El lema de este blog es: "Nada curo llorando y nada empeoraré si gozo de la alegría" (Arquíloco).
jueves, 28 de febrero de 2013
INSISTIENDO EN LA «REFUNDACIÓN DEL SINDICATO»
El otro día iniciamos el primer artículo de una
serie sobre lo que Ignacio Fernández Toxo denomina la «refundación
del sindicato». En un principio intentaré, incluso asumiendo el
riesgo de desorden expositivo, abordar los temas de manera fragmentaria con la
idea de que finalmente todo ello pueda converger en algo orgánico. Pero también hay en esta forma expositiva una cierta
picardía: recordar a los amigos, conocidos y saludados que la importante
propuesta del primer dirigente de Comisiones Obreras no es (sobre todo, no
puede ser) un concepto mediático desprovisto de chicha. En esta ocasión
abordaré la relación entre «refundación del sindicato» e «independencia
sindical».
Es un hecho que históricamente (en concreto en la mayor parte de la
biografía del sindicalismo) se ha dado una supeditación de éste con relación al
partido político, de ahí que la autonomía sindical estuviera reducida a unas
cuantas parcelas que, aunque importantes, no negaban la premisa mayor. Más
adelante (no es cuestión aquí de poner fechas) se fue abriendo el camino de la
búsqueda, siempre fatigosa, de la independencia. Los sindicalistas de mi generación
fuimos abriendo una brecha en ese sentido con un proyecto (incompleto) de
investigación de ruptura de amarras que comprendía incluso ciertas normas
estatutarias como, por ejemplo, la incompatibilidad de que recayeran en la
misma persona determinadas responsabilidades políticas, institucionales y
sindicales. Esta norma, que en un principio no fue muy popular y que fue
desigualmente seguida, está ya –según mis referencias-- plenamente asumida y aplicada. En todo caso,
la fase que vivimos los sindicalistas de mi quinta en lo que denominábamos la
relación entre «partido» y «sindicato» fue de tensión creativa y de
coexistencia o, en otros casos, de conllevancia entre prácticas independientes
o de supeditación a la vieja escuela. Sin embargo, la tendencia estaba marcada
en la práctica hasta llegar a la plena asunción de la independencia del sujeto
sindical. Más todavía, el sindicato fue asumiendo toda una serie de
intervenciones (con prácticas negociales propias) en materias anteriormente
reservadas en exclusiva a los partidos políticos, tales como una serie de
materias en el escenario del Estado de bienestar.
Ahora bien, como no hubo un momento concreto (un día D y una hora H) de
proclamación de la independencia del sindicato –cosa lógica, por otra parte—
aquello no concitó una reflexión. No se trataba, ciertamente, de un debate
metafísico, pero sí de algo de esta guisa: ya que esto (la independencia
sindical) es una parcial, aunque relevante, «refundación», ¿cómo actuar en este
nuevo eje de coordenadas? Para el sindicato, en la nueva situación, lo
importante no fue el verbo sino la práctica. Bien hecho, me digo.
Ahora, por otra parte, el desafío que ha lanzado Toxo es el momento de
recordar que la «refundación del sindicato» se plantea en el contexto de la
mayoría de edad del sujeto sindical: la criatura, aunque tarde, se ha
emancipado de la casa paterna (o materna).
Una emancipación que, además, debería propiciar una mayor acumulación de
prácticas participativas, un mayor carácter de sujeto extrovertido: una
democracia próxima. Con normas y reglas obligatorias y obligantes.
martes, 26 de febrero de 2013
LA «REFUNDACIÓN DEL SINDICATO»
Hace meses
que Fernández Toxo planteó la necesidad de «refundar el sindicato». Y
precisamente ayer publicábamos en este mismo blog un artículo del amigo
Riccardo Terzi, dirigente del Sindicato de Pensionistas de la CGIL , orientado en la misma
dirección: La representación
sindical como conflicto en el espacio democrático, donde nos hablaba
que este era un proyecto de Antonio Pizzinato durante su breve mandato como
secretario general de la confederación italiana. La necesidad de un proyecto
tan ambicioso se explicaría, a mi entender, por los siguientes motivos: 1) el
paradigma ha cambiado radicalmente desde mediados de los años ochenta del siglo
pasado donde el viejo fordismo ha ido derrumbándose; 2) la incesante
reestructuración-innovación de los aparatos productivos; 3) la acelerada
globalización… Todo ello ha generado una serie de novedades en el trabajo (o
más bien los trabajos), en la
condición asalariada y en las necesidades del conjunto asalariado. Más todavía,
los ataques sistemáticos contra el universo de los derechos sociales y la
ofensiva contra el Estado de bienestar exigen, además y sobre todo, la
«refundación del sindicato» que en su día reclamara Pizzinato y que, en estos
momentos, demandan Toxo y Terzi.
Al menos para nosotros, españoles, esa gran
operación nos coge en un momento adecuado: una envidiable unidad de acción
sindical, una considerable estabilidad en las estructuras sindicales y los
importantes procesos de movilización en curso. Es, pues, un momento oportuno
para empezar los pespuntes de ese proyecto. En lo atinente a CC.OO. la cosa
parece, también, de lo más oportuna: se trataría de ver qué indicios y apuntes
existen en lo aprobado en el reciente congreso para ir, gradualmente, refundando el sindicato.
En todo caso, y como golpes de brocha gorda,
me planteo los siguientes interrogantes.
n
¿Es posible un
proyecto de esta envergadura que no contemple, a su vez, la «refundación» de
las estructuras sindicales supranacionales?
n
¿La refundación
implica unas nuevas formas de representación dentro y fuera de los centros de
trabajo?
n
¿La refundación
exigiría un golpe de timón en los objetivos y características de la negociación
colectiva y las políticas de concertación?
n
¿Esta ambiciosa
operación debería reflexionar y proponer nuevas formas del ejercicio del
conflicto social, no alternativas a las tradicionales sino complementarias?
Y, por último, en estos golpes de brocha
gorda: ¿no sería de obligada referencia un debate a calzón quitado sobre las
características del dirigente sindical? Esto es, de qué manera accede a los
puestos de responsabilidad. Reconozco que este es un tema que no concita muchas
amistades, pero resulta que la propuesta es «refundar» el sindicato, y esto –parece
claro— son palabras mayores. Y palabras mayores son, de igual modo, que todas
las variables que compongan la función del refundar sean compatibles
entre sí. Porque, como alguien ha dicho, un proyecto no es un zurcido de
retales.
Doy por sentado que la refundación de la
ciudad confederal no es coser y cantar, ni tampoco se hace en un plis plas. Es
un proceso no lineal, con sus avances y tartamudeos, que siempre debería contar
con la correspondiente verificación en su itinerario, aplicando el viejo método
de acierto y (corrección del) error.
lunes, 25 de febrero de 2013
LA REPRESENTACIÓN SINDICAL COMO CONFLICTO EN EL ESPACIO DEMOCRÁTICO
Nota editorial. Hace días el
maestro Umberto Romagnoli nos hacía una serie de planteamientos en LA LEY SOBRE LAS DOS CIUDADANÍAS. UN
TEXTO DE UMBERTO ROMAGNOLI....
Riccardo Terzi, a su vez, dice la suya.
