viernes, 18 de enero de 2013

¿POR QUÉ SE HUNDIÓ LA URSS?


Nota editorial. Ya hemos informado que Paco Rodríguez de Lecea y un servidor estamos traduciendo el nuevo libro de Fausto Bertinotti, que titulamos Las ocasiones perdidas (Le occasioni perdute). Al igual que hicimos con Bruno Trentin hemos abierto un blog donde irán apareciendo los capítulos a medida que se vaya traduciendo la obra. De momento, está a disposición en LAS OCASIONES PERDIDAS (Fausto Bertinotti).
Sito en http://faustobertino.blogspot.com.es/   En esta ocasión ofrecemos un fragmento del segundo capítulo donde Dario Danti le plantea a Fausto una serie de interrogantes sobre las razones del hundimiento del comunismo en la Unión Soviética.




HUNDIMIENTOS Y GIROS. (Primera parte)

Diálogo con Fausto Bertinotti


En el año 1991 el final de la Unión Soviética señala el fin del mundo dividido en dos bloques contrapuestos. ¿Cómo recuerdas aquel hundimiento?


Siempre he intentado comprender por qué mis recuerdos de aquel año son tan confusos. No se trata de un banal proceso de abandono. Son confusos porque me es difícil rastrearlo. En realidad podría parecer una paradoja porque es un año en el que sucede casi todo; y, sin embargo, no es así.

Indudablemente, el epicentro es el hundimiento de la Unión Soviética. ¿Qué sucede, entonces, cuando no se tiene memoria concreta de un acontecimiento que, según las tesis de Hobsbawm, clausura el siglo breve?  ¿Por qué este verdadero final de un mundo no es perceptible por naturaleza? Probablemente, para los de mi generación, aquella experiencia la habíamos considerado antes como concluida.  El hundimiento de la URSS no produce emoción. Naturalmente, produce una percepción del fenómeno, pero no una emoción. Por el contrario, tengo un recuerdo nítido de la invasión de Checoslovaquia: el 20 de agosto de 1968 mientras repartía octavillas en una fábrica textil, en Verbano. Se me acercó un sindicalista quien me dijo que había tanques soviéticos en Praga. Inmediatamente me quedé consternado, tuve la percepción de una tragedia. Como la secuencia de una película: aquello podría ralentizar esa historia. Del hundimiento soviético no recuerdo nada; tendría que repasar la crónica de aquellos acontecimientos. Es porque aquello ya se había consumado antes en nuestras cabezas.

Recuerdo incluso una animada discusión con Vittorio Foa. Vittorio sostenía que, con el hundimiento de la URSS, se había resuelto una nueva era, la de la democracia en el mundo. Yo, por el contrario, incluso considerando necesario y provechoso aquello para la historia de la humanidad  no conseguía reconocer una consecuencia mecánicamente orientada a la liberación; me parecía, sin embargo, que paralelamente se estaba afirmando un nuevo capitalismo portador de unas inéditas formas de explotación y alienación.  Este juicio se apoyaba en un hecho anterior al hundimiento: la primera guerra del Golfo. Una guerra de nuevo tipo en un mundo que no se estaba prefigurando como el reino de la libertad, sino como un nuevo orden de contradicciones no menos dramáticas que las anteriores.  


Causas endógenas y causas exógenas llevaron a la caída de la URSS. Según Bruno Buongiovanni, había más necesidad de Estado (entendido como normas que den seguridad jurídica, ciudadanos responsables, comportamientos uniformes de las Administraciones) con respecto a un no-Estado totalitario y arbitrario que se ha ido consolidando con el tiempo. ¿Compartes esta tesis?  


No me convence esta tesis. Creo que la dialéctica principal para analizar la historia de la URSS no es la de Estado-mercado-sociedad civil, sino otra: entre “socialismo o no”. Yendo por lo derecho: en mi opinión, había más necesidad de socialismo, no de menos socialismo.

La opinión de Buongiovanni es una crítica propia de la escuela liberal. Se quiere afirmar substancialmente que en la URSS faltaba el estado de derecho: ausencia de elecciones y de pluralismo político, inexistencia de las libertades de prensa y religiosa. Son unos temas a los que soy muy sensible y no miro con ninguna arrogancia. Pero no me parece el filtro prevalerte para analizar aquella experiencia.  Para sacar buen provecho, el filón crítico de Buongiovanni estaría conectado con otra tesis: el reconocimiento del carácter revolucionario y constructor de nueva civilización que representó la ruptura de Octubre, donde la reivindicación de la superación de la sociedad capitalista y la afirmación de la revolución propone el socialismo como nuevo orden económico y social. Reivindico la primacía de esta lectura. En suma, quisiera comprender sobre qué cosa y cómo se ha encallado la hipótesis revolucionaria. En este sentido, me interesan todas las culturas críticas que se han movido en la historia: desde el obrerismo derrotado en Kronstadt hasta las tesis que Trotsky elaboró contra la burocracia que se transforma en Estado y cancela el empuje de transformación y liberación. Para entendernos, en la URSS hubo un exceso de estatalización versus la necesidad de socialización, de socialismo.       


En los regímenes del socialismo real el exceso de estatalización significó incluso una especie de sacralidad del poder. El comunismo, como sostiene Marcello Flores, fue desahuciado por el Partido-Iglesia, por el paraíso en tierra a defender con todos los medios necesarios. ¿Se ha traicionado la revolución de ese modo?


Intentaré diferenciar algunos aspectos. El Novecento empieza en 1917, y –como sostiene Alain Badiou--  con la precipitación de la Revolución rusa se determinan una ruptura y un acontecimiento: la innovación de Lenin del cuerpo teórico del marxismo llevará al nacimiento de un proyecto, de una realidad y una cultura política que definirán a todo el movimiento obrero. En ese sentido, estamos poniendo la atención en la derrota que siguió a la escalada al cielo operada mediante la construcción de un sujeto político –el partido--  que habría debido materializar la misión histórica del proletariado y de la clase obrera. Primero fue la escalada al cielo y después vino la derrota.

Los puntos de observación y de lectura de la derrota son seguramente el partido y los conflictos internos en el partido. Es decir, afrontar el papel de las luchas fraticidas y de la represión, que fue advertida por Antonio Gramsci. Lo hizo en su célebre –como ocultada--  carta al grupo dirigente del partido bolchevique. El PCUS, a través de una feroz lucha interna, pierde progresivamente la posibilidad histórica de realizar la tarea de la construcción del socialismo. Es la lucha por el poder: el partido ya no se define en relación al objetivo que persigue sino por las burocracias que se instalan y deterioran irremediablemente la posibilidad de realizar la misión. Estas democracias, como diría  Robert Michels, van configurando, cada vez más, según la sociología del partido. Burocratización, pues, pero también esclerotización y transformación de la ideología como elemento progresivo a elemento negativo, justificativa de la existencia del partido (una especie de falsa consciencia). Sin excluir el dominio del partido sobre la sociedad civil.  

De un lado, el partido y su inspiración; de otro lado, el partido que traiciona esa inspiración. La tesis de Flores estaría cogida con pinzas. Incluso conteniendo un núcleo de verdad, no explica la derrota. Recordemos que la Iglesia, al contrario del comunismo realizado, desde hace dos milenios está conjugando trascendencia e inmanencia, dimensión ultramundana e intramundana, perspectiva y realidad, sin haber sido submergida por la historia.


El paraíso no se puede secularizar. El mensaje evangélico de la Resurrección de la humanidad en Cristo tiene un carácter mesiánico y de espera. Que es congénito con este proceso, y puede atenuarse solamente mediante la fundación de la comunidad de los creyentes, o sea, de la iglesia. Es evidente que Lenin es deudor de Pablo de Tarso. Pero no hay una transposición tout court del  paraíso en la tierra. Más bien, es la realización de un sujeto –el partido--  que, haciéndose iglesia, es conjuntamente una construcción de comunidad, organización y jerarquía. Jerarquía de una organización y estabilidad de la jerarquía en la organización.

