jueves, 14 de abril de 2016

Razones para la unidad sindical orgánica





Nota.--  El número 4 de la revista Pasos a la izquierda (http://pasosalaizquierda.com/) publica una serie de artículos sobre la cuestión sindical con firmas como las de Isidor Boix, Maurizio Landini, Ramón Alós, Pere Jódar y un servidor.


José Luis López Bulla

Parto de la siguiente observación: en la fase actual el sindicalismo ya no es un sujeto que intimide democráticamente; tampoco es un agente propulsor de reformas. Estamos hablando de la presente coyuntura, especialmente desde el inicio de la gran crisis, deseando que esa fase de interinidad sea superada lo más rápidamente posible. En este artículo se intentará explicar cuáles son las razones de ello al tiempo que pondremos encima de la mesa una hipótesis de superación de las presentes dificultades. Culminaremos la faena con la propuesta de avanzar pausadamente hacia la unidad sindical orgánica, esto es, un sindicato confederal unitario protagonizado por Comisiones Obreras, UGT y USO a través de un proceso que conduciría a un Congreso sindical.

Primer tranco

1.1.- Partimos de la fuerte consideración que expone Jürgen Habermas: «la des-limitación cada vez más amplia de la economía, de  la sociedad y de la cultura, afecta a los presupuestos existenciales de un sistema de Estados, configurado sobre una base territorial,  en el que siguen instalados los actores colectivos más importantes»1.  Es decir, hace tiempo que se han alterado los paradigmas políticos tradicionales que se construyeron bajo el presupuesto del Estado como detentador supremo de la soberanía. Lo que lleva a decir a Gustavo Zagrebelsky  que «la soberanía estatal sufre unos procesos de corrosión y limitación a favor de centros de poder internos y externos»2.

Sin embargo, frente a la economía des-limitada (esto es, sin los límites del Estado nacional) el sindicalismo confederal opone su acción colectiva sólo en los límites de dicho Estado nacional, corroído por los centros de poder internos y externos. Es lo que de manera espectacularmente negativa  está sucediendo desde hace muchos, demasiados, años, especialmente durante esta gran crisis; contra ella cada sindicato nacional ha intentado responder dentro de cada Estado nacional sin relación efectiva con los demás sindicatos y todos ellos sin relación con un proyecto anti crisis general.
Es claro que este desfase no produce rentabilidad y utilidad al sujeto social, y a mi entender es el primer tapón que explica la reducción del perímetro de la representación del sindicato.
Algunos amigos me llaman la atención de esta manera: no se puede abandonar la acción sindical en el territorio, en el Estado nacional. Por supuesto, no seré yo quien lo niegue. Ahora bien, yo parto de esta consideración central: lo global es la función, lo nacional es una de sus variables. De ahí que considere que el sindicato sea, ante todo y sobre todo, un sujeto global y, por tanto, su acción local es una proyección de aquella.

1.2.- Esa economía des-limitada (es decir, global) se inscribe en un gigantesco proceso de mutación de los aparatos productivos y de servicios, de innovación y reestructuración permanentes. Que constantemente está variando en las formas y métodos. El sistema fordista ha perdido totalmente su vieja hegemonía, mientras que el sindicalismo sigue vinculado a lo que va dejando de ser. Este es el segundo tapón de la acción colectiva que intenta poner en marcha el sindicato.

En resumidas cuentas, esos dos elementos (el paradigma de la globalización, de la economía des-limitada, y el proceso de innovación-reestructuración) explican la «relegitimación de la empresa» en sus formas actuales, de la que ya nos avisó hace muchos años un joven Antonio Baylos3. Y, en sentido contrario, en la desubicación sindical de esos elementos estaría la base, en mayor o menor medida, de la reducción de la representación y representatividad del sindicalismo confederal.

