martes, 23 de octubre de 2007

MARCELINO CAMACHO Y GIUSEPPE DI VITTORIO: dos vidas (casi) paralelas (1)


Foto propiedad del Arxiu Històric de CC.OO. de Catalunya. Se agradece el préstamo. Le debo una, doctor Tébar.



El día 19 de noviembre se celebrará un seminario en Barcelona celebrando el cincuentenario de la muerte del gran sindicalista Giuseppe Di Vittorio. Me han pedido que haga una ponencia. Este es el borrador de la misma; la iré corrigiendo según me venga la inspiración.



No me consta que la generación fundadora de Comisiones Obreras tuviera conocimiento, directo o indirecto, de Giuseppe Di Vittorio. Ni siquiera nuestro Marcelino Camacho que siempre se autorretrató como `el más viejo del lugar´ estaba convenientemente al tanto de las propuestas del gran sindicalista italiano del que, dicho sea de paso, tenía un aire en su manera de ser y su relación con la gente. Sin embargo, podemos decir que no pocas cosas que plantea Di Vittorio, a lo largo de su fecunda vida, guardan una estrecha relación con la biografía de Comisiones Obreras. En ese sentido, los parecidos más visibles de esas (casi) vidas paralelas son, en mi opinión, las siguientes: 1) la independencia del sindicalismo, 2) su vocación unitaria, 3) la intervención en los asuntos generales del país, y 4) la forma-sindicato.


1. La independencia del sindicato


Conviene precisar los términos para evitar cualquier equívoco: el léxico que nosotros siempre utilizamos fue y es la `independencia sindical´, mientras que los italianos siempre usaron la expresión `autonomía sindical´(1) Por lo tanto, cuando un servidor hable de independencia está diciendo tres cuartos de lo mismo que la divittoriana expresión de autonomía. Nosotros, al igual que el sindicalista italiano, entendíamos que ser un sujeto independiente quería decir lo que sigue: a) que es él y sólo él quien elabora su proyecto contractual, b) quien decide las formas y el momento del ejercicio del conflicto, c) quien diseña sus prácticas organizativas y elige sus representantes, y d) quien mediante sus propios mecanismos se procura los medios financieros para la sostenibilidad de su funcionamiento. O lo que es lo mismo, quien pone en marcha la `fatiga de su proyecto´, por utilizar una expresión tan querida al inolvidable maestro Bruno Trentin.


Hablo enfáticamente: es el sujeto sindical --él y sólo él actúa-- quien actúa de esa manera. Lo que no quiere decir que estemos ante una cultura solipsista, introvertida, ensimismada. Lo que tampoco indica que sea un sujeto indiferente. Nuestras vidas (casi) paralelas –Di Vittorio y nosotros, españoles-- entendían que el sindicalismo es independiente de todos los poderes económicos, de todos los poderes del Estado y de todos los partidos políticos, incluidos los obreros. Es más, al igual que Di Vittorio dejó sentado en el Congreso de Viena de la Federación sindical mundial, nosotros afirmamos (en la famosa asamblea de Orcasitas, en abril de 1967) que estábamos hablando de una independencia que se refería a cualquier situación en el mundo, esto es, en no importa qué caracterización social del Estado.


Tengo la impresión de que esta manera de entender las cosas tenía una matriz: Comisiones Obreras –estoy hablando de sus primeros movimientos, que es cuando se elabora lo ya dicho— se caracteriza por ser un sujeto interno en el centro de trabajo. Es decir, no es un agente exterior ni un mediopensionista del colegio. Tampoco es un sindicalismo para los trabajadores sino de los trabajadores. Y si es un sujeto del interior del centro de trabajo es quien gestiona el vínculo social que recorre al conjunto asalariado de dicho centro de trabajo: un vínculo unitario en sus diversidades. En resumidas cuentas, la sofisticada elaboración que relata la Asamblea de Orcasitas es substancialmente la consecuencia de que aquello de quien se habla es un sujeto interno del centro de trabajo.


Ahora bien, los prolongados gestos de Di Vittorio en defensa de la autonomía sindical (y, según nosotros, independencia) de la Cgil que finalmente conducen al abandono (al menos teórico) de la `correa de transmisión´ del partido al sindicato nos vienen de perlas a nosotros, Comisiones Obreras. Estoy seguro que la dirección del partido comunista italiano hablaría con sus compañeros españoles y les pondrían al tanto. Y, picardías aparte, hasta es posible que les dijeran la manera de seguir funcionando como si no hubiera cambiado la cosa. En todo caso, de manera indirecta Giuseppe Di Vittorio nos quitó -- repito: en teoría— un problema o una parte del problema.


De todas formas, también es cierto que el partido nunca estuvo cómodo con la exhibición de Comisiones en torno a su independencia. Recuerdo perfectamente que en la primera conferencia, llamada obrera, del PSUC en los documentos propuestos figuraba una formulación programática un tanto curiosa: el sindicato es un sujeto independiente de los poderes económicos y autónomo de los partidos políticos. Como no se trataba de una errata, estaba claro que el redactor intentaba relativizar lo que, en aquellos tiempos, se llamaba las relaciones entre el partido y el sindicato. Es decir, el ponente de tan curiosa formulación pretendía que el sindicato fuera un próxeno del partido en la cuestión social. Debo aclarar que, no obstante, la discusión obligó a retirar la `perla´ y volver a la formulación tradicional de Comisiones Obreras.


Así pues, tengo para mí que nosotros tenemos una especial deuda con Giuseppe Di Vittorio. Desde luego, había que ser extremadamente consciente y riguroso para dar la batalla no sólo a dirigentes políticos tan importantes como Togliatti y Amendola sino a toda una tradición leninista, hegemónica en la tradición comunista de entonces. Y según parece de ahora también, vistas las asperezas de la Cgil con algunos grupos políticos ayer y ahora mismo.


2.— Nuestra vocación unitaria


El sujeto interno del centro de trabajo que apadrina la independencia sindical es, precisamente por ello, un elemento que construye la unidad social de masas, como expresión del vínculo social, unitario en sus diversidades, y, a partir de ahí, está en mejores condiciones para proponerse la unidad sindical orgánica. Cierto, no hay una relación inequívoca entre ser sujeto interno y la unidad sindical orgánica. Pero sí la favorece y sí está en las mejores condiciones para establecer unos grados de unidad de acción sostenible.


Debo repetir que nosotros no conocíamos la vida y milagros de Di Vittorio. Pero también en estos asuntos teníamos algo así como una especie de telepatía con el amigo italiano. Y aún diré más: en Catalunya la telepatía tuvo una mayor densidad. El gran padre de Comisiones Obreras de Catalunya, mi maestro Cipriano García, siempre ponía un gran énfasis en la unidad social de masas y su necesaria vinculación con el proyecto de libertad sindical y la unidad sindical orgánica.






Naturalmente partía del papel de los representantes de los trabajadores que mayoritariamente habíamos hecho entrismo en la Central Nacional Sindicalista, el sindicato-policía-capataz del franquismo. Si bien la utilización de los instrumentos y posibilidades legales, bajo el franquismo, era algo asumido por todas las Comisiones Obreras en España, es rigurosamente incontestable que las experiencias más plenas y fecundas se dieron aquí y en Andalucía.


En resumidas cuentas, estábamos haciendo casi lo mismo que Di Vittorio planteó en el Congreso de Lyón (Pci) por las mismas fechas en que un sindicalista catalán anarcosindicalista, Joan Peiró, planteara en tiempos de la dictadura del general Primo de Rivera.


3.— El sindicato interviene en todos los problemas de los trabajadores


Una de las caracterizaciones más llamativas de Comisiones Obreras fue su autodefinición como `sindicato sociopolítico´. Una formulación que nunca se dio así misma la Cgil, ni me consta, salvo error u omisión, en Di Vittorio. Aunque nos parecía claro que era todo un hallazgo (y, ciertamente, lo fue) también nos ocasionó, andando el tiempo, no pocos problemas, no pocas derivas extravagantes y disparates pansindicalistas. En todo caso, lo que se quería afirmar era que Comisiones Obreras debía tomar posición –y organizar el conflicto— en torno a todos los problemas que afectaban a la condición asalariada en cualquier esfera socioeconómica y sociopolítica.


