lunes, 25 de febrero de 2013

LA REPRESENTACIÓN SINDICAL COMO CONFLICTO EN EL ESPACIO DEMOCRÁTICO


Nota editorial. Hace días el maestro Umberto Romagnoli nos hacía una serie de planteamientos en LA LEY SOBRE LAS DOS CIUDADANÍAS. UN TEXTO DE UMBERTO ROMAGNOLI.... Riccardo Terzi, a su vez, dice la suya. 


Riccardo Terzi

Uno de los efectos más inquietantes del gran transtorno político de este cruce de siglos está en que todo nuestro vocabulario está subvertido y que cada palabra debe ser redefinida, reconquistada, restituida a su significado. Incluso las palabras más simples, en apariencia más obvias, se han convertido en un campo de batalla y se arriesgan a deslizarse hacia la retórica o a la irrelevancia. 

El esquema clásico que ve contrapuestos los dos campos de los progresistas y los conservadores no tiene ya utilidad alguna, ya sea porque la derecha actual no es tradicionalista sino que se propone como fuerza motriz de la innovación, ya sea porque no está claro que puede significar la palabra «progreso» al haberse desvanecido la ilusión de un camino ascendente y progresivo de la historia. Lo que parece evidente es sólo la fuerza de la técnica, su incremento como potencia que se mantiene totalmente opaco e indiferente a cualquier objetivo político. 

En esta confusión general de la lengua se abre camino la maniobra más agresiva. Con ella se quiere ajustar  definitivamente las cuentas con el pasado, a saber, que la misma distinción entre derecha e izquierda ha perdido todo su significado y están fuera de la realidad todas las representaciones ideológicas en las que se basaba aquella diferencia. La verdadera derercha de hoy es ésta: la del pensamiento que niega las diferencias, la que todo lo aplasta sin mantener abierta una brecha entre lo real y lo posible. Es la ideología más extrema y absoluta porque dice ser la realidad, es la rendición del pensamiento a la desnuda materialidad de los datos.  Toda la complejidad de lo real acaba siendo reducida y lo que se mantiene en pie sólamente es la gobernabilidad del sistema, su eficiencia. No hay problemas a resolver, sino técnicas que adoptar. Es la llegada del hombre unidimensional, como había intuido Marcuse. Quien dice «ni derecha, ni izquierda» es la encarnación de esta lógica, de esta metafísica de la resignación y la adaptación. Con ella se quiere quitar incluso el derecho de existir a la izquierda.   

Para soportar este impacto, que se despliega con la violencia terrorífica del sentido común, debemos reinventar nuestro lenguaje y, así, hacer nuevamente visibles los rechaces, las diferencias, las alternativas, los conflictos. De hecho, la palabra tiene sentido sólo si su afirmación es también, al mismo tiempo, una negación; si ella señala un límite, una discriminación, una oposición.  

¿Por qué he situado esta premisa?  Se me ha pedido que hable de la representación, pero no es posible hacerlo si la palabra misma no es investigada a fondo en su significado; si no viene liberada de todo la trama de las distorsiones y de las banalidades del discurso político-periodístico al uso.  La representación tiene sentido en su relación con otros dos conceptos fundamentales: el conflicto y la democracia. Siempre es una buena regla la búsqueda de las aproximaciones, de los nexos que ligan uno y otro concepto. Por ello, se puede decir que la representación es la práctica del conflicto en el interior de un espacio democrático organizado. Y ella puede existir sólo si está dentro de esas coordenadas, sólamente en el cuadro de una sociedad pluralista que reconoce las diferencias y las deja actuar líbremente en su recíproco movimiento y en su conflicto. Está ahí, en esa visión abierta y dinámica de la sociedad, el gran alcance histórico de la modernidad que liquida el antiguo ordenamiento jerárquico y autoritario, entendiendo el orden como el resultado de la libre relación de las fuerzas en campo, como un punto de equilibrio que siempre es móvil y abierto a diversas combinaciones.  Ahora bien, este marco teórico y conceptual es el que hoy está en discusión, porque al pluralismo de las ideas y de los intereses se le sustituye por la univocidad y la presunta objetividad del paradigma económico dominante  que no admite alternativas, por lo que la democracia misma queda confinada en el interior de un perímetro rígidamente trazado, más allá del cual solo hay espejismos o, peor aun, subversión. Así, la democracia está puesta bajo vigilancia y una nueva casta de custodios de la ortodoxia tiene la obligación de garantizar la capacidad y coherencia del sistema. Hemos sido aplastados a este cepo, político e ideológico del poder, no sólo por la virulancia del ataque sino también porque muchos, demasiados, en la izquierda han tenido la ilusión de poder cabalgar por la senda de la modernización, de guiarla y plegarla a sus propios fines. Si no nos decidimos a hablar también de nuestras responsabiliades, todo el discurso queda incompleto y privado de toda eficacia.

Ahora bien, en este universo cerrado y compacto que no deja espacio para ninguna alternativa, no hay nada que representar. Sólo puede haber una lógica de tipo corporativo y poder cultuvar algún resquicio de poder. Decisionismo político, de un lado, y corporativización del cuerpo social, por otro lado, es la salida lógica de todos los procesos políticos e ideológicos en curso. La agenda política es una, una sola, y ella está referida sólo a los instrumentos de manutención del sistma, se refiere sólo a los medios, estando excluído todo discurso sobre los fines. Todos los cuerpos sociales, en este contexto, son sólamente segmentos parciales, y su espacio posible no es el del proyecto sino la enmienda; su vocación no puede ser el conflicto sino la participación pasiva en un juego que otros han decidido.

La negación del conflicto, puesto abiertamente a la luz, no es otro que el de la esencia misma del pensamiento autoritario tal como nos enseña toda nuestra historia pasada, donde siempre el poder despótico se rige bajo los valores de la jerarquía, el orden, unidad nacional, contra las turbulencias y las incertidumbres de la democracia, contra su relativismo, contra toda forma de pluralismo organizado. Es ahí donde el tema de la representación aparece en toda su pregnancia, no como un detalle marginal sino como una posible fuerza de choque que pone en entredicho el sistema de poder.

Pero, ¿cuál puede ser el espacio, el horizonte para un sujeto social que no se resigne a la lógica de la enmienda corporativa? Todas las palabras de nuestra tradición se han cubierto de polvo y suenan a falso, a retórica, a nostalgia. ¿Cómo podemos llamar a lo que somos, a lo que queremos ser?  Tal vez sea necesario hacer hablar no a las palabras sino a los hechos, y las palabras vendrán de por sí, como la forma donde está un nuevo contenido. Ante todo, hablo ahora del sindicato, pero se trata de un discurso que tiene una validez más general porque la sociedad tiene una necesidad de representación.  Una sociedad sin representación, sin sujetos colectivos organizados se convierte en el terreno de conquista para toda clase de aventureros y demoagogos. 

El sindicato

Para el sindicato el punto esencial es si consigue plenamente dar forma a la autonoma subjetividad del mundo del trabajo. Lo que quiere decir representar una alteridad, un elemento de tensión, no en nombre de una ideología alternativa sino con una relación inmediata y viva con las demandas, individuales y colectivas, de la experencia de vida concreta de las personas. No se trata de organizar la «izquierda» sindical», de forzar en sentido político el campo de acción del sindicato sino, ante todo, de hacer emerger la fuerza de su autonomía, de su naturaleza de sujeto social que tiene una lógica diversa con respecto a la política. 

Lo que hoy aparece es una situación de incertidubmre y ambigüidad con un sindicato dividido y oscilante, y estas mismas divisiones parecen estar producidas por el juego de las diferentes pertenencias políticas, con una caída general del nivel de autonomía.  Es también un efecto de la forzada «bipolarización» de todo el sistema político, por lo que toda la complejidad social aparece simplificada y encuadrada en el mecanismo de la competición bipolar; y todos los espacios son ocupados, colonizados, drenando cualquier forma de autonomía. Es una trampa de la que debe salir rápidamente el sindicato con el objetivo de hacer visible su autónoma función social. Y la autonomía tiene en sí, necesariamente, el momento del conflicto porque aquella expresa un punto de vista que es, sin embargo, «otro» con respecto a los equilibrios político-institucionales. 

