jueves, 24 de diciembre de 2015

De partidos políticos y coaliciones, de burocracias viejas y nuevas




En la foto, Bruno Rizzi



Esta no es una pregunta inocente: ¿dónde está el centro de la decisión en aquellas coaliciones políticas  que dan cobijo a un determinado número de partidos? ¿Está en los necesarios acuerdos por arriba –esto es, en las direcciones de los partidos que conforman dicha coalición— o en un lugar imprescindible, unitario, donde la decisión se toma autónomamente, esto es, en la asamblea? Una respuesta cauta podría ser: mientras se es coalición, no hay más remedio que tomar las decisiones (al menos, las importantes) como acuerdo de las cúpulas de sus componentes? La respuesta más audaz –no tiene que ser necesariamente  la más conveniente— sería: los acuerdos más importantes serían tomados en un consejo general o asamblea representativa de la coalición, mediante reglas escritas vinculantes.

En el primer caso, entiendo la cautela. Ahora bien, ¿durante cuánto tiempo? Porque, de no precisarlo con cierta aproximación política, la necesaria cautela se iría convirtiendo en una actividad rutinaria que se iría transformando en cabildeos y apaños cupulares sin vinculación alguna,  incluso con el activo de la militancia de cada grupo. No se trata de una abstracta tendencia a la burocratización de matriz weberiana sino el resultado de instalarse en lo acomodaticio y en la vida muelle que fatalmente se convierte en el verticalismo del líder. Dígase con claridad: también estas coaliciones tienen el riesgo a degradarse, a la burocratización. Sería una estupidez pensar que ellas están inmunizadas de ese virus. En cierto modo, Bruno Rizzi   (La burocratización del mundo, Península 1977) ya nos avisó que, en menos que canta un gallo, la burocratización se mete en el tuétano.  Por ejemplo, la propuesta de ayer mismo de Íñigo Errejón que inmediatamente ha hecho suya el mismísimo Pablo Iglesias: que una personalidad independiente forme gobierno. Es una miaja de burocratización, entendida ésta a como la concebía Rizzi.

 

Aunque esa posibilidad –la posibilidad de que una persona que no es diputado pueda ser presidente del gobierno-- está prevista en la Constitución, dicha por un alto dirigente de Podemos es un soberbio dislate. Es decir, después de toneladas de teoría sobre el empoderamiento de masas y, a pocas horas del cierre de los colegios electorales, Errejón y Pablo Iglesias ponen encima de la mesa tan extraña hortaliza. O sea, tres cuartos de lo mismo de lo que planteó Giorgio Napolitano que, finalmente, consiguió que Mario Tronti fuera investido presidente del gobierno italiano. Lo que motivó una fundada crítica de Podemos y otras fuerzas de izquierda.


La propuesta de la dirección de Podemos tiene además un cuarto de quilo de tecnocratismo, porque a las primeras de cambio, inmediatamente de un proceso de elecciones, hurta a la política de ser política y a los políticos de hacer política. Es como si los estudiantes de Matemáticas, ante la dificultad de resolver una ecuación diofántica, enviaran el problema a que lo resolviera el maestro armero.    

Postata. Estaría pensando en las Batuecas cuando puse Mario Tronti; es como me han indicado diversos amigos Mario Monti. Disculpen. 

miércoles, 23 de diciembre de 2015

¿La CUP versus Artur Mas?




La CUP sabe perfectamente que las propuestas económicas y sociales que le ha enviado Junts pel Sí para que Artur Mas sea investido president de la Generalitat no se van a cumplir. Junts pel Sí igualmente sabe que ella no lo cumplirá.  Los que han echado cuentas de una u otra familia también lo saben. Y sin embargo, la orden mendicante sigue sosteniendo que Artur Mas debe subir al primer peldaño del podio. La CUP, por su parte, sigue las enseñanzas del legendario sindicalista italiano Luciano Lama, un auténtico culo di ferro, que nunca fue el primero en romper cualquier negociación. Por lo demás, la CUP ya fue avisada cuando, en el segundo pleno del Parlament de Catalunya, Junts pel Sí se negó a tratar monográficamente el problemón de la pobreza.  Sorprendentemente, la CUP apoyó dicha negativa por entender que eso interfería sus negociaciones con Mas.

De todas formas, tengo para mí que estas negociaciones son un artificio al haberlas situado ambas formaciones políticas como la variable dependiente del procés soberanista por la independencia y no como un intento de  solución para paliar los gravísimos efectos de la crisis económica. Son, en esa lógica, una apariencia. Lo saben los viejos galápagos de Convergència (o como se llame ahora), pero no lo saben los polluelos de la CUP, aunque intuyen que, si no dan el brazo a torcer, podrían aparecer como el chivo expiatorio que ha mutilado el famoso procés.

Ahora bien, entiendo que este temor de la CUP es exagerado. Porque los costaleros de Artur Mas han menguado y están algo precarios de altavoces y resmas de papel. Este caballero tiene también su propia parábola descendente: los resultados de las recientes elecciones que, barrocamente se han disfrazado de éxito, lo demuestra a las claras. Y es que las Matemáticas tienen una razón con su estatuto epistemológico que la politiquería con su razón andrajosa no quiere conocer. Una conjetura, aunque sea la de Goldbach, no es un teorema.

Conclusión, así las cosas, si la CUP se pliega a la obcecación de Mas no tendrá ni siquiera la excusa de la bisoñez y podría ser que su futuro fuera incierto. Máxime cuando ha aparecido En Comú-Podem que no se anda con chiquitas.  



lunes, 21 de diciembre de 2015

Resultados electorales y sindicalismo confederal



Homenaje a Antifonte de Atenas


Primer tranco

Analistas de la más variada zoología racional intentarán darnos luz sobre lo ocurrido el día de ayer que, con el paso del tiempo, podrá ser famoso. Los dirigentes de los partidos con, poco o mucho mando real, se afanarán así mismo en la cuadratura del círculo mediante el método matemático de la exahución. De momento, dejemos que los responsables políticos consuman, según los casos, botellas de cava o de litines. Mientras tanto, sí estamos en condiciones de seguir la corriente a quienes han hablado de que se entra en un nuevo curso. Un servidor, no obstante, preferiría añadir un suave matiz que no desdice lo anterior: nos acostamos con el Tenorio, de Tirso de Molina y nos levantamos con el don Juan, según Zorrilla. Don Juan Tenorio sigue siendo el protagonista, pero el escenario, los segundones y los figurantes han cambiado.

