lunes, 29 de febrero de 2016

La vieja gallina del pacto PSOE -- Ciudadanos




Dedicado al compañero Ortega, ferroviario, y a Carmen, su encantadora hija. 


Este ejercicio de redacción tiene como objetivo mostrar mi escasa simpatía por el acuerdo político entre el PSOE y Ciudadanos con el objetivo de investir a Pedro Sánchez como Presidente del Gobierno. De igual manera intenta comentar el proceso de consulta que puso en marcha la dirección del PSOE el sábado pasado.

Primer tranquillo

Pedro Sánchez se ha distinguido durante la campaña electoral por declinar machaconamente el verbo «derogar». En cierto momento tuvo que corregir las declaraciones de algún que otro gurú económico de su partido que corregía la contundencia de dicho verbo en lo atinente a la reforma laboral. No era solamente este importante tema el que se pretendía derogar en el programa electoral y en los repetidos discursos de la campaña: estaba la LOMCE y la Ley Mordaza. De manera que el cántaro de la derogación fue repetidamente a la fuente. Sin embargo, fue tantas veces a la fuente que el cántaro finalmente se rompió.

La triple derogación –sanctus, sanctus, sanctus--  de las tres botijas, en la redacción del pacto,  se quedó para el arrastre. Y para no contradecir las viejas tradiciones de las promesas incumplidas, así en las izquierdas instaladas como en las derechas de siempre, se procede a declinar otro verbo que da pie a promover una suave mano de pintura, cuyos objetivos son, hoy por hoy, desconocidos.

Bien sabemos que un acuerdo es la conclusión de ciertas renuncias. Este planteamiento es inobjetable; vale, por supuesto, para todo pacto de cualquier naturaleza. Pero el caso es que, en esta ocasión, la eliminación pactada del verbo derogar se refería a tres asuntos de esos que se consideran y se alardean como temas estrella. No eran redactados improvisados ni cosas de pacotilla sino algo que se vinculaba a cuestiones que afectan a la condición concreta de las personas de carne y hueso en los terrenos económicos y sociales, al tipo de enseñanza y formación, a las libertades democráticas, individuales y colectivas. Más todavía, a la vinculación entre la reforma laboral y la enseñanza y el desarrollo de un nuevo modelo productivo. Como mínimo podemos afirmar educadamente que el PSOE ha sido extremadamente generoso con Ciudadanos y poco exigente consigo mismo y con la atención de quienes habían confiado en el cumplimiento de las tres promesas estelares.

Tras la firma del pacto los dirigentes del PSOE convirtieron descaradamente el viejo vicio en nueva virtud. Hasta el mismo Pedro Sánchez se permitió jugar con el sofisma: «Cuando yo digo ´en un lugar de la Mancha´ todo el mundo sabe a qué me refiero», intentado ufanamente trasladarnos que la derogación es compatible con su antónimo.

Segundo tranquillo

Ciertamente, no es irrelevante llevar a consulta de los inscritos del partido socialista el pacto con Ciudadanos. Que ello fuera un lance dirigido a las baronías o un ejercicio democrático, es cosa opinable y, para lo que intentamos decir, es irrelevante la intención de esa consulta. Lo relevante es que dicho pacto fue llevado a cabo, y que Sánchez en sus repetidos mensajes llamó a una «masiva participación de la militancia».

¿Se puede considerar que el 51,7 por ciento de la participación es para tirar cohetes? De ninguna de las maneras. Digamos, pues, que el sí al pacto ha sido masivo. Pero ello no encaja con el altísimo nivel de abstención que se ha alcanzado. Sin embargo, lo preocupante es que el grupo dirigente del PSOE ha dado por buenos tales resultados y, afirma, que «se siente satisfecho» de los mismos. Toda una exhibición de panglossismo, que parece indicar que la abstención de la mitad de la militancia es la mejor respuesta posible. Con lo que el viejo Voltaire arrugaría inquieto la nariz.  


En conclusión, tengo para mí que el grupo dirigente del PSOE está ´vendiendo´ la vieja gallina del pacto como su fuera un pavo real. Cabe decir, además, que esta vieja gallina no hará buen caldo.   



sábado, 27 de febrero de 2016

Esquerra Republicana de Catalunya o el Becerro de Oro




Hay quien acostumbra a decir que ya no le asombra nada de lo que oye y ve. No es mi caso. Ya, cargado de años, me siguen asombrando no pocas cosas. Y algunas me pasman. Posiblemente es mi inercia tradicional a “caerme del guindo”. Les pondré dos situaciones que pasan de castaño oscuro.

Primer tranquillo

Como ustedes saben uno de los planteamientos del independentismo catalán es la creación de «estructuras de Estado» propias de Cataluña. Sin duda, la más llamativa es la puesta en marcha de la Hacienda propia. Que reclama que los catalanes pongan sus impuestos en este aparato.

Esta historia viene de cuando Artur Mas se cayó del caballo cuando iba cabalgando camino de Damasco. Pues bien, el otro día Josep Cuní, factótum del periodismo catalán, nos decía en su programa televisivo que sólo sesenta y cinco (65) personas han seguido esa orientación. El veterano periodista, con cara picarona, añadía que ni siquiera los más conspicuos dirigentes del independentismo político habían seguido tales consignas. En otros tiempos hubiéramos dicho que tales personalidades son (y ejercen de) capitanes Araña, o sea, el que embarca a la gente y se queda en tierra. Más concretamente: gente liante y embaucadora.

Comoquiera que la Hacienda catalana tiene una plantilla de 330 funcionarios, si sólo 65 almas de cántaro han depositado allá sus impuestos, habrá que colegir que ni siquiera dicha «estructura de Estado ni siquiera se autofinancia».

¿Tengo o no tengo motivos para asombrarme? Sí, padre.

Segundo tranquillo

Leo en la prensa de hoy que el responsable de la covachuela de Economía y Finanzas de la Generalitat, Oriol Junqueras, se ha propuesto poner al día la tan mencionada agencia de la Hacienda catalana. Desde el cabo de Creus hasta Puerta Umbría se sabe que Junqueras es el primer dirigente de Esquerra Republicana de Catalunya. Así es que podemos establecer pacíficamente esta correspondencia: lo que se propone hacer el consejero del ramo es aplicar la política de su partido.