Entiendo que el carácter sociopolítico era otra consecuencia del carácter explícito de la independencia sindical. Y en el fondo una cierta discontinuidad de la tradicional concepción de la II y III Internacional que dictaba: 1) la supremacía jerárquica del partido hacia el sindicato, y 2) la separación de roles entre el primero y el segundo. El partido, dicho desparpajadamente, era el capataz; el sindicato, se transformaba en un mandao. Digo que fue una novedad, aunque a decir verdad nunca planteamos explícitamente que no se admitía la primacía del partido ni tampoco que rechazábamos la división de competencias. Nos limitamos a intervenir en la práctica como iguales. Tal vez porque en plena dictadura la capacidad de abierta acción colectiva nos venía mejor a nosotros que al partido o, quizá, fuera una intuición camachiana. El caso es que, fuera como fuese, lo que fue seña de identidad primigenia prendió y en cierta medida abrió los postigos de la intervención sindical en una gran cantidad de problemas y situaciones. Lo paradójico del caso es que el partido político fue retirándose de la cuestión social hasta convertirse en un sujeto extrañado de la misma.


He dicho que no consta que Marcelino Camacho conociera incluso los momentos más estelares de Di Vittorio. Pero, como he dicho antes, la telepatía hacía ciertos milagros. Y al igual que el amigo italiano formulara el Piano del lavoro, para la reconstrucción de su país tras la guerra, Marcelino Camacho – recién salidos de la dictadura franquista-- propone, salvando todas las distancias, un cosa similar: el Plan de solidaridad contra el paro. Por las razones que fuere, Marcelino no tuvo los sinsabores del sindicalista de Cerignola, enfrentado a la dirección de su partido. Ni en público, ni que yo sepa, en privado Santiago Carrillo dijo nada que descalificara la propuesta camachiana.


En todo caso, esa formulación de sindicato sociopolítico tiene más vínculos con el posterior comportamiento de la primera parte de la biografía de Solidarnösc que con la acción general de la CGIL.


4.-- Algunos rasgos comunes de la forma-sindicato


Me atrevería a decir que el hilo conductor telepático que va de Di Vittorio a Comisiones Obreras es el carácter participativo del sindicato. En ocasiones he utilizado la expresión de democracia próxima, vecina. O, lo que es lo mismo, la asamblea instituida como elemento de legitimación de ese movimiento sindical de los trabajadores. Se diría que es la asamblea y los hechos participativos la fuente nutriente de la independencia sindical. Y, como remache, la no aceptación de nadie como sujeto que ostenta la supremacía.


Ahora puede parecer banal, pero en tiempos no tan antiguos el sindicalismo tradicional (o algunas expresiones del sindicalismo tradicional) no contaban con los desempleados como personas a encuadrar sindicalmente. Di Vittorio y nosotros pensábamos justamente lo contrario. ¿Cómo no iban a pertenecer a la familia los sujetos más débiles, los menos protegidos y más desamparados?


Ahora bien, si se me permite la impertinencia –tanto por los amigos italianos como los catalanes-- diré que no acierto a entender las razones que motivan el mantenimiento de la misma forma orgánica (me refiero a las formas de representación) del sindicato: la que telepáticamente idearon en su día tanto Di Vittorio como Marcelino Camacho. Con lo que ha llovido, con lo que sigue lloviendo...


Si convenimos que nos encontramos en un nuevo paradigma, totalmente distinto del que vivieron Di Vittorio y Marcelino, ¿cuál es la razón para que no surjan nuevas emergencias en la forma-sindicato, en la representación, en las estructuras? Dejo la pregunta en el aire cuando la tarde languidece y renacen las sombras y estoy moliendo café...


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(1) Al único sindicalista italiano a quien le oí hablar de `independencia´ (sólo al final de su vida) fue a mi amigo Claudio Sabattini, que fue dirigente de la Federación metalúrgica de la Cgil.

viernes, 21 de septiembre de 2007

ANGEL ROZAS, JOVEN SINDICALISTA DE 80 AÑOS


Como puede verse, Angel toma la delantera a "los grises" en la manifestación del 11 de setiembre de 1967. Algunos neofederalistas de hoy le acusaron de ir a remolque de la burguesía. Tampoco estaban los mesócratas que hoy consideran que el Universo mundo empieza en Figueres y acaba en Alcanar. Y, no obstante, Angel estuvo aquel 11 de setiembre; los documentos gráficos no engañan. Este retrato es obra del pintor Miguel Helecho, de parapandesa natío.


ANGEL ROZAS, JOVEN SINDICALISTA DE QUATRE VINTG AÑOS



José Luis López Bulla y Javier Tébar*


Hace unos días Angel Rozas cumplía sus primeros ochenta años. No se puede decir, pues, que sea un zagal. Pero todavía tiene la suficiente juventud para ir enseñando y dando testimonio de su antigua sabiduría. Ahí está viendo cómo viene el futuro presidiendo la Fundació Cipriano García - Arxiu Històric de Comissions Obreres de Catalunya. Estoy por decir que Angel es el sindicalista más querido y respetado de la numerosa familia de su sindicato. Hoy un grupo de viejas amistades de ayer celebramos con nuestro amigo una cena, de la que todavía el maestro –a estas alturas del día— ni siquiera está enterado. No informarle era conveniente porque, poco amigo de trajines encomiásticos, era seguro que se hubiera negado. Comoquiera que Josep Maria Rodríguez Rovira es una persona seria –e incapaz de montar ningún embrollo— se consideró que debía organizarle a Angel una mentirijilla. Así es que aparentó que iban a cenar juntos, como tienen por costumbre de vez en cuando, y nuestro hombre picó el anzuelo. Allí estábamos una veterana cofradía de alumnos de nuestro hombre. Cuando Angel vio lo que había allí reunido sonrió, puso las cejas como acentos circunflejos y debió pensar que a sus ochenta años le habían engañado como a un crío.


Rozas nació en Olula del Río (Almería) muy cerquita de Macael, el famoso pueblo que según nuestro amigo “tiene el mejor mármol del mundo, mucho más que el de Carrara”. Así debe ser. Porque sabe de qué va el paño (perdón, el mármol) al haber trabajado allí, en las canteras, cuando era niño chico. (Por cierto, andando el tiempo volvió al pueblo para recibir la alta distinción que le dedicó el Ayuntamiento, nombrándole Hijo predilecto; todavía en vida de su Carmen).


Con muy pocos años, en 1943, la familia parte para Barcelona, siguiendo ese recorrido –a golpe de la carbonilla de aquellos trenes-- en busca de mejores oportunidades. Y Ángel se va haciendo un hombretón, trabajando a todo meter. Hasta tal punto que siempre explicó que “había aprendido a leer debajo de la luz del farol de la esquina”. Entre 1947 y 1949 aparece vinculado a las Hermandades Obreras de Acción Católica. Pronto lo expulsan: no sabemos si es que el joven Rozas no se sabía el Credo de memoria o no se santiguaba convenientemente. Simplemente sabemos que le expulsaron: la Iglesia católica es una gran fábrica que, de manera taylorista, organiza una legión de ateos.


Así las cosas, nuestro Angel se mete en la CNT, que tampoco le dice nada; este hombre, por lo que se ve, es un tiquismiquis. Sus ideas van en otra dirección: encuentra el PSUC, en puertas de la gran huelga general de Barcelona (la de los tranvías) de 1.951, y con sus amigos de La Torrassa se acerca a una gran manifestación que cubre las Ramblas de Barcelona hasta llegar al Puerto. El cuadro de arriba es un testimonio fehaciente de cómo nuestro hombre le lleva la delantera a los grises. En 1.954 es ya orgánicamente miembro del PSUC. La cosa le costó un Consejo de Guerra y los correspondientes años de prisión en el Penal de Burgos. Allí iba la abnegada Carmen Giménez Tonietti, su esposa, a llevarle el paquete y los correspondientes materiales clandestinos. Carmen no pararía de llevar paquetes de comida a todas las cárceles habidas y por haber. Corre el rumor –no convenientemente documentado— de que los flanes que Carmen llevaba a la Modelo de Barcelona provocaban irascibles contiendas entre un mozuelo y el veterano sindicalista Pedro Hernández en un conflicto generacional cuyos rasgos no están suficientemente historiados.





En su día es elegido enlace sindical y vocal nacional del ramo de la Construcción. Estaba, como miles de compañeros, aprovechando los cauces legales en la forma y medida que se ha explicado en el artículo titulado “Revisitando los orígenes de Comisiones Obreras” en este mismo blog.


Angel forma parte de la generación fundadora de aquel movimiento de trabajadores, Comisiones Obreras. Una generación que tuvo dirigentes de la talla de Cipriano García, Luis Romero, Antonet Martí Bernasach, Agustí Prats, Angel Abad, Nicolás Albendíz... Perdón, es imposible citarlos a todos. No cabrían aquí. Y, como fundador de aquel movimiento, ninguno de los pasos que se dieron le pillaron al margen, ni a trasmano.