El escenario, decimos, ha cambiado: ya no estamos en la tierra firme de las grandes mayorías sino que nos encontramos afortunadamente en el territorio ambiguo del equilibrio de debilidades. Que puede ser propenso para ciertas alquimias o para una sólida cultura del pacto. Un elemento ha aparecido con claridad: cada partido tradicional (de los dos grandes) tiene un competidor estratégico que le irá soplando en el cogote. Lo que podría traducirse en querellas por la disputa del espacio vecino o por la geometría de los pactos. Ya veremos qué movimientos se insinúan y, andando las semanas, cómo se van concretando.

Segundo tranco

En principio diría que este nuevo escenario parece favorecer al sindicalismo confederal. Cierto, siempre y cuando se coloque con la mayor sabiduría y su consecuente razón pragmática.

La experiencia nos dice que, en los años de mayorías absolutas, el sindicalismo confederal ha tenido no pocos problemas. Una de ellas, no irrelevante, ha sido el áspero choque entre la legitimidad de la autonomía sindical y la legitimidad institucional de la mayoría electoral. Que nunca maridaron adecuadamente. En esas condiciones el sindicalismo ha tenido no pocas dificultades. Y comoquiera que los partidos que tradicionalmente tuvieron una relación de (relativa) amistad con los sindicatos sólo hicieron política en las cumbres borrascosas de la Torre del Homenaje, el movimiento de los trabajadores tuvo las de no ganar en esas asperezas, el gallo de Morón fue perdiendo algunas de sus bellas plumas.

El nuevo escenario podría abrir nuevas expectativas. Siempre y cuando tome buena nota de que se ha producido una serie de cambios que también le afectan a él: el deseo indiciado por el cuerpo electoral de avanzar a grandes reformas (dignas de ese nombre)  no puede ser ajeno al sindicalismo confederal. Tanto si se da en el cuadro político como si éste, obviando aquel deseo indiciado, se encoje de hombros y vuelve a la molicie que caracterizó el viejo bipartidismo.

En resumidas cuentas, el sindicalismo confederal debe actuar como un sujeto propulsor de reformas tanto en el ecocentro de trabajo como fuera de él. En ese sentido, es la hora de la puesta al día de las relaciones laborales, de los contenidos de las prácticas contractuales, de la reforma de la representación y de la adormecida cuestión unitaria. Y aquí cabe, como anillo al dedo, la lúcida observación de Fernández Toxo, que vale más que nunca para la nueva situación:  «No podemos seguir haciendo lo mismo para conseguir los mismos resultados. Si el sindicato no se reinventa, el viento de la historia se lo llevará por delante».Pues sépase que, de cara al día de ayer, ha habido alguien que no ha seguido haciendo lo de siempre y, por eso, ha tenido su premio correspondiente.   


En consecuencia, el sindicalismo confederal tiene un enorme desafío pendiente: expresar su alteridad propositiva en el nuevo contexto. Ahora bien, lo que decimos es válido siempre y cuando convengamos que las cosas, tras el día de ayer, entran en otro curso. Entonces celebraremos adecuadamente el intento de la cuadratura del círculo del viejo Antifonte de Atenas. Si no es así, lo que hemos dicho no tiene sentido alguno.  

domingo, 20 de diciembre de 2015

Jarabe de Palo y su famoso “depende”: una crónica de la campaña




Un analista ha escrito que, durante la campaña electoral, se ha producido una «repolitización de masas». Un servidor, sin embargo, ha visto las cosas de una manera más sobria. Yo he notado que se ha producido una relación más directa con la política partidaria en ciertos sectores de la sociedad. El uso del concepto de repolitización me parece un tanto exagerado. Sin embargo, cabe la posibilidad de que yo mismo no haya sabido captar las novedades que, sin duda, se han producido en los últimos quince días.

Entiendo que esa relación más directa se ha notado en los escenarios, abarrotados por lo general, de los actos públicos, en las significativas audiencias televisivas de los debates (o lo que haya sido) entre los respectivos dirigentes de unos u otros partidos. Se diría que no sólo llenan los estados los líderes de los partidos que tradicionalmente gobernaron el país, también lo han hecho los llamados emergentes, y de qué manera. Esta noche sabremos cómo se traduce la prédica en trigo. Como diría Rafael El Gallo ante un circunspecto Ortega y Gasset «aquí hay gente pa tó».

Ahora bien, tanto si se ha producido esa repolitización o una relación más directa con la política partidaria estamos ante un hecho sociológico que, sin duda, será comentado con profusión. Pero en primer lugar nos encontramos ante algo que debe ser estudiado concienzudamente por las diversas formaciones políticas. En primer lugar, por quienes aprietan las espuelas camino de una nueva política. Lo decimos porque pueden caer en la tradicional molicie de, pasadas las elecciones, seguir con la modorra de la vieja política cupular. De que solo la acción política se hace en la Torre del Homenaje de las instituciones. A decir, verdad incluso los emergentes han prometido nuevas formas de participación en la cosa pública.

De las redes sociales poco hay que decir. Han vuelto a ser el patio de vecindones donde el personal se ha comportado como auténticos hoolingans de sus amistades políticas. Nuevamente esa especie zoológica del cibernauta ha vuelto a desaprovechar las oportunidades de las redes para hacer de esa trama el patio hospitalario del insulto al por mayor.