En este cuadro, es totalmente inapropiado criticar al partido porque se asemeja a la Iglesia. Hay que criticarlo laicamente por aquello que es en sí mismo. La semejanza con la Iglesia, paradójicamente, debería ser un elemento de fuerza y no de debilidad. La liturgia es necesaria: un sujeto comunitario tiene necesidad de ello al igual que todos los procesos revolucionarios. ¿En la Revolución francesa, Robespierre y los jacobinos no organizaron, acaso, un calendario diferente? ¿No pensaron en una diferente ritualización? Si se quiere fundar un nuevo orden, sus manifestaciones deben estar, a su modo, a la altura de la nueva dimensión simbólica. El espacio de la política no puede, no debe tener solamente el perímetro de la racionalidad.

La política es un gran proceso y su punto más alto es la categoría de revolución: ésta pone el objetivo más ambicioso, aunque relativamente, en la historia. Vuelve otra vez el equívoco del “paraíso en la tierra”, sobre todo si se piensa –con la revolución--  asignar al hombre un objetivo ilimitado, que esté a la altura de evitar su propio carácter finito. El gran desafío está, pues, en la finitud del hombre: una finitud que es, simultáneamente, complejidad personal, material, espiritual, afectiva, de memoria. Por todas estas razones, los elementos que llamamos simbólicos son parte consciente del proceso revolucionario y del proceso político. Incluso en el movimiento obrero ha habido demasiada poca liturgia, demasiada poca capacidad autónoma de auto representación y autonomía simbólica a excepción de los periodos inmediatamente posteriores de la revolución. Desafortunadamente, hemos sido mucha curia y demasiado poco iglesia.




(1)                                                           Nota del Traductor: http://archiviostorico.unita.it/cgi-bin/highlightPdf.cgi?t=ebook&file=/archivio/uni_1989_12/19891224_0036.pdf&query=bianca%20di%20giovanni (Traducción de José Luís López Bulla) 
       

miércoles, 9 de enero de 2013

LA ECONOMÍA COMO CIENCIA. Y como telón de fondo: Duran "Dedos largos"


En los primeros andares de la economía, entendida como ciencia, se consideraba que esta disciplina debía versar sobre “lo que no debe hacerse”. Más adelante, y ya con mejor criterio, se dio el salto de cualidad: había  que hablar de “lo que debería hacerse”. Sin embargo, visto lo visto, no estaría de más incorporar a “lo que debe hacerse” unas cuantas arrobas de “lo que no debería hacerse”.  No se trata de volver a los orígenes, por supuesto, pero sí de frecuentar la cordura y la consciencia de los límites de esta disciplina económica.

“Lo que debería hacerse” comportó, además, una especie de mandato bíblico hasta el punto que Alfred Marshall se obligó a llamar la atención a su pendenciera cofradía afirmando que la economía “más que un conjunto de verdades es un ´motor de análisis´ que él denominó organon (palabra griega que significa herramienta). Lo que nos lleva a  considerar que este gran hombre tenía la virtud de la modestia y, por eso, fue un gran sabio. Y “lo que debería hacerse”, en su mejor fase, se tradujo en el sentido en que la economía debería servir la economía, según Keynes, para “resolver el problema político de la humanidad, la combinación de los tres principios: la eficiencia económica, la justicia social y la libertad individual”.

 

El mismo Keynes, también desde su modestia, tuvo que salir al paso de la tendencia, consolidada ya, de verse los economistas (y querer ser vistos) como auténticos deus ex machina.  Y les rebajó los humos: los artistas y los escritores son los custodios de la civilización, mientras que los economistas somos los custodios de la posibilidad de civilización”.

 

Los economistas instalados de nuestros tiempos han echado a la cesta de los papeles los tres principios keynesianos, han elevado a la categoría de ciencia exacta su disciplina y la han convertido en autoritarismo, como instrumento de dominio, que --cada vez más-- se desvincula de la democracia. Mi amigo Riccardo Terzi describe ese movimiento como “la idea y la práctica tecnocrática en nombre de una presunta objetividad de las leyes económicas para las que existe una única solución, una sola agenda posible, a la que se debe someter totalmente” en Democrazia e partecipazione nella crisi del sistema político.   La ética, así las cosas, no sólo estorba sino que es un impedimento. Algunos de estos economistas instalados están dirigiendo, directa o in directamente, los destinos de no pocos países; otros, de medio pelo, haciendo de chupacharcos y chamarileros de los poderes.

 

Ahora bien, hay una pléyade de grandes economistas, keynesianos o no, que se rigen por los tres famosos principios del maestro británico. Son muchos, por eso no diré nombres… No sea que me olvide de alguno y me lo echen en cara. Vale.         


 

Radio Parapanda. En mis tiempos de diputado en el Parlament de Catalunya me tocó, desde la oposición, sacarle los colores a la coalición gobernante, CiU, (y, concretamente, a Unió Democrática de Catalunya, el partido de Duran i Lleida) por sus implicaciones directas en el tristemente célebre Caso Pallarols: una millonada de pesetas que se desviaban a las arcas de dicho partido de los fondos de empleo; se trataba de dineros que venían de la Unión Europea para cursos de formación de parados. Mis interpelaciones y denuncias (junto a las del diputado socialista Josep Maria Rañé) era calificadas como calumnias. Nosotros desmontamos el enconfrado de lo que, con malafoyá granaína, denominé the Cantipalo´s connection, esto es, Andorra – Barcelona (Pallarols y UDC). Aquello acabó en los tribunales. Ahora los cantimpalos están negociando con el fiscal para evitar el juicio.  



           

lunes, 7 de enero de 2013

EN EL CENTRO DE TRABAJO


Nota editorial. Tercio en la conversación que abrió Matteo Rinaldini, seguidas por Miquel Falguera e Isidor Boix. Me permito, en esta ocasión, intercalar algunas consideraciones a lo que hasta ahora han manifestado mis tres amigos. Es como si, en el transcurso de esas tres intervenciones, les hubiera interrumpido educadamente y, en el aspecto que se indica, hubiera reforzado sus opiniones. Comoquiera que Isidor Boix me dijo en un correo electrónico podemos hacer una segunda vuelta para ver en qué momento está nuestra conversación. Naturalmente, serán bienvenidas las aportaciones que nos hagan otros amigos, conocidos y saludados. A quienes se les invita genéricamente a escribir. No sean remolones.  


José Luis López Bulla

 

 

1.-- Nuesto amigo Matteo Rinaldini nos dice en EL MODELO EUROPEO DE EMPEORAMIENTO DEL TRABAJO que … “la Unión Europea no ha representado un proceso paralelo y autónomo con relación a las dinámicas que se han descrito más arriba sino, ante todo, un decisivo apoyo institucional para que pudiesen realizarse los procesos de re-articulación del tejido económico y social de los países miembros. No se trata solamente del rechazo –descontado, por otra parte--  de la neutralidad tecnocrática de las políticas económicas y sociales de la UE; no se trata, ni siquiera simplemente, de la constatación, rechazada además, de que Europa represente hoy un escenario supranacional imprescindible para poner en marcha estrategias inter escalares de cambio económico y social”. A partir de ese texto estamos conversando, de momento, Miquel Falguera, Isidor Boix y un servidor.

 

Podemos estar con mayor o menos aproximación de acuerdo con esta observación de Rinaldini. Pero no hubiera estado mal que, de seguida, se hubiera dicho que, en ese mismo contexto, la Confederación Europea de Sindicatos hubiera estado más al tanto de lo que iba ocurriendo. Porque, a fin de cuentas, en aquellos tiempos, tan próximos todavía, el sindicalismo europeo -–mejor dicho, los sindicatos de los Estados nacionales--  estaban, por decirlo educadamente, bastante distraídos de aquellos procesos. No quisiera tener demasiada mala intención, pero –desde estas mismas páginas--  algunos avisamos con vehemencia de, por ejemplo, algunos aspectos puntuales. Vale decir,   Miquel Falguera: SOBRE LA (fatal) SENTENCIA DEL TRIBUNAL DE JUSTICIA, EL ATAQUE AL CONFLICTO SOCIAL: VIKING (3), que yo mismo escribí, BAYLOS, EL DERECHO DE HUELGA EN EUROPA PUESTO EN CUESTIÓN:. VIKING.  o en EL BLOG DE EDUARDO ROJO: La sentencia Viking: algo más que ...  Fueron, efectivamente, años de descuido de la CES cuyo grupo dirigente, en aquellos entonces, estaba bastante destartalado.

