miércoles, 11 de junio de 2008

MÁS SOBRE LA DIRECTIVA DEL HORROR (3)

Aspecto parcial del sinedrio recientemente celebrado en Parapanda en exigencia de que el joven doctor don Francisco Trillo nos ponga más al corriente de la Directiva del horror. Acuerdo unánime: 1) que nuestro Paco escriba, y 2) que la Unión de Hermanadosblogs de Parapanda (UHP) --Según Baylos, Desde mi cátedra y Metiendo bulla-- lo publiquen sin censura. Lo firma, Tito Ferino. Actúa de tesorero Simón Muntaner.


Primero


Me permito un ruego afectuoso a los dirigentes políticos de las izquierdas: no se aglomeren ustedes opinando sobre la Directiva que, de manera abreviada, se refiere a las 65 horas semanales; podría bastar con que unos pocos, de aproximada representación y cabal representatividad, dijeran cuatro cosas al respecto. Si tales representantes públicos se mantienen en un silencio monástico, no pocos podíamos interpretarlo de manera un tanto arisca. De momento, en clave de mosquita muerta, ni siquiera les pido que digan “algo de izquierda”; simplemente que opinen, que digan “algo político”. Que, al menos en esta ocasión, dejen de lado la tradicional actitud de remolonear ante las cuestiones sociales. Perdón, ante estas cuestiones que son, especialmente, políticas. Se trata de un remoloneo tradicional perfectamente teorizado y estructurado por todas las familias que se reclaman de la izquierda. ¿Se puede saber por qué? Porque…


Porque todas las izquierdas han considerado que los `asuntos sociales´ eran cosa exclusiva de los sindicatos. Ellas, las izquierdas, se habían autoasignado la ocupación del Estado y decidieron que el sindicalismo debía preocuparse sólo y solamente del frigorífico. Digamos que es la línea que enlaza Lasalle, Lenin y los dirigentes políticos de las izquierdas de ayer y hoy. Ellas, las izquierdas, pensaron y practicaron que los sindicatos formaban parte de la familia de los dioses menores. Así las cosas, provocaron una separación drástica entre los gobernantes y los gobernados que, en buena medida, explica –al menos parcialmente— la crisis de identidad de las izquierdas europeas y a todas aquellas que han contaminado. De manera que, una hipótesis de salida de dicha crisis, es que la izquierda política resitúe en su discurso partidario eso que, impropiamente, se llama la `cuestión social´, entendida como zona franca del quehacer democrático. Ahora, por así decirlo, la ocasión la pintan calva: la Directiva de las 65 horas podría ser un aproximado inicio de un (gradual) cambio de metabolismo, como mínimo, en la piel de las izquierdas políticas.


Ahora aparentemente cambiamos de registro.


Segundo


La tecno-estructura de la Unión Europea –lo dijimos ayer, y con más solvencia hablaron los dirigentes del sindicalismo confederal— han elaborado una Directiva sobre la jornada máxima legal de 65 horas semanales. Es decir, la Directiva del horror.


¿De qué debates públicos ha salido esta literatura? ¿Desde qué foros se ha sugerido un disparate de tanto calibre? Porque, ciertamente, sorprende la idea de ampliar la jornada laboral y, todavía más, el caballuno diapasón de la medida. Pero, en otro orden de cosas, no es menos sorprendente que, desde una instancia “trans-estatal” como lo es la Unión, se agreda uno de los principios más enjundiosos: la autonomía contractual de “las partes”. O que, cuando se reclama menos “estatalismo” se pongan en marcha medidas de tanta envergadura intervencionista. Naturalmente, aparcamos la agresión a la condición humana (que tal medida conllevaría) porque esta cursilería es un condimento escasamente utilizado por la tecno-estructura.


Primera enseñanza: no hay conquistas `sociales´ definitivas, todas ellas son interinas y están en permanente sospecha. No se trata de ser agnósticos al por mayor, pero sí de estar siempre con la mosca detrás de la oreja. Y más todavía en esta fase de reestructuración-innovación de los aparatos productivos del trabajo material e inmaterial. Porque, en esta época, estamos en la siguiente contradicción en lo atinente a la Directiva del horror. Es la siguiente: de un lado, la gestión del tiempo y el uso del tiempo para el trabajo, el estudio, el ocio y la vida privada se está convirtiendo, para la producción y el trabajo flexible, en algo fundamental para las medidas de empleo, para las condiciones para el trabajo y en el puesto de trabajo: algo, por lo demás, imprescindible para la eficiencia de la empresa; pero, de otro lado, las medidas que los escribas sentados de los dirigentes políticos comunitarios, se orientan en una dirección opuesta. Y, para mayor inri, la Cumbre de Lisboa se queda descuajaringada. Por cierto, este personal no parece tener el menor sentido de la oportunidad: en puertas del referéndum irlandés lanzan este descomunal petardo.


Cambiemos de tercio. Digamos que toda revolución industrial –la primera a finales del siglo XVIII, la segunda con la cadena de producción y la tercera con la sociedad de la información en el mundo de la globalización interdependiente— ha significado una puesta en entredicho, dentro y fuera de los centros de trabajo y del puesto de trabajo, de los anteriores equilibrios de poder, fueran muchos o pocos. O, lo que es lo mismo, cada fase emergente intentaba una redistribución de los poderes y las libertades. La primera con la coerción explícita de la erradicación y exclusión, instaurando una relación de absoluto dominio sobre la persona y no sólo de su trabajo. La segunda con la expropiación taylorista y fordista de los saberes y del saber hacer de los trabajadores: éstos quedaban reducidos a una prótesis de la dirección de la empresa. Y la tercera –la que vivimos en la actualidad— expropiando tendencialmente el control del conocimiento en constante evolución.


Si hemos de hablar sin pelos (o al menos con pocos) en la lengua, habrá que decir que las heroicas respuestas que nuestros tatarabuelos y abuelos –lo digo en función de mi edad, ya provecta-- dieron a las dos primeras revoluciones industriales acabaron en sendas derrotas. Después corrigieron el rumbo y nuestros padres vieron el camino más allanado: un camino que, en gran medida, enderezaron parcialmente. Lo que implicaría que las actuales generaciones de sindicalistas están en mejores condiciones para enfrentarse a los desafíos de todo tipo: incluido el que nos lanza el elenco de la tecno-estructura comunitaria en nombre de la mayoría de los actuales dirigentes de la Unión Europea. Y eso quiere decir lo que se verá a continuación.


Tercero


Hemos aprendido que el atrincheramiento sólo conduce a nuevas derrotas. También sabemos, aproximadamente, que al movimiento organizado de los trabajadores y su acción colectiva, si son derrotados, no le queda otra salida –queriéndolo o no-- que convertirse en una prótesis de “ellos”. Así pues, no veo otra solución que el sindicato-proyecto: de un proyecto organizado explicita y establemente. Lo que querría decir que, frente a la Directiva del horror, no hay otro camino posible que, mientras se combate masiva y ordenadamente en todo el patio de vecinos europeo, se saque del arcón todos los retales que sobre los tiempos de trabajo existen ya sea en las negociaciones estelares sobre dicha materia como en los hospitalarios archivos de las casas sindicales.