Por lo demás, no me ha sorprendido la nula relación de todos los contendientes con la cuestión europea. Todos ellos se han comportado como los habitantes de la ínsula Barataria, aislada, como si el mundo de la interdependencia fuera un cuento chino o una invención de cuatro indocumentados. Ha sido otra campaña aldeana donde el campanario –y sólo el campanario— era lo único que se ventilaba.


¿Qué ocurrirá mañana? La primera respuesta tiene el celebrado grupo musical Jarabe de Palo: «depende». Pero tras dejar cantado aquello de «¿de qué depende», nos dejaron con la miel en los labios. Precavidos fueron aquellos muchachos.  

sábado, 12 de diciembre de 2015

La mafia china "catalana" y sus relaciones con El Corte Inglés y otras compañías de postín




Cada vez que se habla de la moderna esclavitud hay quien arruga la nariz en señal de asombro y desconfianza. ¿Cómo es posible? Eso es cosa de los sindicatos que siempre están dando la tabarra, parecen decir. Sin embargo, ahí está. No sólo en tierras lejanas sino aquí, en nuestro patio, en la mismísima Cataluña. ¿Han leído ustedes el amplio reportaje de El País de hoy: Talleres de la mafia china de Cataluña cosieron ropa de las grandes cadenas? Ya lo ven, no es una maledicencia de los sindicatos para incordiar, es la verdad judicial de una dramática historia que viene del 16 de junio de 2009 en la ciudad de Mataró.

Ese día los Mossos d´ Esquadra registraron 71 locales de confección de ropa regentados por chinos. Encontraron un cuantioso número de etiquetas identificativas, lo que demuestra que no pirateaban los productos sino que trabajaban para grandes firmas comerciales, tales como El Corte Inglés, Zara, Inditex y otras no menos acreditadas. En total, unas 633 marcas españolas. El mecanismo es el siguiente: las marcas españolas contratan a proveedores nacionales quienes subcontratan a intermediarios chinos y estos distribuyen los pedidos a los talleres clandestinos.

La verdad jurídica acredita lo siguiente: «se trabaja de lunes a domingo, sin festivos, durante quince (15) horas al día … dormían en sótanos  cuatro horas, comían sólo espaguetis y arroz, no tenían ventanas ni higiene». Ganan 25 euros al día.  Un total de medio millón de personas en toda Cataluña, la gran mayoría de ellos en situación irregular. Todo ello delante de nuestras pacatas narices. Como en los tiempos de Dickens.

¿Entienden ustedes por qué siempre desconfié de esas baratijas de la responsabilidad social de la empresa que se inventaron para no infundir sospechas? Tales grandes compañías con la mano diestra firman esos protocolos mientras que con la siniestra negocian con las mafias, de allende y aquende los mares, para la sobreexplotación de centenares de miles de personas. Son unas empresas que –imitando la gramática de la gangpolítica--  han afirmado que «no nos consta» que eso sea, también, cosa de ellas.

Oigan: que no es un infundio de esos incordiantes sindicalistas. Véanlo en http://economia.elpais.com/economia/2015/12/11/actualidad/1449866439_022916.html  Que no recuerdo que haya sido referido en las campañas electorales pasadas o presentes. Vaya, vaya…  



jueves, 10 de diciembre de 2015

Pablo Iglesias, la gran rectificación





¿En qué se parece Pablo Iglesias el Joven al mítico Garrincha, extremo derecha y al no menos legendario Paco Gento, extremo izquierda? Se asemeja al primero en la sofisticación de su regate y se parece al segundo por la velocidad de su recorrido. Más todavía, los dos extremos eran brillantemente capaces de imprimir un cambio de juego en menos que canta un gallo. Intentaré justificar tan sorprendente comparación. Esta viene a cuento tras mi sosegada lectura –los jubilados tenemos tiempo para leer sin prisas ni atolondramientos--  de todo lo que nos parezca de interés. Y, en concreto, el artículo con titular berlingueriano tout court  Un nuevo compromiso histórico, de Iglesias (1). Un ruego: no se pierdan su lectura y estudio donde el primer dirigente de Podemos hace mismamente una rectificación en toda la regla.

Esta rectificación se caracteriza por: 1) la Transición y la Constitución no son ya las responsable de las plagas de Egipto, 2) crisis económica y corrupción aparecen desvinculadas de la Transición y de la Carta Magna, y 3) la irrupción de los movimientos sociales, que son la expresión de Podemos, es comparada a la emergencia, en su día, de la propia Constitución. Así pues, la Constitución aparece en diversas ocasiones como una «cita de autoridades». Ni Garrincha, con ser Garrincha, ni Paco Gento, con ser Paco Gento, driblaron tan espectacularmente.  Es cierto, Iglesias venía indiciando, con mucha prudencia y parsimonia, algunas de estas cuestiones. Ahora aparecen de manera contundente: toda una svolta, diríamos en homenaje al gran Enrico Berlinguer.

Quede claro: esto es un elogio, después de tanta crítica que en este mismo blog se le ha propinado, al primer dirigente de Podemos. Que dicho artículo haya provocado algunos aspavientos entre sus parciales, ya es harina de otro costal. Pero así son las cosas; no las que nos han contado sino las que hemos leído detenidamente.

Doz botones de muestra expresan este giro de manera elocuente.

Pimero.  «La degradación de los servicios públicos y de los derechos sociales junto a la corrupción permitieron que se rompiera el gran acuerdo (sic) de la Transición que aseguraba la igualdad de oportunidades y una mínima prosperidad para las mayorías sociales».

Segundo. «El llamamiento del día 6, al expresar la idea de fraternidad en términos políticos y electorales, es por ello histórico Habrá que remontarse a la Transición para encontrar un momento de encuentro semejante». Precisamente algunos nos hemos quedado afónicos predicando, desde hace mucho tiempo, eso mismo. 

