domingo, 14 de junio de 2020

El Diablo, los fondos europeos y la deuda de las comunidades autónomas




1.--- «Menos mal que tenemos a la Iglesia que nos defiende de los Evangelios», afirmaba satisfecha una señorona granadina. Recuerdo dicha frase que expresaba la alianza del dinero con el funcionariado de la Iglesia católica: los Evangelios son la expresión de la radical ortopraxis de los cristianos y, por tanto, necesitarían de la domesticación de sus contenidos. La alianza de Rouco y Cañizares con el mundo del Parné. Ahora, tomando con fuente de inspiración el dictum de aquella jefa del beaterio santaferino, podríamos decir: «Menos mal que tenemos a frau Merkel que nos defiende de los ´frugales´». Los frugales, o sea, Holanda, Austria, Suecia y Dinamarca, que han proclamado en el Boletín de la Unión Europea  la superstición oficializada de que los países del Sur –especialmente España e Italia--  son unos manirrotos. Supremacismo de campanario calvinista.

¿Quién lo iba a decir?: doña Ángela mirando por las cosas del sur de Europa, ella que hizo de las suyas con la Grecia de Tsipras. Son las vueltas que da la vida.

El plan de Merkel – Macron para la reconstrucción de Europa ha pasado de ser visto como una esperanza desbordante a un chasco decepcionante. Son los golpes de péndulo de los comentaristas diplomados de las barras de tabernas. Ni tanto ni tan calvo: son así las cosas europeas. Pero, por si las moscas, conviene estar al tanto: los frugales no son solamente los aparatos político-administrativos de cada país, son también una parte no desdeñable de sus opiniones públicas dispuestas a creer tales supersticiones oficializadas: la indolencia del Sur, de esos países «donde florece el limonero».

Los frugales han dicho alto y claro que no están de acuerdo en: a) el montante de los fondos que estipula el plan de reconstrucción, b) el porcentaje de las transferencias, c) los criterios de su reparto, y d) la rapidez del desembolso de lo que va destinado a España e Italia. Como diría El Padrino: «Son negocios, no problemas personales». Menos mal que tenemos a Merkel que nos defiende de los frugales.  

2.---  Sin embargo, ha aparecido el Diablo con su eviterno afán por destruir España, según explica el pío Fernández Díaz en conversación campechana con Benedicto, el Enviado de Pedro en la Tierra. El Diablo, aliado con los frugales –calvinistas ellos--  para romper España. La paradoja es que el Diablo es el mismísimo Partido Apostólico, los de Casado casaseno que han apoyado en Europa las medidas de estrangulamiento de los frugales contra el Sur, vale decir, contra España. El católico, apostólico y romano Casado junto a los lansquenetes protestantes perpetrando el Saco de Roma. Y de Madrid. Un patriotismo de tejeringos con chocolate. Hay un antecedente de este patriotismo del Partido Apostólico: cuando el hombre de Marbella llamó ´pedigüeño´ a Felipe González, que estaba negociando en Bruselas un incremento de los fondos europeos. 

En conclusión: España hundida por los lansquenetes antes que seguir en las manos de Pedro Sánchez.

Poca broma, pues. Porque no sabemos hasta qué punto los frugales pueden salirse con la suya o la decisión final acabe siendo ni chicha ni limoná. Por lo que me parece conveniente que el sindicalismo confederal español y la CEOE, de manera conjunta, se entrevisten con sus colegas europeos para contrarrestar el celo de los frugales.

Addenda.---  Leemos hoy en La Vanguardia que las Comunidades autónomas deben al Estado la friolera de  181.000 millones de euros. Al subdirector del diario barcelonés, el economista Manel Pérez, le ha sobrevenido esta ocurrencia: que se condone dicha deuda. Me pongo el chubasquero para resistir la saliva de los taifas: disiento radicalmente y me cierro a piedra y barro a tan insensata propuesta. De prosperar tan golosa idea nos encontraríamos con que se crea un precedente muy peligroso, de premio a la zahúrda fiscal.   Cuestión distinta sería, por ejemplo, alargar los plazos de la deuda y sus condiciones de pago.

sábado, 13 de junio de 2020

Trabajo y desarrollo humano en un mundo desindustrializado




Escribe Dani Rodrik
Los países en desarrollo ya no podrán seguir las viejas recetas que garantizaron la industrialización en el Norte global o en algunos países asiáticos. Los cambios tecnológicos y comerciales cierran esas vías. Pero lograr bienestar social a través de los servicios, sin haber alcanzado antes altos niveles de productividad, no es una tarea fácil. Por ello, la dirigencia política enfrenta un desafío completamente nuevo en relación con el futuro del trabajo.