2.--  La novedad de estos tiempos, especialmente desde el Congreso de la CES en Atenas, es la capacidad de movilización de los sindicatos europeos. Podríamos hablar, con toda propiedad, que estamos ante un proceso de revitalización de la acción de masas frente a las políticas de desregulación de las condiciones de trabajo, desforestación de los derechos sociales, ataque sistemático a las políticas de Estado de bienestar en cada Estado nacional. Ahora bien, este proceso de movilización sostenida en cada Estado nacional no acaba de girar en torno a un eje auténticamente europeo. Por la sencilla razón de que, todavía, no dispone de un proyecto europeo. Aunque, a mi juicio, no se traten de movilizaciones dispersas y a pesar de que tal presión, en el espacio y el tiempo, contiene importantes elementos comunes … todavía no conforma un todo orgánico de carácter europeo. En resumidas cuentas, se ha sobrepasado la fase de dispersión, pero no se ha llegado aún a la explicitación formal en torno a un proyecto europeo.

3.--  Matteo Rinaldini y Miquel Falguera hablan del papel revitalizador del sindicalismo europeo para girar el actual estado de cosas. El primero señala que “las organizaciones sindicales pueden tener un papel central para “reabrir el juego” en el interior de la Unión y una nueva estructuración del escenario”; el segundo –elevando el listón para superar el eurocentrismo--  afirma que “be añadir que, hoy por hoy, sólo el sindicato es capaz de crear esa alteridad, porque sigue siendo el depositario, por definición, del mundo del trabajo y sus valores. Porque es el único viejo instrumento que puede sumar “lo viejo” y “lo nuevo”. Y porque, en definitiva, no hay civilidad sin trabajo”. 

Naturalmente, ambos analistas ponen una condiciones para que ello pueda ser así. Esto es, la profunda renovación del sujeto social: volver a pensar las dimensiones territoriales de la acción sindical y la rearticulación de los sistemas organizativos del movimiento de los trabajadores son elementos imprescindibles para que se pueda verificar una transformación del modelo de desarrollo que ya se ha consolidado (Rinaldini); la salida del paradigma fordista, especialmente desde el centro de trabajo, y la plena asunción del internacionalismo (Falguera). Es decir, por un lado “la rearticulación del movimiento organizativo de los trabajadores” o, lo que es lo mismo, desde la forma de la representación sindical en la empresa; el carácter de las reivindicaciones y plataformas de negociación, que ya no pueden seguir en clave fordista.

No sé si estoy retorciendo los argumentos de Rinaldini y Falguera, pero me parece captar este mensaje: atiendan ustedes más a los actuales procesos de reestructuración de los aparatos productivos desde el centro de trabajo, no descuiden esa tarea básica del sindicalismo y dispongan de las estructuras organizativas de representación y representatividad del conjunto asalariado en todas sus diversidades. Porque es en ese centro de trabajo donde se está dando la gran transformación. Es más, ahí tienen el potencial de mayores agregaciones de fuerza, de mayor afiliación estable. Más todavía, añadiría enfáticamente un servidor: sólo (y solamente) desde esa atención principal a las grandes transformaciones en el centro de trabajo, con los instrumentos adecuados, podrá el sindicalismo hacer frente a las grandes cuestiones de reconstruir, sobre bases nuevas, un Estado de bienestar más tuitivo e incluyente. Sólo (y solamente) desde el centro de trabajo podrá ser más fuerte sociopolíticamente.    

Ahora bien, Isidor Boix –con un lenguaje similar--  nos llama la atención sobre “una perversa tentación sindical ya presente en muchos casos, la de considerarse como únicos, o principales, depositarios de la necesaria respuesta social, lo que puede llevar, lleva, a esconder detrás de la acción “sociopolítica” las carencias de la necesaria acción “sindical”, en la que los sindicatos han de ser, y pretender ser, los únicos protagonistas”. Una observación que no debería echarse en saco roto.

4.--  Quisiera acabar con una observación: hasta la presente todas nuestras observaciones se han centrado en la industria. Queda un escenario pendiente en nuestra conversación que todavía no ha concluido: el de los sectores de servicios, incluidas las administraciones públicas. ¿Hace? 

  

sábado, 5 de enero de 2013

(2) Por un modelo europeo de “mejoramiento” del trabajo mediante una “acción sindical europea” que así lo sea



Sigue la conversación que nos traemos entre manos, ayer lo hacía Miquel Falguera en (1) DEBATE SOBRE EL MODELO EUROPEO DE EMPEORAMIENTO DE LAS CONDICIONES DE TRABAJO


Isidor Boix


Gracias, José Luis, por tu nueva provocación. Lo cierto es que llevaba unos días (mejor dicho, semanas y meses) con ganas de sacar del buche algunas ideas que se me iban acumulando ante hechos vistos y palabras recibidas en torno a lo que es el título de este comentario de Matteo Rinaldini, “el modelo europeo de empeoramiento del trabajo”.

Me resulta fácil afirmar mi coincidencia con el análisis formulado desde la perspectiva de Rinaldini en calidad de atento espectador. También con las que considero escasas y vagas afirmaciones de cómo responder, pero las formuladas como tales las considero insuficientes. Y desde tal coincidencia y consideración me decido a lanzar algunas afirmaciones con mi por adelantado agradecimiento de participar desde esta tribuna como es tu blog “Metiendo bulla” (y nunca mejor dicho).

Empiezo por lo que es para mí una conclusión: llevamos demasiados años llorando, quejándonos de los males, de las consecuencias resultantes de la deriva “neoliberal” de la política económica y social europea. Denunciamos la crisis, sus efectos, y también sus responsables, que lo son, y a los que hemos señalado repetida y acertadamente con el dedo, pero sin asumir que también las organizaciones sociales progresistas, sindicales y políticas, alguna responsabilidad podemos tener al haber orientado en demasiadas ocasiones las reivindicaciones sociales a una mejora en la capacidad de compra, sin cuestionar el modelo de consumo, y probablemente poco a la conquista de espacios de poder en el posible, necesario e inevitablemente conflictivo cogobierno de la vida económica y política del entramado europeo, un cogobierno más necesario aún en el marco de la crisis. Pero la denuncia de los culpables no resuelve por sí misma el problema y tiene además el riesgo de parecer que ya hemos cumplido nuestra función.

Añado algunas observaciones del texto de Rinaldini que comparto como punto de partida. “Los modelos organizativos, la regulación del mercado y las mediaciones institucionales han obturado los espacios para democratizar las relaciones de trabajo”. “La construcción de la Unión Europea … (ha representado) un decisivo apoyo institucional para que pudiesen realizarse los procesos de re-articulación del tejido económico y social de los países europeos”. “Durante todo el proceso de construcción de la Unión Europea el equilibrio entre la ‘Europa social’ y los procesos de desregulación del mercado, de restricción del welfare y de la mercantilización de bienes y servicios … no solamente no se ha realizado sino que ni siquiera se ha buscado verdaderamente”.

