viernes, 14 de julio de 2017

La pela es la pela en el Gobierno catalán

Antes morir que pecar enseñaban los curas de tiempos antiguos. De esta manera aplicaban aquello de consejos vendo que para mí no tengo. Naturalmente nosotros seguíamos pecando sin remordimiento de conciencia. ¿Cómo íbamos a perdernos la película Gilda o no ir al Teatro circo Chino de Manolita Chen? Pecábamos y después nos confesábamos con don Luis El Dormío que, según se decía en la Vega de Granada, no se enteraba de nada de lo que nos acusábamos.

Pues bien, este es el mandato de la catequesis del procés catalán, todavía en manos del presidente Carles Puigdemont: antes cesar –si no dimiten antes—a quienes quieren pecar o pecan por su tibieza en torno a la consulta, disfrazada con las ropas de un referéndum. Primero despidió al consejero Jordi Baiget por haber hecho unas declaraciones en los medios que no se ajustan a la ortodoxia granítica del mencionado procés. Baiget declaró, sobre chispa más o menos, que él estaba dispuesto a ir a la cárcel, pero no a perder ni un pelo de su pecunio. O sea, su producto interior familiar (PIF). Para entendernos, era un compromiso a medias: todo por el espíritu, nada por la carne.

La doctrina Baiget llamó la atención de ciertos altos cargos de la Generalitat. Consideran que ese «todo por la Patria» es excesivo. Y se amplió el run run. Lo que se decía en las covachuelas del Palau fue recogido por los medios. Que no era un bulo queda demostrado porque el bueno de Puigdemont citó a los consejeros de su partido –PDeCAT, antigua Casa Convergència--  exigiéndoles antes morir que pecar. Hipótesis fiable: más de un consejero le dijo que no estaban dispuestos a perder la hacienda. Decimos que la hipótesis es fiable porque el mismo presidente ha puesto de patitas en la calle a tres consejeros. Sólo los que estén dispuestos a perder la vida –y no pecar--  podrán acceder a la poltrona. Lo que, bien mirado, me parece normal. No tengan reparo en calificarlo de purga con el sambenito de tibios ante el referéndum. En todo caso, los tres purgados siempre podrán decir con el santo labrador castellano aquello de «aré lo que pude». Con lo que se entra en la tercera fase de esta historia tan inquietante la que estamos viviendo  en Cataluña.

La primera fase o la de las sonrisas y corazones. La segunda o la aparición de actitudes iracundas y exaltación del patriotismo didascálico de Puigdemont. Y la tercera, la de las purgas en las covachuelas de la margen derecha de la Plaza de Sant Jaume.


De lo que prudentemente saco estas consideraciones. En las autoridades políticas del independentismo hay algunas porosidades que impugnan su apariencia granítica. El talón de Aquiles está en la billetera. Que indicaría que la oda a la patria es una variable independiente del pecunio personal de los que prefieren pecar a morir. De donde se infiere que el lema es el viejo constructo de «la péla es la péla», de profundas raíces fenicias.  Porque la oda a la patria siempre tiene estas interferencias pecuniarias. 

jueves, 13 de julio de 2017

La señora independentista maquilla su biografía





En la Rambla de Mataró. Mucho calor y humedad asfixiante. Hablo con un joven sobre la figura señera de Joan Peiró, el gran sindicalista de la CNT, que renovó el sindicalismo confederal en tiempos antiguos. Una señora de mi quinta se acerca a saludarme. Y sin más protocolo me pregunta si soy independentista. Le respondo con un inequívoco que «de ninguna de las maneras». Cara de estupor que seguramente ha aprendido de los emoticones de su ordenador. «Lástima –me dice emoticonadamente--  con lo que luchamos cuando éramos jóvenes». Me contengo para no perder la compostura y gestiono convenientemente mis malas pulgas. La dama sigue parloteando de aquellos tiempos hasta que llega un momento en que necesito acabar con su verborrea.

Le digo: «No te vi en la calle en aquellos tiempos. No pasa nada, pero es inadmisible que presumas de haber estado donde no estabas y, más todavía, que vincules aquellas luchas con la independencia de Cataluña. Es más, ni siquiera te atreviste a llevarme un paquete de celtas corto a la cárcel de Mataró».  La dama se pone roja como una amapola. Y se va por donde ha venido.

Mi joven amigo me dice que he hecho una exhibición gratuita. Que de mis palabras infiere que concedo más dimensión moral y ética a quienes luchamos contra la Dictadura y sufrimos represión. No tengo más remedio que contestarle sin perifollos. Le digo: «No tal. Me he limitado a señalarle que la autobiografía de la dama es más falsa que un duro sevillano. Que ni estuvo, ni quiso estar donde ha dicho que estuvo. Es más, nunca he exhibido mis detenciones ni mi tiempo en las cárceles de Mataró, Barcelona y Soria. Hice simplemente lo que me mandaba mi forma de ser. Si esta mujer quiere ser independentista con su pan se lo coma, pero eso no le da derecho a inventarse su pasado». 


Y seguimos hablando de Joan Peiró.  Sigue el calor y el bochorno.


miércoles, 12 de julio de 2017

¿Qué pasará tras el 1 de Octubre en Cataluña?



Cinco notas ásperas y sin matices

1.-- Quede claro: mi posición es contraria al planteamiento secesionista. Ahora bien, pase lo que pase el 1 de Octubre en Cataluña los independentistas creerán que han ganado mientras que sus contrarios, no habiendo triunfado, pensarán que han vencido. Mucho me temo que estaremos así durante mucho tiempo. A ese punto se ha llegado por el inmovilismo, cuando todavía era posible, por parte del Gobierno central y, también, por el planteamiento de las fuerzas políticas del Gobierno catalán. En la parte que les toque a unos y otros  tienen cada cual su cien por cien de responsabilidad.

2.--  El secesionismo tiene un proyecto para Catalunya. Desde luego, erróneo porque está desubicado del nuevo paradigma de la globalización. Cuenta con unas fuerzas políticas y un potente movimiento de masas que, con unos u otros matices, se puede considerar unitario. El llamado unionismo, sin embargo, lo representan partidos que no comparten objetivos; en este campo no existe movimiento de masas que se enfrente explícitamente al independentismo.

