jueves, 14 de mayo de 2015

Sobre el pacto salarial CEOE - Sindicatos

No han pasado ni veinticuatro horas de la firma del acuerdo salarial cuando la patronal empieza a relativizar y a desdecirse de lo firmado. «No es un acuerdo, se trata sólo de recomendaciones» tanto en lo atinente a la cláusula de revisión salarial como en la prolongación de los convenios (ultractividad). Nos preguntamos si Joan Rosell firma con la mano derecha lo que está empeñado en negar con la izquierda; nos preguntamos si este caballero tiene representatividad en las estructuras empresariales o bien ocupa un cargo, que no un liderazgo, por imperativo estatutario; nos preguntamos si las estructuras empresariales son tales o un tropel de corpúsculos cantonalistas; nos preguntamos si CEOE tiene un proyecto que no sea el de cada cual a lo suyo.  Así las cosas, es harto difícil que las relaciones industriales y  laborales puedan tener solvencia en vez de ir, como desde hace tiempo, a salto de mata.

Joan Rosell es formalmente un dirigente empresarial que carece de autoridad. O, rebajando el planteamiento, que no tiene la autoridad suficiente para transformar los taifatos en una organización diga de ese nombre. Rosell, cada vez que firma un acuerdo o una serie de recomendaciones, necesita recordar a sus agremiados que él es un tipo duro. Ahora ha vuelto a las andadas. Ayer mismo, Paco Rodríguez de Lecea –un antiguo sindicalista bregado en mil convenios--   nos recordaba en http://vamosapollas.blogspot.com.es/2015/05/privatizar-los-servicios-publicos.html la querencia del primer espada de la patronal hacia las privatizaciones a machamartillo tras la firma del acuerdo salarial. Que, halando en plata, son cinco duros de ideología que va a contrapié de lo que sucede en la vida real. Como, por ejemplo, el caso de las prótesis caducadas.

La santa Biblia de la información –es decir, La Vanguardia--  nos informa del caso de   la empresa de Reus, Traiber: unos tres mil pacientes podrían llevar en Cataluña una prótesis caducada de cadera o rodilla. Lo repito para quienes tienen el vicio pijo de leer en diagonal: tres mil prótesis caducadas. No es una denuncia de una octavilla de tres al cuarto; es La Vanguardia, a quien se le atribuye esta característica: lo que no se publica en ella, no existe.

Ciertamente, no estamos afirmando que Rosell esté interesado en inundar el país con prótesis caducadas. Estamos simplemente recordando sus propias palabras: «Tenemos las dos grandes partidas de gasto, que son la Sanidad y la Educación, que seguro que si estuviesen gestionadas por empresarios, con criterios empresariales, yo creo que podríamos sacar mucho más rendimiento y podríamos hacer cosas de mucha mejor manera  ¿Negará alguien que Traiber ha gestionado el asunto sin «criterios empresariales»?

Pero volvamos al asunto central. Siempre se dijo que los pactos o acuerdos –pacta sunt servanda--  eran extremadamente útiles para evitar una conflictividad que fuera innecesaria. Tras las palabras de los dirigentes empresariales, reconstruyendo el pacto salarial, emergerá la litigiosidad para que las llamadas recomendaciones no sean un cuento chino sino algo a cumplir a carta cabal.



martes, 12 de mayo de 2015

CC.OO. y su primer intento de ingresar en la CES


El otro día me dejé involuntariamente en el tintero otra de las características de Cipriano García, uno de los padres más representativos del nuevo movimiento obrero catalán y fundador de Comisiones Obreras: su europeísmo. Me fastidia no haberlo dejado sentado en  http://lopezbulla.blogspot.com.es/2015/05/cipriano-garcia-padre-fundador-de.html.  

 

Cipriano García venía insistiendo, siendo el “responsable” de la Coordinadora General de CC.OO. de España tras la detención en Pozuelo de Marcelino Camacho y sus compañeros, en oficializar nuestra petición de ingreso en la Confederación Europea de Sindicatos, fundada en 1973. Cipriano era consciente de las dificultades: de un lado, UGT lo vetaba y, de otro lado, los dirigentes de la CES tampoco estaban por la labor, hecha la excepción de los sindicalistas italianos. Por otra parte, Cipri había resistido la enorme presión que nos hacía la Federación Sindical Mundial, conformada especialmente por las organizaciones sindicales de matriz comunista, para que ingresáramos en ella. Toda una paradoja en un personaje que había mamado el comunismo desde su primera juventud y, además, miembro de las direcciones del PSUC y del PCE.  

 

A principios de 1974 nos reunimos el secretariado de CC.OO. de Catalunya. Allí discutimos la propuesta de Cipriano: hacer una visita a la sede de la CES, en Bruselas, para pedir oficialmente el ingreso de Comisiones Obreras en el sindicato europeo. Dicho y hecho: la delegación la componíamos Tono Lucchetti y un servidor. Lucchetti pasó legalmente la frontera con su coche, un legendario Citröen dos caballos; un servidor en tren con un pasaporte más falso que Judas. En Bruselas nos entrevistamos con altos dirigentes de la CES que nos dieron largas; tan largas fueron que sólo se produjo el ingreso muchos años después, bajo el primer mandato de Antonio Gutiérrez.  