Y una que no comparto: “la integración de los trabajadores … no pueda corresponderse con una representación y una ciudadanía democrática … (como) tendencia general …”, que parece afirmar la incompatibilidad entre un proceso de “integración de los trabajadores” (en la actual sociedad europea) y las formas de acción y representación democráticas. Quiero añadir en todo caso que lo planteo desde la concepción no peyorativa del concepto de “integración”, como sinónimo de formar parte, incluso como resultado de la lucha por conseguirlo, y, por tanto, como sinónimo de “implicación”, “participación”,  “intervención”, …

Coincido también en su denuncia de los dos riesgos que señala para la estrategia sindical. Uno, el de “adaptación (repliegue burocrático)”. Quiero añadir que considero que estamos hablando de adaptación a la deriva europea, no a su posible traducción nacional. En mi opinión, esta adaptación se da tanto en la ausencia de respuesta, como entiendo que ha sido la práctica de los sindicatos del centronorte europeo, los alemanes en primer lugar, como en la reiteración de movilizaciones cuyos convocantes saben de antemano, o podrían y deberían saber, que no van a modificar el curso de los acontecimientos, con las huelgas generales griegas como mayor exponente. Y otro, el “defensivo (el repliegue a la dimensión nacional)”, aunque podría considerarse como otra expresión del anterior, puesto que supone una renuncia (“adaptación”) a intervenir en el ámbito europeo, en el que en la práctica se decide el rumbo.

Y sigo coincidiendo en la necesidad de “la recuperación de una acción crítica y autónoma por parte de los sindicatos europeos”. Pero comparto menos su afirmación de que “los sindicatos están considerados (como) los únicos actores potencialmente para oponerse al estatus quo y relanzar una idea alternativa de Europa”, sobre todo si se considera no tanto como una constatación (en cuyo caso tengo simplemente mis dudas), sino más bien como una afirmación del protagonismo sindical como único posible, lo que llevaría a la renuncia a otros necesarios actores, a los sujetos políticos en primer lugar. Y, sobre todo, estimularía una perversa tentación sindical ya presente en muchos casos, la de considerarse como únicos, o principales, depositarios de la necesaria respuesta social, lo que puede llevar, lleva, a esconder detrás de la acción “sociopolítica” las carencias de la necesaria acción “sindical”, en la que los sindicatos han de ser, y pretender ser, los únicos protagonistas.

Seguramente un análisis menos triunfalista del 14 N europeo nos ayudaría para analizar estas cuestiones. Es cierto que hay que reconocer el avance que tal “jornada de acción europea” supuso por la coincidencia de las movilizaciones nacionales. Pero, además de la muy heterogénea respuesta, hay que tener en cuenta que no fuimos más allá de esta coincidencia en la fecha, pero menos en las formas y en los objetivos. Precisamente porque el valor de una movilización (si no queremos repetir el error de Artur Mas al contabilizar todos los manifestantes del 11 de septiembre como adeptos) entiendo debe medirse no sólo por el número de los movilizados sino por su consciente movilización en torno a un mismo objetivo.

En el inicio de la crisis aventuré la opinión de que deberíamos asumir una necesaria “austeridad”, precisamente para poder discutir qué tipo de austeridad, con qué contrapartidas de presente y de futuro. Pero se impuso, desde el sindicalismo organizado, a nivel nacional y europeo, el “no a la austeridad”, una política sindical que ha resultado impotente para corregir el rumbo de la política económica europea y ha significado convertir en realidad tanto el primero de los dos riesgos señalados por Rinaldini, en las dos variantes en que lo entiendo, como el segundo.

En tal coyuntura resulta curioso, o quizás significativo, que los alemanes, nada menos que el Presidente de su DGB, viniera a arengarnos contra la austeridad en nuestra primera huelga general de esta etapa, sin explicarnos por qué ellos la habían asumido en los prolegómenos de la crisis, negociando reducciones de los costes salariales no solo por unidad de producto sino también por unidad de tiempo de trabajo, y que, en  cuanto a una huelga general, ni la habían realizado ni se planteaban realizarla. Y sin argumentar el por qué de su ausencia en todas las jornadas de acción europea convocadas por estructuras sindicales europeas y dirigidas casi al 100% por sindicalistas alemanes.

Hoy la austeridad se ha impuesto, con fórmulas no consensuadas y muy negativas, por lo que la discusión en el movimiento sindical debería ya ser otra de la posible en los inicios de la crisis. En primer lugar, si partimos de que se ha impuesto es una política económica de ámbito europeo, y, aún, de la supuesta voluntad europeísta del movimiento sindical, será necesario plantearnos qué iniciativa corresponde al sindicalismo europeo, es decir cuáles pueden ser los objetivos y reivindicaciones de un sindicalismo que debe pretender organizar y representar tanto a los trabajadores alemanes y suecos como a los españoles y griegos, así como a los búlgaros, lituanos, portugueses, franceses, … Estoy hablando de objetivos y reivindicaciones “comunes”, que así deben ser y entenderse, y que, precisamente por ello, deben encontrar formas de movilización conscientemente solidarias en torno a los mismos, así como exigencias de interlocución y negociación sobre tales reivindicaciones comunes, contribuyendo de tal modo a configurar las contrapartes empresariales e institucionales, necesariamente de ámbito también europeo.

Adelanto que en mi opinión sobre ello supone asumir con claridad una “negociación colectiva europea”, tema aún tabú en las actuales estructuras sindicales, federales y confederales, europeas. Y también contenidos en tal ámbito, orientados a la defensa y desarrollo de los derechos básicos europeos, derechos del trabajo entre los cuales no pueden estar ausentes los temas salariales, elemento esencial de la relación laboral, entre ellos el “salario mínimo europeo”, otro tema tabú. El problema está en que los trabajadores nórdicos, y los alemanes, entiendan que les “interesa” que mejore el mínimo europeo y se tienda a una homogenización europea, igual que las trabajadoras de Inditex entendieron que les interesaba que mejoraran las condiciones salariales y de trabajo de las trabajadoras textiles de Bangladesh o de China. Pero para ello hace falta que también lo entiendan los y las dirigentes sindicales respectivos, como también hemos comprobado en Inditex.

Elocuente es asimismo el devenir de la Campaña aprobada en el Congreso de la CES de mayo 2011 en Atenas con el título de “Campaña sobre la igualdad de derechos salariales y sociales en Europa”, propuesta precisamente por la DGB alemana y la CGT francesa, a la que ya en su momento me referí ligado a las demás cuestiones que entonces se planteaban (http://iboix.blogspot.com.es/2011/05/congreso-ces-cronicas-atenienses-3.html), y de la que aún se esperan concreción e iniciativa.

En mi opinión no hemos sido capaces de formular adecuadamente el problema, por lo que será difícil encontrar la solución, aunque quizás la búsqueda, necesaria por otra parte, de ésta nos ayude a formularlo mejor, contribuyendo así a avanzar hacia un “modelo europeo de mejoramiento del trabajo”.

Y para no dejar cabos sueltos, o al menos intentarlo, quiero terminar señalando que esta voluntad de “mejoramiento” del trabajo en Europa debe ir acompañada de similar objetivo en el ámbito de nuestro mundo globalizado, ya que existe una inevitable interdependencia entre ambos espacios.

viernes, 4 de enero de 2013

(1) DEBATE SOBRE EL MODELO EUROPEO DE EMPEORAMIENTO DE LAS CONDICIONES DE TRABAJO




Nota editorial. El debate abierto con motivo de EL MODELO EUROPEO DE EMPEORAMIENTO DEL TRABAJO tiene hoy como protagonista las opiniones autorizadas de un viejo amigo y asiduo colaborador de este blog.

 

Miquel A. Falguera i Baró. Magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña.  


¿ES AÚN POSIBLE ESE ESCENARIO DISEÑADO POR GARIBALDO Y SUS AMIGOS?

1. Usando la querida expresión del puto amo de este blog (por la reiteración con que la emplea es ya más suya que de Vargas Llosa) cabrá preguntarse eso de “¿cuando se jodió el Perú, Zavalita?”. ¿Cómo ha sido posible que los instrumentos emancipatorios que nos legaron nuestros mayores estén tan hechos unos zorros que nos da grima pasarlos a los más jóvenes? (es más: mucho sospecho que éstos ya no los quieren, ni regalados).