Brevísima síntesis de la historia del trabajo
Trabajar suele ser desagradable. Los países se vuelven ricos haciendo mucho trabajo desagradable. Y porque se vuelven ricos, más personas pueden hacer trabajos agradables. Esto resume bastante bien la historia económica desde la perspectiva del «trabajo para el desarrollo humano».
Al principio, había agricultores y criadores de animales. La vida era dura, brutal y corta. Los impuestos, la corvea y otras exigencias de los jefes, los terratenientes o el Estado eran onerosos. Muchas personas eran siervos o esclavos, carentes de autonomía y dignidad. La pobreza y la injusticia eran la norma, a excepción de unos pocos afortunados. Luego tuvo lugar la Revolución Industrial, primero en Gran Bretaña y luego en Europa occidental y América del Norte. Hombres y mujeres acudieron en masa desde el campo hacia las ciudades para satisfacer la creciente demanda de mano de obra de las fábricas. Las nuevas tecnologías en textiles de algodón, hierro, acero y transporte produjeron niveles crecientes de productividad laboral. Pero durante décadas, pocos de estos beneficios llegaron a los propios trabajadores. Trabajaban muchas horas en condiciones opresivas, vivían hacinados y recibían bajos ingresos. Algunos indicadores, como la altura promedio de los trabajadores, sugieren que los niveles de vida pueden incluso haber disminuido por un tiempo.
Con el paso de los años, el capitalismo se transformó y sus ganancias comenzaron a estar más repartidas. Esto se debió en parte a que, naturalmente, los salarios comenzaron a subir a medida que se agotaba el excedente de trabajadores provenientes del campo. Pero también es cierto que los trabajadores se organizaron para reclamar por sus derechos. No fueron solo sus quejas las que imprimieron urgencia a sus demandas. También las condiciones de la producción industrial moderna hicieron más difícil a las elites seguir con su habitual política de «divide y reinarás». El trabajo en las fábricas, concentrado en las principales ciudades, facilitó la coordinación entre los trabajadores, la movilización de masas y el activismo militante.
Por temor a la revolución, los industriales cedieron. Los derechos políticos, y entre ellos el derecho al sufragio, se extendieron a la clase obrera. Y, poco a poco, la democracia domesticó al capitalismo. Las condiciones en el lugar de trabajo mejoraron a medida que los acuerdos ordenados o negociados por el Estado permitieron reducir las horas de trabajo, mejorar la seguridad y las vacaciones, las compensaciones familiares, la atención de la salud y otros beneficios. La inversión pública en educación y capacitación hizo que los trabajadores fueran más productivos y más libres para elegir. La participación de los trabajadores en los superávits de las empresas aumentó. Trabajar en una fábrica nunca dejó de ser algo desagradable. Pero al menos el trabajo de cuello azul permitía la existencia de una clase media, con todas sus posibilidades de consumo y oportunidades en cuanto a estilo de vida.
El progreso tecnológico fomentó el capitalismo industrial, pero luego iba a socavarlo. La productividad laboral en las industrias manufactureras aumentó mucho más rápido que en el resto de la economía. Eso significaba que podía fabricarse la misma o mayor cantidad de acero, automóviles y productos electrónicos con muchos menos trabajadores. La participación de las manufacturas en el empleo total comenzó a disminuir constantemente en todos los países industrializados avanzados en algún momento después de la Segunda Guerra Mundial. Los trabajadores se trasladaron a las industrias de servicios: educación, salud, entretenimiento, administración pública. Así nació la economía postindustrial.
El trabajo se volvió más agradable para algunos, pero no para todos. Para aquellos con habilidades, capital y experiencia para prosperar en la era postindustrial, los servicios ofrecían oportunidades inmensas. Los banqueros, consultores e ingenieros ganaban salarios mucho más altos. Lo que es igualmente importante, el trabajo en la oficina permitió un grado de libertad y autonomía personal que el trabajo en la fábrica nunca había proporcionado. Si bien con jornadas acaso más largas que las de la fábrica, los profesionales de los servicios disfrutaron de un mayor control sobre su vida diaria y sobre las decisiones en el lugar de trabajo. A los docentes, enfermeros y camareros no se les pagaba tan bien, pero fueron liberados de la monotonía mecánica de los talleres. Por otro lado, para los trabajadores menos calificados, los empleos en el sector de servicios significaban renunciar a los beneficios negociados del capitalismo industrial. La transición a una economía de servicios a menudo fue acompañada por el declive de los sindicatos, las protecciones laborales y las normas de equidad remunerativa, lo que debilitó enormemente el poder de negociación de los trabajadores y la seguridad laboral.
Por lo tanto, la economía postindustrial abrió un nuevo abismo entre quienes tienen buenos empleos en servicios (estables, bien remunerados, gratificantes) y aquellos con malos empleos (fugaces, mal pagos, insatisfactorios). Dos cosas determinaron la combinación entre estos dos tipos de trabajos y el grado de desigualdad que produjo la transición postindustrial. Primero, cuanto mayor era el nivel de educación y habilidades de la fuerza laboral, mayor era el nivel de salarios en general. En segundo lugar, cuanto mayor era la institucionalización de los mercados de trabajo en los servicios (además de la manufactura), mayor era la calidad de los empleos en el sector servicios en general. Así, la desigualdad, la exclusión y la dualidad se hicieron más marcadas en los países donde las calificaciones laborales estaban mal distribuidas, y muchos servicios se aproximaron al «ideal» de los manuales de los mercados al contado (spot markets). Estados Unidos, donde muchos trabajadores se ven obligados a desempeñar múltiples trabajos para ganarse la vida adecuadamente, sigue siendo el ejemplo canónico de este modelo.
¿Qué pasa con los países en desarrollo?
La historia que he contado hasta ahora es principalmente la de los países avanzados y occidentales. Unos pocos lugares en el mundo no occidental han experimentado una evolución similar. Los casos más notables son Japón, la República de Corea y la provincia china de Taiwán. Cada uno de ellos ha experimentado una importante industrialización, y luego, desindustrialización. Ahora comparten con otros países avanzados la característica de ser economías postindustriales en las que la naturaleza de los empleos está determinada por la interacción entre la productividad y las prácticas del mercado del trabajo en el sector de servicios. La alta productividad combinada con protecciones del mercado de trabajo redunda en buenos empleos. La baja productividad combinada con mercados laborales atomizados es una receta para tener trabajos de mala calidad.
Es tentador extrapolar esta historia directamente a los países que han quedado hasta ahora rezagados. Son los países de ingresos bajos y medios en los que vive la mayoría de los trabajadores del mundo. La receta para ellos parecería clara. Fomente una rápida industrialización para poder crecer. Invierta en buenas instituciones y capital humano para tener una fuerza laboral productiva, asegurándose de que nadie se quede atrás. Y cuando la desindustrialización se establezca naturalmente, no le oponga resistencia. En su lugar, asegúrese de que el marco legal y regulatorio en el que operan los servicios proporciona protecciones adecuadas para los empleados.