 

En realidad la mayoría de organizaciones europeas eran partidarias de nuestro ingreso en la CES. No así la DGB que, poderosamente influenciada por la UGT y recelosa de nuestro comunismo no tenía ningún interés en ello. Ni siquiera bastó la actitud positiva de las Trade Unions inglesas ni la influencia del sindicalismo italiano. Cipriano lo sabía, pero no podía dejar de intentar poner, nunca mejor dicho, una pica en Flandes.

 

Lo que siempre me resultó chocante es que en los libros y documentos de los grupos dirigentes confederales nunca se hizo mención a la idea de Cipriano García. Un servidor siempre insistió en ello, fracasé siempre en mi intento de que se le reconociera que el primer intento fue cosa de Cipriano.

 

Nota bene:  esta entrada tiene un doble interés. Por un lado, dejar sentado quién fue el pionero de la relación entre Comisiones Obreras y la CES; por otro lado, molestar a quienes se han empeñado en silenciarlo, sabiendo de antemano que, tal vez, seguirán dando la callada por respuesta.   

 


 

miércoles, 6 de mayo de 2015

Cipriano García, padre fundador de Comisiones Obreras

Nota bene.— Próximamente se conmemorará el veinte aniversario de la muerte de Cipriano García. CC.OO. de Catalunya prepara para el día 18 de este mes un acto de homenaje y recordatorio de su figura. A continuación expongo aquí el primer redactado de mi intervención en dicho acto. Es un borrador para amigos con la idea de perfilar mejor mi participación en tal acontecimiento.

José Luis López Bulla


Primer tranco


De la «clase probable» a la «clase movilizada»


La generación fundadora de Comisiones significó una gran transformación en los movimientos sociales europeos a mediados de los años sesenta. Esta transformación ha sido, a mi entender, la más importante del sindicalismo antes de las que se operaron tras el otoño caliente en Italia, en Inglaterra con la de los shop  stewards o en Polonia con Solidarnösc. Cipriano García fue una de las personas más representativas de aquella generación.

Los rasgos esenciales de aquella generación fueron los siguientes: a) puso en marcha un movimiento de trabajadores abierto en las empresas –esto es, no clandestino— en plena represión de la dictadura franquista, que aprovechó las posibilidades e instrumentos de aquella ´legalidad´  combinándola con formas paralegales y extralegales; b) el centro de decisión del conflicto era la asamblea de todos los trabajadores; c) esta unidad social de masas se correspondía con la naturaleza unitaria de aquella generación, que no hacía distingos políticos ni confesiones religiosas; d) en esa praxis unitaria está el germen de la búsqueda tendencial de la independencia sindical, no sin altibajos, de ese sujeto social nuevo, al que no dudamos en calificar de «acontecimiento».   

Digamos que estos rasgos esenciales no eran el resultado de unos planteamientos teóricos sino de una praxis asumida con naturalidad. Estos rasgos explican la génesis de aquel movimiento que se traduce en convertir la «clase probable» en «clase movilizada», una categoría de la que habló en su día Pierre Bordieu.  El secreto de aquel acontecimiento fue situar la acción colectiva en el centro de trabajo y estudio: el bidón, el andamio y el pupitre, como dije en cierta ocasión. Esa fue la ortopraxis de las nacientes comisiones obreras, así en minúsculas todavía. El comisionado era el dirigente real y formal, elegido participativamente en la asamblea. 

Los comunistas y el nuevo movimiento obrero

Que Cipriano García fuera un destacado dirigente del comunismo español, al igual que su querido compañero Ángel Rozas, nos vuelve a proponer la necesidad de revisitar las relaciones entre el PSUC, el PCE y Comisiones Obreras. En primer lugar, es obligado decir que la insurgencia de Comisiones fue el resultado de una práctica original, propia de los trabajadores en las principales empresas fordistas del país. En esos momentos, los dirigentes comunistas de ese movimiento de trabajadores tenían, por así decirlo, una doble  actividad: de un lado, en una organización clandestina, la Oposición Sindical Obrera, que –para decirlo coloquialmente--  eran cuatro y el cabo; de otro lado, en esas nacientes comisiones obreras. Las charlas con el maestro Ángel Rozas son un rico testimonio de esa militancia bífida.

Cipriano García --y aquella generación— entendieron, en un momento dado, que aquella «clase movilizada» ya no cabe en la Oposición Sindical Obrera que, por lo demás, poco o nada tenía que ver con aquel movimiento de trabajadores. La primera consideración es: supo romper con aquel cachivache, la OSO, y volcarse en el estímulo de lo nuevo, poniéndose a la cabeza de lo que tendencialmente era un movimiento unitario, de masas, y para ello debía ser abierto, no clandestino.

Nadie podrá reprochar al comunismo español que teorizara e, incluso, interviniera en lo que estaba sucediendo en esos primeros andares de aquel movimiento de trabajadores. Que le propusiera una teoría y le prestara lo mejor de su intendencia. Lo supieran o no estaba haciendo algo similar a lo que pusieron en marcha Giuseppe Di Vittorio en Italia años atrás en tiempos de la lucha contra Mussolini. Tampoco nadie podrá reprochar al PSUC que inspirase a Comisiones Obreras lo que en su día llamamos la cuestión nacional de Cataluña. Sin ningún género de dudas fue nuestro Cipri quien más y mejor se empeñó en ello, y quien más visiblemente se enfrentó a otras componentes de Comisiones Obreras que tenían una posición radicalmente contraria.

