domingo, 4 de mayo de 2008

PROCEDIMIENTOS SINDICALES PARTICIPATIVOS


EL CONVENIO DEL TEXTIL: UNA NUEVA BUENA LECCION PARA EL SINDICALISMO Y LA CLASE TRABAJADORA.


Echábamos de menos la pluma de mi sobrino Juan Manuel Tapia. De ahí que nos hayamos colado en su escritorio y, birlando algunos de sus escritos, hemos encontrado esta buena gacetilla.


Juan Manuel Tapia


El pasado 29 de abril se alcanzó un principio de acuerdo en el convenio estatal del textil. Un convenio importante para el conjunto del sindicalismo y especialmente significativo para el sindicalismo catalán donde radica una parte importante de la industria del textil, y una tradición histórica en la lucha sindical del ramo.


Un convenio colectivo que vuelve una vez más a entrañar una serie de sabias lecciones del buen hacer de las federaciones sindicales de CC.OO. y UGT responsables en este ámbito para todo el sindicalismo confederal, tanto en los contenidos del preacuerdo, como en la contextualización de la negociación y también en el método y proceso de negociación y toma de decisiones.


La primera, aunque parezca una nimiedad, el acuerdo final, caso de ser ratificado, se firmará a finales de mayo. Nos esperan centenares de asambleas sindicales, de asambleas de trabajadores y trabajadoras, para decidir sobre el contenido de los preacuerdos, es decir, la movilización de miles de personas para decidir sobre sus propias condiciones de trabajo.


Un final ejemplar para lo que ha sido un proceso de negociación exquisitamente participativo: en la elaboración de la plataforma reivindicativa, el análisis de las necesidades del sector y de los trabajadores y trabajadoras, en la información durante la negociación del convenio. Finalmente, con las asambleas que ante el bloqueo de las negociaciones, han demostrado el respaldo de la gente del textil a la plataforma sindical, y han forzado, en última instancia, con la importante movilización que suponen, a la patronal a aceptar un determinado planteamiento para el futuro de la industria textil. Una demostración de la vigencia del ejercicio del conflicto social para transformar las cosas.


En segundo lugar, la clara conexión entre la vigencia del convenio y sus contenidos, con la realidad socio-económica del sector de actividad. Un sector textil abierto a la competencia del mercado global, con dificultades y oportunidades, que tras dos convenios inteligentemente preventivos de un año, avanza una negociación de tres años, controlable por los agentes sociales y que responde a las nuevas posibilidades del sector en transformación.


En tercer lugar, en cuanto a los contenidos, el principio de acuerdo, supone un radical desmentido a las posiciones generales de la patronal, que intentan permanentemente intoxicar la negociación de los convenios, alejadas de la realidad de la necesidad objetiva de las empresas. Veamos tres cuestiones básicas, entre otras:


a) el preacuerdo garantiza, durante los tres años de vigencia del convenio colectivo, una ganancia neta de poder adquisitivo de los salarios del 0,5%, frente a la inflación, con una cláusula de revisión salarial, completa y retroactiva. Elevada la cuestión salarial al debate general, la patronal textil acepta que los salarios y su mejora necesaria, no son la causa de la inflación, sino su víctima. Y en una importante lección, que los bajos salarios no son la vía de la competitividad y la supervivencia, sino al contrario, unos salarios dignos, que rentabilicen la formación profesional, son la base de una competitividad en base a la calidad de los productos y el valor añadido.


El convenio del textil, vuelve a poner énfasis en la veterana afirmación de Marcelino Camacho: la negociación colectiva es un factor esencial en el reparto de la riqueza y la renta nacional, y factor determinante en la orientación competitiva de las empresas.


b) el preacuerdo presta una especial atención a lo relativo a la igualdad efectiva y real entre hombres y mujeres. La potencialidad de la ley de igualdad, si se enfoca en la realización de planes y medidas de igualdad en las empresas, que transformen las desigualdades en la organización del trabajo, se concreta en el preacuerdo en una extensión de la ley de igualdad, que alcanza a las pymes de entre 100 y 250 trabajadores, cuando las mujeres empleadas son menos del 50%.


La igualdad entre hombres y mujeres, no es solo una cuestión de justicia social, equidad y democracia, es también, una necesidad social en términos de eficiencia económica, y del más completo desarrollo de las potencialidades de la creatividad humana en el trabajo.


c) el preacuerdo significa una inflexión en el discurso patronal en relación al absentismo. La patronal textil acepta, finalmente, que las situaciones de incapacidad temporal deben ser protegidas con el 100% del salario, y lo hace frente a un discurso general de la patronal, especialmente la catalana, que intenta penalizar la ausencia del trabajo, incluso en situaciones de maternidad o en los permisos de paternidad, y los propios permisos retribuidos pactados en los convenios colectivos.


En esta ofensiva de la patronal general, respecto el absentismo, se oculta un objetivo de fondo, crear una cortina de humo sobre sus graves responsabilidades al pretender mantener organizaciones del trabajo enfermas, discriminatorias, e inhumanas, que generan, necesariamente, problemas de salud, y riesgos psicosociales entre los trabajadores.


En definitiva, el convenio del textil ha supuesto, una “elegante bofetada” a los muchos prejuicios mediáticos difundidos por la patronal, y luego negados, por los empresarios concretos, inteligentes, preocupados realmente por la viabilidad de las empresas, que comprenden que es necesaria la dignificación del trabajo y las personas que lo encarnan para mantener un proyecto empresarial con futuro.


El convenio del textil, también habla al conjunto del sindicalismo de la necesidad de ser sujeto participativo y democrático, como condición necesaria para ejercer el conflicto social y cambiar los pareceres de las contrapartes. También nos habla, de la enorme potencialidad de la negociación colectiva, tantas veces desaprovechada, para producir cambios económicos y sociales, cambiar las cosas, corregir injusticias y ganar derechos para las personas.


jueves, 24 de abril de 2008

EL CAMBIO DE PATRON PRODUCTIVO


LA FACUNDIA DEL MINISTRO MIGUEL SEBASTIAN


De los periódicos: El ministro de Industria, Turismo y Comercio, Miguel Sebastián, presidió ayer la toma de posesión de los altos cargos de su departamento, con el que, según afirmó, "se abre una nueva etapa con el reto de completar el cambio de patrón productivo iniciado hace cuatro años”.


Sorprendentes estas declaraciones de Miguel Sebastián. Lo son por sus disparatados conceptos y por el anacoluto que expresa su conclusión. En todo caso, algo me dejaré en el tintero (perdón por el alogicismo, quiero decir en el ordenador) dado que soy un analista chusquero.