Podrían plantearse dos objeciones a tal extrapolación. Una tiene que ver con la conveniencia de emular la experiencia histórica de los países avanzados de la actualidad. La otra, con la viabilidad de hacerlo. Permítame concentrarme primero en una y luego en la otra.
¿Deben los países en desarrollo de hoy emular el patrón histórico? Hay que recordar que la historia enseña que las primeras etapas de la industrialización rara vez produjeron una mejora en las condiciones de vida de la mayoría de los trabajadores. Hubo un retraso significativo entre el inicio de la industrialización y la expansión de sus beneficios a grandes sectores de la población. Un retraso similar es visible en muchos países de bajos ingresos que han logrado incursionar con éxito en los mercados mundiales de manufacturas en las últimas décadas. Esto ha dado lugar a un debate sobre los talleres clandestinos en algunos países exportadores. Según ciertos activistas de los derechos laborales, las ganancias por exportaciones se deben a la explotación de trabajadores, a menudo mujeres, que ganan muy poco y trabajan largas jornadas en condiciones peligrosas. Y en este marco, el uso de trabajo infantil es un motivo de controversia particularmente sensible.
Otros, sobre todo economistas, responden argumentando que los llamados talleres clandestinos son simplemente un trampolín en el camino al desarrollo económico e incluso humano. Por malos que parezcan, estos talleres representarían una mejora en comparación con las alternativas que tiene la mayoría de los trabajadores: una existencia precaria en la agricultura de subsistencia, tal vez, o peores empleos urbanos. Y la baja remuneración y las malas condiciones de trabajo reflejan la baja productividad de los trabajadores. Además, ¿no es así exactamente como se enriquecieron los países avanzados que conocemos hoy?
El interrogante que plantea este debate es si los beneficios de la protección laboral no pueden estar disponibles en etapas de desarrollo anteriores en comparación con lo que históricamente ha ocurrido. ¿Existe una ley inquebrantable que dicta que los buenos estándares laborales deben ir a la zaga del desarrollo? Esta pregunta es similar a aquella sobre si la democracia política requiere desarrollo económico como condición previa.
La respuesta a la última pregunta sugiere la respuesta a la primera. Históricamente, la democracia vino después de la Revolución Industrial y el aumento de los ingresos. Pero no hay razón para pensar que los países no pueden volverse democráticos en etapas mucho más tempranas de desarrollo. La participación y la discusión política son valores intrínsecos. También sirven a un propósito instrumental: la investigación empírica ha determinado que los gobiernos democráticos posiblemente se desempeñan mejor que los regímenes autoritarios y producen, además, una mayor estabilidad.
Dos modelos brillantes de democracia en escenarios de bajos ingresos ejemplifican este asunto: la India y Mauricio. Estos Estados difieren mucho en tamaño, pero los dos son países altamente heterogéneos que nacieron en medio de conflictos étnicos y violencia. En ambos casos, la democracia moderó en una fase temprana el conflicto social y permitió la estabilidad política. Mauricio creció rápidamente varios años después de la independencia. El crecimiento de la India se demoró hasta la década de 1980, pero desde entonces ha sido más que aceptable, e incluso ha superado el de China mientras se escriben estas palabras.
No hay ninguna razón por la cual los trabajadores de los países de bajos ingresos deban ser privados de los derechos laborales fundamentales por el desarrollo industrial y el desempeño de las exportaciones. Estos derechos incluyen la libertad sindical y la negociación colectiva, condiciones de trabajo razonablemente seguras, no discriminación, jornada laboral máxima y restricciones al despido arbitrario. Al igual que con la democracia, estos son requisitos básicos de una sociedad digna. Su efecto de primer orden es nivelar la relación de negociación entre empleadores y empleados, antes que elevar los costos generales de producción. E incluso cuando los costos se vean afectados, cualquier efecto adverso podría compensarse fácilmente con una mejora de la moral, mejores incentivos y una menor rotación en la fuerza laboral.
Los salarios mínimos son algo diferente porque elevan directamente el costo de la mano de obra. Los salarios mínimos que no están muy lejos del nivel competitivo del mercado no pueden hacer mucho daño al empleo en general, al tiempo que mejoran las condiciones laborales. No se puede decir lo mismo de los salarios mínimos que son muy superiores a ese nivel. El peligro entonces es que a muchos de quienes buscan trabajo se les denieguen oportunidades de empleo porque el mercado no les podrá pagar. El dualismo del mercado laboral, por el cual una minoría comparativamente pequeña de insiders protege sus privilegios garantizados por el Estado a expensas de una gran mayoría de outsiders, es lamentablemente una característica común de las economías de todo el mundo. Esto frena tanto el desarrollo humano como las perspectivas de crecimiento.
Sin embargo, lo concreto es que los derechos laborales básicos, tal como se resumen en los convenios fundamentales de la Organización Internacional del Trabajo (oit), por ejemplo, no son un impedimento para el desarrollo económico. No es necesario que se pospongan hasta que el despegue económico se produzca y se afiance. En este sentido, no tenemos por qué dejarnos guiar por la historia.
¿Emularán los países en desarrollo de la actualidad el patrón histórico?
Las manufacturas son una escalera mecánica para los países pobres por varias razones importantes. Primero, en muchas industrias manufactureras hay una tendencia a una dinámica de productividad positiva1. Si se establece una cabecera de playa en uno de los sectores de manufactura «fáciles» –como las prendas de vestir–, es probable que se experimenten aumentos constantes en la productividad y que, a la larga, se pueda saltar a otras industrias más sofisticadas. En segundo lugar, las manufacturas son un sector comercializable. Esto significa que las industrias manufactureras exitosas pueden expandirse casi indefinidamente, al ganar cuotas de mercado en los mercados mundiales, sin encontrarse con restricciones de demanda. Tercero, la manufactura absorbe mucha mano de obra no calificada, el recurso más abundante de un país de bajos ingresos. Actividades como el ensamblaje de prendas de vestir, calzado, juguetes y productos electrónicos requieren pocas habilidades, por lo que los agricultores pueden transformarse fácilmente en trabajadores de una línea de ensamblaje.
Estas son las razones por las cuales la industrialización ha sido históricamente el motor principal del rápido crecimiento económico. La convergencia de la productividad, la expansión de las exportaciones y la absorción de mano de obra crea un ciclo virtuoso que impulsa la economía hacia adelante hasta que se cierra la brecha con la frontera mundial y las demandas de progreso tecnológico se vuelven sustancialmente mayores.
Así es como funcionaron las cosas en el pasado. En general, se opina que los países con bajos ingresos de África, Asia y América Latina tendrán que hacer algo similar si desean experimentar un crecimiento económico rápido y sostenido. Pero esta expectativa podría no cumplirse. El nuestro es un mundo muy diferente. Las fuerzas de la globalización y el progreso tecnológico se han combinado para alterar la naturaleza del trabajo manufacturero de manera tal que hace que sea muy difícil, si no imposible, que los «recién llegados» emulen la experiencia de industrialización de los «tigres» del Este asiático, o las economías de Europa y América del Norte antes de ellos.
