miércoles, 9 de marzo de 2016

La reforma laboral a la francesa



Algunos nos preguntábamos desde hace tiempo cuándo pondría Manuel Valls, el primer ministro francés,  la reforma laboral encima de la mesa.  Ya conocen la respuesta: ya la tienen ahí al igual que las aves precursoras de la primavera. A Valls no se le han caído los anillos socialistas de traducir al francés la sintaxis de la reforma laboral española.

Mucho se ha escrito en la blogosfera de Parapanda (las bitácoras de Antonio Baylos, Joaquín Aparicio y Metiendo bulla y también en otros cuadernos amigos) sobre la reforma laboral. En todas ellas se ha dado buena cuenta de la opinión que nos merece. Quienes pacientemente han seguido estos trabajos conocen nuestro profundo rechazo, que ahora no es obligado repetir. Hemos expresado nuestro parecer desde el sindicalismo y el derecho del trabajo, desde las vertientes sociopolíticas hasta las técnicas. Al principio nuestros escritos aparecieron como argumentos de parte, cosa que evidentemente eran así. Más tarde, en la medida, que los efectos de la reforma aparecían como gravemente perjudiciales para la condición asalariada y, por ende, calamitosos para la marcha de la economía; cuando claramente se vio que no solo tales medidas no sólo no corregirían nada sino que, además, empeorarían la situación, surgieron voces de acompañamiento. Los sindicatos y la izquierda política tenían razón: la reforma era una agresión en toda la regla al universo de los bienes democráticos (los derechos sociales), una fuente de desigualdades y una manera tan rancia –de retorno al pasado— como equivocada de intentar modernizar el país.

Hasta tal punto la cosa se pasó de castaño obscuro que el PSOE prometió la derogación de la reforma laboral, aunque más tarde matizó el asunto y, después en la elaboración del programa electoral volvió a conjugar el verbo derogar. Y, tras el pacto con Ciudadanos, maquilló –imitando al famoso río Guadiana— la contundencia de ese verbo y lo dejó en ropas menores.

En todo ese contexto el premier francés –aparente heredero del gran Jean Jaurès--  retoma la dogmática de las derechas (españolas y europeas) y lleva al Parlamento un texto inquietante que ha provocado estupor en una parte no irrelevante de su grupo parlamentario y del conjunto del partido socialista. Por supuesto, también de las organizaciones sindicales y estudiantiles del vecino país, que ya han puesto en marcha un proceso de movilizaciones.


Este Valls, que ha tenido tiempo suficiente para estudiar las medidas españolas y, sobre todo, sus consecuencias prácticas, ni siquiera ha temblado en plagiarlas. Más todavía, insiste en su justificación. Con lo que el piropo de un científico social como Alain Supiot, dirigido a los dirigentes socialistas franceses --«sois la izquierda homeopática»--  es una muestra de exagerada buena educación. Dispense ustedes, ni es de izquierda, ni es homeopatía. Es la plena asunción, y no sólo un mero error, de las políticas de las derechas que quieren torcer el brazo a todo lo que se le confronta. Y, simultáneamente, es una expresión de querer avanzar, conscientemente, hacia una democracia demediada. Hasta el mismo Guesde se habría llevado las manos a la cabeza.



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