Podemos buscar muchos culpables. Porque hay muchos culpables, empezando por nosotros mismos. Pero, vindicaciones a parte, la gran cuestión es si esos instrumentos son útiles a las nuevas generaciones en la ingente labor que les viene encima para empezar a reconstruir la civilidad democrática. Porque aunque la izquierda institucional se niegue a reconocerlo –y cada vez estoy más convencido que es ahí donde reside uno de los principales problemas- ya no se trata de “adaptar” nada, sino de “reconstruir”. Por tanto, que esos instrumentos de liberación históricos ya no sirven y hay pensar otros nuevos. De hecho, “lo nuevo” está surgiendo en ese magma deshilvanado y muchas veces incoherente que llena las calles en muchos lugares de Europa y del mundo. Un nuevo y saludable camarada fantasma.

“Lo nuevo” está conformado esencialmente por gente joven –aunque, paradójicamente, no muy joven-. Y, como tal, tiende a volver a pensar que la historia empieza con ellos, lo que merece las críticas de la “izquierda instalada” (y con esa expresión no me refiero sólo al PSOE o a IU o ICV, sino a toda la izquierda tradicional en sus distintos pelajes, incluyendo a los sindicatos), renuentes en la práctica a olvidar los discursos tradicionales y, aunque no se diga, también los mecanismos, cuotas e instrumentos de poder vigentes. “Lo nuevo” ocupa las calles y tiene un discurso esperanzador pero aún inconexo. “Lo viejo” ocupa las instituciones –no sólo las “oficiales”-, las distintas estructuras de poder –y no hablo del “Poder”, con mayúsculas- y su discurso está caduco. No puedo dejar de hacer mención de un hecho que me parece significativo: entre “los nuevos” se encuentran, muy activos, los llamados “iaiosflautas”. Pues bien, si se miran las caras que los conforman podrán comprobar como muchos son políticos de izquierdas y sindicalistas ya retirados de primera línea.

Con todo, quizás habría que preguntarse qué pinta en medio de ese rifirrafe dialéctico el factor trabajo. Porque tengo la impresión que todos olvidan –postmodernismo obliga- que el trabajo ha sido, es y será el eje vertebrador de la civilidad y que debería ser (reitero: “debería ser”, no sea que esta noche se me aparezca para recriminármelo el espectro de Trentin) el principal mecanismo de autoemancipación. Cada vez es más evidente –como tantas veces nos recuerda el puto amo del blog- que el problema de la izquierda instalada es que ha olvidado el trabajo en su discurso. Pero ocurre que “lo nuevo”, también. Sin embargo, los ciudadanos no son sólo tales, son también esencialmente trabajadores (y no estoy aquí utilizando el sentido tradicional de la expresión) Aunque es cierto que la “ciudadanía en el trabajo” parecía estar siendo sustituida por la impronta del neoliberalismo por la añeja “ciudadanía de la propiedad”, el hecho cierto es que la actual crisis económica ha puesto en evidencia la falacia de ese concepto propietarista, aunque les pese a muchos (incluso, también, a amplios sectores de trabajadores).

Todo ello comporta varias paradojas. La primera, que aun con todas sus carencias, el sindicato sea el único instrumento de “lo viejo” que subsiste como mecanismo de alteridad, aunque su discurso haya dejado de ser alternativo (probablemente, no lo fue ni lo debía ser, nunca). La segunda, que “lo viejo” sigue instaurado en la empresa –aunque su discurso sea también “viejo”-, porque “lo nuevo” no piensa en general en lógica de “trabajo”. Y cuando lo hace, se sabe incapaz de ganar consensos en la empresa.

No hay alternatividad posible sin un nuevo concepto del mundo del trabajo (entendido no sólo en el sentido objetivo, sino también como factor social). No hay civilidad sin trabajo.

Más allá del problema generacional de fondo –que existe- parece evidente que la reconstrucción de la civilidad democrática urgiría la unión de “lo nuevo” y “lo viejo”, con todas las dificultades que ello conlleva. Más que nada, porque así se quemarían etapas (pese a todo, los provectos algo tenemos que enseñar a los más jóvenes) Y en ese desiderátum el “trabajo” debería jugar un papel fundamental, porque es la gran baza con la que seguimos contando los que provenimos de “lo viejo”.

2. Sin embargo, habrá que pensar en un nuevo concepto del concepto trabajo. O quizás hacer algo más simple: volver al discurso emancipatorio prefordista y anterior al pacto welfariano. Algo así como lo que ha hecho el neoliberalismo triunfante, con evidentes resultados positivos para sus intereses.

Así, cabrá preguntarse qué plumas se dejó la izquierda en el pacto social de postguerras –en España, el pacto constitucional-. Desde mi punto de vista la respuesta pasa por la dejación de tres grandes elementos motrices de las ideas emancipatorias: el internacionalismo, el control social de la producción y el poder en la empresa.

El internacionalismo, porque el ámbito territorial de dicho pacto tenía fronteras, de tal manera que los derechos conquistados (el mayor trozo de tarta del pastel de la riqueza) se quedaban dentro de las mismas. El control social de la producción, porque se aceptó que fuesen los empresarios los que decidieran, sin ningún tipo de intervención externa, qué se producía y cómo se producía. El poder en la empresa, porque se abandonó el colosal enfrentamiento en esta materia, aceptándose implícitamente el propietarismo dirigente, a cambio de mecanismos –más o menos intensos en función de los países- de participación sindical. Y nótese que no estoy afirmando que esos abandonos fueran traiciones: cualquier contrato tiene contrapartidas para cada parte. Y, ciertamente, en la perspectiva histórica es necio negar que gracias al mentado pacto –aun con crisis y rebajas- los trabajadores actuales viven mucho mejor que sus abuelos.

Súmese a ello la otra cara de la moneda: la absurda servidumbre que aún sigue manteniendo la izquierda “vieja” de la cultura fordista. La aceptación acrítica de que a lo largo de una tercera parte de cada día el trabajador deja de ser un ser humano y se cosifica (lo que, en gran parte, habrá que vincular con la renuncia al debate del poder en la empresa y el control social de la producción)

Parece evidente que si el pacto welfariano ya no está en vigor, la izquierda (“la vieja”, por tanto: la que lo firmó) no tiene porqué sentirse vinculada con el mismo. No tiene ningún sentido que cuando la contraparte ya no aplica sus obligaciones –el reparto más igualitario de rentas- se siga insistiendo en el cumplimiento del mismo, sin, paralelamente, volver a desempolvar los viejos anhelos olvidados. En las actuales circunstancias de la evolución humana –al menos en las sociedades hasta hace poco opulentas- el concepto de paraesclavitud, el trabajo rechina, máxime cuando ya no hay contrapartidas.

La “vieja izquierda” no hace otra cosa que seguir insistiendo en el pacto desde la lógica fordista. Y, paradójicamente, parece que la “nueva izquierda”, en parte, también: obsérvese como se trata, en buena medida, de una reacción de protesta, con escasa propuesta alternativa sobre el nuevo concepto de trabajo.

3. Garibaldo y sus colegas, en el resumen de Rinaldini, sitúan su reflexión sobre dos grandes ejes: de un lado, el “empeoramiento de la salud en el trabajo”, esto es: “el modelo de desarrollo económico y social, que se ha consolidado en Europa, no es el de la democratización del mundo del trabajo y la producción”. Nada que objetar, en tanto que en gran medida coincide con mis previas reflexiones sobre el abandono en el pacto welfariano del control social de la empresa y el debate sobre el poder en su seno. En todo caso debe llamarse la atención sobre el hecho, que señalan los autores, del agravamiento de esos déficits por la disgregación de la empresa por el nuevo modelo de organización de la misma. Es decir, la implosión de la empresa “universal” y su sustitución por la empresa-red determinan que cuando más se baja en la jerarquía interna de ésta, menos calidad democrática hallaremos tanto en los mecanismos de participación (y, obviamente, de condiciones laborales)  Y es ésta una reflexión importante para España, en tanto que –salvo alguna excepción- la mayor parte de empresas red transnacionales aquí situadas están en la “escala baja” de la pirámide.