Primero veamos el uso de “cambio de patrón productivo”. ¿A qué se está refiriendo el Ministro de Industria? No lo dice. Es más, desaprovecha una buena oportunidad para explicar coram Deo, clero et populo que se ha dado un cambio en el patrón productivo. Por lo demás, resulta un tanto sorprendente que tan espectacular cambio no fuera informado a su debido tiempo, esto es, hace cuatro años. Me pregunto que cómo es posible que un cambio (cualitativo, decíamos cuando Miguel Sebastían estudiaba quinto de bachillerato) de esas características no hubiera sido anunciado a bombo y platillo por el presidente Rodríguez Zapatero. Una cesura de esas características `epocales´ no hubiera pasado desapercibida a los siempre quisquillosos --como melífluamente se dice ahora-- agentes sociales. Porque...


... Porque ¿acaso el cambio de patrón productivo se debe a una reorientación del modelo industrial español en dirección a unos patrones inscritos en el paradigma medioambiental? ¿o, tal vez, a un salto algo más que `cuantitativo´ en la innovación tecnológica? Es inútil seguir lanzando preguntas retóricas porque don Miguel Sebastián describió la cosa con seca austeridad expositiva.


Veamos ahora el anacoluto de don Miguel. Pero antes, aclaremos con un ejemplo a qué podemos llamar, con aproximada propiedad, un anacoluto. Se trata de la siguiente frase que, de niño, me maravillaba: “Era de noche y, sin embargo, llovía...”. Mi carácter entrometido, mucho menos en aquellos entonces, me hacía interpelar a los mayores: “¿A qué viene ese sin embargo? [“Cállate, enterao”, era la atinada respuesta].


Pues bien, el anacoluto sebastianista es el siguiente, que para mayor precisión se recomienda volver al orador: en el caso hipotético que el cambio de patrón productivo hubiera empezado hace cuatro años (aunque nadie se hubiera enterado, ni menos todavía hubiéramos sido informados) no es ahora cuando “se abre el cambio de patrón productivo”. Porque el cambio no es cuando se completa sino cuando arranca el tan repetido (e ignorado) cambio.


Comoquiera que las tomas de posesión de altos cargos se hacen antes de comer, no es plausible pensar que don Miguel estuviera achispado; es más, nos consta su sobriedad en la cosa del bebercio. Es facundia, simplemente facundia, una verborragia estridente. La pregunta –o una de las preguntas—podría ser: ¿cómo es posible que los chusqueros seamos más templados que algunos académicos? Lo que me lleva a contar una anécdota de mis tiempos infantiles. Un jovenzuelo santaferino, tras jurar bandera en Madrid, volvió al pueblo, de permiso, hablando fino (esto es, sin cecear: algo de mal gusto en la Vega). Yo le espeté iracundo: “Toa tu vida comiendo pepinos torcíos y con tres meses de ausencia vienes hablando fino”. [Que, como anacoluto, tiene sus rasgos surrealistas].


Pues bien, el ministro Sebastián se ha pasado la vida comiendo pepinos derechos y, a las primeras de cambio, deja de hablar fino. Lo que viene a recordar una de las máximas que, en la Edad Media, eran moneda corriente: Rex illiteratus quasi asinus coronatus. Cuya aproximada traducción es: un Ministro analfabeto es un borrico en su ejercicio. Más o menos.

martes, 22 de abril de 2008

EL DIA DE SANT JORDI, LOS LIBROS Y EL MERCADO: Contraste entre un sindicalista y un poeta

Casi al final de mi mandato como dirigente sindical fui invitado a participar en un congreso sobre la calidad que organizaba una asociación empresarial en Lleida. Una de las sesiones del evento era una mesa redonda. En ella intervenía un servidor junto con algunos mánagers de empresas vinícolas de la comarca, moderando la sesión Vicenç Villatoro, reputado periodista barcelonés y, para mi gusto, mejor poeta todavía. Siguiendo el uso de estos encuentros, la tarea del moderador era animar el cotarro. Cosa que Villatoro cumplió de manera brillante.


Comoquiera que siempre llevé mi cuaderno de notas (cosa que conservo, naturalmente) repaso lo dicho en aquel encuentro. Y, para mejor ilustración (con menor aburrimiento del lector), doy cumplida referencia del contraste que tuve con el periodista-poeta.


Villatoro. El mercado es quien crea la calidad de los productos...


Un servidor. Estimado Vicenç, ¿no estás exagerando un poco?


Villatoro. De ninguna de las maneras, José Luis. Lo que ocurre es que vosotros todavía no habéis superado algunas cosas... Es el mercado, repito, el mercado la fuente de la calidad de los productos.


Un servidor. Así pues, estimado poeta, en ese caso el mercado decide que hay más calidad en el producto Corín Tellado que en el producto Petrarca. ¿Estoy equivocado ahora?


Villatoro. Pues, pues...


Un servidor. O que los vinos pirriaques tienen más calidad que los grandes caldos que se hacen en estas comarcas, porque según lo que has dicho como los pirriaques se venden más, los vinos de Lleida tienen menos calidad.


En ese momento, la sala –repleta de cosecheros— se puso en pié y aplaudió, tal vez corporativamente, a un servidor. No exagero, las palmas echaban humo.


Madre mía, lo que hay que hacer para matizar a Don Mercado. [Bibiana Bigorra fue testigo excepcional de este singular debate]


Cuando acabó el congresillo se me acercaron unos empresarios y me pidieron las señas: dos días más tarde recibí unas cajitas de botellas de los vinos, cuya calidad yo había puesto de manifiesto. Por lo que pude saber más tarde, al poeta no le regalaron nada. Conclusión: Roma no paga a los exagerados.

Nota final. No tengo nada que objetar personalmente a doña Corín Tellado.

miércoles, 26 de marzo de 2008

NUEVOS ELEMENTOS PARA EL DEBATE SOBRE LA REPRESENTACION SINDICAL

En estos últimos días ha fallecido el maestro Rafael Azcona. Y también Pilar López, la gran bailarina. Era hermana de la no menos famosa Encarnación López Júlvez "La Argentinita", la musa de Federico García Lorca.


Nota Editorial. Hay comentarios a artículos que merecen la consideración de estar “en pantalla”. Este blog tiene esa costumbre cuando las opiniones tienen fundamento. Este es el caso, nuevamente, de un comentario que el profesor Antonio Alvarez del Cuvillo ha hecho recientemente sobre mi amable duelo con Antonio Baylos acerca de la representación sindical. Reproducirlo aquí –además de un honor— es algo obligado. Un día de éstos volveré a la carga, porque como bien puede verse, Baylos ve incrementada la cofradía de los que sustentan la utilidad de los comités. Ahora bien, sería conveniente que Álvarez del Cuvillo aclarara qué entiende por “disfuncionalidades del sistema actual”. De esta manera estaríamos en mejores condiciones para seguir nuestra conversación. Por lo demás me remito a ¿TIENEN SENTIDO YA LOS COMITES DE EMPRESA?. Mano a López Bulla y Baylos Como se verá en ese mano a mano, mi opinión no tiene en cuenta las disfuncionalidades del sistema sino la disfuncionalidad del carácter del comité de empresa en tanto que tal.