¿De qué conflicto hablamos? No se trata, en absoluto, de imaginar el acontecimiento mítico de una revuelta general contra el sistema. Más bien, en la espera siempre frustada de ese acontecimiento, acabamos por ser paralizados e impotentes.  El conflicto es aprehendido no sobre el terreno de una filosofía de la historia sino en los infinitos pliegues de la vida cotidiana, como un dato de la realidad, como una tensión permanente que está en la naturaleza de las cosas, como un fermento sobre el que hay que construir, sucesivamente, nuevos niveles de consciencia y organización. A pesar de toda la violenta ofensiva ideológica desplegada, la realidad social no está, en absoluto, pacificada, normalizada sino que es un campo de inestabilidad e inquietud atravesado por las más variadas contradicciones. En la sociedad se encuentra el impulso hacia un nuevo orden, la exigencia de una estructura, de una forma solidaria, contra los efectos desagregadores del mercado libre.    

Se trata, pues, de meterle mano a un trabajo no excepcional sino cotidiano, en el interior de las cosas, en medio de las contradicciones reales, con una obra paciente de organización y selecciones de los objetivos posibles. Podríamos hablar de práctica reformista, si esta palabra no estuviese tan vergonzosamente lisiada. Sobre estas premisas se puede dibujar, me parece, una línea de gran ductilidad y libertad sindical, combinando e integrando entre ellas los dos momentos del conflicto y la mediación con la capacidad de decir, de vez en cuando, nuestro sí o nuestro no, fuera de las lógicas de la política y de sus chantajes sin que el sí o el no se conviertan en un banderín ideológico. 

Sobre el sindicato ha caído una violenta ofensiva meditática,  expresando en substancia, que la prueba de su responsabilidad nacional consiste en una declaración de dejación en nombre de los intereses superiores de la nación. Si el sindicato resiste –si dice no--  entonces eso es la señal de que está preso de las viejas ideologías, o sea, es conservador, corporativo, irresponsable.  Es particularmente la CGIL, y todavía más la FIOM, el objeto privilegiado de esta campaña antisindical. Es del todo evidente que hemos de mandar al diablo toda esta congregación de comentaristas alquilados. Pero, una vez completada esta sana operación de exorcismo espiritual, quedan los problemas y la urgencia de un profundo repensamiento crítico de la situación sindical. 

Si hacemos una valoración de largo recorrido, a partir de los años ochenta, son evidentes los atrasos, los fracasos, y entonces no salen las cuentas. No podemos interpretar todo este proceso como si se tratase de una conjura de la historia, ni podemos limitarnos a exhibir el trofeso de nuestras gloriosas batallas. Lo que cuenta al final es el resultado del todo el proceso histórico; y este resultado nos habla de una derrota. Pero una derrota no puede remontarse si se evita el tema de la responsabilidad, de los errores, si no nos decidimos a ejercer el espíritu crítico con toda su necesaria dureza hacia nosotros mismos. 

Situar la derrota, investigarla, interpretarla en todos sus pasajes sería ya un paso extraordinario adelante. Pero esta operación de verdad será posible sólo si se crean las condiciones de una discusión libre, abierta, desprejuiciada; si representa un salto cualitativo en la vida democrática de la organización. Ya he subrayado el nexo inseparable entre representación y democracia, y eso vale tanto en relación a la estructura política e institucional como a la relación entre representantes y representados, que siempre debe ser abierta, de manera fluida, en las dos direcciones de arriba hacia abajo. Hay democracia allí donde existe circularidad del proceso sin impedimentos, sin barreras democráticas. Bajo este perfil, en la historia de toda gran organización de masas, se alternan los momentos ascendentes, creativos donde toma cuerpo el empuje participaptivo y los momentos de estabilización, donde el orden burocrático frena el barlovento. Siempre es un equilibrio inestable y toda esta dialéctica hay que verla con realismo en sus diversas etapas, en su relación con las diversas situaciones históricas.      

Lo que intento decir es que, en las condiciones actuales, donde se necesitaría el máximo de esfuerzo creativo para salir de la crisis, la burocratización de la estructura es un mecanismo de freno que impide todo tipo de desarrollo. El espíritu conservador tiene su justificación cuando se trata de garantizar lo que funciona en un sistema, pero es totalmente contraproducente en los momentos de crisis en los que se precisa  innovación, renovación, esperimentación de nuevas formas. En estos momentos, no hay nada más imprudente que la prudencia. 

Por estas razones me parece  de una gran madurez la exigencia de un repensamiento profundo del modo de ser del sindicato y del funcionamiento de sus estructuras organizativas. Es muy actual el lema de la «refundación» del sindicato, que planteó Antonio Pizzinato en su breve experiencia de Secretario general de la CGIL. Por ello, no hay dudas de que debemos liberar, hoy, fuerzas, energías y espíritu crítico. No tengo soluciones preciesas que proponer, pero advierto que, cada vez más, del fuerte malestar por un sistema que premia la fidelidad y no la autonomía, la observancia de las reglas y no la creatividad, la estabilidad de la organización y no su renovación.

Para un sindicato que ponga en el centro su autonomía y su enraizamiento social, es necesario promovier una nueva figura de sindicalista que esté totalmente proyectada en la materialidad de las condiciones sociales, en el análisis de los procesos y en la gestión de los conflictos, sin estar esperando el primer tran político que pase Es la pirámide jerárquica lo que está oxidado:  hay que valorizar quien está en primera línea, en contacto directo con la realidad y es necesario redimensionar todas las superestructuras burocráticas que componen una máquina demasiado peada, centralizada e a menudo ineficiente. 

Con este mismo criterio hay que  repensar los procedimientos de composición y selección de los grupos dirigentes en sus diversos niveles. Si los partidos han inventado las primarias y esta innovación ha introducido un poco de vitalidad en una estructura atrofiada, también las organizaciones sindicales necesitan inventar formas de su propia democratización interna.

Enfin, frente a la presión para enclaustrar el sindicato en un angosto espacio corporativo hay que responder con un esfuerzo por ampliar el terreno de juego, ocupando nuevos espacios para aprehender en toda su complejidad las demandas sociales, no sólo en el trabajo sino en la vida civil y en el conjunto de las relaciones sociales.   Cuando se habla de la «centralidad estratégica del territorio», creo que se quiere decir un cambio hacia una visión más amplia y sistémica de las necesidades sociales que intentamos representar.  Pero, hasta ahora, todo ello se encuentra en un estado embrionario, con algunas genéricas afirmaciones de principio y con experiencias concretas todavía demasiado fragmentarias y, quizás, discutibles. El territorio no es la clausura localista, no es fragmentación de los derechos de ciudadanía sino el campo en el que todos nuestros objetivos (trabajo, welfare, calidad de vida) toman cuerpo y se abren a posibles experimentos. El sindicato es, por su naturaleza, un sujeto de la subsidiaridad  en cuanto que –partiendo de su parcialidad--  persigue objetivos de interés general. En esta perspectiva se pueden explorar nuevos campos de iniciativa sin el temor de aventurarse a nuevos territorios y sin quedar bloqueados por un límite fijado demasiado rígidamente entre negociación y gestión. Si el objetivo es la democratización del sistema, en todos los sectores, sometiendo desde abajo el control de todas las estructuras de poder, entonces debemos tomar muy en serio nuestra función e intervenir a cambo abierto en la vida civil y económica del país.  

[Traducido por José Luis López Bulla. Este artículo saldrá publicado a finales de mes en la revista Alternative per il socialismo]    

domingo, 10 de febrero de 2013

LA DEMONIZACIÓN DE LA CLASE OBRERA


Owen Jones, "Chavs: La demonización de la clase obrera", (Madrid, Capitán Swing, 2012)


Javier Tébar Hurtado. Historiador.