Una de las ideas que plantea Junqueras de cara a la agencia es que «tenga en cuenta a los contribuyentes como clientes». (Les aclaro que las cursivas son mías con la idea de llamar la atención a quienes leen en diagonal, que es costumbre de los pijos de barrio). Así las cosas, les pregunto: ¿tengo o no tengo motivos para asombrarme? Sí, padre; y de pasmarme.

Un dirigente político, sedicentemente de izquierdas, que pretende trasladar el carácter de contribuyentes a clientes está introduciendo una cesura profunda en la condición de ciudadanía. Y de ello se desprenden, como mínimo, estas inquietantes derivaciones: lo público ya no es patrimonio de la ciudadanía, sino de un aparato técnico, de una estructura de Estado.  O sea, los bienes democráticos del Estado de bienestar son un estatuto concedido que ofrece mercancías en la enseñanza, la sanidad, la vivienda, el transporte y demás botánicas que van dejando de ser públicas. En resumidas cuentas, es la metamorfosis de la civitas en clientelas que están supeditadas a un poder técnico, que es nombrado por el patrón político de turno.

Me pregunto si el candor de algunos allegados a ERC han caído en ese detalle. Me asombra lo de Junqueras, me pasma que algunos de sus parciales no se hayan percatado de que se está diseñando un Becerro de Oro de nueva estampa. Perdón, de viejuno estilo.



viernes, 26 de febrero de 2016

Lameculos, hijos de puta, traidores



Me maravilla el patio de vecinos de las llamadas redes sociales. Es, en muchas ocasiones, la exhibición barroca de los que tienen los esfínteres blandos, la mirada torva y los dientes ahelgados. Es, en parte, el monumento a la irascibilidad, y un homenaje a la verborragia  caballuna. O sea, es la leche. Propongo que el lema de las redes sociales sea este: «Si podemos despellejarnos  ¿para qué vamos a razonar?». O, tal vez, podría tener como leyenda el famoso «Lejos de nosotros la funesta manía de pensar» que lució en su frontispicio la Universidad de Cervera en tiempos de antañazo. Porque razonar es visto como una complicación; en cambio cagarse en los muertos del vecino simplifica las cosas.

Que un político dice una inconveniencia, la respuesta más socorrida es llamarle lameculos. En vez de llevarle la contraria, que frecuentemente merece, el comentarista le endiña un «lameculos» acompañado de unas cuantas interjecciones con la idea de amplificar el eructo. En el ránking de los improperios están también regüeldos tan socorridos como «hijo de punta» (también con las pertinentes interjecciones) o el legendario «traidor» (naturalmente, con sus solícitas acompañantes, las interjecciones).

Que no estamos en el siglo de los insultos es una gran verdad. La cosa viene de muy atrás. Lo que pasa es que en estos tiempos, si Fulano mienta los muertos de Mengano en las redes llamadas sociales se entera Zutano que vive en las antípodas. A todo esto, Zutano no comprende, por lo general, de qué va esa batalla de ranas.

Que no estamos en el único siglo de la bronca lo demuestran los golpes que se dieron entre ellos gentes tan académicas y lustrosamente cultas como Lorenzo Valla a Poggio, Quevedo a Góngora, Berlioz a Haendel. Y digo yo: ya que te pones como un basilisco, lo más vistoso es imitar lo que  Wittgenstein le hizo a Popper en presencia de Bertrand Rusell.

El gran Lorenzo Valla, a quien le debemos la demostración de que el Código de Constantino era tan falso como la falsa monea, causando una enorme conmoción en la Curia vaticana y sus islas adyacentes, llamó a Poggio «pinche de cocina y lavaplatos de mesón» y tantas lindezas que dejaron a su contrincante a la altura del betún. De Quevedo y Góngora sabemos que se dijeron de todo en tabernas y burdeles para mayor gloria de la república de las Letras. Berlioz, por su parte, no quiso ser menos en estos añejos rifirrafes y dejó escrito que Haendel –el divino Haendel para nosotros--  era un barril de cerveza. Es una pena que en estos casos todavía no existieran las redes sociales. Al no haberse creado todavía youtube nos perdimos la descomunal bronca entre Wittgenstein y Karl Popper.   Harto el primero de la incontinencia del segundo agarró el atizador de la lumbre camino del colodrillo del segundo; si no le aparta el resto de los contertulios el concepto de «sociedad abierta» sería obra de otro. Bertrand Rusell fue testigo de este tabernario acontecimiento que da gloria y esplendor a la filosofía. Digamos pues que, en este caso, Wittgenstein aplicó  su famoso apotegma: cuando no se puede hablar es el momento de coger el atizador de la lumbre.

Hoy se discute en Parapanda si la proliferación de insultos en las llamadas redes sociales viene de las viejas querellas de antaño que hemos relatado o es cosa de nuestros tiempos. Doctores tiene la Iglesia. Ahora bien, si el gran Dante  puso como un pingo al papa Bonifacio VIII llamándole cloaca, ¿por qué van a renunciar los vecindones de las redes a llamarse virilmente los unos a los otros lameculos, hijos de puta y, sobre todo, traidores? No, la forma de discutir entre Paco Rodríguez de Lecea y un servidor no es aconsejable. Me permito una muestra de ello. Cuando mi amigo y yo tenemos un desacuerdo hablamos de esta guisa. Paco: «Querido José Luis, permíteme que te diga que no acabo de estar de acuerdo contigo. Mi desencuentro radica en que…». Y yo le respondo: «Estimado Paco, tal vez no me he esforzado lo suficiente en el argumento. Lo podemos resolver amigablemente acompañados de una botella de machaquito cuando la tarde languidece y renace la sombra».



miércoles, 24 de febrero de 2016

Sobre la huelga de los transportes de Barcelona. Ada Colau y lo «viejo» de un conflicto





¿Han leído ustedes el artículo de Eddy Sánchez sobre Ada Colau, la huelga y los límites de la izquierda posmoderna? (1) Recomiendo su lectura, propongo su estudio y sugiero su discusión, aunque solamente fuera porque dicho conflicto, afirma Sánchez, es la primera ruptura entre unos trabajadores y los ayuntamientos del cambio. También, diría un servidor, por otra razón: la actitud de la Empresa Municipal de Transportes y los comités de empresa siguen sin generar una nueva actitud empresarial y contractual específica en los servicios públicos.