Ángel Rozas era el hombre de la síntesis, un mediador nato entre las diversas `corrientes´ que siempre existieron en Comisiones Obreras. Cedía en lo accesorio para ganar en lo fundamental del debate. Sus compañeros oponentes siempre le trataron con afecto y respeto. Uno y otro no venían sólo ni principalmente de su combatividad y ejemplo; era, en especial, de la claridad y pedagogía de sus planteamientos. Era, también, la ternura que siempre inspiró un hombre muy bajito, muy bajito de estatura física. Y de cuerpo quebradizo, que parecía que se iba a partir en un momento dado. Pero ¡cá!, aquello era una roca de padre y muy señor mío: puro mármol de Carrara; perdón, de Macael.


Los distintos avatares de la lucha antifranquista –varios juicios en el Tribunal de Orden Público pendientes— le llevaron a aceptar a regañadientes (¡el partido tuvo que cuadrarle!) su salida clandestina hacia París. Desde luego, allí era más útil que pudriéndose en la cárcel.


En la capital francesa Angel forma parte de la delegación exterior de Comisiones Obreras (DECO), --una especie de “embajada oficiosa”-- organizando la solidaridad con las luchas obreras y estudiantiles de finales de los sesenta. Y allí tejió una potente red de relaciones con los sindicatos de todo el mundo. En cierta ocasión, Cipriano García y Rozas se entrevistaron con el embajador del Vietnam del Norte a quien le entregaron cincuenta mil pesetas (de la época, claro) que habíamos recogido en los centros de trabajo de Barcelona y su cinturón industrial.


En 1977 retorna del exilio con Carmen. Ocupa un lugar destacado en la dirección de Comisiones Obreras de Catalunya en la Secretaría de Formación sindical, teniendo a su lado un jovencísimo Miquel Falguera que hoy luce nobles puñetas y altas responsabilidades.


En resumidas cuentas, Angel Rozas es la historia viva del sindicalismo confederal catalán y, en la alta parte que le corresponde, de Comisiones Obreras. Un humanista a carta cabal. Un hombre que mira el futuro con sus ojos un tanto traviesos. Un veterano que, de cuando en vez, acostumbra a hacer picardías: por ejemplo, atraviesa adrede la calle cuando el semáforo está en rojo, provocando la estupefacción de sus parciales y la ira de los conductores. Pues bien, este amigo nos recibe –sin saberlo-- esta noche. Seguro que habrá cánticos –El ejército del Ebro, Bella ciao, L’ exèrcit popular, Bandiera Rossa, La bien pagá, Corazón partío y otras— y todos, menos el homenajeado, libaremos nuestras copitas de orujo. Porque in oruxo, veritas. (Tertuliano, Operae Variae)


¡Que tiemble el barrio de Gràcia!

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*José Luis López Bulla es pastelero. Javier Tébar es molinero.

viernes, 14 de septiembre de 2007

SINDICALISMO Y POLITICA



En el ejercicio de redacción que hice ayer (“Las pensiones y el referéndum”) relataba algunos de los pronunciamientos que ciertas fuerzas políticas de izquierda en torno al preacuerdo entre los sindicatos italianos y el Gobierno de Prodi y, más concretamente, del apoyo que dichos partidos están dando al pronunciamiento –contrario al pacto— de la federación metalúrgica de la FIOM. Como quedó escrito, un servidor volvía a reclamar su vieja tesis sobre las dos independencias entre sí: la sindical y la de los partidos políticos. Lo que implica, naturalmente, que a la autonomía de juicio de la política sobre los asuntos sindicales, también corresponde a los sindicatos dar su opinión sobre los comportamientos de los partidos políticos. Porque siempre me pareció que cuando el sindicalismo juzgaba de manera poco amable a los partidos, los militantes de éstos con responsabilidades sindicales ponían cara de pocos amigos.


Ahora bien, los asuntos italianos que estamos tratando vuelven a poner a debate no ya el viejo asunto de “las relaciones entre partido y sindicato”, sino entre el sindicalismo y la política. Porque yo veo las cosas de la siguiente manera: actualmente nos encontramos con que el sindicalismo confederal español ha alcanzado las cotas más elevadas de independencia con relación a los partidos; es posible –no lo digo categóricamente-- que unos sindicatos más que otros, pero, en todo caso, ya no se puede hablar con propiedad de la existencia de una correa de transmisión del partido (el que sea) al sindicato (no importa cual). Si esto es así, como creo, el debate parece estar entre las relaciones del sindicalismo y la esfera política partidaria y el cuadro institucional. (Me dice el amigo, siempre lúcido, Isidor Boix que le está dando vueltas al asunto y que sobre ello escribirá algo para su blog, Isidor Boix. Todos nos aprovecharemos de las reflexiones de nuestro compañero, y de paso se dará cumplida cuenta en esta bitácora).


Sobre este tema (los sindicatos y la política) vengo tomando apuntes desde hace tiempo. Especialmente desde que, quien en la blogosfera se hace llamar Anselmo Lorenzo, un destacado sindicalista y un notable contractualista, escribía en este blog llamándole la atención a los que, chispa más o menos, calificaba como “sindicalistas neutrales” o algo por el estilo. En resumidas cuentas, la tesis anselmiana era que existen importantes sindicalistas que son indiferentes al cuadro político institucional. Y para hablar en plata, lo mismo les da que gobiernen las izquierdas o las derechas. Otra cosa, apunto yo, es que el sindicalismo (y los sindicalistas) deben juzgar autónomamente las políticas de unos y otros por sus contenidos concretos y sus realizaciones concretas. De ahí que Anselmo sacara a colación mi propia tesis: el sindicalismo debe y tiene que ser independiente, pero no indiferente.


Me importa decir que una (no todas) de las razones de la muy avanzada independencia del sindicalismo con relación a los partidos se debe al incremento del poder contractual del sindicalismo sobre asuntos que anteriormente estaban reservados a los partidos. Lo que motivó, andando el tiempo, la gradual desaparición, por parte de los sindicatos, de una concepción que sólo y sólamente les reservaba los salarios y las condiciones laborales en el interior del centro de trabajo. Una tesis y una práctica defendida a capa y espada por los partidos socialistas, socialdemócratas y comunistas. El sindicalismo dejó poco a poco de ser la criada o la hijuela de los partidos, especialmente en estos asuntos. Y, a partir de ahí, fue reconstruyendo su propio andamiaje. Digamos, pues, que estas emergencias sindicales explican, aunque en parte, la crisis de identidad de las organizaciones políticas, porque ahora tienen que ´competir´ con el sindicalismo en ciertos espacios, por ejemplo el Estado de bienestar (welfare), anteriormente reservados exclusivamente a los partidos.


Bien, yendo por lo derecho: si nos encontramos ahora con unas personalidades avanzadamente independientes entre sí (sindicatos y partidos), ¿podemos inferir de ahí, como dicen algunos, que se está abriendo paso a una indiferencia de los primeros hacia el cuadro político institucional? Yo no tengo respuesta, de momento, a esta afirmación que de manera taxativa oigo de algunos cofrades míos. Es más, ni siquiera sé si la cuestión está planteada de manera razonable. De ahí que espere con impaciencia que Isidor Boix empiece a abordar el tema. Naturalmente no es una discusión academicista, sino algo que puede ofrecer más comprensión sobre la actual personalidad del sindicalismo español. Ahora bien, no estamos ante una problemática española. Porque los niveles de independencia del sindicalismo español nada tienen que ver con lo que ocurre en otros lugares. Véase, por ejemplo, cómo un mandatario latinoamericano –de matriz neomacmahonista— afirma que “eso de la independencia sindical es un cuento chino”.


Por último, para picar la curiosidad de más de uno, pregunto: ¿habéis leído las observaciones del barbudo de Tréveris en su áspera confrontación con los lassalleanos sobre `los sindicatos y la política´. Me reservo la cita por si los amigos del nuevo Mac Mahon quieren entrar al trapo.

jueves, 13 de septiembre de 2007

LAS PENSIONES Y EL REFERENDUM DE LOS TRABAJADORES


Homenaje en Calella a Bertomeu Barceló, maestros de sindicalistas de toda la vida.


Vuelvo al tema de las pensiones en Italia sobre el que tratamos antes de las vacaciones. El estado de la cuestión, antes de agosto, era, dicho en breve, como sigue: 1) después de muchas idas y venidas, los tres sindicatos confederales italianos firmaron un preacuerdo con el Gobierno Prodi que --aunque de contenidos insuficientes, según los sindicatos—globalmente era considerado, no con mucho entusiasmo, firmable; 2) según una reciente costumbre del sindicalismo italiano, este acuerdo debía ser sometido a votación por todos los asalariados, incluidos los precarios, y por los pensionistas. Ahora, nos encontramos con algunas novedades: de un lado, la dirección de la federación metalúrgica de la CGIL (FIOM) ha rechazado por amplia mayoría el mencionado preacuerdo, siendo ésta la primera vez que, en la historia de esta organización, se produce una situación de esta envergadura; de otro lado, el órgano unitario de todas las organizaciones confederales (CGIL, CSIL y UIL) lo ha aprobado por una amplísima mayoría y ha fijado la fecha de la convocatoria del calendario de asambleas (entre el 17 de este mes, o sea, el próximo lunes, y el 6 de octubre) y la fecha de la consulta, a mediados de octubre.