Ni siquiera en la famosamente célebre ópera Cavalleria rusticana (de Pietro Mascagni) hay un ajuste de cuentas de esta envergadura. Entiéndase: un ajuste de cuentas de Iglesias consigo mismo y con la biografía de Podemos. El caballero Iglesias ha hecho, pues, un acto de extrema caballerosidad.

Ahora empezarán las cavilaciones. ¿Este nuevo Pablo Iglesias el Joven se ha caído del caballo como el viejo Saulo de Tarso? ¿Está buscando una determinada ´respetabilidad´ en determinados caladeros electorales?  ¿Se trata de una inversión a corto y largo plazo? Respondo: ¿a mí que más me da? Francamente, hubo quien tardó más tiempo en reconocer los valores democráticos y la democracia después de haber echado mil pestes contra ella.  Por ejemplo, ¿dijeron lo mismo Trilla, Adame y Bullejos que Pepe Díaz  sobre la democracia? Pues, no.

Sea como fuere no se puede minusvalorar el giro de Pablo Iglesias, ni despachar el asunto como irrelevante, ni siquiera –a mi entender--  como un espasmo electoralista. Lo que no quita, en efecto, que con este nuevo impacto rebañe votos en los marjales tradicionales de Izquierda Unida y en el PSOE dada, por así decirlo,  la respetabilidad  sobrevenida.

¿Qué echamos de menos en el mencionado artículo? Algunas cosas. En primer lugar nada se nos ha dicho del por qué de tan gran giro, esto es, qué razones han llevado al primer dirigente de Podemos a variar tan sensiblemente su posición tradicional. Y en segundo lugar nos falta lo siguiente: ¿a qué se refiere con el «nuevo compromiso histórico»? Más todavía, ¿hacia dónde se encamina dicho compromiso, qué fuerzas desea que le acompañen?  Se trata de importantes interrogantes que, tal vez algún día, nos sean desvelados por un más sosegado Pablo Iglesias. Le sugerimos, por ejemplo, que no tarde en reconocer el importante papel de los sindicatos. Parece que le cuesta fatiga. 



lunes, 7 de diciembre de 2015

Ese Rufián de Esquerra Republicana de Catalunya



Homenaje a Ana Terriente Félix




Ya es un lugar común, sobradamente conocido, que la vieja política es responsable de todos los males de la sociedad. No diré que no, siempre y cuando que en el concepto estén incluidos los poderes tóxicos de todo tipo. Ahora bien, debo decir que algunos políticos jóvenes parece que rivalizan, con sus andrajos, con su incompetencia y estolidez con aquellos a quienes denuncian. Pongamos que hablo de ese Rufián, que es el primero de la lista de ERC para las próximas elecciones generales.

Este --joven de biografía y de estilo vejancón--  ha arremetido contra la Constitución, sabedor de que hay sectores de la ciudadanía hostiles a ella, conocedor de un cierto predicamento que la hace responsable de todas las miserias pasadas, de las actuales y de las que esperan ver las generaciones venideras. Rufián ha declarado campanudamente, más o menos, que el carácter perverso de la CE «es que fue firmada por fascistas». Pues bien, no seré yo quien polemice con este caballero, dejaré que una joven granadina, Ana Terriente Félix, doctora en Biomedicina, dé una respuesta convincente y desparpajada: «Si tenemos constitución hoy día es porque hubo gente que puso todo su empeño en hacer que este país tuviera una democracia. Si luego ha dejado de ser actual y útil, e imposible de cambiar, se ha fastidiado por culpa de los avatares económicos de los años 80 a nivel europeo, con la Thatcher imponiendo un modelo económico individualista y depredador; y los avatares políticos de este país por otro lado, con una derecha que ha usado la Constitución como escudo contra cualquier proceso democrático para cambiar las instituciones del Estado. Entonces, que no me culpen a la constitución per sé, ni a la gente que la defendió en su momento. Es necesario hacer que la constitución corrija sus defectos importantes (la Iglesia, el ejército, referéndum, el rey), e incluso su propia flexibilidad, pero sin dejar de reconocer cómo se fraguó y quien la hizo posible. No fue ejército, no fue la iglesia, ni el rey, fueron los activistas de aquella época y merecen nuestro reconocimiento». Lo ha hecho en su cuenta de facebook.

¿Qué la Constitución fue firmada por algunos fascistas? ¿Y qué? Porque la pregunta esencial es otra, Rufián: ¿quién salió beneficiado de aquel almacén aquellos bienes democráticos? Digamos coloquialmente: ¿quién se tragó el sapo? A menos que este Rufián considere que hay pactos bienaventurados como los que propicia su partido y pactos prostituidos que son los de los demás.


Conclusión: hay emergentes de secano como Rufián y emergentes de regadío como Anita Terriente. 

sábado, 5 de diciembre de 2015

La Constitución y los nuevos tiempos



José Luis López Bulla
(Mataró, Salón de Actos del Ayuntamiento, 4.12.15)


Primer tranco


Quiero agradecer al Señor Alcalde  el detalle que ha tenido con un servidor al invitarme a hablar en esta ocasión, máxime cuando hace tantos años que estoy afortunadamente retirado del patio de butacas de la política partidaria. Me han encargado que hable de la Constitución Española, y a eso voy sin más protocolos.

La Constitución representó algo tan esencial que, de ella aproximadamente,  hubiera dicho Hegel que fue «lo completamente otro» con relación a la dictadura franquista. Para ser más exacto, fue antagónicamente lo otro. Eso vivencialmente lo podemos afirmar los que sufrimos la Dictadura, pero deberían saberlo políticamente quienes no vivieron aquel horror. Para decirlo con breves palabras: la Constitución es el mayor almacén de bienes democráticos más importante, cuantitativa y cualitativamente, de la historia de España.  