Alvarez del Cuvillo dijo:


En realidad, yo no discutía tanto la institución de la representación unitaria en sí misma considerada como el modelo de representatividad sindical; esto último es lo que a mi juicio provoca las disfunciones, aunque luego me resulte difícil imaginar otro modelo. Ciertamente, el énfasis en la representación unitaria tendencialmente apunta hacia un sindicalismo más de electores que de afiliados, pero esto depende en realidad de muchos otros factores. El hecho de que no haya comités no garantizaría una mayor afiliación y, de hecho, en muchas ocasiones, incluso sería perjudicial. Yo creo que lo nuevo que se haya de construir habrá de superponerse al modelo de representación unitaria, no derrumbarlo. El problema es que construir algo nuevo implica algunas dificultades si toda la estructura determina que la finalidad primaria del sindicato va a ser tener representantes unitarios.

Un ejemplo. Para atender a los retos que plantea la descentralización productiva y que antes señalaba podrían ensayarse nuevas formas de representación. No hay ninguna garantía de que salgan bien, pero la inercia del sistema pone mayores dificultades, imponiendo una cierta rigidez en la adaptación a los cambios. Por ejemplo, si se opta por formas alternativas de representación unitaria nos encontramos con que las normas que regulan esta institución ¡son derecho necesario absoluto!, debido a la conexión que existe entre ellas y la representatividad sindical que condiciona el ejercicio de un derecho fundamental. Yo no creo que estas representaciones adicionales (por ejemplo, creadas por la negociación colectiva) sean ilegales si no suprimen las formas que ya existen en el estatuto, pero no computarían para la representatividad (lo que es un desincentivo) y además no podrían negociar convenios estatutarios. En cualquier caso, estas nuevas formas de representación podrían ser de carácter sindical, pero esto es difícil si el énfasis está en la obtención de delegados y miembros del comité.

Lo que ya parece que no está en la agenda de nadie es el tema ese que mencionabas de la unidad sindical que tan importante y polémico era durante la Transición y que ahora se ha abandonado completamente. Hoy en día no parece que haya profundas diferencias ideológicas o de política sindical que justifiquen (más allá de intereses organizativos reales) la actual dualidad de sindicatos más representativos a nivel estatal. Una -parece que muy improbable- fusión entre UGT y CC.OO. produciría una organización de incuestionable representatividad respecto al conjunto de la clase trabajadora. A mi juicio, aunque siguieran existiendo otros sindicatos, ello haría menos acuciante la lucha por la obtención de delegados y miembros de comité y permitiría a ese nuevo sindicato centrarse mucho más en la obtención de mayores cotas de afiliación y en mejorar su cohesión organizativa interna. Aunque fuera un desbarajuste al principio, permitiría ir superando las disfuncionalidades del sistema actual sin necesidad de emprender cambios institucionales muy bruscos.


Nota editorial. Me permito recomendar nuevamente el blog del profesor Antonio Álvarez del Cuvillo: http://tiempos-interesantes.blogspot.com/ El lector habrá caído en la cuenta que lleva por título “Tiempos interesantes”. Yo lo tengo linkado y lo leo de cabo a rabo, nunca en diagonal.


Otra cosa. Algunas amistades me han pedido que concrete algo más sobre el Pacto social por la innovación tecnológica que referí en una entrada del miércoles 12 de Marzo. Remito a quien esté interesado al artículo que figura en la sección “Tapas recomendadas”. Aunque ese escrito es de 2004, el fondo de lo que quiero decir sigue siendo (perdonen la humildad granadina) válido: EL PACTO SOCIAL POR LA INNOVACION TECNOLOGICA

martes, 18 de marzo de 2008

¿LUCHA DE CLASES O CONFLICTO SOCIAL?

Sigue la polémica entre Walter Veltroni y Fausto Bertinotti: el primero niega la existencia del concepto marxista, el segundo lo considera central en la sociedad de hoy. “Aprileonline” ha recogido las opiniones de un iuslaboralista (Andrea Lassandri), un filósofo político (Giacomo Marramao), un economista (Paolo Leon) y un sindicalista (Paolo Nerozzi) que está en puertas de entrar en el Parlamento.


Los motivos de esta confrontación, en el transcurso de la campaña electoral, entre el Partito democratico y Sinistra Arcobaleno, se refieren al concepto de lucha de clases. Veltroni lo rechaza tajantemente; Bertinotti responde con mala cara. Hace unas semanas se publicó una viñeta de Altan donde uno de los protagonistas niega la existencia de la lucha de clases, el otro le responde: “Cuentáselo a los patronos”. Nuestros entrevistados de hoy responden. Más allá de los matices, coinciden en una idea: la constatación de un inevitable conflicto, que es estructural en nuestras sociedades, entre los trabajadores y los empresarios.


El profesor de Derecho del Trabajo, Andrea Lassandri, subraya la evolución de las relaciones laborales: “No sé si se puede hablar de `lucha de clases´, que reclama conceptos revolucionarios. Pero si podemos decir que hay intereses diferentes entre las dos partes en litigio. Esto vale hoy, tal vez, más que en otros momentos históricos, dadas las tendencias que ha introducido la globalización”. Y añade: “Entre la lucha de clases y el pacto entre productores, hablaré de intereses divergentes entre trabajadores y empresarios; en eso se basa fundamentalmente todo el Derecho del Trabajo”. Con relación a los otoños calientes de los años sesenta y setenta, algo ha cambiado. “Ha cambiado la fuerza del sindicato, que entonces era mayor Ahora nos encontramos en un momento histórico muy diferente. En aquellos años había una ocupación muy significativa; cuando hay pleno empleo la fuerza del sindicato, por lo general, es fuerte, mientras que en caso contrario el sindicato es débil. Con respecto a entonces, hoy –en el estadio de la globalización— las empresas tienen la posibilidad de desplazar los capitales mientras que el sindicalismo de los trabajadores permanece confinado en el territorio nacional. Esta es la diferencia fundamental que incide en las relaciones de fuerza”.


Para Paolo Nerozzi, ex secretario confederal de la Cgil y candidato al Senado en las listas del Partito democratico, en los últimos años se han producido cambios radicales. “Ya no existe, como entonces un lugar como lo era la fábrica fordista, donde se reconocía la mayoría del trabajo. Ha cambiado la estructura del mundo del trabajo: la disgregación ha creado nuevos sujetos, principalmente el trabajo precario. La fragmentación del trabajo –con la ausencia de un lugar donde se construye la identidad-- ha hecho emerger la necesidad de disponer de instrumentos contractuales para recomponer el ciclo”. [Por eso] “estas novedades, evidentemente, no se encuentran en el concepto de lucha de clases, típico del siglo XX. Sin embargo, permanece un conflicto entre capital y trabajo en torno a la distribución de los recursos”.