La primera consideración: es preciso destacar el coraje democrático del sindicalismo italiano a la hora de establecer el mecanismo de una consulta de tanta amplitud y sobre un tema tan delicado. Algo que, francamente, contrasta con la ramplonería del convencional quehacer político que está consolidando lo que podríamos denominar la democracia del bostezo. Naturalmente, no se está preparando un referéndum abnorme, esto es, a la buena de Dios: la consulta tiene sus normas para la participación, a saber, información previa y por escrito del texto del preacuerdo, calendario de debates para confrontar todas las opiniones, mesas electorales y sus respectivos colegios. Destaco el elemento de la información por escrito, porque de esa manera nos encontramos con: 1) el texto dice lo que dice, 2) los picos de oro –ya sean reformistas o antagonistas—pasan a segundo plano, porque la magia del verbo queda supeditada a la inteligencia de la lectura de cada cual. De suerte que los panglossianos (si los hay) y los fatalistas (si es que existen) deberán gobernar bien la lengua porque ante ellos está la lectura de lo que inequívocamente dice el documento. No quiero ocultar mi opinión, siempre limitada entre otras cosas por `la distancia´: comparto la opinión de los dirigentes del sindicalismo confederal y, más concretamente, la sobria valoración de Epifani. Lo que puedo decir porque yo no voto.


Naturalmente el patio político italiano está revuelto ante este preacuerdo y el referéndum. Los partidos de la izquierda antagonista le ponen la proa; las organizaciones reformistas (incluso el grupo de Fabio Mussi) apoyan sobriamente los contenidos. Todos, desde mi punto de vista, tienen el deber de opinar al respecto, y –dicho sea de paso— sus respectivos picos de oro también deberían gobernar adecuadamente la boca, porque el documento dice lo que dice. Sin embargo, algunos han empezado ya a pasarse de rosca. Un alto dirigente de Rifondazione Comunista ha declarado: “Tras la negativa de la FIOM, los comunistas y la izquierda alternativa estamos ante una encrucijada, a saber, o cambia la política de Prodi o salimos del Gobierno”. Uno que se ha ido de la lengua, porque sin quitar importancia a la FIOM y a su decisión, el panorama sindical es muchísimo más amplio, y –sobre todo— porque todavía los trabajadores no se han pronunciado. Esa lengua, Giannini, esa lengua...


Repito, todos los partidos deben hablar en la dirección que estimen conveniente. Por varias razones: porque la independencia de cada organización es un bien democrático y, además, porque el tema (las pensiones y el Estado de bienestar) es un tema político de primer orden. Es más, por ambas razones las organizaciones políticas no deberían actuar como la fiel infantería o los voceros (directos o indirectos) de las diversas posiciones sindicales. Éstas, por lo demás, deben ser independientes de los partidos y de las fracciones de cada partido.


La palabra la tienen los trabajadores, todos los trabajadores. Las cosas claras: el conjunto asalariado y los pensionistas no tienen ante sí un juicio a las organizaciones sindicales ni a las formaciones políticas, se expresen éstas en una u otra dirección. Están llamados a juzgar un documento y los contenidos que tiene relatados. Y, con toda seguridad, eso hará la inmensa mayoría del personal: estoy convencido que la participación será ejemplarmente altísima. Y, salga lo que salga, sin trampa ni cartón.


Por lo demás, es sabido que –en nuestros lares y fuera de ellos— se considera sindicalmente el referéndum con escasa simpatía. Es más diría que no es infrecuente que su uso sea instrumental. Por ejemplo, si una parte del comité de empresa (da igual a qué sindicato pertenecen sus miembros) ha quedado en minoría ante la decisión favorable a firmar el convenio llama a la convocatoria de una consulta. Lógicamente la mayoría (sea quien sea) dice que naranjas de la China, que no. O sea, existe algo así como un accidentalismo instrumental frente a la figura del referéndum. Como se puede ver, el caso italiano que estamos comentando no va por ahí. Se orienta a una participación inteligente de los trabajadores, previamente normada, precisamente para garantizar la contundencia icástica del hecho participativo. Ahora bien, el referéndum no debe ser visto como un fetiche; es simplemente un instrumento de democracia próxima, vecina: nada más y nada menos.

lunes, 10 de septiembre de 2007

REVISITANDO LOS ORIGENES DE COMISIONES OBRERAS

O qué utilidades depara esa excursión para estos tiempos de ahora.


Andrés Querol me ha pedido que hable en la Escuela Angel Rozas “sobre los primeros pasos de Comisiones Obreras”. He aquí el texto de mi intervención. La idea es que los jóvenes sindicalistas tengan de antemano estas reflexiones. De esta manera robaré menos tiempo al hipotético coloquio y el resto de los discursos previstos.


José Luis López Bulla (1)


Primero


Son muchos los pensadores que afirman que analizar el pasado conduce a estar al tanto de las cosas presentes y venideras. Naturalmente, todo depende de cómo se enfoque la mirada. Procuraré esmerarme en esa mirada a la hora de revisitar los orígenes de Comisiones Obreras para que estas reflexiones tengan, como propósito central, las utilidades más convenientes con la idea de encarar razonablemente los retos de nuestro tiempo. En todo caso, me importa aclarar de entrada que esta intervención no tiene pretensiones de estudio histórico. Por varias razones: no soy historiador y no creo que los protagonistas de los acontecimientos sean capaces de hacer una adecuada historiografía, ni siquiera aproximadamente objetiva. Así pues, aquí estoy –cosa que agradezco a los responsables de la Escuela Angel Rozas-- para ofrecer unos pespuntes, siempre subjetivos, con la mirada de hoy, de lo que fueron los primeros andares de Comisiones Obreras.

Aunque no hay un momento fundacional concreto, sí estamos en condiciones de aclarar que, en los primerísimos años de la década de los sesenta, existe ya un movimiento de trabajadores que, de manera significativamente descentralizada, está luchando por toda una serie de reivindicaciones muy centradas todas ellas en las condiciones de trabajo. No obstante, debemos señalar que, mucho antes de ese movimiento, se han producido importantes movilizaciones obreras en Catalunya y España. El movimiento –el que motiva estas reflexiones-- tiene un `origen´ inmediato: las posibilidades legales que permite la Ley de Convenios colectivos de 1958. Dicho texto, aprobado por las Cortes franquistas de la Dictadura, abre la posibilidad de que, en los centros de trabajo de una determinada dimensión, los representantes de los trabajadores, elegidos en las elecciones sindicales, puedan negociar el convenio colectivo de centro de trabajo y, con más restricciones todavía, los acuerdos colectivos de ramo profesional. Naturalmente se trata de una legislación restrictiva en un contexto --¿hace falta recordarlo?-- de ausencia de libertades democráticas; más todavía de dura represión de las mismas: una represión amplia que va desde los despidos patronales a las detenciones y encarcelamientos. Esta ley del 58 da voz (también la quita) a los jurados de empresa (la representación de los trabajadores) para poder negociar directamente con la patronal, substituyendo las reglamentaciones salariales que se decidían unidireccionalmente desde el Ministerio de Trabajo. Como es natural, la ley era una medida que necesitaba la peculiar forma de capitalismo de entonces que, a la chita callando, iba dejando de ser autárquico en España; por tanto, la medida convenía a las formas de desarrollo económico que, aunque muy retrasadas con relación a Europa, empezaban a disfrazarse de neocapitalismo a la española.

De manera que, en la gran empresa, con sus particulares características prototayloristas, empiezan a crearse ciertas condiciones para la reivindicación, cuyo objetivo es el intento de negociación, y para ello es necesaria la auto-organización de los trabajadores. Los sindicatos democráticos clandestinos no ven –no pueden o no saben ver-- las novedades que se abren. Aunque no estoy en condiciones de aclarar el orden de prelación de estas dificultades, diré que los motivos de esta dificultad son los siguientes: 1) la represión política que sistemáticamente descabezaba todo intento de organización que, por lo demás, era clandestina; 2) la natural desconfianza con relación a las medidas de la Ley de convenios y la de las elecciones sindicales, y habrá que recordar que el planteamiento de los sindicatos clandestinos, en relación con ambas leyes, era de boicot. Ahora bien, apunto –desde luego, con los ojos de hoy-- a otra explicación que, hasta la presente, no ha sido ni siquiera insinuada.

