que viéramos resultados, y eso que en aquel entonces ni siquiera trabajaron las calderas de Pedro Botero.


Tengo la sensación que hay amplios sectores que todavía no son conscientes de la importancia política del acuerdo sobre pensiones y el resto de materias que han sido concertadas. Nuevamente sobre el carácter de los contenidos me remito a lo dicho por los dirigentes sindicales en
Acuerdo para la reforma del sistema de pensiones – 2011 (Motivación y resumen de contenidos). Así pues, ¿en qué consiste la importancia política de este acuerdo? Vayamos por partes.


Primero. Trasforma lo que, durante meses, fue la tónica unilateral del Gobierno en concertación social. Y, hasta donde nosotros sabemos, negociar es algo substantivo al sindicalismo confederal.


Segundo. El acuerdo ha trasladado el centro de decisión, que antes estaba en el pacto gobierno con las derechas nacionalistas, al territorio de la concertación social. Que esto provoque algún que otro roce entre Zapatero y los nacionalistas, es cosa suya. Porque, a decir verdad, los ha dejado tirados en la cuneta. De la misma manera que ha dejado tirados en el arroyo a una serie de personajes de muy alto fuste que le jaleaban en su política de confrontación y le exigían bombásticamente aquello de más vale reformas sin pactos que pactos sin reformas.


A otra cosa, mariposa.


No entro en las críticas razonadas que algunos han hecho al acuerdo de pensiones; están en su derecho y, sin retranca, afirmo que deben ser tenidas en cuenta por el sindicalismo. Pero sí quiero entrar en un problemilla que algunos carajilleros están instrumentalizando: la figura de Marcelino Camacho. La más representativa podría ser la siguiente: “YA EN SU DÍA mARCELINO (sic) SE VIO OBLIGADO A DIMITIR, POR EL ACERCAMIENTO A LA LÍNEA DEL PSOE. AHORA ENCIMA EMPRENDEN UNA CAMPAÑA PARA HACERNOS CREER QUE LA EFORMA (sic) ES ES NECESARIA. SIN-VERGÜENZAS”. Que dice una comunicante en facebook.


Por supuesto, esta joven no es una carajillera, pero sí lo es quien le ha dicho que “Marcelino se vio obligado a dimitir…”. Cosa que no ocurrió nunca, lo que pasó fue otra cosa. Y doblemente carajillero porque –esto es una hipótesis-- no le informa a la muchacha que él mismo pitó a Marcelino cuando éste defendía el acuerdo nacional de empleo en 1982 y, antes, los Pactos de la Moncloa con más vehemencia incluso que Santiago Carrillo. Por lo tanto, sólo sugiero un castigo al carajillero de marras: que se le deje sin coñac durante una semana.

domingo, 30 de enero de 2011

NOVEDADES EN EL PACTO DE PENSIONES



Jordi Ribó i Flos ha dicho atinadamente en facebook: “Votaré afirmativamente la propuesta de ir hacia el acuerdo, porque creo que es lo mejor, es el acuerdo posible”. Sépase que Ribó es uno de los sindicalistas más representativos del llamado sector crítico de Comisiones Obreras. Más todavía, nuestro hombre censura los ataques –ataques es cosa diferente de las críticas razonadas-- que, desde determinados grupos lumpen, lanzan contra los firmantes del acuerdo; son esas calificaciones de tal alto ringorrango histórico como “traición a la clase obrera y vendidos a la socialdemocracia”. Se rata de unos razonamientos que provienen de redudantes ingestas de cazalla lengionaria.


En fin, estos cirróticos --repito, los que insultan, no los que debaten ásperamente-- ya tienen otro enemigo: Jordi Ribó i Flos. Que, al decir de aquellos, se ha pasado con armas y bagages al revisionismo histórico, dejando atrás el orujo garrafón.


jueves, 27 de enero de 2011

EL PREACUERDO SOBRE PENSIONES


He leído el texto del preacuerdo sobre pensiones. Como no se trata de establecer una competición de adjetivos, diré simplemente: si yo hubiera estado en la mesa de negociaciones habría firmado el documento. Los motivos que me llevan a la defensa de la firma son diversos. Vayamos por partes.


En primer lugar por sus contenidos; valorarlos pormenorizadamente, como es natural, se encargarán los que han estado, dale que te pego, en la mesa de negociaciones. En segundo lugar porque el sindicalismo confederal ha roto la estrategia gubernamental, a saber, que las disposiciones sobre pensiones fueran única y exclusivamente obra del Ejecutivo. En tercer lugar, la quiebra del planteamiento de sólo (y solamente) la jubilación a los sesenta y siete años. Dicho lo cual, me permito hacer una segunda reflexión.


Está claro que una zona no irrelevante del Gobierno no sólo apostó contra la negociación sino que incluso casi a última hora intentó dinamitar el acuerdo, al tiempo que buscaba apoyos a tal fin en el grupo de los 100 economistas que publicaron un chipiritifláutico artículo de viejas resonancias colonialistas: “Más vale honra si barcos que barcos sin honra”. Por lo demás, sea como fuere el caso es que el Gobierno ha ido (en la recta final) al acuerdo obligado por las circunstancias, no porque crea realmente en que tan importantes asuntos deban ser negociados.


Los dirigentes sindicales han estado a la altura.

martes, 25 de enero de 2011

RECORTES EN LA SANIDAD


El nuevo mandamás de la sanidad catalana, Boi Ruiz, ha establecido consigo mismo una dura competición sobre qué medidas desasosegantes es capaz de poner en marcha: sus declaraciones diarias están provocando sarpullidos en la población y algún que otro herpes en la profesión galenística. Recortes –la palabra de moda, taumatúrgica y no sé qué más-- está en la boca de este Ruiz unas veces en vano y otras banalmente. Por eso mi apendicitis se alarmó.


Mi apendicitis se alarmó y declarándose en rebeldía decidió servir para algo: dar por saco a quien la cobija. Es como si se dijera que si las medidas de este Ruiz se ponen en marcha, esto será la de dios es cristo. (Ahí es nada esa poda de 850 millones de euros, que se dice pronto). Y alzando su rebeldía a la condición clínica de aguda me hizo pasar dos días peor que Jesús en el famoso olivar. Hasta tal punto de que una ambulancia –sin que lo supiera este Ruiz-- me llevó volando al Hospital de Calella La Llopa. En menos que canta un gallo, el doctor Roger Pérez (y su equipo habitual) le cortó la cabeza, el tronco y las extremidades a la tal apendicitis aguda. Y taxativamente ordenó tales y tales medicamentos, antibióticos, pastillas. Un fenómeno el doctor Pérez (y su equipo habitual). Un hombre pragmático que me ha dicho: dos o tres días con dieta blanda; después, barra libre.


Ustedes dispensen, más adelante –cuando tenga alguna idea de lo que se está cociendo por ahí— haremos otro tipo de comentario. Esta chuchería la publico hoy porque tengo mono de blog. (Todavía huelo a antibiótico. Con este Ruiz olería a orujo "Últimas voluntades")



domingo, 16 de enero de 2011

UNA PROPUESTA PARA LA NEGOCIACIÓN COLECTIVA



Esperemos que la urgente reforma de la negociación colectiva que al parecer está en la perspectiva inmediata procure los mejores resultados. El asunto es lo suficientemente importante porque trata de la actividad más substancial del sindicalismo confederal. De ahí la necesidad de que los negociadores establezcan un itinerario lo suficientemente discutido con todas las estructuras sindicales. Y aprovechando que el río Genil atraviesa de norte a sur la ciudad de Parapanda aprovecho la ocasión para introducir una propuesta. La que viene a continuación.