La historia antigua de Comisiones Obreras está marcada por diversas fases en las relaciones entre el partido y el sujeto Comisiones, que coinciden con la presencia activa de Cipriano García: 1) una fase inicial de tutela por parte del comunismo español, 2) un periodo de búsqueda de la independencia sindical, y 3) de la asunción plena de dicha independencia. Digamos, pues, que hay un primer Cipriano que ve, como cosa natural –y sin ni siquiera planteárselo--  esa relación de tutela y cordón umbilical; y, a la vez, un segundo Cipriano que va compartiendo la necesidad de, al principio, una resituación de ese problema y, después, una solución definitiva basada en la mutua independencia de ambos sujetos, el político y el social.
De hecho, podríamos decir que fueron los dirigentes sindicales de militancia comunista quienes más utilizaron su  influencia en el partido para romper aquella prótesis de la correa de transmisión. Digamos que tres cuartos de lo mismo ocurrió con líderes como Marcelino y Nicolás Sartorius, al igual que lo hicieran Di Vittorio, Lama y Trentin en Italia.

En todo caso, parece oportuno plantear lo siguiente: a medida que Comisiones Obreras avanza en su planteamiento de ser sindicato --algo relativamente tardío y nunca suficientemente claro hasta poco antes de la legalidad— va apareciendo con más claridad la necesidad de ser un sujeto independiente. Esa tendencial búsqueda de la independencia es, en buena medida, la consecuencia de observar que las ventajas aparentes de la dependencia del comunismo español son menores que la independencia. Lo que no representa desdoro alguno para el PSUC ni para el PCE. Lo que explicaría que la opción de UGT por escaparse del PSOE es mucho más tardía, también porque no es igual ser independiente de un partido menor que de una organización, en aquellos tiempos tan poderosa, como el PSOE.  

Cambiando de tercio, me interesa traer a colación algo referente a Cipriano del que se ha hablado poco. Un año antes de la famosa asamblea de Barcelona de Comisiones Obreras de toda España, en el verano de 1976, Cipriano fue insistiendo en la necesidad de proceder ordenada, pero rápidamente a la transformación de aquel movimiento de trabajadores en sindicato. UGT estaba apareciendo de manera abierta y la patronal se estaba estructurando: nosotros seguíamos deshojando la margarita. Tampoco lo hicimos en la asamblea de Barcelona que concluyó con gran ambigüedad. Lo tuvimos que hacer en el otoño de una manera casi vergonzante y un tanto administrativamente. Cipriano estaba que se le subían los demonios. Con toda la razón del mundo.

Por otra parte,  poco se ha hablado del impulso que dio personalmente al cambio generacional en la dirección del grupo dirigente. Con cincuenta años de edad nos empujó –más bien nos obligó-- a un grupo de veinteañeros a asumir la dirección de Comisiones Obreras de Cataluña. Nunca nos sentimos vigilados; es más, cuando le reclamábamos el consejo nos repetía: «volad, volad con vuestras alas».


Segundo tranco


La situación ha cambiado radicalmente desde, podríamos decir, los tiempos de Cipriano García.  Hoy, lo sabemos bien, nos encontramos en un paradigma radicalmente distinto: el de la reestructuración—innovación de los aparatos productivos y de servicios en el cuadro de esta globalización asimétrica, presidida por el capitalismo financiero. Nos parecen claros los objetivos: generar una nueva acumulación capitalista. Para lo cual le sobran los poderes,  controles y derechos, los sujetos críticos y todas las interferencias que suponen para lo anterior los sistemas públicos de protección. En suma, los elementos básicos de la democracia. De ahí que se esté consolidando el proceso de subordinación de la política a la economía y a los intereses de los grandes capitales especulativos, desapareciendo –al menos en nuestro país— los espacios de la autonomía de la política.  

Si todo ha cambiado (y ese cambio no ha hecho más que empezar) en el centro de trabajo, en la relación entre centro de trabajo y territorio vale la pena prestar algo más que atención a las palabras de Ignacio Fernández Toxo: «Si el sindicato no se reinventa se lo llevará el viento de la historia por delante». A decir verdad, un servidor nunca ha oído unas palabras tan valientes y certeras en el sindicato. Salvando las distancias ese llamamiento me recuerda lo que Cipriano hubiera dicho con relación a la Oposición Sindical Obrera: «Esto no pita». Dicho y hecho: se pusieron manos a la obra y arrimaron el hombro a la novedad de aquellas comisiones obreras que ellos mismos iban creando.

Ahora bien, hay una enemistad a esta gran operación que propone Toxo. Él mismo ha señalado: «No podemos seguir haciendo lo mismo para conseguir los mismos resultados». Unas palabras que podrían haber sido suscritas por la generación fundadora de Comisiones Obreras en aquellos tiempos lejanos. Entiendo, por otra parte, que lo que plantea Toxo no está  bien acompañado. Diré sin protocolo que apenas si se producen voces de apoyo concreto y con hechos concretos al planteamiento del secretario general de la Confederación. Por otra parte, me ha producido una cierta perplejidad lo manifestado por un dirigente confederal que ha afirmado que «el sindicato necesita un cambio de imagen». No es que sea, como lo es, una banalidad; es que un cambio de imagen no garantiza absolutamente nada. Como tampoco darle a la casa una mano de pintura. Así pues, es la hora de hincarle el diente a la propuesta de Toxo.