¿Cómo salir de esta situación? En nuestro trabajo La parábola del sindicato hemos indicado un elenco de propuestas y a ellas nos remitimos4. Sin embargo, con la idea de no sobrecargar aquella reflexión  me dejé voluntariamente en el tintero una reflexión y propuesta que, como hipótesis, considero relevante para que, en la parábola, reaparezca un sesgo ascendente. Me estoy refiriendo a la necesidad de retomar la cuestión unitaria del sindicalismo confederal.

Segundo tranco

La idea es esta: avanzar con pausada energía hacia la constitución de un sindicato de clase y global, unitario que herede la fecunda tradición de Comisiones Obreras, UGT y USO. Es decir, la puesta en marcha de un proceso constituyente, de masas, liderado por los tres sindicatos, justamente lo contrario de una fusión administrativa, meramente cupular.
Así pues, vamos a ofrecer las razones y motivos que nos llevan a volver a proponer ese objetivo.
Parece que es necesario refrescar la memoria de los amigos, conocidos y saludados: las grandes conquistas sociales fueron el resultado de significativos momentos unitarios. Esta es la razón pragmática de proponer la unidad. Cierto, la unidad sindical es una condición necesaria, aunque no suficiente. Para que la condición necesaria se convierta en suficiente se precisan más condiciones, pero sin la primera la utilidad es menor. Y, en sentido contrario, es sabido que cuando hemos conocido situaciones de división sindical, algo no infrecuente en la historia del sindicalismo, los grandes perdedores han sido los trabajadores y los mismos sindicatos. Yo mismo, sin ir más lejos, he vivido momentos de enorme confrontación, cuyos resultados fueron lamentables.  Hasta que, extenuados, conseguimos reorientar el itinerario y pusimos las bases de una eficaz unidad de acción que, afortunadamente, sigue en pie.

En esta unidad de acción hay elementos de considerable preñez que sugieren que cavilemos más sobre el particular. Seguramente el más importante ha sido el siguiente: los sindicatos españoles han conseguido alcanzar una alta cota de independencia con relación a los partidos a los que tradicionalmente se les identificaba. Cada sindicato fue dejando de lado los vínculos de todo tipo con su partido de referencia. De ahí que, cada vez más, el sindicato fue siendo más sindicato, sin ataduras políticas ni sumisión alguna. Queremos destacar que ese itinerario se recorrió de manera natural y, hasta donde yo sé, sin aspavientos. Para mayor abundamiento conviene recordar que los sindicatos españoles, junto a los italianos, fueron los pioneros de esa práctica en Europa. Lo que, a mi entender, no ha sido valorado por nosotros mismos como mismamente corresponde.

Por otra parte, la «razón pragmática» (esto es, las ventajas de la unidad de acción) nos lleva a otra consideración: si los tres grandes sindicatos españoles están en la Confederación Europea de Sindicatos y en el Sindicato Mundial, ¿por qué necesariamente han de estar separados en España? Más todavía, si convenimos en la existencia de un vínculo fuerte entre lo global y lo local, ¿por qué estamos juntos en lo global y separados, absurdamente ya, en lo local? No parece muy consistente que digamos. Porque las razones para estar unidos en Europa y en el mundo son idénticas para estarlo en el contexto español. ¿Por qué no pensamos más en lo paradójico de este desfase para sacar las debidas conclusiones?

Ahora bien, la razón pragmática, que debería ser un argumento para la construcción gradual de la unidad sindical, tiene una interferencia profundamente inamistosa. Se trata de una situación antipática: la de quienes se sentirían ´damnificados´ por la gran operación de la unidad sindical. Para explicarlo tenemos necesidad de recurrir a Maquiavelo y a nuestro Joan Peiró, dirigente sindical muy relevante de la CNT de tiempos antiguos.
El secretario florentino dejó dicho: «Porque el que introduce innovaciones tiene como enemigos a todos los que se beneficiaban del ordenamiento antiguo, y como tímidos defensores a todos los que se beneficiarán del nuevo»5. Joan Peiró lo probó en sus propias carnes. Peiró propuso en un momento dado que cada ramo de la actividad industrial debía tener su propia federación en vez de los sindicatos de oficios. La cosa era así: en un mismo centro de trabajo –por ejemplo, el textil–  estaba el sindicato de pantaloneras, otro de planchadoras, otro de tintes, o sea, a cada oficio le correspondía una federación. Peiró quiso racionalizar tanta dispersión y presentó su proyecto, que fue recibido de uñas, inamistosamente.