Me parece necesario que los sindicatos establezcan un protocolo propio que regule las maneras de abordar el desacuerdo a la hora de firmar o no el convenio en cuestión. Se trata de enfatizar las soluciones unitarias, pero cuando éstas –en tal o cual ámbito-- no son posibles habría que proponer que un instituto sindical formado por ambas organizaciones, de ámbito “superior”, medie infatigable e inteligentemente porque no se produzca un descuelgue unilateral. El “dictamen” de dicho instituto tendría un valor de indicación. Lo que, de momento, sería un paso.

Como puede verse, no se trata de laminar ni matizar la autonomía de los sujetos que negocian que, en último término, serían soberanos –tras el dictamen-- de hacer lo que consideren más apropiado. Simplemente se trata de una cautela en esa búsqueda de evitar lo que, en otras ocasiones (recientes o no) acaba convirtiéndose en una “guerra entre pobres”.



viernes, 14 de enero de 2011

MÁS SOBRE EL PACTO SOCIAL

Nota editorial. Reproducir el artículo de Antonio BaylosExplicar, informar, debatir” (véase su blog) se explica por dos motivos: ampliar la difusión de ese texto y explicitar mi acuerdo. Habla Baylos.



La negociación entre el gobierno y el sindicalismo confederal español sobre la reforma de las pensiones se ha ido transformando para abordar otros temas aún abiertos, como la reforma de la negociación colectiva y el debate sobre las políticas activas de empleo. Se aprecia un cambio de discurso sindical, que recupera el importante documento propuesta del 2009 en el que exponía la necesidad de un gran pacto social y político para que las distintas fuerzas representativas, en sus respectivas competencias, acuerden un marco de referencia de la política económica y social. La posibilidad de “explorar” este acuerdo ha sido refrendada de forma abrumadora por el Consejo Confederal de CCOO y por el órgano de dirección correspondiente de UGT. La nueva perspectiva parece en consecuencia aceptada por los órganos sindicales como una propuesta dotada de racionalidad política. En efecto lo es, puesto que implica una forma de encarar la salida a la crisis muy diferente a la que el Gobierno ha ido llevando a la práctica desde mayo de 2010, y de la que hay manifestaciones tan importantes como el Acuerdo sobre el Empleo y la Negociación Colectiva 2010, 2011 y 2012 cuyos contenidos y función han sido anulados por la reforma laboral de la Ley 35/2010.


Se sabe que los procesos de negociación requieren zonas de sombra y discreción como condición para llegar a un acuerdo, pero el cambio de discurso que se ha producido necesita ser explicado, y no sólo a la estructura interna o a los dirigentes sindicales. De lo contrario, la explicación proviene de medios ajenos a la autonomía sindical que contaminan el razonamiento y la estrategia de estas posiciones sindicales. Es importante porque desde fuera del proceso de negociación que se está desarrollando, hay manifestaciones de personas muy señaladas que insisten en que se ha adoptado ya la decisión sobre el retraso de la edad de jubilación. El carácter definitivo de su alargamiento a los 67 años ha sido reiterado por el propio presidente Zapatero en la presentación anual del informe económico de su gabinete, por el vicepresidente Rubalcaba, y, naturalmente, por el Comisario de Economía de la Unión Europea, Olli Rehn, quienes siguen manteniendo que esta reforma del sistema de pensiones es ineludible, y no puede ser condicionada a la conclusión de un acuerdo. En consecuencia, hay que explicar qué es lo que hace que este discurso oficial que considera la negociación como un fenómeno adhesivo a un hecho consumado no interfiere de manera decisiva en que los sindicatos planteen, de manera verosímil, un acuerdo global social y político, recuperando así la propuesta del 2009, por lo demás planteada en una situación económica y política muy diferente a la actual. Y, en análogo sentido, es importante relacionar el contenido de este acuerdo global con el planteamiento sindical de la Iniciativa Legislativa Popular, es decir, con el proyecto alternativo a la regulación de las relaciones laborales que ha impuesto la Ley 35/2010, cuya difusión y continuidad era prioritaria en los próximos meses.


En la cultura sindical española “clásica”, la asamblea, tanto de trabajadores como de delegados, tiene una función decisiva no sólo en un contexto de movilizaciones y de huelga – donde resulta imprescindible, como se comprobó recientemente, en la huelga general del 29 S - sino en la transmisión de la información y valoración que la dirección del sindicato hace de una situación concreta y de las propuestas de avance sobre la misma. Mediante las asambleas, se traslada al conjunto de la organización y a los trabajadores en general, la interpretación que el sindicato hace de un momento concreto, las medidas de acción y las estrategias que arbitra, y el escenario futuro en el que se coloca el sindicato y su capacidad de reforma de la realidad laboral en la que se inserta. Esta función de transmisión de la información, ayudada y complementada por otros canales de información y redes sociales, permite asimismo que los afiliados y los trabajadores conozcan, participen y debatan ese plan de actuación y las estrategias concretas que se quieren llevar a cabo. Informar, explicar y debatir son las condiciones de existencia de la participación democrática en la acción sindical, y, por eso mismo, son las condiciones de existencia de un sindicalismo activo, con presencia decisiva en los lugares de trabajo, y capaz de movilizar a los trabajadores en la defensa de sus intereses.


Explicar es una necesidad no sólo “hacia dentro”, con efectos sobre los trabajadores y afiliados. El sindicalismo español ha sido capaz de agregar a su lucha a otros movimientos sociales y reivindicativos muy dispares, entre los cuales destaca la capacidad de atracción sobre gentes de la cultura, intelectuales y artistas. También en esta vertiente “externa” de tan importante presencia pública, la información y el debate resultan imprescindibles, para evitar incomprensiones o alejamientos ante un cambio de discurso sindical que resulta opaco y por consiguiente interpretable desde posiciones y miradas que lo pueden reconducir a actitudes o conductas de entreguismo o de electoralismo que no se corresponden con la realidad.