El filósofo político Giacomo Marramao piensa que la globalización ha introducido cambios de época que representan nuevos desafíos a la “clase inferior”: “el verdadero problema es superar la fractura que se ha creado, en los últimos años, entre la dimensión material y la simbólica, entre el aspecto objetivo y el subjetivo de la condición de clase”.


Sigue Marramao: “No siempre los sujetos que, materialmente, pertenecen a la misma condición de clase se perciben como relacionados en el mismo destino. La nueva espacialidad global produce una especie de doble movimiento. De una parte, el capital se concentra; de otra parte, las funciones productivas se desarticulan territorialmente. Lo que impide a la condición de clase disponer de una consciencia de clase.” La evolución es neta: “Estamos en las antípodas de la gran empresa, de masas y fordista. Ya no existe el obrero-masa, ni la clase se encuentra en un único espacio. La clase se `reparte´ en segmentos espaciales muy distantes entre ellos. La dificultad, pues, está también en repensar la lucha de clases en una perspectiva global dado que, hasta ahora, sólo se ha limitado a los estados nacionales”.


Según Paolo Leon, profesor de Economía en la Universidad Roma Tre, estamos en un momento de transición. “No hay lucha de clases, pero existen las clases que se han reestratificado sin concretar los conflictos como aquellos, los tradicionales. Hay una división muy clara entre los dos tercios de la población más ricos y el tercio más pobre, y en el interior de los dos tercios más ricos hay una diferencia muy amplia entre propietarios y menos propietarios. Las características de la antigua lucha de clases han cambiado, pero bajo la apariencia de una relativa paz social se está construyendo una división y una fragmentación social muy potente”.



[Artículo publicado por Aprile.info: http://www.aprile.info/]


Traducción: El tito Ferino. Parapanda, Marzo de 2008

domingo, 16 de marzo de 2008

SINDICATOS Y MODELO DE REPRESENTACION

Mi sobrino Antonio Baylos ha escrito en su blog los siguientes trabajos: REPRESENTACION GENERAL DE LOS TRABAJADORES Y SINDICAL (2) CONSIDERACIONES SOBRE LA REPRESENTACION SINDICAL (1) El profesor Antonio Álvarez del Cuvillo, a su vez, le ha hecho un comentario que, para no marear al lector, reproduzco abajo íntegramente. Pero, antes me permito, algunas observaciones que son compartidas muy mayoritariamente por el Círculo Social Cum grano salis de la ciudad de Parapanda.


Querido Antonio, he visto el importante comentario (como corresponde a la importancia de tu escrito) que hace el profesor Antonio Álvarez del Cuvillo. Bien sabes que yo también considero que el modelo de representación “presenta algunas disfuncionalidades importantes”: de eso dejé constancia en la fraternal discusión que tuve contigo en la ciudad de Parapanda publicada en ciertos medios de difusión nacionales y extranjeros. Ni que decir tiene que has hecho la mar de bien volviendo a traer a colación el problema porque, como igualmente afirma Álvarez del Cuvillo, es importante también “seguir pensando acerca de esas disfuncionalidades”.


Cuando se estructuró el todavía vigente modelo de representación (yo lo viví en primera persona desde la dirección de CC.OO. de Catalunya y España) reproducimos el sistema, democratizándolo naturalmente, que nos había dado buenos resultados desde, por lo menos, el año 1958. Este modelo se impuso al que preconizaba UGT que se orientaba a la representación directa de los sindicatos en el centro de trabajo y no, como nosotros planteamos, el comité de empresa.


Nuestra idea –digámoslo sin pelos en la lengua— tenía dos claves: 1) aprovechar la corriente unitaria del movimiento social de los trabajadores que se había ido consolidando especialmente desde primeros de los sesenta; y 2) democratizar plenamente la estructura de los enlaces y jurados de empresa que tanta utilidad nos dieron a Comisiones. La bondad de aquello la interpretábamos así: de un lado, manteníamos la unidad social de los trabajadores desde abajo en el interior del centro de trabajo y, de otro, ampliábamos la legitimidad del sujeto social a través del instrumento unitario del comité sustentado por la “democracia de los electores”, en expresión de Álvarez del Cubillo.


Ahora bien, indirectamente teníamos en la cabeza que, así las cosas, podíamos concretar una serie de pasos para el objetivo que todavía teníamos en la cabeza: la unidad sindical orgánica, esto es, la creación de una central sindical unitaria. Que no sólo no conseguimos sino que, en las primeras etapas, las relaciones tuvieron una considerable aspereza: ¿habrá que recordar el debate televisivo en puertas de las primeras elecciones sindicales, 1978, cuando aquello del “Mientes, Marcelino”; “Te equivocas, Nicolás” de infausta memoria? Que se propinaron, sine grano salis, mutuamente Redondo y Camacho.


El modelo de representación que surgió en 1978 sigue vigente. Atina Álvarez del Cubillo cuando afirma que su vigencia se debe a algo así como una “dependencia de la trayectoria”. Pero hay algo más: se trata, a mi criterio, de una dependencia completamente inercial de la trayectoria, también como expresión de una inadecuada lectura de los grandes cambios y transformaciones así en el centro de trabajo como en eso que dimos en llamar la estructura de la composición del conjunto asalariado.


Querido Antonio: tanto tu escrito como el comentario de Álvarez del Cuvillo me permiten recordar las preguntas que vengo haciendo desde hace ya mucho tiempo sin que, hasta la presente, nadie haya dicho oxte ni moxte. A saber: con todo lo que ha llovido desde 1978 hasta nuestros días (ahora estamos en pertinaz sequía) ¿cómo es posible que siga exactamente igual el modelo de representación en el centro de trabajo? ¿Cómo se explica que la forma sindical, la llamada sección sindical, tenga la misma morfología que diseñamos hace treinta años? ¿Cómo entender, además, que la vertiginosa traslación de los espacios nacionales a la globalización del centro de trabajo y en la gestión de la empresa sigan concretándose en la existencia del comité de empresa, un ente autárquico –por autodefinición, por ley y por voluntad— cuando se ha operado el traslado de la aldea provinciana a la ciudad global? La hipótesis puede ser la siguiente: aunque el sindicalismo, en su literatura oficial, lea convenientemente los cambios no parece adecuar su proyecto a las consecuencias de los mencionados cambios.


Es cierto, querido Antonio, que todavía el sindicalismo saca rendimientos positivos del mantenimiento del modelo de representación. Los saca porque incluso en un nuevo paradigma los viejos instrumentos siguen dando ciertos rendimientos positivos y no todo lo viejo se convierte automáticamente en inútil. Pero la distancia entre las posibilidades de mejorar ampliamente el estado de cosas y seguir con los viejos aparatos se amplía. Por otra parte, seguir con la actual forma-sindicato está dejando en la cuneta la necesaria representación de esos sujetos emergentes como el precariado y otros. Así el problema, el café con leche para todos acaba siendo pura achicoria.