Riccardo Terzi
Uno de los
efectos más inquietantes del gran transtorno político de este cruce de siglos
está en que todo nuestro vocabulario está subvertido y que cada palabra debe
ser redefinida, reconquistada, restituida a su significado. Incluso las
palabras más simples, en apariencia más obvias, se han convertido en un campo
de batalla y se arriesgan a deslizarse hacia la retórica o a la irrelevancia.
El esquema
clásico que ve contrapuestos los dos campos de los progresistas y los
conservadores no tiene ya utilidad alguna, ya sea porque la derecha actual no
es tradicionalista sino que se propone como fuerza motriz de la innovación, ya
sea porque no está claro que puede significar la palabra «progreso» al haberse
desvanecido la ilusión de un camino ascendente y progresivo de la historia. Lo
que parece evidente es sólo la fuerza de la técnica, su incremento como
potencia que se mantiene totalmente opaco e indiferente a cualquier objetivo
político.
En esta
confusión general de la lengua se abre camino la maniobra más agresiva. Con
ella se quiere ajustar definitivamente
las cuentas con el pasado, a saber, que la misma distinción entre derecha e
izquierda ha perdido todo su significado y están fuera de la realidad todas las
representaciones ideológicas en las que se basaba aquella diferencia. La
verdadera derercha de hoy es ésta: la del pensamiento que niega las
diferencias, la que todo lo aplasta sin mantener abierta una brecha entre lo real
y lo posible. Es la ideología más extrema y absoluta porque dice ser la
realidad, es la rendición del pensamiento a la desnuda materialidad de los
datos. Toda la complejidad de lo real
acaba siendo reducida y lo que se mantiene en pie sólamente es la
gobernabilidad del sistema, su eficiencia. No hay problemas a resolver, sino
técnicas que adoptar. Es la llegada del hombre unidimensional, como había
intuido Marcuse. Quien dice «ni derecha, ni izquierda» es la encarnación de
esta lógica, de esta metafísica de la resignación y la adaptación. Con ella se
quiere quitar incluso el derecho de existir a la izquierda.
Para
soportar este impacto, que se despliega con la violencia terrorífica del
sentido común, debemos reinventar nuestro lenguaje y, así, hacer nuevamente
visibles los rechaces, las diferencias, las alternativas, los conflictos. De
hecho, la palabra tiene sentido sólo si su afirmación es también, al mismo
tiempo, una negación; si ella señala un límite, una discriminación, una
oposición.
¿Por qué he
situado esta premisa? Se me ha pedido
que hable de la representación, pero no es posible hacerlo si la palabra misma
no es investigada a fondo en su significado; si no viene liberada de todo la
trama de las distorsiones y de las banalidades del discurso
político-periodístico al uso. La
representación tiene sentido en su relación con otros dos conceptos
fundamentales: el conflicto y la democracia. Siempre es una buena regla la
búsqueda de las aproximaciones, de los nexos que ligan uno y otro concepto. Por
ello, se puede decir que la representación es la práctica del conflicto en el
interior de un espacio democrático organizado. Y ella puede existir sólo si
está dentro de esas coordenadas, sólamente en el cuadro de una sociedad
pluralista que reconoce las diferencias y las deja actuar líbremente en su
recíproco movimiento y en su conflicto. Está ahí, en esa visión abierta y
dinámica de la sociedad, el gran alcance histórico de la modernidad que liquida
el antiguo ordenamiento jerárquico y autoritario, entendiendo el orden como el
resultado de la libre relación de las fuerzas en campo, como un punto de
equilibrio que siempre es móvil y abierto a diversas combinaciones. Ahora bien, este marco teórico y conceptual es
el que hoy está en discusión, porque al pluralismo de las ideas y de los
intereses se le sustituye por la univocidad y la presunta objetividad del
paradigma económico dominante que no
admite alternativas, por lo que la democracia misma queda confinada en el
interior de un perímetro rígidamente trazado, más allá del cual solo hay
espejismos o, peor aun, subversión. Así, la democracia está puesta bajo
vigilancia y una nueva casta de custodios de la ortodoxia tiene la obligación
de garantizar la capacidad y coherencia del sistema. Hemos sido aplastados a
este cepo, político e ideológico del poder, no sólo por la virulancia del
ataque sino también porque muchos, demasiados, en la izquierda han tenido la
ilusión de poder cabalgar por la senda de la modernización, de guiarla y
plegarla a sus propios fines. Si no nos decidimos a hablar también de nuestras
responsabiliades, todo el discurso queda incompleto y privado de toda eficacia.
Ahora bien,
en este universo cerrado y compacto que no deja espacio para ninguna
alternativa, no hay nada que representar. Sólo puede haber una lógica de tipo
corporativo y poder cultuvar algún resquicio de poder. Decisionismo político,
de un lado, y corporativización del cuerpo social, por otro lado, es la salida
lógica de todos los procesos políticos e ideológicos en curso. La agenda
política es una, una sola, y ella está referida sólo a los instrumentos de
manutención del sistma, se refiere sólo a los medios, estando excluído todo
discurso sobre los fines. Todos los cuerpos sociales, en este contexto, son
sólamente segmentos parciales, y su espacio posible no es el del proyecto sino
la enmienda; su vocación no puede ser el conflicto sino la participación pasiva
en un juego que otros han decidido.
La negación
del conflicto, puesto abiertamente a la luz, no es otro que el de la esencia
misma del pensamiento autoritario tal como nos enseña toda nuestra historia
pasada, donde siempre el poder despótico se rige bajo los valores de la
jerarquía, el orden, unidad nacional, contra las turbulencias y las
incertidumbres de la democracia, contra su relativismo, contra toda forma de
pluralismo organizado. Es ahí donde el tema de la representación aparece en
toda su pregnancia, no como un detalle marginal sino como una posible fuerza de
choque que pone en entredicho el sistema de poder.
Pero, ¿cuál
puede ser el espacio, el horizonte para un sujeto social que no se resigne a la
lógica de la enmienda corporativa? Todas las palabras de nuestra tradición se
han cubierto de polvo y suenan a falso, a retórica, a nostalgia. ¿Cómo podemos
llamar a lo que somos, a lo que queremos ser?
Tal vez sea necesario hacer hablar no a las palabras sino a los hechos,
y las palabras vendrán de por sí, como la forma donde está un nuevo contenido.
Ante todo, hablo ahora del sindicato, pero se trata de un discurso que tiene
una validez más general porque la sociedad tiene una necesidad de
representación. Una sociedad sin
representación, sin sujetos colectivos organizados se convierte en el terreno
de conquista para toda clase de aventureros y demoagogos.
El sindicato
Para el sindicato el punto esencial
es si consigue plenamente dar forma a la autonoma subjetividad del mundo del
trabajo. Lo que quiere decir representar una alteridad, un elemento de tensión,
no en nombre de una ideología alternativa sino con una relación inmediata y
viva con las demandas, individuales y colectivas, de la experencia de vida
concreta de las personas. No se trata de organizar la «izquierda» sindical», de
forzar en sentido político el campo de acción del sindicato sino, ante todo, de
hacer emerger la fuerza de su autonomía, de su naturaleza de sujeto social que
tiene una lógica diversa con respecto a la política.