Para un servidor lo más estridente de este conflicto han sido los lenguajes del equipo de Gobierno y, más en concreto, los de la Alcaldesa y la concejala de Movilidad. Por ejemplo, Colau afirmó que «considera incompatible negociar si se mantiene la huelga de Transportes Metropolitanos de Barcelona» (2). Y, para no ser menos, la concejala del negociado achaca el conflicto a «una parte de los trabajadores». Lo uno y lo otro lo dicen las autoridades del cambio en un contexto de constante agresión de las derechas de toda la vida contra el ejercicio de huelga, indicando de esa guisa, de un lado, un contagio de los argumentos y, de otro lado, un modo perezoso de analizar la cuestión. A la vez, debo indicar que se ha recurrido en esta ocasión al viejo método que utilizaron las izquierdas y las derechas municipales, en periodos distintos: intentar deslegitimar las reivindicaciones salariales publicando los emolumentos que perciben los empleados.

Lo que connota que, durante un cierto tiempo, en el «cambio» del más pintado coexisten también viejas maneras de pensar y actuar. Que puede ser o no una consecuencia de lo que Eddy Sánchez califica como «la incapacidad de la nueva izquierda en comprender los conflictos provenientes del mundo del trabajo».  Que, entonces sería, la consecuencia –lo diremos de manera poco lacerante, de la distracción de la nueva izquierda, una herencia recibida de la vieja izquierda, en comprender e intervenir en la problemática del trabajo y en conocer de primera mano, y no de oídas, los sujetos que intervienen en ese un universo.   

Y es que cuesta mucho eliminar de aquel recoveco del subsconciente los ecos del partido del viejo Ferdinand Lasalle –asumidos por todas las viejas izquierdas pasadas y presentes, y según parece por las nuevas y novísimas izquierdas--  que consideraba que no se puede litigar ni con el pensamiento, palabra y obra contra el partido amigo. Eso ya no reza para los nuevos tiempos, afortunadamente.  

Una conclusión provisional: sería beneficioso sacar las pertinentes enseñanzas de este conflicto. 

         1. http://blogs.publico.es/la-soledad-del-corredor-de-fondo/2016/02/22/ada-colau-la-huelga-y-lo-limites-de-la-izquierda-posmoderna/                                       2. http://lopezbulla.blogspot.com.es/2016/02/a-ada-colau-le-falta-un-hervor.html


martes, 23 de febrero de 2016

El nuevo regüeldo del ministro Fernández




El ministro del Interior en funciones, Jorge Fernández Díaz, ha asegurado que "llama la atención" que las actuaciones judiciales en materia de corrupción solo afecten al PP en un momento político "delicado" y ha subrayado que no cree por norma general "en la espontaneidad ni en la casualidad" (1). Exigir su cese no es una exigencia desorbitada. Lo dicho: debe ser cesado, tiene que ser censurado ásperamente por el Consejo General del Poder Judicial y reprochado por la sociedad. No hay que esforzarse demasiado para argumentar dicha exigencia, pero es conveniente como pedagogía para propios y extraños. Posiblemente en pocos países del patio de vecinos europeo no haría falta. En nuestro ruedo ibérico es conveniente.

Fernández no sólo está censurando a los magistrados sino que palabreramente está interfiriendo en la Justicia. En realidad les está diciendo “oigan, dejen en paz a mi gente”. Precisamente “a su gente”, de la que cierto dirigente vasco ha dicho «estar hasta los cojones». Vale la pena añadir que este Fernández ha hablado en su condición de ministro y desde la misma covachuela en la que recibió con plena relación mística a su amigo Rodrigo Rato.

El Partido apostólico, como Jano bifronte, mira a un lado y masculla que tienen tolerancia cero con los corruptos. Pero simultáneamente mira también a otro lado y exige a los jueces y cuerpos de seguridad del Estado que paren las investigaciones. Es la exhibición barroca, según Manuel Vázquez Montalbán de «la doble verdad, la doble moral y la doble contabilidad».

Ahora bien, ¿qué puede hacer el Partido Apostólico sino aplicar la doctrina Fernández? Si aplica el dictum de tolerancia cero contra los corruptos se arriesga a quedarse como el gallo de Morón; si no lo hace se incrementará el grosor de quienes, en su interior, están hasta los mismísimos inquilinos del escroto. Conclusión: ir tirando, esperar y barajar.

Reflexión aparentemente colateral: hasta ahora nada se ha dicho de lo que fue una cuestión crucial para la aznaridad y su confusa hechura, Rajoy. A saber, hicieron un proyecto económico de alto ringorrango: el eje Madrid – Valencia – Baleares, cual diseño inteligente, para una pretendida modernización de España. Naturalmente esta aparatosa modernidad tenía otro objetivo: rebañar todo el parné que pudieran, en cuotas negociadas, para el partido y sus principales capataces. De esta forma, fue apareciendo lo que ya otrora relató Dante sobre Florencia: esos nuevos ricos y rápidas ganancias («nova gente e i subiti guadagni»). Una gente que se creyó impune de aquí a la eternidad porque se sabían sostenidos por el Ministro Fernández y sus sacristías. Y que ahora están cayendo como moscas, a pesar de que el tal Fernández clama contra jueces y magistrados, contra la Benemérita y otras fuerzas y cuerpos de seguridad que dependen de su negociado.  Fernández o el alguacil alguacilado.


lunes, 22 de febrero de 2016

Investidura: «Luz, más luz»



¿Acabará Pedro Sánchez resolviendo la ecuación diofántica –Podemos a un lado, Ciudadanos al otro--  para ser investido y formar Gobierno? No lo sabemos porque eso depende de las matemáticas, de las intenciones reales, que no disfrazadas, de los partidos en liza y de los dioses menores del Partido Socialista. En todo caso, soy incapaz de descifrar la piedra de Roseta de la jerga de los dirigentes políticos que tienen en sus manos la posibilidad de sacar adelante la investidura. Además, lo aproximadamente cierto es que los lenguajes de los protagonistas, segundones y figurantes enmarañan más el zacatín de la política. 