Tengo para mí, querido sobrino, que algunos pensáis que el mantenimiento de los comités de empresa sigue siendo un instrumento para no perder el espíritu unitario. Pero, a ver si me explico: ¿se puede pensar en un espíritu unitario cuando la realidad ha cambiado espectacularmente y, cada vez más, estamos ante una situación más gelatinosa en la estructura de la composición del conjunto asalariado? Yo creo que no es posible. Y más todavía, a diferencia de las lúcidas observaciones de Álvarez del Cuvillo –“es normal que el comité de empresa de una empresa que está en el núcleo del ciclo productivo termine respondiendo de manera más inmediata a los intereses de sus trabajadores, pero ello podría tener efectos secundarios negativos en la periferia, en la medida en que las necesidades de flexibilidad se canalicen hacia empresas donde el poder de los trabajadores es más débil”, dice nuestro amigo— yo opino que tampoco es eso posible tendencialmente.


Pero, de momento, el bachiller se calla y deja que los maestros hablen: ¿sería mucho pedir que los enamorados de los comités –los maestros Aparicio Tóvar, Luigi dal Colle y tú mismo-- digáis cuatro cosas al respecto?


EL COMENTARIO DE ALVAREZ DEL CUVILLO


A mí me parece que el sistema español de representatividad presenta algunas disfuncionalidades importantes. Eso sí, no hago una crítica muy absoluta o radical, porque pienso que seguramente no podía haberse hecho otra cosa cuando se formó el sistema democrático de relaciones laborales -debido a factores diversos- y que luego hemos estado presos de eso que llaman "dependencia de la trayectoria". De hecho, no se me ocurre una alternativa que hoy por hoy sea viable. En cualquier caso, creo que es importante seguir pensando acerca de estas disfuncionalidades. No me cabe duda de que los sindicatos representativos en nuestro sistema tienen legitimidad democrática (por medio de la audiencia electoral), aunque también podrían hacerse algunas matizaciones al respecto. Pero me parece que la legitimidad "para representar" no es lo mismo que el poder real de representar efectivamente un colectivo, poder que puede ponerse sobre la mesa de negociación. Desde luego, la capacidad de movilización de los sindicatos representativos va mucho más allá de su número de afiliados, pero creo que también es bastante menor de lo que nos darían sus índices de audiencia, salvo en ocasiones estratégicas muy determinadas. O sea, que a veces los sindicatos tienen un ambiguo poder institucional (por ejemplo, para negociar reformas del mercado de trabajo proporcionando legitimación a los partidos) que no pueden ejercer plenamente, por que es más débil su poder real de incidencia en el mercado de trabajo. En efecto, el "sindicalismo de electores" garantiza la legitimidad democrática, pero puede configurar a los "sindicatos" como instancias que los trabajadores perciben como "externas", casi ajenas a ellos, aunque más o menos preocupadas por proteger sus intereses (casi como instituciones semi-públicas u ONGs). No los propios trabajadores organizados para defender sus intereses de clase. Aunque la sensación no es idéntica, uno no percibe a los partidos políticos como la ciudadanía organizada, sino más bien como estructuras a las que uno vota o no vota en función de diversos factores. Puede pasarnos algo así con los sindicatos. Por supuesto, globalmente este "problema" puede afectar al sindicalismo mundial, pero creo que las características de nuestro sistema de representatividad le dan unos perfiles propios en España. Por supuesto, mucho más problemático es el tema de las organizaciones empresariales, a las que hemos conferido una legitimación imaginaria por razones de conveniencia para todos (por ejemplo, para poder pactar convenios de eficacia general), pero que carecen de capacidad para articular y canalizar los intereses de las empresas e incluso de legitimidad democrática real. Y esto puede llegar a ser un problema para los trabajadores, en la medida en que el fruto de la concertación social o de la negociación colectiva (muy condicionado porque las organizaciones empresariales no pueden comprometer realmente a las empresas) no se percibe por los empresarios como algo pactado, sino más bien como una norma externa. Volviendo a los sindicatos, el sindicalismo de electores podría estarlos arrastrando a la falsa disyuntiva entre ejercer un poder institucional en gran medida vacío de contenido y por tanto descafeinado o lanzarse a una vía conflictiva abocada al fracaso por carecer de poder real. Ciertamente, no conozco bien los sindicatos por dentro y me podréis corregir, pero, mirando el sistema legal que tenemos, es lógico suponer que los esfuerzos de organización se están centrando más en la obtención de delegados y miembros de comités que en la afiliación y la cohesión interna o la coordinación de todos esos representantes unitarios. Así las cosas, puede ser que exista una cierta dispersión o diversidad en las características de los representantes unitarios en cada centro, cada uno "de su padre y de su madre" y respondiendo exclusivamente ante sus votantes, que son los trabajadores del centro. Esto dificulta la articulación (o rearticulación) de los intereses de la clase obrera ante la fragmentación de la que hablabas hace poco. Por ejemplo, ante la realidad de la descentralización productiva: es normal que el comité de empresa de una empresa que está en el núcleo del ciclo productivo termine respondiendo de manera más inmediata a los intereses de sus trabajadores, pero ello podría tener efectos secundarios negativos en la periferia, en la medida en que las necesidades de flexibilidad se canalicen hacia empresas donde el poder de los trabajadores es más débil.



Querido Alvarez del Cuvillo, ponme a los piés de las Salinas de San Fernando.

jueves, 21 de febrero de 2008

TREINTA AÑOS DE ELECCIONES SINDICALES

Hace treinta años se celebraban las primeras elecciones sindicales democráticas. Desde ese momento, Comisiones Obreras de Catalunya viene revalidando su condición de sindicato más votado en todas los procesos electorales posteriores. Más adelante aclararé a algunos amigos el sentido de lo que siempre llamé la anomalía de Comisiones Obreras de Catalunya.


A primeros de 1978, la dirección confederal del sindicato nos encargó a Nicolás Sartorius y a un servidor que negociáramos oficiosamente con el Ministro de Trabajo –a la sazón don Manuel Jiménez de Parga-- la normativa electoral. Marcelino Camacho siempre fue muy sensible a las relaciones con Cataluña, de ahí que propusiera mi nombre. El resultado de nuestras negociaciones fue una normativa muy aproximadamente sensata. Y el proceso electoral empezó, para decirlo en palabras de la Jurado, “como una ola”.


Como he dicho en otras ocasiones, aquellos tiempos fueron un torbellino: tiramos el córner, salíamos corriendo para rematar el balón y no se cuántas cosas más. O sea, organizábamos el sindicato, preparábamos las elecciones, poníamos en marcha la primera negociación colectiva democrática, entrábamos de lleno en el proceso electoral sindical y lo que encartara. Teníamos el grupo dirigente unos treinta años y, todavía, el cuerpo tenía aguante.