Informar, explicar y debatir, por tanto. El sindicalismo español está haciendo esfuerzos lo suficientemente importantes en la reconducción de las salidas a la crisis como para que no se conozca su actuación y sus propuestas de interpretación del momento concreto y de la situación concreta en la que nos encontramos. Se ha establecido un ligamen fuerte de confianza entre los trabajadores y trabajadoras españolas y el sindicalismo confederal, reconstruyendo una representación directa de mayorías sociales que en el plano político se había visto defraudada. No se debe permitir el deterioro de esta doble relación, tan productiva en términos democráticos. [Fin del artículo]



Posdata. No nos resistimos a publicar un comentario que, en dicho blog, dejó escrito PT que, por las iniciales y su sabiduría, sospechamos quién puede ser. Dijo acertadamente lo que sigue: De la negociación de la reforma de las pensiones a la negociación de un pacto global, con congelación de la avisada huelga general hay un salto que efectivamente no se ha explicado. Conviene, pues, que exista una información y explicación transparente, más allá de este salto cualitativo en la negociación entre Gobierno y Sindicatos, acerca de los objetivos que persiguen las organizaciones sindicales. De otra manera, el debate se torna realmente imposible. Por último, parece igualmente necesario que la propuesta de negociación de un pacto global sea reconocido y aceptado por las partes de la negociación, no vaya a ser que suceda como con la negociación de la reforma de las pensiones, donde una parte afirmaba estar negociando, mientras que la contraparte, durante el proceso de negociación, ha estado convenciendo a la ciudadanía de las virtudes de la reforma "adoptada". PT


Radio Parapanda. La voz autorizada de don Lluis Casas en INCOHERENCIAS

jueves, 13 de enero de 2011

EL REFERÉNDUM DE NISSAN


El referéndum que se ha celebrado en Nissan ha dado el siguiente resultado: el setenta por ciento de los trabajadores ha votado a favor del acuerdo que habían suscrito Ugt y Uso, lo que obviamente equivale a un insuceso de Comisiones Obreras. Comoquiera que no tengo los datos necesarios para establecer una opinión con fundamento dejaré de lado una valoración concreta del comportamiento de las fuerzas sindicales, de todas ellas, en este áspero contencioso. No tengo, por otra parte, motivos para una equidistancia entre unas y otras, repito: simplemente no tengo datos. Y, por otra parte, no acostumbro a dar razón a ciegas ni siquiera a los míos. No obstante, me permito una serie de reflexiones genéricas al respecto.


En este tipo de referéndums la hegemonía no está en los sindicatos sino en la dirección de las empresas. Es lo que también está ocurriendo en Fiat, Italia, aunque el caso de Nissan –quede rotundamente claro-- no es comparable. Lo que relaciona ambas situaciones es precisamente que el centro de gravedad está fuera de los sindicatos, aunque algunos de ellos, por ejemplo en Nissan, hayan pactado con con la contraparte. Digamos, pues, que el vínculo entre las dos situaciones es que se produce un referéndum donde se vacía su propio significado, ya que rechaza, dado el chantaje empresarial, con un visible prejuicio, uno de sus posibles resultados. En otras palabras, en estos casos, las empresas dirigen estas “guerras entre pobres”. Por otra parte, otra de las características es que, incluso los firmantes, siguen con el alma en vilo porque no saben cómo se comportará la empresa tras lo acordado. Lo que equivale a: la eficiencia económica del pacto sigue en entredicho. Cosa que ya ha sucedido en anteriores ocasiones en la mismísima Nissan, que siempre hizo de los acuerdos de su capa un sayo. Lo que, en el fondo, significa hasta qué punto el poder económico se está redistribuyendo en el mundo global, esto es, quién lo ejerce y quién lo controla.

miércoles, 12 de enero de 2011

UN PACTO DE ESTADO SIN MÁS DILACIÓN



La noticia de ayer: los sindicatos proponen un pacto de Estado que, más allá de las pensiones, aborde un amplio abanico de reformas económicas en materias de energía, industria, educación y otras. Las contrapartes deberían aceptar el envite. Es más, Zapatero –si de verdad opta por un grupo de buenas reformas— no debería hacerse el sordo; y si Joan Rosell quiere ser un sujeto de utilidad a los empresarios debería abrir bien los ojos y ponerse manos a la obra.


¿Por qué es racional la propuesta sindical? Por una sencilla razón que, según parece, todavía no ha querido descubrir el Gobierno: porque de esa manera se establecen los vínculos y compatibilidades entre todos los grandes temas que siguen dispersos. Porque, es un decir, no se puede plantear una política de urbanismo haciendo de cada vecindario una isla sin relación alguna con el conjunto de la urbe. Y, en concreto, porque es un dislate establecer una serie de medidas en pensiones sin relación alguna con el modelo productivo; porque es un galimatías poner en marcha un nuevo modelo de negociación colectiva independiente de las trasformaciones en los centros de trabajo; porque no se pueden diseñar reformas energéticas y educativas sin compatibilidad con tales transformaciones.


En concreto, el asunto tan espinoso de las pensiones habría que reenviarlo a ese pacto de Estado. Lo que no sólo no significaría desdoro alguno para el gobierno sino justamente el mejor acomodo para que esa reforma tenga cara y ojos en el contexto más idóneo de un paquete general. Porque, así como un conjunto de retales dispersos no conforman un traje, de igual modo una batahola de medidas acaba siendo algo así como el ejército de Pancho Villa.


Precisamente este mismo blog decía el 11 de febrero de 2009: “Es de cajón que mientras más tarde se aborde la necesidad de entrar en la concertación se complicarán más las cosas. O, si se prefiere, conforme se van agravando los problemas, más difíciles encontrarán la salida los interlocutores que se sentarían triangularmente. De manera que es la hora de correr a todo gas”. Pues bien, en parte por no haber abordado a tiempo dicho pacto de Estado nos encontramos con estos pelos tan mal peinados. Sucedió, en aquellos entonces, que una sociedad anónima de sordos, ante la propuesta de pacto de estado, preguntó: ¿de qué hablan esos? En fin, ¿continúan siendo sordos?


Radio Parapanda. Desde Soportújar se escribe esto: LA DERECHA YA MANDA: el gobierno de los mejores, naturalmente quien habla es don Lluis Casas.


martes, 11 de enero de 2011

GLOBALIZACIÓN Y DESLOCALIZACIONES


Nota editorial. Esta es una conversación entre Ulrich Beck y nuestro amigo Riccardo Stalignò. La Escuela de Traductores de Parapanda se desvivió por traducirla al castellano. Quien lo ha hecho nos recomienda leer despaciosamente porque, estando de acuerdo con lo general, hay algunas cosillas que podrían haberse dicho mejor.



Riccardo Stalignò. A finales de los ochenta usted escribía que los riesgos globales son nuestros riesgos. Hoy la globalización entra en nuestras fábricas y cambia las reglas. ¿Podemos resistir? ¿Y cómo?


Ulrich Beck. Lo de Fiat es un buen ejemplo de cómo la globalización puede usarse como un nuevo juego de poder para cambiar las reglas del poder. Estamos viendo que la economía se está liberando de los vínculos nacionales y democráticos. Los Estados del siglo XIX crearon instituciones para reducir los daños que el capitalismo industrial podía provocar. Aquel matrimonio de entonces entre poder y política está acabando en divorcio. El poder es siempre menos democrático, menos legal, más informal y parcialmente transferido a un capital siempre más móvil y al mercado financiero. Y parcialmente a los individuos que tienen que protegerse ellos solos.



Pregunta. A juzgar como van las cosas no parece fácil defenderse solos…



Respuesta. Cierto, no lo es. Me viene a la cabeza un caso similar que ocurrió en Alemania. EN 2001 La Volkswagen quería que sus obreros trabajasen más tiempo con un salario menor y con menos derechos. O aceptaban entrar en una newco especial o se llevaban la producción a Eslovaquia o la India. Todos, desde los sindicatos al Canciller socialdemócrata Gerhard Schröder, dijeron que era una cosa maravillosa. Y se congratularon después porque, dijeron, se evitó una hemorragia al exterior. Sin embargo, veo una diferencia importante. En Vw hay un consejo internacional de trabajadores que interpelan a la empresa cada vez que intenta deslocalizar hacia países donde el coste del trabajo es menor. Un contrapoder al management que, aunque estando en la legalidad, está siempre menos legitimado con respecto a la comunidad nacional que lo expresa.