Me explicaron viejos sindicalistas confederales mataroneses, coetáneos de Peiró, que el problema no fue exactamente de corporativismo sino de otra cosa: la unificación federativa comportaba la pérdida de poder personal ya que aquello comportaba la desaparición de todos los sindicatos de oficio. Y tuvieron que pasar años para que los sindicalistas se convencieran de la bondad y utilidad del planteamiento. Y la gran operación de Peiró finalmente se culminó exitosamente.
Pues bien, tres cuartos de lo mismo podría estar sucediendo en la mente de quienes les entra urticaria cuando se habla de la necesidad de un proceso sindical constituyente hacia una organización que herede las tradiciones de Comisiones Obreras, UGT y USO. Pero comoquiera que tiene mala prensa oponerse de frente a la unidad sindical orgánica se exhiben chocantes razones en su contra. Lo más manido y recurrente es: «no hay condiciones». Obviando que las condiciones se crean si la idea merece la pena, esto es, si la razón pragmática tiene un punto de vista fundamentado. En resumidas cuentas, las condiciones hay que crearlas y regarlas.
En todo caso, la tardanza en abordar el problema de pasar a la unidad sindical estará abonando no pocos agujeros de eficacia y, concretamente, de beneficio cesante, esto es, lo que los economistas llaman «coste de oportunidad». O lo que es lo mismo: mientras no haces lo que debieras estás perdiendo un sinfín de oportunidades.
Debemos dejar bien claro que no planteamos la unidad sindical orgánica en clave mitológica. Lo hacemos como una hipótesis –conviene recordar que una hipótesis no es, de entrada, una certeza–  de congruencia entre los tres sindicatos españoles y sus estructuras federativas con el sindicalismo europeo y mundial. Y, al mismo tiempo, como un plausible instrumento de mayor concordancia entre los representantes y representados.
Interesa a estos efectos (la construcción de la unidad sindical orgánica), además de la razón pragmática, otro argumento, no menos relevante: un sujeto radicalmente nuevo –en la historia del sindicalismo español y en su estructuración— abre la hipótesis de que esta novedad permita que el sujeto social formule nuevas preguntas y nuevas respuestas. O hay nuevas preguntas o no habrá, me temo, utilidad, mayor representación y representatividad, mayor peso social y político de la nueva cosa.
Tercer tranco

El proceso de un Congreso sindical constituyente sería el acta de nacimiento del nuevo sujeto social, explícitamente vinculado con el sentimiento unitario del conjunto asalariado. Una cosa tenemos clara: dicho acontecimiento debe ser un momentum, esto es, un acontecimiento singular como resultado de hechos participativos donde los asalariados son los protagonistas de primer orden. Lo que implica, por supuesto, que no es un hecho administrativo en el que las cúpulas se ponen de acuerdo. En todo caso, los actuales dirigentes deben jugar un papel decisivo en todo el itinerario previo, durante y después de ese congreso.
Vale.


1.-  J. Habermas: Tiempo de transiciones (Trotta, 2004). [1]
2.- G. Zagrebelsky: Contro la dittatura del presente (Laterza, 2014). [2]
3.- Antonio Baylos: Derecho del trabajo: modelo para armar (Trotta, 1991). [3]

5.- Nicolás Maquiavelo: El Príncipe. Colección Austral, capítulo VI.  página 57. [5]