Comisiones ganó en Cataluña de manera esplendorosa. Ugt pagó las consecuencias de no haberse comprometido a fondo en la trama de los enlaces sindicales y jurados de empresa, aunque más tarde Redondo admitió que eso había sido un error... Y en aquellas primeras elecciones también apareció un descomunal archipiélago de candidaturas independientes, amarillas, corporativas y demás organizaciones putativas para mayor lustre de patronos y patroncillos.


Todos los analistas afirmaron que tan sonada victoria se debía a dos consideraciones: 1) el peso de Comisiones en la lucha contra la dictadura, y 2) la potente relación del sindicato en lo que entonces se llamaba la `cuestión nacional´. Por supuesto, pero no cayeron en la cuenta que aquellas dos consideraciones se explicaban esencialmente por la calidad y cantidad de los dirigentes sindicales en los centros de trabajo que, efectivamente bajo y contra la dictadura, se habían batido el cobre con suma inteligencia.


Las sucesivas elecciones sindicales también, como se ha dicho, significaron continuados triunfos del sindicato. Que iban acompañados de unas novedades positivas: a) Ugt iban ampliando su representación, b) las candidaturas llamadas independientes, aunque todavía englobaban a importantes núcleos, iban menguando su listón electoral. Mientras tanto, una organización sindical que había luchado lo suyo contra la dictadura, USO, iba empequeñeciéndose y se veía zarandeada por desgarros internos. En todo caso, el panorama sindical iba consolidando un cuadro nuevo: Comisiones Obreras, primer sindicato, y UGT que iban incrementando el número de sus representantes ampliaban sus candidaturas en los centros de trabajo haciendo que el sindicalismo confederal catalán englobara al 80 por ciento de los delegados sindicales.


A mediados de los ochenta empecé a hablar de la `anomalía´de Comisiones Obreras. Por cierto, a algunos compañeros les daba repelús esta expresión. ¿Exactamente cómo entendía dicha cuestión? De esta manera que explico a continuación.


Con los escasos medios organizativos que teníamos (en comparación con otros) seguíamos ganando. A pesar de las repercusiones indudables de la fractura interna del PSUC, seguíamos siendo los primeros. A pesar de los apoyos de personalidades políticas socialistas (Alfonso Guerra, por ejemplo, acompañaba a sus amistades en las visitas a los centros de trabajo), nosotros revalidábamos el banquillo más alto del podio. A pesar de las facilidades que la patronal daba a otros, seguíamos cada vez más cerca del firmamento. Y, a pesar de las interferencias desde el nacionalismo conservador que intentaba crear una propia prótesis sindical, manteníamos el lugar honroso en el escalafonato social. “Anomalía”, pues.


Lo nuevo era que el apoyo que recibíamos ya no se orientaba en función de nuestro pasado. Era la conclusión de un proyecto que lideraban, de manera descentralizada, miles de delegados sindicales en los centros de trabajo en los primeros momentos de la dura reestructuración de los sectores industriales. Esta novedad (el apoyo por el proyecto propio) se vio con mayor claridad cuando, por pura demografía, iban haciéndose cargo de la acción colectiva en el centro de trabajo una nueva leva de delegados que ya no tenía nada que ver, por pura edad, con la lucha contra la dictadura. El proyecto itinerante del sindicato fue, y es, la explicación. Porque nadie vive de los recuerdos por gloriosos que sean: ¿acaso no se fueron al garete organizaciones de lucha admirable y de reconocido prestigio en la memoria de los trabajadores? Así pues, la metáfora de la `anomalía´ significaba que, contra viento y marea, Comisiones Obreras de Cataluña en todas las convocatorias cantaba como Radamés en la verdiana Aida: “ritorna vincitor”. O si se prefiere --ahora que estamos en el año de Puccini, un músico de cotofluix-- porque turandonianamente decíamos: “Nessun dorma”.


Sí, indudablemente, un proyecto que cada vez más se escribía en prosa, en buena prosa. Dicho sea de paso, para estos asuntos la épica no suele ser buena consejera, especialmente la que escriben los poetastros. Y con esta prosa, muy aproximadamente adecuada, otro dato iba acompañando al sindicalismo confederal –y en primer lugar a Comisiones de Cataluña— la extensión organizativa a los colectivos que tradicionalmente no estaban en la primera biografía sindical: los sectores de la función pública y los terciarios. Bien, digamos con Víctor y Ana Belén: “Ahí está, ahí está viendo pasar el tiempo... la Puerta de la CONC”. [Para mis amistades latinoamericanas, la CONC es la Comissió Obrera Nacional de Catalunya].


Punto final: si hogaño se celebra a Puccini –oye, es que no lo soporto— con más razón, y en eso se está (me dicen), se conmemora el treinta aniversario de ser de una manera muy especial (1). Porque, si Sevilla tiene un color especial, también la CONC tiene un color especial. Perdón, muy especial.




(1) No soporto a Puccini, digo. Recuerdo que, en cierta ocasión, estaba yo poniendo verde a Puccini en una cafetería de la rambla mataronesa. Mi interlocutor era un dirigente empresarial del textil muy importante. Desde la calle, un joven
Jaume Puig, secretario comarcal del sindicato, creyó ver que aquella bronca era de tipo político porque se oía: “Ese es un mamarracho” y “Ese es un mierda seca”. Jaume entró a ver qué pasaba. Cuando se dio cuanta que el conflicto era entre un partidario de Verdi y otro de Puccini se cagó en los muertos de todo el firmamento.

Antes de que se me olvide: ¡Viva Comisiones Obreras! (Coro verdiano: ¡Vivaaaa...!)

viernes, 1 de febrero de 2008

EL PROXIMO CONGRESO CONFEDERAL DE COMISIONES OBRERAS



Comisiones Obreras celebrará su Congreso a finales de otoño; es sin duda un encuentro relevante que posiblemente conocerá un cambio de liderazgo, si es que interpreto de manera pacífica las normas estatutarias. En mi caso, aunque solamente fuera por mi condición de afiliado al sindicato, me impongo gustosamente la tarea de reflexionar sobre dicho acontecimiento en un intento de participación que cuenta con una ventaja: ver las cosas distanciadamente y al margen de los legítimos intereses que, en una u otra dirección, con uno u otro objetivo, tienen o puedan tener las estructuras sindicales convencionales y las personas que las conforman. Es más, esta reflexión se hace con la comodidad de, como quien dice, ver los toros desde el tendido. Mi único interés es que el debate precongresual indique un proyecto útil para el conjunto asalariado e indicie las características genéricas de cómo debería ser el grupo dirigente de la Confederación sindical de CC.OO., y a ser posible proponga al congreso quién debería ser el secretario general.