Consideremos algunos hechos. Desde 1960, cada década ha traído niveles más bajos de empleo industrial y producción industrial como porcentaje de la economía en los países en desarrollo, controlando el ingreso medio y los factores determinantes demográficos. Los niveles máximos de industrialización son más bajos que nunca y se alcanzan para una fracción de los ingresos que lograban los países industrializados anteriores. Esto significa que muchas (si no la mayoría) de las naciones en desarrollo se están convirtiendo en economías de servicios sin haber tenido una verdadera experiencia de industrialización, un proceso que he denominado «desindustrialización prematura». Mientras que los primeros países industrializados lograron colocar 30% o más de su fuerza laboral en la manufactura, los últimos de los recién llegados rara vez han logrado esa hazaña. El empleo manufacturero de Brasil alcanzó un máximo de 16% y el de México, 20%. En la India, el empleo en la industria manufacturera comenzó a perder terreno en términos relativos después de haber alcanzado el 13%2.
América Latina parece ser la región más afectada. Pero lo que también resulta preocupante es que hay tendencias similares en el África subsahariana, donde, para empezar, pocos países han tenido una buena industrialización. Los únicos que parecen haber escapado a la maldición de la desindustrialización prematura son un grupo relativamente pequeño de países asiáticos exportadores de manufacturas. Los propios países avanzados han experimentado una importante desindustrialización del empleo. Pero la producción de manufacturas a precios constantes se ha mantenido relativamente bien en el mundo avanzado, algo que por lo general se pasa por alto, ya que gran parte de la discusión sobre la desindustrialización se centra en valores nominales más que en valores reales.
Las razones detrás de estas tendencias se vinculan a la tecnología y el comercio. El rápido progreso tecnológico global en la fabricación ha reducido los precios de los bienes manufacturados en relación con los servicios, lo que ha desalentado el ingreso de los recién llegados en el grupo de países en desarrollo. Al mismo tiempo, la manufactura se ha vuelto mucho más intensiva tanto en capital como en calificación laboral, por lo cual este sector ha reducido sustancialmente el potencial de absorción de mano de obra de trabajadores provenientes de la agricultura u ocupaciones informales. En el frente comercial, la competencia de China y otros exportadores exitosos combinada con la reducción en los niveles de protección significa que pocos países pobres tienen ahora la oportunidad de desarrollar manufacturas simples para el consumo doméstico. El margen para la sustitución de importaciones se ha agotado.
Por lo tanto, no es arriesgado conjeturar que las economías de los «tigres asiáticos» serán acaso las últimas en experimentar la industrialización de la manera en que la historia económica nos ha acostumbrado. Si es así, resulta una mala noticia para el crecimiento económico por todas las razones descritas anteriormente. También es una mala noticia para la equidad. El abismo existente en cuanto a ingresos y condiciones de trabajo entre banqueros y gerentes, por un lado, y quienes realizan actividades informales, como el comercio de pequeña escala o el trabajo doméstico, por otro, es incomparablemente mayor en los países en desarrollo. La transición precoz a los servicios, antes de la acumulación sustancial de capital humano y capacidades institucionales, exacerba en gran medida los problemas de desigualdad y exclusión en el mercado laboral que enfrentan las economías avanzadas.
Caminos futuros
¿Puede este proceso de desindustrialización prematura, sin embargo, resultar una bendición encubierta? Indiqué anteriormente algunas de las ventajas de los servicios en términos de autonomía personal y libertad. James C. Scott señala que un porcentaje muy alto de trabajadores industriales en eeuu preferiría abrir una tienda o restaurante o trabajar en una granja. «El tema unificador de estos sueños es la libertad, liberarse de la rígida supervisión, y la autonomía de la jornada laboral que, en su mente, compensa con creces las largas jornadas y los riesgos de este tipo de pequeños negocios». Scott contrasta esto con el trabajo en el marco de una fábrica, «donde la cadena de montaje está ajustada al detalle a fin de reducir la autonomía hasta el punto de hacerla desaparecer»3. ¿Pueden los trabajadores en el mundo en desarrollo de alguna manera tomar un atajo y evitar el trabajo monótono de la manufactura?
Quizás, pero no está claro cómo se puede construir ese futuro. Una sociedad en la que la mayoría de los trabajadores son sus propios jefes (comerciantes, profesionales independientes, artistas) y establecen sus propios términos de empleo, al tiempo que llevan una vida aceptable, solo es factible cuando la productividad es muy alta. La alta productividad permite la generación de una demanda abundante de estos servicios y, en consecuencia, altos ingresos para propietarios independientes. El problema es que los servicios, en su conjunto, no han experimentado a lo largo de la historia un aumento de la productividad como sí lo han hecho las manufacturas; hoy se necesitan tantos camareros para explotar un restaurante como hace un siglo. Así, depende de la industrialización el proporcionar los altos ingresos y la alta demanda para el resto de la economía.
Lo que está claro, por lo tanto, es que la dirigencia política enfrentará un desafío completamente nuevo cuando encare el futuro del trabajo y del desarrollo humano. Una mayor cuota de crecimiento económico tendrá que provenir de una mejora de la productividad en los servicios. Esto significa, a su vez, que los enfoques parciales y sectoriales que funcionaron tan bien para estimular la industrialización orientada a la exportación durante las primeras etapas del rápido crecimiento en Asia y más allá tendrán que ser reemplazados (o al menos complementados) por inversiones masivas de la economía en capital humano e instituciones. Cuando las manufacturas son el motor de la economía, las reformas selectivas, como los incentivos a la exportación, las zonas económicas especiales o los incentivos a los inversores extranjeros, pueden ser muy efectivas. Después de todo, cuando se enfrenta una demanda casi infinita en los mercados mundiales, es suficiente tener algunos éxitos de exportación para impulsar la economía. Pero cuando el crecimiento tiene que depender de servicios (en su mayoría) no transables, los esfuerzos selectivos no funcionarán. Los esfuerzos en las reformas deberán ser más integrales y apuntar al crecimiento de la productividad en todos los servicios simultáneamente.
Marx imaginó una sociedad en la que sería posible que una persona «hiciera una cosa hoy y otra mañana, cazar por la mañana, pescar por la tarde, después criar ganado, hacer una crítica después de la cena (...) sin llegar a ser cazador, pescador, pastor o crítico». Una condición previa para esto, sin embargo, era que las fuerzas productivas de la economía se desarrollaran lo suficiente. Hasta la fecha, el capitalismo industrial ha sido prácticamente el único camino hacia una sociedad productiva. El trabajo en las fábricas no era agradable y generó tensiones sociales significativas, como destacó Marx, pero logró productividad.
Hoy, este camino parece menos deseable y menos factible. Habrá que inventar uno nuevo. Los rasgos básicos de esta alternativa son fáciles de exponer. Será un modelo basado en servicios. Se centrará más en infraestructura blanda (aprendizaje y capacidades institucionales) y menos en acumulación de capital físico (plantas y equipos en industrias manufactureras). Más allá de eso, sin embargo, queda mucho en juego.