El joven periodista británico Owen Jones publicó el año 2011 un documentado estudio sobre el estereotipo social construido en torno a una supuesta “raza” de clase trabajadora blanca británica, los denominados “Chavs”. Un hombre “animalizado”, como de manera muy acertada muestra el diseño de la cubierta de libro. De hecho, mirándola uno puede pensar si el adolescente fotografiado es un ser humano o un vampiro, imagen tan de moda hoy, por otro lado.

“Chavs” es un término que podría traducirse al español como “Chonis”, “Chandaleros” o “Quillos”. Es decir, jóvenes trabajadores sin oficio ni beneficio, en paro, violentos, consumistas, que tratan con las drogas, sin futuro, en la frontera de la marginalidad. Cabe preguntarse si una gran parte de estos “Chonis” nutren las cifras de ese 55% de paro juvenil español. Esa cifra ha provocado recientemente entre algunos representantes de la burocracia europea declaraciones que sólo pueden considerarse propias del cinismo o bien de la estupidez humana. Y las dos alternativas son igual de desalentadoras… Algo que no evita el sonrojo, por decirlo con un eufemismo, que deberían mostrar las autoridades españolas ante esta situación que apunta más allá de un fenómeno coyuntural.

El libro de Jones constituyó un fenómeno editorial y tuvo un importante impacto público, que coincidió con los episodios de violencia que se produjeron especialmente en Inglaterra durante el verano de aquel mismo año. El pasado 2012, la editorial madrileña “Capitán Swing” apostó por su traducción y lo ha publicado en su colección “Entrelíneas”. Añadió el epílogo a la segunda edición inglesa, en la que precisamente se examinan el trasfondo de aquellos estallidos de violencia protagonizados por los jóvenes en diferentes ciudades del otro lado del Canal de la Mancha, cuando todos los analistas solían identificarlos como propios de los disturbios en las banlieus de las ciudades francesas. Entonces hacía poco más de un año que el bisoño David Cameron había sido nombrado primer ministro tory gracias al apoyo crucial del Partido Liberal de Nick Clegg. Formando esa extraña pareja, presentada en un primer momento como una especie de remedo british style de los hermanos Kennedy, jóvenes e inteligentes, ambiciosos.

En Chavs se examina el proceso por el cual la clase trabajadora, considerada hasta los años setenta poco menos que «la sal de la tierra», ha pasado a ser retratada por la mayor parte de los medios de comunicación y por los dirigentes de la clase política británicos como la «escoria de la tierra». El itinerario de sus análisis recorre los últimos treinta años de la historia británica. Arranca con la los prolegómenos de la “revolución thatcheriana” (1979) y llega hasta nuestros días, pasando por el extinto “Nuevo Laborismo” de los noventa y la nueva vuelta al poder de los toriescon su victoria electoral en mayo de 2010.

A partir de la “revolución neoconservadora” iniciada a finales de los años setenta, la destrucción del tejido industrial por la que apostó Margaret Thatcher (durante mucho tiempo presentada como la “hija de un tendero”, pero, en realidad, producto de clase conservadora británica y estrechamente relacionada con su élite también a través de su marido, un ejecutivo de empresas petroleras), favoreció a la City londinense. La opción llevaba implícita la desarticulación de las comunidades de la clase trabajadora en las ciudades industriales. Asimismo, causó un destrozo irreparable en las instituciones, de larga tradición, de la clase trabajadora. Entre ellas, en los sindicatos, contra lo que se desató una campaña feroz y descarnada, con el objetivo de aniquilarlos. Pero también de sus condiciones materiales, formas de vida y de trabajo, y de su sociabilidad. Maggie Thatcher planteó desde el principio de su gobierno desterrar el término “clase” –“la clase es un concepto comunista”, dijo en algún momento en 1979. Se perseguía el objetivo de evitar que se pensara en términos de “clase”.

Las razones y los momentos en los que se decidió llevar a cabo la denominada “política de reformas” a partir de entonces son documentados y diseccionados con claridad por Jones, así como las continuidades que tuvo a partir de 1997, con el laborista Tony Blair como primer ministro. Blair es una figura política que, por el carácter zigzagueante de su trayectoria pública, también merece un comentario: nada más terminar la carrera de derecho en Oxford, se afilió en 1975 al Partido Laborista, convirtiéndose un año más tarde en abogado especializado en derecho sindical y a partir de 1983 formó parte del radical "Sindicato del Obrero" en Edimburgo, por supuesto, antes de descubrir la “Tercera Vía”. La ensoñación blairiana de hacer copia del original del “neoliberalismo” tuvo sus consecuencias no sólo sobre el final del “nuevo laborismo” en un episodio de derribo, sino también sobre la sociedad británica.

La colusión de la élite política y de la prensa afín estuvo servida durante estas tres décadas. La desigualdad impulsada por el thatcherismo continuó ensanchándose a partir de 1997. La clase dirigente, con el apoyo de gran parte de los medios de comunicación, legitimaron esta política. Se decretó, por tierra, mar y aire, que todo el mundo era de “clase media”. En realidad, durante treinta años las variaciones sobre los mismos temas fue predominante en el debate político público: las madres solteras, “irresponsables y vagas”, fueron públicamente dilapidadas por losmass media; los jóvenes trabajadores de los barrios obreros fueron demonizados, presentándolos como “Chavs”, como “escoria”, sin trabajo, violentos; los alquileres sociales fueron el blanco del ataque de políticos y periodistas, como espacios habitados por estas figuras sociales; las prestaciones sociales fueron el blanco de la crítica y derrumbe del sistema de protección social y el Welfare State; los trabajadores de la Administración pública fueron anatemizados como un gasto superfluo o un lujo asiático. El xenófobo Partido Nacional Británico, encontró un filón electoral en la oposición a la inmigración. No sé si la música, pero toda esta letra nos suena mucho y es muy cercana...

En definitiva, el libro de Owen Jones ofrece serios argumentos sobre la forma en las que la clase dirigente y los mass media en Gran Bretaña han legitimado a lo largo de los años una política de clase, utilizando la manida falacia de presentar la “parte” como el “todo”, demonizando a la clase trabajadora a partir de la construcción de un estereotipo denominado “Chav”. Desde 1979 en la política británica han proliferado aquellos que han negado permanentemente la existencia de la “clase” como elemento fundamental de las fracturas sociales, y, sin paradoja aparente, se han constituido al mismo tiempo en los principales “luchadores de clase”, de la suya, por supuesto. De manera que, como sostiene Jones, “la demonización de la clase trabajadora es el conquistador que se burla del conquistado”. Ante ello, el autor plantea como necesaria la alternativa de una nueva “política de clase” desde la izquierda social y política británicas.

En las turbulentas y encenagadas aguas del Reino de España también es fácil encontrar ecos de aquellos pasos dados en Gran Bretaña durante las últimas décadas. Cuando Joan Rosell, presidente hoy de la CEOE, declaraba públicamente hace dos días que a los funcionarios se les envíe a casa para no gastar papel y teléfono, no hace más que repetir lo que un provinciano ha oído en alguna reunión en el extranjero, tal vez haya leído alguna de las declaraciones de conservadores como Norman Tebbit, Geoffrey Howe,… Cuando Soraya Sáenz de Santamaría, hace tan solo unas semanas aparece en los medios, haciendo pucheros, y ofrece la solemne y huera declaración según la cual las personas “tienen derecho a fracasar”, al referirse a los miles de ciudadanos desahuciados en nuestro país, lo que hace es repetir como un loro bien adiestrado algo que en 1985 ya formuló el original de esta versión de “revolución neo-conservadora”, cuando Thatcher hizo la cínica y fatídica declaración según la cual: “No existe una cosa llamada sociedad. Hay hombres y mujeres individuales, y hay familias”. Los males propios los provocan los individuos, así mismos y a la sociedad. La sociedad, concebida como estanca y jerarquizada, en el imaginario de la confortable “clase media”, recibe los embates de unos miles de inútiles y, aunque sea contradictorio, astutos gorrones que no saben ni quieren triunfar porque no aceptan vivir en y bajo el capitalismo. La política consiste en defenderse de ellos.