Pregunta. En Risikogesellschaft usted imaginaba una sociedad cosmopolita como “nexo global de responsabilidad donde los individuos –y no sólo sus representantes-- pudieran participar directamente en las decisiones políticas”. Aquí, sin embargo, nos encontramos con lo opuesto. ¿Es esta la relación entre capital y derechos?


Respuesta. Debo admitir que es un buen contraejemplo en mi optimismo de entonces. Creo todavía que los individuos –por ejemplo, los consumidores con consciencia política-- son un gigante durmiente. Si se agrupan y organizan sus decisiones de comprar o no comprar tal cosa puede valer casi tanto más que un voto. La misma acción coordinada vale para los trabajadores. A escala internacional hay una competición de sistemas económicos; muchos de ellos, como el chino, puede ser más eficiente que el occidental. Hay que inventar otros modelos.



Pregunta. Occidente se vanagloria de exportar la democracia, incluso a punto de bayoneta. ¿Por qué no exportamos también la democracia del mercado de trabajo que caracterizaba nuestra civilización?



Respuesta. La democracia del capital no se juega en el interior de una nación. Esta pregunta se debería hacer a la Unión Europea. Uno de los motivos por los que la UE tiene tantos problemas para ser aceptada por la población es que sólo se ocupa del mercado desde una perspectiva neoliberal. Su reputación se ampliaría si empezara a pensar cómo garantizar a los trabajadores de los Estados miembros un estado de seguridad.



Pregunta. Usted conoce la objeción de los managers: para ser competitivos hay que renunciar a algunos derechos. ¿Le convence?


Respuesta. Es un argumento inmanente, sólo bueno para contextos limitados. Sin embargo, pensando en los trabajos de mayor cualificación –aquellos sobre los que todavía podemos ser competitivos-- en la medida que se recortan los derechos más se reduce la identificación del empleado con la empresa, y con ello, la flexibilidad y creatividad que se necesita para prosperar. Al final, redefiniendo Estado y sindicatos en una dimensión trasnacional, también las empresas se darían cuenta de que democracia y productividad son dos lados de la misma medalla.


Pregunta. Mientras tanto asistimos a la desvalorización del trabajo, entendido sólo como contrapartida de un salario. Antes era otra cosa: o bien un instrumento de dignidad o de libertád. ¿Qué ha ido mal?


Respuesta. Quizás tengamos que recuperar de Marx la idea de la internacionalización de la clase obrera. Pero si queremos reinventar la política del trabajo en los albores del siglo XXI debemos darnos cuenta que vivimos en un mundo policéntrico e intentar nuevas alianzas entre trabajadores y consumudires, entre Estados, reorganizando la Unión Europea. Lo que falgta en este debate es una izquierda que no sea nostálgica del viejo welfare sino abierta a convertirse en la contraparte del actual capital trasnacional.


Pregunta. Por el momento hay quien, entre nosotros, critica esta insistencia en los derechos y lo etiqueta como conservador, como quien rema contra el progreso. ¿Es así?


Respuesta. No, diré que es justamente lo contrario. En las dos últimas décadas las políticas neoliberales se han presentado como el progreso, pero nos hemos dado cuenta que son categorías zombi. Nos prometieron “más mercado, menos pobres” y ha ocurrido lo contrario. Lo mismo con la crisis financiera. La visión neoliberal, que Europa también ha adoptado, ha fracasado en toda regla. Debemos intentar superarla con una visión socialdemócrata, añadiéndole una de tipo ambientalista. Y obviamente trasnacional.


Pregunta. La globalización se rige por la deslocalización hacia países menos desarrollados. De ese modo, las empresas ahora y se enriquecen. Pero, ¿por qué una parte de estos beneficios no se redistribuye, siguiendo un principio de vasos comunicantes, entre los trabajadores de los países en los que tienen la razón social?


Respuesta. En primer lugar porque las compañías están cada vez más globalizadas, también en su interior. BP, hoy, no es ya Britisn Petroleum sino Beyond Petroleum. O una multinacional que paga los impuestos en Suiza y opera en numerosos países. Es difícil decir dónde está la sede de esta compañía. En segundo lugar porque la redistribución de la riqueza ha sido tarea de los Estados nacionales. Sólo una Unión Europea más ambiciosa, con un presupuesto e impuestos comunes podría abordar este problema. Pero mientras que en Bruselas reine la ideología neoliberal estaremos en la enésima posibilidad desaprovechada.

lunes, 3 de enero de 2011

CAINISMO SINDICAL


Hasta la presente era un lugar común que los ataques al sindicalismo venían desde sus viejos y nuevos adversarios, y así continúa el asunto. Pero lo que no nos entraba en la cabeza era que, desde las mismas filas de los sindicatos, se podía arremeter contra el propio movimiento sindical. Eso es lo que está ocurriendo, desgraciadamente, en Italia. Y para mayor concreción en una de las factorías más emblemáticas, no sólo de aquel país sino de toda la Unión Europea. Hay suficiente información al respecto en http://www.cgil.it/dettagliodocumento.aspx?ID=15346. No es que las relaciones sindicales en Fiat fueran como agua de mayo, por lo general siempre se caracterizaron por su aspereza; pero, en esta ocasión, la cosa ha pasado a mayores.


En apretada síntesis: dos sindicatos, CSIL y UIL, acuerdan un convenio colectivo en Fiat que destruye derechos indisponibles y que, además, plantea que quien no firme el pacto (como es el caso de la FIOM-Cgil) para --seguir participando en el escenario de las relaciones industriales de la empresa-- debe ser admitida unánimemente por los sindicatos firmantes y la dirección de la Fiat. Lo que equivale a la eliminación de quien no firma el acuerdo, la Fiom. O sea, tres sujetos no institucionales se abrogan unilateral y autoritariamente la destrucción de un derecho constitucional. Irrumpen, como puede verse, en ese escenario –incluso vedado a los poderes del Estado— de lo que está prohibido como “convención democrática acerca de lo que es indecidible para cualquier mayoría” en el que tanto insistió, primero, Norberto Bobbio y, después, Luigi Ferrajoli. Es decir, ya no sólo es el quién y el cómo de las decisiones, sino el qué: qué no debe decidirse –es decir, la lesión de los derechos de libertad— y, por el contrario, qué debe decidirse, o sea, la satisfacción de los derechos sociales.