De esa manera –el sindicalismo que unitariamente organiza el proyecto— se puede vislumbrar: 1) una implicación activa e inteligente del conjunto asalariado; 2) una confluencia con el mundo de los saberes de la ciencia y la técnica; 3) una agregación de la política a estos nobles menesteres sociales, digo, democráticos en su sentido más amplio. Esta la apuesta del sindicalismo europeo. Lo que implicaría transformar el tropel desordenado de la acción colectiva de cada estado nacional en un proyecto orgánico, que contemple las necesarias diversidades, que recorra la condición asalariada de los trabajadores europeos.


Cuarto


El Ministro Corbacho ha salido al paso de la Directiva del horror. Podía haber salido por peteneras y ver el toro desde el burladero, pero no lo ha hecho. No me juego nada, pero establezco la hipótesis de que los eurodiputados sacarán pecho, al igual que hicieron con la Bolskenstein. Bien, soy del parecer que el presidente Zapatero debe hablar alto y claro. Ser un aventajado discípulo de Phillipe Petit y de sus planteamientos republicanos –demostrados en el caso de los derechos civiles de última generación— podría demostrarlo, pongamos por caso, trascendiendo al maestro en los terrenos sociales, perdón de estos derechos políticos que son, según nuestro relato, bienes democráticos. No quiero ni pensar que Zapatero transfiera esta cuestión al sindicalismo. Pero, en ese fuego ni quito ni pongo mi mano: simplemente lo iremos viendo. Lo chocante sería escuchar a don José Ratzinger pidiendo que devuelvan ese toro al corral, mientras que los máximos exponentes institucionales de las izquierdas no sacan el pañuelo verde: con el que la afición exige que se retire el morlaco, es decir, el toro.




martes, 10 de junio de 2008

LA DIRECTIVA DEL HORROR: Las 65 horas (2)

Sostiene don Lluis Casas, en la entrada anterior, que la semana máxima legal de 65 horas es la ruptura del pacto social. El profesor tiene sobrada razón. Como dice Dante “cuando el profesor habla, el bachiller debe callar”. Ahora bien, comoquiera que estamos ante palabras mayores, no hay más remedio que –al hilo de lo sostenido por el maestro— seguir hablando de lo mismo: de esa Directiva del horror.


La tecnocracia europea está hegemonizando la construcción europea. Se trata de una tecnoestructura que, por definición, no cuenta con un proceso de legitimación democrática. Con todo cuenta con un poder trasnacional asaz desmesurado: sin controles, sin ningún tipo de check and balance. Es una potente casta que está en esas “zonas grises” de la democracia tal como dejó sentado Alain Minc. La casta cuenta sólo con una acreditación administrativa concedida por las autoridades de la Comisión europea, cuya legitimidad democrática es, de igual manera, rotundamente deficitaria. Y sin embargo decide sobre lo divino y lo humano. Así pues, no es de extrañar que exista un diverso movimiento, de signo desigual, que impugne enfáticamente el carácter de dicha construcción.


Sostiene don Lluis Casas que esa Directiva-horror es la ruptura del pacto social. Y, como se ha dicho, le sobra razón.


Por las siguientes razones. 1) La edificación itinerante del Estado de bienestar se ha ido construyendo sobre la base de la negociación (explícita o implícita) de sujetos sociales, políticos e institucionales que se reconocen mutuamente para negociar tales o cuales materias. 2) Ese welfare itinerante es, por lo demás, una cierta hechura del Derecho del trabajo, cuyo carácter tutelar –y, en ocasiones, generador de oportunidades— nadie hasta la presente ha puesto en duda, aunque algunos hayan empezado a proponer una determinada deconstrucción del iuslaboralismo. Ambas cuestiones están siendo laminadas por la casta. Y 3) Porque la mencionada Directiva-horror no ha merecido ni siquiera una conversación previa con los dirigentes del sindicato europeo: la casta de la tecnoestructura tiene unos comportamientos tan unilaterales como los de Juan Palomo, el del yo me lo guiso, yo me lo como.


Sostiene don Lluis Casas que la Directiva-horror es la ruptura del pacto social. Y, a mayor abundamiento, entraremos en una serie de aspectos en apoyo de lo que tan abruptamente afirma el joven profesor. Hablemos de la “libertad de los antiguos”, tal como la concebían los filósofos griegos. [Espera a seguir leyendo para saber si es o no una digresión lo que se va a comentar]


Aquellos venerables padres de la filosofía `construyeron´ la polis como esfera de las libertades públicas en una rigurosa distinción de la esfera privada. Es decir, de la esfera del dominio privado. En ese sentido, la esfera privada se refería no sólo a la familia sino también al trabajo: desde el esclavo hasta el mundo de los negocios. O lo que es lo mismo: las libertades (sólo para algunos) en la polis se referían al espacio público, mientras que en “lo privado” existían unas relaciones de poder sin ningún tipo de controles. Cuando pasaron muchas aguas bajo los puentes de los ríos de Parapanda –esto es, andando el tiempo— se fueron creando las bases para que un buen cacho de los espacios privados alcanzara (en unos casos parcialmente, en otros de manera amplia) el carácter sujetos públicos. De libertades públicas. Pero, diciéndolo con moderación, el universo del trabajo fue considerado como algo a vigilar, y a ser posible confinarlo en los “espacios privados” una vez atravesadas las cancelas de la fábrica.


Las conquistas del sindicalismo, la izquierda política europeos y del Derecho del Trabajo –compartiendo diversamente el paradigma de la acción colectiva por los derechos y poderes— fueron acumulando un relevante elenco de bienes democráticos. Todos ellos consiguieron rectificar –si bien parcial, aunque no de manera irrelevante— los trazos gruesos de la “libertad de los antiguos”. Es verdad, grandes capitanes de industria –el emblema más conspicuo es don Federico Taylor— intentaron contrarrestar ese avance: “si la organización del trabajo es científica, ¿qué pintan en eso los sindicatos”, afirmó tonante el ingeniero norteamericano. Este caballero era un claro exponente de la “libertad de los antiguos”: él disfrutaba de los derechos políticos, pero negaba el uso de los mismos al trabajador en los “espacios privados” de la fábrica y de la organización del trabajo. Pero no pudo del todo.


Digo que don Federico no pudo del todo, porque la izquierda (sindical, política y iuslaboralista) cayeron en la cuenta de la contradicción existente: de un lado, el reconocimiento de las libertades políticas, tal como se fueron entendiendo a lo largo de los tiempos; y, de otro lado, su negación, a veces de manera violenta, en unos espacios que gradualmente empezaban a no ser privados y de manera fatigosa adquirían, también parcialmente, el carácter de públicos. Por ejemplo, el contrato de trabajo –ahí es nada, querida familia-- empezó a ser imperfectamente público, pero ya no era del todo privado. Así fue apareciendo una novedad de la que se ha hablado poco: el trabajo aparecía como un bien de intercambio y como objeto de derecho, al tiempo que la persona que trabaja iba siendo sujeto de derecho. Naturalmente era el resultado de un movimiento de sístole y diástole: de la presión de la acción colectiva tout court y del compromiso “entre las partes”, siempre bajo la atenta presencia de doña Correlación de Fuerzas. Pero, compromiso al fin y al cabo.