Lo que hoy aparece es una situación
de incertidubmre y ambigüidad con un sindicato dividido y oscilante, y estas
mismas divisiones parecen estar producidas por el juego de las diferentes
pertenencias políticas, con una caída general del nivel de autonomía. Es también un efecto de la forzada
«bipolarización» de todo el sistema político, por lo que toda la complejidad
social aparece simplificada y encuadrada en el mecanismo de la competición
bipolar; y todos los espacios son ocupados, colonizados, drenando cualquier
forma de autonomía. Es una trampa de la que debe salir rápidamente el sindicato
con el objetivo de hacer visible su autónoma función social. Y la autonomía
tiene en sí, necesariamente, el momento del conflicto porque aquella expresa un
punto de vista que es, sin embargo, «otro» con respecto a los equilibrios
político-institucionales.
¿De qué conflicto hablamos? No se
trata, en absoluto, de imaginar el acontecimiento mítico de una revuelta
general contra el sistema. Más bien, en la espera siempre frustada de ese
acontecimiento, acabamos por ser paralizados e impotentes. El conflicto es aprehendido no sobre el
terreno de una filosofía de la historia sino en los infinitos pliegues de la
vida cotidiana, como un dato de la realidad, como una tensión permanente que
está en la naturaleza de las cosas, como un fermento sobre el que hay que
construir, sucesivamente, nuevos niveles de consciencia y organización. A pesar
de toda la violenta ofensiva ideológica desplegada, la realidad social no está,
en absoluto, pacificada, normalizada sino que es un campo de inestabilidad e inquietud
atravesado por las más variadas contradicciones. En la sociedad se encuentra el
impulso hacia un nuevo orden, la exigencia de una estructura, de una forma
solidaria, contra los efectos desagregadores del mercado libre.
Se trata, pues, de meterle mano a
un trabajo no excepcional sino cotidiano, en el interior de las cosas, en medio
de las contradicciones reales, con una obra paciente de organización y
selecciones de los objetivos posibles. Podríamos hablar de práctica reformista,
si esta palabra no estuviese tan vergonzosamente lisiada. Sobre estas premisas
se puede dibujar, me parece, una línea de gran ductilidad y libertad sindical,
combinando e integrando entre ellas los dos momentos del conflicto y la
mediación con la capacidad de decir, de vez en cuando, nuestro sí o nuestro no,
fuera de las lógicas de la política y de sus chantajes sin que el sí o el no se
conviertan en un banderín ideológico.
Sobre el sindicato ha caído una
violenta ofensiva meditática, expresando
en substancia, que la prueba de su responsabilidad nacional consiste en una
declaración de dejación en nombre de los intereses superiores de la nación. Si
el sindicato resiste –si dice no--
entonces eso es la señal de que está preso de las viejas ideologías, o
sea, es conservador, corporativo, irresponsable. Es particularmente la CGIL , y todavía más la FIOM , el objeto privilegiado
de esta campaña antisindical. Es del todo evidente que hemos de mandar al
diablo toda esta congregación de comentaristas alquilados. Pero, una vez completada
esta sana operación de exorcismo espiritual, quedan los problemas y la urgencia
de un profundo repensamiento crítico de la situación sindical.
Si hacemos una valoración de largo
recorrido, a partir de los años ochenta, son evidentes los atrasos, los
fracasos, y entonces no salen las cuentas. No podemos interpretar todo este
proceso como si se tratase de una conjura de la historia, ni podemos limitarnos
a exhibir el trofeso de nuestras gloriosas batallas. Lo que cuenta al final es
el resultado del todo el proceso histórico; y este resultado nos habla de una
derrota. Pero una derrota no puede remontarse si se evita el tema de la
responsabilidad, de los errores, si no nos decidimos a ejercer el espíritu
crítico con toda su necesaria dureza hacia nosotros mismos.
Situar la derrota, investigarla,
interpretarla en todos sus pasajes sería ya un paso extraordinario adelante.
Pero esta operación de verdad será posible sólo si se crean las condiciones de
una discusión libre, abierta, desprejuiciada; si representa un salto
cualitativo en la vida democrática de la organización. Ya he subrayado el nexo
inseparable entre representación y democracia, y eso vale tanto en relación a
la estructura política e institucional como a la relación entre representantes
y representados, que siempre debe ser abierta, de manera fluida, en las dos
direcciones de arriba hacia abajo. Hay democracia allí donde existe
circularidad del proceso sin impedimentos, sin barreras democráticas. Bajo este
perfil, en la historia de toda gran organización de masas, se alternan los
momentos ascendentes, creativos donde toma cuerpo el empuje participaptivo y
los momentos de estabilización, donde el orden burocrático frena el barlovento.
Siempre es un equilibrio inestable y toda esta dialéctica hay que verla con
realismo en sus diversas etapas, en su relación con las diversas situaciones
históricas.
Lo que intento decir es que, en las
condiciones actuales, donde se necesitaría el máximo de esfuerzo creativo para
salir de la crisis, la burocratización de la estructura es un mecanismo de
freno que impide todo tipo de desarrollo. El espíritu conservador tiene su
justificación cuando se trata de garantizar lo que funciona en un sistema, pero
es totalmente contraproducente en los momentos de crisis en los que se
precisa innovación, renovación,
esperimentación de nuevas formas. En estos momentos, no hay nada más imprudente
que la prudencia.
Por estas razones me parece de una gran madurez la exigencia de un
repensamiento profundo del modo de ser del sindicato y del funcionamiento de
sus estructuras organizativas. Es muy actual el lema de la «refundación» del
sindicato, que planteó Antonio Pizzinato en su breve experiencia de Secretario
general de la CGIL. Por
ello, no hay dudas de que debemos liberar, hoy, fuerzas, energías y espíritu
crítico. No tengo soluciones preciesas que proponer, pero advierto que, cada
vez más, del fuerte malestar por un sistema que premia la fidelidad y no la
autonomía, la observancia de las reglas y no la creatividad, la estabilidad de
la organización y no su renovación.
Para un sindicato que ponga en el
centro su autonomía y su enraizamiento social, es necesario promovier una nueva
figura de sindicalista que esté totalmente proyectada en la materialidad de las
condiciones sociales, en el análisis de los procesos y en la gestión de los
conflictos, sin estar esperando el primer tran político que pase Es la pirámide
jerárquica lo que está oxidado: hay que
valorizar quien está en primera línea, en contacto directo con la realidad y es
necesario redimensionar todas las superestructuras burocráticas que componen
una máquina demasiado peada, centralizada e a menudo ineficiente.
Con este mismo criterio hay
que repensar los procedimientos de
composición y selección de los grupos dirigentes en sus diversos niveles. Si
los partidos han inventado las primarias y esta innovación ha introducido un
poco de vitalidad en una estructura atrofiada, también las organizaciones
sindicales necesitan inventar formas de su propia democratización interna.