Pero, a mi juicio, lo más determinante era que el sindicalismo democrático tradicional –me permito esta absurda expresión, `sindicalismo´ y `democrático´ porque el sindicalismo sólo puede ser democrático— era, dicho de forma contundente, un sujeto externo al centro de trabajo. O, si se prefiere de una manera bondadosa, un sujeto parcialmente externo al centro de trabajo. Así pues, las centrales sindicales, anteriores a la guerra civil, eran unas organizaciones externas al centro de trabajo. Porque no consiguieron capacidad contractual en el interior de la fábrica. Así pues, las organizaciones clandestinas (UGT y CNT, perseguidas implacablemente por la dictadura, al igual que las fuerzas democráticas), además de ser lógicamente recelosas de los tímidos cambios que se iban operando, eran por situación (la clandestinidad) y por inercia (sujetos externos al centro de trabajo) organizaciones que no podían ver lo que estaba apareciendo en la realidad. Incluso el comunismo español y catalán fluctuaba, todavía a principios de los sesenta, entre el aprovechamiento de la UGT clandestina y la creación de un grupúsculo sindical, no menos clandestino, como lo fue la Oposición Sindical Obrera (OSO) que, dicho sea con desparpajo, eran cuatro y el cabo.

Mientras tanto, iba apareciendo un movimiento natural: ante cada problema surgían unas comisiones de obreros –unas comisiones obreras, que debemos escribir en minúsculas— que tomaban nota de las aspiraciones del personal, hablaban con la dirección e intentaban, negociando, sacar algo en claro para los trabajadores y sus familias. Conseguido el petitorio o agotado éste, de una u otra forma, el conflicto desaparecía la comisión obrera. Era pues un movimiento fugaz y pasajero. La novedad de estas comisiones de obreros (o comisiones obreras) es que eran un sujeto que estaba en el interior del centro de trabajo y, por lo tanto –ya fuera por necesidad, intuición o sentido común--, el análisis de aquel microcosmos y la reivindicación estaban en aproximada consonancia con los cambios que se iban operando. Comoquiera que no estamos aquí para establecer una cronología de los hechos, diré que se van incrementando las situaciones fugaces y pasajeras y, unas y otras, van adquiriendo una moderada estabilidad. Esto es, lo fugaz se va transformando en permanente. Las comisiones obreras acaban sacando unas mínimas ventajas de constituirse, en los centros de trabajo, en organismos que no se disuelven una vez acabado el conflicto, es decir, se mantienen en grupos estables y permanentes. Empiezan a ser Comisiones Obreras (así en mayúsculas). Cierto, todavía tendrá que llover lo suyo para que ese movimiento decida darse una estructuración de ramo profesional, pero los postigos de la ventana se han abierto de par en par.

El camino que se abre es: si somos un sujeto interno en la fábrica ¿qué orientación central se da a ese movimiento? ¿debe ser clandestino, semiclandestino, abierto? Un movimiento clandestino tiene, en teoría, la ventaja de ser menos vulnerable a la represión; en cambio si es abierto y público, la evidente ventaja es que la conexión directa con los trabajadores es, como hipótesis, mayor, aunque más vulnerable a los diversos tipos de represión. La solución a esta incógnita viene con una primera maduración de nuestras experiencias: el aprovechamiento de los resquicios legales que (parcialmente) posibilita la Dictadura y su combinación con formas ilegales o paralegales de acción colectiva. Por así decir, esta opción era más fiable que organizarse clandestinamente y, desde ahí, convocar por ejemplo un acto ilegal, como lo era la huelga, considerada como delito de rebelión. Por ahí fuimos, especialmente porque, en ese sentido, el comunismo español y catalán se esforzaron en que esa vereda era la más apropiada, y tenían razón. Entre paréntesis, diré que esta fue la orientación que Giuseppe Di Vittorio, a mediados de los años veinte, impuso al sindicalismo italiano en su lucha contra Mussolini, de un lado, y –según supimos posteriormente-- este camino fue el que intentó poner en marcha Joan Peiró, el gran dirigente de la CNT, en la lucha contra la dictadura de Primo de Rivera. Por lo demás, parece probado que Stalin aconsejó muy vivamente a los comunistas españoles, a principios de los cincuenta, una orientación similar, provocando, al principio, una sorpresa mayúscula de Dolores Ibárruri y Santiago Carrillo. Cierro paréntesis. Aclaro, hasta donde yo me sé, nosotros no conocíamos los planteamientos de Giuseppe Di Vittorio ni nadie citó las orientaciones de Joan Peiró.

Bien, se trataba de optar por consolidar la línea fuerza que, tendencialmente, era la expresión autónoma de aquel movimiento original que teníamos en las manos. Nuestro movimiento debía ser abierto y no clandestino, capaz de combinar las posibilidades de la legislación franquista con las formas paralegales e, incluso, ilegales. Naturalmente esta opción también estaba expuesta a la represión. Pero la solidaridad con los represaliados era mayor si el movimiento tenía esas características públicas.

Soy de la opinión que la discontinuidad histórica que representa aquel movimiento es, precisamente, ser un sujeto interno del centro de trabajo. Lo demuestra la preocupación fundamental: la elaboración de la plataforma reivindicativa, basada (como se ha indicado anteriormente) en las condiciones de trabajo. Es, a partir de esta consideración, de donde se desprenden las originales características de aquella acción colectiva. Tal vez la primera sea la relación entre representatividad y representación de las ya Comisiones Obreras. Llamo `representatividad´ a la capacidad de asumir las anhelos de los trabajadores; y defino la `representación´ como el nivel de apoyo que tales trabajadores ofrecen, de manera fugaz o estable, a los grupos coordinadores de CC.OO., que es de lo que estamos hablando ahora. Ya que esos grupos son un sujeto interno en el centro de trabajo y, comoquiera, que hay un vínculo estrecho entre representatividad y representación, la conclusión evidente es la naturalidad del quehacer democrático y participativo de los trabajadores en aquella acción colectiva, en aquel movimiento. Es lo que he llamado, en otras ocasiones, la democracia próxima, vecina. En suma, es un movimiento de trabajadores que conformará a la larga un sindicato-de-los-trabajadores y no un sindicato-para-los-trabajadores. Que tiene su arranque en –me interesa repetir el concepto— la naturalidad del quehacer democrático y participativo. Y porque si el vínculo que atraviesa la condición asalariada (obrera, diríamos en aquellos tiempos) es de naturaleza social, es claro que quien es un sujeto interno en el centro de trabajo, de manera fácil aúna la representatividad y la representación en torno a la unidad social de masas. Es decir, construye un movimiento unitario: el que se desprende del vínculo social. Parece claro que cuando el sindicalismo era un sujeto externo al centro de trabajo, la contaminación político-partidaria (que separa, legítimamente, a los trabajadores) era una potente interferencia para la unidad del sindicalismo.

Ahora bien, este hiato entre sujeto interno y unidad precisa unas propiedades que estén en concordancia entre sí y con el proyecto unitario. Primero, la representatividad y la representación se concretan en la asamblea en torno a un bidón, un andamio, una mesa de despacho o un pupitre: la democracia próxima, vecina, que construye la plataforma reivindicativa y diseña el (hipotético) ejercicio del conflicto social. Ahí se dibuja la independencia de esa asamblea y el establecimiento de su propia autonomía. La independencia no como elemento en negativo, sino como expresión positiva de depender sólo y sólamente de la representatividad y representación que se ostentan cotidianamente. La auto-nomía como catálogo implícito de unas normas rudimentarias, aunque sólidas que consuetudinariamente se entienden con naturalidad como obligatorias y obligantes, no como mandato estatutario. Es decir, la independencia sindical, así las cosas, no es el resultado de un constructo sino la consecuencia (y, a la vez, el origen) de la elaboración de la plataforma reivindicativa, decidida y apoyada en la asamblea de todos los trabajadores. Es, desde ahí, como se va edificando el andamio de la independencia frente a todos y todo lo que no sea el interés concreto de ese conjunto asalariado.

Una prueba de la sofisticación de nuestro análisis aparece por escrito en la Asamblea de Orcasitas (Abril de 1967). Allí se dejó escrito que propugnábamos un sindicalismo de clase, independiente de la patronal y de todos los partidos políticos (incluidos los partidos obreros); que apostábamos decididamente por las libertades sindicales y el derecho de huelga en todos los países, con independencia de su carácter social e institucional. Estábamos afirmando que, incluso en el socialismo, el sindicalismo y el movimiento de los trabajadores debían ser plenamente independientes, autónomos y contar con el ejercicio de los derechos (incluida la huelga) de todo tipo. En otras palabras, nuestras formulaciones no eran intuiciones u ocurrencias improvisadas, sino la concatenación de unas premisas que venían establecidas tras el hecho incontrovertible de que `aquello´ era un sujeto en el interior del centro de trabajo.

