jueves, 27 de noviembre de 2014

De victoria en victoria hasta la derrota final



Javier Terriente

La nueva cosa política, un término ambiguo que definiría la emergencia de un nuevo sujeto político aún por contrastar, ha encontrado en Podemos una manera de expresarse con todas las carencias y limitaciones propias de las rutas que conducen a inesperados descubrimientos. Nada ni nadie puede garantizar el éxito de la misión, pero la travesía, pese a vientos de signo contrario, materiales no testados de la embarcación y una tripulación poco convencional, cuenta, de momento, con un sistema de coordenadas y un punto de destino, cuando menos, verosímil.

PP y PSOE, se enfrentan a la irrupción de Podemos de diferentes formas pero bajo un común denominador: la inquietud, incluso la zozobra, envuelta en calificativos despreciativos y hasta calumniosos. No parecen conscientes de que se ha abierto una nueva etapa marcada por la insolente impugnación de las oligarquías políticas, económicas y financieras (la casta, de la que tan orgullosamente algunos dirigentes políticos se sienten parte), que los sitúa en el centro de la tormenta. Y es tal la ira desatada entre los ciudadanos de todas las condiciones, que los habituales esquemas de izquierda-derecha han quedado sobrepasados por una voluntad unitaria y democrática de cambio que interpreta la recuperación de los derechos sin exclusiones, el empleo y la ética pública como el programa de una nueva mayoría social y de gobierno. 

Ambos partidos se ven arrastrados por el declive del bipartidismo, pero no pueden evitar su decadencia, acelerada a golpes de una corrupción sistémica que afecta a todas las instituciones del Estado, y en cuyo socorro acuden precipitadamente como si corriesen a salvar a Roma de la llegada de los bárbaros. Hacen meritorios esfuerzos por recomponer la vieja política aferrándose a un tren desbocado que ellos mismos pusieron en marcha y del que han obtenido ventajas comparativas obscenas, pero sus intentos de recuperar el terreno perdido con propuestas para una regeneración democrática, primarias y cambios de liderazgo e imagen, resultan poco convincentes. Por ello se necesitan desesperadamente, para hacer que la maquinaria del sistema funcione, aunque se nieguen a reconocer una identidad compartida y de mutua complementariedad. En el fondo no podrían sobrevivir fuera del abrigo bipartidista. De modo, que no hay solución a sus aprensiones, por otra parte justificadas.

Paradójicamente, el que más lealtades exige y, sin embargo, menos se siente comprometido con su contraparte, al que ningunea irrespetuosamente de forma habitual, es el PP. Su plan, implacable con los débiles, que tan buenos réditos le ha dado en el pasado, no admite demoras ni compasión, aunque su ardor doctrinario le impide ver que es ahí donde se encuentra la clave de su probable derrota. Y si aún se empecinan en no alterar el plan preestablecido no es porque que sean torpes, no, es que no han necesitado ser inteligentes; ni sean malvados ni egoístas de nacimiento, no, es que no se han exigido ser generosos ni solidarios. Con el poder les bastaba.
Tampoco es que sean analfabetos ni desprecien la ciencia por aquello de la herencia tridentina tan española. No. Es que tienen más que suficiente con las franquicias, las investigaciones y patentes extranjeras, combinadas con un tipo de productividad/competitividad protoindustrial, basado en la extrema precariedad de las fuerzas del trabajo, la cultura y la ciencia, y en una inmensa legión de parados empobrecidos. Hagamos memoria: El sueño de las clases dirigentes de este  país fue tener una chacha que les lavara la ropa a mano por dos duros, antes que adquirir una lavadora. De ahí que pretendan imponer un modelo de dualización social de nueva planta, que dimanaría del orden natural de las cosas y de la propia condición humana. No hay más que oírlos hablar de los huelguistas, los sin casa, los sin trabajo, los sin de todas las clases y categorías: “la chusma”, “la gentuza”, “que se jodan”. Naturalmente, la vía centralizadora y la de un autoritarismo expansivo forma parte orgánica de un proyecto que no admite acuerdos ni consensos, sólo sumisión. Su complemento perfecto se identifica con una clamorosa ausencia de alternativas creíbles, lanzadas a toda prisa, como si fuese necesario sobreactuar para encubrir pasados errores y un presente inacabable de corruptelas, en una agenda marcada por el empuje de Podemos. En este escenario de pesadilla, con vocación intemporal, los ciudadanos serían despojados de su condición de tales y castigados con la pérdida completa de sus derechos asociados. Mientras tanto, se difunden en el universo fragmentado del mundo del trabajo redes feudalizantes que reemplazan antiguas y sólidas alianzas y relaciones contractuales, por la sumisión incondicional de un sinfín de categorías profesionales desreguladas por la crisis. Se trata de la nueva versión de Ley y Orden para una época postfordista, que pretende sustituir las tradiciones de resistencia y solidaridad de las clases subalternas por espacios de obediencia debida, y reorganizar las complejas relaciones sociales de hoy sobre el epicentro del autoritarismo, la antipolítica y la mística de un mercado sin reglas. 