Nota: este artículo fue comisionado originalmente por la Oficina del Informe sobre Desarrollo Humano del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y se publicó por primera vez en el Informe sobre Desarrollo Humano 2015. Trabajo y desarrollo humano. Esta traducción al español no ha sido revisada ni aprobada por el PNUD y el artículo original en inglés está disponible en hdr.undp.org. Traducción de Carlos Díaz Rocca.

viernes, 12 de junio de 2020

Cataluña: equilibrio de esperpentos



Me da la impresión que la pintoresca acción política catalana de hace algún tiempo se ha convertido en un traqueteo espasmódico de situaciones esperpénticas. Los protagonistas de ese singular teatrillo, en realidad un tío vivo,  son Esquerra Republicana de Catalunya y los post post post convergentes. La oposición mantiene testarudamente su reincidente ataraxia viendo con pasmosa pachorra, «en el salón del ángulo obscuro … silenciosa y cubierta de polvo», el vodevil que representan los independentistas.

Ya hemos dicho en otras ocasiones que este conflicto es, también, el resultado del fracaso –ahora ya definitivo-- del procés, también muestra la ausencia del qué hacer en esta coyuntura. Primera conclusión provisional: los políticos, y sobre todo los aprendices de políticos, que quieran ir de farol a partir de ahora saben a qué se arriesgan. Los ríos catalanes no son el Mississipi donde lucir sus tiernas aptitudes de becario de tahúr.

Estamos ante una legislatura que, según hemos comprobado ahora, nació muerta. Su cometido fue el lanzamiento de proclamas contra «el invasor». Ahora, lo que quiso ser terne aparece definitivamente chuchurrío. Posiblemente sin la pandemia se habrían producido elecciones autonómicas anticipadas. Tal vez, el Tribunal Supremo habría descabalgado al diligente Torra. Tan activo como aquel Honorato de la Sardá

Torra se ha convertido incluso en un marmolillo para su propio partido, Junts per Cat y en un inconveniente para ERC. Con este caballero los post post post convergentes  no pueden derrotar a los de Junqueras; a su vez, ERC entiende que para qué va a quemarse hundiendo a Torra si, dentro de poco, el Tribunal Supremo, lo mandará a freír espárragos. Así pues, equilibrio de esperpentos que mantiene a Torra en la cathedra de Jordi Pujol.

Más todavía, los post post post convergentes no pueden desembarazarse del tan repetido Torra porque sería tanto como reconocer que este personaje ha sido pieza clave de su historiado fracaso.  Y los de ERC temen como a una vara verde aparecer ´ante la Historia´  como los responsables de una ruptura definitiva del independentismo catalán. Equilibrio de esperpentos.

Y, sin embargo, me huelo que las elecciones autonómicas catalanas, cuando se rompa el equilibrio de esperpentos con o sin la sentencia del Tribunal Supremo, tendrán este olor –o ausencia de ello, según Vespasiano--  de los fondos del plan de reestructuración que vienen de Europa.