3.--  El papel de la izquierda política en todo este itinerario tiene una considerable responsabilidad. Hace años que, primero, desdibujó la cuestión social  y, después, la dejó de lado. Su campo de acción –dicho esquemáticamente--  fue darle un barniz progresista a las políticas nacionales de las fuerzas nacionalistas. Por lo que se desubicó del contexto de las grandes transformaciones y cambios de los procesos productivos y del conjunto de la economía. De ahí que sólo le quedó o bien el transformismo o bien la subalternidad. El profetismo de catequesis del independentismo no tuvo excesivos problemas en ganarle la batalla política a la izquierda.

4.--  Pase lo que pase el día 1 de Octubre en Cataluña seguirá existiendo un equilibrio de debilidades. Los independentistas se sentirán reforzados sin haber ganado; los unionistas quedarán aliviados porque no ha habido referéndum. Los independentistas saben que han dado la batalla; los unionistas aliviados porque desde fuera les han sacado las castañas del fuego.

5.--  El día 2 de Octubre, pase lo que pase el día anterior, la cosa quedará en tablas. Y en tablas seguirá mientras la izquierda siga encerrada en su política de campanario, marginando la cuestión social, transformista y subalterna.  Naturalmente, es una hipótesis. 


martes, 11 de julio de 2017

Algunas sugerencias a la Ministra de Trabajo y Seguridad Social

AUTOR: MIQUEL ÀNGEL FALGUERA BARÓ
Magistrado especialista TSJ Cataluña


La pasada semana la señora Fátima Báñez declaró ante la prensa que “es el momento de que los salarios acompañen la recuperación del empleo”; para proseguir “la mejora del empleo tiene que ir acompañada de una ganancia de poder adquisitivo para los trabajadores”. Y todo como consejo al largo proceso de concertación entre agentes sociales a efectos de un posible pacto salarial. Sin embargo, no acabo de entender por qué fía el incremento de rentas salariales únicamente a los convenios colectivos, en forma tal que los poderes públicos sean una especie de observadores externos, sin competencias. Como si ese loable desiderátum no fuera con ella.

Habrá que celebrar, en primer lugar, esas declaraciones de la señora Ministra, porque significan un cambio de tendencia. Llevamos décadas asistiendo a constantes presiones de organismos económicos internacionales, de grupos de presión, de potentes thinks tanks económicos o de los sucesivos presidentes del Banco de España reclamando una reducción retributiva. Ha sido ésa una dinámica general a lo largo de la crisis (la denominada “devaluación interna”), pero paradójicamente también lo fue en la época previa de las “vacas gordas”. La moderación salarial ha sido la receta mágica que se ha postulado para el incremento de la competitividad y la productividad a lo largo de muchos años, en los buenos y en los malos tiempos. Parece que ya no es así, si creemos a la señora Ministra. Tal vez porque los datos estadísticos del crecimiento de la desigualdad en España, la baja calidad del empleo creado y el deterioro económico del sistema de Seguridad Social ponen en evidencia que detrás de la receta “moderativa“ neoliberal no existía más que una mera ideología que perseguía la distribución negativa de rentas. En otras palabras: la señora Ministra parece reconocer que esa política era errónea y ha tenido efectos catastróficos sobre una buena parte de la ciudanía.

Sin embargo, ya puestos, habrá que reclamarle que dé un paso más; esto es: que reconozca la necesidad de que el Estado intervenga en el mercado de trabajo a dichos fines y abandone la mera pasividad y el “laisser faire”. De hecho, ese intervencionismo ni constituye un anatema, ni es tan complicado: es lo que se ha venido haciendo en las sucesivas reformas laborales reduciendo derechos de las personas asalariadas o capitidisminuyendo las competencias de control en la empresa y en la negociación colectiva. O congelando o incrementado en forma ridícula el SMI (pese al mandato del artículo 35.1 de la Constitución); o mirando hacia otra parte ante el uso fraudulento de la contratación temporal y la externalización. Una cosa es la necesidad de flexibilizar y adaptar el marco contractual a las necesidades productivas –cosa que hoy nadie discute-; otras, muy distinta, favorecer la precarización.

El deterioro de las rentas salariales no obedece sólo al contenido de los convenios. La práctica iuslaboralista pone en evidencia como en buena medida se halla también en las condiciones de trabajo que derivan de la Ley y del ejercicio de las competencias del Estado. Por eso, no estaría de más que también el Estado interviniera en el mercado laboral a dichos efectos.  Ahí van varios ejemplos: un incremento significativo del SMI anual –y, de paso, del IPREM, congelado desde 2012 y que este año ha tenido un ridículo incremento del 1 por ciento-; y/o una ley de descentralización productiva que fije los límites de la externalización (entre otras: las denominadas empresas multiservicios), regule los contenidos contractuales y retributivos de las personas que prestan servicios en otras empresas y sancione los abusos ; y/o una nueva regulación de la contratación temporal que ponga fin al constante fraude de ley (por ejemplo: incrementando exponencialmente la indemnización por extinción en estos casos o regulando la forzosa readmisión), derogando el contrato indefinido de apoyo a los emprendedores; y/o la potenciación de la negociación colectiva, suprimiendo entre otros aspectos, la primacía aplicativa de los convenios colectivos de empresa y el régimen de ultractividad impuestos por la reforma laboral elaborada por el equipo de la señora Ministra; y/o el fortalecimiento del poder de los órganos de representación en la empresa y del sindicato; y/o dotando de medios a la Inspección de Trabajo y Seguridad Social para el control  del abuso en las condiciones de trabajo; y/o la ampliación del número de juzgados de lo social; y/o una nueva regulación clara –y “honrada”- del modelo de despido; y/o un incremento de la retribución de los empleados públicos, con efecto arrastre sobre el sector privado.

Habrá que indicar que el origen de los bajos salarios no reside únicamente en los convenios. También se halla en la compensación de poderes entre empresarios y trabajadores en la empresa y en la voluntad y capacidad de control por la Administración pública. El deterioro salarial se encuentra en gran medida en el aumento descompensado de las competencias decisorias sobre el contrato para una de las partes que han propiciado las varias reformas laborales –y no sólo, la del 2012-. De hecho, ha sido común a lo largo de muchos años oír eso de que “los trabajadores –y el sindicato- tenían demasiados derechos”, lo que se ponía en conexión directa con los salarios supuestamente demasiado elevados (sic). Pues bien, de la misma forma que se ha intervenido en forma continuada con dichos fines, habrá que reclamar una “contrarreforma” laboral, con el propósito contrario.