Por lo demás, nadie desde fuera de esos cristobicas, levanta la voz diciendo que ya está bien de armar la zahúrda. Justamente lo contrario de la sabiduría de los habitantes de Santa Fe, capital de la Vega de Granada, que combativamente nos movilizábamos en determinados momentos. Rafael Rodríguez Alconchel ha relatado en otro lugar algún que otro ejemplo que ilustra lo que queremos decir. Por ejemplo, cuando se proyectaba alguna que otra película en el Coliseo Fernando e Ysabel, en ciertas ocasiones la pantalla aparecía borrosa o desenfocada. Entonces, de manera unánime surgía un griterío colectivo: «Mas claro, Maroto». Y no parábamos de patalear hasta que la cosa se ponía en orden.

Maroto era el proyectista. Durante el día trabajaba de pintor de brocha gorda, aunque tenía el mejor pincel para pintar las cenefas de las habitaciones principales. Para hacerle la pelotilla yo decía de él, lorquianamente, que «tardará en nacer, si es que nace, un artista con tan clara inteligencia». Y me dejaba entrar de gañote en el cine.

Pronto supe que aquel chillerío –«Más claro, Maroto»--  lo provocaba el mismísimo pintor. En cierta ocasión, estando yo en la cabina me dijo: «Ya verás el follaero que se arma». Le da a un botoncillo, la pantalla se nubla y se arma la de Dios es Cristo. El público ruge hasta que Maroto hace que se recupere la normalidad.

Fue entonces cuando le pregunté el por qué de aquella picardía. Y, dándole una caladita al caldogallina me responde que le gusta oír al público la famosa frase de Goethe: «Más claridad, verás: se empieza diciendo en el cine y se acaba gritándola en la calle». Me quedé estupefacto porque no me imaginaba a Maroto proyectando las películas en medio de la calle, ni tampoco sabía quién tenía en el pueblo el mote de Goethe.

Con el tiempo aprendí qué quería decir el maestro pintor. Por eso lo traigo hoy a colación. Si se gritara hoy en la calle «¡más claro, Maroto!», tal vez –sólo tal vez--  el lenguaje político tendría luz, más luz. Y, quizá –sí, quizá— estaríamos en puertas de una investidura con cara y ojos.

Radio Parapanda.--  RYANAIR CONDENADA EN ESPAÑA en Ciudad Nativa



sábado, 20 de febrero de 2016

No valoraríamos a Umberto Eco sin…




También este blog llora la muerte de Umberto Eco. De él se han celebrado sus talentos como científico de la lengua, ensayista y novelista. Conviene, además, para no ser intencionadamente incompletos su compromiso social y político profundamente democrático. Así pues, honrando su memoria como corresponde, me interesa en esta ocasión situar una referencia entre su obra y la felicidad que a muchos de nosotros nos ha deparado.

Esa referencia intermedia nos la ha deparado Ricardo Pochtar, el traductor de la mayoría de las obras del maestro italiano.  Sin él, los lectores de habla castellana se hubieran quedado in albis. Tengo para mí que Pochtar forma parte de esa cofradía de grandes literatos, los traductores, que nos hacen llegar la bondad de la obra original. Pongamos que hablo –no puedo citarlos a todos--  de personalidades como José María Valverde y su Fausto, que nos hizo llegar a Goethe;  a Miquel Dolç que nos hizo amigos de Virgilio; a don Wenceslao Roces y Manuel Sacristán que nos acercaron a Marx y Gramsci;  de Julio Cortázar, que nos abrió el alma de la Yourcernar y Poe, y así estaríamos hasta las tantas de la noche. Como hemos dicho, Ricardo Pochtar está en ese elenco de grandes entre los grandes.

Ahora bien, pocas veces se ha hablado de que nuestra amistad con Umberto Eco se debe a la mediación de Pochtar. De la misma manera, entiendo que hemos sido verdaderamente cicateros a la hora de elogiar a esos intermediarios. Los traductores siguen siendo la cofradía invisible, que, en el mejor de los casos, figuran como valets de chambre de los autores. Por eso me pregunto si no ha llegado la hora de que alguien con mando en plaza en la república de las letras abra una lanza poniendo las cosas en su lugar. Porque, a decir verdad, una parte no irrelevante de la cultura de un país se debe esa gente, no suficientemente pagada, valorada y celebrada.


viernes, 19 de febrero de 2016

Airbus, ¿«un triunfo de la democracia»? Precisemos más




Soy consciente de que, en este ejercicio de redacción, me voy a meter en un charco. Lo hago a propósito del éxito de los 8 de Airbus que tanta literatura está provocando.  Hasta la presente algunos dirigentes sindicales han hablado de que se trata de «un triunfo de la democracia». Yo veo las cosas de una manera, que no es contradictoria sino diversa.

Un servidor entiende que el triunfo de la democracia habría sido que los 8 de Airbus no hubieran sido imputados y, por lo tanto, ni siquiera juzgados. Porque lo fundamental no es que la «huelga no sea delito» (una construcción que ha servido de eslogan de la campaña solidaria) sino que es un derecho sacrosanto que distingue a la democracia a través de la Constitución Española. Por eso afirmé hace meses que dicho eslogan defensista y en negativo no era el más feliz. El énfasis más adecuado hubiera sido calificarlo como derecho. Ahora bien, más allá de estas consideraciones, lo cierto es que los dichosamente célebres 8 de Airbus han salido sanos y salvos de la estupidez que provocó la covachuela del ministerio fiscal cuando lo llevó a juicio.

Argumenta Norberto Bobbio «que el problema grave de nuestro tiempo respecto a los derechos humanos no era el de fundamentarlos sino el de protegerlos» (El tiempo de los derechos, Editorial Sistema 1991). Así sería en tiempos del maestro italiano, pero ahora el problema es que, desgraciadamente, las cosas vuelven a ser, en cierto modo,  similares a cuando el problema estaba en fundamentar los derechos como ´momento´ anterior al de  protegerlos. Lo decimos porque la novedad que ha introducido el neoliberalismo y sus franquicias, políticas y culturales, es la intención de romper el ciclo ascendente de conquistas de derechos: en unos casos de manera sutil y en otros de manera abrupta, criminalizando los derechos y, en la práctica, su ejercicio. Digamos, pues, que en el caso de Airbus, cuando esa zona, en este caso negra, el ministerio fiscal decidió meterle mano a los huelguistas, su cometido fue no fundamentar ni proteger el derecho de huelga. De ahí la importante reacción de todos los que solidariamente se movieron a favor de los 8 sindicalistas.