Enfin, frente a la presión para
enclaustrar el sindicato en un angosto espacio corporativo hay que responder
con un esfuerzo por ampliar el terreno de juego, ocupando nuevos espacios para
aprehender en toda su complejidad las demandas sociales, no sólo en el trabajo
sino en la vida civil y en el conjunto de las relaciones sociales. Cuando se habla de la «centralidad
estratégica del territorio», creo que se quiere decir un cambio hacia una
visión más amplia y sistémica de las necesidades sociales que intentamos
representar. Pero, hasta ahora, todo
ello se encuentra en un estado embrionario, con algunas genéricas afirmaciones
de principio y con experiencias concretas todavía demasiado fragmentarias y,
quizás, discutibles. El territorio no es la clausura localista, no es
fragmentación de los derechos de ciudadanía sino el campo en el que todos
nuestros objetivos (trabajo, welfare, calidad de vida) toman cuerpo y se abren
a posibles experimentos. El sindicato es, por su naturaleza, un sujeto de la
subsidiaridad en cuanto que –partiendo
de su parcialidad-- persigue objetivos
de interés general. En esta perspectiva se pueden explorar nuevos campos de
iniciativa sin el temor de aventurarse a nuevos territorios y sin quedar
bloqueados por un límite fijado demasiado rígidamente entre negociación y
gestión. Si el objetivo es la democratización del sistema, en todos los
sectores, sometiendo desde abajo el control de todas las estructuras de poder,
entonces debemos tomar muy en serio nuestra función e intervenir a cambo
abierto en la vida civil y económica del país.
[Traducido por José Luis López
Bulla. Este artículo saldrá publicado a finales de mes en la revista
Alternative per il socialismo]
domingo, 10 de febrero de 2013
LA DEMONIZACIÓN DE LA CLASE OBRERA
Owen Jones, "Chavs: La demonización de la clase
obrera", (Madrid, Capitán Swing, 2012)
Javier Tébar Hurtado. Historiador.
El joven periodista británico Owen Jones
publicó el año 2011 un documentado estudio sobre el estereotipo social
construido en torno a una supuesta “raza” de clase trabajadora blanca
británica, los denominados “Chavs”. Un hombre “animalizado”, como de manera muy
acertada muestra el diseño de la cubierta de libro. De hecho, mirándola uno
puede pensar si el adolescente fotografiado es un ser humano o un vampiro,
imagen tan de moda hoy, por otro lado.
“Chavs” es un término que podría traducirse al español como
“Chonis”, “Chandaleros” o “Quillos”. Es decir, jóvenes trabajadores sin oficio
ni beneficio, en paro, violentos, consumistas, que tratan con las drogas, sin
futuro, en la frontera de la marginalidad. Cabe preguntarse si una gran parte
de estos “Chonis” nutren las cifras de ese 55% de paro juvenil español. Esa
cifra ha provocado recientemente entre algunos representantes de la burocracia
europea declaraciones que sólo pueden considerarse propias del cinismo o bien
de la estupidez humana. Y las dos alternativas son igual de desalentadoras…
Algo que no evita el sonrojo, por decirlo con un eufemismo, que deberían
mostrar las autoridades españolas ante esta situación que apunta más allá de un
fenómeno coyuntural.
El libro de Jones constituyó un fenómeno editorial y tuvo un
importante impacto público, que coincidió con los episodios de violencia que se
produjeron especialmente en Inglaterra durante el verano de aquel mismo año. El
pasado 2012, la editorial madrileña “Capitán Swing” apostó por su traducción y
lo ha publicado en su colección “Entrelíneas”. Añadió el epílogo a la segunda
edición inglesa, en la que precisamente se examinan el trasfondo de aquellos
estallidos de violencia protagonizados por los jóvenes en diferentes ciudades
del otro lado del Canal de la
Mancha , cuando todos los analistas solían identificarlos como
propios de los disturbios en las banlieus de las ciudades francesas. Entonces
hacía poco más de un año que el bisoño David Cameron había sido nombrado primer
ministro tory gracias al apoyo crucial
del Partido Liberal de Nick Clegg. Formando esa extraña pareja, presentada en
un primer momento como una especie de remedo british
style de los hermanos Kennedy,
jóvenes e inteligentes, ambiciosos.
En Chavs se examina el proceso por el cual la
clase trabajadora, considerada hasta los años setenta poco menos que «la sal de
la tierra», ha pasado a ser retratada por la mayor parte de los medios de
comunicación y por los dirigentes de la clase política británicos como la
«escoria de la tierra». El itinerario de sus análisis recorre los últimos
treinta años de la historia británica. Arranca con la los prolegómenos de la
“revolución thatcheriana” (1979) y llega hasta nuestros días, pasando por el
extinto “Nuevo Laborismo” de los noventa y la nueva vuelta al poder de los toriescon su victoria electoral
en mayo de 2010.
A partir de la
“revolución neoconservadora” iniciada a finales de los años setenta, la
destrucción del tejido industrial por la que apostó Margaret Thatcher (durante
mucho tiempo presentada como la “hija de un tendero”, pero, en realidad,
producto de clase conservadora británica y estrechamente relacionada con su
élite también a través de su marido, un ejecutivo de empresas petroleras),
favoreció a la City
londinense. La opción llevaba implícita la desarticulación de las comunidades
de la clase trabajadora en las ciudades industriales. Asimismo, causó un
destrozo irreparable en las instituciones, de larga tradición, de la clase
trabajadora. Entre ellas, en los sindicatos, contra lo que se desató una
campaña feroz y descarnada, con el objetivo de aniquilarlos. Pero también de
sus condiciones materiales, formas de vida y de trabajo, y de su sociabilidad. Maggie Thatcher planteó desde el principio de
su gobierno desterrar el término “clase” –“la clase es un concepto comunista”,
dijo en algún momento en 1979. Se perseguía el objetivo de evitar que se
pensara en términos de “clase”.
Las razones y los momentos en los que se decidió llevar a cabo
la denominada “política de reformas” a partir de entonces son documentados y
diseccionados con claridad por Jones, así como las continuidades que tuvo a
partir de 1997, con el laborista
Tony Blair como primer ministro. Blair es una figura política que, por el
carácter zigzagueante de su trayectoria pública, también merece un comentario:
nada más terminar la carrera de derecho en Oxford, se afilió en 1975 al Partido
Laborista, convirtiéndose un año más tarde en abogado especializado en derecho
sindical y a partir de 1983 formó parte del radical "Sindicato del
Obrero" en Edimburgo, por supuesto, antes de descubrir la “Tercera Vía”.
La ensoñación blairiana de hacer copia del original del
“neoliberalismo” tuvo sus consecuencias no sólo sobre el final del “nuevo
laborismo” en un episodio de derribo, sino también sobre la sociedad británica.
La colusión de la
élite política y de la prensa afín estuvo servida durante estas tres décadas.
La desigualdad impulsada por el thatcherismo continuó ensanchándose a partir de
1997. La clase dirigente, con el apoyo de gran parte de los medios de
comunicación, legitimaron esta política. Se decretó, por tierra, mar y aire,
que todo el mundo era de “clase media”. En realidad, durante treinta años las
variaciones sobre los mismos temas fue predominante en el debate político
público: las madres solteras, “irresponsables y vagas”, fueron públicamente dilapidadas por losmass media; los
jóvenes trabajadores de los barrios obreros fueron demonizados, presentándolos
como “Chavs”, como “escoria”, sin trabajo, violentos; los alquileres sociales
fueron el blanco del ataque de políticos y periodistas, como espacios habitados
por estas figuras sociales; las prestaciones sociales fueron el blanco de la
crítica y derrumbe del sistema de protección social y el Welfare State; los trabajadores
de la Administración
pública fueron anatemizados como un gasto superfluo o un lujo asiático. El
xenófobo Partido Nacional Británico, encontró un filón electoral en la
oposición a la inmigración. No sé si la música, pero toda esta letra nos suena
mucho y es muy cercana...