Las aguas que pasaban bajo los puentes de los ríos de Parapanda vieron en el transcurso de los tiempos – y la acción colectiva mediando en ese transcurso— la irrupción abrupta de los procesos de reestructuración y modernización: la radicalmente nueva “gran transformación”, en la recurrente acepción de Karl Polanyi (1). Las mismas aguas de los ríos de Parapanda vieron que –primero sutilmente, después con no poco desparpajo— se iban generando nuevas zonas grises en nuestras envejecidas democracias. Y lejos, muy lejos de Parapanda intelectuales orgánicos, escribas sentados y amanuenses en nómina se dijeron: “Oye, esa gente de los sindicatos han alcanzado, a la chita callando, un poder desmesurado”. Y, tal vez inspirándose en una zarzuela, “La del soto del Parral”, tronaron: “Esto es una democracia, pero aquí no se practica”. Por ejemplo, ¿qué es eso de negociar, llegar a compromisos en, pongamos el caso, los tiempos de trabajo y la semana laboral? O en tantas otras cosas... Habían decidido que sus constructos eran científicos y, así las cosas à la Taylor ¿qué pintaban esos chusqueros del sindicalismo? No, de ninguna de las maneras: sólo hay que hablar con ellos si, a cambio de que les demos legitimidad, se convierten en un sujeto ancilar, en un desigual compadrazgo.


La idea es la siguiente: para tirar hacia delante en este proceso de reestructuración e innovación hay que desdeñar y lapidar el check and balance que fue diseñando el welfare y el iuslaboralismo, fruto de la acción colectiva del sindicalismo y de las mejores tradiciones de la izquierda política. Tres cuartos de lo mismo cuando empezó la primera revolución industrial. Ocurre, sin embargo, que el movimiento sindical –antes inexistente, quiero decir en aquellas calendas— ha ido creciendo con el paso del agua bajo los puentes de los ríos de Parapanda.


La Directiva-horror es la ruptura del pacto social, sostiene don Lluis Casas. Esa casta de la tecnoestructura europea, a la que se le ha dado administrativamente mando en plaza, sabe lo que hace. Y para qué lo hace, también. Lo han demostrado reiteradamente. Por ejemplo, con los contenidos (decididos unilateralmente) del Libro Verde sobre la llamada impropiamente flexiseguridad y otras directivas, de cuyo nombre no quiero acordarme. O sea, saben lo que se traen entre manos. Ahora bien, por lo que hasta la presente han dicho los sindicatos, podemos afirmar que éstos también saben lo que fundadamente se debe hacer, sostiene Pereira.


Por fin, sólo queda informar a la casta de un apotegma que dejó sentado un gran europeísta: “Si Europa no debiera crecer como organismo democrático, lo que quedaría por organizar ya no sería Europa”. Aunque ya sabemos que por una oreja os entra y por la otra os sale. Son gentes un tanto curiosas: están de acuerdo en la moderación salalrial y en la ampliación de la jornada de los demás y son contrarios a la aplicación de lo anterior en sus exigentes paladares y sus espaldas de diseño. Nada que ver con la sobriedad de la burocracia weberiana. Es más, este almacén de progres se disfraza de noviembre para no infundir sospechas.


(1) Se recomienda leer "La gran transición" (Fondo de Cultura Económico)



domingo, 1 de junio de 2008

OTRA VEZ EL ACUERDO SINDICAL DEL MATADERO DE GIRONA


LIDERAR LA DIVERSIDAD EN LOS CENTROS DE TRABAJO

Escribe: Antonio Córcoles



El pasado 20 de mayo la Federación Agroalimentaria de CCOO de Catalunya firmó un acuerdo sobre Gestión de la Diversidad con el Escorxador (Matadero) de Girona. Se trata de un acuerdo que formaliza a través de un pacto de empresa una serie de prácticas habituales que se realizaban en el matadero y que era necesario fijarlas a través de un documento. Un pacto de empresa que debe, además, significar el inicio de un cambio de modelo en el sector cárnico en Cataluña.


El Escorxador de Girona es una pequeña empresa de menos de 50 trabajadores en la que desde hace un tiempo empresa y sindicato venimos trabajando por la estabilidad de la plantilla y por incorporar la formación continua en la empresa.


El 70% de los trabajadores del matadero son inmigrantes y, la mayoría, extracomunitarios: Camerún, Senegal, Nigeria, Costa de Marfil, Ghana, Marruecos, Colombia, Portugal.


En una primera aproximación al acuerdo podríamos decir que el acuerdo refleja:


En primer lugar, la vitalidad del sindicalismo de CCOO que, atento a los cambios que se han producido en el mercado de trabajo, no podía ser ajeno al 13% de personas afiliadas a la Seguridad Social que han nacido fuera de nuestras fronteras y que sitúa en un pacto la diversidad cultural de estos trabajadores y trabajadoras. En segundo lugar, la nueva configuración de la clase obrera catalana encuentra en el sindicalismo de clase y nacional que representa CCOO un espacio para organizarse y defender sus intereses.


Los objetivos centrales del acuerdo de gestión de la diversidad en la empresa son:


1) Integrar a los trabajadores y trabajadoras extranjeros en una situación de igualdad efectiva y no discriminación. 2) Gestionar la empresa con eficacia social y económica a través de una gestión de los recursos humanos adaptada a la realidad de origen de las plantillas. 3) Facilitar la integración social y laboral de los trabajadores y trabajadoras y el mantenimiento de la cohesión social. 4) Mejorar la cualificación y capacitación profesional de los trabajadores extranjeros salvaguardando sus derechos personales como un factor positivo para el propio desarrollo empresarial.


Así, el acuerdo desarrolla un conjunto de medidas dirigidas a favorecer el conocimiento de la realidad laboral y social de nuestro país, un plan de formación lingüística para el conocimiento de nuestro idioma, módulos formativos para la representación sindical y empresarial de gestión de la diversidad , ampliación de permisos, combinando retribuidos y no retribuidos, para adecuarlos a las circunstancias geográficas y utilización de la flexibilidad del tiempo de trabajo para conciliar la vida laboral y personal.


El Acuerdo pretende desde una concepción laica de las relaciones laborales encarar uno de los retos que en la actualidad tenemos empresas y sindicatos: de qué manera integrar desde la plena ciudadanía a un importante número de trabajadores de diversa pluralidad cultural y religiosa. El mecanismo que hemos encontrado ha sido a través de la flexibilidad negociada, la flexibilidad al servicio de las personas.


La industria cárnica en Cataluña, como muchos otros sectores de la industria agroalimentaria, ha cambiado sus maneras de hacer y organizar la producción. Unos cambios que han producido procesos de flexibilidad desregulada y, especialmente, subcontratación y externalización.


Unos procesos de externalización de riesgos y costes laborales que han traído como consecuencia la alteración de las condiciones de trabajo de las personas y una explosión de identidades laborales que tienen en común la precariedad: una precariedad que atraviesa a falsos autónomos de falsas cooperativas, a trabajadores y trabajadoras subcontratados, a eventuales y, con especial virulencia, a trabajadores y trabajadoras inmigrantes.