Aun siendo positivo que la señora Fátima parezca poner fin a la doctrina de la moderación salarial, hay que animarla a que dé un paso más. Por tanto, que como Ministra utilice sus atribuciones para incrementar la “ganancia de poder adquisitivo para los trabajadores”, como lo hizo previamente en sentido contrario. ¿O es que el intervencionismo del Estado sólo es malo cuando favorece a una de las partes?

Publicado por JpD Comisión Social  


lunes, 10 de julio de 2017

Ada Colau y el referéndum sobre Cataluña



El partido de Ada Colau está entre dos fuegos. En medio de los fuegos de Escila y las hogueras de Caribdis. El partido de Colau llamado coloquialmente los comunes. Entre el secesionismo y el unionismo. Por eso están recibiendo mamporros de ambas banderías.

Los últimos guantazos los están recibiendo desde el fin de semana. Su máximo grupo dirigente se reunió el sábado en Terrassa con la idea de fijar una postura de cara al referéndum anunciado (que no convocado) para el día 1 de Octubre. Debate animado –y cordial-- entre posiciones cristalizadas desde los inicios de esta formación política. Las posiciones son claramente divergentes: apoyo a la convocatoria del referéndum, apoyo crítico, negativa a participar, entre las más influyentes y llamativas. Ahora bien, al final hay que sacar conclusiones. Se requiere, pues, una síntesis, que sea capaz de representar tan diversos y contradictorios retales.

La posición que finalmente se adopta considera que el día 1 de Octubre «es una movilización en defensa del derecho a decidir y no un referéndum vinculante con validez jurídica sobre la independencia de Cataluña». Se aprueba: unos por cansancio, otros con resignación. Se considera que, a fin de cuentas, la unidad interna es fundamental.

Considero que la moción aprobada no es una síntesis, sino un artificio. Entendiendo «artificio» como procedimiento o medio ingenioso. Pero una síntesis es otra cosa. Un artificio, que es la consecuencia de un proyecto sobre Cataluña como agregación de elementos dispersos que, forzosamente, se expresa de manera no inteligible, porque las variables de ese polinomio no están vinculadas entre sí. Es más, da la impresión que cada una de ellas va por libre.

Nada sabemos acerca de lo fundamental: ¿los comunes están por la independencia de Cataluña? ¿O sólo por el derecho a decidir?; y si es así, en un referéndum vinculante, ¿qué posición se adopta? No vale decir que se da libertad de voto, pues para ese viaje no se necesitan tales alforjas. De no aclararse estas importantes cuestiones, la parábola ascendente de los comunes podría entrar en declive. Pero si se aclaran podría costarle a dicha formación la rotura de algunas de sus cuadernas. Por lo que, de momento, lo que se mantiene es la actitud del asno de Buridán.


¿Cómo salir de ese embrollo? Sugiero que se vaya en la línea de lo que plantea Manel García Biel: «Hay que dar la espalda a la convocatoria del 1-O y empezar a preparar ya para el 2-O una alternativa para impulsar una propuesta que se pueda defender en  todas partes, con el máximo de alianzas en defensa del carácter plurinacional que hace falta que tenga el Estado y donde se pueda hacer una propuesta de ensamblaje político de Cataluña». 

domingo, 9 de julio de 2017

¿Qué pasa con la reforma laboral?



No pocos de los que echaban incienso a la reforma laboral empiezan a pedir que se maquille un tantico. Se trata de editoriales de algunos rotativos, de comentaristas y otras congregaciones. Posiblemente algo pasará y, tal vez, se inicie sigilosamente una prudente operación cosmética, aunque sin romper el espinazo de dicha reforma. Que, quizá, será expuesta como si la gallina fuera un pavo real; lo que podría  ocurrir si el sindicalismo confederal no sitúa, ordenada y gradualmente, una estrategia convincente con la idea de trascender las medidas de enorme y negativo paquete de medidas.

Entiendo que el sindicalismo no puede estar a la espera de lo que las fuerzas políticas hagan sobre el particular. Tampoco debería aguardar que el PSOE cumpla su promesa de abolir la reforma laboral. Porque, en todo caso, lo haría –si es que lo hace— en un contexto de mayoría de las fuerzas de izquierda. En resumidas cuentas, el sindicalismo confederal necesita un proyecto autónomo (unitario, desde luego) para trascender la reforma. A mi juicio el reciente congreso de CC.OO. no ha despejado la indefinición. Se está por la labor, por supuesto, pero no se dice cómo. Y ese cómo es le madre del cordero. Por ejemplo, si vas de viaje a Parapanda debes plantearte de qué manera, no basta anunciarlo. Debes decir: voy en tren, por carretera, en avión, o en el coche de San Fernando. Es decir, con qué proyecto y en qué trayecto.

La primera tentación de los sindicalistas –también la de algunos profetas desarmados--  sería esperar a que la ley lo resuelva. Sin embargo, me atrevo a decir que por ese camino no se va a ninguna parte. La ley puede dar un ligero baldeo a la cubierta de algunos aspectos, sólo secundarios. No a las paredes maestras del edificio.

Así pues el punto de vista fundamentado sería el siguiente: poner en marcha un proceso contractual, dentro y fuera de los centros de trabajo, que trascienda dicha reforma. Un proceso sostenido con planteamientos cualitativos, que posteriormente, dado su condición de «fuente de derecho», iría generando gradualmente un nuevo estadio de relaciones laborales. Cierto, es el camino más lento, pero sin duda es el más macizo y eficaz.

Lo que se dice sin perifollos para abrir el apetito. En el debate, si es que lo hay, entraremos en detalles.


  

sábado, 8 de julio de 2017

Desembarco militar en la Costa Brava catalana




Son incontables las veces que la realidad supera con creces a la ficción. Lo que viene a continuación es una de ellas.

Se ha producido un desembarco militar en la Costa Brava concretamente en la cala Mateua de la famosa ciudad de L´Escala. El Ejército y la Guardia civil, con sus respectivos pertrechos bélicos, sorprende a los bañistas. Más de uno de estos ha declarado que lo primero que pensó fue en las declaraciones de Cospedal, Ministra de Defensa, exhibiendo que el Ejército podía intervenir en la cosa catalana. La noticia corre como reguero de pólvora: a los profetas desarmados del somatén ideológico independentista les pilla de sopetón y a los poetas armados de lo mismo les coge de improviso. El resto del personal se prepara a hacer selfis a diestro y siniestro pues la ocasión la pintan calva.