Para una pormenorización –tanto de los argumentos como de las propuestas concretas--  yo sugeriría lo que he expuesto en La parábola del sindicato (http://lopezbulla.blogspot.com.es/2014/09/la-parabola-del-sindicato.html) que, resumido al máximo, se concretaría en lo siguiente:

n        La conversión del sindicato en un sujeto «de clase y global»;
n        La asunción de que estamos en un nuevo paradigma del capitalismo al que hay que seguir combatiendo;
n        La adecuación de la representación en el centro de trabajo sobre la base de que el sindicato sea el sujeto principal;
n        El establecimiento de normas para ejercer la participación y, entre ellas, que cada convenio o acto contractual sea el resultado de prácticas referendarias;
n        El Código de autorregulación de la huelga en los sectores esenciales de la comunidad;
n        …  y las que se verá en el mencionado estudio de La parábola.

Sea como fuere, el caso es que cada tiempo que pase sin entrar de lleno en el planteamiento de Toxo es una considerable pérdida de tiempo. Y de poder sindical.  



domingo, 3 de mayo de 2015

Podemos y los intelectuales



He leído con cierta perplejidad las declaraciones de Pablo Iglesias El Joven con relación a la espantá de Juan Carlos Monedero. Me han sonado a dejá vu. A algo tan antiguo como las relaciones entre la política y los intelectuales.

Primero.-- Veamos, Monedero deja los órganos de dirección de Podemos; a continuación expone los motivos que –incluso leídos superficialmente— son un cogotazo en toda la regla al grupo dirigente. Sobre el carácter de estas declaraciones no puedo pronunciarme: sencillamente no tengo información al respecto,  aunque me intriga que Monedero no haya sido más elegante, esperando que por lo menos pasara la primera etapa del proceso electoral, las municipales. En todo caso, esta decisión (y la oportunidad de la misma) son cosa que no me corresponde valorar. Por otra parte, sí me parece llamativo que Iglesias haya aceptado la dimisión tan raudo como una centella. Según parece, ni siquiera ha habido un «Oye, Juan Carlos: vamos a hablar tranquilamente». Lo que tampoco, a decir verdad, me corresponde valorar.

Lo que sí me importa –mejor dicho: me inquieta--  es el argumento del joven Pablo Iglesias. Que, salvando las distancias, me recuerda al famoso «intelectuales con cabeza de chorlito», que en cierta ocasión una gran dama de la izquierda, Dolores Ibárruri, endiñó a Fernando Claudín y Jorge Semprún. La explicación que nos ha dado Iglesias es que «Quizás Juan Carlos no es un hombre de partido». Tal vez no lo sea, pero –con tan bombástico argumento--  nos quedamos a dos velas, especialmente porque Iglesias no ha dado respuesta a los dardos directos de quien tal vez «no es un hombre de partido», explícitamente ligada a su condición de intelectual.  En todo caso, entiendo yo que estaba obligado a responder a los pescozones que, con mayor o menor elegancia, Monedero propina en su carta de despedida del Parnaso. En primer lugar, por obligada cortesía al remitente y, en segundo lugar, como clarificación a sus parciales. Más todavía, nos hemos quedado a la Luna de Valencia en todo lo atinente a la vieja relación entre medios y fines que sutilmente dejar caer Monedero.

Segundo.-- El debate que se libra en el interior de Podemos tiene una gran importancia. Es lógico que, en toda organización política y social, aparezcan estas discusiones que lógicamente nunca fueron resueltas. Es un debate que va más allá de la relación entre los intelectuales y los «hombres de partido». Y más lógico es, todavía, que aparezcan en una formación nueva que reclama para sí una profunda discontinuidad con los partidos de toda la vida. Que lo sea o no es ya harina de otro costal. Sin embargo, la manera de cerrar la crisis por parte de Iglesias tiene no pocas semejanzas con los viejos estilos de los partidos tradicionales, especialmente algunos de izquierdas. Con la notable diferencia de que la respuesta oficial del primer dirigente de Podemos –echa la salvedad de los hombres de partido--  ha sido no sólo cordial sino afectuosa al «querido amigo Juan Carlos».

En todo caso, vaga por la atmósfera qué se quiere decir exactamente con eso de «los hombres de partido». ¿Se refiere al militante o dirigente de espíritu berroqueño –de piedra picada, dicho en castizo--  que acomoda su cerebro con la fe del carbonero a lo que dicta el partido? ¿Es el militante que es pensado por la dirección y, por lo tanto, es una persona demediada al renunciar a darle vueltas a su propia cabeza?

Pablo Iglesias el Joven ha recurrido a un viejo constructo: los hombres de partido. Y comoquiera que reserva la condición de intelectual a Monedero (frente a la de los hombres de partido) vuelve a traer a colación la antigua tensión entre intelectuales y partido. Que en los tiempos actuales –profesionalización superior de los políticos, poderes discrecionales del líder del partido, subordinación de la militancia «como servidumbre voluntaria», entre otros— adquiere otra dimensión.

Por lo demás, no es menos chocante que Pablo Iglesias utilice la expresión «intelectual» de una manera que repugnaría a Antonio Gramsci, esto es, referida solamente al «académico». Sabido es que Gramsci se refiere al partido como un «intelectual orgánico», luego sus militantes –académicos o no--  son por extensión intelectuales. Cuestión diferente es si Podemos, dicho gramscianamente, es un intelectual colectivo o no. Pero esto es algo que me sobrepasa.  