No hace falta ser bachiller en leyes para percibir que estamos ante un problema que va más allá de la cuestión jurídica. Nos encontramos ante el contagio de la estofa berlusconiana hacia una parte no irrelevante de la sociedad civil, en este caso dos organizaciones sindicales y la dirección de Fiat. Que se pasa por la cruz de los pantalones toda convención democrática. Y, por supuesto, hacia el mundillo de los esclavos felices que, en este caso, son la CSIL y la UIL. En resumidas cuentas, Berlusconi no acaba en sí mismo, cuenta con aguerridos palmeros en su rumba macabra. Unos sujetos que no tienen inconveniente en participar activamente en “la empresarialización de la regulación social del trabajo” como han expresado recientemente los autores del Manifiesto de apoyo a la Fiom, que hemos publicado en la entrada anterior. Hablando en plata, para inmolarse como el peor Arlequín, el servidor de dos amos. Para inmolarse, decimos, en el propio corazón de lo más substantivo del sindicalismo: el convenio colectivo. Lo que nos provoca una tan urgente como necesaria discusión al respecto: aquí, en España, con la intentona de liquidar la ultraactividad, tal como la sueñan algunos de nuestros, en expresión de Keynes, “orates en el poder” y las insistentes exigencias del Banco de España, exigiendo la eliminación de las cláusulas de revisión salarial; en Italia con el precedente de Fiat. Y, en ambos países, con el punto de mira patronal (y sus palmeros institucionales) que se orientan a la construcción de un welfare empresarial que se orienta a un sistema político de signo autoritario. Se trata de una gran cuestión que, tal vez, concite un debate de cara al Congreso de la Confederación Europea de Sindicatos que tiene su cita en Mayo. Vale.





Comentario de Antonio Baylos al respecto.

Querido José Luís: Te sugiero que a tu entrada añadas lo que sigue a continuación. Hay un problema técnico-político en esa actuación de FIAT, que es la “privatización” de la negociación colectiva y la mancata legislación de desarrollo del art. 39 de la Constitución italiana sobre el “erga omnes”, que habría hecho imposible la libertad en la selección del interlocutor, que es lo que hacen en FIAT y aquí en España se pretende / pretendió con los convenios extraestatutarios. La unidad de acción sindical es una condición necesaria para hacer imposible (o más difícil) esta empresarialización que fuerza un consenso con sindicatos “seleccionados” por el poder privado del empresario como interlocutores “beneficiados” por ese mismo acto de elección. También aquí en Italia, como pasa en Francia, la idea de la representatividad sindical no se une al principio de mayoría como un requisito inescindible, y por tanto es posible realizar esa “conventio ad excludendum” del sindicato mayoritario. Pero eso aquí y en Sebastopol se llama amarillismo sindical o colusión entre los intereses empresariales y de otros sindicatos en excluir al sindicato más representativo de los trabajadores. El problema italiano es que esta maniobra se acompaña de un referéndum entre los trabajadores a los que se les hace por la fuerza cómplices y partícipes de esta “abjuración” del sindicato mayoritario, como el niño del Lápiz del carpintero se ve obligado a lanzar la piedra sobre el maestro al que llevan a fusilar, (símil excesivo, pero asi son las asociaciones de imágines o collegato imago
).

lunes, 27 de diciembre de 2010

¿QUÉ TIENE ZAPATERO CONTRA LA NEGOCIACIÓN COLECTIVA?


Zapatero practica una ilusión bovina sirviendo a los mercados. Ahora se dispone a meterle mano a la negociación colectiva, aunque todavía no conste en pergamino alguno que los mercados se lo hayan pedido. Es igual: nuestro hombre se anticipa tan diligente como chotunamente.


No es una broma lo que se trae entre manos. Intenta meterle el diente a toda una serie de instrumentos que han caracterizado nuestra arquitectura negocial. Y lo hace no precisamente para darle fuerza a las vigas de ese gran edificio sino para desmochar aquello que ha servido de (asimétrica) compensación al poder unidireccional del empresario. Por ejemplo, la ultraactividad. Que se encuentra prevista por el artículo 86.3 del Estatuto de los Trabajadores y, hasta la fecha, ha permitido que los trabajadores no sufran alteraciones en sus condiciones de trabajo por falta de convención colectiva aplicable. Si tamaña operación sigue adelante parece claro que el convenio colectivo sufrirá una profunda metamorfosis y el ejercicio del conflicto se verá permanentemente enrarecido.


Esta es una vieja reivindicación empresarial. Para ser más concretos: del empresariado más retardatario. A quienes se les ríe las gracias no sabiendo nosotros, a estas alturas, en base a qué servicios prestados. O tal vez porque la ceja, habiendo perdido visiblemente no pocos apoyos, está a la recherche du temps perdu.


De la negociación colectiva sabemos dos cosas: primero, que nada de ella motivó la parte alícuota que tiene la crisis española en este diluvio universal; segundo, que sin lugar a dudas ese modelo –con todas sus imperfecciones-- es responsable en buena medida del relevante progreso económico en nuestro país. Así pues, la ilusión bovina de Zapatero, en este caso hacia el paradigma empresarial más antañón, apunta en realidad no a ser una medida anti crisis, sino a la desforestación de instrumentos (auténticos bienes democrácticos) para que, en la salida de la crisis y la actividad posterior, el empresariado disponga de mayores poderes. Descárteses, pues, la hipótesis de que Zapatero ha perdido la chaveta; no es precisamente la camisa de fuerza lo que necesita este caballero.






martes, 14 de diciembre de 2010

FRENTE A LA LEY DE HUELGA



Entrar en el asunto de la ley de huelga sería para el sindicalismo confederal un mal negocio, porque perdería una de sus principales características de sujeto-conflicto. Ya sé, ya sé que más de uno podría contestar aquello de “depende”. Depende –se me diría paternalmente— de los contenidos de dicha ley. Vale, pero ¿con la actual correlación de fuerzas parlamentaria, alguien piensa que saldrá una ley aceptable? Pregunta retórica, desde luego, porque (casi) todos sabemos la respuesta.


El sindicalismo confederal tiene, en mi opinión, una forma de enfrentarse a la posibilidad de que alguien (en esta legislatura o en la próxima) quiera reabrir el melón agrio de la ley de huelga. Y debe hacerlo mucho antes de que empiecen las insinuaciones legeferendarias. Es más, estoy bastante perplejo de que no lo haya hecho hace ya muchos años. Y se me ponen los ojos como platos de que no lo haya planteado hace una semana. Estoy hablando de la autorregulación de la huelga.


La autorregulación de la huelga es, como he dicho cientos de veces en los lugares más apropiados (tabernas y cafetines, barberías y lavaderos), un código de cómo ejercer la huelga en aquellos servicios esenciales de la comunidad; un código elaborado y aprobado sólo y solamente por los sindicatos. Su objetivo no es impedir la huelga sino buscar la manera de hacerla para que, cumpliendo su objetivo central –esto es, orientada contra el sujeto oponente— no sólo no haga estragos en sectores ajenos al conflicto e, incluso, que éstos entiendan las razones y las compartan.


Me excuso por mis malas pulgas: si se llega a poner en funcionamiento una ley de huelga, los primeros responsables serán por activa quienes la patrocinen; pero, por pasiva, quienes no hayan hecho nada por impedirla. Máxime cuando todos sabemos que en los pletóricos archivos de los sindicatos hay varios documentos sobre la autorregulación de la huelga. Vale


Noticia a Gianni Bombaci. Te gustará, querido amigo, esta anécdota. En cierta ocasión se hizo un homenaje a Luigi Nono en Sevilla. Entre el público estaba el gran Enrique Morente, recientemente fallecido; en un momento dado, el cantaor se puso a hacer palmas como acompañamiento de la música de Nono. A la selecta concurrencia le pareció que era lo más adecuado.