1.-- Me excuso, de antemano, si defino qué entiendo por proyecto. Hasta la presente se tiene la impresión de que cuando hablamos de proyecto, nos estamos refiriendo a lo que tradicionalmente se entiende por `programa´. Aclaro que, en estas reflexiones, defino el proyecto como la reflexividad del programa con los medios, formas y métodos organizativos (tanto los referidos al interior del sindicato como los atinentes a la representación externa, esto es, a su relación organizada con el conjunto asalariado, cuya mayoría no está afiliada al sindicalismo confederal). Vale, pues, decir que programa y sistema organizativo, interno y externo, conforman inseparablemente el proyecto. De ahí que, así las cosas, cuando hable de proyecto organizado, deba significar que estoy utilizando una expresión intencionadamente redundante; una redundancia que me permite no desvincular lo uno (programa) de lo otro (la cuestión organizativa).


Tengo para mí que el sindicato hace una razonable diagnosis de lo que podríamos llamar los grandes movimientos epocales que están en curso. Esto es, los vertiginosos y profundos cambios que, desde hace ya algunos decenios, se están desarrollando, a saber, las ingentes, veloces y radicales transformaciones que la ciencia y la técnica provocan –en unos casos por sí mismas, en otros según la lectura que hacen nuestras contrapartes— en los aparatos productivos y de servicios y, desde ahí, la permanente configuración de la morfología de la empresa y del centro de trabajo.



De igual manera, el sindicato también hace una razonable diagnosis de las mutaciones que se están operando en los mercados de trabajo. Más todavía, la literatura programática oficial describe con aproximada claridad las mutaciones que, desde hace decenios, se están dando en la estructura del conjunto asalariado. Éste, el conjunto asalariado, hace tiempo que no es un territorio exclusivamente `peninsular´ (la península sería el conjunto de los trabajadores más `tradicionales´): es, ciertamente, una península a cuyo alrededor existen cada vez más `islas´, grandes y pequeñas, cuyos lazos entre sí aparecen como gelatinosamente desvanecidos y tampoco con el continente. De manera no infrecuente la voz del sindicato describe estas situaciones, y acertadamente explica hasta qué punto existe incomunicación entre unas tipologías asalariadas presentes físicamente en un mismo centro de trabajo y la dificultad sindical de reagruparlas estable y no fugazmente para en y para la acción colectiva.


Digamos que, debilitada considerablemente la presencia del fordismo y agotada su hegemonía cultural, hemos entrado definitivamente en un sistema que, por pura comodidad expositiva, llamamos posfordismo. Y de la misma manera que el fordismo fue algo más que un sistema organizacional en la empresa y se convirtió en una forma de vida a lo largo del siglo XX, el posfordismo está empezando a ser algo más que un sistema `de empresa´.


Digamos, así las cosas, que la razonabilidad expositiva del sindicato ante estos fenómenos no parece corresponderse con un proyecto organizado (en los términos anteriormente referidos) para que la acción colectiva intervenga en las consecuencias y secuelas de tanta mutación. O lo que es lo mismo: lo razonablemente diagnosticado no se acompaña con una praxis de proyecto organizado coherente con la descripción de la realidad. Yendo por lo derecho: en la realidad, ya posfordista, la práctica sindical sigue estando en clave fordista. Se es y se interviene como si no se hubieran dado los cambios gigantescos que razonablemente se describen en la literatura oficial. Como se ha dicho más arriba, esta dislocación se produce en las políticas contractuales, en las formas de organización interna y en el carácter de la representación del sindicato.


Sugiero, pues, que si no voy errado, el desafío del debate congresual –y muy especialmente la discusión previa— deberían tener como objetivo ampliar la razonable diagnosis oficial y, ahí estaría la novedad, proponer la intervención práctica en un proyecto organizado sobre las consecuencias y secuelas de los grandes cambios que están en curso. Se entiende que ese proyecto organizado debe ser gobernado gradualmente por el sindicato en tanto que sujeto reformador.



2.-- Una lectura atenta de los contenidos concretos de la negociación colectiva (en su sentido más amplio) demostraría que no estamos exagerando. El problema central está en que las plataformas reivindicativas siguen reproduciendo –salvo pocas y muy honrosas excepciones— las demandas que tenían sentido en los viejos tiempos del fordismo. Peor aun, no pocas de las materias atinentes a la organización del trabajo son calcos literales del mandato de las viejas Ordenanzas Laborales. La supresión de estos instrumentos no impide que sigan manteniendo un potente efecto inercial. La paradójica conclusión: el centro de trabajo ha dejado de ser fordista, no existe formalmente la Ordenanza Laboral y, sin embargo, un grueso paquete de los viejos institutos de la Ordenanza siguen reproduciéndose al pie de la letra, muy mayoritariamente, en las cláusulas negociadas de los convenios colectivos.


Por otra parte, las discontinuidades producidas por las llamadas reformas laborales –por ejemplo, la substitución de las categorías por los grupos profesionales— encuentran un insuficiente acomodo en la negociación colectiva. Así pues, no es que las conductas contractuales hayan envejecido, es que éstas tienen cada vez menos concordancia con los cambios que, como se ha dicho, se explican de manera razonable en la literatura oficial del sindicalismo. Podemos decir enfáticamente que la literatura oficial va por una orilla y los comportamientos negociales transcurren por la de enfrente. La dura consideración es: de una plataforma reivindicativa, todavía fordista, se desprende un convenio esencialmente fordista.


Contamos con intuiciones. Por ejemplo, desde hace tiempo se habla, aunque quedamente, del `sindicalismo de las diversidades´ ya que, de un lado, los nuevos sistemas de organización del trabajo y las nuevas formas del management y, de otro lado, las emergencias de los mercados de trabajo están llevando a todo un archipélago de situaciones cuyas islas no están comunicadas entre sí y todas ellas con la península. Pues bien, se mantiene –repito, salvo pocas y muy honrosas excepciones— una plataforma reivindicativa que ya no es unitaria sino única, genérica: de café con leche para todos. La plataforma reivindicativa única tiene el mismo carácter homogéneo de la lectura que hacíamos antiguamente del fordismo. De paso diré que, en mis tiempos, tampoco vimos las diversidades de un fordismo al que librescamente atribuíamos más homogeneización de la que tenía realmente. Lo cierto es que no estuvimos suficientemente al tanto de las cosas.


El problema actual es que “lo que era (más) sólido se desvanece” aceleradamente. No intervenir –o no hacerlo adecuadamente— puede llevar a comportamientos corporativistas que surgen por un déficit de poder contractual “de las diversidades”. No pocos problemas parecidos tuvimos en mis tiempos: recuerdo con meridiana claridad las situaciones de los primeros años ochenta tanto en el Metro como en los Autobuses de Barcelona. Mi generación no sólo no estuvo debidamente al tanto y, por ello, dejamos un legado en ambos escenarios que todavía hoy me sonroja.