Por otra parte, este ciclo regresivo –de romper la marcha de los derechos y su criminalización--  vuelve a proponer que la libertad y la igualdad de los hombres y mujeres no es un dato de hecho en la democracia, sino un constante ejercicio de los mismos, no es un ser sino un deber. Porque –dígase sin rubor— la democracia también tiene sus agujeros negros, y sus ondas gravitacionales en ocasiones no son música celestial sino ruidos cacofónicos. Aquí, en el caso  que nos ocupa, la música celestial la han puesto el equipo de juristas --¡viva Enrique Lillo y sus compañeros!— y el Magistrado. Por supuesto, en el escenario estaba el coro verdiano de quienes cantaban, aquende y allende los mares, que el derecho de huelga no se toca.

Por lo demás, queda pendiente la siguiente meditación: ¿cómo se repara el dolor, la inquietud personal de las 8 familias durante todos esos años? Cómo me gustaría saberlo.

Por lo demás, les dejamos con la palabra fundamentada del maestro Juan Terradillos:  http://baylos.blogspot.com.es/2016/02/la-sentencia-airbus-y-una-reflexion-de.html


jueves, 18 de febrero de 2016

La política macarrónica de Cataluña




Homenaje al padre de este caballero: don Antonio Alvarez


Diversos comentaristas de fuste no salen de su asombro al ver hasta qué punto los partidos catalanes con responsabilidad de gobierno en la Gerneralitat no dicen ni mú en toda la parafernalia política española tras las últimas elecciones generales. Cosa chocante, toda vez que uno de los grandes temas que se ventilan para la investidura es la «cuestión catalana». Véase, por ejemplo, hasta qué punto Enric Juliana –posiblemente el analista más sutil de todos – se hace cruces de esa actitud silente, que contrapone al activismo de las fuerzas progresistas valencianas de Compromis.  De momento, hay que convenir que, de un tiempo a esta parte, en los partidos políticos catalanes más influyentes en Cataluña se ha operado una cesura con relación a su intervención en la política general española. Estos partidos practican un acelerado ensimismamiento hablando con una política macarrónica. Ni siquiera han caído en este detalle: con o sin independencia conforme peor vayan las cosas en España, peor irán en Cataluña.

Ahora bien, ¿esta actitud silente es consecuencia de una decisión política intencionada? Mucho me temo que es el resultado de no saber qué decir. Es, a mi entender, la consecuencia  de una sobrevenida ignorancia, resultado de la desubicación del nacionalismo con relación a los grandes problemas –cambios y transformaciones--  que se están dando en todo el mundo. O dicho con amigable acritud: es el efecto de la descolocación de la soledad del campanario. De un campanario instalado, de un tiempo lejano a esta parte, en su política macarrónica.

A esta «política macarrónica» le ocurre tres cuartos de lo mismo que a  aquel Poggio Bracciolini que presumía de escribir el latín más elegante de su época hasta que el gran Lorenzo Valla puso las cosas en su sitio. Este le ajustó las cuentas provocando que aquel Poggio desapareciera del Gotha de los humanistas: Valla dejó escrito que aquel latín era culinaria vocabula: esto es «latín macarrónico»--  por lo que, como si fuera oriundo de Santa Fe, le espetó a su oponente que «Poggio habla tan mal el latín que que debe haberlo aprendido de algún cocinero iletrado». Sería precipitado decir que Valla era un elitista por esa referencia a un cocinero iletrado. Pero, si se lee bien la frase, se llega pacíficamente a la conclusión de que también hay cocineros letrados que hablen perfectamente la lengua del divino Virgilio. Por ejemplo, no me extrañaría que Antonio Alvarez, camarero del legendario bar Sevilla de Granada hablara un perfecto latín,  aunque su especialidad –como pudo constatar Dámaso Alonso--  era saberse de memoria todas las Soledades de Góngora.

Pues bien, volviendo a lo nuestro, queda a los historiadores la tarea de investigar de qué cocinero han aprendido ciertos políticos catalanes con mando en plaza el quehacer de la política macarrónica. 



sábado, 13 de febrero de 2016

Esa «trama criminal organizada»




Fátima Báñez, sin que yo se lo pidiera, me ha escrito una carta; me informa que he tenido la dicha de que mi pensión se ha visto incrementada en un 0,25 por ciento. Lo primero que pienso: el libro que pensaba comprar tendrá que esperar algunos meses. Lo segundo: esta señora, ministra de no recuerdo qué negociado, si es de casa bien ha olvidado intencionadamente las reglas de urbanidad que indican que antes de escribir a desconocidos hay que pedirle correspondencia. Lo tercero: me viene a la memoria un discurso del viejo Demóstenes (completamente desconocido por la señá Fátima), dirigido a los atenienses: «Porque veis que, por el hecho de que algunos hablan en público con propósito de halagar, el presente ha llegado al más alto grado de miseria». Que es el caso de esta maritornes que habla en público porque se ha dirigido a millones de pensionistas. Así pues, lo cuarto que pienso es que el Partido Popular, la corporación do milita esta damajuana de desgracias, es una trama organizada de agresiones al personal. Que es una frase que entiende cualquier Maestro Liendre, el que «de todo sabe y de nada entiende», según los viejos dichos de la Vega granadina.  

Ahora bien, todo indica que me quedo corto en mi apreciación sobre el carácter del Partido Apostólico: diversos jueces, en distintos momentos procesales, han escrito que el Partido Popular es «una trama criminal organizada». Pues bien, también hasta los niños chicos de la Vega de Granada saben que esa frase no tiene desperdicio, ni tampoco cada una de sus palabras por separado: trama, criminal, organizada. Claro, es de cajón que un servidor sea más precavido, porque se trata de no exponerse a las iras de algún togado de la división Enrique Eymar Fernández. Pero lo dicho por los jueces de la Brigada Cesare Beccaria está ahí, viendo pasar el tiempo como la calle de Alcalá: trama criminal organizada.  

