jueves, 26 de abril de 2012

PRIMERO, A LA SOCIEDAD CIVIL



Mi amigo Paco Rodríguez de Lecea y un servidor nos proponemos debatir al alimón, capítulo a capítulo, el libro de Bruno Trentin que irá apareciendo por entregas en  LA CIUDAD DEL TRABAJO (BRUNO TRENTIN) Este es el inicio de los comentarios y versa sobre el primer capítulo del libro La ciudad del trabajo, la izquierda y la crisis del fordismo.  1.-- ¿PERO HUBO OTRA IZQUIERDA?


Querido José Luis.

Anoto, como lector impertinente de ese primer capítulo de Trentin, un par de asuntos que me “provocan”. Lo expreso así porque el capítulo es un preámbulo, una declaración de intenciones de por dónde se propone ir el autor, y con él pasa como con el menú de los buenos restaurantes: sólo de leerlo, abre el apetito.

 Primer asunto: si la crisis ha cogido a la izquierda “con el pie cambiado” (la formulación es bondadosa, más exacto sería decir que con la crisis la izquierda ha perdido pie, o, más cruelmente, que se encuentra en caída libre), la razón es que ni ha sabido preverla ni la ha afrontado, una vez aparecida, con una mentalidad adecuada. Trentin dixit. ¿Por qué? Porque la crisis irrumpe con la aparición de tecnologías nuevas que cambian el modo de producción y la organización del trabajo, y en cambio también la izquierda arrastra en su interior la herencia pesada de la influencia taylorista-fordista.

¿“Toda” la izquierda? Al menos la que cuenta, la sinistra vincente. Es decir, tanto los sindicatos mayoritarios como los partidos que, entre los que “pillan cacho” en las contiendas electorales, reivindican en sus programas y en sus estatutos el rico fondo patrimonial de las ideas que llamamos de izquierdas.
Hubo una época en que nosotros las gentes de izquierdas dábamos importancia a la diferenciación entre democracia “formal” y “material”: la primera era la igualdad teórica de todos los ciudadanos tanto ante las urnas como en el ejercicio de las protestas y reclamaciones pertinentes por las vías legales y judiciales establecidas (simplifico, pero me entiendes). La democracia material era la sustancia, el resultado concreto de esos derechos formales en la cesta de la compra así material como espiritual, en el poder adquisitivo y en la igualdad de oportunidades en el acceso a la cultura. Sin democracia material, la formal era un engañabobos, un instrumento más de subordinación.

Recuerdo la época en la que voces autorizadas dijeron que de eso nada, que la democracia era democracia a secas, sin adjetivos, un entramado formal y neutral de derechos, garantías y cortapisas. Un terreno de juego sobre el que después había que disputar la partida y tomar nota del resultado, positivo o negativo. Con esos bueyes había que arar.

Hacia la misma época se dejó de poner énfasis en incidir desde los planteamientos de los trabajadores en los cambios en el modo de producción para poner todo el acento en la redistribución. El welfare, el estado social, pasó a ser el horizonte único de nuestros desvelos. Profundizar y extender el welfare a todos los estratos sociales, se convirtió en la tarea de una izquierda establecida cuya consigna más coreada pasó a ser la de la eficacia en la gestión, la honradez contra la corrupción y el ahorro contra el despilfarro.

Mi intención no es cuestionar aquella fe en el welfare, sino constatar que se olvidaron otros aspectos, y que lo que se ofreció al electorado de izquierda fue una “revolución pasiva”, para retomar las palabras de BT. Una revolución que había de ser cómoda para todos e indolora. Desmontar pieza a pieza el welfare se ha convertido hoy, paradójicamente, en la misión sagrada de la derecha pura y dura, y también ella, ¡oh casualidad!, se ampara en este punto en argumentos de eficacia y de lucha contra el despilfarro.

 Hay más. El taylorismo-fordismo no sólo se instaló entre nosotros como el orden natural de la sociedad: pasó a ser también el orden interno natural de las organizaciones de derecha y de izquierda, tanto las económicas como las políticas. Los organismos de dirección eran la cabeza pensante que explicaba a las bases qué y cómo había de hacerse en cada momento. En la relación entre partidos y sindicatos, tanto si atribuimos la paternidad de la idea de la correa de transmisión a Lassalle como si al señor Taylor, funcionaba la misma regla de división del trabajo: el partido (la dirección del partido, en realidad) era la cabeza, el sindicato el brazo ejecutor.

 ¿Cabe extrañarse de que, cuando el paradigma ha cambiado, los partidos políticos se hayan quedado sin bases? ¿No hay en este asunto, querido José Luis, os invoco a BT y a ti, un giro copernicano pendiente en la forma de actuar de unos partidos que hoy estudian las encuestas de opinión para componer a partir de ahí el abanico de propuestas que van a defender ante el electorado en las siguientes elecciones?

 Segundo asunto, la importancia de la sociedad civil frente al estado. Para una izquierda ortodoxa, el orden correcto parecía ser conquistar primero el estado y transformarlo para a partir de ahí transformar la sociedad civil. El programa máximo cambió después y ya no se habló del estado sino del gobierno; una sólida mayoría progresista de gobierno permitiría emprender las reformas y transformaciones pertinentes, a un ritmo pausado pero seguramente implacable. La sociedad civil quedaba en ambos casos en un segundo plano, como una asignatura pendiente de aprobar más adelante.