Sea como fuere, lo que no es de recibo es la majadería de Artur Mas que –refiriéndose a lo que estamos comentando--  ha declarado que los de Podemos «se pelean como monas». Por lo que se ve, su pugna con Duran es un juego de inocentes pizpirigañas. 


jueves, 30 de abril de 2015

Las filtraciones y la censura: una experiencia personal




El gobierno del Partido Popular ha recuperado una idea que ya le rondaba por la cabeza al anterior ministro de Justicia. El nuevo titular del ramo ha planteado que, para evitar las filtraciones periodísticas, debe volverse a la censura. Si este caballero hubiera estudiado una pizca de Física sabría perfectamente que una cosa es el grito y otra, muy distinta, el eco. O sea, no hay eco o resonancia si no existe un sonido previo. Naturalmente, tras este nuevo graznido, el ministro del ramo –interpelado inamistosamente--  intenta matizar lo dicho con un clarificador «que si patatín, que si patatán», que deja las cosas todavía más oscuras. Estamos, sin embargo, ante otro nuevo brindis al Sol, aunque tal vez el tan repetido ministro del ramo no sepa en qué barrizal se ha metido. Por otra parte, han pasado casi desapercibidas las palabras del caballero cuando afirma que es muy difícil controlar lo que sale de los funcionarios de los juzgados. Lo que dicho así, sin pruebas, es mucho decir.  

Vayamos por partes: una cosa es la filtración periodística y otra cosa es su publicación. Dispensen la obviedad: lo que no se filtra no aparece en los medios. Lo que viene a cuento por lo siguiente: cada cual puede juzgar la naturaleza y el interés de la filtración. Pero lo que está fuera de duda es que la publicación de la noticia –filtrada o no--  forma parte del universo de la libertad de información, una pieza clave en los ordenamientos democráticos.

¿Ha caído en la cuenta el ministro del ramo que una parte importante de las filtraciones periodísticas vienen de la política y, en la parte que le corresponda, de sus propios conmilitones de partido? Dos situaciones me vienen a la mollera. Una reciente, la otra es personal.

La reciente: comoquiera que, el ministro del ramo ha hecho tan inadmisibles declaraciones en torno al caso de Rodrigo Rato, ¿es un desatino pensar que, en ese caso, la filtración es extraña a una parte del gobierno y a sus propias franquicias?  

La personal: siendo un servidor diputado al Parlament de Catalunya filtré a destajo lo que me pareció conveniente. O bien lo declaré a pecho descubierto sin el antifaz del anonimato. Me refiero a dos pocilgas cuya responsabilidad apuntaba directamente al Govern de Jordi Pujol, siendo Conseller en cap el mismísimo Artur Mas. Me refiero a los casos Payarols y la Maison de la Catalogne. El primero afectaba a Unió Democràtica de Catalunya, el segundo a Convergència Democràtica de Catalunya. Recordemos, el primero es el partido del contorsionista Duran i Lleida; el segundo es el de Artur Mas.


Comoquiera que ya estoy harto de guardar esos secretos en la alacena de mi memoria, diré que fue un diputado de Uniò quien me filtró los enjuagues de la corrupción convergente en torno a la Maison de la Catalogne; a este diputado le puse como sobrenombre “Arroz amargo”. Y, al revés, fue un diputado de CDC quien hizo lo mismo sobre el lodazal que se traían entre manos los democristianos de Duran en el caso Pallerols.  Vale la pena decir que, en el caso Pallerols, se le cayó el pelo a Uniò; en el otro caso, los convergentes se salieron de rositas. En suma, tuve conocimiento directo de lo que representa el llamado «fuego amigo» entre compadres de la misma coalición. Hasta tal punto me hice experto en estos asuntos que estoy pensando en poner una escuela particular de Filtrología para procurarme una ayudica pecuniaria que corrija mi modesta pensión de jubilado.  

miércoles, 29 de abril de 2015

Artur Mas no es una persona de fiar





Artur Mas no es una persona de fiar. Después de verse obligado a aceptar el «derecho a decidir». Al principio lo hizo a regañadientes y, posteriormente, lo sobó magistralmente cuando vio la oportunidad de que dicho constructo taponara su política de recortes, pionera en España, y los sonados casos de corrupción de su partido Convergencia Democràtica de Catalunya. Esto, ya de por sí, le sitúa en el archipiélago de personas en las que no se debe confiar. Si fuera chef de cocina nos daría gato por liebre.

Después de tantas mangas y capirotes, Artur Mas usa y abusa del derecho a decidir hasta la extenuación. Sin embargo, por las razones que sea este caballero da un giro y, desparpajadamente, se saca de la chistera un conejo en un plató de televisión. La independencia de Catalunya puede determinarse por «una mayoría absoluta de diputados, no necesariamente de votos» (1).

El salto de la liebre no es irrelevante: se ha cambiado de sopetón el escenario que decide una cuestión de tanta trascendencia como lo es la independencia de Cataluña. De sopetón y sin dar explicación alguna. También por ello Artur Mas no es persona de fiar. ¿Tendrá el caballero información de que el plebiscito que tenía en la cabeza le resultaría un fiasco? A falta de explicaciones caben las especulaciones. Y puestos a ello –a especular por todo lo alto--  podríamos decirle al caballero Artur: «No puedes destrozar nada en lo grande y la emprendes entonces con lo chico», una rotunda frase cuya autoría es suficientemente conocida por los lectores de toda condición.  O sea, de «lo  grande» --la opinión del conjunto de la ciudadanía— queda dislocada en las piruetas del juego parlamentario, «lo chico». También por eso, el proponente del nuevo meandro de la política catalana, Artur Mas, no es una persona de fiar.