¿Una maniobra militar de intimidación? ¿Una exhibición de fuerza de los picoletos y los milicos? Ni lo uno ni lo otro. Pero la Benemérita y el Ejército son reales, no hay trampantojo alguno. La cosa es más crematística. Resulta que el concejal de dicho Consistorio en representación del PDeCAT, Martí Guillem, es dueño del camping que está a la vera de la playa. Ya saben ustedes que ese partido es el heredero de la vieja Convergència. Pues bien, este empresario hotelero, que siempre –según manifestó reiteradamente--  manifestó enérgicamente que L ´Escala debía ser un territorio libre de maniobras militares organizó junto a las autoridades españolas dicho desembarco con el fin de que los clientes del camping disfrutaran de un espectáculo y, así, matar el aburrimiento. Picoletos y milicos se avinieron a ello con la condición de no cobrar ni un duro.

Profetas desarmados y poetas armados hacen mutis por el foro, aunque hay quien afirma que tuvieron un alivio. No era ni una invasión ni una exhibición. Era puro negocio de hostelería a favor de uno de los suyos, el militante convergente Guillem. Un caballero que con una mano denuncia a España y con la otra se aprovecha de sus aparatos militares.


Ni una versión de zarzuela bufa daría para tanto. Ni siquiera a Joan Capri se le hubiera ocurrido algo así. Pero, hoy, casi todo es posible en Cataluña. Por cierto, si no se lo creen demanden a La Vanguardia. Ahí tienen la noticia: http://www.lavanguardia.com/edicion-impresa/20170708/423958681975/un-desembarco-militar-en-la-costa-brava-sorprende-a-los-turistas.html 

Aquí lo mismo se fríe una corbata que se plancha un huevo.



viernes, 7 de julio de 2017

El compromiso ético y estético de Raimon

Sabíamos que era el último recital de Raimon, el adiós del cantautor de Xàtiva, pero preferimos pensar que era un hasta luego. No pasa nada: también La Divina Comedia tiene su última página.

Primer tranco

Raimon fue uno de los grandes emblemas de la lucha antifranquista. Lo sabemos las gentes de mi quinta, pero si me detengo en ello es porque no estoy seguro que esa parte de nuestra memoria y de nuestra historia sea conocida o suficientemente conocida por las nuevas generaciones. Raimon creó un compromiso sentimental con el movimiento organizado de los trabajadores y la ciudadanía democrática a través de algunas de sus canciones, auténticas arengas con punto de vista fundamentado. Manuel Sacristán, siempre tan austero y comedido en sus valoraciones, dijo de Raimon que es «como una especie de autobiografía colectiva». Y dijo bien. Una autobiografía colectiva de quienes, desde el andamio, el bidón y el pupitre, creaban fatigosamente espacios de libertad. De la misma manera que el cantautor hacía de sus inconfundibles recitales una tensión dialéctica con su circunstancia: trabajadores y estudiantes universitarios que empezaban a organizarse autónomamente, casi a pecho descubierto. Como quien dice con la cara al vent. Aquella circunstancia eran los represaliados por la Dictadura, aquellos «homes plens de raò» que atestaban las prisiones.

¿Tuvo razón Joan Fuster, amigo y mentor del cantautor, cuando percibió una «cierta metafísica» en el primerísimo Raimon? Hasta donde la memoria me permite alcanzar, puedo asegurar que mi generación intuyó que aquello era macizamente un mensaje directo de combate. Y, de esa forma, vimos que Raimon no era uno de los nuestros, era nosotros mismos. Pues tenía toda la pinta de ser un representante de la asamblea obrera o un delegado de curso. Un representante que no era sólo resistencia sino alternativa. Su Diguem no! era simultáneamente lo uno y lo otro. Resistencia a la luz pública, alternativa a pecho descubierto. Igual que la comisión obrera y el movimiento democrático de los estudiantes, las dos grandes emergencias de la época. O lo que es lo mismo: con la novedad de ambas acciones colectivas estaba la que aportaba Raimon con su ética y estética. En el bien entendido de que no eran «vidas paralelas» sino unidas ala misma biografía, cada una con su propia diversidad. Era la misma cuenca hidrográfica. En suma, Raimon era nosotros; el nosotros de los sueños, no el de las pesadillas.

Mi generación vivió en primera persona el compromiso solidario de Raimon. Son incontables los recitales, a lo largo de la geografía catalana, de Raimon para recoger fondos para ayuda a los presos y sus familias, para los huelguistas y para pagar las fianzas de los detenidos. Y lo que hiciera falta. De hecho visitar la casa de Raimon y Annalisa Corti, su compañera, era una constante peregrinación en busca de ayuda. Casi nos convertimos en una orden mendicante. Nunca recibimos ningún gesto de fatiga solidaria, siempre tuvimos la sonrisa mediterránea, que parecía decirnos que «para eso estamos». Sépase que aquello era un secreto a voces, tan a la intemperie como aquellas luchas obreras y estudiantiles.

Se ha hablado mucho de aquel Raimon agitador. Y muy relativamente poco del poeta sensible que siempre fue. Se ha hablado mucho del potente grito de aquel Diguem no! y también relativamente poco de la calidad de la letra de sus composiciones, de la música que compuso a los poemas de autores como Salvador Espriu y los medievales como AusiàsMarch, Turmeda, Timoneda y Roís de Corella. Es decir, aquel Raimon que difundía auténticos tesoros de la lengua catalana a través de una música exquisita, poniéndolos a disposición de un gran número de personas que nunca habían tenido acceso a la poesía. Raimon, pedagogo de multitudes.

Segundo tranco

¿Hace falta decir que Raimon es un clásico? Sí, hace falta. Porque los tiempos líquidos que corren exigen recordar las obviedades. Una, que el Diguem no! sigue siendo necesario; otra, que la difusión de la cultura lo es también. Se equivocan, pues, quienes quieran encerrar a nuestro músico y poeta en lo que él mismo llamaba con retranca el Museo de la Resistencia. Ya lo hemos dicho: Raimon es un clásico o, lo que es lo mismo, aquello que siempre tiene valor. El valor del compromiso solidario, el valor del arte. El valor de «la palabra cantada», en feliz expresión de Paco Rodríguez de Lecea. El valor de Raimon que no se deja encorsetar ni por el Lucero del Alba. El valor de expresar lo siguiente: «Yo no soy de los míos cuando los míos quieren que sea como ellos quisieran y no como saben que soy». Raimon, también libertario.