En definitiva, el libro de Owen Jones ofrece serios argumentos
sobre la forma en las que la clase dirigente y los mass media en Gran Bretaña han legitimado a lo
largo de los años una política de clase, utilizando la manida falacia de
presentar la “parte” como el “todo”, demonizando a la clase trabajadora a
partir de la construcción de un estereotipo denominado “Chav”. Desde 1979 en la
política británica han proliferado aquellos que han negado permanentemente la
existencia de la “clase” como elemento fundamental de las fracturas sociales,
y, sin paradoja aparente, se han constituido al mismo tiempo en los principales
“luchadores de clase”, de la suya, por supuesto. De manera que, como sostiene
Jones, “la demonización de la clase trabajadora es el conquistador que se
burla del conquistado”. Ante ello, el autor plantea como necesaria la
alternativa de una nueva “política de clase” desde la izquierda social y
política británicas.
En las turbulentas y encenagadas aguas del Reino de España
también es fácil encontrar ecos de aquellos pasos dados en Gran Bretaña durante
las últimas décadas. Cuando Joan Rosell, presidente hoy de la CEOE , declaraba públicamente
hace dos días que a los funcionarios se les envíe a casa para no gastar papel y
teléfono, no hace más que repetir lo que un provinciano ha oído en alguna
reunión en el extranjero, tal vez haya leído alguna de las declaraciones de
conservadores como Norman Tebbit, Geoffrey Howe,… Cuando Soraya Sáenz de
Santamaría, hace tan solo unas semanas aparece en los medios, haciendo
pucheros, y ofrece la solemne y huera declaración según la cual las personas
“tienen derecho a fracasar”, al referirse a los miles de ciudadanos desahuciados
en nuestro país, lo que hace es repetir como un loro bien adiestrado algo que
en 1985 ya formuló el original de esta versión de “revolución
neo-conservadora”, cuando Thatcher hizo la cínica y fatídica declaración según
la cual: “No existe una cosa llamada sociedad. Hay hombres y mujeres
individuales, y hay familias”. Los males propios los provocan los
individuos, así mismos y a la sociedad. La sociedad, concebida como estanca y
jerarquizada, en el imaginario de la confortable “clase media”, recibe los
embates de unos miles de inútiles y, aunque sea contradictorio, astutos
gorrones que no saben ni quieren triunfar porque no aceptan vivir en y bajo el
capitalismo. La política consiste en defenderse de ellos.
Todo parece indicar que en nuestro país no sólo hay crisis
económica y financiera, social e institucional, si no que existe una evidente y
larga tradición de ausencia de ideólogos originales. Sigamos, pues, con las
copias, mejorar el desastre producido en otros lares no será difícil, se nos da
bien y entre algunos incluso despierta vocaciones ocultas…
* * *
La editorial Capitán
Swing merece un comentario aparte. Es meritoria la iniciativa que está llevando
a cabo y da muestras de un gran olfato editorial pensando en un público
determinado de lectores. Una virtud escasa entre las editoriales de gran
prestigio del país, convertidas en aquello que Julio Camba llamaba “mataderos
de Chicago” para referirse a la vida como fordismo en los EE.UU. de los años veinte y
treinta.
En 2013 ha
aparecido en la misma editorial Abraham Lincoln & Karl Marx, Guerra y emancipación (17 €), una recopilación de necesaria,
cuando no de imprescindible lectura para poner ojo avizor en otros debates
actuales, cuya presentación va a cargo de Andrés de Francisco con una introducción
de Robin Blackburn, y de la que Antonio Lastra, Javier Alcoriza y el mismo
Andrés de Francisco han hecho su traducción del original. Capitán Swing además
de “Entrelíneas”, ha abierto otras colecciones, como “Historia Profana”,
dedicada a obras clásicas de la historia (Maquiavelo a Engels, pasando por
Henri Pirenne), y a literatura y ensayo como las colecciones “Polifonías” e
“Inclasificables” (vale mucho la pena echarle una ojeada: http://www.capitanswinglibros.com/portada.php)
jueves, 7 de febrero de 2013
LA FASCINACIÓN DEL SINDICALISMO
Quim González ha escrito en El oficio de sindicalista una de las cosas más bellas sobre tan noble actividad. Y, a tenor de las lecturas en este mismo blog, de los comentarios en diversos medios (facebook y twitter) se percibe el grado de emoción que ha despertado. Más o menos el mismo que pudimos sentir en el acto del Círculo de Bellas Artes (Madrid) cuando Quim pronunció su discurso.
Ahora bien, el oficio de sindicalista [oficio
proviene del latín opificium, derivada de opificis ‘artesano’,
que se formó, a su vez, mediante la yuxtaposición de opus ‘obra’ y facere
‘hacer’] nos remite necesariamente a la obra, esto es, al sindicato. De donde
la relación entre el elogio al sindicalista es de cajón que se engarza con el hacer del sindicato. Quim González, así
pues, está hablando en su discurso de lo que podríamos llamar la fascinación
del sindicalismo.
¿Qué es la fascinación
del sindicalismo? Aproximadamente esto: una actividad cotidiana que no admite
espera; que te empuja a un ajetreo constante; que impulsa a que centenares de
miles de personas sean de otra pasta.
Solidarios y organizadores de la solidaridad: éste es el ethos de esas gentes que quieren transformar el trabajo asalariado
en una actividad cotidiana, que no admite espera ni dilación. Esta es una seña de identidad que la
distingue desde sus orígenes hace ya más de doscientos años.
Casi nada: más doscientos años. Han aparecido y
desaparecido formaciones políticas y determinados movimientos sociales, pero
ahí está –ahí está viendo pasar el tiempo como la calle de Alcalá— el
sindicalismo. Para entendernos: desde Beethoven a nuestros días pasando por
Thomas Mann y Einstein. Hasta donde mi
conocimiento me alcanza, poco se ha estudiado la razón de esta perdurabilidad
en el tiempo. De ahí que yo apunte a lo que denomino la fascinación del sindicalismo que contagia a las personas que
ejercen esa actividad, ese «oficio» al que se refiere Quim González.
Una entrega colectiva de millones de personas de todo el mundo, de la que es un pálido reflejo los 200 años de compromiso del sindicalismo europeo. Y, por supuesto, no olviden que la palabra sindicalismo viene del griego Συνδηκου, síndico: el término que empleaban los griegos para denominar al que defiende a alguien en un juicio, el que protege. Genio y figura.