Finalmente, tal como lo ha entendido y gobernado Artur Mas, «el procés» ha sido realmente una logomaquia, una pugna de palabras, que ofrecían un trampantojo (la independencia) con la idea de cooptar a amplios sectores de la ciudadanía organizada a sus políticas económicas. O para que no importunaran en demasía. Lástima que no se dieran cuenta, a tiempo, de que este caballero no es una persona de fiar.


Última noticia. Dispensen que cambie de tercio, pero no me resisto a ello, dada su importancia. El Tribunal Superior de Justicia de Aragón ha decidido suspender cautelarmente la decisión de la Junta electoral de Teruel que había prohibido el lema de la manifestación del Primero de Mayo y las movilizaciones del 30 de abril.  ¿Se acuerdan:   Última hora, atentado contra la democracia en Teruel? 


   


martes, 28 de abril de 2015

Una propuesta del PSOE: ¿Quién debe negociar en el centro de trabajo?



«El PSOE es partidario de modificar el actual esquema de la negociación colectiva para que sean los sindicatos los que asuman la tarea de acordar los convenios con la dirección, en vez de que lo hagan los comités de empresa, como viene ocurriendo desde hace 30 años», informa El Mundo http://www.elmundo.es/economia/2015/04/28/553f79a722601d1b0b8b456e.html.

He repetido en más de una ocasión que soy partidario decidido de que el sindicato asuma en la empresa todas las responsabilidades de los comités. Sin embargo, con la misma claridad afirmo que tan importante operación no se puede hacer a palo seco y por vía legislativa si no hay antes un planteamiento en dicha dirección por parte del sindicalismo confederal. Esto es, un protocolo unitario que como mínimo debería estipular: ¿cómo se conforma la comisión negociadora? ¿qué tipo de quórums se necesita para firmar el convenio y para, si procede, las convocatorias y desconvocatorias de la huelga? Y las que hubiere de menester. Lo que requiere un amplísimo debate en todos los recovecos del sindicalismo.

Las cosas hay que hacerlas bien, con tacto y delicadeza. Y en este caso todavía más. Porque lo importante de este proceso es, por supuesto, el resultado, y dentro de él el trayecto y el proyecto. Una cosa de esta envergadura no se puede resolver, por tanto, de una manera del aquí te pillo, aquí te mato, de manera administrativa.

No tengo la menor duda: de esto seguiremos hablando.      



miércoles, 22 de abril de 2015

Ada Colau y Marcelino Camacho




Ada Colau tiene una cara suficientemente conocida entre la ciudadanía. Lleva años saliendo en los medios comunicando con pasión controlada y punto de vista fundamentado con una pizca de agradable picardía. Es, además, una cara que seduce no sólo a sus parciales. Y por encima de todo, incluso en la polémica más áspera, nunca pierde los papeles. Por eso me ha parecido que la inclusión de su rostro en la papeleta electoral es un ejemplo de innecesaria sobredimensión de su figura. Es innecesaria tanto estética como mediáticamente. Ada Colau no necesita ningún tipo de postizos.

Esa sobredimensión corre un peligro: su deslizamiento al culto a la personalidad con todos los riesgos que conlleva. El culto a la personalidad que, (cuando se da) es distinto a la estima y respeto a quien dirige, no es cosa que aparezca de improviso, sino como acumulación de detalles inducidos “por arriba” y gestos de admiración desatada y acrítica desde abajo. Que, en un principio, parecen incomodar al líder, pero que mutatis mutandi acaban por envolverlo: finalmente el líder acaba auto encumbrándose y auto legitimándose. El líder, pasado un tiempo, considera como cosa natural  que dicho «culto» le es debido.

Ada Colau debe estar vigilante, pues la macha hacia el ensalzamiento se produce, primero, de manera lábil y, después, vertiginosamente. Metafóricamente hablando: se pasa de la foto en la papeleta electoral a erigirse una estatua en vida. Ni de lo uno ni de lo otro tiene necesidad Ada Colau. Es más, me atrevería a decir que poner el acento en la participación, activa e inteligente, ciudadana se da de bruces con el tendencial culto a la personalidad que, como germen, denota la foto en la papeleta. Incluso podría decirse que a mayor culto a la personalidad, mayor es la distancia entre el personaje y sus ahinojados. 

Siempre sospeché que el culto a la personalidad no respondía a un afecto personal de la gente con su líder, sino de una especie de temor y admiración. Quien dirige, cuando es sentimentalmente querido, admirado y respetado, no acaba provocando el culto a la personalidad. Pondré un ejemplo que me es muy cercano: Marcelino Camacho.

Era imposible caminar con Marcelino por Barcelona, pues cada dos por tres se le acercaban no pocas personas  para saludarle e incluso “tocarle”. Era el afecto personificado, la admiración y el respeto. Era una curiosa cercanía de quienes nunca habían compartido proximidad física con él. Y es que Marcelino era fundamentalmente querido. Ni quería el culto a la personalidad ni le hubiera gustado. Recuérdenlo los asesores de la Colau y sépalo ella también.       

Dicho lo cual, me pregunto si no estoy sacando las cosas de quicio. O si con los años se me va acumulando, cada trienio que pasa, una arroba de pejiguería

lunes, 20 de abril de 2015

Sindicato, ¿estás al tanto de esto?