Todo parece indicar que en nuestro país no sólo hay crisis económica y financiera, social e institucional, si no que existe una evidente y larga tradición de ausencia de ideólogos originales. Sigamos, pues, con las copias, mejorar el desastre producido en otros lares no será difícil, se nos da bien y entre algunos incluso despierta vocaciones ocultas…

* * *

La editorial Capitán Swing merece un comentario aparte. Es meritoria la iniciativa que está llevando a cabo y da muestras de un gran olfato editorial pensando en un público determinado de lectores. Una virtud escasa entre las editoriales de gran prestigio del país, convertidas en aquello que Julio Camba llamaba “mataderos de Chicago” para referirse a la vida como fordismo en los EE.UU. de los años veinte y treinta.

En 2013 ha aparecido en la misma editorial Abraham Lincoln & Karl Marx, Guerra y emancipación (17 €), una recopilación de necesaria, cuando no de imprescindible lectura para poner ojo avizor en otros debates actuales, cuya presentación va a cargo de Andrés de Francisco con una introducción de Robin Blackburn, y de la que Antonio Lastra, Javier Alcoriza y el mismo Andrés de Francisco han hecho su traducción del original. Capitán Swing además de “Entrelíneas”, ha abierto otras colecciones, como “Historia Profana”, dedicada a obras clásicas de la historia (Maquiavelo a Engels, pasando por Henri Pirenne), y a literatura y ensayo como las colecciones “Polifonías” e “Inclasificables” (vale mucho la pena echarle una ojeada: http://www.capitanswinglibros.com/portada.php)

jueves, 7 de febrero de 2013

LA FASCINACIÓN DEL SINDICALISMO



Quim González ha escrito en    El oficio de sindicalista una de las cosas más bellas sobre tan noble actividad. Y, a tenor de las lecturas en este mismo blog, de los comentarios en diversos medios (facebook y twitter) se percibe el grado de emoción que ha despertado. Más o menos el mismo que pudimos sentir en el acto del Círculo de Bellas Artes (Madrid) cuando Quim pronunció su discurso.

 

Ahora bien, el oficio de sindicalista [oficio proviene del latín opificium, derivada de opificis ‘artesano’, que se formó, a su vez, mediante la yuxtaposición de opus ‘obra’ y facere ‘hacer’] nos remite necesariamente a la obra, esto es, al sindicato. De donde la relación entre el elogio al sindicalista es de cajón que se engarza con el hacer del sindicato. Quim González, así pues, está hablando en su discurso de lo que podríamos llamar la fascinación del sindicalismo.

 

¿Qué es la fascinación del sindicalismo? Aproximadamente esto: una actividad cotidiana que no admite espera; que te empuja a un ajetreo constante; que impulsa a que centenares de miles de personas sean de otra pasta. Solidarios y organizadores de la solidaridad: éste es el ethos de esas gentes que quieren transformar el trabajo asalariado en una actividad cotidiana, que no admite espera ni dilación.  Esta es una seña de identidad que la distingue desde sus orígenes hace ya más de doscientos años.

 

Casi nada: más doscientos años. Han aparecido y desaparecido formaciones políticas y determinados movimientos sociales, pero ahí está –ahí está viendo pasar el tiempo como la calle de Alcalá— el sindicalismo. Para entendernos: desde Beethoven a nuestros días pasando por Thomas Mann y Einstein.  Hasta donde mi conocimiento me alcanza, poco se ha estudiado la razón de esta perdurabilidad en el tiempo. De ahí que yo apunte a lo que denomino la fascinación del sindicalismo que contagia a las personas que ejercen esa actividad, ese «oficio» al que se refiere Quim González.

 

Una entrega colectiva de millones de personas de todo el mundo, de la que es un pálido reflejo los  200 años de compromiso del sindicalismo europeo.  Y, por supuesto, no olviden que la palabra sindicalismo viene del griego Συνδηκου, síndico: el  término que empleaban los griegos para denominar al que defiende a alguien en un juicio, el que protege. Genio y figura. 


Radio Parapanda. EL SINDICALISMO ESPAÑOL, HOY

 

domingo, 27 de enero de 2013

NEOLIBERALISMO CARPETOVETÓNICO, NEOLIBERALISMO CATALÁN


Catalunya registra ahora el mayor número de parados de su historia. Sin embargo, la situación política está monopolizada por el tema del derecho a decidir su relación institucional con España. O lo que es lo mismo: la cuestión social está fagocitada por la politique politicienne.  Mientras tanto, el gobierno de la Generalitat, aprovechando que el Besós pasa por Sant Adrià, pone en marcha un conjunto de medidas que (como en el caso del troceo del Institut Català de la Salut) significa una especie de pasaporte para el tránsito hacia la privatización o –como sostiene Lluís Casas--  “a ser colonizado por las empresas multinacionales o simplemente inversoras”.  Pregunto: ¿no había figurado en los pactos públicos entre CiU y Esquerra Republicana de Catalunya algo así como el freno a esas privatizaciones? ¿O es que hay algunas cláusulas, secretas o reservadas, que estipulan la contrario? Pregunto otra vez: ¿qué énfasis está poniendo la izquierda política y la izquierda social en contra de todo ello?

Y, mientras se está dando esta situación –el mayor número de desempleados de la historia de Cataluña y en ese contexto de cambio de metabolismo de la sanidad catalana--  sigue la pertinaz y autoritaria reestructuración de los aparatos productivos en las empresas que tienen sus instalaciones en Cataluña? Pongamos que hablo de Nissan, que es sólo un ejemplo entre tantos. ¿Dónde está la propuesta de la izquierda política y social de Cataluña? ¿Dónde se encuentra su capacidad de intermediación política que pueda ayudar a quienes, en los centros de trabajo, defienden sus nobles intereses?

Digamos las cosas por lo derecho: la izquierda política (y en otro orden de cosas, la izquierda social) está atrapada en la revolución pasiva –de gramsciana factura-- que lidera la derecha nacionalista y sus proveedores. La revolución pasiva entendida así: el proceso político, social y cultural, cuya dirección está en manos conservadoras.

Cierto, el choque entre las derechas políticas (Partido popular y CiU) tiene una importante componente sobre, dicho de manera esquemática, el modelo de distribución de los poderes en España. No hace falta decir que se trata de una áspera batalla que viene de antiguo. Pero ambas derechas están empeñadas, y eso les une, en la exportación del modelo neoliberal norteamericano, que en nuestro país tiene menos controles y más impudicia. Un modelo que se va implantando, además, de la mano de una turbia promiscuidad entre el dinero y la política. Ahora bien, existen percibo ciertos contrastes en el neoliberalismo español: el que podríamos denominar de matriz carpetovetónica con un personal toque chusquero –el que está poniendo en marcha el Partido Popular--  y el de matriz académica de los proveedores de la derecha catalana. Ambos se orientan a romper las cuadernas del arca de Noé, ciertamente. El primero lo hace de manera prusianamente cuartelaria; el segundo en clave de power light, en el sentido que le da Joseph S. Nye. Es decir, el PP intenta su operación, podríamos decir, manu militari; la derecha catalana lo hace a través de oro, incienso y mirra donde cada cosa de estas tres tiene su propio cometido con el objetivo de cooptar sujetos sociales.  El primero arremete cual fiel espada toledana; el segundo intentando diluir el conflicto social e, incluso, mistificándolo, es decir, publicitando indecorosamente que es un apoyo al liderazgo de Artur Mas.  

Ahora bien, ¿en qué coinciden? En algo que, para otro menestar, dice el profesor  Juan Laborda: “en que las políticas que nos están imponiendo [los neoliberales]  son pura ideología y no economía” (1).   Sin embargo, el carácter de uno y otro neiliberalismo (y, sobre todo, su puesta en funcionamiento) tiene sus diferencias. Pero eso lo dejaremos para otra ocasión. No conviene agobiar demasiado a quien tiene la amabilidad de leer ese ejercicio de redacción. 

