Nota editorial.--
Nuestro amigo Riccardo Terzi, secretario de la potente Federación de Pensionistas
de Italia (SPI – CGIL), ha escríto un ensayo que publicamos en dos partes para
mayor facilidad de lectura. Con un estilo sobrio, Terzi aborda la situación del
sindicalismo y, sin pelos en la lengua, lo desgrana. El lector caerá en la
cuenta de que no pocas cosas que se dicen aquí son parte de las preocupaciones
que tiene en su cabeza y que, en ocasiones, sólo comenta con los íntimos al
margen de los organismos. Así pues, se recomienda la lectura atenta, y nunca en diagonal. Finalizado este capítulo, o sea, a continuación Isidor Boix toma la palabra.
Riccardo Terzi
Una gran organización siempre corre el riesgo de paralizarse por su pesadez. El movimiento inicial debe acumular fuerza, por eso se convierte en un organismo vivo. Pero en un determinado momento vive de sí misma, de su autoconservación y pierde de vista sus finalidades originarias. De ese modo aparece una inversión de la relación entre los medios y los fines, haciendo de ello la razón suficiente de su propia existencia.
Todo este proceso, del que la historia
nos ofrece muchas manifestaciones y variantes, puede entenderse como el
resultado inevitable de una dialéctica histórica, que produce siempre y
necesariamente una burocratización de todas las estructuras, esto es, el
dominio de las oligarquías y de los aparatos de poder. Esta es la conocida tesis de Michels que, en
ese sentido, ve la ineluctable descomposición de todos los impulsos
revolucionarios: lo que nace como demanda de libertad se trastoca siempre en
una nueva estructura de mando, en una segunda jerarquía. Se puede rechazar la
idea de que se trata de una ley absoluta, pero no se puede negar la evidencia
histórica de todos los procesos que ha habido y continúan existiendo, las
señales de burocratización, del medio que se convierte en fin.
Vincular, en una relación de fuerte
coherencia, el orden de los medios y el orden de los fines es el difícil arte
de la política. Esta es la misión del
«príncipe» como unión de fuerza e idealidad política según las dos grandes
lecciones de Maquiavelo y Gramsci. El drama de nuestra condición política
actual está en el hecho de que este vínculo se ha hecho trizas y no se ve
ningún príncipe en el horizonte. Están
los profesionales de la utopía, privados de fuerza, y en otra parte se
encuentran los profesionales de la gobernabilidad, del mantenimiento técnico
del sistema, ayunos de pensamiento, porque éste puede ser un peligroso factor
de turbación del orden constituido. Si
la política está prisionera de este impasse,
oscilando entre veleidad y renuncia, entre ideas sin fuerzas y fuerza sin
ideas, este vaciamiento de la política abre una crisis de perspectiva y de
identidad en todo el tejido social, y parece que hoy se verifica totalmente el
juicio de Leopardi sobre el «estado presente de las costumbres de los italianos».
Es un deshilachamiento general del orden
social, una enraizada desconfianza hacia todo tipo de proyecto colectivo; se
comporta como una fuerza corrosiva que mina el interior tanto de las fuerzas
políticas como de las grandes
organizaciones sociales. A todos los
sujetos organizados les afecta la amenaza de la burocratización, de ser
estructuras sin vida ni identidad, incapaces de articular de manera eficaz y
creíble la relación entre medios y fines; incapaces también de producir una
movilización consciente.
Las dos representaciones (la política y
la social) están unidas por un mismo destino. La una vive en relación con la
otra, y en un momento de ofuscamiento de las identidades –como el de la hora
presente-- ambas corren el peligro de dirigirse
a un declive progresivo más o menos acelerado. Es la democracia misma la que
está agredida en sus fundamentos porque se basa en el pluralismo de las representaciones y en la
vitalidad de su diálogo y su conflicto.
Mi tesis es que puede evitarse la perspectiva
de una decadencia general si los dos campos, el social y el político, se
organizan en una relación de total autonomía, sin superposiciones ni invasiones
de un campo en el otro. Esto quiere
decir emprender un camino totalmente nuevo con respecto a nuestra pasada
historia que es la de una parcela --a veces demasiado estrecha, a veces más
flexible— que estaba, sin embargo, dentro de un común cuadro teórico de
referencia, de una común inspiración ideológica, en la que los dos momentos de
lo social y lo político son las articulaciones de un proceso único. En la
historia de la izquierda, el «movimiento obrero» ha funcionado como un gran
contenedor unificante: la idea de un sujeto histórico que retiene en sí todas
las potencialidades progresivas ya que la consciencia de clase es la fuerza que
mueve la historia.