He publicado este artículo  inicialmente en http://pasosalaizquierda.com/?p=3062

jueves, 6 de julio de 2017

Neo esclavismo en España

Antonio Navarro

Esta mañana, en los locales de CCOO de Albacete, hemos asistido a un acto de dignidad y valentía como pocas veces hemos vivido en los últimos tiempos. Estamos acostumbrados a recibir trabajadores y trabajadoras aterrorizados, con miedo incluso a que sus jefes puedan enterarse de su visita al sindicato para informarse de sus derechos, cuando se les da a conocer y tienen que ser ellos los que los demanden la mayoría vuelven a sus casas resignados, o eso o el despido. Nos encontramos también con delegados de pequeñas empresas-que son la mayoría en nuestro mercado laboral- quejarse de sus compañeros, les reprochan que ejerzan su función y el jefe pueda molestarse, por muy nimias que estas reivindicaciones puedan ser. Otros, trabajadores y trabajadoras de grandes superficies comerciales, esconden su afiliación al sindicato ante la amenaza de despido. Hemos tenido casos en los que el hecho de firmar nuestra candidatura les ha acarreado un despido fulminante.

Quien crea vivir en un país con un Estado de Derecho avanzado es que no conoce la situación en la que se desenvuelven las relaciones laborales en España. Teniendo al miedo como protagonista principal de las mismas. El miedo al despido barato, a ser relegado a otro puesto inferior, a no poder accederá a esas horas extraordinarias que tan vitales son para una gran mayoría de trabajadores y llegar a fin de mes. A todo esto se le llama violencia por quienes detectan el poder en la empresa.
Hablamos de una realidad de la que nada se habla en los medios de comunicación, ajena al debate político a derecha e izquierda y que, sin embargo, es la vivida por millones de personas en nuestro país.

Pero no todo es así. Hoy, un grupo de trabajadores del campo, de origen marroquí, han dado una rueda de prensa para dar a conocer el estado de explotación esclavista a la que se les está sometiendo una empresa agrícola, da igual la procedencia de esta. Dos céntimos de euro por lechuga recogida es todo lo que perciben por jornadas- nunca mejor dicho- de sol a sol. Sin alojamiento, teniendo el campo para hacer sus necesidades, ni comedor ni agua con la que lavarse, "como animales" ha dicho su portavoz. Condiciones laborales más propias del siglo XIX que del XXI. Todo ello contando con la indiferencia de los poderes públicos. ¡ Qué poco importan estas cosas a la opinión pública!. Y lo que es peor, para cuándo la izquierda política se va a interesar por el día a día de los centros de trabajo.

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miércoles, 5 de julio de 2017

Estoy hasta los huevos




Ha surgido una novedad en esta grotesca historia del procés catalán. Es una novedad en el interior de sus entrañas. Destacados dirigentes del PDeCAT han censurado públicamente sin medias tintas al President de la Generalitat, el hablanchín Carles Puigdemont. Este caballero ha cesado fulminantemente al consejero Jordi Baiget por haber hecho unas declaraciones en los medios que no se ajustan a la ortodoxia granítica del mencionado procés. De momento el consejero Santi Vila se hará cargo provisionalmente de la cartera de Baiget. Sí, el mismo Vila que, tiempo atrás, declaró desparpajadamente que el procés había servido para tapar los recortes (1).  Es una pena que no pocos de los recortados no cayeran a tiempo en la cuenta.

La censura al presidente viene de la dirección de su propio partido, del inhabilitado Francesc Homs y del portavoz del grupo parlamentario en el Congreso de los Diputados, Carles Campuzano. Son declaraciones, además, de explícita y militante solidaridad con el consejero cesado. Es la primera vez que sucede, al menos públicamente.

El procés es una hoguera que se ha llevado por delante a un presidente de la Generalitat (Artur Mas), y a dos partidos (Unió Demorática y la vieja Convergència), además de dividir en dos enormes cachos a la sociedad catalana. Ahora está dividiendo al recién creado PDeCat. Algunos han recurrido a manifestar su hartazgo con una expresión tan plástica y carpetovetónica como «estar hasta los huevos», como ha manifestado el siempre remilgado Homs. En twitter, naturalmente.

Entiendo que son dos los motivos fundamentales de la sensibilidad de esos escrotos: de un lado, la sumisión –mejor dicho, la subalternidad--  del Govern català a la CUP en un itinerario que está dando tumbos y, de otro lado, la parábola descendente del PDeCat, que está perdiendo su plumaje a favor de Esquerra Republicana de Catalunya. Y todo ello para que al final la cosa quede en un descomunal fiasco. Con sus consecuencias funestas como ya han advertido el profesor Josep Maria Fradera y otros.

La advertencia de Fradera es clara: «Cal advertir de la greu divisió dels catalans i catalanes que l’actual deriva independentista i nacionalista a Catalunya significa. El pal·liatiu no pot ser un referèndum, el qual, guanyi qui guanyi, haurà tingut la responsabilitat de dividir als catalans i espanyols, de fer-nos més tribals i menys civilitzadament deliberatius. Un referèndum que dificultarà encara més aquelles reformes que poden fer més lliures i solidaris els futurs dels pobles d’Espanya i d’Europa, d’una comunitat que amb diverses llengües i parles seguirà inevitablement unida l’endemà d’una fractura estèril i prescindible» (2).  

Por cierto, leo en un medio digital que los componentes de las mesas del mencionado referéndum estarán al amparo de la ley. Aviso: si por los caprichos del sorteo saliera mi nombre para ello, les pongo a todos ustedes por testigo de que devolveré la citación al remitente escatológicamente coloreada con un recuerdo de mis esfínteres. Perderán quienes se apuesten que no lo haré.



martes, 4 de julio de 2017

Una recensión de “No tengáis miedo de lo nuevo” en la revista Mientras tanto.