En todo caso (y sin excluir no pocas intuiciones) parece oportuno traer a colación una prueba del razonamiento. Explica el maestro Tuñón de Lara en su Historia de España la importancia de un artículo que Marcelino publicó en el número de Junio de un lejano 1964 de la revista “Cuadernos para el diálogo” lo siguiente:

[...] A la capital administrativa ha sucedido el Madrid industrial; hoy son millares de obreras, que con sus batas blancas o azules, pasan por Atocha camino de Standard, Telefunken o Phillips hacia las máquinas-herramienta y las cadenas de montaje (2).

Aparentemente esta descripción camachiana podría ser interpretada como un relato costumbrista. Pero tiene mucha más miga. Es la percepción de un paisaje socioeconómico que ha desplazado definitivamente lo anterior: por la calle --de la fábrica hasta casa-- el mono azul de un tipo de trabajo asalariado ha emergido y de esa visibilidad antropológica Marcelino saca sus conclusiones sociopolíticas y culturales.

En estas reflexiones estoy hablando poco del papel de los enlaces sindicales y de los jurados de empresa. La razón es clara: es lo más conocido, lo más historiado. Por eso he intentado relatar lo menos sabido. No obstante, para no dejarme nada en el tintero recordaré que ese `entrismo´ (esa parte del aprovechamiento de los instrumentos legales) fue una pieza fundamental, aunque es, parcialmente, una consecuencia del elemento decisivo: ser un sujeto interno en el centro de trabajo. Porque, al fin y al cabo, los enlaces y jurados eran un eslabón imprescindible de aquella democracia próxima y vecina. Fueron la voz más pública y abierta de aquel movimiento. Que sufrimos una dura represión, es cosa sabida. Pero como queríamos peces, no tuvimos más remedio que mojarnos el culo.

Poco diré sobre una importante cuestión de la cuestión nacional de Catalunya que no se haya afirmado y escrito. Tan sólo haré unas apostillas que considero de interés: nosotros no asumimos plenamente la cuestión nacional con el objeto de impedir la existencia de un sindicato nacionalista. Nosotros lo asumimos, también con naturalidad, porque no concebíamos una separación entre lo social y las coordenadas político-culturales (culturales en el sentido gramsciano, naturalmente) del pueblo de Catalunya. Hasta tal punto que si bien en un principio hablamos de sindicato de clase y nacional, no pasó mucho tiempo en que afirmáramos que éramos un sindicatodeclaseynacional. Que pronunciado queda casi igual pero que escrito afirma la distinción.

Segundo

La generación fundadora eran personas cuarentonas. El mismo Ángel Rozas lo era, al igual que Cipriano García, y un poco mayor el compañero Marcelino Camacho. Lo digo para constatar algo elemental: ninguno de ellos tenía experiencia de dirección sindical, porque, en tiempos del sindicalismo democrático, en la República, eran unos chavalillos. Es decir, aprendieron a dirigir, dirigiendo. Y lo insólito, visto con los ojos de hoy, es que –inexpertos, como eran-- pusieron en marcha un movimiento de proporciones, no sólo de novedosa discontinuidad sino de preñez histórica. La tentación de mitificarles forma parte de la naturaleza humana. Y sobre todo del orgullo, a veces desmesurado, que tenemos las organizaciones con nuestros grandes padres. No fueron y ahora no deben verse como mitos, sino como personas de carne y hueso. Esto lo percibió mi suegro Mingu Roig, obrero de la construcción de Mataró que, cuando oyó hablar a Marcelino Camacho en el Pabellón de Deportes por primera vez, le susurró a Martí Bernasach: “Fixa´t Tonet en Marselinu; aquest company és com jo, però en sap mes” [Fíjate, Tonet en Marcelino; este compañero es como yo, pero sabe más]. En realidad la observación que hizo Mingu Roig era probablemente una parte de la potente conexión sentimental que Marcelino establecía con la gente. Y, añadiría ahora, una expresión más de esa democracia próxima y vecina, que promueve una fuerte relación sentimental con la gente. O, por mejor decir, eran la expresión de la condición asalariada concreta, no ideologizada, que conoce los entresijos del microcosmos de la fábrica. Y, ya que el centro de trabajo había cambiado, era preciso que la mirada de aquellas personas, de carne y hueso, no tuviera telarañas.

Bien, mucho han cambiado las cosas. Y, en buena medida, una explicación es que aquel movimiento de trabajadores puso en crisis muchas cosas. De entrada diré que no se explican las actuales conquistas de los trabajadores sin la aportación de aquella acción colectiva. Pero hoy vivimos otros tiempos que tienen más potencialidades que las de antaño: primero, el ejercicio de las libertades democráticas; segundo, la mayor cantidad de dirigentes sindicales; tercero, la acumulación histórica de experiencias de todo tipo. Naturalmente, hoy os encontráis con otro panorama: una profunda transformación de los aparatos productivos, una economía global y más interdependiente que pone en cuestión los viejos poderes de los Estados nacionales; las emergencias de lo que se llama el Estado de bienestar. Es, pues, a vosotros a quienes compete establecer las discontinuidades convenientes para darle mayor consistencia a la representatividad y representación del sujeto sindical. En pocas palabras, ver el deslizamiento del viejo fordismo hacia otro eje de coordenadas en la acción colectiva general de un mundo asalariado lleno de diversidades. La discontinuidad es, pues, cosa vuestra.

Pero, si nadie se escandaliza por el uso de las palabras, diré que la promoción de tales novedades será más fuerte si se retiene una parcela del sujeto conservador que, en parte, es también el sindicalismo. ¿Conservar qué? La democracia próxima, vecina que conduce a ser un sindicato-de-los-trabajadores. Que es substancialmente diverso de un sindicato-para-los-trabajadores.

Tercero.

Tomo carrerilla para ir acabando. Ya he dicho, al principio, que este relato no pretende ser histórico. Lo cierto es que, cuando los protagonistas de unos acontecimientos se ponen a escribir en términos históricos, se tiene la tentación de dorar no poco la píldora. Corresponde a los historiadores –no a la memoria histórica-- seguir historiografiando los primeros pasos de aquel movimiento. Sin trampa ni cartón, desde luego. Poniendo al descubierto las limitaciones que tuvimos en aquellos tiempos. Porque tengo para mí que, todavía, estar por hacerse una historia crítica de aquellos primeros pasos. No sólo la nuestra, también la de aquellas organizaciones sindicales que nos fueron contemporáneas.


(1) Apertura del curso de otoño 2007 de la Escola de Joves Angel Rozas, de CC.OO. de Catalunya.

(2) Marcelino Camacho: "El fetichismo y la realidad", Cuadernos para el diálogo (Junio de 1964)


lunes, 9 de julio de 2007

EL USO SOCIAL DE LAS CONQUISTAS SINDICALES (1)






Los sindicalistas de mi quinta no prestamos la debida atención al uso social de las conquistas que íbamos alcanzando. Que nadie nos advirtiera al sindicalismo bisoño de ello, francamente no nos disculpa lo más mínimo. Es más, estoy por afirmar que si alguien nos hubiera llamado la atención al respecto, más de uno, más de dos y más de tres le hubiéramos tachado de aguafiestas. Aquella distracción es, sin lugar a dudas, otra de las gangas que hemos dejado a las generaciones que nos siguieron. A ver si nos aclaramos: entiendo por uso social de las conquistas –me estoy refiriendo en exclusiva a las de tipo social-- al carácter del uso y disfrute de aquello que de manera itinerante fue (y sigue) consiguiendo el sindicalismo confederal. Sobre aspectos tan relevantes como el salario y los tiempos de trabajo como ejemplos más llamativos de la acción colectiva dentro y fuera de la empresa.

Voces amigas me han advertido en repetidas ocasiones que tengo la tendencia a sobredimensionar las responsabilidades de las gentes de mi generación, añadiendo: fueron unas épocas en la que prácticamente tuvisteis que reinventar el sindicalismo y la democracia, situar la albañilería de la negociación colectiva y la creación de la casa sindical, todo ello en un contexto considerablemente complicado porque cada dos por tres teníamos el ¡ay, ay! en el cuerpo con las amenazas del golpismo militar y los atentados terroristas; así pues –concluye la bondadosa voz amiga-- no eran tiempos para excesivas filigranas. Primera conclusión provisional: mi amigo podrá convenir, así, que se hizo lo que se pudo. Pero, a mi vez, si parto de la idea de que una reflexión retrospectiva puede ser de una cierta utilidad para estos nuestros tiempos, parece conveniente entrar con pocas contemplaciones en lo que pudo haber sido y no fue, porque nosotros no estuvimos convenientemente al tanto.