Comisiones Obreras tenía unos niveles de fortísima afiliación en Metro y Autobuses. Comoquiera que estábamos empecinados en la plataforma única (y no unitaria), homogénea y no de las diversidades que iban emergiendo, fueron apareciendo colectivos (de taquilleras en el caso del Metro y de conductores en el de Autobuses) que expresaban su subjetividad categorial, su especificad profesional. No lo atendimos y la conclusión fue la desagregación de tales colectivos afiliados que acabaron estructurándose en `sindicatos de taquilleras´ y `sindicatos de conductores de autobuses´. Nuestra reacción no fue otra que aplicarles el sambenito de ¡corporativos!, No reflexionamos sobre nuestra dogmática concepción de la plataforma porque no leíamos las diversidades que iban apareciendo: unas diversidades que no son una conspiración contra la acción colectiva unitaria sino una parcial consecuencia de los grandes cambios y transformaciones.


En torno al convenio colectivo (o en un sentido amplio, la contractualidad) también se puede hablar, naturalmente, de proyecto organizado. Esto es, de la plataforma y, sobre todo, de lo finalmente estipulado. En el siguiente sentido: también la bondad de lo acordado puede medirse por el nivel de las nuevas afiliaciones que provoca. Lo que, en el fondo, quiere decir que se amplían (aunque sea modestamente) las relaciones de fuerza. Es algo que merece la pena insistir.


3.-- Justo hace treinta años celebrábamos las primeras elecciones sindicales democráticas y el primer congreso confederal. Mucho ha llovido en Parapanda desde entonces. Y sin embargo, tras tanta emergencia no han aparecido nuevas formas de organización `interna´ y nuevas maneras de representación del conjunto asalariado. Concretamente, desde la sección sindical de empresa hasta la representación de los comités de empresa nada ha cambiado sustancialmente.


Se mantiene la figura del comité de empresa, un organismo autárquico y a contracorriente de los grandes procesos de globalización, amén de un instrumento que interfiere, por su propia naturaleza, la afiliación del conjunto asalariado. Permanece, también, la naturaleza y el carácter de la sección sindical cuando el centro de trabajo es un conjunto de islas incomunicadas entre sí y con ninguna relación con la península. Las únicas variaciones que se han operado a lo largo de estos tres decenios han sido las reformas administrativas que conocemos como fusiones federativas: algunas de ellas lógicas y necesarias, otras ilógicas e innecesarias, si es que hablamos en clave de relación con el conjunto asalariado y no como operaciones de contraequilibrios internos.


No insistiré en el tema de los comités de empresa. Me limito a remitir a los amigos, conocidos y saludados a un trabajo anterior (1) Ahora bien, sí creo que me parece oportuno partir de las siguientes consideraciones: ¿por qué se mantiene una morfología organizativa, nacida hace ahora treinta años, cuando tantas cosas han cambiado? Tal vez porque el proyecto del sindicato se sigue concibiendo al margen de la cuestión organizativa, quizás porque ésta [las cosas de organización] parece tener una total autonomía en la práctica con relación al programa. Lo que es ciertamente paradójico porque el sindicato ha provocado importantes novedades y discontinuidades a lo largo de su historia.


El sindicato no puede tutelar convenientemente todas las diversidades del conjunto asalariado con la actual morfología organizativa. Porque tutelar convenientemente debe estar acompañado con representar adecuadamente. Es decir, el déficit de tutela viene de la inadecuación de las formas de representación. De ahí que la representación no sea una prótesis del sindicalismo sino un capítulo inseparable del proyecto organizado. En esta lógica, para reunificar las diversidades en el sindicato general parece de cajón generar una estructuración organizativa donde encajen flexiblemente todas las subjetividades, todas las diversidades. En resumidas cuentas, lo instituido hace ya treinta años no tiene sentido que se mantenga.




4.— Los congresos suelen ser lógicamente momentos de una determinada tensión `política´ y emocional. Depende cómo es, incluso, saludablemente necesario. E inevitablemente quién y quiénes serán las personas a elegir se convierte, esta es la experiencia, en situaciones estelares. Vale decir, sin embargo, que las formas escogidas para celebrar el evento favorecen tales emociones que, no infrecuentemente, adquieren una aspereza mayor que la debida. Si, por lo demás, se barruntan cambios en la dirección, llueve sobre mojado.


Lo ideal es que se llegue al congreso con la cuestión del grupo dirigente mínimamente resuelto. Y no precisamente para desactivar una tensión que acaba deglutiendo el debate. Que también. Sino porque la conducción de los materiales precongresuales debe ser obra de quien y quiénes están llamados a liderar el sindicato en los próximos años.


Retóricas a parte –y con independencia de las metáforas al uso-- no hay mil dirigentes sindicales idóneos para liderar el proyecto organizado. Hay, como máximo, para la secretaría general menos de cinco. No estoy hablando desde los intersticios sindicales, sino en base a una dilatada experiencia personal y un cierto conocimiento de los congresos que han sido. En todo caso, lo ideal es que quien parezca el más idóneo para ponerse a la cabeza debería estar ya indicado ex ante. Ventajas, las ya indiciadas: 1) está en condiciones de proponer las líneas maestras del proyecto organizado, y 2) desconflictivizar tanto el proceso como la realización del gran encuentro. Ambas cuestiones se apoyan en un dato que me parece aproximadamente cierto: la organización tiene la suficiente información sobre la valía de los (muy pocos) posibles candidatos. Es más, si de manera natural se pone encima de la mesa esta cuestión, antes del evento, la participación de las estructuras en tamaña cosa es más amplia y dilatada.


Por último me permito una observación que, aunque ciertamente delicada, tiene sentido. La diré con pocos pelos en la lengua: los dirigentes salientes (si es que dejan la responsabilidad) deben lógicamente participar en el debate que vulgarmente se llama “sucesorio”. Es un deber obligado. Ahora bien, hay que gobernar sensatamente la tendencia a machamartillo de convertir al que viene en unas hechuras del que se marcha. Ha tiempo que, según cuentan los viejos cronicones, ocurrió. Es mala cosa, porque ello induciría a pensar que quien se marcha quiere dejar su Enviado en la Tierra. Pero como este vicario, andando el tiempo, desea ser él mismo, acaba enfurruñándose con su benefactor. Sigamos, pues, la expresión infantil –nada inocente, desde luego—que enseña que “quien se fue a Sevilla, perdió su silla”.


5.— Finalmente, una apostilla. Las consideraciones que he escrito son nada más que las grandes cuestiones matriciales que más me preocupan o, como decía Manolo Camiño en tiempos de antaño, los grandes movimientos. No es a un servidor a quien compite concretar más. O, al menos, así lo entiendo. Ello no quita que, más adelante –con más sosiego, el que da la jubilación que la tengo a la vuelta de la esquina— pueda abundar más en estos asuntos. Siempre con la comodidad de quien ve los toros desde el tendido. Y físicamente desde la mesa camilla de mi casa de Parapanda.

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(1) SOBRE LOS COMITES DE EMPRESA Y LAS SECCIONES SINDICALES





Se me olvidaba: ¡Viva Comisiones Obreras!
Menos mal...