Por un sindicalismo innovador y global
Escribe Javier Aristu

España ha tenido una “historia obrera” nada despreciable a pesar de haber sido un país donde el desarrollo industrial fue escaso y de poca dimensión comparado con otros como Reino Unido, Francia o Alemania. El siglo XX fue el periodo marcado por el “conflicto de clase” y donde se producen los principales episodios y teorizaciones acerca del mismo. Dos sindicatos asumen el protagonismo exclusivo de dicho proceso, CNT y UGT, hasta la guerra civil. No es posible entender la evolución política de España sin prestar atención, y no escasa, precisamente al conflicto obrero. La política de izquierda, desde la fundación del PSOE en 1879 y el surgimiento del PCE en 1921, además de otros partidos provenientes de esa cultura obrera, se halla impregnada, como no podía ser de otro modo, por esa percepción de la vida social entendida como conflicto entre capital y trabajo.

La dictadura franquista marcó un hiato histórico y cultural que todavía hoy estamos pagando. Solo a partir de finales de los años cincuenta del pasado siglo y durante los siguientes quince años renace un proyecto social y político ligado a la temática industrial, obrera o de conflicto de clase. Es la época de las comisiones obreras, esa “cuadrilla variopinta” —término que, usado por uno de los autores del libro que tenemos entre manos— expresa muy bien las características informales y magmáticas de las primeras organizaciones obreras. Luego la “cuadrilla” se convertirá en sindicato en 1976, con cientos de miles de afiliados y una potente organización que, a pesar de sus debilidades actuales, es, sin lugar a dudas, un baluarte indispensable y un ariete decisivo para acometer cualquier política social en estos años.

Los autores del libro que comentamos proceden y han dado vida y teoría a Comisiones Obreras. El primero, José Luis López Bulla, formó parte desde principios de los sesenta de esa “cuadrilla variopinta”; es por tanto uno de sus primeros dirigentes, y ha sido el secretario general de la CONC (las Comisiones Obreras de Cataluña) durante veinte años. El segundo, Javier Tébar, es de la generación de la Transición y se incorpora ya al sindicato organizado de CC.OO. desarrollando en el mismo, desde la Fundación Cipriano García, un trabajo de historia, memoria y teoría sin duda necesario en estos tiempos de mudanzas. Estamos, pues, ante dos generaciones y dos miradas: la del sindicalista y la del historiador.

El libro es una pieza a dos manos, o tres si tenemos en cuenta también el Prólogo de Antonio Baylos, importante jurista del trabajo, en el que desarrolla algunos aspectos generalmente descuidados dentro y fuera del sindicato. Cada autor se responsabiliza con su firma de la parte que le corresponde aunque en algunos casos se entiende un cierto diálogo sobre cuestiones que ciertamente habrán sido motivos de intercambio intelectual entre ambos a lo largo de estos años. Otras publicaciones de López Bulla y Tébar demuestran la actitud colaboradora y sinérgica que han desarrollado estos autores en los últimos años.
Veamos la primera parte, firmada por López Bulla y que da título al conjunto del libro: No tengáis miedo de lo nuevo. El uso del verbo se dirige a sus antiguos y nuevos compañeros en el mundo del trabajo sindical, en los que seguramente ha pensado cuando escribía el libro, como si López Bulla se viera en un cierto compromiso ético y sindical para hablarles de cómo deben actuar como sindicalistas. Y el mensaje es claro: ante lo nuevo, ante los innovadores e inmensos cambios que se están produciendo en el mundo del trabajo, la peor actitud que se puede tener es acobardarse y encerrarse en un fortín. Al contrario, el dirigente sindical apuesta por lanzarse a la confrontación intelectual, cultural y activa con esa “novedad” y tratar de, como se hizo en periodos anteriores, ganar el terreno para conseguir beneficios para la clase y para el conjunto de la sociedad.

El autor parte del convencimiento de que no son buenos tiempos para el sindicalismo, que está sufriendo en carne viva los continuos procesos de mutación tecnológica en el mundo productivo. Su convencimiento es nítido: el antiguo centro de trabajo industrial fordista está liquidado, muerto, enterrado. Un nuevo concepto y práctica de centro de trabajo —él lo denomina ecocentro— está expandiéndose por toda el área donde el capital se desarrolla, que es el orbe. Y tratar de combatirlo con viejas recetas sindicales aprendidas en las fábricas y técnicas fordistas es iluso e inútil (p. 48). Una de las causas de la actual crisis sindical (desafiliación, pérdida de influencia social, exceso de institucionalización, envejecimiento de su afiliación, burocratización de los procesos de concertación y negociación, etc.) estaría ahí: el desajuste entre cambios productivos y tecnológicos y una estrategia sindical ya superada.

Ya en su propia introducción al libro, López Bulla es claro al decir dónde ve el corazón del problema: éste “no es la globalización sino la revolución tecnológica y productiva de esta fase con sus consecuencias de innovación y reestructuración” (p. 34). El asunto no estaría, por tanto, en combatir la anatomía del mercado como tal (globalización de mercados) como las profundas mutaciones que se están produciendo dentro del moderno, global e innovado centro de trabajo. Por tanto, el objetivo de la lucha sindical (y política, diría yo) no es tanto combatir la globalización como incidir en el desconocido pero inmensamente importante universo de las relaciones sociales productivas. De nuevo surge la alternativa de replantear la lucha de los contrarios, el capital y el trabajo, de una nueva forma, con una nueva gramática, reconstruyendo viejos códigos y adaptándolos a la nueva situación. La apuesta es polémica pero esencial si la izquierda social quiere encontrar un sitio desde donde poder seguir siendo fuerza influyente.

Son bastantes más aspectos los que López Bulla trata en su breve ensayo. Al otro instrumento que ha servido para ampliar el dominio del capital, el taylorismo, le dedica bastantes líneas. Javier Tébar, en su segunda parte, analiza también con buenos aportes históricos este mismo problema. Sin duda, según Bulla y Tébar, ahí radica una parte considerable de la derrota de la izquierda social. Y no es casual que sea López Bulla quien trate este asunto de forma periódica y detenida: él ha sido introductor de las ideas de Bruno Trentin en el ámbito sindical español. López Bulla tiene traducida buena parte de la obra del desaparecido dirigente italiano, entre ella la canónica La Ciudad del Trabajo, sin duda uno de los tratados más sugerentes e interesantes de los últimos treinta años sobre el mundo del trabajo en el área capitalista. En opinión de Alain Supiot, Trentin ha sido no solo un hombre comprometido en la acción sindical y política sino que se le puede considerar un pensador de primer orden. En su Ciudad, Trentin señalaba la herida decisiva en la derrota de la izquierda occidental: “la asunción acrítica por parte de la izquierda de la llamada organización científica del trabajo” (Tébar, p. 113). Esto es, que a través del taylorismo la izquierda, fuera esta reformista o revolucionaria, asumió el cuerpo teórico e ideológico del sistema de management del capitalismo industrial. Es sorprendente que —según nos cuenta Fernando Díez Rodríguez en su Homo faber— tanto Léon Blum como Trotsky y Lenin fueron defensores de este método de gestión de la empresa. Dicho cuerpo teórico, el núcleo de la filosofía taylorista, estaría en la ruptura dentro del mismo trabajador entre saberes y ejecución, lo que significa a nivel de fábrica la ruptura entre planificación y ejecución de la producción. Tanto Bulla como Tébar subrayan con rotundidad esa línea de argumentación consistente en desembarazarse de las filosofías del management industrial (sea taylorista o sus continuadores) si se quiere construir en verdad un proyecto de liberación en y del trabajo.