No obstante, un servidor todavía está esperando que, ante tan rotunda frase, las plumas letraheridas nada hayan dicho sobre el particular. Y, sobre todo, de las consideraciones que se desprenderían de esa sintaxis jurídica. Porque, de indocumentado a indocumentada, yo me basto y sobro para relacionar a la señá Fátima con la trama organizada para agredir al personal. Pero lo de «trama criminal organizada», que son palabras mayores, merecen la atención de juristas de alto coturno.

A mí sólo me vienen al magín algunos interrogantes un tanto irrelevantes. Por ejemplo, ¿cómo calificar las pasadas competiciones electorales y sus resultados en las que ha participado esta banda criminal organizada? ¿Qué ocurre con las disposiciones de dicha banda mientras ha estado gobernando? ¿Puede una banda de esas características presentarse a las elecciones? ¿Cómo calificar a los gerifaltes de una «banda criminal organizada»? Y finalmente: ¿podría mi menda llamar al Partido Apostólico banda criminal organizada sin que alguien me buscara las cosquillas desde cualquier covachuela o chambao ministerial?

Así pues, espero certidumbres, no sea que a alguien se le metiera en la cabeza que hago enaltación de los cristobicas, que es como se llama en Santa Fe a los guiñoles o títeres.

Radio Parapanda. Se informa que acaba de registrase en su bibliotequilla la sexta edición revisada de Sindicalismo y derecho sindical (Bomarzo, 2016). Su autor, Antonio Baylos Grau. Permítanme la octogenaria coquetería: un servidor escribió la presentación, aunque no hiciera falta.


viernes, 12 de febrero de 2016

Los sindicatos y el parte meteorológico



La situación económica vuelve a tener muy mala pinta. Todo indica que vuelve a llover sobre mojado. En estas condiciones quienes podrían formar gobierno de signo progresista deberían dejar el toreo de salón que se llevan desde que Pedro Sánchez fue encargado de organizar su investidura. Pues no están los tiempos para chicoleos de estética hojalatera. O gobierno progresista o, la peor opción posible para salir de este laberinto, convocatoria de nuevas elecciones. Pues esta situación de intermedio pantanoso agravaría más la tormenta que parece avecinarse en el inmediato horizonte.

Entiendo que ya es la hora de abandonar todo tipo de indefinición. Y más concretamente me parece que Sánchez, que ha asumido con valentía el encargo del Jefe del Estado, debería precisar cuál su socio preferente, porque el parte meteorológico anuncia nuevas tempestades. Por lo demás, soy de la opinión que Podemos debería dejarse de mermeladas y meterse en harina. Porque cuando vienen las cosas mal dadas es el momento de dar la talla y asumir las consecuencias. En definitiva, ha llegado la hora de que los diversos actores digan qué opción elevan a definitiva, sabiendo que la convocatoria de nuevas elecciones –que dejaría la actual diapositiva parlamentaria casi igual— puede representar  un peligroso «coste de oportunidad» para enfrentarse al parte meteorológico. Bien lo saben Toxo y Cándido que, con buen criterio, están interviniendo discretamente en la formación de un gobierno progresista, conscientes de que en esta ocasión no pueden dejar de sugerir soluciones, por imperfectas que sean.


No es normal que el sindicalismo confederal intervenga en estas cuestiones; es más, ni siquiera es recomendable. Pero el problema no es, por así decirlo, académico, porque la situación no es normal. De manera que esa discreta mediación que están haciendo, al margen de toda tradición sindical, es necesaria.  Por supuesto, es una mediación interesada de buenos componedores. Digamos, pues, que si se mantiene el darse achares los unos a los otros los actuales nubarrones acabarían convirtiéndose en tempestades. Oído, pues, a las ondas gravitatorias. 





miércoles, 10 de febrero de 2016

Getafe, capital de la Gloria. A propósito de los 8 de Airbus



Primer tranquillo

Mucho se viene escribiendo durante estos días, también en este blog,  sobre los 8 de Airbus y la campaña solidaria con ellos, como epítome de los sindicalistas encausados por el ejercicio del derecho de huelga. Y, con toda seguridad, seguiremos leyendo más reflexiones sobre el particular. Con todo, ahora lo que me interesa es resaltar la acción solidaria de los trabajadores españoles que han sido convocados por los sindicatos, Comisiones Obreras y UGT. Naturalmente Getafe fue la referencia cuantitativa y cualitativamente de esa solidaridad. Pero ahí no quedó la cosa: en las principales ciudades españolas se pudieron ver concentraciones y manifestaciones, asambleas y actos públicos que indicaban a los representantes de los trabajadores de Airbus; digamos que, durante estos días, nuestros compañeros de ese centro de trabajo son los representantes del conjunto asalariado de nuestro país.  Así es que cualquier reflexión que se haga sobre el estado actual del sindicalismo español debe partir de todo ello: a) de la solidaridad con los 8 de Airbus; y b) de la importancia de la misma.

No sólo son los trabajadores quienes han vuelto a levantar la voz con punto de vista fundamentado, arropados por los sindicatos europeos. También un buen número de intelectuales y artistas que nuevamente han expresado su repulsa contra ese intento de criminalización de un buen manojo de libertades democráticas. Y no menos ejemplar está siendo hasta ahora el vínculo entre las izquierdas políticas, los sindicatos y quienes son agredidos como personas, en su quehacer como representantes y en sus convicciones. De ahí que todo juicio sobre el estado de salud de las izquierdas españolas, manifiestamente mejorable, también debe partir de ese dato. Y no principalmente para soslayar todo tipo de nihilismo sino para desarrollar las potencialidades de nuestras izquierdas. Digamos que cualquier tipo de razonamiento crítico sobre las izquierdas debe arrancar también de ese dato: del ejercicio de la solidaridad como valor republicaine, pariente próximo de la fraternité.

