domingo, 3 de abril de 2016

Mariano Rajoy y la jornada laboral



Homenaje a Manolo Gómez Acosta, tras salir del hospital. 


Primer tranco

Cuando los políticos hablan desde el púlpito suelen acompañarse con una chuleta o guión para que el santo no se les vaya al cielo. Una de las actividades de los escribas sentados es la de proveer frases más o menos impactantes a los oradores, especialmente cuando éstos tienen desde antiguo una cierta pertinaz sequía de sintaxis. Pero cuando al orador no se la ha suministrado suficiente forraje se producen galimatías de tomo y lomo. Aunque don Mariano, actualmente de rajoy en funciones, se lleva la palma, hemos de convenir que no es el único caso.

Ahora bien, en la última aparición pública los escribas dejaron escrito en el chuletario de Mariano esta idea: que la jornada laboral acabe, por lo general, a las 18 horas. No dijo por qué: los escribidores no argumentaron ni entraron en otras consideraciones, tal vez pensando que Mariano no sería preguntado sobre el particular o acogiéndose al célebre dicho «habló Blas punto redondo». Y ahí quedó la cosa. Permitan la exhibición histórica del origen de dicho refrán. En los tiempos del feudalismo existía un señor de los de horca y cuchillo, llamado Blas, y que se distinguía por su carácter avasallador y por la particularidad que había tenido siempre, queriendo imponer su voluntad. Cuando dos de sus vasallos tenían una cuestión, iban a resolverla ante su señor, y éste, como era natural, fallaba a favor de una de las partes. La parte desairada protestaba casi siempre, y el señor, indignado, ordenaba retirar al que protestaba, quien lo hacía, diciendo entre dientes: «Lo dijo Blas, punto redondo.» Tras lo cual seguimos con lo nuestro.

Segundo tranco

Me permito sugerir lo siguiente: el hombre que fue de Pontevedra ha abierto sin querer un melón que estaba dejado de la mano de Dios. Encarezco a los sindicalistas, a los analistas laborales y a los aduaneros de las ciencias sociales a pensar en el detalle: Mariano saca del archivador, aunque no sea su propósito, el jugoso tema de los tiempos de trabajo, de su relación con los tiempos de vida, de la jornada laboral, y de su vínculo con las condiciones y la organización del trabajo. Se trata de unos asuntos que estuvieron, hace tiempo, en las agendas del sindicalismo confederal. Por lo que con la excusa de que «Mariano habló», en vez de punto final, hemos de contestar lo de punto y seguido.

Tercer tranco

O lo que es lo mismo: abrir una discusión no exactamente sobre “la jornada laboral” sino sobre la esencia de la cuestión, a saber, los tiempos de trabajo, su reordenación y su control. No se trata, en mi opinión, de volver a la carga con la mitificación de una ley que resuelva esa papeleta que, entiendo yo, ha sido una de las causas de la paralización y, digámoslo claro, del insuceso del sindicalismo confederal en ese tema. Por supuesto, no hay que descartar una ley. Pero esta debe ser –dispensen la contundencia— la conclusión de un fecundo itinerario contractual que vuelva a poner la organización del trabajo en el ecocentro de trabajo, cuya morfología está en permanente cambio.  


En suma, ¿quién nos iba a decir que los escribas sentados de Mariano nos podían refrescar, involuntariamente, la memoria sobre un tema que estaba durmiendo el sueño de nuestras dificultades?