Finalizando con la parte del dirigente sindical me gustaría aludir a dos propuestas que, en la perspectiva de la renovación o innovación sindical, formula López Bulla. Una se refiere a lo que él denomina Pacto Social por la innovación tecnológica. Con dimensión europea, lo aplica al ámbito español afirmando que “para el sindicalismo español es el camino para reconstruir las consecuencias de la crisis económica, trascender la reforma laboral y sus efectos y, finalmente, resituar al sindicalismo en esta fase de innovación-reestructuración” (pp. 53-54). Ese pacto, nunca entendido como un típico acuerdo concertado en clave de rentas ni salarios, sería “un itinerario que pone en el centro de sus preocupaciones y reivindicaciones [entiendo que quiere decir las del sindicato, J.A.] el hecho tecnológico y los derechos de ciudadanía dentro y fuera del ecocentro de trabajo” (p. 54), y que afectaría no solo a las estructuras confederales sino a los territorios y sectores así como a los ecocentros. Las resonancias de aquel Piano del Lavoro que la central italiana CGIL de Giuseppe Di Vittorio acometió en 1949 me parecen evidentes. Tal Pacto social por la Innovación Tecnológica recuerda también, ¿o se inspira?, en la etapa más fecunda que ha podido tener la experiencia institucional y social de Europa, cuando durante el periodo del mandato de Jacques Delors, en los años entre 1985 y 2000, se pusieron en marcha políticas de diálogo social que afectaron al conjunto de la Unión y que supusieron en algunos casos avances interesantes en ciertas plataformas reivindicativas de los sindicatos. Hoy, lamentablemente, asistimos a políticas desde la Comisión y desde la UE diametralmente diferentes y contradictorias con aquellas.

Hay otras propuestas interesantes e innovadoras que se presentan (en relación con los modelos organizativos, la participación en el centro de trabajo, la representatividad, el papel del conflicto y la huelga en la vida social, etc.) pero si tengo que cerrar esta parte del comentario del libro lo haría resumiendo lo que el autor formula en el Tercer Tranco de la obra. Se trata de un cuarteto de objetivos que debería tratar de alcanzar el sindicato de estos tiempos y que dibuja las características de su batalla: 1) interpretar los procesos reales que se producen en el centro de trabajo; 2) intervenir en la organización del trabajo a través de una reformulación de la codeterminación que, como aclara López Bulla, no es precisamente la cogestión;  3) proponer una panoplia de derechos en el trabajo entre los que destaca el derecho al saber, al conocimiento, a la formación, y 4) aclarar con quién se quiere acometer ese proyecto de renovación, es decir, cuáles serían los “amigos y socios” del sindicato, aquellos aliados que dentro y fuera de la empresa están por construir ese espacio o reino de la libertad en el trabajo.


lunes, 3 de julio de 2017

Unai Sordo y el filósofo Aristipo




El flamante secretario general de CC.OO., Unai Sordo, ha planteado en su discurso de clausura del Congreso que «el sindicato debe insertarse en el siglo XXI» (1). Al pan, pan y al vino, vino. Sin medias tintas. Nada que objetar. Al contrario, mil felicitaciones por la claridad del lenguaje. Ahora bien, comoquiera que no ha añadido la palabra ´completamente´ es de suponer que todavía no está insertado ni poco ni mucho en este siglo. La lógica del lenguaje tiene estas cosas. Así lo cree un servidor.

Por lo tanto, el desafío de mayor calado del grupo dirigente es coger el timón para conducir la nave en esa dirección. De este modo, tras el cambio congresual, se iría produciendo gradualmente la renovación del proyecto sindical. Porque no es lo mismo cambio que renovación. En resumidas cuentas, la renovación se organiza meticulosamente. No cae graciosamente del cielo. Que es cosa sabida pero con frecuencia olvidada. En todo caso, sí parece tener sentido que, desde este cambio, se puede favorecer la renovación del proyecto. Que debería ser verificado periódicamente, observando los elementos que van apareciendo en ese trayecto. En todo caso, no le será fácil a Unai poner en marcha ese viaje a la renovación. Lo viejo siempre se resiste, siguiendo las consignas de cierto arzobispo de Canterbury: «dulces adulaciones, agrias imposiciones», que han reaparecido al final del Congreso, y manchado un tantico su final.

Dicho lo cual, sólo me resta sugerir (que es cosa distinta que aconsejar) a Unai que tenga en cuenta una de las enseñanzas de Claudio Eliano (170 – 235) que en sus Historias curiosas puso en boca de Aristipo, filósofo griego de la escuela cirenáica, esta consideración: «Yo me he presentado ante vosotros no para unirme a vuestro dolor, sino para ponerle fin».

Post scriptum. Agradezco a la secretaría confederal de Prensa el envío de la Gaceta sindical del mes de Junio. Lo estudiaré de punta a rabo.


domingo, 2 de julio de 2017

Los sindicatos no fueron invitados porque ...





Aunque ya estoy curado de muchos espantos hay veces que me echo las manos a la cabeza. La última ha sido ésta: los sindicatos no fueron invitados a la celebración en el Congreso de los Diputados del cuarenta aniversario de las primeras elecciones democráticas de 1977. ¿Olvido o ninguneo? Tanto monta, monta tanto.

Nadie cayó en la cuenta de la deuda contraída con las organizaciones sindicales (CO.OO., UGT y USO) en el restablecimiento de las libertades democráticas. Por lo demás, los medios solamente se han quejado de que el rey emérito (¿qué figura constitucional es esta?) no haya sido convidado al acto. Pero no han dicho mú de la cosa sindical.