Digo, sin el más mínimo melindre diplomático, que nosotros consideramos los bienes democráticos (o sea, las conquistas sociales) como variables independientes del uso social que se haría de lo que se iba consiguiendo. Naturalmente, partíamos de unos estándares insuficientes: una organización del trabajo de matriz quasi cuartelaria; unos ingresos salariales bajos, que se ampliaban mediante la realización de horas extras; unos cómputos horarios que hoy causarían cierta perplejidad, pues basta decir que el convenio metalúrgico de la provincia de Barcelona (1976) estipulaba más de dos mil horas anuales de trabajo... De manera que la preocupación central estaba –para nuestras entendederas de sindicalistas bisoños-- en los aspectos cuantitativos; la “filigrana” hubiera sido cosas de gentes avezadas, con largos años de práctica. Y, sin embargo, ni que decir tiene que se hizo una filigrana: poner en marcha, como se ha dicho antes, muchas cosas de manera relativamente rápida y de manera simultánea: la arquitectura (o albañilería, según se mire) de la negociación colectiva y todas las cosas referidas más arriba. Lo que no fue poco, en verdad. Pero los bienes democráticos...

Pero los bienes democráticos, o sea, las conquistas sociales se fueron alcanzando gradualmente y a nosotros se nos escapó la relación que podían tener con la forma de usarlas y disfrutarlas. Hasta donde yo recuerdo, sin embargo, no hubo ningún `aguafiestas´ que nos tirara de las orejas, de manera que la cultura engreída de los sindicalistas de mi quinta no tuvo que ser maleducada. Puede ser que quienes pudieran darnos algunos toques de atención también estuvieran aturrullados como nosotros montando la convivencia democrática o supieran tan poco como nosotros de esas filigranas. Así pues, los unos por los otros, y la casa sin barrer.

Pero los sindicalistas de mi quinta duramos mucho en los puestos dirigentes hasta tal punto que algunos siguen ahí: viendo pasar el tiempo, como la Plaza de Alcalá. Digo que los sindicalistas de mi generación negociábamos año tras año miles de convenios colectivos, y pasados los primeros tiempos –que no duraron poco-- proseguíamos la labor como si la conquista social fuera una variable independiente de su uso y disfrute social. Y lo que, en un principio, pudo ser una filigrana (esto es, la relación de la conquista social con la vida buena) empezó a ser un problema, que yo no supe ver en mis buenos tiempos. Es más, también se me escapó que aquellos logros corrían el peligro de transformarse en un uso banal de los bienes democráticos. Al estar distraídos de estas cuestiones, también se nos fue el santo al cielo y no vimos que, tras aquellas necesarias conquistas, era necesario reordenar nuestra cultura sindical para que lo conseguido pudiera tener una conveniente traslación hacia la (en el sentido de los clásicos) vida buena.



Decididamente no vimos hasta qué punto el tipo de organización del trabajo –con sus connotadas características machistas-- era la consecuencia de la asunción por parte del sindicalista-hombre de la cultura tradicionalmente hegemónica. Que, a su vez, se reflejaba (como no podía ser de otra manera) en la relación doméstica.

Decididamente no vimos que los poderes adquisitivos –aunque desiguales según las actividades económicas, las categorías laborales, las diversas geografías y, sobre todo, los sexos-- iban entrando en cierto paradigma de consumismo con unas ciertas características de esa moderna cutrez de los sobacos al descubierto. Primando, además, consumos secundarios en detrimento, de manera no infrecuente, de lo más necesariamente importante. De ahí que se extendiera, a la chita callando, la exigencia de la gratuidad indiscriminada. O para hablar con la misma claridad: el consumo banal exigía de manera indirecta un Estado de bienestar que cubriera todo lo que no llegaba el mencionado consumo de banalidades.

Tal vez en lo atinente a los tiempos de trabajo pueda verse con mayor claridad lo que se desea relatar en este ejercicio de redacción: como se ha dicho, los convenios colectivos a finales de los setenta estipulaban una duración del tiempo de trabajo de más de 2.000 horas al año. Gradualmente, el sindicalismo confederal fue reduciendo, en sus negociaciones colectivas, aquel montante horario. (Según datos recientes, la jornada media efectiva por trabajador es de 1.625.9 horas al año. Afirma el Boletín de Estadísticas Laborales del MTAS para el año pasado. Aunque en este caso no parece coincidir la jornada media efectiva pactada con la jornada media real, sí parece indicativa de la evolución en los últimos treinta años del cómputo horario de los tiempos de trabajo). Pues bien, sea como fuere, el caso es que el tiempo de trabajo se ha reducido sensiblemente.

En `mis tiempos´ todavía manteníamos la costra ideológica de que la reducción del tiempo de trabajo [le llamábamos jornada laboral] podía traducirse en más puestos de trabajo. Por lo menos –con independencia del inventado constructo en el que nosotros reincidimos—enfocábamos el bien democrático de la reducción de `la jornada´ hacia un noble menester. Pero miramos para otro lado cuando veíamos que nuestra conquista (menos tiempo de trabajo) acababa siendo rellenada por horas extraordinarias, de un lado, y, por otro, era aprovechado por el empresario para innovar con nuevos aparatos que, a la corta, provocaban excedentes de personal, o sea, despidos más o menos en masa.

Nuestra distracción se completaba con otra consideración añadida: no vimos con claridad que las reducciones horarias o se vinculaban con el conjunto de las variables de la organización del trabajo o eran papel mojado. Amén de que el tiempo de trabajo rebajado no era usado socialmente para el disfrute de una vida buena. Que ese disfrute de vida buena estaba relacionado con otras variables culturales y generales, es cosa sabida; y que no todo ello (ni siquiera lo principal) dependiera de la acción colectiva del sindicalismo, también es cierto. Pero lo es que nosotros no caímos en la cuenta para resituar el problema junto al mundo de la ciencia, la técnica y las humanidades.


Sea como fuere, me parece de la mayor utilidad que se abra un proceso de análisis de los procesos negociales que pusimos en marcha la gente de mi quinta, y de hasta qué punto hubo (o no) un razonable acomodo entre lo conquistado, el uso social de lo que se iba conquistando y la capacidad de verificación correctora de los sindicalistas de mi generación. No se trata de una excusión académica al pasado sino de empezar a sacar unas conclusiones que, por mínimas que pudieran ser, indiquen pistas al actual ejercicio de la acción colectiva del sindicalismo confederal. Ciertamente, parece exagerado pedirle peras al olmo. Quiero decir que posiblemente nuestra bisoñez sindical no podía dar más de sí, de manera que algunas dosis de indulgencia no serán gratuitas. Pero ello no quita que la verificación sincera de lo que hicimos sea de aproximada utilidad para las cosas de estos tiempos y la proyección de los mismos hacia el día de mañana, que está a la vuelta de la esquina.

domingo, 8 de julio de 2007

DESAFIOS SINDICALES PENDIENTES





Nota Editorial. Un inquietante Antonio Baylos propone la apertura de una sensata discusión al hilo, dice, de lo aprobado en el reciente Congreso de la CES y de la (relativa) proximidad del Congreso de Comisiones Obreras. `Exhorta´ a este blog a intervenir en el referido debate, y –no faltaba más-- las cavilaciones de Baylos se trasladan a esta pantalla. Comoquiera que lo planteado son palabras mayores, me tomo unos días de meditación, mejor dicho, reservaré el mes de agosto a dos cosas: primero, a observar cómo se baña Eva María en la playa con su bikini de rayas y, segundo, con esa vista alegre tomaré apuntes para decir la mía sobre esos “problemas que debemos discutir”. JLLB




ALGUNOS PROBLEMAS QUE DEBEMOS DISCUTIR: Habla Antonio Baylos

Al regreso de Ceuta, y aprovechando que pasaba por Tánger y disponía de un cierto tiempo libre, rebuscando en las carpetas del ordenador encontré este documento relativamente reciente en el que se pueden leer enunciados alguos temas sobre los que sería conveniente discutir. A ello exhorta a su admirado bloque hermano, Metiendo Bulla y en general al personal interesado, teniendo en cuenta que en mayo se ha celebrado el congreso de la CES en Sevilla – con documentos importantes, mejor que el debate congresual, según cuentan los que allí estuvieron - y que se avecina un tiempo de congreso en CCOO, y ya se sabe que ese es el espacio que se abre tradicionalmente a repensar los problemas nuevos y viejos a los que se enfrenta el sindicalismo en el presente. Asi que no hay nada malo en una llamada a la discusión y el debate, aun en el caso en que se conciba la realidad socio-laboral como un suave paisaje veraniego alrededor del rio por el que el sindicalismo realiza un agradable paseo en barca remangándose tan solo para mojar los brazos y refrescarse ante el calor imperante. Al fin y al cabo, estamos en julio y tiene que hacer calor.