(1) LAS FALSEDADES DE LA ORTODOXIA NEOLIBERAL, publicado en el blog hermano Ciudad Nativa.




sábado, 26 de enero de 2013

VIOLENCIA Y NO VIOLENCIA

  


Nota editorial. Seguimos pegando la hebra Paco Rodríguez de Lecea y un servidor, ahora en torno a Hundimientos y promesas (1)




Querido Paco, debo decirte que me gustan las respuestas de Fausto Bertinotti al amigo Dario Danti. Es más, entiendo que Fausto eleva la discusión a cotas que, hasta donde yo sé, me eran desconocidas. Ya ves, en este tema de la violencia yo había estado bastante distraído desde siempre. Lo diré sin ambages, nuestro hombre atina y lo hace de una manera sobria. 
    
Lo primero: la humildad responsable de Fausto cuando reconoce que sobre determinados asuntos “no sabe”. Lo que no deja de ser una anomalía, ya que la mayoría de los dirigentes políticos parecen ser un almacén de conocimientos que van desde su oficio hasta los más aspectos más intrincados de la física cuántica pasando por la reproducción del ganado caballar en los Apalaches. En esta ocasión me refiero a al no sabe sobre determinados aspectos de la conducta humana. Por otra parte, su no saber lo relaciona con las limitaciones de la política, que no es, en su opinión, la política no es omnipotente, “no es ilimitada ni lo abarca todo; por el contrario, la alta política es la que acepta el límite para ella misma, incluso porque asume el hecho de que el hombre es un ser limitado”. Como debe ser.  Desde luego, tendremos que convenir que el nivel de lecturas de, al menos nuestra clase política doméstica, es baste precario.

Lo segundo: hay un giro conceptual y lingüístico en Bertinotti al final de este capítulo. Tras la experiencia de Génova 2001, y situándose ya en la perspectiva, ya no habla de movimiento anti globalización sino de movimiento alterglobalización. El giro no es irrelevante. De negar la globalización se pasa a construir otra globalización: otro mundo es posible.

Por último, sólo tengo un contraste con Fausto. Concretamente cuando dice que ese movimiento “es el primer movimiento posnovecentista que puede abrir una brecha tras la derrota histórica del movimiento obrero. Después de la respuesta que se dio a la Cumbre de Seattle en 1999, el movimiento y sus razones se expandieron por todo el planeta (las cursivas son mías). Me parece que la expresión –derrota histórica (sconfita storica)--  es desproporcionada. En primer lugar, por lo caballuno del término; y, en segundo lugar, porque la derrota, dicha de ese modo, da la sensación de que es definitiva.

Bueno, de todas estas cosas hablaremos el sábado largo y tendido. Mientras tanto, como decía el gran Anselmo Lorenzo, tuyo en la Idea. JL 


Habla Paco Rodríguez de Lecea

Derrotas históricas, querido José Luis, el movimiento obrero ha sufrido muchas, incluso sonadas. Yo intuyo que cuando Fausto habla de ‘la’ derrota histórica, la derrota digamos por antonomasia, se está refiriendo al derrumbe del socialismo real, a la desaparición de la URSS del mapamundi.

Y es cierto que, aunque el movimiento obrero en el mundo sigue activo y capaz por consiguiente de acumular nuevas derrotas en su currículum, aquel acontecimiento ha marcado una divisoria, un antes y un después en muchos aspectos cruciales. En las coordenadas geopolíticas, por supuesto, pero también en otras facetas más sutiles del modo de ser de las izquierdas. Uno de los valores que han emergido con fuerza es el del pacifismo. Hoy es un elemento incluido con entera naturalidad en cualquier manual de cambio social, revolucionario o no. Supongo que eso ha ocurrido a partir de que incluso los más recalcitrantes tomaron conciencia de que nunca iban a ver aparecer los tanques rusos por los pasos pirenaicos; porque no hace tanto tiempo que Gandhi, al que Fausto recuerda con respeto, nos lo vendían como un bobo iluso y desfasado.

La terrible hecatombe de las torres gemelas ha dejado al descubierto también las falacias implícitas en posturas como la de Sartre en torno al terrorismo. La violencia terrorista puede ser explicada y comprendida racionalmente, pero no justificada. Por muchas razones, pero en primerísimo lugar porque la espiral agresión - reacción tiene un efecto paralizador en la conciencia de las personas y acaba por representar un retroceso para los esfuerzos emancipadores. Fausto lo señala con razón al referirse al nivel unitario y combativo alcanzado por el movimiento alternativo a la globalización en Génova 2001, y a cómo la voladura de las torres apenas unos meses después no sólo abrasó aquellos ‘brotes verdes’ sino que dio la excusa idónea al imperialismo para llevar la guerra y la destrucción a Irak y Afganistán, con la adhesión explícita o implícita de muchas gentes de buena fe que meses antes se habrían opuesto rotundamente.

El punto más problemático del razonamiento de Fausto lo encuentro yo en la naturaleza y el posible crecimiento y desarrollo de los ‘brotes verdes’ aludidos. ¿Eran capaces de verdad aquellas plataformas, por sí solas, de abrir una brecha en el sistema global neoliberal? De paso, ¿qué hemos de entender por ‘abrir una brecha’, igual que por tantas otras metáforas que utilizamos cada día tomadas del léxico militar (tomar la ofensiva, asaltar una trinchera o las casamatas, emprender una retirada estratégica, etc.), desde el momento en que nos declaramos pacifistas y preconizamos la no violencia? Y más allá de cuestiones léxicas, si el movimiento obrero ya no es un elemento significativo en el tablero de juego, ¿cuáles son las fuerzas concretas que han de cambiar la sociedad existente, y qué política de alianzas es posible establecer entre ellas?

Pensaba en estas cosas la otra noche mientras visionaba la rueda de intervenciones que ofreció Radio Parapanda, promovida en Sevilla por el blog En campo abierto, sobre las soluciones de la izquierda a la crisis. Debo decir para empezar que me habría gustado que las tres opciones políticas participantes se hubieran puesto de acuerdo previamente entre ellas para ofrecernos un programa unitario coherente. Presentar cada cual su receta particular no es, creo yo, de recibo en esta coyuntura, y puede tener un tufillo electoralista. Después, la reivindicación enfática de la política no deja de ser un gesto vacío. Política lo es todo, el hombre es un animal político según dejó dicho Aristóteles hace ya un montón de años, y uno no puede evitar la sensación de que quienes hablan así en el vídeo lo que de verdad reivindican no es la política sino la figura del político profesional, por un lado, y la labor de los partidos políticos por otro. Ahora bien, si no abordamos la salida de la crisis desde una reconsideración a fondo de nuestro propio modo de estar en la izquierda y de los errores, deslices y desventuras que nos han llevado paso a paso a la posición nada envidiable en la que nos encontramos, las recetas para la salida de la crisis serán voces en el desierto.

Vuelvo a la cita de Foa que me pareció importante incluir en mi anterior intervención. No sólo Vico, también la experiencia nos dice que el mejor programa de salida a la crisis que podamos elaborar no se realizará nunca, o se realizará de un modo distinto y a veces contrario a como fue previsto. Pero eso es algo que debemos dejar en manos de la historia. La política es otra cosa, ya que estamos reivindicándola. Y la política nos exige hacer planes; y definir de forma concreta cada etapa del itinerario que queremos seguir, a ser posible con pelos y señales; y especificar quiénes, y de qué manera, y en base a qué alianzas, van a protagonizar cada uno de los pasos que hemos previsto. Por más que a fin de cuentas todo transcurra de otra manera.