Radio Parapanda. Enrique Morente : Granaína

lunes, 13 de diciembre de 2010

YA SE PIDE UNA LEY DE HUELGA


Se cumplió el pronóstico que hicimos en EL DESPOTISMO HIDRÁULICO DE LOS CONTROLADORES AÉREOS. Que, como se ha visto, fue: tras el motín carbonario de la noblesse d’ etat (en la acepción de Pierre Bourdieu), voces saldrán exigiendo una Ley de Huelga. De momento un opinador –de literatura frecuentemente avinagrada— como Enrique Gil Calvo lo exige taxativamente en El País de hoy, lunes.


Pues bien, a este Gil le puede seguir una leva de correligionarios que abarcarán las cabañas, los palacios y los claustros (según relata don Juan Tenorio) o, si se prefiere que no haya metáforas: de una parte de la izquierda, de la derecha y de aquellos que (astutamente) no se disfrazan de la una o la otra. Tales cofradías están esperando ese caramelo de la Ley de Huelga.


Pues bien, esta
noblesse d’ etat –además del estropicio que organizó aquel fin de semana a la gente-- le habría creado una complicación caballuna al sindicalismo confederal si éste no reacciona de manera conveniente.



sábado, 11 de diciembre de 2010

LA FARFOLLA DEL SISTEMA PRODUCTIVO ESPAÑOL


Por lo que se ve no hay manera de superar las dos antiguallas que obliteran el desarrollo en nuestro país y, ahora más concretamente, la salida de la crisis económica en aquellos aspectos que se refieren a España. De un lado, el modelo de crecimiento y, de otra parte, el marco de las relaciones laborales. El primero: la insensata postura de no abordar la cuestión tecnológica; el segundo: el mantenimiento de un modelo arcaico que, a mi juicio, entró en crisis definitiva hace ya algunos años. Ambos tapones se acompañan desprejuiciadamente en el chambao económico español. Pues bien, ¿no quieres sopa? Ahí van tres tazones: el Ministerio de Ciencia deja de gastar un tercio del presupuesto para I + D; sólo el 1,26 por ciento de la innovación que cataloga la Unión Europea es española; y el empleo científico bajará un 6,2 por ciento. Por otra parte, ninguna de las putativas reformas estructurales pendientes contempla la tecnológica. En resumidas cuentas, un fantasma recorre el modelo productivo español: la farfolla.

viernes, 3 de diciembre de 2010

MARLON BRANDO CON MARCELINO CAMACHO



Jaime Sartorius, Eduardo Saborido y un servidor hablamos ayer –ante numerosa concurrencia, todo hay que decirlo— sobre el Proceso 1001, para entendernos: el juicio contra Marcelino Camacho y sus compañeros, los llamados Diez de Carabanchel. El texto de mi intervención se encuentra en LA DETENCIÓN DE MARCELINO CAMACHO SÓLO FUE UN RASGUÑO.


En el caso de que Jaime y Eduardo me envíen sus charlas por escrito –cosa bastante improbable, por lo menos en el caso de Saborido-- serán publicadas sin más dilación en este cibercuaderno. Hoy les daré un anticipo bastante suculento.


Explicó Jaime Sartorius que se organizó –estamos hablando de 1973— un viaje a los Estados Unidos para recabar solidaridad con los detenidos y la amnistía. Jaime se entrevistó con personalidades y organizaciones a lo largo y ancho de aquel gran país. Alguien le organizó una entrevista nada menos que con Marlon Brando. Este artistazo dijo: “Mire usted, me avisan con un mes de antelación, me presento en Madrid y acudiré al juicio de Marcelino. Tiene que ser con ese tiempo porque estoy muy liado en este asunto de la defensa de los indios… “.


¿Por qué no pudo venir el gran Marlon Brando al juicio? Porque el Tribunal de Orden Público fijó fecha con sólo cinco días de antelación. En todo caso, hay queda el detalle.



Radio Parapanda. UNA JORNADA PARTICULAR Según relata don Lluis Casas.

Véase, además, INJERENCIA ANTISINDICAL DE LA SECRETARIA DE TRABAJO EN MÉXICO a cargo del afamado becario Simón Muntaner.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

LOS MERCADOS HAN LEÍDO A MAO-TSE-TUNG



Todo parecía que, en el contexto de la globalización acelerada Europa entendería esa realidad y su mensaje. Sin embargo, lo chocante del caso es que se ha producido un comportamiento chocante: a medida que la globalización avanzaba, los gobernantes europeos se han ido retrayendo a sus propios campanarios y fomentan políticas de retraimiento a sus behetrías nacionales. Algo así como que el Estado-nación se defiende como gato panza arriba, siguiendo el maximario castizo de profundas resonancias frailunas: para lo que me queda dentro, me cago en el convento. Y en eso, desgraciada y estúpidamente, estamos para desgracia de los trabajadores y sus familias.

Lo que me arriesgo a decir, con el tartajeo propio de los escasamentes documentados, es lo siguiente: la explicación fundamental de lo que nos está ocurriendo es la consecuencia del déficit político europeo en todos los terrenos: los políticos e institucionales, los económicos y los sociales. Este déficit es el caldo de cultivo donde campan “los mercados”, que saben que no hay un carlomagno colectivo que les lea la cartilla adecuadamente. De manera que a un servidor le parece de lo más hipocritón que nuestros gobernantes lloren como plañideras pueblerinas ante el acoso de los mercados cuando aquellos no saben defender –como el rey Boabdil-- el reino de Granada, o sea, Europa. Naturalmente, esos sujetos globales que son los mercados les han tomado el número a la política cortijera. Ésta, a su vez, observa voluntariamente maniatada, que los mercados han hecho suyo el contenido del famoso libro de Mao Tse Tung, que tiene el expresivo título Una sola chispa puede encender la pradera. Una chispa que ya es un incendio de considerables proporciones mientras los bomberos están a servicios mínimos.


Radio Parapanda. MANIFESTACION DE LA CGIL EN ROMA

martes, 23 de noviembre de 2010

LA DETENCIÓN DE MARCELINO CAMACHO SÓLO FUE UN RASGUÑO



Nota editorial. Se publica un esbozo de mi intervención en un acto que organiza el Arxiu Històric de Comisiones Obreras de Catalunya el dia 2 de diciembre con el siguiente cartel: Eduardo Saborido, Jaime Sartorius y un servidor de ustedes. La foto se corresponde con el homenaje de Comisiones Obreras de Catalunya al pintor Antoni Tàpies.



Desde el Plan de Estabilización hasta la primera crisis del petróleo España fue el segundo país del mundo en crecimiento real, sólo superado por Japón. Pero de sopetón, tras la guerra del Yon Kippur, pasamos a una situación bastante estrafalaria. De golpe nos encontramos con que, a partir de octubre de 1973, sólo las importaciones de productos petrolíferos representaban el 4 por ciento del producto bruto. Ahora bien, España hace en principio como si no existiera la crisis, como si no pasara nada. Más todavía, Antonio Barrera de Irimo, Ministro de Hacienda, no sólo ignoró la crisis sino que, en unas declaraciones públicas, negó taxativamente que existiera, creando de esa manera un cierto precedente de posturas más recientes.
Este es el somero cuadro sinóptico de la situación económica cuando se produce la detención de Marcelino Camacho y sus compañeros en junio de 1972. Mi maestro Cipriano García, Armando Varo y yo mismo nos escapamos de la redada.


