domingo, 30 de agosto de 2015

Los controvertidos «tiempos de la Justicia»: el caso Convergència

(Pineda de Marx en fiestas)



1.--  Cuando se afirma que «la justicia tiene sus tiempos» que nada tienen que ver con las contingencias de la política, entiendo que se está hablando también de la independencia de los aparatos de justicia. Si intentara acomodar los tiempos con las necesidades o intereses de los partidos –o de quien fuera--  o incluso de compatibilizar lo uno y lo otro, podríamos decir que un pestazo zorruno recorre Dinamarca de punta a rabo.

Ahora bien, los avezados constructores de paralogismos políticos parecen razonar de esta guisa: estoy de acuerdo con la independencia de los jueces cuando se aplica a los demás, pero cuando actúa contra mí (o un concreto nosotros) está al servicio de otros, mis adversarios, o es decididamente contraria a mis planteamientos. Así las cosas, la justicia sería un guiñapo de quita y pon o, sevillanamente hablando, una argofifa.  De manera que la justicia se valora positivamente solo cuando le saca las muelas, sin antestesia, a los adversarios. Muestras hay de todos los colores: cuando cierto juez le metió mano al Partido Apostólico, su portavoz –el echao p´alante  Rafael Hernando— lo calificó de «pijo y anarquista». Hasta donde mucho sabemos, nadie le dio un pescozón al mentado portavoz. Tres cuartos de lo mismo diremos de la aguerrida Esperanza que se pasa implícita y explícitamente a determinados jueces, con perdón, por la cuenca del culo.  Tampoco nadie la llama al orden.

La reciente intervención del juez que trata del asunto Sumarroca – Convergència, en plena vela de las armas electorales, ha sido vista y denunciada por los próceres de la lista de Artur Mas en clave de acoso y derribo de la independencia de Cataluña. De un Mas que, días antes, aparecía en el argumentario de sus parciales como el «campeón de la lucha contra la corrupción». La nota más estridentemente temeraria la ha dado un afamado periodista de la televisión catalana que ha expresado que «la guerra ha empezado». Se supone, pues, que este llamamiento a las armas, nacido en el esfínter de su cabeza, indica que ahora está permitido todo, que todo vale en la guerra. Que yo sepa, nadie le ha dicho al  aguerrido caballero que ha tenido un momentáneo ataque de locura.

Digamos que hasta la presente esta –u otras menos dramáticas en apariencia-- ha sido la respuesta de todo hijo de vecino cubierto de mugre desde las uñas de los pies hasta el nacimiento del pelo del cuero cabelludo. Ante la justicia, esta posición es indistinta por parte de los romanos y los cartagineses. Aunque, en este caso, nos provoca la siguiente interrogación: ¿no será que en la cabeza de los que plantean un nuevo estado catalán tienen la idea de que la justicia sea un arma del poder?

Ahora bien, al margen de estas consideraciones, osamos plantear lo siguiente: más allá de cómo se han aplicado los tiempos de la justicia en unos y otros casos –y por supuesto ahora en las sedes de Convergència--  ¿hay mugre o no hay mugre? ¿cuánta mierda, si ese el caso, hay en el palo del gallinero de Convergència? Y si es así, ¿por qué la mierda de unos parece oler a chanel número cinco y la del adversario es un estercolero? ¿Será por aquello de la canción popular catalana de que «la merda de la muntanya no fa pudor / encara que la remenin amb un bastó», que tal vez fue creada para casos como este?

La respuesta que, por lo general, dan portavoces no designados por nadie para responder a los críticos del independentismo –más bien a los contrarios--  es un manido: «Ustedes nunca entienden nada». Puede ser que esto esté incluso excesivamente generalizado. Pero conozco a no menos personal que sí entiende. Que opinamos que es legítima cualquier demanda política en democracia, siempre y cuando se plantee en términos de eso, de democracia. Lo que comporta normas, procedimientos del más estricto y obligado cumplimiento. Y, desde luego, un ethos entre los medios y los fines. Un servidor, por ejemplo, hubiera entendido el siguiente razonamiento que dijo un distinguido dirigente de Convergència, tras el escándalo superlativo de Jordi Pujol: «CdC necesita una refundación».