 Hoy emergen formas de asociación y de coordinación en la sociedad civil, al margen de las organizaciones de la izquierda establecida, pero no de las ideas de la izquierda. El 15-M, etc. Con grandes problemas internos y con laceraciones, claro. Esos problemas son como las ampollas en la piel de un cuerpo social sacudido por la fiebre (metáfora audaz.) Te pregunto si no habrá que cambiar el orden de las prioridades y poner por delante el trabajo de partidos y sindicatos en y con la sociedad civil. Me acuerdo de cuando el partido en el que milité no sólo se proclamaba “partido de lucha y de gobierno”, sino partido-escuela. En este embrollo nos hace falta insistir más en la educación, en la participación activa, en la cohesión, en la elevación de las miras y la ambición de los objetivos. Luego de conseguir resultados tangibles en este terreno, se podrá aspirar a volver al gobierno del estado, de las autonomías y de los municipios con programas más creíbles porque estarán más respaldados.

 Tercer asunto, que es corolario de lo anterior. Puede que este sea un buen momento para la unidad, por lo menos para los dos grandes sindicatos, aunque también para acercamientos de posiciones entre partidos grandes o pequeños que se reclaman de la izquierda. Pero sospecho que las unidades hechas por arriba no servirán para nada. El procedimiento habrá de ser siempre el mismo: ir primero a la sociedad civil, y luego, a partir de un consenso activo sustancioso, enhebrar la aguja de los pactos.
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Querido Paco, comparto plenamente tu comentario. En relación a la bondad de nuestro amigo en sus referencias a la izquierda creo que tiene una explicación: Trentin era heterodoxo hasta en su forma de hablar. En un país tan gestual como Italia (la explicación también vale para nosotros) era comedido en su lenguaje; en otra ocasión –me parece que fue en el discurso de doctor honoris causa por la Universidad de Venecia— afirma con relación a lo mismo— que “la izquierda ha estado distraída”. Formas educadas de expresarse, diría yo, aunque el cogotazo, por venir de quien viene, es bastante fuerte.

Sobre la relación entre sociedad y estado (el segundo punto de tu comentario) deberíamos esperar a entrar en él, porque el tercer capítulo de la obra trata precisamente, entrando ya en harina candeal, de ¿Cambiar el trabajo y la vida o conquistar antes el poder?, que es su título.

Estoy contigo: las unidades hechas sólo por arriba llevan el germen del fracaso o de una posterior vida lánguida. Precisamente es lo que temo con relación a la unidad sindical orgánica del sindicalismo español. La cosa puede ir para muy largo, pues no parece que nadie esté por la labor. Yo estoy dando la tabarra públicamente desde hace tiempo invitando a pensar en cómo poner las bases para construir un sindicato unitario. Si no es con una amplia y debatida participación no se irá muy lejos, y se corre el peligro de que cuando se haga acabe siendo una operación verticista con criterios y objetivos, llamemósle educadamente, administrativos.

Bueno, en este menú del primer capítulo (una obertura que adelanta los temas que vendrán a continuación como hizo Verdi en La forza del destino) destaca, en primer lugar, la heterodoxia del autor cuando, poniendo como chupa de dómine a la izquierda vincente mientras que invita a bucear en el archipiélago de la izquierda libertaria. Me imagino que a los amigos, conocidos y saludados de Trentin se les debió poner los pelos de punta. Pero ese es un camino al que se debería prestarle más atención.

Bien, querido Paco, ya entraremos en más detalles cuando el autor se meta, todavía más a fondo, en el florido pensil. Te aseguro que lo pasaremos bien, y hasta es posible que nuestras amistades sindicales sientan la curiosidad que tenemos por nuestro amigo Bruno Trentin. 

Te agradezco la observación del disparate cometido en la traducción: lo he corregido, ahora se traduce "travaglio" por malestar.  ¡Choca esos cinco! Ponme a los pies de doña Carmela.


Habla Quim González


Felicidades Paco y Jose Luis  por el experimento en el que os habéis metido, creo que puede salir un combinado de ideas muy jugoso y atractivo si siguiese como habéis empezado. Me parece especialmente atractiva la ventana que abre Paco con su afirmación de que :  ""El taylorismo-fordismo no sólo se instaló entre nosotros como el orden natural de la sociedad: pasó a ser también el orden interno natural de las organizaciones de derecha y de izquierda, tanto las económicas como las políticas. Los organismos de dirección eran la cabeza pensante que explicaba a las bases qué y cómo había de hacerse en cada momento". Creo que es precisamente en esta afirmación donde  se condensan una parte, no pequeña,  de las dificultades que tenemos las organizaciones sindicales y políticas para percibir el cambio real, profundo y radical que ha representado la superación, imperfecta y desigual es verdad, pero muy general del taylorismo-fordismo. Quiero decir que es precisamente la dificultad para superar la inercia  de la  vieja organización del trabajo y con ello de la vieja sociedad donde residen muchas de nuestras dificultades a la hora de encontrar propuestas adecuadas para el actual mundo del trabajo. Gracias amigos por pensar. Joaquim González Muntadas