Y, sin embargo, la recuperación de las libertades democráticas en España no se explica sin la aportación del sindicalismo confederal. Con aquellas luchas que se organizaban en el andamio, el bidón, el pupitre y en la besana a pecho descubierto que, aunque reprimidas violentamente, fueron la fuente de la recuperación de los bienes democráticos. Los amanuenses de la casa real, su primer titular y el hombre de Pontevedra parecen haberlo olvidado. Nosotros lo seguimos teniendo en la memoria. Nosotros estuvimos en aquellas luchas, ellos no.


En todo caso, tengo para mí que –ya sea olvido, ya fuere ninguneo--  la aplicación del protocolo ha sido una sobredosis de egocentrismo patológico de quienes siguen insistiendo en que fueron las élites las que trajeron la democracia en nuestro país. Por lo que la presencia del sindicalismo en dicha celebración era una interferencia que echaba por tierra su concepción aristocrática. Esta es la explicación que se me alcanza. Miseria a granel.



viernes, 30 de junio de 2017

VIGGO MORTENSEN, amigo de CC.OO. y “montaraz” solidario



Los lectores y lectoras de Metiendo Bulla saben que Viggo Mortensen es un gran actor. Este, natural de New York, es mundialmente conocido por su papel en la saga “El Señor de los Anillos” de Aragorn, un “montaraz” como se le califica por los hobbits del relato de Tolkien, en el que se basó esta obra.

Lo que seguramente no es tan conocido es que, además de hablar un correctísimo español con acento porteño y tener nociones de catalán, de ser un aficionado al San Lorenzo de Almagro, tiene una vertiente solidaria que, al hacerla desde la discreción cobra un valor muy importante.

Iré al grano: el pasado 27 de Junio, en la sala Fabiá Puigcerver del Teatre Lliure se representó el montaje “Ramas para un nido”, que es un paseo por poemas del propio Viggo junto a otros de distintos autores, canciones interpretadas tambén por él y acompañadas al piano por  Rafel Plana. Un montaje sobrio, intimista y de una gran calidad artística e interpretativa. La recaudación se destina al proyecto solidario que ejecuta la Associació Catalana per la Pau, en colaboración con la Associació Catalunya-Líban y con la Fundació Pau i Solidaritat de CCOO, en los campos de refugiados del Líbano y de Jordania, destinado a los refugiados que se acogen en el mismo, la mayoría provenientes de Siria. Se calcula que en el mundo hay más de 3,5 millones de personas refugiadas y más de 6,5 millones de personas desplazadas, cifras absolutamente impresentables y que debieran de hacer enrojecer de vergüenza a los gobernantes, no sólo los directamente relacionados con los conflictos bélicos, sino también a los del G-20 y a los de la Unión Europea.

Viggo Mortensen y Rafel Plana decidieron en su día apoyar este proyecto, lo hicieron discretamente y ayer lo explicaron al público que llenaba la sala, junto a Rebeca, colaboradora de la ACP, de una forma muy didáctica y con muchísima humanidad y espíritu de colaboración con “una organización pequeña pero que asegura que todo el dinero va donde tiene que ir”, al estilo de “Open Arms”, donde está colaborando in situ Jordi Villacampa, famoso jugador de baloncesto.

Viggo  y Rafel han decidido empuñar el don de la solidaridad, montarse en el caballo de la cooperación y hacer frente a los orcos de la guerra, la crueldad, el odio y las necesidades para vivir. Seguramente su esfuerzo es modesto comparado con la envergadura del problema, pero como decía Aragorn frente a la Puerta Negra de Mordor “Pudiera llegar el día en que el valor de los hombres decayera, pero hoy no es ese día”.

Puede llegar el día en que la solidaridad decaiga, pero hoy no es ese día. Eso lo decimos con Viggo y con Rafel, con Jordi Villacampa… afrontaremos todos los Mordor existentes con decisión y con los valores que nos enseñó gente como José Mª Valverde, uno de los fundadores de la ACP. Gracias Viggo y gracias Rafel por vuestro compromiso con los refugiados.

JORDI RIBÓ FLOS


jueves, 29 de junio de 2017

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. Que dure



Reunión de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias el Joven. El encuentro se celebró en el Congreso de los Diputados este martes pasado. Las declaraciones posteriores de Iglesias y Sánchez, con tono sosegado y constructivo, avalan que la sentada podría iniciar un estilo diferente de relaciones entre las dos formaciones de la izquierda. Siempre y cuando no haya quien desde una u otra –o de ambas— quiera poner palos a las ruedas de la carreta.  De momento, Iglesias ha evitado el tonillo profesoral y Sánchez nada le ha afeado al de Podemos. Que dure.

Todo indica que la reunión ha servido para poner encima de la mesa una lista de problemas que pueden ser abordados de manera aproximadamente común por ambas formaciones en la tarea parlamentaria. Que dure. Vale la pena reseñar que dicho temario se refiere principalmente a la «cuestión social», considerada con razón lo prioritario en estos momentos. Es decir, pensiones, salario mínimo, negociación colectiva, lo que ambos han llamado «el rescate de la juventud» y la reforma del Estatuto de los Trabajadores. Lo que demuestra la influencia del sindicalismo confederal en sus reuniones con ambos partidos. Disculpen la aparente vulgaridad: lo primero son las cosas de comer. Y dicho en culto: primum vivere.


De momento a las derechas les ha dado un ataque de alferecía. Arrecian los ataques a Sánchez que es acusado de podemizarse. Y desde otro ángulo, pronto veremos que se tilde a Iglesias de blandengue. Podemizarse como fórmula del Partido Popular en un intento de tapar su latifundio de desvergüenzas. Blandengue como inicio de una ristra de acusaciones orientadas a mostrar que Iglesias pierde sus señas de identidad.  Entiendo que tanto el encuentro como el temario podría ser el intento de abrir un itinerario de nuevas relaciones entre las izquierdas, que Íñigo Errejón ha denominado acertadamente «la competencia virtuosa». Que dure. De momento, tomamos nota de lo que podría ser una novedad. Una novedad de la que debe sacarse provecho. Y aprender de la razón pragmática de las buenas relaciones de las izquierdas. Pues, es sabido, que el cainismo y, especialmente, sus diversas exhibiciones han servido (con perdón) para joder la marrana.