Por lo menos esa es la Idea en la que yo, querido José Luis, comulgo contigo. Paco.



viernes, 25 de enero de 2013

MEMORIA HISTÓRICA Y RECUERDOS PERSONALES



Nota editorial. El historiador Javier Tébar entra en la conversación sobre EL PROCESO “ADAPTATIVO” DE LA IZQUIERDA





La historia en acto o el recuerdo verdadero

Javier Tébar Hurtado
Historiador

Preguntarse por el “momento” (¿tal vez por el “momento justo”?) de la “separación que conduce a la mutación genética del Partido Comunista Italiano”, tal como lo plantea Dario Danti, sin duda es una cuestión que suscita interés en su conversión con Fausto Bertinotti publicada recientemente. No obstante, ese mismo interrogante sobre el “cuándo” puede despistarnos sobre un tema que, en mi opinión, es posiblemente más central, me refiero al “cómo” (1). Bertinotti articula tesis variadas que han ido proponiéndose, todas ellas conducentes a la explicación de ese “cómo”, es decir, del “proceso” y no del “momento” por el cual se habría producido lo que denomina “mutación genética” del proyecto del comunismo italiano. De esta manera se centra la posible discusión sobre el asunto y se ofrece una respuesta: ese proceso del PCI tiene una naturaleza “adaptativa”, viene de lejos, no es una reacción al derrumbamiento del referente de la URSS. Y es una operación adaptativa, realizada desde el partido-organización-dirección, distante del partido-comunidad de militantes, que, más adelante, “iría acompañado”, dice, de la “mutación genética”, que no es difícil entenderla como la culminación del mencionado “proceso”. Sólo a la luz de este planteamiento, uno trata de explicarse la respuesta de Bertinotti a la pregunta de Dante respecto al hundimiento de la URSS. Y, es necesario subrayarlo, es una respuesta que sorprende, en la medida que fija una “memoria vaga”, como ha señalado López Bulla:
            
D. Danti.- En el año 1991 el final de la Unión Soviética señala el fin del mundo dividido en dos bloques contrapuestos. ¿Cómo recuerdas aquel hundimiento?
            
F. Bertinotti.- Siempre he intentado comprender por qué mis recuerdos de aquel año son tan confusos. No se trata de un banal proceso de abandono. Son confusos porque me es difícil rastrearlo. En realidad podría parecer una paradoja porque es un año en el que sucede casi todo; y, sin embargo, no es así.

            Indudablemente, el epicentro es el hundimiento de la Unión Soviética. ¿Qué sucede, entonces, cuando no se tiene memoria concreta de un acontecimiento que, según las tesis de Hobsbawm, clausura el siglo breve?  ¿Por qué este verdadero final de un mundo no es perceptible por naturaleza? Probablemente, para los de mi generación, aquella experiencia la habíamos considerado antes como concluida. El hundimiento de la URSS no produce emoción. Naturalmente, produce una percepción del fenómeno, pero no una emoción. Por el contrario, tengo un recuerdo nítido de la invasión de Checoslovaquia: el 20 de agosto de 1968 mientras repartía octavillas en una fábrica textil, en Verbano. Se me acercó un sindicalista quien me dijo que había tanques soviéticos en Praga. Inmediatamente me quedé consternado, tuve la percepción de una tragedia. Como la secuencia de una película: aquello podría ralentizar esa historia. Del hundimiento soviético no recuerdo nada; tendría que repasar la crónica de aquellos acontecimientos. Es porque aquello ya se había consumado antes en nuestras cabezas.
            
Si la memoria, en este caso individual, siempre es el resultado de la tensión entre recuerdo y olvido, la asimetría en el recuerdo de Fausto Bertinotti entre los acontecimientos de Praga en 1968 y el hundimiento de la URSS en 1991 constituye, por así decirlo, un arco temporal que enmarca y, al mismo tiempo, ofrece la lógica de un relato personal sobre la progresiva crisis y el proceso “adaptativo” del PCI, como, con variantes, del resto de los partidos comunistas occidentales. Contiene todo un ello una determinada “economía memorial” –que el historiador Ricard Vinyes para otros menesteres ha definido como “el sistema de administración de bienes morales y simbólicos, de datos, fechas y actos”- en la que la “memoria buena”, la de 1968, contrasta, y de qué manera”, con la “mala memoria”, en este caso la falta de recuerdo, respecto a 1991.

            Pero además, en la entrevista se pasa del plano de los recuerdos personales sobre el hundimiento de la URSS a la propuesta de una interpretación sobre el pasado del comunismo italiano. La interpelación a la memoria de Bertinotti se ha transmutado, de manera abrupta,  en otra cosa distinta, su aproximación abandona una de las vías de relacionarse con el pasado, para situarse en la vía de la historia política e intelectual del PCI. Nos ofrece una interpretación: no hubo hundimiento (“Es porque aquello ya se había consumado antes en nuestras cabezas”, afirma Bertinotti) -ni mucho menos implosión-, sino un “arrumbamiento” (dice el diccionario de la RAE: “Poner una cosa como inútil en un lugar retirado o apartado”, “Desechar, abandonar o dejar fuera de uso”). El nervio central de este relato está en lo que llama “mutación genética”. Un fenómeno que, al parecer, sólo afectaría al grupo dirigente al “partido-iglesia”, desde cuyas alturas se diseñaron y tomaron decisiones al margen del “partido-comunidad”.    Sin embargo, se señala muy poco sobre las respuestas del “pueblo comunista”, de esta comunidad, de sus respuestas, de los cambios en su seno, ya sean de actitudes o bien de naturaleza generacional. Si no hubo cambios, es decir, si la militancia comunista mantuvo una naturaleza inmutable a lo largo del tiempo, o si los hubo, estos cambios en ella sólo fueron aquellos inducidos por los dirigentes del partido, podría decirse entonces que las políticas “adaptativas” fueron realmente eficaces y efectivas hasta el último momento, hasta el giro occhettiano. Por lo tanto, es una historia clásica sobre los dirigentes como protagonistas de la historia y los dirigidos como simples figurantes en ella. En esta presentación de la historia política e ideológica, por supuesto, la sociedad es un paisaje de fondo.

            En mi opinión, una interpretación tan rectilínea sobre la evolución del comunismo italiano en la segunda mitad del siglo XX, deja de lado, con excesiva premura, el cambio “molecular”, imperceptible, en el que tanto empeño analítico puso Antonio Gramsci: las formas de un cambio imperceptible, por medio de cual las personas responden a los cambios históricos, antes de que éstos constituyan una nueva realidad. En este terreno hubiera sido interesante que Bertinotti entrara en el terreno de la “autobiografía” al ser preguntado sobre 1991, en la medida que ésta puede potencialmente relacionar la vida personal con la social, acercar los límites de la historia a los de la vida de las personas. Tal como el mismo Gramsci reflexionó de manera contra-intuitiva en sus notas de justificación de la “autobiografía”, solamente a través de las “autobiografías” puede atisbarse en acto, es decir, encarnado en individuos reales, el “mecanismo” de los hechos históricos. El relato autobiográfico constituiría, de esta forma, una fuente histórica de enorme potencial, “en cuanto que muestra la vida en acción y no sólo como debería ser según las leyes escritas o los principios morales dominantes (…)  sólo a través de las autobiografías se ve el mecanismo en acción, en su función real que muy a menudo no corresponde para nada a la ley escrita. Y sin embargo la historia, en sus líneas generales, se hace sobre la ley escrita: cuando luego aparecen hechos nuevos que transforman la situación, se plantean cuestiones vanas, o por lo menos falta el documento de cómo se ha preparado el cambio “molecularmente”, hasta que ha explotado en la transformación”.
           