Así, en primer lugar, el Acuerdo del Escorxador de Girona sitúa la negociación colectiva como el mecanismo más útil para la regulación y gestión compartida de la flexibilidad. Por lo tanto, una concepción de la flexibilidad que nada tiene con la desregulación realmente existente y mayoritaria en el sector.


Si entendemos la flexibilidad como instrumento de eficiencia económica y social, ésta requiere ser pactada y gestionada conjuntamente por empresas y trabajadores. Además, la desregulación de las condiciones de trabajo sólo provoca vínculos débiles en la organización a la que se prestan los servicios, sin embargo, la flexibilidad pactada aporta motivación y compromiso de las personas. Caminar desde la corrosión del carácter de la desregulación al compromiso mutuo y a la búsqueda de objetivos a largo plazo de la flexibilidad acordada.


En segundo lugar, el Acuerdo de L’Escorxador de Girona supone profundizar en la flexibilidad personalizada del tiempo de trabajo para posibilitar calendarios laborales que permitan la conciliación del tiempo de trabajo y del personal, en relación con la conciliación de la familia y trabajo o la celebración de festividades de carácter tradicional o vinculadas a opciones de los trabajadores.


De la misma manera que desde la perspectiva de género, todos los trabajadores y trabajadores hemos avanzado en una mayor conciliación de la vida laboral y la vida personal, este acuerdo tiene la potencialidad de extender a todo el mundo asalariado la personalización del tiempo de trabajo, es decir, la capacidad de organizar nuestra vida laboral en consonancia con la personal. Y así, algunos trabajadores en función de sus opciones culturales o religiosas celebrarán determinadas festividades y otros, por ejemplo, asistirán a un partido de fútbol.


Finalmente, este acuerdo debe iniciar un cambio de paradigma en la industria cárnica de Cataluña. Un modelo que incorpore la flexibilidad pactada en las relaciones laborales y que contribuya a impulsar un sector con actividades de mayor contenido tecnológico y de valor añadido, de respeto medioambiental y que se construya a partir de la calidad del empleo, la formación, la salud, la igualdad.


Pdt: El amigo José Luis me ha sonrojado atribuyéndome en su conocido blog la santísima trinidad del Acuerdo. Pero no es del todo así. Sería injusto si no mencionara que en este recorrido ha participado nuestro amigo Alfonso, delegado sindical del Matadero, Ghassan Saliba y Juan Manuel Tapia. Pero además, todo este trabajo no hubiera sido posible si la generación de sindicalistas que lideró José Luís López Bulla no hubiera puesto en marcha las bases de un proyecto en el que aprendimos que ser diversos es la única manera de ser útiles y representativos y, además así, podemos garantizar la unidad de intereses de las personas trabajadoras.



Nota del Editor. Se remite al lector a los siguientes artículos que, sobre el mismo tema, han aparecido por esos mundos de dios.


JUAN MANUEL TAPIA


Joan Coscubiela: Diversitat i nova classe obrera


Don Lluis Casas: ACUERDO SINDICAL EN EL MATADERO DE GIRONA


Carles Navales: MATADERO DE GIRONA: BUEN ACUERDO





domingo, 4 de mayo de 2008

PROCEDIMIENTOS SINDICALES PARTICIPATIVOS


EL CONVENIO DEL TEXTIL: UNA NUEVA BUENA LECCION PARA EL SINDICALISMO Y LA CLASE TRABAJADORA.


Echábamos de menos la pluma de mi sobrino Juan Manuel Tapia. De ahí que nos hayamos colado en su escritorio y, birlando algunos de sus escritos, hemos encontrado esta buena gacetilla.


Juan Manuel Tapia


El pasado 29 de abril se alcanzó un principio de acuerdo en el convenio estatal del textil. Un convenio importante para el conjunto del sindicalismo y especialmente significativo para el sindicalismo catalán donde radica una parte importante de la industria del textil, y una tradición histórica en la lucha sindical del ramo.


Un convenio colectivo que vuelve una vez más a entrañar una serie de sabias lecciones del buen hacer de las federaciones sindicales de CC.OO. y UGT responsables en este ámbito para todo el sindicalismo confederal, tanto en los contenidos del preacuerdo, como en la contextualización de la negociación y también en el método y proceso de negociación y toma de decisiones.


La primera, aunque parezca una nimiedad, el acuerdo final, caso de ser ratificado, se firmará a finales de mayo. Nos esperan centenares de asambleas sindicales, de asambleas de trabajadores y trabajadoras, para decidir sobre el contenido de los preacuerdos, es decir, la movilización de miles de personas para decidir sobre sus propias condiciones de trabajo.


Un final ejemplar para lo que ha sido un proceso de negociación exquisitamente participativo: en la elaboración de la plataforma reivindicativa, el análisis de las necesidades del sector y de los trabajadores y trabajadoras, en la información durante la negociación del convenio. Finalmente, con las asambleas que ante el bloqueo de las negociaciones, han demostrado el respaldo de la gente del textil a la plataforma sindical, y han forzado, en última instancia, con la importante movilización que suponen, a la patronal a aceptar un determinado planteamiento para el futuro de la industria textil. Una demostración de la vigencia del ejercicio del conflicto social para transformar las cosas.


En segundo lugar, la clara conexión entre la vigencia del convenio y sus contenidos, con la realidad socio-económica del sector de actividad. Un sector textil abierto a la competencia del mercado global, con dificultades y oportunidades, que tras dos convenios inteligentemente preventivos de un año, avanza una negociación de tres años, controlable por los agentes sociales y que responde a las nuevas posibilidades del sector en transformación.


En tercer lugar, en cuanto a los contenidos, el principio de acuerdo, supone un radical desmentido a las posiciones generales de la patronal, que intentan permanentemente intoxicar la negociación de los convenios, alejadas de la realidad de la necesidad objetiva de las empresas. Veamos tres cuestiones básicas, entre otras:


a) el preacuerdo garantiza, durante los tres años de vigencia del convenio colectivo, una ganancia neta de poder adquisitivo de los salarios del 0,5%, frente a la inflación, con una cláusula de revisión salarial, completa y retroactiva. Elevada la cuestión salarial al debate general, la patronal textil acepta que los salarios y su mejora necesaria, no son la causa de la inflación, sino su víctima. Y en una importante lección, que los bajos salarios no son la vía de la competitividad y la supervivencia, sino al contrario, unos salarios dignos, que rentabilicen la formación profesional, son la base de una competitividad en base a la calidad de los productos y el valor añadido.


El convenio del textil, vuelve a poner énfasis en la veterana afirmación de Marcelino Camacho: la negociación colectiva es un factor esencial en el reparto de la riqueza y la renta nacional, y factor determinante en la orientación competitiva de las empresas.


b) el preacuerdo presta una especial atención a lo relativo a la igualdad efectiva y real entre hombres y mujeres. La potencialidad de la ley de igualdad, si se enfoca en la realización de planes y medidas de igualdad en las empresas, que transformen las desigualdades en la organización del trabajo, se concreta en el preacuerdo en una extensión de la ley de igualdad, que alcanza a las pymes de entre 100 y 250 trabajadores, cuando las mujeres empleadas son menos del 50%.