Addenda.---  Los maestros de aquella confusión, seguramente sin mala intención, hartos de no aparecer en pantalla reaparecen en escena. El tink thank Soberanies –nuevo redentorista de la izquierda--  ha venido a este mundo, no sabemos si con una hogaza de pan bajo el brazo o con una tenora. Mis mejores deseos.    

P/S.---  Gloria a Rosa Maria Sardá

jueves, 11 de junio de 2020

¿Qué pasaría si hay un rebrote del covid-19?


1.--- Diversos organismos internacionales vienen insistiendo en las consecuencias de la pandemia en diversos países, entre ellos España. Ayer mismo la OCDE señalaba que, si hay rebrote del coronavirus, nuestro producto interior bruto  podría descender un 14,4 por ciento a final de este año. Recuerden ustedes: el PIB es una magnitud macroeconómica que expresa el valor monetario de la producción de bienes y servicios durante un periodo de tiempo determinado, normalmente un año o un trimestre. Con lo que un descenso de esa envergadura son palabras mayores. Justamente en un país como el nuestro donde la dependencia del sector turístico es enorme y lo mismo habría que decir de la importancia del sector automovilístico, hoy en horas complicadas. Lean bien, se trata de una previsión condicionada a la posibilidad de un rebrote del covid-19. Es un rebrote que nadie descarta. Sin embargo, tengo la impresión –vistas las cosas desde el tendido de Sol--  de que no se están tomando, en determinados casos, las precauciones ni se ponen las prevenciones, en otras ocasiones, para evitar el rebrote. En todo caso, insisto: se trata de una impresión.

Por ejemplo, soy del parecer que la reanudación del campeonato de la Liga de fútbol va en dirección contraria a la prevención del riesgo. No me tranquiliza que los partidos sean sin público, porque finalmente está asegurado, desgraciadamente, el hacinamiento de millares de  hinchas en las puertas de los estadios para recibir a los suyos antes del partido. Son auténticos botellones de millares de tipos que se creen inmunes de ser contagiados y, por supuesto, entienden que ninguno de ellos porta el virus. Es el beaterío de la irresponsabilidad.

Lo chocante será que, si hay rebrote, todos los que han presionado para el adelanto de los partidos de fútbol –los clubs, las cadenas de televisión y las peñas--  se llamarán Andana y le echarán la culpa al Gobierno.

Addenda.--- No es obligado que se me dé la razón. Puedo estar equivocado. Lo digo, casi dubitativo, desde el tendido de Sol. Ah, el tendido de Sol, un lugar políticamente incorrecto. Lo he dicho a conciencia como alarma ante toda una serie de novedades que surgen en el panorama de los pijoteros globales. Se ha retirado de las programaciones Lo que el viento se llevó. Son las mismas razones, en el fondo, de quienes levantaron su voz contra El mercader de Venecia. Pues bien, borremos del mapa la Divina Comedia porque Dante puso en el Infierno a los homosexuales; mandemos a la mierda a Mozart, porque en su Così fan tutte dijo inconveniencias sobre las mujeres; tres cuartos de lo mismo a Verdi por su donna é movile  en Rigoletto y el Otello… Vamos que desde Esquilo, Sófocles y Eurípides no quedaría títere con cabeza. Y, sorprendentemente, sólo quedaría la Biblia, auténtico almacén de racismo y machismo. De violencia dirigida por el Pae Etenno.  Sí, el Pae Etenno, que pintó Miguel Ángel –otro que deberíamos mandar al Hades—  porque tiene la pinta de ser un machista de armas tomar. (La fotocomposiición la hemos tomado del Muro de don Antonio de Moragas)

miércoles, 10 de junio de 2020

Las heces de Cataluña


No es obligatorio que Pau Donés guste a todo el mundo, especialmente a los desaboríos. Pero tampoco es obligado que quien sea de ese jaez deba exhibirlo, especialmente cuando el cantante está de cuerpo presente. Al menos por caridad montserratina.

Esto es lo que ha sucedido, tras la muerte del primero de Jarabe de Palo, con un grupo de nacionalistas, esas heces de Cataluña. Destaca por su irracionalidad el contenido del retrato que preside este post. Pero no hay que extrañarse: estamos ante una evidente expresión de la decadencia de una corriente, que sigue siendo muy importante, de Cataluña. Decadencia moral, concretamente.

Discrepo de los que califican a estas gentes de supremacistas. A mi juicio no son exactamente supremacistas; simulan serlo como autodefensa de su poquedad, como gratuita exhibición de que son algo en este mundo. De ahí que, en el fondo, deseen ser una mierda a no ser nada. Por eso quieren ser supremacistas como trampantojo de su poquedad.

Parece evidente que esa gente estaba sumergida. Hace ya tiempo que afloró: el nacionalismo político de raíz lombrosiana les ha dado alas. Y desde las más altas covachuelas de la Generalitat se les anima, organiza y subvenciona.

martes, 9 de junio de 2020

El reparto de los fondos: todos queremos más




Los gobiernos autonómicos se han convertido en unas órdenes frailunas mendicantes. Sus cantos ya no son gregorianos sino aquella canción que cantaron, con desigual fortuna, Alberto Castillo, Peret, Emilio El Moro y El Consorcio: ´Todos queremos más´. El rito monacal se ha secularizado por la fuerza del parné. «Todos queremos más» es, pues, la respuesta de los gobiernos autonómicos al reparto de los 16.000 millones de euros, el fondo de reconstrucción no reembolsable.  Bueno, ese ´todos queremos más´ se ha transformado, según la huraña intransigencia de Torra, en «todo para mí». El quídam exige 15.000 millones para sus gastillos. Mi respuesta imprudente –si yo fuera el repartidor--  sería esta: «La diferencia entre lo que te corresponde y lo que exiges se lo pides a Ferrovial, bonito».