Vista con sosiego, la Constitución se encuentra hoy con dos problemas. El primero –sé que voy a contracorriente con estos argumentos--  es el acelerado desfase que está sufriendo con relación al actual paradigma de la reestructuración del orden mundial –no sólo de los aparatos productivos y financieros--  de la globalización. El segundo es, que fruto de la conquista de los contenidos de la misma Carta Magna, los poderes territoriales se han ido desarrollando hasta tal punto que hoy están constituyendo una serie de interferencias a una lectura mecánica del texto. Que esto, en mi interpretación, constituya una paradoja es ya harina de otro costal.  Uno y otro problema o, si se quiere, interferencias exigirían la necesidad de una reforma del texto constitucional.

Entiendo que de estas interferencias no se ha enterado la política instalada que siempre hizo una lectura administrativa de la CE. Su falta de pedagogía explicaría parcialmente la aparición de una corriente crítica –minoritaria pero mediáticamente potente en las redes sociales-- hacia la Constitución y, por extensión, a la Transición española.  No comparto sus, en algunos casos, ingenuos argumentos. Tal corriente de opinión ha venido a decir que los males de nuestro tiempo están vinculados a la transición y, como he dicho antes, a la Carta Magna. No han tenido en cuenta, en el mejor de los casos, que a mediados de los años ochenta se va consolidando en España y en el patio de vecinos europeo una espectacular innovación y reestructructuración globalizante, una acentuación de la crisis de los Estados nacionales, bajo la hegemonía de las políticas neoliberales que van golpeando, fudamentalmente, la condición de vida y trabajo, aunque no sólo, del conjunto asalariado en sus diversas tipologías. Aquí está el problema central, no en las ingenuas o interesadas razones que aducen los críticos de la Constitución y de la transición españolas. Quienes, desde sectores de la izquierda, formulan tales quejas están exculpando las políticas económicas que se imponen, así  desde Madrid como de la Plaça Sant Jaume a mano derecha, desde hace un lustro, provocando un empobrecimiento de masas.   

De manera que el  reclamado planteamiento de un nuevo proceso constituyente, tiene el defecto de apoyarse en una justificación, que me parece infundada. Quienes planteen la necesidad de poner en marcha ese nuevo itinerario constituyente deberían basarlo en una argumentación radicalmente nueva. En todo caso, al final de mi intervención recuperaré este planteamiento del llamado proceso constituyente.  


Segundo tranco


Vivimos en lo que se ha dado en llamar un «cambio de época» o, tomando prestado el título de un gran libro de Karl Polanyi, una «gran transformación». Se trata de una gigantesca transformación, de reestructuración e innovación de los aparatos productivos y de servicios de carácter global, que ha cambiado el trabajo y la economía, que ha puesto en crisis al tradicional Estado-nación, que ha cambiado la ciudad y producido importantes discontinuidades y cesuras en las formas de vida en las que algunos nos hemos criado. Ello ha sido producido mediante un desarrollo aparentemente objetivo de la ciencia y la técnica, pero también por una serie de decisiones conscientemente subjetivas de los poderes económicos y políticos. Ahora también estamos ante lo «algo completamente otro» con relación al periodo que representó la elaboración y aprobación de la Carta Magna. La CE ya no es exactamente lo mismo en la globalización que cuando el Estado nacional parecía estar en forma. Déjenme decirles que si tales cambios globales han interferido los tradicionales poderes de los Estados nacionales, ¿cómo no iban a interferir en la Constitución? Si no se reforma continuará desubicándose de los procesos en curso, que no han hecho más que empezar.

Ya nos lo avisó Jürgen Habermas en su famosa «constelación posnacional»: las decisiones que toman los Estados, en virtud de sus competencias legítimas en sus territorios, coinciden cada vez menos con las personas. A ello el filósofo alemán le llama «agujeros de eficiencia».

Sostengo, como he referido antes, que la crisis territorial –mejor dicho, de los poderes territoriales entre sí y de ellos, unos más que otros, con el poder central--  es el resultado del desarrollo positivo de la Carta Magna. Cierto, también de decisiones subjetivas de los intereses políticos. De unas decisiones que chocan entre sí, que tienen como elementos principales la pugna entre el centralismo y, en nuestro caso, Cataluña. Ahora bien, soy del parecer que esos elementos principales están en clave nacionalista. Ambas tienen, en mi opinión, una misma raíz: la desubicación del actual paradigma de la globalización con la exaltación solipsista del campanario.

Lo diré por lo derecho: tanto el nacionalismo carpetovetónico como el catalán son la expresión de que sus gestores políticos están desubicados de las grandes transformaciones en curso: es una querella de antiguos, que no perciben este cambio de época. Que eso se disfrace de otra cosa, no impugna lo que intento decir. Que las izquierdas políticas y sociales, en un grado desigual, no lo hayan percibido es algo tan sorprendente para lo que no tengo explicación.

Por ambas razones –vale decir, el radicalmente nuevo paradigma y la cuestión territorial--  es necesaria la reforma del texto constitucional. Con las actuales normas, ya que es sabido que «leyes hacen leyes». Francamente, no veo otra solución que en clave federal. Hay, en mi opinión, dos problemas en este sentido, y ninguno tiene nada que ver con que haya pocos o muchos federalistas en España y/ o que se llegue tarde a la cuestión. El primero es que la parte política que se declara formalmente federalista tiene vértigo de ensartar la aguja; el segundo, es que, ligado a lo anterior, nadie sabe de qué manera hay que darle contenido físico a toda una serie de cuestiones que, castizamente, llamaré las cosas de comer: la fiscalidad, como alma nutriente de las políticas de Estado de bienestar y otras. Mientras no haya un mayor acercamiento a tales cuestiones, mucho me temo que estaremos haciendo retórica, academicismo.

Con relación al universo de los derechos me resulta conveniente traer a colación una de las enseñanzas de mi maestro, Bruno Trentin, que considera que «cada revolución industrial –y lo actual es algo más que eso—cuestiona los equilibrios de poder y las formas de subordinación en el trabajo». Por ello, considero que el texto reformado debería llevar parejo una aproximación al nuevo paradigma de la globalización y a la nueva fase de innovación tecnológica. De ahí que consideraría imprescindible la fijación de una serie de derechos de ciudadanía social vinculados al hecho tecnológico, porque los que se recogen actualmente están referidos al sistema fordista y taylorista que ya, desaparecido o a punto de extinción ese sistema, son pura herrumbre.