Podría pensar que de esta manera se está sosteniendo aquí que la memoria es el instrumento para la exploración del pasado, y no es así. Es una forma distinta a la historia, como disciplina, de relacionarse con el pasado, algo sobre lo que no cabría insistir demasiado. Pero ya que Bertinotti hace referencia a otro marxista ilustre, vale la pena traer a colación la concepción de Walter Benjamin sobre este asunto, cuando plantea, en un lenguaje metafórico de gran potencia sugeridora, que la memoria solamente es un medio para la exploración del pasado: “Así como la tierra es el medio en que yacen enterradas las viejas ciudades, la memoria es el medio de lo vivido. Quien intenta acercarse a su propio pasado sepultado tiene que comportarse como un hombre que excava. Ante todo no debe temer volver siempre a la misma situación, esparcirla como se esparce la tierra, revolverla como se revuelve la tierra. Porque las “situaciones” son nada más que capas que sólo después de una investigación minuciosa dan a la luz lo que hace que la excavación valga la pena, es decir, las imágenes que, arrancadas de todos sus contextos anteriores, aparecen como objetos de valor en los aposentos sobrios de nuestra comprensión tardía, como torsos en la galería del coleccionista. Sin lugar a dudas es útil usar planos en las excavaciones. Pero también es indispensable la palada cautelosa, a tientas, en la tierra oscura. Quien sólo haga el inventario de sus hallazgos sin poder señalar en qué lugar del suelo actual conserva sus recuerdos, se perderá lo mejor. Por eso los auténticos recuerdos no deberán exponerse en forma de relato sino señalando con exactitud el lugar en que el investigador se apoderó de ellos. Épico y rapsódico en sentido estricto, el recuerdo verdadero deberá, por lo tanto, proporcionar simultáneamente una imagen de quién recuerda, así como un buen informe arqueológico debe indicar ante todo qué capas hubo de atravesar para llegar a aquella de la que provienen los hallazgos” (Fin de la cita).

De manera que si el ejercicio “arqueológico” que se nos propone está bien realizado, es probable que su resultado no sea una galería de héroes y villanos, y sobre todo no constituya un homenaje a las piedras.

(1) HUNDIMIENTOS Y GIROS (2)


jueves, 24 de enero de 2013

TRANSFORMISMO POLÍTICO


Paco Rodríguez de Lecea añade un comentario a lo ya dicho en  HUNDIMIENTOS Y GIROS (2)   

Caro maestro,

Releo lo que dejó escrito Antonio Gramsci sobre la ‘revolución pasiva’. En la prosa telegráfica y alusiva propia de los Quaderni, comenta cómo el conservador Cavour desvía hacia sus propios fines el proyecto revolucionario de Mazzini, hasta el punto de que Vittorio Emmanuele, con su estilo cuartelero –dice Gramsci– de ‘sargento mayor’, se exclama jubiloso: «¡Me he metido a Mazzini en el bolsillo!» Gramsci relaciona la ‘revolución pasiva’ en este texto con la guerra de posición (Cavour, dice, era un experto en ese tipo de guerra, mientras que Mazzini sólo entendía la guerra de movimiento); de forma más amplia y política, con un proceso de ‘revolución-restauración’, y en un comentario incidental con la categoría del transformismo, que Dario Danti ha preferido designar con el nombre más científico y por tanto menos peyorativo de ‘mutación genética’.

Dejo en el aire ese debate. Pero encuentro una reflexión paralela, y creo que muy valiosa, en el libro de Vittorio Foa  que me prestaste hace un par de meses y que voy leyendo con esfuerzo y provecho. Foa, oh casualidad, relaciona la svolta del post-Risorgimento con la reconstrucción política de Italia en 1945. Después añade lo siguiente (la traducción es mía): «Quiero detenerme un momento para señalar la mutación en el tiempo de las mismas categorías analíticas de “continuidad” y “ruptura”. Pienso en cómo cambian los juicios con el paso del tiempo. Lo que primero se presenta como ruptura, después se revela como continuidad. La dimensión temporal podría ser el fundamento de la heterogénesis de los fines de Gian Battista Vico, según la cual los proyectos no se realizan  del modo esperado o deseado, pero sí se realizan en definitiva, aunque de forma distinta.»
[...]
«Surgen entonces dos preguntas: ¿por qué fracasan los proyectos? ¿Y cómo es que, en cambio, se realizan de una forma diferente, por ejemplo en el caso específico del postfascismo? ¿Por qué fracasa un proyecto concreto? ¿Sólo porque no es posible prever todas las variables? Si fuera así, el perfeccionamiento y la difusión de los ordenadores resolvería los problemas de la humanidad; se trata de una tesis muy extendida en la cultura tecnológica, y siempre desmentida por los hechos. Puede ser que, cuando proyectamos, consigamos en cierta medida calcular el cambio de los otros, pero no calculemos lo suficiente el cambio en nosotros mismos. Puede ser que el fracaso del proyecto se deba a una sobrecarga debida a nuestro modo de ver a los otros, por no legitimarlos en medida suficiente, por un exceso de iluminismo. No se me ocurren respuestas, sino más preguntas aún. ¿Por qué se proyecta si nunca va a haber una realización, por lo menos del modo como deseábamos? Y luego, ¿ha habido un proyecto de la Resistencia? ¿O más bien hablamos de él pensando en nuestro proyecto? Y este último, ¿era sólo un instrumento para conseguir un fin, o era más bien otra cosa, por ejemplo un instrumento para realizarnos a nosotros mismos, para hacer sentir nuestra presencia en la historia? Debemos distinguir entre historiografía y política: el proyecto como simplificación de una realidad compleja es necesario en la política, pero no tiene lugar en lo que atañe a la comprensión histórica.» Vittorio Foa, Il Cavallo e la Torre. Riflessioni su una vita. Torino, Einaudi 1991, pp. 161-62.

Pido disculpas por la extensión de la cita. Entiendo que no sólo es útil en la polémica abierta por Fausto sobre la svolta  de 1991 (curiosamente, el mismo año de publicación del libro), sino sobre nuestra transición democrática y, más allá, sobre nuestras propias expectativas actuales de salida de la crisis.

Tuyo en la Idea, Paco



lunes, 21 de enero de 2013

EL PROCESO “ADAPTATIVO” DE LA IZQUIERDA


Nota editorial. Sigue la conversación con Paco Rodríguez de Lecea en torno al libro de nuestro amigo Fausto Bertinotti Las ocasiones perdidas. En esta ocasión comentamos lo expuesto en  HUNDIMIENTOS Y GIROS (2) Ruego atención a la addenda que emite, al final, Radio Parapanda. 




Querido Paco, me he quedado un poco sorprendido del planteamiento que hace Fausto Bertinotti. Me permito transcribirlo porque, tras su lectura, sigo como antes:

“En otras palabras, ¿por qué, con el hundimiento del socialismo real, se disuelve también el Pci? Y, más en profundidad, ¿cuándo se dilapida la historia del Partido comunista italiano?  ¿Hay un momento en que esa historia cambia? Para ayudarnos a buscar la respuesta se podría hacer la comparación con el Partido comunista francés. El Pcf, más implicado en la historia de la Unión soviética, no se disuelve. Hoy, este partido –desde el punto de vista de la organización y de la comunidad política (basta ver la fiesta de su periódico, L´Humanité)-- es todavía consistente. Sin embargo, electoralmente, es ya poca cosa con relación a los apoyos que registró en el pasado. Digo esto para significar que el destino de un sujeto político –el nombre que lo identifica--  no está ligado mecánicamente  a la continuidad de la organización que históricamente se consolidó en el tiempo” (Fin de la cita).


Creo que Fausto tiene una interpretación muy bondadosa de la fuerza del Partido comunista francés, cuyo declive es, además, anterior al de los comunistas  italianos. Por otra parte, observo un cierto desorden expositivo: de un lado, se nos dice su fuerza “es todavía consistente”; de otro lado, se afirma que,   “electoralmente, es ya poca cosa con relación a los apoyos que registró en el pasado”. ¿Dónde está, pues, la consistencia de esta argumentación? 