La igualdad entre hombres y mujeres, no es solo una cuestión de justicia social, equidad y democracia, es también, una necesidad social en términos de eficiencia económica, y del más completo desarrollo de las potencialidades de la creatividad humana en el trabajo.


c) el preacuerdo significa una inflexión en el discurso patronal en relación al absentismo. La patronal textil acepta, finalmente, que las situaciones de incapacidad temporal deben ser protegidas con el 100% del salario, y lo hace frente a un discurso general de la patronal, especialmente la catalana, que intenta penalizar la ausencia del trabajo, incluso en situaciones de maternidad o en los permisos de paternidad, y los propios permisos retribuidos pactados en los convenios colectivos.


En esta ofensiva de la patronal general, respecto el absentismo, se oculta un objetivo de fondo, crear una cortina de humo sobre sus graves responsabilidades al pretender mantener organizaciones del trabajo enfermas, discriminatorias, e inhumanas, que generan, necesariamente, problemas de salud, y riesgos psicosociales entre los trabajadores.


En definitiva, el convenio del textil ha supuesto, una “elegante bofetada” a los muchos prejuicios mediáticos difundidos por la patronal, y luego negados, por los empresarios concretos, inteligentes, preocupados realmente por la viabilidad de las empresas, que comprenden que es necesaria la dignificación del trabajo y las personas que lo encarnan para mantener un proyecto empresarial con futuro.


El convenio del textil, también habla al conjunto del sindicalismo de la necesidad de ser sujeto participativo y democrático, como condición necesaria para ejercer el conflicto social y cambiar los pareceres de las contrapartes. También nos habla, de la enorme potencialidad de la negociación colectiva, tantas veces desaprovechada, para producir cambios económicos y sociales, cambiar las cosas, corregir injusticias y ganar derechos para las personas.


jueves, 24 de abril de 2008

EL CAMBIO DE PATRON PRODUCTIVO


LA FACUNDIA DEL MINISTRO MIGUEL SEBASTIAN


De los periódicos: El ministro de Industria, Turismo y Comercio, Miguel Sebastián, presidió ayer la toma de posesión de los altos cargos de su departamento, con el que, según afirmó, "se abre una nueva etapa con el reto de completar el cambio de patrón productivo iniciado hace cuatro años”.


Sorprendentes estas declaraciones de Miguel Sebastián. Lo son por sus disparatados conceptos y por el anacoluto que expresa su conclusión. En todo caso, algo me dejaré en el tintero (perdón por el alogicismo, quiero decir en el ordenador) dado que soy un analista chusquero.


Primero veamos el uso de “cambio de patrón productivo”. ¿A qué se está refiriendo el Ministro de Industria? No lo dice. Es más, desaprovecha una buena oportunidad para explicar coram Deo, clero et populo que se ha dado un cambio en el patrón productivo. Por lo demás, resulta un tanto sorprendente que tan espectacular cambio no fuera informado a su debido tiempo, esto es, hace cuatro años. Me pregunto que cómo es posible que un cambio (cualitativo, decíamos cuando Miguel Sebastían estudiaba quinto de bachillerato) de esas características no hubiera sido anunciado a bombo y platillo por el presidente Rodríguez Zapatero. Una cesura de esas características `epocales´ no hubiera pasado desapercibida a los siempre quisquillosos --como melífluamente se dice ahora-- agentes sociales. Porque...


... Porque ¿acaso el cambio de patrón productivo se debe a una reorientación del modelo industrial español en dirección a unos patrones inscritos en el paradigma medioambiental? ¿o, tal vez, a un salto algo más que `cuantitativo´ en la innovación tecnológica? Es inútil seguir lanzando preguntas retóricas porque don Miguel Sebastián describió la cosa con seca austeridad expositiva.


Veamos ahora el anacoluto de don Miguel. Pero antes, aclaremos con un ejemplo a qué podemos llamar, con aproximada propiedad, un anacoluto. Se trata de la siguiente frase que, de niño, me maravillaba: “Era de noche y, sin embargo, llovía...”. Mi carácter entrometido, mucho menos en aquellos entonces, me hacía interpelar a los mayores: “¿A qué viene ese sin embargo? [“Cállate, enterao”, era la atinada respuesta].


Pues bien, el anacoluto sebastianista es el siguiente, que para mayor precisión se recomienda volver al orador: en el caso hipotético que el cambio de patrón productivo hubiera empezado hace cuatro años (aunque nadie se hubiera enterado, ni menos todavía hubiéramos sido informados) no es ahora cuando “se abre el cambio de patrón productivo”. Porque el cambio no es cuando se completa sino cuando arranca el tan repetido (e ignorado) cambio.


Comoquiera que las tomas de posesión de altos cargos se hacen antes de comer, no es plausible pensar que don Miguel estuviera achispado; es más, nos consta su sobriedad en la cosa del bebercio. Es facundia, simplemente facundia, una verborragia estridente. La pregunta –o una de las preguntas—podría ser: ¿cómo es posible que los chusqueros seamos más templados que algunos académicos? Lo que me lleva a contar una anécdota de mis tiempos infantiles. Un jovenzuelo santaferino, tras jurar bandera en Madrid, volvió al pueblo, de permiso, hablando fino (esto es, sin cecear: algo de mal gusto en la Vega). Yo le espeté iracundo: “Toa tu vida comiendo pepinos torcíos y con tres meses de ausencia vienes hablando fino”. [Que, como anacoluto, tiene sus rasgos surrealistas].


Pues bien, el ministro Sebastián se ha pasado la vida comiendo pepinos derechos y, a las primeras de cambio, deja de hablar fino. Lo que viene a recordar una de las máximas que, en la Edad Media, eran moneda corriente: Rex illiteratus quasi asinus coronatus. Cuya aproximada traducción es: un Ministro analfabeto es un borrico en su ejercicio. Más o menos.

martes, 22 de abril de 2008

EL DIA DE SANT JORDI, LOS LIBROS Y EL MERCADO: Contraste entre un sindicalista y un poeta

Casi al final de mi mandato como dirigente sindical fui invitado a participar en un congreso sobre la calidad que organizaba una asociación empresarial en Lleida. Una de las sesiones del evento era una mesa redonda. En ella intervenía un servidor junto con algunos mánagers de empresas vinícolas de la comarca, moderando la sesión Vicenç Villatoro, reputado periodista barcelonés y, para mi gusto, mejor poeta todavía. Siguiendo el uso de estos encuentros, la tarea del moderador era animar el cotarro. Cosa que Villatoro cumplió de manera brillante.


Comoquiera que siempre llevé mi cuaderno de notas (cosa que conservo, naturalmente) repaso lo dicho en aquel encuentro. Y, para mejor ilustración (con menor aburrimiento del lector), doy cumplida referencia del contraste que tuve con el periodista-poeta.


Villatoro. El mercado es quien crea la calidad de los productos...


Un servidor. Estimado Vicenç, ¿no estás exagerando un poco?


Villatoro. De ninguna de las maneras, José Luis. Lo que ocurre es que vosotros todavía no habéis superado algunas cosas... Es el mercado, repito, el mercado la fuente de la calidad de los productos.


