miércoles, 11 de junio de 2008

MÁS SOBRE LA DIRECTIVA DEL HORROR (3)

Aspecto parcial del sinedrio recientemente celebrado en Parapanda en exigencia de que el joven doctor don Francisco Trillo nos ponga más al corriente de la Directiva del horror. Acuerdo unánime: 1) que nuestro Paco escriba, y 2) que la Unión de Hermanadosblogs de Parapanda (UHP) --Según Baylos, Desde mi cátedra y Metiendo bulla-- lo publiquen sin censura. Lo firma, Tito Ferino. Actúa de tesorero Simón Muntaner.


Primero


Me permito un ruego afectuoso a los dirigentes políticos de las izquierdas: no se aglomeren ustedes opinando sobre la Directiva que, de manera abreviada, se refiere a las 65 horas semanales; podría bastar con que unos pocos, de aproximada representación y cabal representatividad, dijeran cuatro cosas al respecto. Si tales representantes públicos se mantienen en un silencio monástico, no pocos podíamos interpretarlo de manera un tanto arisca. De momento, en clave de mosquita muerta, ni siquiera les pido que digan “algo de izquierda”; simplemente que opinen, que digan “algo político”. Que, al menos en esta ocasión, dejen de lado la tradicional actitud de remolonear ante las cuestiones sociales. Perdón, ante estas cuestiones que son, especialmente, políticas. Se trata de un remoloneo tradicional perfectamente teorizado y estructurado por todas las familias que se reclaman de la izquierda. ¿Se puede saber por qué? Porque…


Porque todas las izquierdas han considerado que los `asuntos sociales´ eran cosa exclusiva de los sindicatos. Ellas, las izquierdas, se habían autoasignado la ocupación del Estado y decidieron que el sindicalismo debía preocuparse sólo y solamente del frigorífico. Digamos que es la línea que enlaza Lasalle, Lenin y los dirigentes políticos de las izquierdas de ayer y hoy. Ellas, las izquierdas, pensaron y practicaron que los sindicatos formaban parte de la familia de los dioses menores. Así las cosas, provocaron una separación drástica entre los gobernantes y los gobernados que, en buena medida, explica –al menos parcialmente— la crisis de identidad de las izquierdas europeas y a todas aquellas que han contaminado. De manera que, una hipótesis de salida de dicha crisis, es que la izquierda política resitúe en su discurso partidario eso que, impropiamente, se llama la `cuestión social´, entendida como zona franca del quehacer democrático. Ahora, por así decirlo, la ocasión la pintan calva: la Directiva de las 65 horas podría ser un aproximado inicio de un (gradual) cambio de metabolismo, como mínimo, en la piel de las izquierdas políticas.


Ahora aparentemente cambiamos de registro.


Segundo


La tecno-estructura de la Unión Europea –lo dijimos ayer, y con más solvencia hablaron los dirigentes del sindicalismo confederal— han elaborado una Directiva sobre la jornada máxima legal de 65 horas semanales. Es decir, la Directiva del horror.


¿De qué debates públicos ha salido esta literatura? ¿Desde qué foros se ha sugerido un disparate de tanto calibre? Porque, ciertamente, sorprende la idea de ampliar la jornada laboral y, todavía más, el caballuno diapasón de la medida. Pero, en otro orden de cosas, no es menos sorprendente que, desde una instancia “trans-estatal” como lo es la Unión, se agreda uno de los principios más enjundiosos: la autonomía contractual de “las partes”. O que, cuando se reclama menos “estatalismo” se pongan en marcha medidas de tanta envergadura intervencionista. Naturalmente, aparcamos la agresión a la condición humana (que tal medida conllevaría) porque esta cursilería es un condimento escasamente utilizado por la tecno-estructura.


Primera enseñanza: no hay conquistas `sociales´ definitivas, todas ellas son interinas y están en permanente sospecha. No se trata de ser agnósticos al por mayor, pero sí de estar siempre con la mosca detrás de la oreja. Y más todavía en esta fase de reestructuración-innovación de los aparatos productivos del trabajo material e inmaterial. Porque, en esta época, estamos en la siguiente contradicción en lo atinente a la Directiva del horror. Es la siguiente: de un lado, la gestión del tiempo y el uso del tiempo para el trabajo, el estudio, el ocio y la vida privada se está convirtiendo, para la producción y el trabajo flexible, en algo fundamental para las medidas de empleo, para las condiciones para el trabajo y en el puesto de trabajo: algo, por lo demás, imprescindible para la eficiencia de la empresa; pero, de otro lado, las medidas que los escribas sentados de los dirigentes políticos comunitarios, se orientan en una dirección opuesta. Y, para mayor inri, la Cumbre de Lisboa se queda descuajaringada. Por cierto, este personal no parece tener el menor sentido de la oportunidad: en puertas del referéndum irlandés lanzan este descomunal petardo.