¿Qué novedades hay en ese contexto? La reaparición de un movimiento de masas tras la confusa situación en la que nos encontramos, CC.OO., a finales de la década de los sesenta. Es un movimiento rotativo por zonas geográficas que tiene su arranque en la huelga de la construcción de Granada en el verano de 1970. Digamos que, en esa acción colectiva, durísimamente reprimida con tres asesinatos de dirigentes obreros, reaparecen, agigantados, los rasgos definitorios del nuevo movimiento obrero que impulsaba Comisiones Obreras.


A mi juicio, la etapa que estamos relatando –esto es, el largo contexto de las secuelas del llamado Proceso 1001-- tiene como principal característica el paso de la parcial desintegración (especialmente de los años 69 y primer semestre del 70) a un itinerario de lenta pero irreversible reintegración del movimiento de los trabajadores, de un recorrido de parcial desintegración centrifuga a los esfuerzos por la coordinación implícita de las acciones colectivas que se van sucediendo. En resumidas cuentas, tras la huelga granadina y las grandes movilizaciones de la primavera del Ferrol en 1972 ya no se dará ninguna situación como el año verdaderamente de plomo del 69. Ello explicaría que, por ejemplo, en aquel contexto de la crisis de 1973 se dieran importantes victorias salariales.


Se trata de grandes movimientos de lucha. De ellos surgen nuevas formas de representación, nuevos sujetos colectivos que curiosamente tienen una serie de características de la acción colectiva de organizaciones de otros países, que rompen definitivamente con su anterior forma de ser. Por ejemplo, los italianos enterrando las “comisiones internas” y creando los consejos de fábrica, con Bruno Trentin al frente; los ingleses que ensayaron la experiencia de los delegados sindicales "puenteando" a los sindicatos de oficio; los brasileños (con Lula a la cabeza) que sobrepasan a los sindicatos corporativos (los pelegos); los sindicatos autónomos polacos contra los estatalistas … Y por supuesto la acción colectiva española. El epicentro de toda esa acción es el centro de trabajo, que ya inicia las grandes transformaciones que vendrán los próximos decenios, mediante la asamblea deliberativa (nuestra singular ortopraxis): la base de la independencia y autonomía, instrumento de la democracia participativa y pilar de la unidad social de masas.
Concretamente, fue en aquellos momentos cuando se apunta, a trancas y barrancas en el sindicalismo español, un eficaz modelo de representación que, curiosamente, todavía se mantiene; un modelo que habría que repensar.


Vale la pena señalar que la detención de Marcelino Camacho, Eduardo Saborido y el resto de los compañeros sólo representó un rasguño para la organización y el movimiento. Tan selectiva represión (la flor y la nata del sindicalismo español) no impidió que la lucha siguiera su curso. Francamente, los suplentes que estaban en el banquillo no desmerecieron. Soy de la opinión que todavía no se ha hecho suficiente justicia a la personalidad de Cipriano García. En eso me recuerda la figura de Luigi Longo, emparedado entre dos figuras tan gigantescas como Palmiro Togliatti y Enrico Berlinguer. Quiero decir que a Longo todavía no se le ha hecho la justicia que se merece. De Cipri se ha hablado largo y tendido con motivo de su aportación al movimiento obrero y sindical de Catalunya, pero todavía no ha sido valorado suficientemente su guía española en todo el itinerario que va desde julio del 72 hasta la salida de Marcelino, Eduardo y Nicolás Sartorius de la prisión años más tarde.


El puñado de movilizaciones (la mayoría de las grandes con características de huelga general locales o de sector) que se irán produciendo –Vigo, el Baix Llobregat, Navarra, Construcción, los Textiles, el campo andaluz, la Banca etcétera— junto con las realizadas en las catedrales (cuasi)fordistas –Seat, Olivetti, en Sevilla y Madrid) tienen como dirigentes a una nueva generación de líderes sindicales que actúan abiertamente, es decir, a pecho descubierto que es, simultáneamente, una garantía de relación personal, de compromiso sentimental con la gente (en la acepción que Gramsci le daba a compromiso sentimental) y de protección frente a la represión. No es un tópico afirmar que cada detención de un dirigente le costaba caro a la dictadura. Digamos que el itinerario post 1001 es un consolidado proceso de salida a la superficie que ya no tendrá vuelta atrás. La culminación de ese recorrido de conquista de la libertad sindical, todavía bajo el franquismo, tiene su momento culminante en el copo por parte de las candidaturas obreras y democráticas (mayoritariamente de Comisiones Obreras) en las elecciones sindicales de 1975, el gran momento de asalto a las estructuras del sindicalismo putativo de la vieja CNS, ya disfrazada de Organización Sindical Española que, como la mona, se había vestido de seda. Se diría que, tras el resultado de esas elecciones, todas las "franquicias" de Comisiones Obreras están en un movimiento que ya no es espasmódico sino fisiológico.


A grandes rasgos podemos decir que nos salimos con la nuestra. Es más, tal como he afirmado en otras ocasiones, esa agregación de fuerzas nos llevó a la ruptura sindical. En cambio, no hubo ruptura democrática.


Pero hubo algo que no conseguimos: la unidad sindical orgánica. Precisamente fue a discutir este tema al que estábamos convocados en la reunión de Pozuelo de Alarcón, cuando la famosa detención que dio lugar al Proceso 1001. En concreto se trataba de un documento, preparado por la mano sabia de Nicolás Sartorius que nosotros habíamos discutido concienzudamente en Catalunya. Como homenaje a don Joaquín Ruiz-Jiménez recuerdo que el informe de Sartorius, limados algunos adjetivos para que pasara la censura, fue publicado por Cuadernos para el Diálogo con la firma de N.S.A., vale decir, Nicolás Sartorius Álvarez.


Digamos que en el imaginario de Comisiones Obreras siempre estuvo presente la unidad sindical, que se convirtió en un planteamiento recurrente en aquellos tiempos. Se diría que incluso lo convertimos en un mitologema. Es claro que nuestro gozo acabó en el pozo. No es el momento ahora de entrar en más consideración de la unidad que pudo haber sido y no fue. Tan sólo una muy breve reflexión al respecto: ahora que no consideramos la unidad como un mito, tal vez sea posible empezar a enhebrar paciente y gradualmente los primeros retales para llegar a ella.
Lo que no puede ser, en mi modesta opinión (poco documentada, naturalmente) es que se pase del mito de la unidad sindical a la desgana y al acostumbrarse a no buscarla. Hombre, ni tanto ni tan calvo.


Radio Parapanda. Vietnam 2010 - Una aproximación sindical II (Relata Isidor Boix)




sábado, 20 de noviembre de 2010

DE LA IZQUIERDA CONSIDERADA MALDITA


“¿Qué relación existe entre Sade, el divino Marqués, y el sistema industrial capitalista, más allá de una coincidencia temporal en el lapso histórico en el que ambos despliegan sus potencialidades en Francia?”. La respuesta la proporciona Antonio Baylos en dos partes: 1) Recomendándonos el estudio y lectura de un libro de Antonio Casilli, La fabbrica libertina, muchas de cuyas formas de enfocar el tema resultan hoy, tras las turbulencias financieras y empresariales producidas tras la crisis del 2008, de rabiosa actualidad; 2) más despaciosamente en un trabajo que Izquierda y Futuro, la revista granadina que reaparecerá por sus fueros antes de que Granada se vista de año nuevo. [Por supuesto, estos comentarios son inocentes maniobras para calentar motores, vale decir, como recordatorio de que ya viene el cortejo y suenan los claros clarines de la revista]. Me sumo a la indirecta recomendación del profesor Baylos: la lectura de La fabbrica maldita tiene, además, el encanto de la literatura de la izquierda maldita. Recuerden las recomendaciones de nuestro Bruno Trentin acerca de la necesidad de aprender de aquella izquierda que nunca venció.