Un servidor. Así pues, estimado poeta, en ese caso el mercado decide que hay más calidad en el producto Corín Tellado que en el producto Petrarca. ¿Estoy equivocado ahora?


Villatoro. Pues, pues...


Un servidor. O que los vinos pirriaques tienen más calidad que los grandes caldos que se hacen en estas comarcas, porque según lo que has dicho como los pirriaques se venden más, los vinos de Lleida tienen menos calidad.


En ese momento, la sala –repleta de cosecheros— se puso en pié y aplaudió, tal vez corporativamente, a un servidor. No exagero, las palmas echaban humo.


Madre mía, lo que hay que hacer para matizar a Don Mercado. [Bibiana Bigorra fue testigo excepcional de este singular debate]


Cuando acabó el congresillo se me acercaron unos empresarios y me pidieron las señas: dos días más tarde recibí unas cajitas de botellas de los vinos, cuya calidad yo había puesto de manifiesto. Por lo que pude saber más tarde, al poeta no le regalaron nada. Conclusión: Roma no paga a los exagerados.

Nota final. No tengo nada que objetar personalmente a doña Corín Tellado.

miércoles, 26 de marzo de 2008

NUEVOS ELEMENTOS PARA EL DEBATE SOBRE LA REPRESENTACION SINDICAL

En estos últimos días ha fallecido el maestro Rafael Azcona. Y también Pilar López, la gran bailarina. Era hermana de la no menos famosa Encarnación López Júlvez "La Argentinita", la musa de Federico García Lorca.


Nota Editorial. Hay comentarios a artículos que merecen la consideración de estar “en pantalla”. Este blog tiene esa costumbre cuando las opiniones tienen fundamento. Este es el caso, nuevamente, de un comentario que el profesor Antonio Alvarez del Cuvillo ha hecho recientemente sobre mi amable duelo con Antonio Baylos acerca de la representación sindical. Reproducirlo aquí –además de un honor— es algo obligado. Un día de éstos volveré a la carga, porque como bien puede verse, Baylos ve incrementada la cofradía de los que sustentan la utilidad de los comités. Ahora bien, sería conveniente que Álvarez del Cuvillo aclarara qué entiende por “disfuncionalidades del sistema actual”. De esta manera estaríamos en mejores condiciones para seguir nuestra conversación. Por lo demás me remito a ¿TIENEN SENTIDO YA LOS COMITES DE EMPRESA?. Mano a López Bulla y Baylos Como se verá en ese mano a mano, mi opinión no tiene en cuenta las disfuncionalidades del sistema sino la disfuncionalidad del carácter del comité de empresa en tanto que tal.


Alvarez del Cuvillo dijo:


En realidad, yo no discutía tanto la institución de la representación unitaria en sí misma considerada como el modelo de representatividad sindical; esto último es lo que a mi juicio provoca las disfunciones, aunque luego me resulte difícil imaginar otro modelo. Ciertamente, el énfasis en la representación unitaria tendencialmente apunta hacia un sindicalismo más de electores que de afiliados, pero esto depende en realidad de muchos otros factores. El hecho de que no haya comités no garantizaría una mayor afiliación y, de hecho, en muchas ocasiones, incluso sería perjudicial. Yo creo que lo nuevo que se haya de construir habrá de superponerse al modelo de representación unitaria, no derrumbarlo. El problema es que construir algo nuevo implica algunas dificultades si toda la estructura determina que la finalidad primaria del sindicato va a ser tener representantes unitarios.

Un ejemplo. Para atender a los retos que plantea la descentralización productiva y que antes señalaba podrían ensayarse nuevas formas de representación. No hay ninguna garantía de que salgan bien, pero la inercia del sistema pone mayores dificultades, imponiendo una cierta rigidez en la adaptación a los cambios. Por ejemplo, si se opta por formas alternativas de representación unitaria nos encontramos con que las normas que regulan esta institución ¡son derecho necesario absoluto!, debido a la conexión que existe entre ellas y la representatividad sindical que condiciona el ejercicio de un derecho fundamental. Yo no creo que estas representaciones adicionales (por ejemplo, creadas por la negociación colectiva) sean ilegales si no suprimen las formas que ya existen en el estatuto, pero no computarían para la representatividad (lo que es un desincentivo) y además no podrían negociar convenios estatutarios. En cualquier caso, estas nuevas formas de representación podrían ser de carácter sindical, pero esto es difícil si el énfasis está en la obtención de delegados y miembros del comité.

Lo que ya parece que no está en la agenda de nadie es el tema ese que mencionabas de la unidad sindical que tan importante y polémico era durante la Transición y que ahora se ha abandonado completamente. Hoy en día no parece que haya profundas diferencias ideológicas o de política sindical que justifiquen (más allá de intereses organizativos reales) la actual dualidad de sindicatos más representativos a nivel estatal. Una -parece que muy improbable- fusión entre UGT y CC.OO. produciría una organización de incuestionable representatividad respecto al conjunto de la clase trabajadora. A mi juicio, aunque siguieran existiendo otros sindicatos, ello haría menos acuciante la lucha por la obtención de delegados y miembros de comité y permitiría a ese nuevo sindicato centrarse mucho más en la obtención de mayores cotas de afiliación y en mejorar su cohesión organizativa interna. Aunque fuera un desbarajuste al principio, permitiría ir superando las disfuncionalidades del sistema actual sin necesidad de emprender cambios institucionales muy bruscos.


Nota editorial. Me permito recomendar nuevamente el blog del profesor Antonio Álvarez del Cuvillo: http://tiempos-interesantes.blogspot.com/ El lector habrá caído en la cuenta que lleva por título “Tiempos interesantes”. Yo lo tengo linkado y lo leo de cabo a rabo, nunca en diagonal.


Otra cosa. Algunas amistades me han pedido que concrete algo más sobre el Pacto social por la innovación tecnológica que referí en una entrada del miércoles 12 de Marzo. Remito a quien esté interesado al artículo que figura en la sección “Tapas recomendadas”. Aunque ese escrito es de 2004, el fondo de lo que quiero decir sigue siendo (perdonen la humildad granadina) válido: EL PACTO SOCIAL POR LA INNOVACION TECNOLOGICA

martes, 18 de marzo de 2008

¿LUCHA DE CLASES O CONFLICTO SOCIAL?

Sigue la polémica entre Walter Veltroni y Fausto Bertinotti: el primero niega la existencia del concepto marxista, el segundo lo considera central en la sociedad de hoy. “Aprileonline” ha recogido las opiniones de un iuslaboralista (Andrea Lassandri), un filósofo político (Giacomo Marramao), un economista (Paolo Leon) y un sindicalista (Paolo Nerozzi) que está en puertas de entrar en el Parlamento.


Los motivos de esta confrontación, en el transcurso de la campaña electoral, entre el Partito democratico y Sinistra Arcobaleno, se refieren al concepto de lucha de clases. Veltroni lo rechaza tajantemente; Bertinotti responde con mala cara. Hace unas semanas se publicó una viñeta de Altan donde uno de los protagonistas niega la existencia de la lucha de clases, el otro le responde: “Cuentáselo a los patronos”. Nuestros entrevistados de hoy responden. Más allá de los matices, coinciden en una idea: la constatación de un inevitable conflicto, que es estructural en nuestras sociedades, entre los trabajadores y los empresarios.