Primera observación: una refundación no es darle al partido una mano de pintura. Sin embargo, optaron por esto último. Ni siquiera supieron romper con el padre. Sus posibles delitos siempre fueron excusados como los de un particular, como algo escindido de la política en general y de su partido muy en concreto. Y por no querer, ni siquiera se preocuparon por las ramificaciones orgánicas del particular Pujol a la organización. Tampoco quisieron ver que si la justicia había metido mano al barcenazgo y al PSOE en Andalucía, no podían hacer la vista gorda de lo de Pujol y sus ramificaciones orgánicas. «Lo que no entendemos», pues, es por qué ellos no entienden. Por qué no se dijeron que la refundación comportaba tirar la casa por la ventana, sin contemplaciones. Y, fuera de aquellas ruinas, construir un partido de radical nueva planta. Ciertamente, eso comportaba la desfenestración de Artur Mas y de la vieja guardia que dijo no saber nada, no haber oido nada, ni haber visto nada. Pero que todo lo olió, y políticamente se aprovechó de la pingüe crematística que denunció en su día Pascual Maragall.

La sedicente refundación del partido se concretó en, de la noche a la mañana, pasar vertiginosamente del derecho a decidir  a plantear la independencia. Esta operación era un intento aproximado de refundar el partido turbado hasta el tuétano por el escándalo del Patriarca y su prole, con no pocas sedes embargadas y carcomido por escándalos de corrupción. Quienes plantearon osadamente dicha refundación fue un conjunto de capitanes convergentes que captaron el final de un ciclo. Y decididamente impusieron a Mas dos grandes giros: el paso del nacionalismo al independentismo y el emboscamiento momentáneo de Convergència en una lista «de todos». A un Mas que no hacía mucho tiempo que había declarado que «el concepto de independencia lo veía un poco oxidado». Pero dicho pacto significaba mantener a Artur Mas, el Enviado de Jordi Pujol a Catalunya. Con lo que las secuelas y consecuencias de toda la corrupción –esto es el famoso 3 por ciento y otras islas adyacentes--  quedaba al albur de «los tiempos de la justicia». Entiendo que el error de los capitanes fue plantear ese pacto para que Convergència figurara en la lista de los supervivientes. La gran operación hubiera sido, tal vez, la creación de un nuevo partido. Si hubiera cuajado esto, los tiempos de la justicia hubieran afectado a otros.

1.-- Paco Rodríguez de Lecea polemiza con el editorialista de El País en su reciente  Redoble de tambores: «Es incierto, contra lo que titula El País, que la intervención policial en la sede de Convergència Democràtica de Catalunya haya fracturado la lista unitaria de Junts pel Sí. No se ha fracturado ni la lista, ni ninguna otra cosa. De hecho se esperaba la interferencia judicial en la contienda electoral; era una posibilidad que entraba en los cálculos de todos los acimuts de la política catalana, y en particular en los del astuto Mas». Entiendo que Paco da en el clavo, y si alguien de la lista de Mas se ha turbado se lo ha guardado para sus más profundos adentros. Seguramente habrá torcido el gesto, pero a continuación habría recuperado la vieja técnica del que luego sería el cuarto Enrique francés: «París bien vale una misa».  O sea, la golosina es lo suficientemente atractiva como para no hacer ascos a la posibilidad, creen ellos, de visitar los cielos.

 

Entiendo, no obstante, que esa actitud es una consecuencia de una defectuosa relación entre los medios y los fines: si el objetivo es ir a Corinto no me importa ir con quienes almacenan enormes bolsas de corrupción; no me importa formar parte de una mesnada que ha sido convocada al inicio de «una guerra». De manera que no es forzado decir por mi parte que en la cabeza de estos alistados está lo siguiente: el futuro estado catalán es la prolongación por otros medios del actual estado de cosas. Y naturalmente con una judicatura que sea ancilar y prótesis del poder político, que es quien marca los tiempos de la justicia.  

 


La esperada Made in Catalonia  exige, en esa tesitura, que me importe lo mismo ocho que ochenta a quienes acompaño.    

1 comentario:

Francisco Conde Nuñez dijo...

Sabias palabras...Metiendo bulla....