Con toda seguridad –dadas las actuales circunstancias y el impacto de los atentados terroristas de matriz yihadista--  es de suponer que se intentará un endurecimiento del texto o, peor todavía, a su desnaturalización. Me refiero al manoseado binomio «libertad» y «seguridad». Sobre ello siempre se ha insistido en un debate que yo tengo por trucado. ¿Por qué no se puede equiparar libertad y seguridad? Por esta sencilla razón: la seguridad es una variable dependiente de la libertad. O, si se prefiera de esta manera: diremos que la seguridad no es una variable independiente de la libertad. Lo que quiere decir lo siguiente: la libertad es una función y la seguridad es una variable de aquella. Más claro todavía: la seguridad, con ser importante,  es sólo la prótesis de la libertad.

¿Quieren ustedes un ejemplo que, dicho por un reformista como un servidor no despierta sospechas de bakuninismo? Este: la confusión entre libertad y seguridad ha llevado a las izquierdas políticas y sociales desde hace más de un siglo a una cierta impotencia emancipatoria poroque su radicalidad democrática aparecía un tanto mellada, mientras se iba desarrollando el diapasón de los colmillos retorcidos de las derechas. Entiéndase bien: cada vez que se ha suscitado ese debate, las izquierdas se han ido empequeñeciendo –especialmente la que el profesor Alain Supiot llama la izquierda homeopática.

¿Quieren un ejemplo?

La praxis del fordismo-taylorismo, que es algo más que un sistema de organización del trabajo, ha querido imponer este dilema: a cambio de la seguridad se debe renunciar a una importante parcela de libertad en el centro y puesto de trabajo, una formulación  que fue convertida por el ingeniero Taylor en “científica”. Por lo general, el movimiento sindical no cayó en ese cepo –como lo prueba su constante itinerario de conquistas sociales en el centro y puesto de trabajo--, pero efectivamente estuvo condicionado. Lo que le lleva a nuestro amigo italiano a afirmar rotundamente que «lo primero es la libertad». Que es precisamente el título de su último libro La libertà viene prima (Riuniti, 2004).

El discurso que sitúa la seguridad en el mismo eslabón de la libertad no sólo es truculento sino que, sobre todo, es una expresión más de una democracia autoritariamente demediada.  Más todavía, porque las derechas –mediante dicho artificio--  quieren recuperar el terreno que fueron perdiendo a lo largo de los últimos doscientos años. Por lo menos, desde que la libertad, igualdad y fraternidad, con todas sus imperfecciones y límites, fueron ganando terreno. Ahora, entrados en el nuevo paradigma de la nueva revolución industrial, la derecha –volvemos a Trentin-- cuestiona los equilibrios de poder y las formas de subordinación en el trabajo en todos los ámbitos. Provocando no sólo la paralización de conquistas sociales sino –por primera vez--  la regresión de derechos sociales en el ecocentro de trabajo. Porque lo cierto es que, por primera vez, nos encontramos en una fase de la parábola descendente de los derechos de ciudadanía social.

Con todo soy del siguiente parecer: ¿es posible una reforma de la Constitución sin la auto reforma de la política, esto es, de los partidos, sujetos sociales y operadores económicos? Teóricamente, sí. Pero en la práctica estaríamos ante un desfase entre la Constitución reformada y la vetustez y estancamiento de los partidos y la vida política, neutralizándose ambos.  


Tercer tranco


Permítanme revisitar el terreno más familiar que he pisado a lo largo de mi vida pública: el sindicalismo confederal. Que es consagrado en nuestra Carta Magna como una pieza fundamental del orden constitucional. Lo hago, en parte, para seguir el hilo de la pregunta anterior sobre la tan manoseada cuestión de la reforma de la política.

Déjenme hacer una breve digresión. No me parecen convincentes no pocas de las propuestas que en esa dirección hacen dirigentes de ciertos partidos y bastantes politólogos. Más o menos, plantean aspectos importantes de la vida política e institucional. Sea. Pero, si ustedes se han fijado bien habrán notado que poco o nada se dice sobre la auto reforma de los partidos. Es como si pudiera coexistir una reforma de las instituciones dejando intacta la talabartería y la intendencia de los partidos políticos.
Eso sería darle sólo una mano de pintura a las instituciones. Diré más, no creo que la actual forma-partido pueda ser útil en una Constitución federalista. Ni tampoco con esa mano de pintura. Entiendo que hay mucha tela que cortar. Y es ahora cuando entro en el terreno del sindicalismo confederal.

Ignacio Fernández Toxo, ha razonado de esta manera sobre CC.OO: «no podemos seguir haciendo lo mismo para conseguir los mismos resultados. Si el sindicato no se reinventa, el viento de la historia se lo llevará por delante». Yo haría extensiva esta idea al conjunto de los sindicatos.  Y en muchas ocasiones he escrito que esa reinvención del sindicato debería pasar por los siguientes ejes: a) la readecuación de la acción colectiva al nuevo paradigma de la innovación y reestructuración global de la economía, porque ya hemos dejado atrás el largo sistema de organización fordista y taylorista; b) la apertura de un debate que, con sosiego y pragmatismo, debería conducir a la unidad sindical orgánica, esto es, a un sindicato unitario.

De lo primero se desprende la necesidad de un Pacto social por la innovación tecnológica que contemplara el universo de las relaciones industriales y de servicios en la fase posfordista en la que nos encontramos, con los derechos de ciudadanía que se corresponden con el masivo y cambiante hecho tecnológico, que genéricamente deberían estar sancionados en la Constitución. Un pacto social por la innovación tecnológica como elemento central de la modernización de las relaciones laborales, de los agentes sociales y los operadores económicos.