El profesor de Derecho del Trabajo, Andrea Lassandri, subraya la evolución de las relaciones laborales: “No sé si se puede hablar de `lucha de clases´, que reclama conceptos revolucionarios. Pero si podemos decir que hay intereses diferentes entre las dos partes en litigio. Esto vale hoy, tal vez, más que en otros momentos históricos, dadas las tendencias que ha introducido la globalización”. Y añade: “Entre la lucha de clases y el pacto entre productores, hablaré de intereses divergentes entre trabajadores y empresarios; en eso se basa fundamentalmente todo el Derecho del Trabajo”. Con relación a los otoños calientes de los años sesenta y setenta, algo ha cambiado. “Ha cambiado la fuerza del sindicato, que entonces era mayor Ahora nos encontramos en un momento histórico muy diferente. En aquellos años había una ocupación muy significativa; cuando hay pleno empleo la fuerza del sindicato, por lo general, es fuerte, mientras que en caso contrario el sindicato es débil. Con respecto a entonces, hoy –en el estadio de la globalización— las empresas tienen la posibilidad de desplazar los capitales mientras que el sindicalismo de los trabajadores permanece confinado en el territorio nacional. Esta es la diferencia fundamental que incide en las relaciones de fuerza”.


Para Paolo Nerozzi, ex secretario confederal de la Cgil y candidato al Senado en las listas del Partito democratico, en los últimos años se han producido cambios radicales. “Ya no existe, como entonces un lugar como lo era la fábrica fordista, donde se reconocía la mayoría del trabajo. Ha cambiado la estructura del mundo del trabajo: la disgregación ha creado nuevos sujetos, principalmente el trabajo precario. La fragmentación del trabajo –con la ausencia de un lugar donde se construye la identidad-- ha hecho emerger la necesidad de disponer de instrumentos contractuales para recomponer el ciclo”. [Por eso] “estas novedades, evidentemente, no se encuentran en el concepto de lucha de clases, típico del siglo XX. Sin embargo, permanece un conflicto entre capital y trabajo en torno a la distribución de los recursos”.


El filósofo político Giacomo Marramao piensa que la globalización ha introducido cambios de época que representan nuevos desafíos a la “clase inferior”: “el verdadero problema es superar la fractura que se ha creado, en los últimos años, entre la dimensión material y la simbólica, entre el aspecto objetivo y el subjetivo de la condición de clase”.


Sigue Marramao: “No siempre los sujetos que, materialmente, pertenecen a la misma condición de clase se perciben como relacionados en el mismo destino. La nueva espacialidad global produce una especie de doble movimiento. De una parte, el capital se concentra; de otra parte, las funciones productivas se desarticulan territorialmente. Lo que impide a la condición de clase disponer de una consciencia de clase.” La evolución es neta: “Estamos en las antípodas de la gran empresa, de masas y fordista. Ya no existe el obrero-masa, ni la clase se encuentra en un único espacio. La clase se `reparte´ en segmentos espaciales muy distantes entre ellos. La dificultad, pues, está también en repensar la lucha de clases en una perspectiva global dado que, hasta ahora, sólo se ha limitado a los estados nacionales”.


Según Paolo Leon, profesor de Economía en la Universidad Roma Tre, estamos en un momento de transición. “No hay lucha de clases, pero existen las clases que se han reestratificado sin concretar los conflictos como aquellos, los tradicionales. Hay una división muy clara entre los dos tercios de la población más ricos y el tercio más pobre, y en el interior de los dos tercios más ricos hay una diferencia muy amplia entre propietarios y menos propietarios. Las características de la antigua lucha de clases han cambiado, pero bajo la apariencia de una relativa paz social se está construyendo una división y una fragmentación social muy potente”.



[Artículo publicado por Aprile.info: http://www.aprile.info/]


Traducción: El tito Ferino. Parapanda, Marzo de 2008

domingo, 16 de marzo de 2008

SINDICATOS Y MODELO DE REPRESENTACION

Mi sobrino Antonio Baylos ha escrito en su blog los siguientes trabajos: REPRESENTACION GENERAL DE LOS TRABAJADORES Y SINDICAL (2) CONSIDERACIONES SOBRE LA REPRESENTACION SINDICAL (1) El profesor Antonio Álvarez del Cuvillo, a su vez, le ha hecho un comentario que, para no marear al lector, reproduzco abajo íntegramente. Pero, antes me permito, algunas observaciones que son compartidas muy mayoritariamente por el Círculo Social Cum grano salis de la ciudad de Parapanda.


Querido Antonio, he visto el importante comentario (como corresponde a la importancia de tu escrito) que hace el profesor Antonio Álvarez del Cuvillo. Bien sabes que yo también considero que el modelo de representación “presenta algunas disfuncionalidades importantes”: de eso dejé constancia en la fraternal discusión que tuve contigo en la ciudad de Parapanda publicada en ciertos medios de difusión nacionales y extranjeros. Ni que decir tiene que has hecho la mar de bien volviendo a traer a colación el problema porque, como igualmente afirma Álvarez del Cuvillo, es importante también “seguir pensando acerca de esas disfuncionalidades”.


Cuando se estructuró el todavía vigente modelo de representación (yo lo viví en primera persona desde la dirección de CC.OO. de Catalunya y España) reproducimos el sistema, democratizándolo naturalmente, que nos había dado buenos resultados desde, por lo menos, el año 1958. Este modelo se impuso al que preconizaba UGT que se orientaba a la representación directa de los sindicatos en el centro de trabajo y no, como nosotros planteamos, el comité de empresa.


Nuestra idea –digámoslo sin pelos en la lengua— tenía dos claves: 1) aprovechar la corriente unitaria del movimiento social de los trabajadores que se había ido consolidando especialmente desde primeros de los sesenta; y 2) democratizar plenamente la estructura de los enlaces y jurados de empresa que tanta utilidad nos dieron a Comisiones. La bondad de aquello la interpretábamos así: de un lado, manteníamos la unidad social de los trabajadores desde abajo en el interior del centro de trabajo y, de otro, ampliábamos la legitimidad del sujeto social a través del instrumento unitario del comité sustentado por la “democracia de los electores”, en expresión de Álvarez del Cubillo.


Ahora bien, indirectamente teníamos en la cabeza que, así las cosas, podíamos concretar una serie de pasos para el objetivo que todavía teníamos en la cabeza: la unidad sindical orgánica, esto es, la creación de una central sindical unitaria. Que no sólo no conseguimos sino que, en las primeras etapas, las relaciones tuvieron una considerable aspereza: ¿habrá que recordar el debate televisivo en puertas de las primeras elecciones sindicales, 1978, cuando aquello del “Mientes, Marcelino”; “Te equivocas, Nicolás” de infausta memoria? Que se propinaron, sine grano salis, mutuamente Redondo y Camacho.


El modelo de representación que surgió en 1978 sigue vigente. Atina Álvarez del Cubillo cuando afirma que su vigencia se debe a algo así como una “dependencia de la trayectoria”. Pero hay algo más: se trata, a mi criterio, de una dependencia completamente inercial de la trayectoria, también como expresión de una inadecuada lectura de los grandes cambios y transformaciones así en el centro de trabajo como en eso que dimos en llamar la estructura de la composición del conjunto asalariado.