Una cosa es cierta, la irrupción de Podemos está agitando las aguas largamente estancadas, diríase que pantanosas, por años de alternancia cortesana de la política española. De repente, se han encendido todas las alarmas: Podemos representa un riesgo real para la estabilidad del reparto político. Y puede que no se equivoquen. Urge, por tanto, anatemizarlo, tenerlo a raya fuera del recinto de la realpolitik en el que confraternizan los falsos herederos de la Transición, segregándolo con el estigma de lo profano: Pragmatismo frente a populismo, realismo frente a demagogia. Hasta cierto punto es lógico que el uso despectivo del término “populismo” referido a Podemos tenga un cierto éxito entre quienes han contribuido a que este país haya acabado en manos de un grupo de intocables. Hasta ahora. No obstante, causa cierto rubor que tales afirmaciones procedan de partidos que por haber hecho bandera del “pragmatismo” y del “realismo”, hayan perdido la confianza de sectores importantes de las clases populares e intenten sacudirse sus derrotas por la vía exprés de medidas urgentes anti corrupción, débiles, limitadas y a destiempo. Probablemente ya sea demasiado tarde.

¿Pragmatismo? ¿Acaso la historia reciente de España no ha sido sino la exacerbación de un pragmatismo difuso, mezclado con altas dosis de populismo en interés de los de siempre? Por lo visto, lo pragmático es privatizar empresas públicas, desregular las relaciones laborales, las políticas de suelo, vivienda, medioambiente, la contratación pública, modificar el artículo 135 de la Constitución (y ahora defender lo contrario por razones de imagen), por no hablar de regalar los bancos y cajas rescatados con dinero público a otros bancos parasitarios del Estado, arrojando a la pobreza a millones de trabajadores y a centenares de miles de personas fuera de sus hogares. Pragmatismo debe ser proteger, ocultar o colaborar con los corruptos, permitir que la economía sumergida y el fraude fiscal alcance el 24, 6 % del PIB (Gestha), elevar las tasas de desigualdad a niveles inauditos u obligar a emigrar los jóvenes científicos, en medio de una tasa desempleo juvenil que ronda el 55% (Andalucía, el 65%).  Etc, etc.

Luego entonces, ¿desde qué cima del pensamiento y de la razón ética condenan la falta de pragmatismo de sus oponentes políticos o sociales, incluido Podemos?, ¿a qué se refieren cuando hablan de populismo en tono acusatorio? A un vocablo en el que cabe lo uno y su contrario. Una palabra de significados opuestos que diluye las diferencias y contradicciones entre los sujetos e individuos a los que hace referencia. Ese milagro semántico suele emplearse desde una supuesta equidistancia político-moral (o una evidente mala fe), que permitiría adjetivar como “populistas” al Front National, al UKIP, la Liga Norte, el Movimiento 5 Estrellas y al resto de fuerzas y gobiernos de ultra derecha y parafascistas europeos, al lado de Syriza o Podemos (A. Guerra, dixit). A este propósito, Alex Grijelmo (El País, 27.07.14) acota oportunamente que populismo y populista….”ya no sirven tanto como términos que describen, sino que se han ido transformando en palabras que juzgan”.

Surge entonces una paradoja sorprendente que atenaza a los partidos tradicionales de la izquierda, y que recuerda las escenas finales del Baile de los Vampiros de R. Polanski: Mientras el joven y feliz protagonista abandona en trineo el castillo de los monstruos, junto a su novia y al viejo profesor experto en vampirismo, convencido de su destrucción, la cámara nos muestra discretamente a la chica en el asiento de atrás inoculada por el Mal, mostrando los colmillos. Moraleja: Combatir el Mal (la corrupción y los efectos sociales del saqueo) con las armas tradicionales (ajos, cruces, estacas, exorcismos), es decir con políticas y partidos de viejo cuño, sirve de poco; como mucho, crear una apariencia engañosa de victoria momentánea, bajo la cual podría anidar el germen de la derrota.