Radio Parapanda. EL SINDICALISMO ESPAÑOL, HOY
domingo, 27 de enero de 2013
NEOLIBERALISMO CARPETOVETÓNICO, NEOLIBERALISMO CATALÁN
Catalunya
registra ahora el mayor número de parados de su historia. Sin embargo, la
situación política está monopolizada por el tema del derecho a decidir su relación institucional con España. O lo que es
lo mismo: la cuestión social está fagocitada por la politique politicienne. Mientras
tanto, el gobierno de la
Generalitat , aprovechando que el Besós pasa por Sant Adrià,
pone en marcha un conjunto de medidas que (como en el caso del troceo del Institut
Català de la Salut )
significa una especie de pasaporte para el tránsito hacia la privatización o
–como sostiene Lluís Casas-- “a ser colonizado
por las empresas multinacionales o simplemente inversoras”. Pregunto: ¿no había figurado en los pactos
públicos entre CiU y Esquerra Republicana de Catalunya algo así como el freno a
esas privatizaciones? ¿O es que hay algunas cláusulas, secretas o reservadas,
que estipulan la contrario? Pregunto otra vez: ¿qué énfasis está poniendo la
izquierda política y la izquierda social en contra de todo ello?
Y, mientras se
está dando esta situación –el mayor número de desempleados de la historia de
Cataluña y en ese contexto de cambio de metabolismo de la sanidad
catalana-- sigue la pertinaz y
autoritaria reestructuración de los aparatos productivos en las empresas que
tienen sus instalaciones en Cataluña? Pongamos que hablo de Nissan, que es sólo
un ejemplo entre tantos. ¿Dónde está la propuesta de la izquierda política y
social de Cataluña? ¿Dónde se encuentra su capacidad de intermediación política
que pueda ayudar a quienes, en los centros de trabajo, defienden sus nobles
intereses?
Digamos las
cosas por lo derecho: la izquierda política (y en otro orden de cosas, la
izquierda social) está atrapada en la revolución
pasiva –de gramsciana factura-- que lidera la derecha nacionalista y sus
proveedores. La revolución pasiva entendida así: el proceso político, social y
cultural, cuya dirección está en manos conservadoras.
Cierto, el choque entre las
derechas políticas (Partido popular y CiU) tiene una importante componente
sobre, dicho de manera esquemática, el modelo de distribución de los poderes en
España. No hace falta decir que se trata de una áspera batalla que viene de
antiguo. Pero ambas derechas están empeñadas, y eso les une, en la exportación
del modelo neoliberal norteamericano, que en nuestro país tiene menos controles
y más impudicia. Un modelo que se va implantando, además, de la mano de una
turbia promiscuidad entre el dinero y la política. Ahora bien, existen percibo
ciertos contrastes en el neoliberalismo español: el que podríamos denominar de
matriz carpetovetónica con un personal toque chusquero –el que está poniendo en
marcha el Partido Popular-- y el de matriz
académica de los proveedores de la derecha
catalana. Ambos se orientan a romper las cuadernas del arca de Noé,
ciertamente. El primero lo hace de manera prusianamente cuartelaria; el segundo
en clave de power light, en el
sentido que le da Joseph
S. Nye. Es decir, el PP intenta su operación, podríamos
decir, manu militari; la derecha
catalana lo hace a través de oro, incienso y mirra donde cada cosa de estas
tres tiene su propio cometido con el objetivo de cooptar sujetos sociales. El primero arremete cual fiel espada toledana;
el segundo intentando diluir el conflicto social e, incluso, mistificándolo, es
decir, publicitando indecorosamente que es un apoyo al liderazgo de Artur
Mas.
Ahora
bien, ¿en qué coinciden? En algo que, para otro menestar, dice el profesor Juan Laborda: “en que las políticas que nos
están imponiendo [los neoliberales] son
pura ideología y no economía” (1). Sin
embargo, el
carácter de uno y otro neiliberalismo (y, sobre todo, su puesta en funcionamiento)
tiene sus diferencias. Pero eso lo dejaremos para otra ocasión. No conviene
agobiar demasiado a quien tiene la amabilidad de leer ese ejercicio de redacción.
(1) LAS FALSEDADES DE LA ORTODOXIA NEOLIBERAL, publicado
en el blog hermano Ciudad Nativa.
sábado, 26 de enero de 2013
VIOLENCIA Y NO VIOLENCIA
Nota editorial. Seguimos pegando la hebra Paco Rodríguez de Lecea y un servidor, ahora en torno a Hundimientos y promesas (1)
Querido Paco, debo decirte que me gustan las
respuestas de Fausto Bertinotti al amigo Dario Danti. Es más, entiendo que
Fausto eleva la discusión a cotas que, hasta donde yo sé, me eran desconocidas.
Ya ves, en este tema de la violencia yo había estado bastante distraído desde
siempre. Lo diré sin ambages, nuestro hombre atina y lo hace de una manera
sobria.
Lo primero: la humildad responsable de Fausto cuando
reconoce que sobre determinados asuntos “no sabe”. Lo que no deja de ser una
anomalía, ya que la mayoría de los dirigentes políticos parecen ser un almacén
de conocimientos que van desde su oficio hasta los más aspectos más intrincados
de la física cuántica pasando por la reproducción del ganado caballar en los
Apalaches. En esta ocasión me refiero a al no
sabe sobre determinados aspectos de la conducta humana. Por otra parte, su no saber lo relaciona con las
limitaciones de la política, que no es, en su opinión,
la política no es omnipotente, “no es ilimitada ni lo abarca todo; por el
contrario, la alta política es la que acepta el límite para ella misma, incluso
porque asume el hecho de que el hombre es un ser limitado”. Como debe ser. Desde luego, tendremos que convenir que el
nivel de lecturas de, al menos nuestra clase política doméstica, es baste
precario.
Lo segundo: hay un giro conceptual y lingüístico en
Bertinotti al final de este capítulo. Tras la experiencia de Génova 2001, y
situándose ya en la perspectiva, ya no habla de movimiento anti globalización sino de movimiento alterglobalización. El giro no es irrelevante. De negar la
globalización se pasa a construir otra globalización: otro mundo es posible.
Por último, sólo tengo un
contraste con Fausto. Concretamente cuando dice que ese movimiento “es el primer movimiento
posnovecentista que puede abrir una brecha tras la derrota histórica del movimiento obrero. Después de la respuesta que se dio a la Cumbre de Seattle en 1999,
el movimiento y sus razones se expandieron por todo el planeta (las cursivas
son mías). Me parece que la expresión –derrota histórica (sconfita storica)-- es desproporcionada. En primer lugar, por lo
caballuno del término; y, en segundo lugar, porque la derrota, dicha de ese
modo, da la sensación de que es definitiva.
Bueno, de todas estas cosas
hablaremos el sábado largo y tendido. Mientras tanto, como decía el gran
Anselmo Lorenzo, tuyo en la Idea. JL
Habla
Paco Rodríguez de Lecea
Derrotas históricas, querido José Luis,
el movimiento obrero ha sufrido muchas, incluso sonadas. Yo intuyo que cuando
Fausto habla de ‘la’ derrota histórica, la derrota digamos por antonomasia, se
está refiriendo al derrumbe del socialismo real, a la desaparición de la URSS del mapamundi.