Querido Antonio: tanto tu escrito como el comentario de Álvarez del Cuvillo me permiten recordar las preguntas que vengo haciendo desde hace ya mucho tiempo sin que, hasta la presente, nadie haya dicho oxte ni moxte. A saber: con todo lo que ha llovido desde 1978 hasta nuestros días (ahora estamos en pertinaz sequía) ¿cómo es posible que siga exactamente igual el modelo de representación en el centro de trabajo? ¿Cómo se explica que la forma sindical, la llamada sección sindical, tenga la misma morfología que diseñamos hace treinta años? ¿Cómo entender, además, que la vertiginosa traslación de los espacios nacionales a la globalización del centro de trabajo y en la gestión de la empresa sigan concretándose en la existencia del comité de empresa, un ente autárquico –por autodefinición, por ley y por voluntad— cuando se ha operado el traslado de la aldea provinciana a la ciudad global? La hipótesis puede ser la siguiente: aunque el sindicalismo, en su literatura oficial, lea convenientemente los cambios no parece adecuar su proyecto a las consecuencias de los mencionados cambios.


Es cierto, querido Antonio, que todavía el sindicalismo saca rendimientos positivos del mantenimiento del modelo de representación. Los saca porque incluso en un nuevo paradigma los viejos instrumentos siguen dando ciertos rendimientos positivos y no todo lo viejo se convierte automáticamente en inútil. Pero la distancia entre las posibilidades de mejorar ampliamente el estado de cosas y seguir con los viejos aparatos se amplía. Por otra parte, seguir con la actual forma-sindicato está dejando en la cuneta la necesaria representación de esos sujetos emergentes como el precariado y otros. Así el problema, el café con leche para todos acaba siendo pura achicoria.


Tengo para mí, querido sobrino, que algunos pensáis que el mantenimiento de los comités de empresa sigue siendo un instrumento para no perder el espíritu unitario. Pero, a ver si me explico: ¿se puede pensar en un espíritu unitario cuando la realidad ha cambiado espectacularmente y, cada vez más, estamos ante una situación más gelatinosa en la estructura de la composición del conjunto asalariado? Yo creo que no es posible. Y más todavía, a diferencia de las lúcidas observaciones de Álvarez del Cuvillo –“es normal que el comité de empresa de una empresa que está en el núcleo del ciclo productivo termine respondiendo de manera más inmediata a los intereses de sus trabajadores, pero ello podría tener efectos secundarios negativos en la periferia, en la medida en que las necesidades de flexibilidad se canalicen hacia empresas donde el poder de los trabajadores es más débil”, dice nuestro amigo— yo opino que tampoco es eso posible tendencialmente.


Pero, de momento, el bachiller se calla y deja que los maestros hablen: ¿sería mucho pedir que los enamorados de los comités –los maestros Aparicio Tóvar, Luigi dal Colle y tú mismo-- digáis cuatro cosas al respecto?


EL COMENTARIO DE ALVAREZ DEL CUVILLO


A mí me parece que el sistema español de representatividad presenta algunas disfuncionalidades importantes. Eso sí, no hago una crítica muy absoluta o radical, porque pienso que seguramente no podía haberse hecho otra cosa cuando se formó el sistema democrático de relaciones laborales -debido a factores diversos- y que luego hemos estado presos de eso que llaman "dependencia de la trayectoria". De hecho, no se me ocurre una alternativa que hoy por hoy sea viable. En cualquier caso, creo que es importante seguir pensando acerca de estas disfuncionalidades. No me cabe duda de que los sindicatos representativos en nuestro sistema tienen legitimidad democrática (por medio de la audiencia electoral), aunque también podrían hacerse algunas matizaciones al respecto. Pero me parece que la legitimidad "para representar" no es lo mismo que el poder real de representar efectivamente un colectivo, poder que puede ponerse sobre la mesa de negociación. Desde luego, la capacidad de movilización de los sindicatos representativos va mucho más allá de su número de afiliados, pero creo que también es bastante menor de lo que nos darían sus índices de audiencia, salvo en ocasiones estratégicas muy determinadas. O sea, que a veces los sindicatos tienen un ambiguo poder institucional (por ejemplo, para negociar reformas del mercado de trabajo proporcionando legitimación a los partidos) que no pueden ejercer plenamente, por que es más débil su poder real de incidencia en el mercado de trabajo. En efecto, el "sindicalismo de electores" garantiza la legitimidad democrática, pero puede configurar a los "sindicatos" como instancias que los trabajadores perciben como "externas", casi ajenas a ellos, aunque más o menos preocupadas por proteger sus intereses (casi como instituciones semi-públicas u ONGs). No los propios trabajadores organizados para defender sus intereses de clase. Aunque la sensación no es idéntica, uno no percibe a los partidos políticos como la ciudadanía organizada, sino más bien como estructuras a las que uno vota o no vota en función de diversos factores. Puede pasarnos algo así con los sindicatos. Por supuesto, globalmente este "problema" puede afectar al sindicalismo mundial, pero creo que las características de nuestro sistema de representatividad le dan unos perfiles propios en España. Por supuesto, mucho más problemático es el tema de las organizaciones empresariales, a las que hemos conferido una legitimación imaginaria por razones de conveniencia para todos (por ejemplo, para poder pactar convenios de eficacia general), pero que carecen de capacidad para articular y canalizar los intereses de las empresas e incluso de legitimidad democrática real. Y esto puede llegar a ser un problema para los trabajadores, en la medida en que el fruto de la concertación social o de la negociación colectiva (muy condicionado porque las organizaciones empresariales no pueden comprometer realmente a las empresas) no se percibe por los empresarios como algo pactado, sino más bien como una norma externa. Volviendo a los sindicatos, el sindicalismo de electores podría estarlos arrastrando a la falsa disyuntiva entre ejercer un poder institucional en gran medida vacío de contenido y por tanto descafeinado o lanzarse a una vía conflictiva abocada al fracaso por carecer de poder real. Ciertamente, no conozco bien los sindicatos por dentro y me podréis corregir, pero, mirando el sistema legal que tenemos, es lógico suponer que los esfuerzos de organización se están centrando más en la obtención de delegados y miembros de comités que en la afiliación y la cohesión interna o la coordinación de todos esos representantes unitarios. Así las cosas, puede ser que exista una cierta dispersión o diversidad en las características de los representantes unitarios en cada centro, cada uno "de su padre y de su madre" y respondiendo exclusivamente ante sus votantes, que son los trabajadores del centro. Esto dificulta la articulación (o rearticulación) de los intereses de la clase obrera ante la fragmentación de la que hablabas hace poco. Por ejemplo, ante la realidad de la descentralización productiva: es normal que el comité de empresa de una empresa que está en el núcleo del ciclo productivo termine respondiendo de manera más inmediata a los intereses de sus trabajadores, pero ello podría tener efectos secundarios negativos en la periferia, en la medida en que las necesidades de flexibilidad se canalicen hacia empresas donde el poder de los trabajadores es más débil.



Querido Alvarez del Cuvillo, ponme a los piés de las Salinas de San Fernando.