4. La segunda gran tesis del trabajo es la constatación de cómo Europa –léase: “Bruselas”- se ha ido conformando como el gran mamporrero legitimador de esas tendencias, a partir de la conocida asimetría entre su concepto como espacio económico y social. Es ésa una obviedad conocida. Y esa asimetría es aún más significativa en los últimos tiempos: Europa –“Bruselas” y los gobiernos de cada país, bien sean en manos conservadoras o socialdemócratas- siguen insistiendo en el –falso- paradigma de la asepsia de la doctrina económica al uso. Zapatero alguna cosa sabía de eso. Algo que ha ocurrido en prácticamente todos los países del orbe-¿incluso en China?-: FMI obliga (1).

Pero en el ámbito europeo el problema es más grave, como bien apuntan los autores: la asimetría y la cesión de soberanía nacional determina que buena parte de las políticas económicas –y sociales- sean determinadas por estructuras burocráticas de supuestos técnicos –claro: también “asépticos-, que nadie ha votado. Y ello es especialmente significativo en el ámbito del espacio euro. En otras palabras, los ciudadanos de un país miembro de la UE no podemos decidir si es posible otra política económica –y social- alternativa, bajo el riesgo de “quedarnos fuera” (el gran yuyu: pregúntenles a los griegos) Y ocurre que no podemos decidir otra política comunitaria con nuestro voto, en tanto que el Parlamento europeo –que es lo único que votamos- poca capacidad de intervención tiene al respecto. Mientras tanto, la Unión sigue primando, por ejemplo, el derecho de “libertad de establecimiento” sobre los derechos colectivos de huelga y negociación colectiva, en una puesta al día del viejo debate sobre el derecho a la propiedad y sus límites. No se trata sólo de una asimetría entre la vertiente económica y social: se trata de un modelo de diseño antidemocrático.

5. Sin embargo, el planteamiento de Garibaldo y sus compañeros me parece criticable por una razón: el eurocentrismo. En el mundo actual la civilidad democrática no es ya sólo patrimonio de Europa. Hace siglos que no es así y lo es menos en los últimos 25 años. A lo que cabe sumar el fenómeno de la globalización. De hecho, una buena parte del discurso nuevo de la izquierda está surgiendo en la América Latina, pot-guerra fría.

Ciertamente –lo que no deja de ser lamentable- no existe un sindicato europeo (o un partido de izquierda europeo) entendido como aquél que defienda los intereses de todos los trabajadores de la Unión. Sin duda, la CES no es nada más que un organismo paraestatal, incapaz de ir más allá.

El futuro democrático no se me antoja posible sin que el sindicalismo –la izquierda- recupere la otra gran idea olvidada en el pacto welfariano: el internacionalismo. Los trabajadores españoles, portugueses, griegos, italianos o irlandeses están perdiendo derechos a marchas forzadas, por mor de una política de recortes basada en una ideología. Y ello afecta también a los trabajadores alemanes. Por poner un ejemplo: en España los recortes obedecen a la supuesta necesidad de que los bancos españoles devuelvan los grandes créditos contraídos… a los bancos alemanes. En una situación provocada por una doctrina económica ideologizada que es la misma que está comportando que los asalariado teutones hayan perdido poder adquisitivo, derechos de previsión social y vean precarizadas sus condiciones laborales. El adversario es el mismo, aquí y allí. ¿Pero, es ése un problema exclusivamente europeo? Parece obvio que no, que esa tendencia –ese “adversario”- tiene escala planetaria. Y, por tanto, el contrapoder que le deba hacer frente también debe tenerla. Si no se empieza a erigirse un pensamiento internacionalista el futuro –y el presente- nos depara lo inevitable: la salida hacia delante de los particularismos identitarios. Algo de eso empieza a aparecer en España: y no sólo en Cataluña o el País Vasco, también el resurgimiento del españolismo incapaz de reconocer la diversidad está resurgiendo. Y permítanme aquí una reflexión fuera de contexto: los pocos que en Cataluña intentamos situar la problemática social por encima de la identitaria –lo que, obviamente, no quiere decir negar el derecho de autodeterminación que Cataluña tiene como nación- no hallamos eco más allá del Ebro. Como si en esas lindes no existiera también un problema identitario basado en la prepotencia y la negación de la diversidad.

Pero, provincianismo al margen, sin duda que, como señalan los autores, hay que refundar la vieja idea de Europa. Pero no sólo eso: hace falta también un nuevo internacionalismo, en tanto que los derechos sociales y la civilidad democrática no son ya patrimonio único de esta parte del mundo (aunque aquí hayan nacido) No basta sustituir la identidad de cada nación por la de Europa, sino por la de ciudadano del mundo.

6. ¿Cómo resituar en el debate social el internacionalismo, el control social de la empresa y el reparto de poder en la misma? Hablar hoy de estas cosas se asemeja como una especie de sueño húmedo de un bolchevique trasnochado –que, probablemente, es lo que soy-. Pero si esas viejas reivindicaciones “olvidadas” no empiezan a ponerse encima de la mesa, el triunfo de la lógica neoliberal es imparable. Y no sólo por ganar consenso en el debate social: también, porque difícilmente se podrá conformar un nuevo pacto social –en el fondo, no soy tan bolchevique- sin “asustar” a la contraparte.

Desde luego, los viejos dogmas ya no sirven. Por tanto, habrá que repensar las ideas centrales de ese discurso alternativo. Y probablemente es ése un terreno común en el que pueden coincidir “lo viejo” y “lo nuevo”, aún con todas sus sensibilidades distintas.

Y ahí, me parece obvio que el sindicato es el “viejo” instrumento llamado a jugar el papel central. En primer lugar porque, como he dicho, es la única cosa de “lo viejo” que sigue perviviendo, aunque renqueante, y es el objeto central, no por causalidad, del fuego cruzado del adversario. Y en segundo lugar porque, con todas sus carencias, sigue siendo el representante del valor trabajo. No deja de ser paradójico –o quizás, no tanto- que como en el siglo XIX el sindicato esté llamado a ser el motor de la alternatividad política. Y no se trata de hacer un discurso o una práctica más radical: obsérvese como esas opciones sindicales más drásticas ya existen desde hace años y siguen siendo minoritarias.

Ahora bien: cada vez es más claro (al menos para mí) que ni el discurso del sindicato, ni su forma de organización actuales son los más adecuados para ese envite. Su discurso sigue prisionero del pacto welfariano y -¡ay!- del fordismo. Está diseñado para el consenso y no, para el conflicto. Su organización no se adapta a la nueva realidad del mundo de trabajo y de la empresa: mientras éstas se caracterizan por la descentralización a ultranza, el sindicato tiende cada día más a la centralización del poder interno. Y como afirmaban los viejos cenetistas es el sindicato el que se adapta a la empresa, y no al revés. Uno de los factores que explican el “empeoramiento del trabajo” es, como narran Garibaldo et alii, precisamente esa descentralización. Y resulta evidente que si el sindicato no se dota de estructuras horizontales no será capaz de defender íntegramente a todos los trabajadores, especialmente los menos fuertes (el asalariado que presta servicios en la gran empresa tiene amplias tutelas, la mujer que limpia las dependencias de esa empresa tiene muchas menos, pese a que ambos comparten el mismo espacio de trabajo)

Pero es que, además, el difuso mundo del trabajo actual es mucho más que el “trabajador de empresa”. A él pertenecen también los parados, los pensionistas, los autónomos, las personas excluidas de la sociedad… Ciertamente el sindicato surgió de la conformación del concepto de clase obrera, como superación de la condición de “los miserables” (aprovecho para recomendar aquí la magnífica obra “Orígenes del contrato de trabajo y nacimiento del Sistema de Seguridad Social”, recientemente publicada por Bomarzo) Pero quizás hay que empezar a superar ya desde ahora ese concepto limitador. Es verdad que, sobre el papel, el sindicalismo tutela –y así dice hacerlo- todo ese espectro. Pero su práctica y su organización dista mucho de ello, quizás porque su “cliente” es el trabajador de empresa –y, si se me permite, el trabajador de la gran empresa-, en una crítica reflexiva que le oí hace ya unos cuantos años al amigo Isidor Boix.

