Nota editorial. Sigue nuestra conversación en torno a Hundimientos y promesas (2), otro capítulo más del libro de Fausto Bertinotti Las ocasiones perdidas. Tiene la palabra Paco Rodríguez de Lecea.
Habla Paco Rodríguez de Lecea
Por supuesto, querido José Luis, lo que
estamos leyendo no es la descripción de un diálogo real sino un artificio bien
diseñado que sus protagonistas apenas se molestan en disimular. Danti se
comporta como el peón de brega de confianza de Bertinotti:
–¿Ande
le pongo el bisho, maestro?
–En los medios, Darío, en los medios. Y
luego dejarme solo, que hoy armo el alboroto...
Entonces el capote experto de Danti da
salida a la potente metáfora de Tom Benetollo sobre los “lampadieri” medievales
(no he querido traducir la palabra por “faroleros”, por el doble sentido del
término en nuestro idioma; y “portalámparas” significa decididamente otra
cosa), y Fausto se arrima al morlaco y compone una faena de filigrana, llena de
belleza y de verdad. ¡Olé, Fausto!
La cuestión sobre dónde colocamos el
punto de luz en nuestro camino hacia un cambio de sociedad, no es anecdótica.
Hay en el tema de la ‘salida’, bien sea de la derrota histórica a la que alude
Fausto, o bien sea de la crisis, como nos ocurre en este momento, dos tareas
distintas pero ambas imprescindibles: la primera, reunir la fuerza suficiente,
o dicho al modo convencional, la política de alianzas; la segunda, avanzar en
la buena dirección, lo que significa establecer un proyecto, fijar unos
objetivos y un itinerario adecuado para alcanzarlos. «Quien no cata los fines,
fará los principios errados», decía el consejero Patronio al conde Lucanor.
Fausto nos dice lo mismo, y recuerdo que nuestro Isidor Boix también hizo una
observación parecida, en respuesta a Miquel Falguera, en unos trabajos
publicados hace muy poco en este blog. Esa es la razón por la que sigue siendo
necesaria, entre las instancias del poder político y las iniciativas que surgen
de la sociedad, la mediación de los partidos. O como dice Fausto en su texto,
de la “subjetividad político-partidaria”.
¡Qué empresa descomunal describe Fausto
en relación con aquella “ocasión perdida” en el año 2001! Rifondazione, dice,
habría tenido que disolverse para recomponerse como una especie de columna
vertebral del movimiento de los movimientos, para dar solidez, experiencia y
coherencia a aquel magma, para guiarlo y protegerlo de tropezones y
encontronazos en su camino hacia la madurez. Para servirle de lampadiere, piensa irresistiblemente el
lector, atraído por la fuerza de la metáfora. Es fácil ironizar sobre esa
pretensión, y yo no voy a hacerlo. Me importa más detenerme en el meollo de la
propuesta.
Es cierto que la izquierda asentada, vincente en la expresión de Trentin, se
situó escrupulosamente al margen de los movimientos. Hubo incomprensión,
recelo, vacío en las relaciones entre ambos. Es cierto que esa situación
condujo a la larga al fracaso de unos y otros, y a la victoria desatada,
terriblemente tóxica, de la derecha global neoliberal. Los partidos políticos y
en buena parte también los sindicatos funcionaban –y siguen funcionando, ni el
menor atisbo de rectificación en ese sentido– desde un sólido principio
jerárquico en el que las ideas y las consignan circulan predominantemente de
arriba abajo, se difunden desde la cúpula hacia la base. Los movimientos lo
hacían, y también siguen haciéndolo, a partir de una organización horizontal,
de base, con una red organizativa amplia y muy laxa. Sus antenas están pegadas
al terreno, detectan a la perfección los movimientos telúricos del subsuelo,
reaccionan con rapidez, son ágiles en la convocatoria. Pero el poderoso impulso
que son capaces de generar puntualmente se agota pronto por falta de
estructuras estables capaces de sostener y dar continuidad a las acciones.
Son esas estructuras las que Fausto
piensa que pudo aportar su formación, entre 2001 y 2003, al movimiento de los
movimientos. Cambiar la forma-partido haciéndola más flexible y polimorfa, más
participativa también, para encauzar y dar mayor persistencia en el tiempo a la
acción de los movimientos. Falló entonces, dice Fausto, la “conexión
sentimental”, y se frustró la posibilidad de nacimiento de un nuevo sujeto
político, un partido movimientista, libre de la disciplina férrea de los
partidos tradicionales, y también de las carencias derivadas de la
espontaneidad efímera de los movimientos.
Nadie puso ese tema en el orden del día
entonces, dice Fausto, pero eso no significa que no fuera necesario. Alguien
tendría que ejercer la función de lampadiere,
tantear una senda inexplorada y dar pasos un poco a ciegas para alumbrar el
camino a los que se animaran a seguir detrás. No faltarán escépticos que
sostengan que una operación de ese tipo está destinada al fracaso. A mí me
parece que valía la pena entonces, y sigue valiendo la pena ahora, intentarlo,
a la vista de cómo está el panorama general. En el peor de los casos Fausto
podría haber dicho, como Don Quijote en respuesta a las burlas que recibió
después de emprender la portentosa aventura de Clavileño: «Nadie podrá quitarme
la gloria del intento.» Paco.
Querido Paco, comparto el contenido de tu
comentario. Ello significa, claro está, que me encuentro cómodo con los
planteamientos que hace, en este capítulo, nuestro amigo Fausto Bertinotti.
Quisiera, por otra parte, detenerme un momentito en algo que nos dice Fausto
con la franqueza que le caracteriza: «Antes que nada, hemos de reconocer que la izquierda radical no posee la
masa crítica suficiente para asumir la suplencia de la izquierda moderada y
mayoritaria en Europa…» Está hablando de
la fase actual, desde finales del siglo XX hasta nuestros días. Pero lo cierto
es que esa misma situación se ha dado a lo largo del siglo XX. No es necesario
recurrir a Bruno Trentin para constatar ese dato.
Desde luego, este no
era tal vez el momento para que Fausto nos explicara el por qué de esa carencia
de “masa crítica” de la izquierda radical para suplir a la izquierda moderada. Pero el caso es que nunca nos ha
explicado qué piensa al respecto. Lo digo porque he leído su abundante
literatura política y ensayística y me he quedado con las ganas de saber a qué
se debe que la izquierda radical ha tenido y (todavía) tenga menos perímetro
que la moderada.
Por lo demás, me
parece que Fausto “se impacienta”, aunque tenga motivos para ello. Al final de
este capítulo nos dice que «el movimiento de los
movimientos ha sido premonitorio y ha ejercido una crítica eficaz de las
grandes injusticias llevadas a cabo por la globalización neoliberal, pero no ha
conseguido poner en pie una real y auténtica alternativa
de sociedad. Por lo tanto, hemos
de hablar de otra ocasión perdida.» Cuando habla de que eso ha sido otra ocasión
perdida ¿está dando a entender que pensaba que dicho movimiento de
movimientos podía construir, a las primeras de cambio, una real y auténtica alternativa
de sociedad? ¿En tan poco tiempo y
sin relación con la política? Así pues,
francamente me parece una exageración afirmar que, también ésta, fue una
ocasión perdida.
Mis saludos, JL
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