Segundo tranquillo

El ejercicio de la solidaridad que, durante estas últimas semanas han puesto en marcha los sindicatos, es una interferencia contra las nuevas enemistades que ese valor ha concitado desde antiguo y que, de un tiempo a esta parte, se ha puesto de manifiesto. Me refiero concretamente a quienes intentan proscribir ese concepto y su palabra. Es decir, aquellos que quieren convertir su sentido positivo en su opuesto. Vale decir, cuando lo comportamientos de aceptar al otro –especialmente de los mal llamados inmigrados irregulares y, ahora, los refugiados--  se quieren definir como ilegales y se prevén sanciones (o juicios como es el caso de todos los sindicalistas encausados) contra quienes ejercen el apoyo militante a quienes quieren garantizar los derechos fundamentales.

Por eso, entiendo que el substrato de las movilizaciones de estos días a favor de los 8 de Airbus debe ser leído con atención. Por supuesto, hay un deseo de acompañar a los encausados; es una serie de  actos de autoprotección; hay, además, una repulsa a la mutilación de la democracia. Y es, por consiguiente, la reaparición de las mejores tradiciones de los movimientos sociales. Un proyecto político y social que no cuente  con ese valor –repetimos, la solidaridad— es un zurcido sin pies ni cabeza.

Si tuviéramos entre nosotros a Rafael Alberti --«Madrid, capital de la Gloria», afirmó--  es posible que ahora dijera: «Getafe, capital de la Gloria».  



martes, 9 de febrero de 2016

Aquella piedra de toque...




Antiguamente una de las expresiones más socorridas del dialecto político de las izquierdas era la «piedra de toque». La usábamos en su sentido metafórico, ya que en la realidad es una piedra que sirve para conocer la pureza del material con el que está hecha una pieza, por ejemplo el oro y la plata. Para los viejos y jóvenes, sin embargo, la piedra de toque era algo así como  la materialización de nuestro compromiso solidario con una causa general de absoluta referencia. Por ejemplo, nuestra actitud hacia la lucha del Vietnam era la «piedra de toque» del internacionalismo proletario. Hoy podríamos decir que la piedra de toque de las libertades democráticas es el compromiso militante con los 8 de Airbus y del derecho de huelga. Con el tiempo, sin embargo, se dejó de hablar de la piedra de toque, que ni siquiera fue substituida por algo pedagógicamente similar.

Todo ello viene a cuento por algo que no deja de ser chocante. Ustedes están suficientemente informados de la urticaria que los viejos galápagos del PSOE exhiben con tal que Pedro Sánchez no pacte con Podemos la formación de gobierno: esos «estúpidos viejos que quieren seguir manejando siempre la autoridad que han cedido» que dijera Goneril, una de las tres hijas del rey Lear, según dejó escrito el ilustre inglés.  

Pongamos que hablo de Emiliano García-Paje, presidente de la comunidad castellano-manchega, que fue investido gracias a los votos de Podemos. Queriendo o sin querer García-Paje, que visita con frecuencia el nido de los galápagos viejos, no sólo ha aprobado los presupuestos de la comunidad sino que hace un elogio del apoyo recibido de los podemitas. Lo ha hecho con lúcida necesidad: «Hoy damos un buen ejemplo en España de que se pueden cambiar las cosas de raíz sin romper nada». De donde, aplicando medio kilo de lógica formal, se puede inferir que ese «buen ejemplo» pro domo García--Paje es bueno para España. Es decir, así las cosas, ¿por qué no puede ser bueno en casa de Sánchez un acuerdo general de esas o parecidas características? Posiblemente porque la política y sus artificios están en función de otras contingencias que, en el caso de los viejos galápagos, son –lo diremos con educación--  inescrutables. Y de aquí estaríamos en condiciones de afirmar que la «piedra de toque» del presidente castellano-manchego solamente sería el riego y abono de su latifundio. Pero, entonces ya no es una piedra sino una china en el zapato.  

Parapanda Televisión.--  Con los 8 de Airbús. https://www.youtube.com/watch?v=7CT619daQZc&feature=youtu.be


lunes, 8 de febrero de 2016

A Ada Colau le falta un hervor



Mi padre me aconsejaba que «ni pidas a quien pidió, ni sirvas a quien sirvió». Tuvo que ser en la práctica cuando yo diera aproximada veracidad a esta sentencia que es muy socorrida en la Vega que baña el río Genil. Puede que no sea de validez universal, pero en esta ocasión parece ser tan cierto como una casa de payés. Oigo y leo que Ada Colau «considera incompatible negociar si se mantiene la huelga de Transportes Metropolitanos de Barcelona» (1). Incompatible es una expresión que, en iguales circunstancias, hemos oído por parte de autoridades de la mayoría de los partidos así en Barcelona como en Nueva Orleans. Pero nunca pensé que pudiera haberlo dicho la alcaldesa de Barcelona.

Mi estupefacción se explica porque Colau proviene de la acción colectiva de los movimientos sociales. Es decir, que no es un producto de laboratorio.  Y en buena medida la simpatía y el afecto que siempre le ha tenido este blog viene de ese origen. Digamos, pues, que –a pesar de estar uno cargado de años--  no acaba de estar curado de espanto. Por ello me he puesto a meditar detenidamente el por qué de ese ex abrupto, llegando a dos conclusiones no definitivas. Una, hasta la persona más insospechada le puede venir un pronto de autoritarismo. Otra, Colau podría ser –repito, podría ser— una aproximación  a esa izquierda social que no tiene la suficiente consideración con el ejercicio del derecho de huelga y uso, independiente de las contingencias políticas. Sus asesores, tres cuartos de lo mismo. Por último, en próximos días –si encuentro la necesaria templanza— volveré con más sosiego sobre el particular.



viernes, 5 de febrero de 2016

¿Tú también, Toni Comín?




Estimado Monseñor Casaldáliga, perdonéle usted a este descarriado Conseller, aunque sepa lo que hace. Suyo, JLLB



Tu quoque Comín? El flamante consejero de Sanidad de la Generalitat de Catalunya ha venido a decir que para arreglar el problema de las listas de espera hay que aguardar a que Cataluña sea independiente (1). Digamos que es una indigesta píldora publicitaria militantemente de engañabobos. Ahora bien, los asesores de la Generalitat, gente que no quiere pillarse los dedos, alertan de que «la desconexión legal tardaría años» (2). No podemos asegurar que el consejero Antoni Comín pueda inferir conclusiones entre la duración de las listas de espera y los años que transcurran hacia una hipotética independencia de Cataluña. Porque este caballero tiene la sesera en otras consideraciones.