Torra, en efecto, es el más imprudentemente echao p´alante; el resto de sus colegas, salva la excepción de Ximo Puig, siguen cantando la singular ranchera. No faltan a ese concierto los tres barítonos (Paje, Lambán y Vara) que se apuntan a toda operación de mojar la oreja a Pedro Sánchez.

Este sistema autonómico se ha convertido en un aglomerado de taifas, tal vez definitivamente. Ya no basta con el amenazador interrogante del «¿qué hay de lo mío?», ahora estamos en la fase de la imperativa intimidación del «todos queremos más».  La solución, siempre difícil, está –en este caso concreto--  en manos de Antonio Revilla, uno de los padres del sindicato de CC.OO. de la Función Pública. Mi amigo Antonio Revilla es un almacén de anécdotas y sucedidos. Todos ellos tan verídicos como que el Guadalquivir pasa por Lora, pasa por Lora, Lora del Río. Recientemente ha contado una muy substanciosa. Hela aquí:

Hace ya muchos años teníamos que repartir una determinada cantidad de dinero entre los Consells Comarcals; el tema era peliagudo. Se trataba de adoptar criterios de distribución que pudiesen ser aceptados por todos El Conseller de la Generalitat del ramo confiaba en nuestra capacidad técnica, sólo nos dio una instrucción al respecto: “Que todos reciban por encima de la media”.  Era de Letras...».

Ya lo saben, esa es la solución: todos por encima de la media. La economía política puede resistir eso, y más.  ¡Bingo!

P/S.---  Conectamos con el blog de Antonio Baylos: ´CUANDO LA CÚPULA JUDICIAL PIERDE LA IMPARCIALIDAD Y ASUME FUNCIONES DE PARTIDO POLITICO´. (UNA CONVERSACION CON ENRIQUE LILLO). Exactamente en https://baylos.blogspot.com/2020/06/cuando-la-cupula-judicial-pierde-la.html




lunes, 8 de junio de 2020

Íntimos enemigos: ERC y los post convergentes




1.--- Mientras el diligente Torra esté al frente de la Generalitat Cataluña seguirá su camino hacia la decadencia. Dispensen que pontifique, es un repulgo de haber tenido durante años un bastoncillo de mando. Es en todo caso, una opinión tan acertada o no, tan subjetiva o no como cualquier otra. En esta ocasión, no obstante, doña Empiria avala lo que afirmo con desparpajo: con Torra en la Generalitat o incluso muy cerca de ella los problemas de Cataluña no tienen remedio.

2.---  Este caballero sigue incrementando el ritmo de confrontación con el gobierno de Pedro Sánchez al tiempo que, junto a las extremas derechas carpetovetónicas, aprieta la tenaza (algo más duro que pinza). Es lo único que dispone tras el estridente fracaso de su temerario recorrido de los últimos años. Es un malogro que concreta algo terrible para ellos: la ruptura del independentismo por arriba, por abajo y por en medio.    

3.--- ¿Por qué el diligente Torra ha vuelto a subir el listón de la inverecundia? Permítanme dos motivos que se acompañan mutuamente: 1) para romper la estrategia de sus ya íntimos enemigos, vale decir, Esquerra Republicana de Catalunya, y 2) mantener el fuego sagrado para el sustento corporal y espiritual de sus feligreses.

La línea de ERC es, por ahora, que se ponga en marcha la «mesa del reencuentro» con el gobierno de Pedro Sánchez. Una mesa que ERC negoció con Sánchez y que, estólidamente, fijó que fuese presidida por Torra. Este, sin embargo, prefiere la berza cuando le prometen la breva. La berza de la bronca en vez de la breva de la posibilidad de una solución para el litigio catalán.

4.---  Lo paradójico de todo esto es que ERC propone lo que entiende que es una solución (la mesa del reencuentro), pero a la vez es incapaz de romper con el mecanismo de entorpecimiento de dicha solución, a saber, dar el do de pecho que envíe al diligente Torra a las calderas de Pedro Botero.  De ahí que proponga estotra consideración: la estrategia de ERC es tan inútil como la de los post post post convergentes. Son espejos: unos cóncavos, otros convexos. Unos y otros no han aprendido nada de lo que representa y significa la globalización; ni siquiera se han enterado de las razones por las que Nissan se ha ido desvergonzadamente.

P/s.---  La foto de arriba pretende recordar a nuestro Salva López. Mis saludos a Olga Mayans.

domingo, 7 de junio de 2020

ERC y Ferrovial: las amistades peligrosas




El otro día Convergència democrática de Catalunya, el partido de Jordi Pujol,  bajó definitivamente sus persianas; ahora está en manos de un concurso de acreedores. Sin embargo, su viejo modelo sanitario  sigue vivito y coleando. Lo decisivo de ese modelo debe estar en manos privadas. La zorra de los particulares guardando las gallinas públicas. Ahora, tras los momentos más dramáticos de la pandemia del coronavirus, se reincide en el fortalecimiento de lo privado en el sector sanitario en Cataluña. El independentismo tiene alma romántica y, a la vez, cuerpo de parné. La Consejería de Sanidad, en manos de ese centauro que es Esquerra Republicana de Catalunya, representa esa lengua bífida: mitad poesía, mitad guita. Pasen y vean. 

La Consejería ha hecho un contrato con una filial de la multinacional Ferrovial, sin esa chuchería del concurso público: 17,6 millones de euros para cubrir la gestión burocrática del control y seguimiento de los nuevos contagios del coronavirus; tamaña cantidad contrasta con la que se ha destinado a los Centros de Atención Primaria (sector público): solo 4,5 millones. En resumidas cuentas, la redicha «nueva normalidad»  se concreta en la vieja práctica de la externalización hacia los privados de los servicios públicos esenciales. El modelo convergente ahora puesto en práctica sin ningún tipo de repulgos por parte de las órdenes menores conventuales de Oriol Junqueras. Como quien indicia –plagiando al obispo Torras i Bages--  Cataluña estará en manos del parné o no será.