Y por supuesto, el sindicato debe superar fronteras y recobrar su “pathos” internacionalista. Probablemente los sindicatos alemanes y de otros países septentrionales europeos no querrán oír hablar de ello –una buena muestra de las fronteras nacionales de la lógica del pacto welfariano-. Pero, ¿se imaginan ustedes el miedo del adversario –y de los técnicos de “Bruselas”- si existiera un auténtico sindicato europeo? Y quizás, ahora que se habla de unificaciones, cabría pensar en la construcción desde abajo del sindicato internacional. ¿Por qué no un sindicato único en la Europa meridional?

Ya sé que estoy proponiendo algo que se antoja como descabellado: que el sindicato supere su estricto marco tradicional para pasar a ser un instrumento de alteridad de la civilidad democrática. Pero cabrá recordar que eso no es nuevo: ya ocurrió en su momento (tal vez, al fin, no sea un bolchevique, sino un cenetista emboscado). Y, como he dicho, toca ahora –imitando al adversario- volver a los orígenes. A lo que cabe añadir que, hoy por hoy, sólo el sindicato es capaz de crear esa alteridad, porque sigue siendo el depositario, por definición, del mundo del trabajo y sus valores. Porque es el único viejo instrumento que puede sumar “lo viejo” y “lo nuevo”. Y porque, en definitiva, no hay civilidad sin trabajo.


(1) Nota del blog. Próximamente hablaremos de China. 

jueves, 3 de enero de 2013

EL MODELO EUROPEO DE EMPEORAMIENTO DEL TRABAJO


Editamos, traducido al castellano, un trabajo del compañero Matteo Rinaldini, publicado en la revista amiga http://www.sbilanciamoci.info. Aunque no compartimos algunos puntos de este ensayo lo recomendamos porque nos obliga a devanarnos la sesera. Intervendrán en este debate Isidor Boix, Miquel A. Falguera y…   


 

Un libro explica por qué empeoran las condiciones de trabajo en Europa. Es un ensayo que nos dice que los modelos organizativos, la regulación del mercado y las mediaciones institucionales han obturado los espacios para democratizar las relaciones de trabajo.  Se trata de un ensayo colectivo, Workers, Citizens, Governance. Socio-Cultural Innovation at Work, a cargo de Garibaldo, Baglioni, Casey e Telljohannn.  Este libro tiene dos objetivos explícitos: por una parte, reconstruir las características emergentes de las actuales condiciones de trabajo en Europa, la organización de la producción que se está consolidando y las instituciones europeas de regulación de los mercados y del welfare state; y, por otra parte, indicar recorridos de innovación en el ámbito organizativo, managerial e institucional capaces de invertir la dirección de los procesos socioeconómicos del pasado, todavía ampliamente dominantes. A los autores también les interesa el estado de salud actual, el terreno de acción y las perspectivas de futuro de las organizaciones de los trabajadores. Ahora bien, para comprender todo esto conviene partir de las dos tesis de fondo, que son los raíles por los que discurren las reflexiones de las doce contribuciones que conforman el libro.

La primera tesis, ya explicitada en la introducción, es la constatación fuerte que no deja “caminos de huida” para quien quiera hablar del “estado de salud del trabajo” (y de los trabajadores).  La tesis es: el modelo de desarrollo económico y social, que se ha consolidado en Europa, no es el de la democratización del mundo del trabajo y la producción. En otras palabras, los procesos sociales y culturales, hoy dominantes en el terreno organizativo y en el campo de las relaciones industriales, implican que la integración de los trabajadores (en los centros de trabajo, pero también en la sociedad en general) no puedan corresponderse con una representación y una ciudadanía democrática, sino a través de la adecuación a las reglas y vínculos que el management establece “frecuentemente” y de “un lugar a otro”.  Precisamente estos “frecuentemente” y de “un lugar a otro” deben considerarse para entender plenamente la totalidad del sistema en el que nos encontramos. De hecho, en esta tendencia general a la restricción de la dimensión de la participación democrática y de la calidad del trabajo en los centros de producción la situación aparece diferenciada en su interior.

La específica fragmentación de la estructura industrial, la particular re-articulación de la cadena del valor y la explosión de la división social del trabajo –unos procesos que tienen en común una misma lógica de concentración (de poder de decisión) sin centralización (de las estructuras productivas)--  y el carácter fuertemente competitivo de los mercados donde la apuesta de las empresas no es simplemente la adquisición de una ventaja respecto a otros competidores sino de subsistencia, han generado un escenario en el conjunto de la actividad que se desarrolla sucesivamente para permitir la transformación de materiales elementales en un producto acabado o de la misma actividad económica,  es posible encontrar condiciones de trabajo muy diversas entre ellas. Todo ello, según los autores del libro, no nos debe llevar a engaño y volver a proponer  las mismas formas de poder del pasado.  De hecho, el elemento novedoso está en que la integración “entre quien está abajo” (empresa y trabajadores) y “quien está arriba” (empresas y trabajadores) es cada vez más estrecha reforzándose de manera inédita las líneas jerárquicas.

La opción jerarquía o mercado (make or buy) donde el mainstream económico explica el funcionamiento de la empresa como institución de regulación del mercado, tal como están las cosas, debe revisarse porque la posibilidad de elección de las empresas parece que cada vez se reduce más hasta desaparecer, alejándose de la empresa líder. En otras palabras, la relación de poder aparece descompensada hacia las empresas que están en el vértice de la actividad general que son las que determinan tiempos, calidad y modalidades de producción de las empresas que dependen de ellas jerárquicamente, incluso a través de una relación de mercado. El precio a pagar por no aceptar esos vínculos por parte de las empresas que se sitúan en lo más bajo no es una simple reorganización estratégica de mercado o una reorganización organizativa sino la muerte. Y, por otra parte, las empresas líder, para conseguir la sobrecapacidad productiva global, están sometidas a una competencia internacional por la subsistencia, inspirada en el principio mors tua vita mea.  

En este sentido, es fácil comprender de qué manera tienden a distribuirse las condiciones de trabajo en el interior de la misma actividad general, en la misma red de empresas o en la misma actividad productiva, y hasta qué punto son fuertes los impulsos para fragmentarse. Más todavía: la plena realización y la penetrante extensión del modelo de desarrollo, que hemos descrito, presupone la posibilidad de tener un contexto institucional donde coexistan yacimientos de mano de obra que, aunque integrados sistemáticamente, estén regulados de manera diversa en términos de tutela y retribuciones; y, todavía más importante, que tal “diversidad integrada” de dichos yacimientos no sea negociable más que aspectos marginales.            

De hecho, las instituciones que intervienen en el mercado de trabajo y en las condiciones laborales deben ser múltiples y producir una diversidad de tutelas, derechos y niveles salariales para permitir el desarrollo de las redes de empresas a lo largo de las trayectorias que se han descrito más arriba. Y la misma lógica debe aplicarse al sistema de welfare y a los regímenes fiscales.

La exigencia de adaptación se convierte, así, en un principio-mantra para los sistemas de relaciones industriales en vez de una orientación o un verdadero imperativo.  Adaptación variable en el tiempo y en el espacio según la contingencia temporal y el contexto específico al que se refiere (que puede ser un país, pero mejor sería que fuera a nivel regional o, incluso, de empresa), pero que una vez definido no admite grandes márgenes de negociación. 

Todo ello se relaciona con la segunda tesis: la construcción  de la Unión Europea no ha representado un proceso paralelo y autónomo con relación a las dinámicas que se han descrito más arriba sino, ante todo, un decisivo apoyo institucional para que pudiesen realizarse los procesos de re-articulación del tejido económico y social de los países miembros. No se trata solamente del rechazo –descontado, por otra parte--  de la neutralidad tecnocrática de las políticas económicas y sociales de la UE; no se trata, ni siquiera simplemente, de la constatación, rechazada además, de que Europa represente hoy un escenario supranacional imprescindible para poner en marcha estrategias inter escalares de cambio económico y social.   