Los temas que se proponen son puramente enunciativos. Hay muchas mas materias sobre las que es urgente seguir debatiendo. Pero estos que se han elegido no están mal y pueden servir como inicio de un proceso de discusión. Naturalmente que la forma de plantarlos se corresponde con la intención provocatoria de respuestas y opiniones.

1.- La extensión y consolidación de la llamada descentralización productiva como forma de organización empresarial que se convierte en cultura organizativa, y el mantenimiento de una constante fragmentación del trabajo asalariado en dos grandes colectividades, estables y precarios es el primer grupo de problemas. Esta fractura plantea el interrogante más directo, si el sindicato de clase y su programa de emancipación social puede seguir soportando la desigualdad real en derechos de dos grupos a los que aspira a defender. Ante un esquema de interpretación de la actuación sindical en el que la utilidad – la obtención de resultados – es una condición de existencia y de legitimación, la ineficacia del sindicato en extender al tercio de los trabajadores del país – jóvenes y mujeres fundamentalmente – una ciudadanía con derechos es algo dramático. Ello requiere medidas estratégicas que rediseñen la acción del sindicato y en las que las nuevas formas de conflicto tengan una relevancia importante y posiblemente una reflexión sobre la estructuración del sindicato tanto en su versión interna como en el papel de las estructuras de representación en la empresa y su adecuación a la precariedad y a la subcontratación. Hay que ensayar las posibilidades de unificación de condiciones de trabajo sobre la base del lugar de prestación de trabajo que siguiere la reforma laboral del 2006 en el área de la representación, experimentando fundamentalmente en la negociación colectiva como instrumento de creación de nuevas reglas. Pero también significa cesar en un doble discurso que se mantiene al compatibilizar el lamento compasivo por los precarios y la piadosa exhortación a las empresas para que los asuman de manera estable con medidas en las que se pactan condiciones especiales de extinción subvencionadas con dinero público para trabajadores estables de grandes empresas que logran así un plus de protección en el desempleo y en la jubilación, o la pactación de fondos de pensiones para grandes empresas y funcionarios públicos.

2.- Esto tiene que ver con el fortalecimiento de la empresarialización como forma de operar en el sistema de relaciones laborales, haciendo gravitar el centro de decisión del mismo en la función directiva del nivel empresarial. De esta manera se deslegitima la fuerza contractual del sindicalismo de clase y la capacidad ordenadora del sector o de la rama de producción de las relaciones de trabajo ante la cada vez mas inoperante acción de la norma legal. La cuestión se complica no sólo por el peso que el sindicalismo de grandes empresas tiene en la definición de las estrategias sindicales sectoriales – un planeta con una órbita propia y diferente de la de la federación – sino porque el sindicalismo confederal, en alianza con sus organizaciones sectoriales, ha sido incapaz de prever esta deriva, en una especie de complicidad suicida al no generar técnicas de vigorización de la negociación colectiva - hoy a través de los ANC difuminada en una especie de orientaciones o líneas de interpretación mas económicas que regulativas - que ha ido haciendo languidecer la configuración del convenio colectivo de sector como la regla completa de las relaciones de empleo y de trabajo en su ámbito, tal como sin embargo se prefiguraba en los Acuerdos de 1997. Este tema tiene también una repercusión importante respecto de la estrategia sindical en la empresa y la redefinición de los roles asignados a la sección sindical y al comité de empresa – y a la práctica cada vez mas extendida de sustituir la acción sindical en la empresa por la determinación de la política sindical del sector, sin mediación participativa de los trabajadores de los centros de trabajo. La conflictividad “desviada” de algunas empresas tiene mucho que ver con esa opacidad sindical a la representación de los trabajadores en las empresas y a la percepción que ellos tienen de su propio conflicto.




La empresarialización tiene además un componente transnacional y global. Incorporar esa dimensión al sindicalismo en su elaboración cotidiana – no como contexto económico, sino como lugar de creación de reglas – resulta central en la estrategia del movimiento sindical.

3.- Un tercer bloque de problemas se refiere a la dificultad para el sindicato de expresarse como una subjetividad completa del trabajo asalariado. No se trata aquí del problema de la escisión entre estables y precarios, porque en ese supuesto el problema es otro, el de la desigualdad e incapacidad de encontrar la extensión de derechos al colectivo desigual, sino el de el planteamiento cada vez con mayor fuerza de la particularidad como elemento asignador de una determinada tutela, más allá de la condición de trabajador. Es decir, se protege y se crean estatus determinados por ser mujer, joven, discapacitado, en función de la raza o de la preferencia sexual, con ocasión de que estos sujetos trabajan o prestan un servicio, pero no en función de que son trabajadores. El sindicato entonces permanece lejos de esta problemática, que se mueve en términos de identidades particulares que por otra parte se sienten en ocasiones colonizadas por el impulso “globalizador” del interés general asignado al trabajo asalariado. A esto se une la frecuente invocación de un individualismo activo en la determinación del tiempo de vida / tiempo de no trabajo que rechaza la homogeneización que la negociación colectiva impulsa sobre el tiempo y la incapacidad de la misma por dar lugar a esas expectativas tan variadas e individuales sobre el propio tiempo de vida. Ante estas tensiones, que no vienen desde posiciones ideológicas no progresistas, sino que se localizan en la dimensión de la política emancipadora, no hay discurso sindical – como sin embargo si lo ha habido en el tema de la ecología – ni capacidad de integración de este problema de identidad en la del trabajo. Recuperar por consiguiente una mirada mas compleja sobre la igualdad y su significado en estos términos, resulta necesario, más allá de la continua puesta en común de experiencias en lo que se refiere al problema de la igualdad y género, como se ha visto con la reciente Ley de Igualdad.

4.- Igual de evidente parece el problema de la recuperación de la iniciativa política del poder público que logra funcionalizar las prácticas del sistema de relaciones laborales a su proyecto de gobierno. Se logra aislar de esta manera la programación política del proceso de producción de reglas sobre la economía y el trabajo generadas por sus propios sujetos representativos. Es una nueva recaída en el carácter subalterno del proyecto sindical respecto del proyecto de gobierno del poder público y una nueva versión del confinamiento de la acción sindical en el territorio de lo económico y social, sin que quepa la realización autónoma de un tipo de regulación social concebida y programada desde el sindicato como representante general de la ciudadanía social. Pero frente a otros temas, en este aspecto si existe una práctica y un discurso en el sindicato todavía no fascinado por la potencia pública del gobierno, pero no se consigue ni la visibilidad social del proyecto sindical ni se practica la intervención continua en la dimensión de la opinión pública de las propuestas y pareceres del sindicato y de su proyecto de reforma social.

5.- Las formas del conflicto tienen que ser modificadas en un sentido dirigido a la mayor eficacia del mismo. No es razonable que en determinados sectores no pueda el sindicato convocar la huelga porque sabe que no conseguiría tener no ya éxito sino seguimiento de los trabajadores del mismo. La exploración de formas nuevas del conflicto pasan también por una reproposición de reglas nuevas para el mismo – y la proscripción de determinados límites no democráticos de la regulación actual – pero ante todo por una reflexión transversal sobre la relación entre los distintos niveles de acción del sindicato y el conflicto, desde la empresa hasta la rama, pero en donde las estructuras territoriales tengan una función decisiva. ¿Qué tipo de medidas de presión son las adecuadas para involucrar a los trabajadores desiguales? ¿En qué medida hay que ligar formas de visibilidad y de expresión del conflicto con el rechazo del trabajo? ¿Qué sentido se debe asignar hoy a la capacidad de autorregulación de la autotutela sindical en la sociedad de la información y de la comunicación? La sustancia del conflicto como base de las relaciones de trabajo tiene que ser repensada no para dejarla de lado como un recuerdo agradable de años pasados, sino como un elemento central en la defensa de las condiciones de trabajo y de empleo de los ciudadanos que trabajan. En ocasiones la dificultad de la presión a través de los medios de que se dispone hace que se renuncie de antemano a imaginar formas de acción originales en el medio y en el lugar del trabajo. En ocasiones se teoriza que el conflicto es propio de sectores atrasados – el fordismo que se resiste a trascenderse como post – o como ultima ratio que responde agresiones importantes del poder público o del empresariado. Son no-dichos que deberían por el contrario decirse y discutir sobre la realidad (o la falsa conciencia) que llevan consigo
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