Cambiemos de tercio. Digamos que toda revolución industrial –la primera a finales del siglo XVIII, la segunda con la cadena de producción y la tercera con la sociedad de la información en el mundo de la globalización interdependiente— ha significado una puesta en entredicho, dentro y fuera de los centros de trabajo y del puesto de trabajo, de los anteriores equilibrios de poder, fueran muchos o pocos. O, lo que es lo mismo, cada fase emergente intentaba una redistribución de los poderes y las libertades. La primera con la coerción explícita de la erradicación y exclusión, instaurando una relación de absoluto dominio sobre la persona y no sólo de su trabajo. La segunda con la expropiación taylorista y fordista de los saberes y del saber hacer de los trabajadores: éstos quedaban reducidos a una prótesis de la dirección de la empresa. Y la tercera –la que vivimos en la actualidad— expropiando tendencialmente el control del conocimiento en constante evolución.


Si hemos de hablar sin pelos (o al menos con pocos) en la lengua, habrá que decir que las heroicas respuestas que nuestros tatarabuelos y abuelos –lo digo en función de mi edad, ya provecta-- dieron a las dos primeras revoluciones industriales acabaron en sendas derrotas. Después corrigieron el rumbo y nuestros padres vieron el camino más allanado: un camino que, en gran medida, enderezaron parcialmente. Lo que implicaría que las actuales generaciones de sindicalistas están en mejores condiciones para enfrentarse a los desafíos de todo tipo: incluido el que nos lanza el elenco de la tecno-estructura comunitaria en nombre de la mayoría de los actuales dirigentes de la Unión Europea. Y eso quiere decir lo que se verá a continuación.


Tercero


Hemos aprendido que el atrincheramiento sólo conduce a nuevas derrotas. También sabemos, aproximadamente, que al movimiento organizado de los trabajadores y su acción colectiva, si son derrotados, no le queda otra salida –queriéndolo o no-- que convertirse en una prótesis de “ellos”. Así pues, no veo otra solución que el sindicato-proyecto: de un proyecto organizado explicita y establemente. Lo que querría decir que, frente a la Directiva del horror, no hay otro camino posible que, mientras se combate masiva y ordenadamente en todo el patio de vecinos europeo, se saque del arcón todos los retales que sobre los tiempos de trabajo existen ya sea en las negociaciones estelares sobre dicha materia como en los hospitalarios archivos de las casas sindicales.


De esa manera –el sindicalismo que unitariamente organiza el proyecto— se puede vislumbrar: 1) una implicación activa e inteligente del conjunto asalariado; 2) una confluencia con el mundo de los saberes de la ciencia y la técnica; 3) una agregación de la política a estos nobles menesteres sociales, digo, democráticos en su sentido más amplio. Esta la apuesta del sindicalismo europeo. Lo que implicaría transformar el tropel desordenado de la acción colectiva de cada estado nacional en un proyecto orgánico, que contemple las necesarias diversidades, que recorra la condición asalariada de los trabajadores europeos.


Cuarto


El Ministro Corbacho ha salido al paso de la Directiva del horror. Podía haber salido por peteneras y ver el toro desde el burladero, pero no lo ha hecho. No me juego nada, pero establezco la hipótesis de que los eurodiputados sacarán pecho, al igual que hicieron con la Bolskenstein. Bien, soy del parecer que el presidente Zapatero debe hablar alto y claro. Ser un aventajado discípulo de Phillipe Petit y de sus planteamientos republicanos –demostrados en el caso de los derechos civiles de última generación— podría demostrarlo, pongamos por caso, trascendiendo al maestro en los terrenos sociales, perdón de estos derechos políticos que son, según nuestro relato, bienes democráticos. No quiero ni pensar que Zapatero transfiera esta cuestión al sindicalismo. Pero, en ese fuego ni quito ni pongo mi mano: simplemente lo iremos viendo. Lo chocante sería escuchar a don José Ratzinger pidiendo que devuelvan ese toro al corral, mientras que los máximos exponentes institucionales de las izquierdas no sacan el pañuelo verde: con el que la afición exige que se retire el morlaco, es decir, el toro.




1 comentario:

mariaGarcia dijo...

Pense que era solo el Uruguay que retrocede en leyes sociales. No puedo entender la inmovilidad de la gente que trabaja dejar si protesta esta involución. Me supongo que es los medios de comunicación que propagan confusión y desinformación. Es realmente grave la situación. Me conecte con otro mundo es pasible, pero no tengo esperanza en las sociedades ensegecidas,irresposables y soñalientas