Ferrovial, hemos dicho. Se trata de una de las empresas que apareció como sujeto que soborna en el Caso Palau, que se llevó por delante al partido de Jordi Pujol. Pero Ferrovial pone sus huevos en diversos nidos. Y ahora lo ha hecho en ERC. Dicen lenguas, certeramente viperinas, que la liaison con ese partido viene a través del ingeniero Roger Junqueras, hermano del primer dirigente de ERC. 

Yendo por lo derecho: la ´nueva normalidad´ es que el viejo estilo de los convergentes se hace cuerpo y sangre en los parciales de la familia Junqueras.

sábado, 6 de junio de 2020

Varoufakis, ese cantamañanas




Ya saben ustedes que un grupo de personalidades de la izquierda ha fundado la Internacional Progresista. En un lugar destacadísimo de tanta vaca sagrada figura el economista griego, ex Ministro de Finanzas de la Grecia de Tsipras, Yannis Varoufakis. Algunos amigos me preguntaron qué opinaba de dicho acontecimiento. Les respondí con la máxima cervantina que aconseja «esperar y barajar». Como todos tenemos nuestras manías debe decir que una de las muchas que tengo es mi escasa simpatía por el grupo que aparece como fundador de la mentada Internacional. Son manías de viejo, en mi caso.
Pues bien, uno de los primeros pronunciamientos públicos de este Varoufakis se ha dado en ABC, diario que –en mi modesta y, tal vez, infundada opinión--  no se caracteriza por simpatías hacia la izquierda, el progresismo y la tolerancia. Ahora bien, que ABC publique unas declaraciones del griego se entiende que es a cambio de que éste eche pestes, aguarrás y vitriolo contra alguien ´de izquierdas´. Lo que no sabemos es por qué ese caballero dice lo que dice en el periódico de marras.
Habla Varoufakis:
« El economista y exministro de Finanzas griego Yanis Varoufakis ha asegurado que Podemos se ha convertido en una fuerza irrelevante porque están coaccionados. Preguntado por el secretario general de Podemos y vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias, ha asegurado que no habrá recortes, Varoufakis ha afirmado que esta fuerza política ha «fracasado». «Aquellos maravillosos indignados -en alusión al movimiento 15M- les creyeron y han quedado entre la espada y la pared por querer llegar al poder», ha asegurado.
» No han tenido la fuerza de vetar las políticas que vienen de arriba y como están coaccionados se han convertido en una fuerza irrelevante. Pablo puede decir lo que quiera. Quizá no haya recortes ahora, pero en los próximos años el Gobierno se verá forzado a introducir la austeridad a los mismos niveles que Grecia durante la anterior crisis», ha añadido Varoufakis».
No seré yo quien niegue a Varoufakis su condición de hombre de izquierdas. Lo es, aunque solo sea, porque rezuma ese viejo cainismo de la izquierda caníbal. De esa izquierda acomodada en sus cátedras y en los salones chic de esa intelectualidad egotista del narcisismo global.
Lo de Varoufakis no tiene nombre: justamente cuando desde las cavernas burocráticas y los piquetes mediáticos de los ocurrenciantes de las derechas, extremas y no tanto, arremeten contra Pablo Iglesias y Podemos, surge el divino Varoufakis y les pone de azul y oro. Extraño maridaje el de este caballerete; rarísima posición la de esa Internacional Progresista.  (No sabemos cómo le habrá sentado la cosa al venerable Noam Chosmky, padre de dicha Internacional). 
Varoufakis, tus palabras huelen a cosa personal


viernes, 5 de junio de 2020

Tanto monta, monta tanto Ayuso como Torra




Una novedad en la España de las autonomías: la tenaza de dos comunidades, tradicionalmente enfrentadas entre sí, contra el Gobierno central. Es una pintoresca política de alianzas de dos gobiernos, ambos también de coalición, a cuyo frente están presidentes de derechas. De coalición, decimos, que se caracteriza por unas relaciones inamistosas y, más todavía, conflictivas entre los asociados: PP con Ciudadanos en Madrid y post post post convergentes con ERC en Cataluña. Que ahora ponen más énfasis en sus ásperos litigios contra Pedro Sánchez que el que tradicionalmente sostuvieron entre sí.

Los dos gobiernos –de Madrid y de Cataluña--  son nacionalistas de dos cepas diversas, pero nacionalistas hasta el colodrillo. Con dos presidentes tutelados desde fuera: el primero por el hombre de Marbella, el segundo por el hombre de Waterloo. Dos gobiernos que han conocido a diversos de sus presidentes con muy serios problemas con la justicia –incluida la cárcel-- por causas de corrupción. Las dos autonomías que, en teoría, se las suponía locomotoras del desarrollo de España han protagonizado en los últimos tiempos lo más cutre de nuestra reciente historia. Madrid con su PP declarado judicialmente como trama corrupta; Cataluña con su vieja Convergència que hoy ha cerrado definitivamente sus puertas ante un concurso de acreedores. 

Cataluña y Madrid, cuyos presidentes –los reales y los formales--  han pretendido aprovechar la coyuntura de la pandemia para, tenaza en ristre, arremeter contra el gobierno progresista. Incluso uno de los allegados de Waterloo ha equiparado -- naturalmente en tuiter, que es el púlpito de las soflamas--  a España con la desaparecida URSS para acabar reivindicando la independencia de Cataluña.  Este caballero cobra del erario por ser vicepresidente segundo del Parlament por el cacho de los post post post convergentes. O sea, de igual manera que se provocó la caída de Gorvachof hay que organizar la de Pedro Sánchez.

En resumidas cuentas, tanto monta monta tanto Ayuso como Torra.