Ahora, esta teoría compacta se ha
disuelto, y todo el proceso en curso va en la dirección de una desconexión cada
vez más marcada: lo político y lo social no son dos formas de un mismo proceso,
son dos procesos totalmente distintos.
Cualquiera que sea el juicio sobre este tipo de evolución, esta es la
realidad actual; de ella debemos sacar de manera fría y objetiva sus necesarias
consecuencias.
Por ello, el concepto mismo de
«autonomía» aparece como insuficiente, y se configura más bien como una especie
de «alteridad», una relación entre las dos esferas, no como signo de
complementariedad sino de exclusión y conflicto. Si estamos en lo cierto, el cuadro cambia
radicalmente y se impone un modo totalmente nuevo de pensar y actuar. Esta alteridad no tiene, para mí, el
significado de un rechazo de la política, y nada tiene que ver con la campaña
que se ha orquestado, de manera agresiva y populista, no tanto contra una serie
de abusos sino contra la idea misma de la política, contra todo lo que va más
allá de la inmediatez de los intereses, de los egoismos y de las pasiones. Más
bien se trata de reconocer que la política tiene su espacio, su propia esfera
de acción, y que los sujetos sociales se mueven en una diversa dimensión que
es, en suma, un conflicto fisiológico y democrático; que nuestro sistema pierde
fuerza y vitalidad si no se reconoce el conflicto, si se quiere substituir el pluralismo social por el dominio exclusivo
de un poder tecnocrático. El conflicto, a su vez, puede ser gestionado y
mediado, y por ello siempre está abierto un canal de comunicación y diálogo que
puede producir, en los diversos niveles institucionales, acuerdos de
concertación.
Por otra parte, sirve de bien poco la prédica
moralista contra el populismo y contra la antipolítico; sobre ello descargamos
nuestra aversión apriorística hacia todo lo que suscita, con razón o sin ella.
Se trata, en este sentido, de una especie de aristocratismo intelectual que
reconoce como racional sólo nuestro particular punto de vista, más allá del
cual sólo está el dominio de la irracionalidad. En los hechos no hay separación
metafísica entre política y antipolítica, pero son proyectos políticos
diferentes y opuestos, cada uno de los cuales se analiza y juzga en su
concreción.
La representación sindical, en este
nuevo contexto, debe encontrar en si misma su identidad y su fuerza expansiva.
Es un largo pasaje decisivo que hasta el día de hoy no se ha completado, a la
espera de futuras evoluciones posibles del sistema político, continuando a contribuir un posible juego de
demarcaciones, cuando cada vez más debería estar claro que no se trata de «demarcaciones»,
que no hay interlocutores privilegiados, sino una dialéctica social que se debe
poder expresar sin obstáculos ni condicionamientos.
El efecto visible de esta incertidumbre,
de esta oscilación entre autonomía y colateralismo es el de un «deslizamiento
hacia lo político» donde el modo de ser y actuar el sindicato acaba imitando
las formas de la política, y en efecto cada vez son más frecuentes los
intercambios, el paso de uno a otro campo acreditando de esta manera la tesis
de que el sindicato sólo es un anillo del sistema de poder. Ahora, también
debido a esta identidad oscilante, el sindicato no ha reparado en la actual
«crisis de sistema», teniendo ante sí el problema de una redefinición de su
propio papel. No basta la continuidad de la organización o la
referencia a su glorioso pasado; no
basta el mantenimiento de una probada estructura. Vuelve a imponerse la
exigencia más radical acerca de cuál es el sentido que justifica el sindicato
como institución.
En una situación de movimiento, de
radicalización crítica de todos los procesos, la opción más imprudente es la de
una prudente y moderada conservación de lo existente, instalarse en la
continuidad mientras todo empuja hacia una ruptura de dicha continuidad. Lo que no significa, en efecto, perseguir
ciegamente el espíritu de los tiempos, querer lo nuevo por lo nuevo, sino
volver a encontrar el hilo conductor de toda nuestra historia y la actualidad
de nuestras razones de fondo.