De lo segundo se entiende la unidad sindical entre, por lo menos, Comisiones Obreras y UGT; por estas razones: las divisiones sindicales de antaño, que estaban en clave ideológica y de subordinación a los partidos que le daban aliento, ya han sido superadas.  Hasta tal punto han sido superadas que la celebrada unidad de acción entre los sindicatos nos parecen ya una pareja de hecho.

Ahora bien, ¿cuáles son las enemistades de los reformadores, de la necesidad de proceder a amplias reformas, incluída la de la Constitucón? En primer lugar, la falta de liderazgo que siempre tiene miedo de cuestionarse a sí mismo, este sería un miedo antropológico. Pero también hay un miedo político del que ya avisó Maquiavelo: «Porque el que introduce innovaciones tiene como enemigos a todos los que se beneficiaban del ordenamiento antiguo, y como tímidos defensores a todos los que se beneficiarán del nuevo», que es el eterno dilema de los reformadores.

Por supuesto, estamos hablando de reformas con sentido, de carácter progresista. Porque también es verdad que esa palabra se ha prostituido y, por lo general, se ha dado y se está dando mucho gato por liebre.

Cuarto tranco

Hace tiempo que venimos oyendo hablar de la necesidad de un «proceso constituyente» en España.  Es una palabra escénica –en el sentido que Verdi le daba a ello-- que repiten algunas fuerzas de izquierda. El colofón de dicho proceso sería –se supone-- o bien una reforma substancial de la Constitución o una nueva Carta Magna.  No obstante, para mi paladar todavía está por concretarse qué carácter, qué contenidos, con qué sujetos políticos y sociales y qué itinerario tendría el mentado proceso para llegar a buen puerto. Mi impresión es que se trata de la propuesta de un estuche estético del que sus promotores no mencionan el contenido de su interior. O sea, epígrafes sin desarrollo, eslóganes mediáticos, y poca cosa más.

Me parece, aunque corro el riesgo de meter el remo en el corvejón, que en dicha propuesta hay una idolatría a la ley. Una especie de culto de que la ley lo puede todo. Los más precavidos dirían que casi todo. Lo que me parece algo muy atrevido. Por lo que, aunque sea tartamudeando, me atrevo a formular las siguientes interrogaciones. ¿Qué sentido tiene ir a una reforma parcial o total del texto constitucional manteniendo intactas las actuales patologías políticas y sociales? ¿No sería más útil caminar en una gran operación reconstituyente, cuyo itinerario –largo o corto— no soy capaz de precisar con aproximada concreción? Utilizo la expresión «reconstituyente» como aquello que devuelve al organismo condiciones de salud, fortaleza y vigor.

O hay reformas profundas en el carácter y la forma partido (y sindicato) o el proceso constituyente, tal como me da la impresión que está concebido, sería agua de borrajas. Así pues, soy del parecer que la coexistencia entre un texto reformado o un nuevo texto constitucional sin un proceso reconstituyente sería un cero a la izquierda. Reconstituyente en el sentido vitamínico que, en este caso, equivaldría a regeneracionista.

Con lo que, en apretada conclusión, lo fundamental, aquí y ahora, es la regeneración de la vida política española. Mi amigo y maestro Bruno Trentin llegó a escribir –y repetir hasta el agotamiento--  sobre la necesidad de la «reforma de la sociedad». Entiendo al maestro: no pocas patologías sociales están también en la base de los problemas de la política. No es cierto que la sociedad sea santa, santa, santa y los políticos sean tan desvergonzados y sin referencias a la misma sociedad. Digamos que, en buena medida, los políticos y la política son aproximados trujimanes de la base social.

Reitero, nuevamente, mi agradecimiento que me posibilita predicar toda una serie de suposiciones escasamente compartidas por su heterodoxia o por ser aproximadamente descabelladas. 



viernes, 4 de diciembre de 2015

Poder tóxico y medios prostituidos



Quien quiera estar debidamente informado de la situación de lo que genéricamente podríamos denominar «el Estado de los medios» debe leer con atención el libro Mañana será tarde, de José Antonio Zarzalejos  (Planeta, 2015). Concretamente el capítulo dedicado a ellos, el último ensayo del volumen, que tiene un titulo sugerente: Poder tóxico y medios prostituidos.  Por supuesto, tampoco se pierda el resto de los trabajos que aparecen en dicho libro.

Zarzalejos hace una rigurosa anatomía del estado de la cuestión. A saber, la profunda reestructuración e innovación de los medios: gráficos de viejo estilo y digitales, televisivos y radiofónicos, youtuber y demás berzas. Añado de mi propia cosecha que ese proceso de reestructuración e innovación ya no es algo que se produce de higos a brevas sino permanentemente, a diario. De cómo las versiones on-line de los grandes diarios han canibalizado los medios. Más todavía, de reagrupaciones y fragmentaciones de holdings y empresas. Del vínculo de todo ello con las empresas inmobiliarias y otras de peor reputación. Y de la relación de todo ello con los «poderes tóxicos» de la economía (nacional y extranjera) y de la política, convirtiendo en meras hortalizas los ceses directores consolidados –con independencia del juicio que tengamos de ellos--  como Pedro J. Ramírez, Javier Moreno y José Antich de El Mundo, El País y La Vanguardia respectivamente.

Zarzalejos disecciona la profesión, los tertulianos y la ética del oficio. Y por no dejarse nada en el tintero, habla también de los concursos televisivos y otras coles de Bruselas. Resumiendo, habla de todo, menos de los crucigramas. Una joya.

Les sugiero a mis amigos, conocidos y saludados que no se pierdan la lectura-estudio de este libro. A los sindicalistas les será útil para sus cosas; a los nuevos periodistas para que sepan dónde se han metido. De los políticos instalados poco puedo decir: de sobra saben qué se traen entre manos en esa pocilga.  Que ya no es el Parlamento de papel como se decía antaño. De la opinión aproximadamente razonada se ha pasado a la publicidad, agitación y propaganda. 