Nos hemos enterado de la huelga del personal de la Oficina Europea de Patentes (EPO en sus siglas en inglés) solamente a través del artículo de Miguel Ángel Noceda, publicado en las páginas sepia de El País, La ´oficina feliz´  se va a la huelga (1).  Si el inquieto lector gusta leerlo tendrá una información detallada de esta huelga y, sin lugar a dudas, coincidirá con un servidor en: la importancia de esta acción colectiva, las enseñanzas que depara y las reflexiones que proporciona al sindicalismo confederal. Es de esas movilizaciones que debería provocar ríos de tinta y comentarios al por mayor. Veremos si es así.

El EPO es el organismo del que dependen todas las patentes europeas, cuenta con unos siete mil empleados, de varias nacionalidades europeas, altamente cualificados y bien remunerados, que cobran de media 5.000 euros mensuales y cuentan con ventajas médicas y familiares. Que en una empresa de este tipo, cuyo objetivo entre otros es favorecer la investigación e innovación tecnológica, hubiera en su día un colectivo que se planteó fundar un sindicato es algo que rompe todos los tópicos al uso. Al sindicato mayoritario (SUEPO), según nos informa Noceda, está afiliado la mitad de la plantilla en los centros de trabajo de Munich, Berlin, La Haya y Viena. De donde podemos afirmar que la tasa de afiliación es elevada.

La dirección de la empresa nunca vio con buenos ojos el asociacionismo sindical. El hecho en sí ya era suficiente reproche a los nuevos aires. Les resultaba incomprensible que en esta Arcadia feliz estuviera presente un sindicato. Y empezaron las provocaciones: se tomaron medidas al margen y contra los empleados. El sindicato, así las cosas, denuncia a la empresa por: «haber cambiado las reglas y de hacer “imposible” contestar internamente una decisión. La retahíla de acusaciones que se han ido acumulando durante su mandato es muy larga y notable: rechazo a reconocer a los representantes de los sindicatos como legítimos interlocutores y propuesta de cambios en la estructura de los representantes de la plantilla; instalación de filtros para bloquear el correo interno; censura de las publicaciones internas; introducción de reglas para que un empleado pueda ser investigado sin necesidad de ser avisado previamente; cambio en las reglas para convocar huelgas, de manera que ahora requiere una petición al presidente firmada por al menos el 10% de los trabajadores y una participación mínima del 40% para que haya quorum.

» Además, los sindicatos acusan a la empresa de no haber permitido realizar una investigación sobre las causas del suicidio de un trabajador en su puesto de trabajo y de apartar a los miembros del staff que sugirieron una responsabilidad de la dirección en dicho suicidio. Y añaden que sistemáticamente rechaza seguir las recomendaciones del Comité Interno de Reclamaciones». La génesis y evolución de ese conflicto daría pié a investigar de qué manera se ha operado en ese colectivo el salto, en palabras de Pierre Bordieu, de «clase probable» a «clase movilizada».  Algo realmente apasionante.  

Entre otras muchas enseñanzas, esta experiencia nos dice que no hay territorio alguno que esté vedado al desarrollo de la acción colectiva que representa el sindicato. Que las altas categorías profesionales del mundo de la técnica y el conocimiento pueden ser sujetos que funden asociaciones sindicales y enfrentarse decididamente a sus contrapartes. Asociaciones sindicales, que como en este caso, son mayoritarias en el centro de trabajo y no meros grupúsculos. De donde –se le antoja a un servidor--  el sindicalismo confederal precisa una reflexión puesta al día del por qué de sus limitaciones en estos colectivos asalariados de alto estatus. ¿No es este, también, un elemento, y de primer orden, para el sindicato que dice querer refundarse?



sábado, 18 de abril de 2015

La contumaz ilegalidad del Partido Popular



Les sugiero que lean atentamente el artículo que ha publicado el eminente jurista sevillano don Javier Pérez Royo en El País con fecha de hoy, Preguntas para el fiscal general (1).  A buen seguro que no quedarán defraudados.


Hace tiempo que vengo dándole vueltas al asunto que plantea Pérez Royo. Pues bien, todo lo que se me ocurría era considerado como una estridencia. Alguien, con fama de echao p´ alante llegó a echarme en cara que estaba planteando una especie de hágase justicia y explote el mundo.  O, lo que es lo mismo, que mi remedio era peor que la enfermedad. Y es que los autodidactas tenemos la tendencia de meternos en camisa de once varas y, ocasionalmente, fabricar disparates. Pero viene el profesor Pérez Royo, que tiene merecida fama de temperado, y restituye mi autoestima. Y no se anda con gaitas: «El partido que utilice medios tipificados como delito es ilegal y debería cancelarse su inscripción en el registro». ¿Se trata de una propuesta radical? Respuesta: es la coherencia de la lógica jurídica entre el quebranto de la ley y lo que establece la norma, en este caso, la Constitución y la mismísima Ley de Partidos políticos.

