martes, 17 de abril de 2018

Todo bloqueado en la ciénaga catalana




Un total de 160 proyectos de obra pública están bloqueados en Cataluña. La más llamativa es la ampliación del Hospital Clínic de Barcelona, el resto se corresponde con residencias para ancianos, escuelas, institutos, ambulatorios, centros de investigación, parques de bomberos… No es, por tanto, peccata minuta. La culpa de tan descomunal bloqueo está en la pueblerina cabezonería de la política independentista que se  empecina en no formar gobierno. La dependencia del cesarismo de campanario de Puigdemont por parte del bloque secesionista está llevando a Cataluña no ya al pantano sino a la ciénaga.

Puigdemont cambia cada dos por tres de parecer. Un día afirma que da un paso al lado y pide –mejor dicho, ordena--  que se proceda a la investidura de Jordí Sànchez, otro día exige que sea a Turull, más tarde clama porque se forme urgentemente un gobierno, y –ayer mismo--  vuelve a plantearse como el candidato. Hay quien afirma que es una táctica guerrillera, otros opinan que está dando largas para dar tiempo a la elaboración de una nueva Ley para su investidura telemática mediante el procedimiento de urgencia en «lectura única», o sea: aquí te pillo y aquí te mato. ¿Astucia? Eso dirán sus parciales, instalados en la servidumbre voluntaria. Mi explicación provisional se basa en la gramática parda del viejo dicho: «Dios le da nueces a quien no puede roerlas». Digamos que, cuando un país está en precario de filósofos, no tiene más remedio que acudir al potente manantial del refranero.

Puigdemont no está en condiciones de roer estas nueces. Demasiado fuertes para su dentadura. Cabe, pues, la hipótesis de que el caballero no sepa qué hacer consigo mismo, ni con Cataluña. Sus socios orbitan a su alrededor siempre a la espera de la consigna y del verticalismo de sus decisiones. Afirman no querer nuevas elecciones pero actúan, velis nolis,  camino de ellas. Mientras tanto siguen pudriéndose los problemas. El independentismo político, tras el fracaso del procés, sólo tiene una agenda: ir a salto de mata. Siempre a la espera de que, de manera imprudente, su pariente  (el nacionalismo de secano, pasado el Ebro) le eche una mano para relegitimarse el uno y el otro. Porque los hunos de aquí se retroalimentan de los hotros de allá.

Dios le da nueces a quien no puede roerlas. Ni siquiera  Esquerra Republicana de Catalunya, a la que se le atribuye más temple, que al resto de los socios de Puigdemont, está en condiciones de encender el quinqué. Su presidente en prisión no parece dirigir la organización.  De hecho, se diría que los reiterados mensajes de Junqueras claman en el desierto. El único que le sigue, Joan Tardà, pasea su soledad mientras recibe una sonora somanta de palos dentro y fuera de las redes sociales. Jonqueras y Tardà han tomado buena nota de que el Estado no se rige a base de padrenuestros. Y es posible que ambos sospechen que el fracaso del problema catalán será compartido por los hunos y los otros.

Mantener en prisión a los líderes independentistas es darle argumentos a quienes participan entusiásticamente del viejo lema de «cuanto peor, mejor». Favoreciendo de esa manera que el último apague la luz.

De momento –lo repito porque me parece de delirium trémens—160 proyectos de infraestructuras cualitativas duermen la siesta. 

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