Me parece que en el centro de esta
revisitación del papel del sindicato está el tema de la eficiencia, de la congruencia
entre objetivos y resultados. Es un
interrogante que interpela también a la política, aunque de manera diferente. Porque
la política puede trabajar con tiempos largos y puede actuar como lenta
maduración de una fuerza, como acumulación de un potencial de energía para
actuar en el momento más favorable, mientras que para el sindicato la eficacia se
mide en tiempos muy próximos. Y en la situación actual siempre es más dramáticamente
evidente el estado de sufrimiento del sindicato bajo el perfil de la eficacia,
de la capacidad de conseguir resultados concretos. ¿De qué depende ello? ¿Acaso
de una escasa combatividad o de que sus objetivos son abstractamente poco
realistas, o de una incapacidad para construir las alianzas necesarias, o por
un proceso global que rompe todos los tradicionales puntos de referencia? Se puede dar diversas respuestas, todas ellas
dignas de la mayor atención, pero es importante partir de estas preguntas, de
la que dependen todas las perspectivas del
sindicalismo y su destino en un mundo que cambia.
(Mañana continúa)
Traducción JLLB
Traducción JLLB
Algunas consideraciones en torno al trabajo de Riccardo Terzi
Escribe Isidor Boix
Querido José Luis. Quiero en primer
lugar agradecerte esta ya costumbre tuya de hacernos llegar muy interesantes
trabajos sobre temas de rabiosa actualidad, aunque, como en este caso, también de larga historia en el
pensamiento político y social. Por ello te mando estas mis notas por si en algo
sirven para llamar la atención sobre algunas cuestiones.
El trabajo de Terzi creo que tiene la
virtud que más hay que agradecer a cualquier formulación, y es que su valor
estriba tanto en lo que señala como en lo que sugiere. Y desde esta perspectiva
me permito algunas consideraciones al hilo de su texto.
Empieza señalando el amigo de la CGIL las tendencias a la
“autoconservación” del sindicato, para luego afirmar su resultante, se supone
que negativa, a su “burocratización”. Creo que acierta, pero no necesariamente
como crítica, en mi opinión, en la medida que toda organización, y más si su
origen responde a una necesidad social, debe tener entre sus objetivos su
propio mantenimiento para garantizar tal función, aunque ello debe suponer
planteárselo como “medio”, no como “fin”, diferenciación a la que también entiendo
que apunta acertadamente Ricardo Terzi. Sólo que para ello lo esencial no serán
sus medidas “administrativas”, “burocráticas”, de autoconservación, sino el cumplimiento adecuado de su función,
respondiendo a los intereses que le dieron origen. Se trata de corregir sus inevitables
tendencias burocratizadoras supeditándolas a las exigencias de respuesta y de
propuesta, de organización y de acción, que emanan de las necesidades de los
colectivos que pretenden representar las organizaciones sociales.
Y ahí es donde reside, entiendo, el
interesante desarrollo de las ideas que suscitan sus consideraciones finales del
texto que hoy has publicado, cuando, ante el cuestionamiento de derechos que la
crisis conlleva, señala con acierto lo “imprudente” de la “prudente
conservación de lo existente”. Cuando asistimos a una generalizada e
institucionalizada tendencia desde las organizaciones sociales, también desde
las sindicales, al resistencialismo ante los derechos “que nos quitan”, “que
nos quieren quitar”, su planteamiento me parece una interesante y necesaria provocación.
La crisis, pero más aún la globalización,
o la crisis y, o en, la globalización, o ésta y en ella la coyuntura de crisis,
nos plantean problemas nuevos y por ello de respuesta distinta a la practicada
y más o menos aprendida en el pasado. Y ello es así hasta tal punto que
considero que los derechos individuales y colectivos a reivindicar, y
practicar, deben expresar la respuesta hoy a los nuevos desafíos del momento. Entiendo
que se trata de exigencias de empleo, de la calidad del empleo, de la calidad
de vida y del trabajo, del tipo de empleo con la necesaria productividad y competitividad
del trabajo, del trabajo productivo para los nuevos modelos de consumo, de los derechos
sociales de intervención, de interlocución y de acción … Unas exigencias que
hay que construir a partir de nuestra historia, pero sin copiar nuestra
historia. Derechos cuya plasmación, cuyo reconocimiento por parte de nuestros
interlocutores y contrapartes, va a suponer conquistas y renuncias.
Probablemente si analizáramos los acuerdos que se van sucediendo hoy en bastantes
ámbitos de negociación colectiva veríamos que deberíamos aplicar también
aquello de “aprender de lo que hacemos”, evitando decir una cosa y hacer otra,
incluso la contraria.
Y como ya me he extendido
bastante, dejo para comentar la relación entre lo social y lo político, otra de
las provocaciones de Ricardo Terzi, para la segunda parte que nos anuncias.
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