De hecho, hay algo más en la tesis propuesta. Los autores, aunque con diferente énfasis, sostienen que la construcción de la EU es parte constituyente de aquellos procesos específicos de reorganización institucional y de nuevas regulaciones sociales orientadas hacia un régimen de mercado.   Naturalmente, la formación de la UE no es vista como un proceso lineal. La gobernanza europea, además, implica inevitablemente una pluralidad de actores que representan intereses heterogéneos y, a veces, contrapuestos.  Las políticas y las orientaciones que se generan a nivel europeo pueden perseguir objetivos diversos y no siempre coherentes.   Sin embargo, de las páginas del libro se desprende la idea de que durante todo el proceso de construcción de la Unión Europea el equilibrio entre la “Europa social” y los procesos de desregulación del mercado, de restricción del welfare y de la mercantilización de bienes y servicios (una de las palabras clave y más recurrentes es commodification), no solamente no se ha realizado sino que ni siquiera se ha buscado verdaderamente.

Los años setenta --el periodo inicial de la difusión global de la cultura y del régimen económico neoliberal—  fueron obviamente  el momento seminal del modelo de Europa que sucesivamente se ha consolidado, y que en los últimos años ha celebrado su propio triunfo; pero lo que los autores parecen sugerir, y quizá afirman explícitamente,  es que Europa está dispuesta a acoger el neoliberalismo habiéndose dotado, desde su constitución, de una arquitectura institucional hospitalaria.

A partir de la asunción de esta “asimetría constitutiva” (entre dimensión social y dimensión de mercado) de la UE, Hyman retiene sorprendente no sólo que hoy se haya consolidado una lógica neoliberal en Europa, sino que, ante todo, dicha lógica no se hubiera afirmado antes. En otras palabras,  la construcción de Europa –tal como se ha hecho--  ha representado la creación de un contexto adecuado para que los procesos económicos y sociales descritos pudieran realizarse.

Es evidente que en un escenario, que ha concebido así el espacio para la democracia en el trabajo y en la sociedad, resulta restringido e, incluso, inexistente. Se afirma un ambiente competitivo de carácter bélico en el que los trabajadores de cada empresa o de cada red de empresas y los ciudadanos de cada territorio (no necesariamente coincidente con los límites de un Estado) son como unos soldados a los que se les envía a combatir los unos contra los otros. Naturalmente los trabajadores / ciudadanos de cada empresa o red de empresas y de cada territorio no son todos iguales. Pero, ¿qué ejército tiene entre sus propias filas una masa de soldados del mismo orden y grado? Incluso la horda, a fin de cuentas, tiene su propia organización interna con sus divisiones e integraciones.

A partir de la reconstrucción de este escenario, los autores reflexionan sobre las condiciones de trabajo en Europa y los actuales espacios de acción para un proceso de democratización del mundo del trabajo y de la sociedad. Y, sobre todo, los autores indican posibles recorridos de innovación socio-cultural capaces de representar una ruptura con la situación actual que exige, sin embargo, una ampliación del espacio de la participación democrática de los trabajadores y de los ciudadanos europeos.  

Lo cual nos lleva inevitablemente a considerar las condiciones de salud de las relaciones industriales en Europa, las posiciones que los sindicatos han asumido con respecto a la construcción institucional y económica de la EU, y las estrategias y estructuras organizativas que los sindicatos de los estados nacionales, incluso de las confederaciones sindicales supranacionales, pueden poner en marcha de ahora en adelante.    

De hecho, a pesar de que es evidente la condición crítica de los sindicatos europeos (desplazados y desorientados en el campo trasnacional en que se mueve el capital) y el riesgo de que los mismos sindicatos puedan estar tentados a perseguir estrategias de adaptación (un repliegue burocrático) y/o defensivo (el repliegue a la dimensión nacional), los sindicatos están considerados como los únicos actores que, potencialmente, pueden oponerse al estatus quo y relanzar una idea alternativa de Europa.  En este sentido, la recuperación de una acción crítica y autónoma por parte de los sindicatos europeos, la revitalización de los procesos de movilización y participación de los trabajadores, el volver a pensar las dimensiones territoriales de la acción sindical y la rearticulación de los sistemas organizativos del movimiento de los trabajadores son elementos imprescindibles para que se pueda verificar una transformación del modelo de desarrollo que ya se ha consolidado.

A la hora de reflexionar  sobre el estado actual de la democracia en Europa, sobre sus perspectivas y sobre la condición y el futuro de las organizaciones sindicales, los autores llevan al lector a razonar no en términos de coyuntura sino, ante todo, de dimensiones estructurales.  No son casuales las indicaciones de innovaciones socio-culturales que se proponen en este libro, que no son factores de corrección sino de propuesta de cambios profundos en el tejido socio-económico europeo.  La perspectiva europea, en otras palabras, no se puede abandonar. Pero su sola corrección es ilusoria o, por lo menos, insuficiente para garantizar espacios de democracia.

Europa debe ser refundada. Y sólo partiendo del mundo del trabajo será posible reconstruir un modelo que pueda conciliar desarrollo y democracia.  Así pues, las organizaciones sindicales pueden tener un papel central para “reabrir el juego” en el interior de la Unión y una nueva estructuración del escenario.  Sin embargo, del libro emergen diversas sensibilidades con relación a cómo pueda suceder todo esto. Si en algunos textos la asunción radical de un principio de democracia, en la reconstrucción de la relación de la representación entre trabajadores y organizaciones (esto es, un profundo y radical repensamiento de la relación de los sindicatos con los trabajadores) es un presupuesto imprescindible para la revitalización de la acción sindical y para la posibilidad de que pueda ser incisiva a la hora de abrir alternativas al modelo de desarrollo actual; en otras aportaciones al libro la cosa queda más desdibujada y parece ser una opción entre otras. Sobre este terreno los análisis del libro alimentan, no obstante, un material útil para la urgente reflexión que debería abrirse.    

Francesco Garibaldo, Mirella Baglioni, Catherine Casey, Volker Telljohann. Workers, Citizens, Governance. Socio-Cultural Innovation at Work. Peter Lang, Frankfurt, 2012.


martes, 1 de enero de 2013

EL CONGRESO DE FITEQA-CC.OO Y EULER


El primer gran acontecimiento de 2013 de Comisiones Obreras será el congreso de Fiteqa, concretamente a finales de Enero. Es una organización que, con la fusión de los textiles y los químicos, cumple sus primeros veinte años de fecunda biografía. De hecho, ya nos advertía Carlos Gardel en Volver que veinte años no es nada. Pero se le olvidó decirnos que son suficientes para concretar lo que, en más de una ocasión, he calificado como el sindicalismo de regadío de Fiteqa. (Un regadío que se inicia hace dos décadas cuando su primer congreso saca a los textiles de la crisis de poryecto, liderazgo y organización que arrastraban desde hacía muchos años).

Entiendo que la razón de ese regadío y de tal madurez está en la exacta ubicación de Fiteqa como sujeto anclado en el interior del ecocentro de trabajo, en su precisa representación y su representatividad de las diversidades asalariadas. Y, ni que decir tiene, en su proyección como sindicato global con un destacado papel de sus representantes, Isidor Boix entre ellos, en las federaciones europeas y mundiales;  entendámonos: de sindicalismo global en los hechos concretos de la acción sindical. 

La importante ubicación de Fiteqa en los centros de trabajo se explica, a mi entender, por dos elementos que se inter relacionan: uno, la renovación del proyecto sindical, en cada convenio general; y dos, la relación entre el convenio general y las reivindicaciones específicos en el ecocentro de trabajo. Lo que se ha traducido en un sostenido poder contractual. 


Este es un genérico balance del grupo dirigente de Fiteqa, liderado por Quim González que en dicho congreso, a sus sesenta años, deja sus responsabilidades en “la flor de la vida”. Recordarle a Quim que el gran matemático Leonhard Euler construyó importantes teoremas entre sus sesenta y ochenta años es una reflexión, en este caso, interesada.

 

Finalmente, alzo dos veces mi copa: una por estos veinte años de Fiteqa; otra por los próximos tiempos.