Y es cierto que, aunque el movimiento
obrero en el mundo sigue activo y capaz por consiguiente de acumular nuevas
derrotas en su currículum, aquel acontecimiento ha marcado una divisoria, un
antes y un después en muchos aspectos cruciales. En las coordenadas
geopolíticas, por supuesto, pero también en otras facetas más sutiles del modo
de ser de las izquierdas. Uno de los valores que han emergido con fuerza es el
del pacifismo. Hoy es un elemento incluido con entera naturalidad en cualquier
manual de cambio social, revolucionario o no. Supongo que eso ha ocurrido a
partir de que incluso los más recalcitrantes tomaron conciencia de que nunca
iban a ver aparecer los tanques rusos por los pasos pirenaicos; porque no hace
tanto tiempo que Gandhi, al que Fausto recuerda con respeto, nos lo vendían
como un bobo iluso y desfasado.
La terrible hecatombe de las torres
gemelas ha dejado al descubierto también las falacias implícitas en posturas
como la de Sartre en torno al terrorismo. La violencia terrorista puede ser
explicada y comprendida racionalmente, pero no justificada. Por muchas razones,
pero en primerísimo lugar porque la espiral agresión - reacción tiene un efecto
paralizador en la conciencia de las personas y acaba por representar un
retroceso para los esfuerzos emancipadores. Fausto lo señala con razón al
referirse al nivel unitario y combativo alcanzado por el movimiento alternativo
a la globalización en Génova 2001, y a cómo la voladura de las torres apenas
unos meses después no sólo abrasó aquellos ‘brotes verdes’ sino que dio la
excusa idónea al imperialismo para llevar la guerra y la destrucción a Irak y
Afganistán, con la adhesión explícita o implícita de muchas gentes de buena fe
que meses antes se habrían opuesto rotundamente.
El punto más problemático del
razonamiento de Fausto lo encuentro yo en la naturaleza y el posible
crecimiento y desarrollo de los ‘brotes verdes’ aludidos. ¿Eran capaces de
verdad aquellas plataformas, por sí solas, de abrir una brecha en el sistema
global neoliberal? De paso, ¿qué hemos de entender por ‘abrir una brecha’,
igual que por tantas otras metáforas que utilizamos cada día tomadas del léxico
militar (tomar la ofensiva, asaltar una trinchera o las casamatas, emprender
una retirada estratégica, etc.), desde el momento en que nos declaramos
pacifistas y preconizamos la no violencia? Y más allá de cuestiones léxicas, si
el movimiento obrero ya no es un elemento significativo en el tablero de juego,
¿cuáles son las fuerzas concretas que han de cambiar la sociedad existente, y
qué política de alianzas es posible establecer entre ellas?
Pensaba en estas cosas la otra noche
mientras visionaba la rueda de intervenciones que ofreció Radio Parapanda,
promovida en Sevilla por el blog En campo
abierto, sobre las soluciones de la izquierda a la crisis. Debo decir para
empezar que me habría gustado que las tres opciones políticas participantes se
hubieran puesto de acuerdo previamente entre ellas para ofrecernos un programa
unitario coherente. Presentar cada cual su receta particular no es, creo yo, de
recibo en esta coyuntura, y puede tener un tufillo electoralista. Después, la
reivindicación enfática de la política no deja de ser un gesto vacío. Política
lo es todo, el hombre es un animal político según dejó dicho Aristóteles hace
ya un montón de años, y uno no puede evitar la sensación de que quienes hablan
así en el vídeo lo que de verdad reivindican no es la política sino la figura
del político profesional, por un lado, y la labor de los partidos políticos por
otro. Ahora bien, si no abordamos la salida de la crisis desde una
reconsideración a fondo de nuestro propio modo de estar en la izquierda y de los
errores, deslices y desventuras que nos han llevado paso a paso a la posición
nada envidiable en la que nos encontramos, las recetas para la salida de la
crisis serán voces en el desierto.
Vuelvo a la cita de Foa que me pareció
importante incluir en mi anterior intervención. No sólo Vico, también la
experiencia nos dice que el mejor programa de salida a la crisis que podamos
elaborar no se realizará nunca, o se realizará de un modo distinto y a veces
contrario a como fue previsto. Pero eso es algo que debemos dejar en manos de
la historia. La política es otra cosa, ya que estamos reivindicándola. Y la
política nos exige hacer planes; y definir de forma concreta cada etapa del
itinerario que queremos seguir, a ser posible con pelos y señales; y especificar
quiénes, y de qué manera, y en base a qué alianzas, van a protagonizar cada uno
de los pasos que hemos previsto. Por más que a fin de cuentas todo transcurra
de otra manera.
Por lo menos esa es la Idea en la que yo, querido
José Luis, comulgo contigo. Paco.
viernes, 25 de enero de 2013
MEMORIA HISTÓRICA Y RECUERDOS PERSONALES
Nota editorial. El historiador Javier Tébar entra en la conversación sobre EL PROCESO “ADAPTATIVO” DE LA IZQUIERDA
La historia en
acto o el recuerdo verdadero
Javier Tébar
Hurtado
Historiador
Preguntarse
por el “momento” (¿tal vez por el “momento justo”?) de la “separación que
conduce a la mutación genética del Partido Comunista Italiano”, tal como lo
plantea Dario Danti, sin duda es una cuestión que suscita interés en su
conversión con Fausto Bertinotti publicada recientemente. No obstante, ese
mismo interrogante sobre el “cuándo” puede despistarnos sobre un tema que, en
mi opinión, es posiblemente más central, me refiero al “cómo” (1). Bertinotti
articula tesis variadas que han ido proponiéndose, todas ellas conducentes a la
explicación de ese “cómo”, es decir, del “proceso” y no del “momento” por el
cual se habría producido lo que denomina “mutación genética” del proyecto del
comunismo italiano. De esta manera se centra la posible discusión sobre el
asunto y se ofrece una respuesta: ese proceso del PCI tiene una naturaleza
“adaptativa”, viene de lejos, no es una reacción al derrumbamiento del
referente de la URSS. Y
es una operación adaptativa, realizada desde el partido-organización-dirección,
distante del partido-comunidad de militantes, que, más adelante, “iría
acompañado”, dice, de la “mutación genética”, que no es difícil entenderla como
la culminación del mencionado “proceso”. Sólo a la luz de este planteamiento,
uno trata de explicarse la respuesta de Bertinotti a la pregunta de Dante
respecto al hundimiento de la
URSS. Y , es necesario subrayarlo, es una respuesta que
sorprende, en la medida que fija una “memoria vaga”, como ha señalado López Bulla:
D. Danti.- En el año 1991 el final de la Unión Soviética señala el fin del mundo dividido en
dos bloques contrapuestos. ¿Cómo recuerdas aquel hundimiento?
F.
Bertinotti.- Siempre he
intentado comprender por qué mis recuerdos de aquel año son tan confusos. No se
trata de un banal proceso de abandono. Son confusos porque me es difícil
rastrearlo. En realidad podría parecer una paradoja porque es un año en el que
sucede casi todo; y, sin embargo, no es así.
Indudablemente, el epicentro es el
hundimiento de la Unión Soviética. ¿Qué sucede, entonces, cuando no se
tiene memoria concreta de un acontecimiento que, según las tesis de Hobsbawm,
clausura el siglo breve? ¿Por
qué este verdadero final de un mundo no es perceptible por naturaleza?