Antes de entrar en materia estamos en condiciones de afirmar lo siguiente: los rumores que corrían sobre la seriedad de este caballero eran exagerados; las hablillas que circulaban por los mentideros de Barcelona acerca de la capacidad de Antoni Comín de sentir realmente –retórica aparte— los problemas de la gente eran infundados.

A Antoni Comín se le supone una formación «de libro» lo suficientemente amplia en el terreno de las Humanidades --es filósofo licenciado e impartió clases en ESADE--  como para seguir creyendo en lo que siempre afirmó, según relatan sus amigos, esto es: en las enseñanzas de Emmanuel Mounier y sus discípulos, los personalistas. O en las enseñanzas de Monseñor Pere Casaldáliga. A saber, que la condición de las personas está por encima de las contingencias políticas. De manera que endosar a una hipotética independencia de Cataluña la resolución de tan graves problemas como las listas de espera es, además de una superlativa contravención del personalismo, una falta de respeto a la filosofía humanista y a la política cuando es noble. Es más, yo diría que su planteamiento es una expresión de lo más viejuno de la política demagógica y una justificación de su propia incapacidad para resolver los problemas más urgentes de su consejería; es, además, una hijuela de antañonas formulaciones, disimuladas con cinco duros de ideología: en el socialismo se resolverán tales y cuales problemas.

Ahora bien, mejor pensado es sobre todo una clara expresión de los famosos marranos españoles, vale decir, de quienes –tras dejar de ser judíos y abrazar el cristianismo--  ostentaban un exagerado fervor para no infundir sospechas: Torquemada era bien quisquilloso y por menos de un quítame allá esas pajas te dejaba frito como un calamar. En el caso que nos ocupa podemos decir que este Comín ha elevado la nota hasta un do de pecho, al menos, en dos ocasiones: la primera es la que estamos comentando sobre las lista de espera; la segunda, el entusiasta elogio que hizo de su antecesor en el negociado, Boi Ruiz,  al asegurar que  de él «ha recibido una buena herencia» (3).  Me pregunto también si este filósofo licenciado tenía necesidad de tan extraño e infundado ditirambo.

Definitivamente tiene razón George Steiner: «Las personas no tenemos raíces sino piernas. Sólo los árboles tienen raíces».





jueves, 4 de febrero de 2016

Pablo Iglesias ¿quiere estar en el Gobierno?



(Foto: Eduardo Saborido con los trabajadores de Airbus en la puerta del centro de trabajo: genio y figura) 


Posiblemente me pase de quisquilloso pero tengo la impresión de que Pablo Iglesias el Joven no desea –al menos por ahora— formar parte del gobierno, incluso del que preconiza. Y no me refiero tanto a las condiciones que pone sino a al tipo de lenguaje que utiliza hacia el hipotético socio, que es mayoritario. De una parte, hablando con claridad, no entiendo que algunas de sus exigencias provoquen estupefacción en las filas socialistas. Lo digo porque Bettino Craxi, con un modestísimo 9 por ciento de diputados, pudo ser en varias legislaturas italianas jefe de gobierno. Sí, efectivamente, el mismo que vestía y calzaba y era frecuentemente admirado por Felipe González. De otra parte, me da la impresión que el tipo de lenguaje que utiliza Iglesias –especialmente la reiterada referencia a las «bases socialistas» en contraposición al grupo dirigente— va en dirección contraria a lo que pretende conseguir. Lo diré con educación: es un lenguaje poco útil; yo diría ineficaz. Da  toda la impresión que su intencionada manera de hablar está buscando la excusa para la ruptura.

En otro orden de cosas que Pedro Sánchez quiere formar gobierno es indudable. Que le ha echado redaños a los viejos galápagos y, como dice Enric Juliana, al Eterno secretario general del PSOE, también. Hay quien afirma que Sánchez es un ambicioso, incluso lo dicen algunos desde sus propias filas. Lo que  me parece una estupidez porque niega que uno de los objetivos de la política --¿para qué vamos a engañarnos?— que es la ambición de poder. Es algo tan infantil que asombraría al mismísimo Maquiavelo, el famoso secretario florentino. Entiéndase, una ambición de poder que vincule noblemente los medios con los fines.

¿Está pensando Iglesias  que le es conveniente que el proceso de consultas fracase y  que acabe en una convocatoria de elecciones? ¿Quién sabe? Si la cosa fuera por ese derrotero le conviene retener esta conjetura: las llamadas confluencias de Podemos se presentarán de una manera distinta a como lo hicieron en las últimas elecciones con la idea de tener una visibilidad propia --y no en diferido-- y disponer inequívocamente de grupo parlamentario propio; Compromis ya le ha dado el primer aviso encuadrándose ahora en el Grupo Mixto.

Con lo que sucedería, así las cosas, que el Podemos, químicamente puro, aparecería minorizado. La sesera politológica de Iglesias, que tiene sus contrastes con la sesera política, debería meditar sobre este particular. Porque jugarse a los dados los resultados de unas nuevas elecciones es poco recomendable.

Podemos quiere reformas, no será un servidor quien le discuta ese deseo. Pero un deseo no equivale necesariamente a voluntad de reformas. Las reformas se hacen desde la voluntad, no desde un deseo de cambiar las cosas desde la oposición. Ahora, ciertamente con muchas dificultades, existe la posibilidad de hacerlas, sabiendo que –desde la derecha— estamos ante la certeza de que no se harán.  Porque posibilidad y certeza no son equivalentes.

En definitiva, a Pablo Iglesias le conviene retener la voz de Izquierda Unida: «Quien le ponga la zancadilla a Pedro Sánchez lo pagará». IU, efectivamente, sabe de qué está hablando cuando de esta manera directa se lo hace saber a Iglesias.

Y antes del punto final: por un lado, Iglesias debe abandonar la path dependence de su engreimiento; y, por otro lado, debe aclararse internamente si opta por un gobierno «pprogresista y de izquierdas» o por estar «amarrado al duro banco de la galera turquesca». Por supuesto, no a cualquier precio, siempre que se entienda esta frase no en clave retórica ni excusa alguna.