lunes, 20 de febrero de 2017

Cataluña y sus posverdades


Enric Millo, delegado del Gobierno en Cataluña, declaró hace días a la televisión autonómica catalana que había «conversaciones discretas» entre Madrid y Barcelona. Para darle mayor verosimilitud lo acompañó con un sugerente lenguaje corporal como indicando a la audiencia ¿estás en lo que es. Y amplió lo dicho a un enigmático «a todos los niveles», sin precisar cuáles. ¿Posverdad?  Antes de que el susodicho Millo entrara en el coche oficial ya había respuesta de las autoridades autonómicas. De eso nada, respondieron. Aquí no hay conversaciones ni nada que se le parezca. ¿Posverdad? En todo caso, tenemos un problema: ¿qué ocurre cuando chocan dos posverdades, una que mira a babor y la otra a estribor? Todo un problemón, cuya forma de despejarlo no aparece en los tratados de lógica de Bertrand Rusell.  

Ahora bien, podemos abundar en el tema partiendo de las siguientes consideraciones: Millo siempre fue una persona reñida con decir la verdad. Pero también las autoridades autonómicas que han desmentido la noticia tampoco tienen buenas relaciones con la verdad. Así es que estamos ante un trilema: o ambos dicen la verdad o ambos mienten o, finalmente, hay uno que miente desparpajadamente. Ciertamente, sigue la complicación. Por lo que todavía no estamos en condiciones de saber quién es el que organiza esa chuminada de la posverdad. “Aproximadamente” quiere decir en este caso a estilo compadre.

De manera que debemos seguir con el escardillo y hurgar en los textos de lo que declaran Millo y sus detractores. De Millo no podemos decir nada más, tiró la piedra y escondió la mano. La indagación nos lleva, pues, a interpretar las declaraciones de otro posverdadero, Carles Puigdemont.  Lo haremos siguiendo, aproximadamente, el andamiaje de los juegos del lenguaje de  Ludwig Wittgenstein.  

El president vicario de la Generalitat de Catalunya ha declarado a los periodistas que «la oferta del Estado es como el Espíritu Santo, todo el mundo habla de él, pero nadie lo ha visto». Aquí, en esta frase está el problema. Todo indica que nadie ha visto al Espíritu Santo, y por lo que se ve tampoco los ex convergentes lo han visto. Sin embargo, son miles los independentistas que sí creen en la Blanca Paloma. Que siguen la máxima famosa de «Credo quia absurdum», que el filósofo de Parapanda tradujo como creo porque es absurdo. Mira por dónde no ver y creer al Espíritu Santo introduce algunas dudas acerca de la posverdad de Puigdemont. De esa chuminada de la posverdad.


Sugiero, en todo caso, que para detectar si se dicen posverdades, a partir de concejal para arriba deberían someterse a un polígrafo. Ante cada declaración o discurso. Costeado, naturalmente, por quien habla.