Y ya que estamos de recomendaciones, voy por la segunda: se trata de la obra de
Bruno Rizzi La burocratización del mundo”, cuya versión castellana se debe a la sapiencia de nuestro amigo Juan Ramón Capella, el caballero de la foto, que ya de por sí es toda una garantía como saben los pobladores de aquende y allende los mares. Esta versión castellana la debemos a Península y, aunque es de 1980, todavía hay ejemplares; mi eficaz librero de cabecera, Domènec Benet –de calellense natío— me la ha proporcionado: pagant Sant Pere canta. Se trata de otro ejemplo de la izquierda (considerada) maldita.


Ciertamente, el libro de Rizzi forma parte de aquella alta literatura que, a mediados de los años treinta, polemizó acerca de la naturaleza del Estado soviético, a saber, si era un estado socialista o un estado buocrático, y otras cuestiones más. Entre conspicuos teóricos brilló –con o sin razón, en este caso— la potente pluma de aquel león de comunismo que fue Trostky. Ahora bien, así las cosas ¿esta obra es, por ello, pura arqueología? No, padre. Porque la obra es una honda reflexión de las causas que motivan el nacimiento y la génesis de los procesos de burocratización. Por lo tanto, su lectura es útil también en nuestros días al personal de una cooperativa y al bloque de escalera; a los círculos sindicales y políticos; a las oenegés y, por supuesto, a las Hermanitas de los Pobres.


Lean, no se corten con la literatura de la izquierda (considerada) maldita: pro captu lectoris

Radio Parapanda y Radio Tantarantana emiten ENCUENTRO DE TARSO GENRO, GOBERNADOR DE RIO GRANDE DO SUL, CON GENTES DE LA CULTURA, LA UNIVERSIDAD Y LA INVESTIGACIÓN EN ESPAÑA.

martes, 16 de noviembre de 2010

ANTONI TÀPIES, COMISIONES OBRERAS Y EL VIETNAM



El jueves Comisiones Obreras de Catalunya haremos un homenaje al gran pintor catalán Antoni Tàpies. Mi intervención en el acto dirá, más o menos, lo que sigue.



Querido maestro Tàpies:


Permita usted a este viejo sindicalista que le rinda el más sentido de sus respetos y la más alta consideración a su compromiso por las libertades que, como todos sabemos, son inseparables las unas de las otras. Este es un homenaje que le debíamos por lo menos desde 1974, y que, por fin, se ha materializado. El caso es que en la primavera de 1974 …

… Cipriano García nos propuso al grupo dirigente de Comisiones Obreras de Catalunya una acción solidaria orientada a facilitar la reconstrucción del Vietnam. Él mismo concretó la manera: podríamos hablar con Antoni Tàpies para que hiciera un cuadro; las correspondientes “copias” las distribuiríamos en los centros de trabajo a un precio módico (más bien “la voluntad”) y el dinero recogido lo enviaríamos a las autoridades vietnamitas.


Se pensó en usar los buenos oficios de Xavier Folch ya que sabíamos de buena tinta que era el Enviado de Tàpies en la Tierra. Y encargamos a Tito Márquez que hiciera todas las gestiones. Tito y Xavier Folch hablaron con el maestro y el resultado fue, como no podía ser de otra manera, óptimo. Tàpies nos regaló el cuadro original y Tito puso en marcha todo el engranaje: la impresión de las copias y la distribución de las tarjetas en las fábricas. El resultado fue una colecta de un poquito más de cincuenta mil pesetas. Una cantidad que hoy podría parecer irrisoria pero que, para la época, no era despreciable, especialmente por las condiciones en que se desarrollábamos la acción colectiva antifranquista.


Lo cierto es que teníamos canales suficientes para enviar directamente ese dinero a nuestras amistades vietnamitas. Pero fue nuestro Ángel Rozas quien, desde la delegación exterior de Comisiones Obreras en París, nos reorientó. Más o menos nos dijo: como tenéis que venir a París para … (ahora no recuerdo exactamente para qué), vosotros mismos se lo entregáis al embajador del Vietnam. Y eso hicimos. De manera que Cipriano García y un servidor –con dos pasaportes más falsos que Judas-- fuimos a París a lo que fuera. Y, tras las gestiones oportunas, Cipri, el mismo Rozas y yo mismo, fuimos recibidos por el embajador. Este amigo y sus colaboradores nos invitaron a unas copitas y a unos pastelillos de guirlache. Explicamos la historia del cuadro, la distribución y nos excusamos por la cifra tan modesta. Ni qué decir tiene que el embajador no salía de su asombro.


Mucho debemos al maestro Tàpies. También a otros grandes artistas. Recuerdo ahora algo sobre lo que, hasta la presente, se ha dicho poco. Por ejemplo, Joan Miró, en 1968, regaló un cuadro con motivos y figuras del Primero de Mayo. Se hicieron miles y miles de litografías que se vendieron como rosquillas dentro y fuera de los centros de trabajo; su destino fue la ayuda solidaria a los presos y sus familias. Es posible que, en no pocas casas de viejos afiliados y amigos del sindicato, sigan todavía mostrando el testimonio de otro gran artista con la causa de los trabajadores, la libertad y la democracia.


Eran tiempos en los que existió un ethos entre artistas y movimiento de los trabajadores en torno a un objetivo explícito: las libertades democráticas en toda España y las nacionales de Catalunya. En todo lo alto estaban Tàpias y Miró, Ibarrola y Genovés, entre otros. Con un gran compromiso que, además de político, era sentimental, en la acepción que Gramsci daba a ese concepto. Posiblemente el momento más clamoroso de ese compromiso fue la gran exposición que se hizo en Milán y otras ciudades italianas en solidaridad con la lucha de los trabajadores contra la dictadura franquista. Que contó con el gran acompañamiento de gentes como Picasso, Miró, Alberti, Pablo Neruda, Joan Brossa, Ibarrola, Tàpies, Genovés, Valdés, Guinovart, Quessada, Seoane, Díaz Pardo, Mercedes Ruibal, Cristóbal, Ortega, Arroyo, Saura, Equipo Crónica... No pocos de estos cuadros y materiales salieron clandestinamente de España; el compañero Alfredo Conte, dirigente del sector de la Alimentación, coordinó todos los detalles de la muy noble intendencia y en Italia fue Carlitos Vallejo quien se ocupó de todos los problemas de la noble intendencia.


Que hoy se rehaga ese compromiso entre artistas y el sindicalismo sería de gran interés. Existe un antecedente, ya en democracia, fue la exposición itinerante Arte y solidaridad. Los pintores españoles y el cartelismo sociopolítico, que recorrió las más importantes de nuestras ciudades.


Querido maestro, le reitero nuestro afecto y nuestra admiración por su coraje democrático y civil.