A este propósito,  los partidos socialdemócratas festejaron como un triunfo propio la disolución de la URSS y del “socialismo real” tras la caída del Muro, creyendo que ello les abriría el camino hacia la gloria y la hegemonía definitiva en la izquierda. Tanta arrogancia les impidió ser conscientes de que el radical cambio de reglas que ello comportaba, los arrojaba a los márgenes de una imparable marea ultraliberal que se había desatado en los años 80 celebrando el “Fin de la Historia”. Esto es, la Historia, entendida como el proceso hacia el socialismo, la utopía y los sueños de emancipación social, había muerto, profetizaron. Y con este anuncio apocalíptico, los conservadores se lanzaron por mares y montañas a la demolición del Estado social y de derecho  y de los supuestos privilegios de las clases trabajadoras, de las tutelas públicas y de los espacios de intervención del Estado. Lo que ha sobrevenido después es bien conocido: remite a un proyecto europeo truncado, cuyo mejor exponente es el Tratado de Lisboa, en vías de des-socialización y des-democratización, fruto de un nuevo pacto social-conservador hacia el abismo; una larga etapa que aún perdura, de inmersión del movimiento socialista y socialdemócrata en la buena nueva del pensamiento neoliberal con rostro humano, que en España derivó en nuevo modelo político de corresponsabilidad bipartidista. Sin embargo, ¡ironías del destino!, después de tantos años combatiendo a los partidos comunistas, sin distinción, sobrecargándolos de toda clase de tópicos, la forma-partido socialdemócrata no puede evitar, ahora, semejanzas evidentes con su ex enemigo soviético de antaño, que explican en buena medida su decadencia: la función subsidiaria de los ciudadanos y de sus organizaciones respecto al Partido, que actúa de guía providencial en los procesos políticos; la (con) fusión del partido con los poderes políticos y administrativos (estatal, comunitarios o municipales); la intolerancia hacia la pluralidad interna; la reducción del papel de los afiliados al refrendo de dirigentes y candidatos, previamente cooptados; la concentración del poder en un grupo reducido de dirigentes, irrevocables y sin limitación de mandatos; las malas prácticas clientelares y corruptas; el empleo habitual de puertas giratorias… En definitiva, hay una ley de hierro inexorable que domina el funcionamiento de los partidos socialdemócratas, basada en el poder de una trama de barones territoriales interdependientes y jerarquizados que alcanza a todos los escalones de la estructura: Paz interna por territorios. Puro “pragmatismo”. Puro centralismo burocrático. Puro sovietismo.

Al final, la historia política se repite en un bucle interminable: nominalismo de izquierdas mientras se está en la oposición,  pragmatismo de derechas en tiempos de gobierno. A continuación, descalabro electoral y vuelta a empezar el ciclo de nuevo. O lo que es igual: Puerta de Elvira en Granada (oposición) y en Sevilla Doña Elvira (gobierno).

Es cierto que las encuestas confirman que la derrota del bipartidismo en las pasadas elecciones europeas no es un fenómeno efímero, al igual que el ascenso de Podemos y el evidente retroceso de IU.  En tanto, el PSOE, estancado en su regresión, se encuentra ante un dilema dramático que trasciende la simple “renovación de personas y métodos”, al pretender encontrar un espacio equidistante, imposible, entre el PP y Podemos, en una carrera a contra reloj por descargarse de las políticas que lo llevaron a la bancarrota. Sin embargo, dar por muerto al bipartidismo sin que este haya agotado el ciclo electoral completo (municipales, autonómicas y generales) llevaría a una imperdonable subestima de la resistencia del sistema. Que haya surgido una situación excepcional en todos los sentidos, no significa en absoluto que se traduzca automáticamente en un nueva mayoría liderada por Podemos. Entre ganar y alzarse con la victoria hay un largo recorrido que puede interpretarse en clave de derrota, si la apuesta de asaltar los cielos fuera inalcanzable  al primer intento. Otra cosa sería si se produjera por grandes etapas o por consensos postelectorales Ahora bien, ¿está preparado Podemos para digerir una amarga victoria aunque la aproxime a su objetivo? Más vale que entrene la resistencia. Y la humildad. Por si acaso. 



3 comentarios:

Miquel dijo...

Sr PEPE:
Se que tiene mucho que decir. Mucho. Pero con su permiso le pido, lo haga más en síntesis. Más acotado.
Le explico: Los comentarios muy largos, muy largos, hacen que nos perdamos la mitad de lo que hemos leído. Como nos perdemos, hemos de recomenzar...y la cosa se alarga si además se ha de atender otros hechos del mismo formulario.
Soy un ignorante, pero práctico.
Si la cosa se hace larga me cuesta de digerir...y NO quiero que se me haga pesada.
Creo que me entiende. Y se que ud. agradece el porqué de las más /menos entradas. Yo le explico mi caso.
Evidentemente puedo estar equivocado

En lo referente al artículo, en líneas generales (es extenso) comulgo con su idea,
Salut

Pepe Luis López Bulla dijo...

Oigasté, Sr. Miquel. Yo no soy el autor de este artículo. Vea la firma, se llama Javier Terriente. Yo me llamno de otra manera. Mis saludos, JLLB

Miquel dijo...

Oigooo yo, Sr Pepe :
Lo bueno, si breve...dos veces bueno.
Gracias ¡
Salut