Ahora bien, resarcidas mis inquietudes por la doctrina Pérez Royo, me interesa tirar el hilo de ese descomunal ovillo. Bien está que se aplique la ley al Partido Popular, pero es preciso escarbar todavía más en ello. Si se demostraran las acusaciones del Juez Ruz acerca de la ilegalidad de la financiación del mencionado partido, ¿en qué situación quedan los resultados de las elecciones que, desde esa ilegalidad, dieron la victoria al partido? ¿podemos considerar legales la composición de los parlamentos, sus leyes y disposiciones de todo tipo? No hay duda que se trata de filosofía moral. Pero, ante todo y sobre todo, es una cuestión que vincula los medios ilegales utilizados para las diversas contiendas electorales y las disposiciones que, desde esa ilegalidad, se pusieron en marcha. Repito, es un problema moral y, sobre todo, de coherencia de la legalidad democrática, que ha sido conculcada ab initio. En esa tesitura todo lo que ha hecho el Partido popular es ilegal. Incluso si hubiera legislado que el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos.




miércoles, 15 de abril de 2015

Repican las campanas en honor de la plantilla de Coca Cola



Siempre he sostenido que el sindicalismo se escribe en prosa. Ahora bien, hay momentos en que su acción colectiva es una canción de gesta. Es la que han escrito las personas en lucha de Coca Cola desde hace ya mucho tiempo. Al final –esperemos que sea el final--  la Justicia ha hablado dando la razón a los trabajadores y trabajadoras de la empresa. Lo que en un principio parecía una posibilidad se ha convertido en una certeza: era posible ganar. Y no a una empresa de tres al cuarto sino a una potente y altanera transnacional, una de las más importantes de la economía-mundo.

Me han impresionado los tres rasgos fundamentales de esta acción colectiva a lo largo de su itinerario: a) la unidad de los trabajadores, que b) llevó en su momento sus planteamientos a la ciudadanía, y c) la fecunda relación con los aparatos jurídicos del sindicato.  

Sin la unidad de la plantilla no se hubiera dado la reacción solidaria de la ciudadanía con el boicot a la coca cola, al menos en la extensa proporción en que se dio. Y sin la unidad de la plantilla ese eminente jurista que es don Enrique Lillo no hubiera tenido tanta fuerza.

Pregunto: ¿qué reflexiones serenas y de hondo calado merece el largo recorrido de esta movilización contra una de las transnacionales más potentes en estos tiempos de resistencia? ¿qué entusiasmo razonado puede provocar en los sindicalistas que, en estos últimos tiempos, han tenido que hacer de tripas corazón? ¿qué ánimos tienen ahora dichos sindicalistas que han visto cómo estar a la ofensiva frente a la fortaleza asediada de la transnacional ha conseguido una victoria de la que se hablará durante mucho tiempo?

Más preguntas: ¿será capaz el sindicato de metabolizar el resultado de esta acción colectiva, traduciéndolo en organizar una nueva confianza del conjunto asalariado que, hablando en plata, se refiera a un incremento de la afiliación? Una afiliación ligada a un acontecimiento concreto, de eficacia, de saber hacer, de conexión directa del sindicato con los trabajadores. Ya lo dijo en su día aquel sindicalista nonagenario, Vittorio Foa: «Para que los trabajadores tengan confianza en el sindicato, éste debe tener confianza en los trabajadores». Que podría ser el broche de esta canción de gesta.


Un recado particular a Enrique Lillo: no te precipites en saltarte a la torera las recomendaciones del médico. La victoria de los trabajadores no te autoriza a que te des el alta. Esa decisión no corresponde al mundo del derecho sino al de la medicina.     

La huelga de Movistar



La huelga de técnicos de Movistar ha sido seguida atentamente por Eddy Sánchez, que nos ha dejado un testimonio escrito del mayor interés (1). Se trata de una huelga que afecta a 2.000 trabajadores que, surgida en Madrid, se ha ido extendiendo a otras provincias y a diversas contratas de otros lugares. Eddy Sánchez nos informa de las durísimas condiciones de estos asalariados y del surgimiento de la acción colectiva. Vamos a poner el acento en esa palabra, «colectiva», pues no han sido pocos los que han teorizado la casi imposibilidad de que, en estos sectores y estos trabajadores, ejercieran un conflicto de tales características. Así es que esta acción colectiva es, también, la demostración de que las innumerables dificultades nunca deben ser el punto de llegada sino el punto de partida.

El artículo de Eddy Sánchez era necesario por varios motivos: primero, por la escasísima información que ha llegado al conjunto de los trabajadores del país y a la opinión pública; porque, siendo normal, que una empresa tan potente como Movistar no estuviera interesada en que su conflicto apareciera en los medios, no parece lógico que el sindicalismo confederal haya hablado con tanta parquedad en el interior de la organización, especialmente cuando dichos empleados cuentan con poca tradición sindical y, dadas sus condiciones salariales y de trabajo,  necesitan un amplio apoyo y difusión de su conflicto, de su acción –repetimos--  colectiva. Más todavía, cuando el protagonismo de lo político da poco pie para airear los conflictos sociales. Me atrevo a sugerir que, con o sin repensamiento, con o sin refundación sindical, la solidaridad es un instrumento de primer orden y, tal vez en este caso de Movistar, no está a la altura que merece. Si no fuera así, retiro lo dicho y pido disculpas.

Lo que todavía no sabemos es lo siguiente: ¿de qué manera concreta surge el conflicto, qué formas concretas va tomando, que instrumentos concretos de organización y coordinación se ponen en marcha? En síntesis, ¿cómo se va transformando el silencio en indignación y, de aquí, de qué modo se pasa a la organización? Es decir, necesitamos la biografía pormenorizada de este conflicto.   

(1) La huelga de técnicos de Movistar y la irrupción del nuevo asalariado urbano