Probablemente, para los de mi generación, aquella experiencia la habíamos
considerado antes como concluida. El hundimiento de la URSS no
produce emoción. Naturalmente, produce una percepción del fenómeno, pero no una
emoción. Por el contrario, tengo un recuerdo nítido de la invasión de
Checoslovaquia: el 20 de agosto de 1968 mientras repartía octavillas en una
fábrica textil, en Verbano. Se me acercó un sindicalista quien me dijo que
había tanques soviéticos en Praga. Inmediatamente me quedé consternado, tuve la
percepción de una tragedia. Como la secuencia de una película: aquello podría
ralentizar esa historia. Del hundimiento soviético no recuerdo nada; tendría
que repasar la crónica de aquellos acontecimientos. Es porque aquello ya se
había consumado antes en nuestras cabezas.
Si la memoria,
en este caso individual, siempre es el resultado de la tensión entre recuerdo y
olvido, la asimetría en el recuerdo de Fausto Bertinotti entre los
acontecimientos de Praga en 1968 y el hundimiento de la URSS en 1991 constituye, por
así decirlo, un arco temporal que enmarca y, al mismo tiempo, ofrece la lógica
de un relato personal sobre la progresiva crisis y el proceso “adaptativo” del
PCI, como, con variantes, del resto de los partidos comunistas occidentales.
Contiene todo un ello una determinada “economía memorial” –que el historiador
Ricard Vinyes para otros menesteres ha definido como “el sistema de
administración de bienes morales y simbólicos, de datos, fechas y actos”- en la
que la “memoria buena”, la de 1968, contrasta, y de qué manera”, con la “mala
memoria”, en este caso la falta de recuerdo, respecto a 1991.
Pero además, en la entrevista se pasa
del plano de los recuerdos personales sobre el hundimiento de la URSS a la propuesta de una
interpretación sobre el pasado del comunismo italiano. La interpelación a la
memoria de Bertinotti se ha transmutado, de manera abrupta, en otra cosa distinta, su
aproximación abandona una de las vías de relacionarse con el pasado, para
situarse en la vía de la historia política e intelectual del PCI. Nos ofrece
una interpretación: no hubo hundimiento (“Es porque aquello ya se había
consumado antes en nuestras cabezas”, afirma Bertinotti) -ni mucho menos
implosión-, sino un “arrumbamiento” (dice el diccionario de la RAE : “Poner una cosa como
inútil en un lugar retirado o apartado”, “Desechar, abandonar o dejar fuera de
uso”). El nervio central de este relato está en lo que llama “mutación
genética”. Un fenómeno que, al parecer, sólo afectaría al grupo dirigente al
“partido-iglesia”, desde cuyas alturas se diseñaron y tomaron decisiones al
margen del “partido-comunidad”. Sin embargo, se señala muy poco sobre
las respuestas del “pueblo comunista”, de esta comunidad, de sus respuestas, de
los cambios en su seno, ya sean de actitudes o bien de naturaleza generacional.
Si no hubo cambios, es decir, si la militancia comunista mantuvo una naturaleza
inmutable a lo largo del tiempo, o si los hubo, estos cambios en ella sólo
fueron aquellos inducidos por los dirigentes del partido, podría decirse
entonces que las políticas “adaptativas” fueron realmente eficaces y efectivas
hasta el último momento, hasta el giro occhettiano. Por lo tanto, es una
historia clásica sobre los dirigentes como protagonistas de la historia y los
dirigidos como simples figurantes en ella. En esta presentación de la historia
política e ideológica, por supuesto, la sociedad es un paisaje de fondo.
En mi opinión, una interpretación tan
rectilínea sobre la evolución del comunismo italiano en la segunda mitad del
siglo XX, deja de lado, con excesiva premura, el cambio “molecular”,
imperceptible, en el que tanto empeño analítico puso Antonio Gramsci: las
formas de un cambio imperceptible, por medio de cual las personas responden a
los cambios históricos, antes de que éstos constituyan una nueva realidad. En
este terreno hubiera sido interesante que Bertinotti entrara en el terreno de
la “autobiografía”
al ser preguntado sobre 1991, en la medida que ésta puede potencialmente
relacionar la vida personal con la social, acercar los límites de la historia a
los de la vida de las personas. Tal como el mismo Gramsci reflexionó de manera
contra-intuitiva en sus notas de justificación de la “autobiografía”, solamente
a través de las “autobiografías” puede atisbarse en acto, es decir, encarnado
en individuos reales, el “mecanismo” de los hechos históricos. El relato
autobiográfico constituiría, de esta forma, una fuente histórica de enorme
potencial, “en cuanto que muestra la vida en acción y no sólo como debería
ser según las leyes escritas o los principios morales dominantes (…) sólo a través de las autobiografías
se ve el mecanismo en acción, en su función real que muy a menudo no
corresponde para nada a la ley escrita. Y sin embargo la historia, en sus
líneas generales, se hace sobre la ley escrita: cuando luego aparecen hechos
nuevos que transforman la situación, se plantean cuestiones vanas, o por lo
menos falta el documento de cómo se ha preparado el cambio “molecularmente”,
hasta que ha explotado en la transformación”.
Podría pensar
que de esta manera se está sosteniendo aquí que la memoria es el instrumento
para la exploración del pasado, y no es así. Es una forma distinta a la
historia, como disciplina, de relacionarse con el pasado, algo sobre lo que no
cabría insistir demasiado. Pero ya que Bertinotti hace referencia a otro
marxista ilustre, vale la pena traer a colación la concepción de Walter
Benjamin sobre este asunto, cuando plantea, en un lenguaje metafórico de gran
potencia sugeridora, que la memoria solamente es un medio para la exploración
del pasado: “Así como la
tierra es el medio en que yacen enterradas las viejas ciudades, la memoria es
el medio de lo vivido. Quien intenta acercarse a su propio pasado sepultado
tiene que comportarse como un hombre que excava. Ante todo no debe temer volver
siempre a la misma situación, esparcirla como se esparce la tierra, revolverla
como se revuelve la tierra. Porque las “situaciones” son nada más que capas que
sólo después de una investigación minuciosa dan a la luz lo que hace que la
excavación valga la pena, es decir, las imágenes que, arrancadas de todos sus
contextos anteriores, aparecen como objetos de valor en los aposentos sobrios
de nuestra comprensión tardía, como torsos en la galería del coleccionista. Sin
lugar a dudas es útil usar planos en las excavaciones. Pero también es
indispensable la palada cautelosa, a tientas, en la tierra oscura. Quien sólo
haga el inventario de sus hallazgos sin poder señalar en qué lugar del suelo
actual conserva sus recuerdos, se perderá lo mejor. Por eso los auténticos
recuerdos no deberán exponerse en forma de relato sino señalando con exactitud
el lugar en que el investigador se apoderó de ellos. Épico y rapsódico en
sentido estricto, el recuerdo verdadero deberá, por lo tanto, proporcionar
simultáneamente una imagen de quién recuerda, así como un buen informe
arqueológico debe indicar ante todo qué capas hubo de atravesar para llegar a
aquella de la que provienen los hallazgos” (Fin de la cita).
De manera que si el ejercicio
“arqueológico” que se nos propone está bien realizado, es probable que su
resultado no sea una galería de héroes y villanos, y sobre todo no constituya
un homenaje a las piedras.
(1) HUNDIMIENTOS Y GIROS (2)
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