A la pregunta de Dario Dante, “¿cuándo podemos localizar esta separación que conduce a la mutación genética del Pci?, nuestro amigo da tres avances: a) la Cesco Chinello con la impreparación del partido ante los cambios que provoca en neocapitalismo; b) la de Pietro Ingrao con los avatares del XI Congreso; y c) la de nuestro amigo Riccardo Terzi con lo referente al compromiso histórico. Francamente, yo veo las cosas de otra manera. Estos tres elementos, aunque muy importantes (a lo dicho por Chinello hemos de añadir las reflexiones de Bruno Trentin que también señaló a mediados de los cincuenta el retraso del partido ante el fenómeno del neocapitalismo) no producen la “mutación genética” del comunismo italiano. La mutación genética no es achacable a Toglitatti, Longo y Berlinguer, los tres máximos pontífices del partido-curia. La clave de los tres es comunismo puro. Que lo que analizan Chinello, Ingrao y Terzi sea cierto, no niega que el partido siguiera siendo comunista. Y te diré todavía más: todavía en el primer Ochetto no atisbo, ni siquiera, indicios de mutación genética. No obstante, comparto con Bertinotti que   la svolta se hace totalmente en el terreno de la politique politicienne. Es, sin ningún género de dudas, una operación que se hace desde arriba. La operación adaptativa que iría acompañando la mutación genética se produce más adelante.

Siempre pensé que hubo mucha precipitación en la creación de Rifondazione. De hecho –y creo que Fausto Bertinotti no me lo negará— estimo que el nuevo partido era exactamente igual que el que abandonaron. Lo prueba su grupo dirigente: Armando Cossutta y el amigo Sergio Garavini, dos leones comunistas de toda la vida, aunque muy diferentes entre sí. El primero en la curia; el segundo en el sindicalismo con puestos de alta responsabilidad; Cossutta, manifiestamente pro soviético; Garavini, en otra onda. Dos personalidades que tenían pocas cosas en común. Así lo demostraron, por ejemplo, en sus intervenciones en el Comité central del partido comunista cuando la discusión, 11 y 13 de enero de 1982, del informe de Berlinguer sobre los acontecimientos polacos. Cossuta acusa a Berlinguer de haber roto con la URSS (strappo), Garavini comparte el informe del secretario general. Si te interesa el debate completo el libro te está esperando cuando vengas a casa el sábado. 


Que el uno y el otro no se entendían lo pureba el hecho de que, consumada la separación que da vida a Rifondazione, más tarde aparecen entre ellos unas tensiones muy fuertes que acabaron (por parte de Cossutta, no de Garavini) en la creación de otro partido, y Bertinotti pasa a dirigir Rifondazione.  

Me parece de interés la reflexión de Bertinotti sobre la revolución pasiva en el partido. Y entiendo que sugiere importantes lecciones para la izquierda, política y social, de nuestros días. Es más, tengo para mí que no podremos salir de la actual situación si la parte más importante (cuantitativamente hablando) de la izquierda no sale de ese proceso adaptativo en el que está instalado desde hace décadas. Entiendo que la salida de ese escenario es un prerrequisito para que la izquierda abra un diálogo sostenido con los movimientos sociales viejos y nuevos. Por lo demás, no estaría mal que alguien se soltara el pelo y empezara a decirnos lo que parece ser tan querido por Dario Dante, es decir, en qué momento (¿cuál es el proceso que lleva a ese momento?) se entra y por qué en el proceso adaptativo.

Hasta la próxima, ¡choca esos cinco! Como decía Anselmo Lorenzo: Tuyo en la Idea, JL    


Querido José Luis,
Fausto es un parlamentario con mucho oficio y un polemista aguerrido. En tiempos tú y yo le oímos refutar con un discurso lleno de agudeza, erudición y mala leche, una argumentación débil de un compagno de la “tendencia socialista” de la Cgil que la dirección colocó a su lado en las tareas, no recuerdo cuáles, que le habían traído a Barcelona.

Lo digo porque en en este capítulo utiliza una y otra vez un ‘truco’ dialéctico, un mecanismo de analogía o de trasposición, que me incomoda. Por ejemplo, en el tema de la guerra. Danti le da la apertura con una referencia a la guerra del Golfo, un acontecimiento próximo en el tiempo, pero sin ninguna relación lógica con la ruptura del Pci. Fausto reflexiona sobre el tema de la siguiente manera: «Los oprimidos han heredado de los opresores una parte de la cultura prevalente. En gran medida han aceptado la tesis de que la victoria, conseguida de cualquier modo, tiene un valor en sí y la derrota es un disvalor.» Alude de pasada a la vulgata del maquiavelismo más que al propio Maquiavelo, y concluye su razonamiento con una cita de Walter Benjamin, en la que se llama a recuperar las razones de los “vencidos justos” a lo largo de la historia como una propuesta renovada para la liberación. Todo lo cual es irreprochable, y valioso desde un punto de vista ético. Pero sin solución de continuidad aparece en la conversación la crisis del Pci y entonces me entra la sospecha de que Fausto, en lugar de referirse al problema de la guerra justa, estaba tirando antes por elevación contra lo que ahora va a calificar con otro término de tradición ilustre, tomado también en préstamo: la ‘revolución pasiva’.

Vamos pues a la crisis del Pci. Ninguna objeción a tu análisis, José Luis. Como bien dices, tendremos ocasión de volver sobre el tema en general, y más en concreto sobre la gramsciana revolución pasiva, que puede dar alguna pista sobre lo que nos ha ocurrido y sobre cómo salir del atolladero. Pero me importa insistir, de entrada, en la incomodidad que me produce la forma como Fausto presenta los acontecimientos. Después de afirmar que el comunismo se despeña “después de haber alcanzado el cielo”, describe (en realidad es Danti quien avanza la expresión, pero Fausto la acepta sin protestar) la crisis del Pci como una “mutación genética”, y contrapone su historia (“dilapidada”) a la del PCF, que habría encajado de una manera más normal el derrumbe del PCUS y la desaparición de la Unión Soviética como modelo y guía. Hay en todo ello un análisis sesgado y trufado además de metáforas desaforadas. La ruptura del Pci (porque hubo una ruptura) fue, yo así lo creo firmemente, una oportunidad perdida para las izquierdas plurales de reutilizar un patrimonio rico en experiencias prácticas, en construcciones teóricas y en sugerencias de todo tipo, para abrir una nueva reflexión y replantearse a fondo los presupuestos para salir de aquel impasse tanto geopolítico como económico y social. Porque la izquierda, la izquierda vincente, estaba en esos momentos, y desde mucho antes, “distraída” en la expresión de Trentin. (Cosa bastante distinta, dicho sea entre nosotros, a una ‘mutación genética’.)

El caso es que Occhetto se propuso honestamente llevar a cabo el esfuerzo que la situación requería: abrió el proceso de reflexión, redefinió objetivos, estrategias y alianzas. Con una objeción importante, y ahí Fausto pone el dedo en la llaga: «Hubiera sido necesario un gran baño de humildad: poner en el centro los anhelos y deseos del pueblo del Pci para fundar una nueva subjetividad.» Occhetto propuso su svolta a la clase política politicienne, a la ‘curia’ y no a la feligresía. Si me permites un comentario arriesgado y posiblemente injusto, querido José Luis, veo en su actitud el reflejo deformado del taylorismo del que hablamos no hace mucho: la soberbia de los managers que reclaman para sí la exclusiva de pensar y decidir por el pueblo llano.

Pero esa objeción no excusa a Rifondazione. ¿Qué aportó al panorama de las izquierdas italianas, que no fuera politique politicienne, reafirmación en los principios, más de lo mismo? Y la escisión provocó, como provoca siempre, como ya habíamos vivido hasta la saciedad en nuestras coordenadas y sobre nuestras espaldas, una devaluación de todo el conjunto de la opción política implicada, de modo que la suma de las partes resultantes nunca llegó ni de lejos al valor total de lo que antes existía.

A mi entender fue luego, con la ascensión de los dalemas y los veltronis, cuando la revolución pasiva infectó el pensamiento político de los ahora llamados demócratas de izquierdas. Pero en este punto, querido amigo, te devuelvo la palabra. Aún queda mucha tela por cortar. Paco. 

Radio Parapanda:  http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=pP7dlWrPzeE#!