Hace años reflexionaba sobre el particular:  «… Todo ello pone en tela de juicio la calaña de los poderes mediáticos. De ahí que me pregunte, ¿no ha llegado el momento de establecer una serie de garantías concretas para que el lector (y lectora, por supuesto) reciban una información ponderada y, al menos, aproximadamente fiable? Nuestro amigo Enzo Marzo  plantea, en ese sentido, la aprobación de un Estatuto de los lectores en su doble vertiente de ciudadanos y consumidores en su libro Le voci dei padroni» en: http://alametiendo.blogspot.com.es/2012/02/el-estatuto-de-los-lectores-y-las.html

Permítanme un desahogo personal: leyendo el libro de Zarzalejos me acordé de mi padre. Cada mañana me decía antes de leer el Ideal (Granada): «Vamos a ver qué mentiras traen los papeles». Y yo, entrometidamente, le decía: «No se llaman papeles, se dice periódico». Su respuesta no la pongo porque no hay que darle cuatro cuartos al pregonero.




jueves, 3 de diciembre de 2015

Rajoy, Mas y sus burladeros




Hay políticos aparentemente dispares que tienen una indisimulada querencia a parecerse. Pongamos que hablo de Rajoy y su Soraya, de un lado, y de Artur Mas y su Neus Munté, de otro lado. Presidentes ellos, vicepresidentas ellas. El principal parecido es que Soraya y Munté ejercen fundamentalmente de burladeros o parapetos de los caballeros.

Como es sobradamente conocido, cada vez que hay un asunto de cierta envergadura, el hombre de Pontevedra envía a la vicepresidenta a dar la cara, ya sea en un tema de Estado o en un debate electoral. Tal vez se acoja al viejo dicho castellano de “caballero prevenido vale por dos”. Tres cuartos de lo mismo le ocurre a Artur Mas: cada vez que prevé inconvenientes piensa que, de esa manera, (enviando a la Munté a dar la cara) se evita algún que otro problema. Sólo ellos saben hasta qué punto su desresponsabilización les trae ventajas o no. Lo que sí estamos en condiciones de afirmar es  que tal comportamiento es sonrojante así en Madrid como en Barcelona. De cualquier forma no hablaremos del tándem Rajoy – Soraya: en nuestro orden del día está el dúo Mas – Munté. Como excusa, no obstante, diremos que Alfredo trató peor a Violeta en La Traviata.

Tras la reciente sentencia del Tribunal Constitucional contra la declaración del Parlament de Catalunya –famosamente conocida como la «desconexión»--  todos esperaban que compareciera Artur Mas, presidente en funciones, para decir oxte o moxte. ¡Quiá! Quien apareció fue el burladero de la Munté, quien, acumulando currículums, declaró lo que Mas no tuvo redaños a solemnizar: «La sentencia del TC no detiene la voluntad política expresada por el Parlament (…) Mantenemos los efectos políticos de la declaración que aprobó un Parlament legalmente constituido y con una mayoría absoluta». Es decir, que hablando en plata, Mas endilga el problema a su segunda. Sorprendentemente la Munté no hace referencia al confuso texto –también del Parlament— que expresa el recurso presentado ante la institución de la que previamente se ha desconectado, que transforma el Diego en un austero digo. Francamente, no me imagino a sir Winston endosando sus responsabilidades a otro. Que se trate de una comparación inusual, no desdice la mayor. Pues bien, mi padre –aplicando el viejo lenguaje de la época--  hubiera dicho: «Pero en tan serios asuntos, ¿quién lleva los pantalones?». Hoy cambiamos tan tosca y machista  frase y decimos que donde manda la contramaestre no manda el capitán del navío.

Naturalmente, una cosa es mandar y otra dar la cara. Pero, al menos, está el consuelo –si es tal--  de que una sindicalista, ahora emérita, como Munté aparezca como algo más que una mujer florero. Lo que no conseguirán Rajoy y Mas es que ellas les substituyan cuando tengan necesidad de ir al urólogo.

Adenda de rectificación.--  Un amigo me envía una nota sobre el post de ayer: http://lopezbulla.blogspot.com.es/2015/12/monedero-albert-rivera-y-la-cocaina.html  No fue Bertrand Rusell quien quería propinar un golpe con el atizador a Wittgenstein, sino éste a Karl Popper. Pido excusas a don Bertrand  y a quienes lo hayan leído. En todo caso, eso son querellas filosóficas y no las de Hume y Rousseau.


martes, 1 de diciembre de 2015

De la «cuestión medioambiental»




Mañana Raimon cumplirá sus primeros setenta y cinco años. Que usted lo pase bien, maestro.

Buscando en mi libretilla de notas de 2005 unos datos me encuentro con unos apuntes que tomé durante una sobremesa con Bruno Trentin en Barcelona. Nuestro amigo italiano contestaba a una pregunta que uno de los comensales le hizo. El maestro planteó que, de la misma manera que se debatía anualmente el Estado de la Nación, era conveniente hacer otro gran debate parlamentario cada año, que él llamó «lo Stato ecologico»  (el Estado medioambiental). Es decir, una rendición de cuentas anual de cómo está esta gran cuestión.

Ahora, con esto de la Cumbre de París, me ha venido a la memoria. Hago mía la propuesta del viejo amigo y digo más: una reforma de la Constitución debería decir algo al respecto. No estoy en condiciones de precisar qué es ese algo, ¡doctores tiene la Iglesia! Lo que sí creo relativamente fácil es que en los reglamentos de los parlamentos –empezando, naturalmente, por el europeo--  se debería fijar la obligatoriedad de dicho debate con sus resoluciones y planteamientos como verificación del estado de la cuestión. 

¿Sería posible que alguna fuerza política lo incluyera en su programa electoral de cara a las elecciones generales? Téngase en cuenta que algunas de las propuestas que vienen de abajo pueden tener interés.